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Tabla de contenidos

Los argumentos que avalan el carácter hispano del monarca navarro más importante son los orígenes hispanogodos del Reino de Pamplona, compatibles con sus orígenes vascones; su propia familia, tanto por sus ascendientes como por las vinculaciones que entabló; la política desarrollada, que por primera vez incluyó a todos los estados hispanocristianos, desde Galicia a Cataluña; los colaboradores que encontró en todas las regiones de la España cristiana; y los territorios que llegó a dominar, desde Astorga hasta Ribagorza.

Sancho Garcés III (1004-1035) es el rey navarro más importante y durante la mayor parte de su reinado fue el soberano más poderoso de la Península. Sin embargo, su figura es muy mal conocida. Por una parte, ninguna crónica contemporanea da cuenta de sus hechos, y cuando a partir del siglo XII comenzó a relatarse su historia ésta comenzó a deformarse, una tendencia que ha llegado hasta nuestros días n1. Por otro lado, los aproximadamente 70 documentos que provienen de su reinado se encuentran a falta de una edición crítica; y esto es muy importante, «pues la mayor parte de ellos fueron rehechos, interpolados, maquillados e incluso inventados en tiempos posteriores, unos porque habían desaparecido en las precedentes calamidades y se debió restituirlos a partir de la memoria oral que sugería su proyección sobre ulteriores realidades, otros porque su tenor no correspondía a las mutaciones de la observancia regular y la organización eclesiástica ocurridas a lo largo del siguiente siglo y, finalmente, algunos porque quizás no habían existido nunca» n2.

Afortunadamente estos problemas no nos afectan ahora, porque el objetivo del presente estudio no es trazar la historia de Sancho III el Mayor -cometido que probablemente merecería una tesis doctoral-, sino responder a la iniciativa tomada recientemente por el Ayuntamiento de Fuenterrabía de levantar un monumento a la memoria del rey navarro como «Rey del Estado Vasco, Reino de Navarra», para lo cual se ha convocado un concurso dotado con un premio de 6.010 euros, iniciativa que ha provocado polémica. Pues bien, pese a los problemas que presenta el reinado de Sancho III el Mayor se puede decir que se poseen elementos de juicio claros y en abundancia para dar una respuesta terminante a esta cuestión.

Una monarquía hispana

El reino que heredó Sancho III, pese a su pequeñez (unos 15.000 kilómetros cuadrados), estaba formado por tres unidades: lo que se ha llamado Navarra primordial, origen del Reino de Pamplona y centro de la monarquía, de la que estaba excluida probablemente aún la Navarra atlántica ( cuya vinculación al reino pamplonés no se puede acreditar hasta el año 1066 ) y la parte meridional, que se encontraba en poder de los musulmanes; el condado de Aragón, limitado entonces a los valles más occidentales y septentrionales de la región a la que ha dado su nombre, unido durante el siglo X mediante una vinculación personal, consecuencia de una herencia, al Reino de Pamplona y que conservaba su autonomía; y La Rioja ( que incluía probablemente La Rioja alavesa, integrada en el Reino de Navarra hasta el siglo XV), arrebatada a al-Andalus en la primera mitad del siglo X.

No hace al caso entrar en las particularidades que presentaban Aragón y La Rioja, región esta última que gozaba de una importancia creciente en la monarquía pamplonesa. Lo que nos interesa ahora es la Navarra primordial, un territorio de unos 5.500 kilómetros cuadrados en el que había nacido un reino cuya naturaleza estrictamente vasca se da muchas veces por sentada, pues -a diferencia de lo sucedido con el Reino de Asturias- nunca ha habido un intento serio por estudiar sus orígenes indígenas. Sin embargo, los escritores nacionalistas han tratado de justificar los orígenes exclusivamente vascos del reino navarro con varias explicaciones, que pueden ser complementarias. Una consiste en hacer del Reino de Pamplona el heredero del supuesto ducado merovingio de Wasconia, entendido como el primer Estado nacional vasco, que se habría extendido desde el Garona hasta más allá del Ebro (para incluir territorios de La Rioja, Aragón y Cantabria) (3). La falsedad de esta interesada interpretación es evidente, puesto que ese ducado no existió ( 4) y porque tradicionalmente se han situado los orígenes del Reino de Pamplona en la victoria lograda en el 824 por los navarros ( ayudados en esta ocasión por aragoneses y musulmanes) sobre un ejército franco de wascones, que acababa de restablecer la soberanía carolingia en Pamplona (5). Otra explicación -relacionable con la anterior- consiste en hacer descender a la familia de Iñigo Arista de un refugiado político vascofrancés, hipótesis que ha sido también defendida por algunos historiadores, pero que no goza actualmente de crédito alguno entre los investigadores (6). Una tercera explicación pretende ver el origen del Reino de Pamplona en las luchas de los vascones contra visigodos y francos (7), lo que está claramente contradicho por el hecho de que la geografía del primitivo Reino de Pamplona es distinta de la de los vascones independientes de época visigoda y porque entre las mencionadas guerras y el nacimiento del reino navarro -sea cual sea el año de su aparición (8)- transcurre más de un siglo (9). Finalmente, otra interpretación generalizada en la historiografía nacionalista es la que presenta la formación del Reino de Pamplona como el desarrollo natural del pueblo vasco, o -en palabras de B. Estornés Lasa, que es el que más ha escrito al respecto- «de las fuerzas internas y vocacionales de la nacionalidad vasca» (10). El carácter puramente doctrinario de esta interpretación hace innecesaria la crítica. Pero estimo conveniente que el lector conozca la variante democrática de semejante tesis (porque puede ser un elemento de juicio de cierta importancia para entender el llamado problema vasco ), cuyo ejemplo más destacable corresponde a C. Clavería (11):

Su gobierno era una república federativa compuesta de valles o comarcas que se gobernaban independientemente según sus costumbres respectivas, determinándose sus diferencias por un consejo de ancianos o sabios de la tierra.

En esta situacíón estaban los vascones, cuando comenzaron la guerra contra los sarracenos, pero bien pronto las diferencias surgídas entre ellos les hace comprender la necesidad de un jefe que los dírija contra el enemigo común y que les gobíerne con paz y justícía a imitacíón de los godos y de los francos. A este caudillo lo denominan rey.

Antes de su elección, acordaron establecer un pacto entre el pueblo y el candídato, basado en que había de comprometerse a regírlos con arreglo alas leyes tradícionales vascas, sus costumbres y líbertades, procurando mejorarlas y nunca empeorarlas; que no haría justicía por sí solo, síno que debería contar con un consejo de 12 ancíanos y sabíos, y que no podría hacer la paz o la guerra sín contar con el mísmo consejo. Hecho esto eligen su primer rey (12).

Evidentemente el Reino de Pamplona tiene unos orígenes vascos que nadie discute, aunque están por estudiar y precisar (13). Pero también son claros sus orígenes hispanogodos, o, mejor dicho, hispanos, entendiendo por Hispania el país que en el siglo VIII tenía un pasado romano y visigodo y la presencia inmediata del enemigo musulmán (14).

El primer y más importante elemento que hay que tener en cuenta es que el Reino de Pamplona nació en una ciudad y durante mucho tiempo fue el reino de una ciudad, como indica, entre otras cosas, su denominación, que no se convirtió en Reino de Navarra hasta 1162 (15). No puede ser casualidad que en un ambiente abrumadoramente rural, como el del mundo vasco de los últimos siglos del primer milenio, el reino pamplonés naciera en una ciudad, cuyo nombre en euskera, lruña (ciudad), revela claramente su excepcionalidad, ya que indica que no había en el territorio otra urbe de la que hubiera necesidad de distinguirla. Es decir, que el Reino de Pamplona nació en lo distinto: en la ciudad, en lo heredado de Roma, que seguramente tenía unos orígenes indoeuropeos (16) y fue un obispado del Reino Visigodo. Si, por ejemplo, el único Estado vasco de la Historia hubiera surgido en Guipúzcoa, el único territorio vasco sin contacto con otros territorios no vascos y por ello auténtico corazón del país, o en otro territorio vasco resguardado de al-Andalus, no habría problemas para admitir unos orígenes exclusivamente indígenas. Pero precisamente Guipúzcoa, de la que se carece de cualquier noticia entre e1 456 y el 1025, continuaba en los alrededores del año 1000 en la Prehistoria, la última de Occidente, y, dividida en varias unidades, era incapaz de articularse políticamente ( 17), lo que muestra a mi entender la incapacidad del llamado saltus vasconum para organizarse en un Estado, empresa por lo demás difícil. Si a esto añadimos que el Reino de Pamplona surgió en la primera línea de lucha contra al-Andalus, no encontraremos otra causa para explicar su nacimiento que el desarrollo político de la ciudad. Si la aparición de los estados hispanocristianos hubiera tenido lugar en el seno de ciudades, el significado de los orígenes urbanos del Reino de Pamplonana estaría tan claro, porque se podría aducir que ese nacimiento urbano es una condición para la formación de una monarquía. Pero, precisamente, la aparición del reino navarro es una excepción en la historia de los orígenes de la Reconquista. En Asturias, donde la importancia del elemento hispanogodo fue decisivo (18), el reino tuvo un origen rural; y los condados aragoneses carecieron de cualquier ciudad hasta el siglo XI (19).

Más significativo aún es el hecho de que Pamplona fuera una ciudad visigoda situada en la frontera con los vascones independientes de la época de los reinos germánicos. El único documento pamplonés proveniente de esta época -el De laude Pampílone-, pese a su carácter de alabanza a la manera del famoso Laus Spaníae de San Isidoro (que parece haberlo inspirado ), muestra claramente las preocupaciones defensivas de los habitantes de la capital navarra (la mayor parte de la breve composición responde a esa angustia) e identifica a los enemigos de la ciudad: los vascones. Después, como cualquier otra ciudad hispanogoda, capituló ante los musulmanes sin que haya constancia de que hubiera protagonizado algún acto de resistencia. Ciertamente Pamplona fue, con gran diferencia, la ciudad hispanocristiana que más veces se rebeló contra los musulmanes en el siglo VIII. Dada la sumisión de la Hispania mozárabe, esta actitud singular parece revelar la existencia de una alianza de los antiguos adversarios (Pamplona y los vascones) frente a un enemigo común, mucho más poderoso y peligroso ( algo similar sucedió a mediados del siglo VIII entre el Reino de Astucias y los habitantes de Vizcaya y Álava). En todo caso, antes o después esa alianza terminó por producirse y tuvo un carácter decisivo en la larga y compleja gestación del Reino de Pamplona. Cabe señalar también que en Pamplona -como en otras ciudades del valle del Ebro- apareció un partido procarolingio a finales del siglo IX, cuya actividad facilitó a principios del siglo IX una breve incorporación al Imperio Carolingio (806-816).

Además, hay que destacar que la monarquía no sólo no fue el Regnum Vasconum (20), sino que nunca empleó la palabra «vascóm», que a partir del año 1000 -y hasta hace poco (la extraña, para la lengua española, expresión País Vasco es un galicismo introducido en el siglo XIX)- servirá únicamente para designar a los habitantes del País Vasco francés (21). Y esto debe de ser muy significativo porque Navarra fue la primitiva Vasconia y porque ese gentilicio indoeuropeo no puede considerarse un exónimo, ya que consta la existencia de una ceca con el nombre de Bar(s)cunes ( que puede significar «los altos» o «los orgullosos» ), que muy probablemente correspondió a la primitiva Pamplona prerromana (22). Este olvido, que no puede ser una casualidad, parece el resultado de una actitud deliberada por resaltar únicamente los orígenes hispanogodos (y romanos ), algo que se puede probar desde el mismo momento en que en la segunda mitad del siglo X aparecen los documentos. Ciertamente, en algunos textos bajomedievales reaparece el término «vasco», pero, como en otros lugares peninsulares, con un sentido lingüístico, de donde surgirá la voz «vascongado», en principio, vascoparlante (y no habitante de las Vascongadas, como sucede desde el siglo XVIII).

Pero la existencia de unos importantes orígenes hispanogodos del Reino de Pamplona no descansa únicamente en planteamientos teóricos. En un contexto de penuria documental, existen varias pruebas que acreditan esos orígenes. Una se encuentra en la antroponimia, apenas conocida en el siglo IX. Cuando entre los mozárabes de la época los nombres germánicos eran minoritarios ( un quinto entre los mártires voluntarios cordobeses de mediados del siglo IX), tiene que ser significativo que, tras la invasión musulmana, los dos primeros obispos conocidos de Pamplona tengan nombre godo: Opilano y Wiliesindo, contemporáneos de Iñigo Arista (824-852) y, por consiguiente, de los orígenes del proceso de constitución del Reino de Pamplona (23). y éste no es un dato aislado: gracias a San Eulogio, conocemos a mediados del siglo IX una serie de nombres de abades pertenecientes todos ellos, probablemente, a la diócesis de Pamplona: Fortún de Leire, Atilio de Cillas, Odoario de Siresa, Jimeno de Igal y Dadilano de Urdaspal (24). Los nombres germánicos también se encuentran entre los laicos, como se aprecia en las dos familias principales de Navarra: Galindo, uno de los antropónimos más frecuentes en el ámbito navarro-aragonés en el siglo X, fue el nombre del segundo hijo de Iñigo Arista, y Toda, más frecuente aún, el de la madre y la esposa de Sancho Garcés I (905- 925), probablemente el primero en tomar el título de rey (25). La antroponimia germánica conocida en Navarra antes del año 1000 es suficiente para acreditar la presencia de individuos pertenecientes a la minoría visigoda, que por su importante relevancia no pueden ser considerados como meros refugiados. Este fenómeno cobra mayor significación si se tiene en cuenta que al hablar de orígenes hispanogodos del Reino de Pamplona hablamos, ante todo, de orígenes hispanos o romanos.

Otra prueba relevante se encuentra en la vigencia del Líber Iudícíorum visigodo en el Reino de Pamplona, ya que, como ha señalado J. J. Larrea, «todo lo que sabemos sobre el Derecho privado, sobre las instancias judiciales y sobre el procedimiento en nuestra región debe ser relacionado con la tradición romano-visigoda» (26). Y esto es imposible que haya sido impuesto por una monarquía joven y con escasos medios. Es más: dada la falta de ejemplares del Líber y de formación jurídica, el mismo autor ha podido escribir que «en Navarra, la ley escrita parece haberse convertido en costumbre» (27), fenómeno que sólo es posible tras una importante implantación anterior.

Otros indicios que apuntan en la misma dirección son: la propia organización social, en la que no se han detectado elementos importantes que la singularicen (28); la vigencia de la liturgia de la Iglesia visigoda hasta el siglo XI, cuando al Norte de los Pirineos había sido sustituida por el rito romano; la utilización de la cursiva visigótica que, como en Aragón y el reino astur-leonés, es la escritura más antigua detectada en Navarra, lo que cobra aún más valor si se tiene en cuenta la introducción de la minúscula carolina en el Imperio Carolingio; la utilización de la Era hispánica hasta el siglo XIV; y la aparición de una lengua romance muy parecida al castellano (29) en un reino por cuyo territorio San Eulogio pudo viajar sin problemas de entendimiento a mediados del siglo IX. Una lengua que, por cierto, tiene su acta de nacimiento en las famosas glosas de San Millán de la Cogolla -que formaba parte entonces del Reino de Pamplona- y en las que, significativamente, se encuentran también las primeras (y breves) frases en euskera (30). Pues bien, esta lengua se convirtió en idioma oficial en Navarra medio siglo antes que en Castilla y dio lugar a la primera crónica peninsular escrita en romance ( Cronícón Villarense) (31).

Por todo ello, no es de extrañar que en el Reino de Pamplona surgiera también el neogoticismo, lo que es asimismo una prueba de sus orígenes hispanogodos (32). Este fenómeno es claramente perceptible en la segunda mitad del siglo X, cuando empieza a haber documentación, y tiene su mejor exponente en una serie de códices encargados por el rey Sancho Garcés II Abarca (970-994), que constituyen lo que Ángel J. Martín Duque ha denominado, con acierto, «primera memoria historiográfica autóctona» (33). En estas obras elaboradas en monasterios de la monarquía pamplonesa, «un equipo de monjes y clérigos reunió y compendió ordenadamente todos los subsidios textuales necesarios para intentar fijar en la memoria colectiva los horizontes universales, los antecedentes geohistóricos y las premisas directas de la reciente comunidad política, que no había surgido por una especie de generación espontánea» (34). Pues bien, «esta labor bien meditada y cuidadosa» constituye una reivindicación del legado hispanogodo.

El primero de esos libros es el llamado Códice Vigilano o Albeldense, realizado entre el 974 y el 976 en el Monasterio de San Martín de Albelda, fundado por Sancho Garcés I. «Sus 429 folios comprenden principalmente dos extensas piezas de carácter normativo, magno mensaje de unas tradiciones de convivencia hasta entonces soterradas en tierras pamplonesas, pero nunca desmentidas» (35): la Colección Crónica Hispana, esto es, el legado normativo de la Iglesia hispanovisigoda, y el Liber Iudiciorum, «es decir, las pautas de convivencia religiosa y civil de la fenecida sociedad hispanogoda que sin duda habían seguido vivas en tierras pamplonesas» (36). En este sentido, hay que resaltar la famosa miniatura del folio 428, modelo del estilo mozárabe, que remata la copia del Liber Iudiciorum y corona el códice, porque constituye la primera imagen de una monarquía hispana. En el centro de la composición aparece el rey Sancho Garcés II flanqueado por la reina Urraca y su hermano Ramiro y bajo las representaciones de Chindasvinto, Recesvinto y Egica, es decir, «dos tres reyes a los que se atribuyen prácticamente todas las leyes del código visigótico, excluidas las reseñadas como antiquae, que, como tales, no circulan bajo el nombre de ningún rey» (37). Este folio miniado constituye un colofón que compendia gráficamente la reivindicación de los orígenes hispanogodos de la monarquía pamplonesa, que está presente en todo el códice. El libro se completa con otras obras del legado cultural hispanogodo generalmente y unas piezas historiográficas que componen un conjunto con un claro significado. Entre estas últimas hay que destacar dos pequeñas composiciones originales, que son las más antiguas narraciones sobre el Reino de Pamplona: la llamada Additio de regibus pampilonensium, que da breve cuenta de los reinados de Sancho Garcés I (905-925), García Sánchez I (925-970) y Sancho Garcés II (970-994), y una Nomina Pampilonensium regum, que se limita a los tres monarcas citados a los que un glosista contemporáneo añadió al margen que desconocía la existencia de otros anteriores (prueba de que el reino se fundó con Sancho Garcés I). Pues bien, ese vacío está colmado por la Crónica Albeldense, llamada así por figurar en este códice, es decir, un epítome de la historia romana y del Reino Visigodo y una crónica del Reino de Asturias, de la que la Additio de regibus pampilonensium es, como ha señalado A. J. Martín Duque, «un apéndice necesario» (38). Con ello no sólo se asume como propio el pasado romano y visigodo, sino incluso la historia del Reino de Asturias, que aparece como el necesario eslabón para vincular a los reyes navarros con los monarcas godos (39).

El segundo libro es el Códice Emilianense elaborado en San Millán de la Cogolla por el obispo Sisebuto de Pamplona, otro individuo del mismo nombre y Velasco, que lo terminaron en el 992. Básicamente, esta obra es una copia del Códice Albeldense ( como lo prueba el que presente una miniatura análoga a la del folio 428 del citado código ), lo que demuestra que la recopilación del Códice de Vigilano respondía a las necesidades del momento ( 40).

Pero el manuscrito más interesante es el Códice de Roda, compuesto en Nájera hacia el 990 bajo la probable inspiración del ya citado obispo de Pamplona Sisebuto. Este códice parte de la historia de Orosio, que ocupa las tres cuartas partes del conjunto, continúa con la historia de los godos de San Isidoro, a la que siguen la Crónica Albeldense y la Cróníca de Alfonso III ( 4 I ), y concluye con una serie de textos navarros que, en opinión de A. Martín Duque, son «el punto nuclear del argumento, la glorificación de Pamplona y de su reciente casta de soberanos» ( 42). Entre estos últimos sobresalen las famosas Genealogías de Roda (fuente fundamental para la historia del Pirineo en esta época ), pero lo más destacable para el asunto que nos interesa ahora es la inclusión del visigótico De laude Pampilone y de la Epístula de Honorío, cuyo significado ha sido interpretado con acierto por K. Larrañaga: «En las Genealogías de Roda, lejos de vindicar viejos ancestros vascones, se silencia -cabría decir que intencionadamente- cualquier referencia a éstos en relación con el Reino de Pamplona, y se incluyen, por otro lado, textos en la colección -como la epistula del emperador Honorio a los soldados de Pamplona, y una laus Pampílone presumiblemente visigótica- que se dirían buscados ex professo de entre la masa documental referida a la ciudad para poner de relieve los títulos de gloria de su pasado romano-cristiano y borrar de paso el recuerdo de la turbulencia vascona» (43).

Todo esto no son sólo interpretaciones más o menos razonadas de investigadores de nuestra época. Un contemporáneo de Sancho III, el poeta Abu Umar ibn Darray (958-1030), dejó un testimonio claro de la deliberada vinculación de los reyes navarros con Roma. Se trata de unos versos en los que increpó a Sancho Garcés II con motivo de su humillante comparecencia en el palacio de Almanzor (992) de la siguiente manera:


Hijo de los reyes de la herejía en la cumbre de la grandeza y heredero de la realeza romana de sus antepasados se había situado en el centro mismo de los orígenes de los Césares y había pertenecido a los más nobles reyes por parentesco próximo ( 44 ).


Finalmente, cabe añadir una consideración más. La pérdida de una frontera con al-Andalus -consecuencia de la ruptura de la nobleza navarra con el Reino de Aragón tras la crisis motivada por el singular testamento de Alfonso I el Batallador (1134 )- impidió que el reino pamplonés progresara hacia el Sur, como el resto de los Estados hispanocristianos. Es muy probable que este hecho preservara la capitalidad de Pamplona y el carácter navarro del reino ( que poco después se va a llamar de Navarra ), pues antes de la unión con Aragón (1076-1134) hubo una tendencia muy fuerte a fijar la residencia real en Nájera. Debe tenerse en cuenta que en el Reino de Asturias el traslado de su capital a León con García I (910-914) dio lugar al Reino de León, lo que prueba que la monarquía asturiana no fue el reino de los astures.

En realidad, las pruebas del legado hispanogodo del Reino de Pamplona aumentan conforme crece la documentación y nos alejamos del Reino Visigodo. Hasta tal punto es así que A. Martín Duque y J. Carrasco Pérez han podido concluir «la hispanidad radical, sustantiva e indeclinable desde sus lejanos prolegómenos antiguos hasta sus últimos destinos modernos» ( 45). Este juicio no es una simple interpretación más o menos discutible. Juan José Larrea, mediante una extraordinaria tesis doctoral, ha demostrado recientemente que hasta el siglo XII a Navarra «nada esencial distinguía de otros reinos y condados de la España cristiana» ( 46), pues la primitiva monarquía pamplonesa, «una monarquía isidoriana», tiene una clara filiación hispanovisigoda que no se reduce a la organización política ( 47).


Un monarca hispano

Sancho III fue hijo del rey García Sánchez II el Temblón (994-1000), el monarca peor conocido de la España del siglo X. Su madre, Jimena, era hija del conde leonés Fernando Bermúdez y de su esposa Elvira. Es decir: Sancho III era sólo medio vasco. Es más: la sangre castellana abundaba en la ascendencia paterna de Sancho III el Mayor, pues era biznieto de Fernán González (933-970) y nieto de la infanta castellana Urraca ( es decir, tres de sus cuatro abuelos no eran vascos ). Esto era así porque la dinastía Jimena, que reinaba en Pamplona desde el 905, había seguido una política matrimonial de enlaces con sus vecinos, particularmente los reyes de León y los condes de Castilla ( que maniobraban entonces hacia la independencia y encontraron en los enlaces con la familia real navarra un poderoso medio en ese sentido ).

Pero más relevante que los orígenes biológicos de Sancho III (48) es el hecho de que su madre doña Jimena y su abuela Urraca dirigieron la política del reino durante su minoría de edad, pues aquél sólo debía de contar con 8 años cuando murió su padre. Entre el 1000 y el 1004 su tío materno Sancho Ramírez (primo carnal de García Sánchez II) parece que se hizo cargo de la monarquía con el título de rey ( que en Navarra se daba también entonces a ciertos miembros de la familia real), en lo que fue más un interregno que una regencia ( 49). La prematura muerte de este oscuro personaje (que habría nacido hacia el 970) significó la entronización de Sancho III con tan sólo 12 años ante los problemas que suponía la búsqueda de un nuevo regente. Pero el gobierno efectivo correspondió a su madre y abuela. que «le introdujeron seguramente en los intereses y complicaciones de la política de León y Castilla» (50).

Consecuencia de esta tutela y de esta política fue el matrimonio de Sancho III con Munia o Muniadonna, hija del conde de Castilla Sancho García (51 ). Seguramente esta boda fue el hecho más decisivo de su vida pues, como veremos, condicionó todo su reinado y la herencia que dejó: ni más ni menos que todas las familias reinantes en la España cristiana tengan su origen en Sancho III. Consta que Sancho III estaba casado ya en el 1011 y es muy probable que la celebración del matrimonio marcase el fin de la tutela de su madre y de su abuela. Pero la importante influencia de su madre se puede acreditar hasta casi el final del reinado. Desde luego, en ningún caso se puede considerar que el matrimonio citado le fuera impuesto a Sancho III, pues el monarca navarro siguió la misma política con sus hijos.

Para completar las vinculaciones castellanas de Sancho III, cabe destacar que el monarca navarro fue prohijado por algunas viudas castellanas, como doña Goto y doña Oneca ( de probable ascendencia pamplonesa ), que le hicieron donación a título privado de sus cuantiosos patrimonios ( 1028 y 1031 ). Esta práctica -que hoy parece extraña, pero entonces no era rara- sirvió para acrecentar el poder de Sancho III en el condado de Castilla.

Si en la ascendencia domina abrumadoramente la sangre no navarra, su descendencia controlará todos los tronos de la España cristiana. Efectivamente, su obra sentó las bases para que durante un siglo todos los reyes hispanocristinos descendieran de Sancho III por línea paterna ( es lo que se ha llamado dinastía navarra ), y después y hasta nuestros días también, aunque no de esa forma.

Por otra parte, hay que señalar la predilección de Sancho III por Nájera, que se convirtió en su residencia principal y añadió por primera vez a la titulación de los reyes de Pamplona (52). Esta predilección alcanzó su apogeo con su hijo García Sánchez III, que, como es sabido, ha pasado a la Historia como el de Nájera.

Por último, no es ocioso recordar que Sancho III fue enterrado en el Monasterio burgalés de Oña, donde habían sido sepultados los últimos condes castellanos.

Una política expansiva e hispana

Sancho III -con distintos títulos, poderes y derechos- llegó a controlar el territorio de la España cristiana comprendido entre Astorga y Cataluña. Con ello el reino navarro alcanzó la mayor extensión de su historia. Pese a este hecho, no es cierta la idea, repetida tantas veces, de que Sancho III dominó todo el País Vasco, objetivo que ni siquiera entró en una política expansiva movida por las circunstancias.

Así, no aprovechó el indudable potencial de su reino para reconquistar el territorio de los antiguos vascones de época romana ( que se extendía más allá de la actual Navarra por el Este y el Sur), lo que prueba la inexistencia de cualquier tipo de irredentismo vascón. Y eso que el reinado de Sancho III el Mayor coincide con la crisis definitiva del Califato de Córdoba: uno de los más trágicos cuartos de siglo de toda la Historia. Desde el pináculo de su riqueza, de su poder y de su esplendor cultural, al-Andalus se desplomó en el abismo de una sangrienta guerra civil (53). La crisis comenzó con el asesinato en el año 1009 del dictador amirí Ab- derramán Sanchuelo, llamado así por ser hijo de una navarra (y nieto, como su primo Sancho III, de Sancho Garcés II), que gobernaba en nombre de Hisham II, cuya madre -Subh-era también navarra y tuvo un papel decisivo en el encumbramiento de Almanzor ( del que pudo ser amante) ( 54 ). Mientras castellanos y catalanes aprovecharon inmediatamente la crisis y entraron en Córdoba apoyando a una facción en los años 1009 y 1010 respectivamente, Sancho III prefirió obtener mediante amenazas la entrega de una serie de fortalezas fronterizas, como habían logrado los condes Sancho García, Ramón Borrell y Ermengol con su intervencionismo en las luchas internas de al-Andalus. Después también combatió en ocasiones contra los musulmanes, pero el balance de lo conseguido durante todo su reinado (una estrecha franja de terreno en Navarra y, sobre todo, en Aragón, que incluía territorios perdidos en la época de Almanzor, como Uncastillo) es muy pobre, sobre todo, si se compara con lo logrado en la expansión hacia el Este y el Oeste, es decir, por tierras cristianas. Ciertamente, pese a la crisis del Califato, el enemigo en la frontera navarroaragonesa, la taifa de Zaragoza, era muy poderoso y tenía uno de sus núcleos principales en Tudela, ciudad fundada por los musulmanes y que no sería reconquistada hasta 1119, es decir, 34 años después que Toledo. Pero también cabe señalar que si Sancho III -el monarca más poderoso entonces de la península Ibérica- hubiera lanzado todo su potencial militar contra el Sur de la actual navarra es muy posible que hubiese podido adelantar en un siglo la conquista de Tudela. En todo caso, lo que es evidente es que tuvo objetivos que consideró más importantes ( 55).

Por el Norte, la frontera del reino pamplonés está clara, los Pirineos ( caso de haberse extendido la autoridad de los reyes navarros hasta el Baztán, lo que es lo más probable, pero que no se puede acreditar hasta el 1066 ), y no se modificó. No es cierto, pese a todas las veces que se ha dicho, que Sancho III lograra el dominio de Gascuña (la única Vasconia de entonces, es decir, el territorio entre los Pirineos y el Garona, en el que la población que podemos considerar vasca por su lengua sólo era una minoría ). El rey navarro únicamente pretendió suceder en 1032 al duque de Gascuña Sancho Guillermo, muerto sin descendencia, lo que bastó para que en algunos documentos se le cite reinando en Gascuña. Pero la verdad es que la herencia recayó en Eudes, sobrino de Sancho Guillermo e hijo de Guillermo V el Grande de Aquitania, lo que permitió a la muerte de éste (1038) la unión de ambos territorios del Reino Franco. Tampoco es cierto que Sancho Guillermo fuera vasallo de Sancho III ( teóricamente debía de serlo del rey de Francia) porque aquél figure como testigo en algunos documentos del rey pamplonés. También lo hizo el conde de Barcelona entre el año 1025 y 1030 y tampoco es cierto, como se ha llegado a defender, que el condado catalán ( que seguía formando parte jurídicamente del Reino Franco) entrara en dependencia del rey de Pamplona. Estos hechos forman parte de unas prácticas corrientes en la época. El mismo Sancho III acudió a las festividades celebradas en Saint-Jean d'Angely con motivo del milagroso descubrimiento de la cabeza de San Juan Bautista ( en lo que fue el primer viaje de un monarca hispano al extranjero) y coincidió con el rey francés Roberto el Piadoso, y otros personajes importantes de Francia, España e Italia. A este monarca, según Raúl Glaber, Sancho III envió frecuentes regalos e incluso pidió ayuda, y a nadie -que yo sepa- se le ha ocurrido considerarle por eso su vasallo. Tampoco se ha realizado semejante interpretación con respecto a Guillermo V de Aquitania -más poderoso entonces que el rey de Francia-, pese a que, según Ademar Chabannes, «cada año el duque de Aquitania recibía a los enviados del rey de Navarra, portadores de preciosos presentes». Finalmente, tampoco es cierto que Sancho III organizara el vizcondado de Labourd ( que supuestamente le habría cedido Sancho Guillermo ), como han escrito incluso profesores universitarios. No, hay que esperar a finales del siglo XII, cuando el reino navarro estaba a punto de quedar confinado a Navarra, para datar el comienzo, por vía de hecho, de un dominio norpirenaico: el territorio que se conocería en la Edad Moderna en la Baja Navarra (56).

Lo que sí puede afirmarse es que Sancho III extendió su autoridad a las Vascongadas. Para Álava ( cuyo nombre incluía seguramente entonces a Vizcaya, cuyo corónimo no aparece en todo el reinado) consta su dominio a partir del 1024; para Guipúzcoa, desde el 1025. Pero éstos son únicamente dos capítulos de la expansión del reino pamplonés bajo Sancho III. Y dos capítulos muy diferentes. En realidad, de Guipúzcoa nada sabemos hasta el año 1025, cuando una donación, que menciona por primera vez su nombre ( que entonces sólo abarcaba a la parte central de la provincia), permite saber que se encontraba bajo la jurisdicción del señor aragonés García Acenáriz, súbdito de Sancho III y casado con doña Galga de Guipúzcoa. No sabemos si la integración de este territorio, que había permanecido independiente desde la época visigoda, se produjo durante el reinado de Sancho III (lo que me parece lo más probable) o un poco antes del año 1000. En todo caso, el proceso debió de ser pacífico, quizá propiciado por el matrimonio citado, cuyo carácter de pacto o alianza parece claro a la vista de las dificultades de un matrimonio entre un noble aragonés y una guipuzcoana muy importante en otras circunstancias.

El caso de Álava, muy complejo, es mucho mejor conocido. Pero forma parte de la historia de los dominios que correspondieron a Sancho III en virtud de las herencias de su esposa.

La incorporación del condado epicarolingio de Ribagorza forma parte de esa historia. Este condado -formado por los valles pirenaicos más orientales de Aragón ( que entonces sólo abarcaba los más occidentales)- conoció una grave crisis a principios del siglo XI. El conde Isarno murió en 1003 luchando contra los musulmanes. El condado recayó entonces en su hermana Toda, que no pudo evitar la ocupación musulmana de Roda y la parte meridional de Ribagorza (1006). Por eso probablemente se casó con su tío el conde de Pallars Suñer, viudo y con hijos, que aspiraba a la reunificación de Pallars y Ribagorza, que en e1 872 se habían separado del condado de Tolosa, del que habían formado parte desde el principio ( comienzos del siglo IX). Pero Suñer murió pronto y Toda recurrió a su sobrino Guillermo, hijo natural de Isarno y que estaba en la Corte castellana al amparo de su tía la condesa Ava, viuda del conde Garci Fernández (970-995) y hermana de Toda. Con la ayuda de tropas castellanas, Guillermo se hizo con el control del condado luchando contra los musulmanes y probablemente contra Pallars. Pero murió combatiendo en 1110 ó 1111. Entonces el condado pasó a doña Mayor, hija de Ava y hermana del conde castellano Sancho García (995-1017). Sin embargo, Ramón III de Pallars, con el que había estado casada hasta que la repudió, aprovechó la ocasión para apoderarse de Ribagorza hasta el punto de que doña Mayor tuvo que refugiarse en los confines occidentales del condado. Esta coyuntura fue aprovechada por Sancho III para intervenir en favor de su pariente, pues el condado podía recaer en su esposa como nieta de Ava. Antes de mayo del año 1017 recuperó Buil en Sobrarbe (57) y después la parte Sur de Ribagorza, recientemente ocupada por los musulmanes. A partir de ahí (1018) vio reconocida su autoridad también en el condado ribagorzano, donde comenzó a sustituirse en las calendaciones de los documentos el nombre del rey de Francia por el de Sancho III, lo que debe tener su justificación en el derecho de conquista. Este poder fáctico quedó regularizado en 1025, cuando doña Mayor renunció a sus derechos en favor de su sobrina del mismo nombre, esposa de Sancho III, y se retiró a Castilla, donde terminó su vida como abadesa de San Miguel de Pedroso.

Pese a su condición de condado, dependiente jurídicamente del Reino de León, Castilla era un Estado poderoso (había sido el que mejor había aguantado las ofensivas de Almanzor ) y más extenso que la monarquía Pamplonesa, pues incluía también Cantabria, Alava, Vizcaya y la Guipúzcoa situada al Occidente del Deva. Pero la muerte en el año 1017 del conde Sancho García, suegro y pariente de Sancho III (y que tenía, por cierto, más sangre vasca que éste ), dejaba el condado en manos de un heredero de tan sólo 7 años y 2 meses, el infante García Sánchez, lo que supuso el inicio de una grave crisis, cuyas principales manifestaciones fueron la amenaza leonesa de hacer efectiva su soberanía (58) y la anarquía interior generada por un sector importante de la nobleza. Esta situación facilitó y propició la intervención de Sancho III el Mayor que se convirtió en el protector del conde niño, hermano de su mujer Muniadonna, y que contó con la aprobación de un sector creciente de la población. Esto permitió que el rey navarro ejerciera un dominio de facto en los territorios del infante García, lo que fue suficiente para que a partir de 1024 en las calendaciones de los documentos se pudiera mencionar, entre los territorios sujetos a su soberanía, Álava o Castilla, según los criterios de los escribanos. La situación se mantuvo hasta el trágico asesinato del conde García cuando iba a casarse en León con la hermana de Bermudo III el martes 13 de mayo del año 1029 (59). La desaparición del infante permitió consolidar el dominio de Sancho III el Mayor, que el matrimonio de García Sánchez con la hermana del rey de León habría puesto probablemente en crisis (60), y comenzar el proceso de integración de derecho de Álava en el Reino de Pamplona, ya que la herencia del condado castellano correspondía a la mujer del rey navarro, Muniadonna, hermana mayor del conde asesinado. Oficialmente, la dignidad condal recayó en Fernando, segundo hijo de Sancho III y Muniadonna, que tenía unos 17 años, pero el dominio real lo ejerció el padre, que de esta manera evitaba quedar bajo la dependencia teórica del rey de León, Bermudo III (1028-1037), que aún conservaba la soberanía (61). Es importante subrayar la complejidad jurídica de la situación, pues sobre los mismos dominios castellanoalaveses tenían derechos cuatro personas que, además, estaban emparentadas: la reina Muniadonna ( que sobrevivirá a todos ), el rey Sancho III, el conde Fernando I y el rey y emperador Bermudo III, que sólo tenía 12 años. Esta complejidad -que no generó problema alguno por la superioridad de Sancho III (62) y la aceptación de la población (63)- fue la que propició la integración del territorio llamado Álava ( que incluía Vizcaya) ( 64) en el Reino de Pamplona, aunque los historiadores no se pongan de acuerdo en el momento exacto. Tres son las principales propuestas:

  • El mismo año 1029, en el que el rey Sancho III habría procedido a separar las tierras de las Vascongadas ( sin las Encartaciones ni el borde occidental de Álava, que formaban parte del condado de Castilla propiamente dicho) de los antiguos dominios del conde García Sánchez, para compensar así a su primogénito, también llamado García Sánchez (lo que no es una mera casualidad), con una parte de la herencia que le había de corresponder de su madre, Muniadonna ( que podría haberse completado con la llamada entonces Castilla Vieja, primitivo núcleo del condado castellano ). En todo caso, independientemente de la fecha, ésta parece ser una razón fundamental de la integración del territorio entonces denominado Alava en el Reino de Pamplona, que heredó García Sánchez III (1035-1054) (65).
  • La muerte de Sancho III el Mayor en 1035, que habría obligado a aclarar la situación en los distintos territorios en los que había gobernado el rey pamplonés con distintos títulos y derechos. El reparto entre sus hijos, que ya se había hecho en vida del monarca, obligaba a ello y por tanto ésta pudo ser la ocasión en que los territorios que se conocían como Álava quedaran integrados en el Reino de Pamplona, si no lo habían estado antes (66).
  • El año 1037, como compensación por la decisiva ayuda prestada por García III el de Nájera a su hermano Fernando I, que le habría permitido, primero, derrotar a Bermudo III en Tamarón y después, por la muerte del rey leonés en la batalla y su previo matrimonio con la hermana del fallecido, coronarse rey de León. Tradicionalmente se ha supuesto que el rey navarro fue recompensado con una ampliación de sus fronteras, que por la costa las habría llevado algo más allá de Santander, aunque generalmente se ha considerado que la modificación sólo afectó a la llamada Castella vetula, que incluía las Encartaciones y la zona más occidental de Álava, pues el resto de las Vascongadas ya formarían parte de los dominios de García III ( 67). Lo que sí pudo suceder entonces es la plena integración de derecho de Álava en el Reino de Pamplona por la real desaparición de la monarquía leonesa.

Sea como fuere, la complejidad de este problema muestra el nulo valor de los simples planteamientos con los que se ha defendido una integración anterior al reinado de Sancho III de Álava en el Reino de Pamplona ( 68). En todo caso, conviene tener presente que entre los príncipes hispanocristianos no se daban casos de meras usurpaciones o conquistas ( que se dejaban para las tierras ocupadas por los musulmanes ), sino que se alegan derechos, como los que arguyó Sancho III en los casos de Ribagorza y Castilla (69).

Una de las causas que permitieron a Sancho III ejercer unos poderes fácticos en el condado de Castilla fue la nueva crisis del Reino de León ( que terminará con el final de su dinastía reinante en 1037), provocada por la minoridad de Bermudo III (1028-103.7). Un documento leonés de la época dice que a la muerte de Alfonso V «se levantaron en un reino hombres perversos, ignorantes de la verdad, que robaron y enajenaron los bienes de la Iglesia, y los fieles del reino quedaron reducidos a la nada, por lo que unos a otros se mataban con la espada» (70). Esta situación propició la intervención en el Reino de León de Sancho III, cuya hermana era la madrastra de Bermudo III, sobre la que recayó la dirección de la monarquía. Esto permitió extender el poder de Sancho III el Mayor hasta Astorga, mientras Bermudo III y su madrastra se encargaban de mantener el orden en la parte occidental del reino. Muy poco se conoce de la actuación de Sancho III en el reino leonés, que consumió los últimos años de su reinado, lo que ha permitido interpretaciones contrapuestas. Lo único que se sabe con certeza es que el monarca navarro restauró la sede episcopal de Palencia, que unificaba las disputadas tierras entre el Cea y el Pisuerga y contribuía a mejorar las relaciones entre León y Castilla (71). También se conoce que se reforzaron los vínculos familiares entre las dinastías leonesa y pamplonesa, ya emparentadas desde antiguo, con el matrimonio de Fernando I y Sancha, hermana (y heredera entonces) de Bermudo III (lo que regularizaba el poder alcanzado por éste y por su padre en el condado de Castilla ), y la boda del rey leonés con Jimena, la única hija de Sancho III, lo que parece indicar que las relaciones entre suegro y yerno eran buenas. En todo caso, el poder alcanzado por Sancho III en la parte occidental del Reino de León ( que pudo haber tenido algún reconocimiento por parte de la Corte de Bermudo III, pero no, desde luego, el vasallaje que se ha negado a postular en ocasiones) fue suficiente para que en las calendaciones de los documentos de la época se le presentara reínando en León. Sin embargo, la prematura ( aunque no para el siglo XI) muerte de Sancho III a su regreso de León (probablemente el 18 de octubre de 1035) terminó con ese dominio ( que los documentos le reconocen hasta el final) (72) y supuso la división de los restantes territorios entre sus hijos, a los que ya había dotado en vida: Pamplona fue para García ( el único que dispuso del título real desde el principio, con lo que eso suponía: la probable supeditación de sus hermanos ); Castilla, para Fernando I ( que debía reconocer la autoridad teórica de su cuñado Bermudo III y, quizás, la de su hermano mayor ) (73); Aragón (que seguía siendo un condado del Reino de Pamplona ), para Ramiro; y Sobrarbe y Ribagorza, para Gonzalo ( del que apenas sabemos algo ). Rápidamente Pamplona vería desaparecer la supremacía sobre los estados hispanocristianos, que únicamente disfrutó con el reinado de Sancho III.

¿ Un monarca europeizador ?

La europeización es uno de los argumentos principales de la historia del siglo XI de la España cristiana, que hasta entonces había estado fascinada por su pasado visigodo y el esplendor de al-Andalus y apenas había tenido contactos con el resto de la Cristiandad ( salvo los condados catalanes ). Entre otros autores, A. Ubieto, gran conocedor de la documentación de la época, ha considerado a Sancho III como el iniciador de este proceso (74).

Sancho III inició unas relaciones importantes con la Iglesia europea, incluida la de Cataluña, con la que mantuvo contacto a través del famoso abad Oliba. Destacan las relaciones con Odilón, célebre abad de Cluny (monasterio que encabezaba el proceso de reforma de la Iglesia entonces), hasta el punto de que «Sancho fue el que inició la protección económica de la Abadía de Cluny, que habían de continuar sus descendientes» (75). Su hijo García se encontraba en Roma cuando murió Sancho III, señal de que se mantenían relaciones con el Papado, que atravesaba entonces una de las peores épocas de su historia. A partir de 1025 el rey navarro introdujo en el Reino de Pamplona la regla benedictina, imperante en la Europa carolingia, que conoció al ocupar Ribagorza. También habría fomentado las peregrinaciones a Santiago de Compostela, que constituyó uno de los elementos fundamentales del proceso de europeización, pues la Historía Silense señala que «puso en mejor circulación el camino de Santiago, puesto que [ antes ] los peregrinos tenían que rodear por Álava por miedo a los árabes».

Hemos visto cómo Sancho III fue el primer monarca hispano en viajar al extranjero y entrevistarse con un rey foráneo; también mantuvo importantes relaciones con señores norpirenaicos. Se le ha atribuido la introducción en España de la fórmula de «rey por la gracia de Dios», consecuencia de la teoría paulina del origen divino del poder ( anticipada ya en la Biblia) (76) y llamada a tener una gran trascendencia. Desde luego, fue empleada por Sancho III, pero lo que no es cierto, pese a que se sigue repitiendo de vez en cuando, es que introdujera los usos feudales en España y una concepción patrimonial del Estado -que no tenía- en Castilla.

Ciertamente Sancho III fue un monarca europeo, pero, dado lo poco que sabemos con seguridad, resulta arriesgado considerarlo un rey europeizador o el iniciador de un proceso que sólo se puede acreditar bien en la segunda mitad del siglo XI. Que, sin embargo, sea un tópico atribuirle tal mérito es posiblemente consecuencia de un error de perspectiva propiciado por el recuerdo de un gran reinado, que no había dejado fuentes cronísticas: « Todos los reinos mirarán como una época gloriosa y añorada la de los breves años en que Sancho alcanzó la supremacía política de la España cristiana. Si antes los cristianos pagaban tributo al Islam, sus hijos serán los que perciban parias de los reinos de taifas, y este cambio de coyuntura lo atribuirán -como una falsa perspectiva- a la política de Sancho el Mayor. Cuando a fines del siglo XI se introduce en todos los reinos de la Península el rito romano, y los monasterios empiezan a sujetarse a la autoridad de Cluny, se recordará que ya Sancho el Mayor había dado los primeros pasos en ese sentido, y aun se le atribuirán empresas que tan sólo apuntó, pero que no completó. Cuando en el último tercio del siglo XI se intensifique la llegada de peregrinos a Santiago de todas las fronteras de la Cristiandad, los reyes de España, sus nietos, recordarán que fue su abuelo el primero que rectificó la ruta de Santiago enviándola por lugares más accesibles en vez de seguir el viejo trazado por sendas norteñas timore barbarorum, por temor a los bárbaros» (77). Se puede, por tanto, optar por un término medio y considerar que el reinado de Sancho III -en el que se aprecian ya los síntomas de la expansión económica, política y cultural de la Plena Edad Media- constituye un importante precedente del proceso de europeización que culminaron sus descendientes.

Un rey pamplonés e hispano

Muchos son los problemas que presenta el reinado de Sancho III, tales Como el carácter de sus intervenciones en los territorios cristianos vecinos o el reparto de sus dominios entre sus cuatro hijos realizado antes de su muerte. Pero es claro que no existe el menor indicio para considerarle un monarca vasco en el sentido que se pretende reivindicar ahora. Y no es un problema de escasez de fuentes, pues sí que existen suficientes datos para considerarle un rey pamplonés, hispano e incluso, tal como acabamos de ver, europeo.

En las fuentes musulmanas Sancho III aparece como «señor de los vascos» (Baskunísh). Pero esta excepción no resulta significativa, pues los autores árabes siguieron empleando por inercia el vocabulario de los geógrafos romanos (78). Más significativo es el hecho de que en las crónicas francas contemporáneas de Ademar de Chabannes y Raúl Glaber -hispanas desgraciadamente no las hay- Sancho III sea calificado como rey de Navarra, lo que significa la primera aparición de este corónimo, y los wascones sean los habitantes del Sudoeste francés, es decir, Gascuña. Es muy probable, además, que a principios del siglo XI el etnónimo de «vasco» hubiera desaparecido ya en Navarra y que, por tanto, fuera imposible que Sancho III pudiera tenerse como tal. Lo que es seguro es que ese gentilicio no se registra en las fuentes del Reino de Pamplona. y que poco después de la muerte de Sancho III tenemos la certeza de que el citado etnónimo fue completamente olvidado ( aunque la palabra se conservará para designar al euskera y sus hablantes ). A principios del siglo XII Aymeric Picaud, en su famosa guía del Camino de Santiago, distingue claramente entre vascos (y no vascones ), al Norte de los Pirineos, y navarros, al Sur, incluyendo los habitantes de las Vascongadas. El mismo dominio norpirenaico del reino navarro, que se formó a partir de 1189, sería conocido en Navarra como «Tierra de vascos», pues el término «Baja Navarra» es una palabra moderna que en ningún caso implica una identidad anterior (79). En definitiva, el olvido fue de tal envergadura que en las crónicas de los siglos XII y XIII los navarros fueron confundidos con los cántabros, tal como puede verse en las obras de la Historia Silense, Lucas de Tuy y el navarro Ximénez de Rada, que son las primeras historias que narran los orígenes del Reino de Pamplona, tras los tres breves párrafos de Additio de regibus pampilonensium del siglo X (80).

Por otra parte, es evidente que Sancho III no desarrolló política alguna que pudiera ser calificada de vasca. No hubo intento alguno para recuperar el territorio de los antiguos vascones que poseían los musulmanes, fuera de la ocupación de algunas fortalezas fronterizas, como sucedió en Aragón. Su política expansiva estuvo determinada por sus vinculaciones familiares y los derechos y obligaciones que conllevaban. Y es en este contexto en el que hay que situar sus pretensiones fallidas a la herencia del ducado de Gascuña en 1032.

Aunque no sabemos dónde nació Sancho III, no cabe la menor duda de que fue un rey pamplonés, pues éste era el gentilicio usado en lo que podríamos llamar denominación oficial del reino navarro. Ahora bien, conviene señalar que esa palabra tenía distintos significados. Uno era el de gentilicio tanto para los habitantes de Pamplona como para los de la Navarra cristiana e, incluso, todo el reino. Pero también parece que fue empleado con un sentido social para identificar a la nobleza del reino. Según Ángel M. Duque, y su propuesta es muy convincente, el término «pamploneses» con ese significado estaría contrapuesto al de navarros, utilizado al principio para designar a la población campesina (81). Por ello, la adopción a partir de 1162 del título de Reino de Navarra, denominación ya utilizada en Francia en el siglo XI, tiene un gran significado (82).

En su voluminosa y documentada historia de El concepto de España en la Edad Media, José Antonio Maravall dio mucha importancia al reinado de Sancho III. Habría sido «el primer actualizador conocido, entre los reyes, de la idea política de España, y, además Sancho el Mayor -ya que el lejano e inseguro antecedente de Alfonso III quedó sin continuidad- es el que inaugura en nuestra historia el título de rey de España, que; sus sucesores repetirán hasta hacerlo habitual durante dos siglos» (83). Sin embargo, las bases que permitieron estas afirmaciones no son sólidas. La moneda najerense con la leyenda imperator atribuida a Sancho III, que le convertiría en el primer rey hispano en acuñar moneda tras los visigodos, se considera actualmente posterior (84). Tampoco tienen valor probatorio las informaciones de crónicas tardías que presentan al rey navarro como emperador, pues probablemente se trata de una interpretación del gran poderío que alcanzó.

Pero una cosa es que Sancho III no utilizara el título de emperador y que no tuviera una concepción de Hispania como regnum, y otra que no sea un rey hispano (85). Entre los pocos textos contemporáneos -y pertinentes- que tenemos, encontramos varios en los que se reconoce esa condición. Así, el abad y obispo de Ripoll Oliba, la figura más importante de la Iglesia hispana de la época, le llamó rex íberícus en la carta que le escribió en 1030 ó 1031. En 1045 el también catalán Bernardo, al que Sancho III había convertido en obispo de Palencia, escribe, al narrar la historia de la sede palentina, que el monarca navarro «mereció justamente ser llamado rey de los reyes españoles» (86). Por el mismo tiempo, al otro lado de los Pirineos, Raúl Glaber califica a Sancho III como rex Navarrae Híspaníarum.

Sin embargo, más importantes que estas citas son los argumentos que avalan el carácter hispano de Sancho III. Como ya han sido razonados, basta con enunciarlos: los orígenes hispanogodos del Reino de Pamplona, que fueron compatibles con sus orígenes vascones; su propia familia, tanto por sus ascendientes como por las vinculaciones que entabló; la política desarrollada, que por primera vez incluyó a todos los estados hispanocristianos, desde Galicia a Cataluña; los colaboradores que encontró en todas las regiones de la España cristiana, entre los que cabe destacar -por su novedad-los catalanes, como el abad Oliba, el obispo Poncio de Oviedo, y Bernardo, al que convirtió en el primer obispo de la restaurada sede de Palencia; los territorios que llegó a dominar, desde Astorga hasta Ribagorza, como señalan algunos documentos. Además, ¿cómo no iba a considerarse y ser considerado hispano en el siglo XI un cristiano de la península Ibérica? (87).

Y así se ha interpretado la figura de Sancho III en la historiografia navarra, tanto en la Edad Media y Moderna (Ximénez de Rada, El Príncipe de Viana, José de Moret) como en los tiempos actuales (J.. M. Lacarra, A. J. Martín Duque ). A partir del siglo XX -y no antes- se han formulado interpretaciones muy distintas, pero esos escritos no forman parte de la historiografía, sino de una literatura que trata de justificar un proyecto de futuro con un pasado que no sólo no fue, sino que resulta anacrónico (88).

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