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Cuestiones previas

Con los datos de su trabajo de campo sobre la Alta Birmania E. R. Leach (1964 [1976]) puso en duda la propia definición antropológica de un grupo de estudio (“tribu”, por ejemplo) y la pretensión de comprenderlo aislado de las demás, cuando la realidad mostraba la normalidad de las relaciones entre grupos, incluso su interdependencia.

A la vez observó la falsedad de la idea de la necesaria homogeneidad cultural y étnica de los territorios, de las asociaciones entre “tribus”, lenguas y espacios definidos proyectados en los mapas, y la normalidad de la multiplicidad.

Resaltó cómo en el territorio en estudio se observaba una gran heterogeneidad de rasgos culturales, incluida la lengua, y la falsedad de la idea de que éstos impliquen necesariamente la conciencia de pertenencia.

Por el contrario, la autoconciencia de un grupo y su definición frente a otro podía darse con independencia de la participación en rasgos culturales, étnicos o lingüísticos. Con todo ello se desmontaba el presupuesto de la homogeneidad interna de los grupos, se incidía en la diversidad de organizaciones políticas y de las opciones de esos grupos “primitivos”, supuestamente estáticos y equilibrados, a la hora de cambiarlos.

Y, finalmente, pudo también probar la falsedad de la idea de la propia continuidad identitaria: grupos e individuos por intereses específicos podían cambiar de nombre, lengua o afiliación… Y los índices externos para evaluar automáticamente su etnicidad resultaban ser falsos.


El caso de los vascones: un planteamiento inicial

Antes de continuar, conviene recordar los tres ámbitos de reflexión sobre los modelos nacionalistas de que hablábamos al principio:

  1. sobre el nacionalismo en tanto que tal,
  2. sobre el papel de la historia, la historia antigua y la arqueología en las construcciones nacionalistas concretas y
  3. sobre los modelos de fondo impregnados de tales percepciones que han enmarcado las diversas ciencias sociales.

Y conviene también distinguir entre las identidades y las pertenencias, que son un componente esencial de la propia condición humana, y el enfoque específico que los modelos nacionalistas imprimen sobre ellas y que presentan como el único posible.

El caso de los vascones presenta una complejidad por sí mismo y en el conjunto de sus usos como referente cultural o político que tiene que ver mucho con la historia y la historiografía de las zonas de habla vasca y, más en concreto, de sus diversas construcciones identitarias desde el Renacimiento hasta hoy.

Todo un conjunto de estudiosos han convertido la zona en una de las mejor estudiadas de Europa en este terreno.

Merece la pena hacer dos catas en los orígenes de su formulación específica y en la contemporaneidad para entenderlo mejor.

J. Caro Baroja y otros autores n11 han puesto de relieve el papel de las elaboraciones del siglo XVI, debidas en gran medida a grupos sociales que defendían o inventaban su condición privilegiada en el contexto de las posibilidades abiertas por el Estado Moderno que presiden los Habsburgo y el nuevo Imperio transmarino que posibilita sus objetivos políticos y dinásticos.

Se ha estudiado menos su vinculación con el modelo historiográfico español que se propugna en este mismo siglo a partir de los Reyes Católicos, donde no podía faltar la esencia hispana presente en los antepasados envilecidos por los fenicios, conquistados por los púnicos y romanos, que al menos traían cultura, poco menos que salvados por los godos, conquistados de nuevo por los árabes y salvados y constituidos por los mismos Reyes Católicos en un Estado unificado que impediría nuevos abusos e invasiones en adelante y mostraría por contraste los riesgos de la desunión n12.

En este juego, las palabras claves son esencialismo e invasionismo, con el presupuesto de la continuidad, palabras y conceptos que son también claves en las restantes construcciones historiográficas de las identidades europeas en el siglo que ve la expansión del Estado Moderno y de la propia imprenta; el caso de Francia puede servir para ejemplificar esto, incluyendo el papel de sus “antepasados los galos” n13.

Grupos como los astures o los cántabros formaban parte esencial de estos argumentos y de la exaltación de los valores guerreros que habrían sido propios de los primitivos españoles, demostrándose –frente al Levante y el Sur continuamente contaminados y en consecuencia poco resistentes–, su indomable ansia de libertad en sus luchas contra Augusto y en su papel frente a los musulmanes.

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En este contexto, la lengua vasca en lo que entonces eran las Vascongadas y en el Reino de Navarra, no podía menos que verse asociada en su continuidad a la pervivencia de lo hispano prístino hasta el presente, incluso cuando no se consideraba la única lengua de aquellos belicosos antepasados, tal como podía ocurrir con el bretón en Francia, por ejemplo.

La asociación automática entre lengua y territorio permitía mantener también ahí esta imagen de pervivencia de los rasgos originales.

Era evidente que no podía dejar de ser usada la remisión a los antiguos vascones, que ofrecían un antepasado útil, aunque no único, dentro de la común reivindicación de ser parte de la descendencia de Túbal, nieto de Noé.

Es desde aquí desde donde se entiende mejor la reivindicación vascongada y navarra de limpieza de sangre y de primacía, de hispanidad incontaminada como elemento de afirmación colectiva, de argumento cara a los privilegios y de ataque frente a terceros, por ejemplo, los judíos conversos que resultaban ser sus rivales para los puestos en la administración del Estado de los Austrias.

En los siglos que siguen continúa el modelo historiográfico español y con él sus implicaciones para ambas zona; las elaboraciones en ellas de imágenes de su pasado en esta misma dirección continúan también por estas y parecidas sendas n14.

En las construcciones nacionalistas del XIX español vuelve a ser utilizado el viejo modelo historiográfico como también lo será esa imagen de lo vasco prístino.

En relación con ello, aquélla sigue siendo reivindicada, no sin variantes, en los siglos intermedios y será retomada en el XIX en lo que entonces eran las provincias Vascongadas y Navarra, desde posiciones perfectamente integradas en los modelos españoles, en la línea generalizada desde el Renacimiento.

La asociación entre vascones y otros pueblos de la zona, vascuence, autoctonía y continuidad territorial y étnica podía continuar fundamentando las especificidades culturales, u opciones políticas, sin necesidad de salir de este modelo ni de generar otras implicaciones, por ejemplo, de unidad territorial en un marco político específico.

La misma crítica señalada ha puesto de relieve cómo la construcción nacionalista de Sabino Arana recoge todo lo anterior, pero también voces previas disonantes, para elaborar una imagen unificada de la historia de los dos ámbitos, así como de las francesas de habla vascuence, relacionada directamente con su afirmación de una única identidad y de un único proyecto de futuro aceptable, traduciéndolo a las claves del nacionalismo ultracatólico de finales del XIX.

Dejaremos de lado elementos nada secundarios, como la vinculación entre sangre vasca y catolicismo, o los componentes de contraste entre los rasgos específicos de este colectivo y la inferioridad racial intrínseca del español en comparación con él, para ceñirnos a los elementos que nos pueden ser más útiles aquí de su elaboración histórica, en particular la referida a la Antigüedad Clásica n15.

Destaca la coincidencia con el viejo modelo español en los esquemas esencialistas e invasionistas, la recogida de los elementos tradicionales en relación con la lengua, empezando por la autoctonía y, por supuesto, lo específico del cambio en la dirección nacionalista señalada en la que lengua se convierte en un referente teórico esencial y excluyente.

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El principio es común: existiría un pueblo vascongado desde los orígenes de los tiempos, asentado a ambos lados del Pirineo, y en la Península, ocupando, como mínimo, los territorios vascongado y navarro.

Se caracterizaría desde entonces por el mantenimiento de una lengua específica, el vascuence, y la presencia de otras en el pasado y en el presente serían el fruto de invasiones posteriores.

Ésta ofrece, además, la garantía de la continuidad, porque una lengua implica una concepción del mundo, una Weltanschauung específica; la continuidad de la lengua es la garantía de la continuidad de la sangre.

Dado que los romanos al conquistar habrían buscado substituir las lenguas locales por la suya, como corresponde, su mantenimiento se debería a que nunca conquistaron estas tierras. No sería extraño: la historia posterior sería la historia de los invasores que pretenden acabar, sin conseguirlo, con los vascos y sus esencias. Las diferencias en la historia entre el Reino de Navarra y las zonas vascongadas, ligadas estas últimas desde muy pronto al reino castellano leonés, serían menores en éste y en los demás terrenos; y la participación en este reino de unos antes, y de ambos, después, en la España de los Reyes Católicos se minimiza o bloquea con una interpretación desmesurada de los fueros. Sangre y lengua seguirían unidos a una cultura específica y milenaria, poco o nada afectada por los vaivenes de la historia.

[...]


En lo que sigue intentaremos sintetizar las investigaciones realizadas en esta dirección y apuntar algún elemento más respecto al tema central que nos ocupa, y que se refiere, como en los restantes casos de esta perspectiva en declive, a una proyección al pasado de las realidades lingüísticas o de las fronteras políticas reales o imaginarias del presente.

En síntesis, hay un falso discurso, un falso relato, que articula una imagen de los vascones como antepasados, asociándolos a otros grupos de la zona cercana del actual País Vasco y construyendo, a fortiori, una imagen esencialista de autoctonía y continuidad hasta el presente que se basa en una casi prototípica utilización abusiva de argumentos históricos y lingüísticos periclitados. Lo que sigue girará alrededor de cuatro puntos principales:

a) No hay base en las fuentes literarias o arqueológicas para suponer que lo que las fuentes identifican como “vascones” fueran un núcleo cohesionado en las perspectivas tradicionales, con rasgos culturales precisos, una unidad política de acción o una organización común. En este mismo sentido, la idea de una “expansión vascona” nace de una interpretación errónea de las fuentes literarias y, quizás, de los mecanismos administrativos romanos y de su uso, paralelo al de éstas, de viejos etnónimos para definir territorios.

b) Está suficientemente probado que los grupos indígenas que ocupaban el actual País Vasco no eran hablantes del vascuence, sino de lenguas indoeuropeas. Los datos antroponímicos prueban la complejidad de la situación lingüística en el ámbito que denominamos como vascón y en el que en época romana encontramos como mínimo cuatro lenguas. Los datos toponínimicos refuerzan esta perspectiva de manera radical. Sólo dos se dejan situar con seguridad como protovascuences, uno entre los vascones, Pompaelo y otro en la costa cantábrica, en territorio que las fuentes definen como várdulo, Oiasso. Todo esto y otros datos quitan verosimilitud a la creencia en la autoctonía y presentan el problema de averiguar en qué momento, muy tardío, se introducen sus hablantes en la zona vascona.

c) La fundación de Pompaelo-Pamplona entre los vascones por Pompeyo en los años setenta del siglo I a. C. da una buena fecha y oportunidad histórica para la introducción de gentes de habla vascuence. Esta argumentación permite explicar otra anomalía, la inclusión en las fuentes literarias como “vascona” de la ciudad costera de Oiasso (Oyarzun-Irún), un componente que ha sorprendido siempre por su carácter externo al núcleo vascón propiamente dicho y por el componente várdulo de la zona, atestiguado en las fuentes literarias. Oiasso sería (la?) otra fundación pompeyana en el contexto de la guerra contra Sertorio para asegurarse sus provisiones por vía marítima o, más probablemente, desde Aquitania, y/o parte de sus fundaciones y asentamiento de las rutas pirenaicas después. Incluiría un nombre vascuence igual que en el final de Pompaelo. Así como, según señalamos, los datos toponímicos y antroponímicos apuntan a la inexistencia previa de gentes de habla vascuence en la Península, los análisis realizados hasta ahora en el campo antroponímico apuntan a su presencia nuclear en la Galia, en determinadas zonas de Aquitania. La constatación de al menos una fundación de ciudad en mitad de este territorio por parte de Pompeyo con gentes procedentes de la Península ofrece una explicación económica para el lugar de donde se traería a estos nuevos habitantes. Esta hipótesis explicaría la presencia de los antropónimos y teónimos vascuences que tenemos constatados en época altoimperial romana.

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d) Ni su número aquí –en absoluto mayoritario–, ni su ausencia de las zonas del futuro País Vasco, ni los fuertes procesos de romanización de la zona permiten explicar la extensión de la lengua que se puede constatar en época medieval; nada nos habla siquiera de su pervivencia en el propio territorio vascón que, como los espacios de alrededor, experimenta grandes procesos de cambio en dirección a los modelos romanos. No cabe, por tanto, ubicar en época romana el proceso por el que se produce la expansión de la lengua –y quizás de las gentes que la portan–. La vieja idea de su llegada en el período posterior a la disolución del imperio cuadra muy bien con ello. También a la Antigüedad Tardía habría que remitir otro hecho fundamental: el proceso por el cual habitantes de zonas pirenaicas hispanas y aquitanas –no necesariamente fruto de viejas etnias sin romanizar sino de los procesos de tensión social, política y militar de este período– pasan a recibir el nombre de vascones, desplazándose así éste a zonas y colectivos que no tenían que ver con su denominación original; es el momento en el que el vascuence, probablemente en su variante aquitana, se asocia también a ese mismo nombre. Su expansión posterior desde los territorios fronterizos en dirección a la actual depresión vasca se hace sobre un mundo que había sido muy romanizado y que había experimentado los enormes cambios de la época, que incluyen invasiones bárbaras, el papel del reino franco y la afirmación del poder visigodo y, dependiendo de la fecha que se considere, la propia conquista musulmana. Las discontinuidades priman en todas direcciones.

Vascones: ¿unidad, identidad?

Uno de los componentes que generaban más dificultades para construir una historia de las comunidades ubicadas en el territorio señalado de los actuales Navarra y País Vasco en las perspectivas tradicionales es común a todas las sociedades provinciales romanas: la falta de fuentes.

En nuestro caso se agravaba ante el contraste entre la exigencia de un tratamiento común y de continuidad, en las claves del discurso unificador que exigían el conjunto de construcciones que hemos ido viendo y el carácter particularmente escaso de unas fuentes que, además, ni ofrecían esos elementos de cohesión ni ningún factor específico de continuidad en el tiempo.

Dejaremos de lado cosas obvias: nadie ha sido capaz en mucho tiempo de sostener que Roma no conquistara la zona, ni se puede permitir el abuso de considerar a los vascones de Navarra y a los pueblos del actual País Vasco (várdulos, autrigones, caristios) como parte de una entidad política común.

En el apartado siguiente hablaremos de la demolición de sus conexiones en el campo lingüístico.

Pero no sólo se trata de que se hable de grupos distintos es que ni siquiera en el propio ámbito de los vascones se constata una cultura arqueológica común y diferenciada, ningún tipo de institución o de vínculo, ni unidad de acción, por ejemplo; de hecho, las escasas y debatibles conexiones que podemos constatar apuntan en dirección al Ebro.

Pero el problema es más grave porque todo esto se puede aplicar al ámbito mismo que incluimos bajo la denominación de “vascones”.

Como ha señalado hace tiempo J. J. Sayas n18 los datos arqueológicos sobre el período previo a los romanos muestran la presencia de los mismos grupos de procedencia centroeuropea de toda la zona.

Las diferencia de lo que conocemos, ahora y más adelante, en sus espacios pirenaicos remite a un uso distinto del territorio forzado por la orografía, no necesariamente a continuidades o a una realidad homogénea y distinta ahora o después.

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Ni siquiera el mito de su carácter “montañés” en Estrabón sirve para mucho: este autor realiza una generalización que se ha definido como abusiva; pero, además, el texto ha sido interpretado por el mismo J. J. Sayas haciendo ver que Estrabón utiliza a los vascones y el Pirineo como un límite excluyente n19.

Y en lo que hay después priman los procesos y componentes de cultura material similares a los de las zonas cercanas, incluyendo, por supuesto, los cambios que implica Roma n20.

Claro que se podrían aplicar los principios que hemos venido señalando: la inexistencia de una cultura material específica no implica la falta de una identidad colectiva.

El problema es que hay que probar lo que existe, no lo que no existe.

Se podría argumentar un cierto componente de unidad a partir de constatar vínculos o unidad de acción política o militar.

Pero la dificultad aquí empieza porque, como es bien sabido, no es sólo que no tengamos fuentes sobre esto, es que no tenemos ni un solo dato, ni una sola mención en los momentos de conquista del Valle del Ebro en el siglo II a. C., en los que evidentemente aparecen otros grupos de la zona, o en las luchas posteriores en este siglo de, por ejemplo, los celtíberos, que tan cerca se sitúan del territorio que se les suele asignar, si es que no forma parte de los escenarios de guerra.

Así que hay que esperar al siglo I a. C. y a las guerras civiles romanas. De nuevo el problema es que tampoco aparecen como grupo en las luchas entre Sertorio y Pompeyo ni en las que enfrentan a César y Pompeyo.

El problema se agrava otra vez porque las únicas informaciones literarias que tenemos aquí no nos hablan de participaciones bélicas exactamente, con la excepción, que no lo es, de Calagurris-Calahorra; pero hacia el Norte y Oeste no tenemos otra información que la que se refiere a que Pompeyo pone un campamento entre los vascones n21 un momento que tiende a asociarse a la fundación de la misma Pamplona; dos proyectiles con el nombre de Sertorio hallados en las cercanías de Pamplona, en Aranguren n22 apuntan a algo que podríamos no haber podido asegurar de otra manera: la existencia de combates allí.

Es curioso este silencio, como lo es el componente tan, diríamos, pasivo, de las referencias.

Recordemos que en el extenso fragmento del libro 91 de Livio n23, que habla de las actuaciones de Sertorio, cita Contrebia varias veces, pero también Contrebienses, Castra Aelia (donde inverna), Ilercaones, Berones, Autricones, Celtiberiae urbes, Arevaci, Contestania, Lusitania, fines Bursaonum, Cascantinorum y Gracchuritanorum, Calagurris Nasica, Cerindones, Contrebia Leucade, Vaccaei, Segovia, Vaccaeorum gens, Beronum confinium y Vareia; en medio de esto lo que tenemos es una única mera referencia geográfica: a cómo va de Contrebia Leucade contra los berones y Vareia pasando por el Vasconum ager n24.

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Es desde esta escasez de informaciones sobre su participación bélica –y no digamos ya sobre su participación bélica comunitaria– que, insisto, contrasta mucho con otras zonas cercanas, y desde la falta general de señales de ninguna conciencia unitaria n25, de etnicidad, es de donde se entiende mejor, aunque no se comparta, el uso a fortiori de los aspectos referidos a la delimitación del territorio vascón, y del problema cercano a éste de la adscripción de ciudades a los vascones, para darle algún tipo de sentido unitario a un discurso histórico que exige el guión previamente marcado.

En este sentido, la aparición como vascona de Calagurris Nasica, actual Calahorra, en Estrabón a comienzos de nuestra Era y de toda una serie de ciudades de las zonas colindantes en Ptolomeo en la primera mitad del siglo II ha llevado a la formulación de la idea de una expansión vascona que ha pretendido llenar este vacío.

El caso de la adscripción como vascona de Oiasso (Oyarzun/Irún) en plena zona várdula se interpretaría en la misma dirección.

Se ha sostenido, con diversas variantes, que los silencios señalados de las fuentes en la fase de conquista serían ejemplos de un componente prorromano previo, mientras que el supuesto componente propompeyano de los vascones incidiría otra vez aquí, lo que habría llevado a recompensarles con una expansión, con la entrega de nuevos territorios que, de una manera u otra, colonizarían.

Es interesante en sí mismo un argumento que mantiene la identidad y la continuidad al precio de convertir viejos resistentes en actuales colaboracionistas.

Pero, sea como sea, estos argumentos cuadran mal, aparte de con nuestro desconocimiento de qué hacen los vascones en este momento, con elementos tan obvios como que en el fragmento de Livio señalado Calagurris esté más allá del territorio vascón, aparte de su vinculación evidente al mundo celtibérico.

El caso de Oiasso es específico y requiere un tratamiento que tenga en cuenta todo el conjunto de especificidades que la definen y que veremos después.

Sin descartar la posibilidad de una explicación administrativa más simple de lo que se supone26.

El hecho de que en el mismo Plinio los habitantes de Andelo y Pompaelo aparezcan como estipendiarios, es decir, en las peores condiciones posibles desde el punto de vista de su relación con Roma n27, e incluso la diferencia de este estatus con los de otras comunidades que se suelen considerar “vasconas”, parece entrar en contradicción con ese supuesto beneficio para los vascones como colectivo.

Suponer, en todo caso, que después de obtenerlo habrían visto reducida su condición tras la victoria de César sobre Pompeyo no es imposible pero no ayuda precisamente a hacer verosímil tal entrega –y poco menos que colonización– en una veintena de años, aparte de plantear el problema de que, puestos a quitar privilegios, podrían haberse quitado todos.

Pero ya por sí mismo es mucho más que arriesgado el mero hecho de suponer n28, a partir de tan solo esta información, una actuación “colonizadora” conjunta, la potencialidad demográfica y política para hacerlo –lo que incluye esa unidad de acción que no tenemos contatada tampoco– o el mantenimiento de la supuesta “identidad” y fronteras vasconas ahora y en unos siglos posteriores marcados por el cambio cultural y económico que implica el imperio romano.

Pero antes de entrar en el análisis de los argumentos sobre la expansión, merece la pena apuntar el carácter fuertemente especulativo del propio intento de precisar no ya la identidad (ya hemos visto que no hay ningún dato para ello), sino “las fronteras” vasconas del período previo en adelante; recordemos una vez más el problema de la información escrita, que abarca la dificultad de definir incluso las ciudades o comunidades de importancia del territorio, a lo que tenemos que añadir que esta carencia afecta también a las dimensiones y ámbitos de las estructuras urbanas no ya anteriores a Roma, sino del propio siglo I a. C., de las que las fuentes no nos informan tampoco al no haber constancia de guerras, como hemos visto.

De nuevo una situación bastante distinta a la que tenemos de las zonas celtíberas, por ejemplo.

Conviene insistir en que la suposición de un componente unitario en el siglo II a. C. con los vascones como un grupo definido no tiene otra base que la interpretación de los territorios en las claves tradicionales de la homogeneidad y las no menos tradicionales y arriesgadas suposiciones sobre la continuidad de los vascón-vascuence-vasco.

Y ya en el I a. C., la información de Livio que hemos visto sobre el territorio vascón alude a un espacio junto al Ebro que él denomina así; la otra información clave, la fundación de Pompaelo-Pamplona nos da otro dato importante, pero no nos dice mucho más: puede haber zonas que se definan como tales en ambos lugares sin que eso implique ni un territorio compacto en medio ni en ninguna otra dirección.

Incluso la posibilidad de entender como vascona entonces la zona de Oiasso n29, no sólo suscita el problema del momento en el que se hace y qué significa, sino el mucho más evidente de que la existencia de un Vasconum saltus no implica necesariamente continuidad territorial, y menos cuando la adscripción de ese territorio a los várdulos no parece poderse dudar.

En medio de toda esta indefinición, parece razonable entender el término “vascones”, tal como sostiene J. J. Sayas, como un nombre usado por los romanos para referirse a un territorio, sin mayores implicaciones, quizás desde tiempo atrás; recordemos que hay más de un siglo de presencia romana allí para la época de Sertorio.

El uso de un etnónimo para ello no es, como veremos, lo excepcional sino lo normal n30.

La asociación Pompeyo-Pamplona-vascones va a ser esencial para que se les recuerde en Roma y se use el término de manera sistemática, tal como la derrota de los Callaeci por Decimo Iunio Bruto, en adelante Callaico, medio siglo antes, asegurará la pervivencia de este nombre.

Y es posible que esta asociación implique también otra con el Pirineo Occidental, la llegada al Cantábrico y la frontera con la Galia.

Es útil tener esto en consideración para entender mejor la prudencia con la que hay que manejar la información sobre los “pueblos” y sus límites en el territorio; si no cabe definir como tal, con una identidad y con unas fronteras, a ese grupo “vascón”, queda todavía más al descubierto la fragilidad de hablar de su “expansión” posterior.

p39

Otro de los problemas que presenta esta hipótesis es que recurre al expediente de una lectura en sus propios términos de las fuentes, incurriendo en el error que hemos señalado antes de no entenderlas en sus propios términos, en las perspectivas de sus autores, género literario y época. Y de suponer realidades estáticas, empezando por las étnicas.

Pero las propias fuentes en las que leen fronteras y expansiones son mucho más conscientes del cambio, y hasta de sus gustos y de lo no exhaustivo de sus datos, que estos intérpretes.

Una de nuestras dos o tres fuentes importantes, Plinio, se preocupa antes de hablar de la Hispania Citerior de hacernos ver cómo habían cambiado las cosas allí, igual que en otras provincias, y alude precisamente a cómo un siglo antes Pompeyo en su monumento en los Pirineos testificaba que había sometido ochocientas setenta y seis ciudades entre los Alpes y la frontera de la Hispania Vlterior n31, tras lo que se apresura a contarnos la división actual de la provincia en siete conventus.

El tiempo obviamente afecta por su cuenta produciendo todo tipo de cambios en los grupos previos, aquí como en todos los lugares del imperio e incluso, como hemos apuntado antes, puede generar nuevos con la ayuda o no de Roma y de sus exigencias administrativas.

Pero no es sólo que cambien las cosas en el tiempo, es que la pregunta esencial es lo que él, o Estrabón, pretenden con su obra, aplicando el principio de que no es rentable proyectar nuestras propias necesidades o visiones en lo que las fuentes antiguas nos cuentan, y menos las tradicionales obsesiones territorializadoras.

Cuando nos relata que después de ilergetes, laetanos e indigetes, y ya siguiendo los Pirineos, se encuentran Ausetani, Iacetani/Lacetani perque Pyrenaeum Cerretani, dein Vascones n32 podemos entenderlo como una delimitación precisa y exhaustiva, lo mismo que podemos entender que cada uno de esos nombres refiere a una unidad precisa y determinada.

Pero esto no es necesariamente así. El texto de Estrabón que hemos comentado, que utilizaba a los vascones y el Pirineo33 como límite excluyente de sus (demasiado) prototípicos montañeses, cita entre éstos a los galaicos, astures y cántabros para, a continuación, señalar que se niega a enumerar muchos nombres de pueblos, a menos, dice, que alguien encuentre algún placer en escribir pleutaros, bardietas, allotrigas y otros nombres todavía más desagradables o ininteligibles.

Está hablando, claro está, de una consideración estética y del aburrimiento suyo y del lector ante una innecesaria profusión cacofónica de denominaciones de pueblos bárbaros. Pero lo que nos interesa es señalar que su selección es obvia: de hecho será sólo tratando otro espacio algo abusivo en su definición pero de larga tradición historiográfica, la Celtiberia, cuando vuelva a aludir n34 a pueblos de la zona y señale cómo los berones, con su capital Vareia, son vecinos de los cántabros coniscos, y que su territorio es contiguo al de los bardetanos, ahora llamados bárdulos, que muy bien pueden ser los bardietas de antes.

Pero no hay necesidad ni interés por ser más preciso aquí, como no lo era en absoluto en su referencia previa siguiendo la línea de la costa, cuando los vascones le vienen bien, sin ninguna necesidad de mayores complicaciones, y despacha a los demás con una observación despreciativa. Parece claro que “vascón” es pronunciable y que presenta una asociación fácil, de nuevo muy geográfica, con el Pirineo y el mar.

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Conviene señalar que el que Plinio sea más preciso aquí n35 y en otros lugares no implica que no haga selecciones de información. También él afirma explícitamente, por ejemplo, que sólo nombrará en la Bética los oppida más dignos de mención o mejor pronunciables en latín n36, como lo hace en otros lugares, incluyendo esta misma zona donde de los catorce pueblos várdulos sólo se digna nombrar uno; poco después de la cita de los vascones cuenta que sólo citará los más conocidos de los cuarenta y dos populi del conventus de Tarraco y, efectivamente cita menos de un tercio37.

Pero, sigamos a Estrabón n38 cuando cambia de dirección y describe Hispania desde el Estrecho hasta la Galia por el Mediterráneo. Nos habla al final de esto de la zona entre la cordillera de Idubeda y los Pirineos.

Señala las ciudades más importantes, Caesar Augusta y Celsa en el Ebro e indica que hay muchos pueblos allí, pero que los más conocidos son los yacetanos, toda una declaración de principios sobre por qué los nombra y de lo que deja, para nuestra desgracia, atrás.

Es curioso que se le haya reprochado aquí como un error la desaparición de pueblos que no tiene ningún interés en citar. La inclusión de los ilergetes a continuación sigue explicando por qué unos sí y otros no, esto es, los elementos de interés para el lector, que son parte otra vez de las exigencias del género: la ciudad de Osca remite a Sertorio e Ilerda a César.

En este contexto hay tres alusiones a los vascones nada casuales, una que nos interesa mucho, a Calagurris, que incluye entre las ciudades escenario de la lucha de Sertorio y a la que define como ciudad de los vascones o la ciudad de Calagurris de los vascones.

La otra es a la vía de Tarragona a la frontera de Aquitania e Hispania, que pasaría por los vascones de Pamplona y (los vascones de?) Oiasso.

Es el momento para volver a recordar que en el territorio de los ilergetes se combatieron las guerras de Pompeyo contra Sertorio y de su hijo contra los generales de César39 y para acabar señalando que después de la Yacetania

están los vascones, donde se sitúa Pompaelo, es decir, Pompeyópolis.

A continuación n40 cuenta que ya en el Pirineo y a ambos lados de su valles centrales se ubican los industriosos cerretanos, de origen hispano, famosos por sus jamones.

Nótese que en Estrabón han desaparecido pueblos como los ausetanos o los indigetes de Plinio, o los lacetanos, además de que, contra todo lo que sabemos, ubica Osca entre los ilergetes n41, es decir que, en definitiva, ha hecho la selección que él mismo anuncia, como seguramente ha hecho también Plinio; pero, llevándola un poco más allá, ha llenado vacíos de adscripción y, además, muy probablemente, se ha equivocado.

Para él el problema son los lugares que cita en el mapa y mucho menos en qué unidades menores se incluyen.

Sea como fuere, ninguna de estas informaciones nos sirve para dibujar un mapa preciso, porque ni se dan límites, ni nada nos asegura que no existan otros grupos en medio, ni, por otra parte, nada nos asegura que bajo ese nombre se ubiquen poblaciones uniformes.

p41

Tampoco nada nos dice que se presente y preserve ahí una previa realidad incontaminada. Los dos autores saben de los cambios de la historia y de los nombres con ella; ya hemos visto a Plinio.

Igual de concretamente, Estrabón n42, por ejemplo, cuenta que junto al Ródano hay tres pueblos, pero prevalece el nombre de uno y la gente llama así a todos ellos, que, además, nótese bien, ya no serían bárbaros sino prácticamente romanos.

Un nombre, por tanto, abarca un territorio más amplio que antes absorbiendo a otros y, además, ya no significa lo que significaba porque sus habitantes han dejado de ser lo que eran.

Lo interesante para nosotros es también que ese nombre se convertirá en el denominador del territorio y se heredará en el futuro, y que quizás sufra a su vez otros procesos de ampliación o de desaparición.

Conviene, llegados a este punto, recordar que el que el nombre de un pueblo sea la manera de referirse a un territorio no hace sino seguir los usos romanos en general y los administrativos en concreto; Plinio y Estrabón usan, como es bien sabido y como vamos viendo, los étnicos para definir territorios, incluso siendo conscientes de la inexactitud de llamar con un étnico globalizador (por poner un ejemplo, “lusitanos” o “aquitanos”) a gentes que pertenecen a un ámbito de origen administrativo y que pueden optar por distinguir de sus viejos portadores.

Desde aquí se entienden los problemas en la lectura tradicional: se encuentra una referencia de este tipo (Lusitanos o Béticos/ turdetanios, por ejemplo, que en realidad habla de una provincia romana) y en vez de leerse como una referencia, en principio, territorial, y en la que habría que probar si realmente quedan o no elementos procedentes, se retrotrae automáticamente al pueblo prerromano que le habría dado el nombre.

Los errores de un análisis así son evidentes y, además, se agravan cuando se acumulan siguiendo este criterio referencias de autores sucesivos que pueden, a su vez, seguir criterios distintos.

Una vez asentado todo esto, se entiende aún mejor la fragilidad de las delimitaciones fronterizas que se han ido suponiendo –y con inquietante precisión– para los vascones a partir de estos datos que no son sólo escuetos y alejados en el tiempo, sino que se refieren a cosas bien distintas que las que pretenden sus intérpretes, fragilidad que se une a la de los restantes componentes más que dudosos que hemos ido viendo y con los que se construye el discurso de su identidad y continuidad.

p42

Es el momento de volver al tema de la Calagurris vascona de Estrabón, el primer paso para abordar el tema de la expansión vascona. Ya hemos visto que el texto de Livio impide considerarla como tal, aparte de otros datos sobre su pertenencia original al mundo celtibérico.

Otro elemento lo hace aún más difícil, si no imposible, al menos en esos términos tradicionales de inclusión en la “etnia” vascona: según Plinio es una ciudad romana n43.

La formulación vascón = habla vascuence no es tampoco aplicable a un mundo que es antes celtibérico y después romano. Cabría pensar en un error de Estrabón. Una observación suya que ubica Caesar Augusta, una ciudad de cultura previa ibera innegable, en proximidad a los celtíberos n44 apunta a una posibilidad que podemos plantear también para Calagurris: se podría tratar de un componente meramente indicativo, un referente espacial más que en este caso, quizás también serviría para distinguirla de la ciudad de los Calagurritani Fibularensis n45.

Sin embargo, hay una tercera opción a la que nos referiremos después con más detenimiento: el uso de un étnico para un territorio posibilita su aplicación en claves meramente administrativas sin mayores implicaciones: podría postularse que a determinados efectos Calagurris se incluye en un ámbito administrativo llamado “vascones”, aunque, de nuevo, su condición de ciudad romana obligaría a resituar su posición en el conjunto n46.

Pero la creencia en la expansión vascona y en las delimitadas fronteras de un territorio que seguiría manteniéndose como tal y cargado de los rasgos identitarios correspondientes tiene su apoyo en otro autor aún más frágil, Ptolomeo n47, que incluye como vasconas toda una serie de ciudades que anteriormente habían sido adscritas a otros grupos y de antiguas tradiciones culturales iberas y celtíberas.

De nuevo el problema es cómo concebir su obra, un problema que afecta en realidad al conjunto de estudios sobre las sociedades hispanas prerromanas, al ser el único que incluye cada una de las poblaciones que nombra en un ámbito “étnico” preciso. Una primera, y obviamente esencial, cuestión es el de la fiabilidad de lo que nos cuenta.

Podríamos definir su trabajo como la producción de meras listas de puntos reseñables con sus correspondientes coordenadas que se agrupan por territorios y por étnicos; los catálogos no son simples enumeraciones, sino que incluyen esas localizaciones en la perspectiva de un mapa.

Dentro de esto, los étnicos se sitúan uno detrás de otro, conteniendo las poblaciones con sus coordenadas, pero sin que se puedan definir con precisión, sino a partir de esos lugares en teoría bien localizados que se les adscriben n48.

Se ha puesto de relieve n49 que su trabajo implica un altísimo grado de elaboración propia de la información que recibe. Para ello usa un listado de ciudades, organiza con fuentes muy diversas referencias a provincias, conventus o étnicos y articula todo ese conjunto, en absoluto completo ni fiable en su totalidad, según un instrumental cartográfico, tampoco siempre fiable –aparte de con dificultades intrínsecas a la hora, por ejemplo, de definir los meridianos– y según sus criterios propios.

La definición de esos étnicos es esencial para él para incluir sus referencias a poblaciones específicas, pero no es, obviamente, el eje central de las ubicaciones.

El resultado es complejo, sin duda, pero es claro que parece inventar denominaciones étnicas (castellanos, lobetanos…) y comunidades, desubica otras denominaciones étnicas respecto a fuentes previas, cambia comunidades entre éstas, simplifica o complica las situaciones conocidas de los territorios… n50.

En este contexto, explicar, entonces, la adscripción de comunidades a los vascones como abusiva es perfectamente legítimo si está en contradicción con las restantes informaciones que tenemos.

En nuestro caso incluso tenemos una posible explicación de sus errores que no necesita ser completa porque nadie puede explicar del todo una formulación caótica quizás nacida de alguna equivocación fundamental.

Su descripción de los espacios que nos ocupan es así n51: siguiendo la señalada dirección por y desde el cantábrico (autrigones, caristos), várdulos, vascones, ilergetes, continúa luego con los cerretanos; después, indicando que están más al Poniente que éstos últimos, sitúa a ausetanos, castellanos y yacetanos, para acabar con las poblaciones de tierra adentro de los indigetes y la ciudad Rubricata de los layetanos.

Es obvio que nadie había situado antes como vecinos inmediatos a vascones e ilergetes, así que de tomarnos en serio su texto, habría que ver por qué recompensaron los romanos no sólo a los vascones, sino a los ilergetes, que dominarían desde Ilerda como mínimo.

La base fragilísima de la que parten los partidarios de la teoría de la expansión, la continuidad de unos vascones de los que no tenemos siquiera información de que constituyeran una entidad cohesionada a ningún nivel, suma ahora dificultades al añadirse la necesidad de argumentar lo mismo para los ilergetes.

Que todo ello ha generado problemas importantes, ha sido señalado por diversos autores y toda solución es meramente hipotética n52.

Ha llamado la atención la desaparición de un pueblo esencial, los lacetanos, con certeza en Ptolomeo y en Estrabón, dependiendo de la lectura del texto en Plinio.

Conviene no olvidar su importancia en las fuentes históricas desde Aníbal en adelante y hasta el mismo Pompeyo n53.

Se ha apuntado a posibles confusiones entre yacetanos y lacetanos, a las que habría que añadir otras posibles con laetanos-layetanos, que han llevado a proponer diferentes soluciones, todas las cuales pasan por corregir los textos existentes n54.

La tendencia es a considerar que han sido los manuscritos los que han generado los problemas en algún momento del proceso de transmisión. Sin embargo, la tradición manuscrita de Estrabón parece clara y uniforme: nos presenta sin duda a yacetanos, pero no a lacetanos n55. Cabe decir exactamente lo mismo de la de Ptolomeo n56.

La posibilidad de errores y confusiones en los autores mismos es mucho más verosímil.

Hay que tener en cuenta que, además de los cambios en los pueblos mismos, con las consiguientes desapariciones o surgimientos de nombres, caben diferentes denominaciones en las fuentes que usan los autores, que les pueden generar confusiones n57.

El caso de Estrabón, que tanto sintetiza, parece poderse justificar en un problema de este tipo: se ha señalado que su exaltación de la importancia de los yacetanos en su primera aparición cuadraría bien con los lacetanos, por ejemplo.

Pero, quizás sea más cierto que en realidad cuadra bien con su mezcla de ambos n58 y que su error puede no ser tanto que dé a los yacetanos la importancia que habrían de tener los lacetanos, como que da a los yacetanos la importancia de ambos al confundirlos y mezclarlos.

El caso de Ptolomeo puede tener también una explicación en un posible error que es algo más que un error textual y de pasada, dada la primacía en su obra de los aspectos territoriales.

Es obvio que ya tenía, por los demás, precedentes en autores anteriores para poderse equivocar.

Lo que más sorprende en él, junto con su participación en el problema de la desaparición lacetana, es su ubicación de los yacetanos en una posición tan oriental y alejada de donde los sitúan las demás fuentes; un buen índice de la fragilidad de su evidencia es que de las diez poblaciones que les asigna sólo se ha podido identificar una, y si acaso dos, ubicadas, además, en el Pirineo leridano n59.

Y es coherente incluir en dirección oriental los dos étnicos, indigetes y layetanos, que los acompañan n60.

Cabe suponer sin grave riesgo que ubica a los yacetanos donde los lacetanos. Pero no estamos hablando de una mera desubicación. Por supuesto, si lleva a los yacetanos allí, desaparecen del lugar que les corresponde y en el que lo sitúan las restantes fuentes, con lo que queda un espacio vacío que tiene que asignar a los pueblos de alrededor.

Y es que, dado que toda comunidad ha de englobarla en un nombre de pueblo –y que esto, en realidad es secundario respecto a su tarea principal en este ámbito, la de ubicar no los pueblos sino las poblaciones– ha de repartir el territorio de en medio entre las unidades que le quedan o selecciona, esto es, los ilergetes y vascones que tiene en su lista y mapa.

Si tiene delante a Estrabón, como sin duda ocurre, leería la adscripción comentada de Osca a los ilergetes y esto le podría haber dado un pie adicional para hacerlo.

En medio de cuestiones tan obvias como el que coloque también por aquí a unos castellanos fruto del error o de la invención y de los que nadie sabe nada, de este desajuste espacial o de los nombres de ciudades asignados de los que apenas hay ningún dato fiable, parece, en todo caso, más que frágil tomar literalmente la vecindad de ilergetes y vascones y sus correspondientes repartos cartográficos. Se entiende que errores parecidos puedan explicar su adscripción a los vascones de ciudades de la línea del Ebro, como los otros que jalonan sus páginas.

Repitamos, ya por última vez, que todo lo señalado se une al problema histórico de fondo: la inverosimilitud de una “expansión” de esa supuesta etnia no concretable antes y que habría sobrevivido incólume en medio de procesos intensos de cambio, bien presentes allí en el paisaje, la explotación agraria, las ciudades o las villas y que afectan en una dirección que no muestra tampoco ninguna diferencia específica con las zonas de alrededor n61.

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Cabría, sin embargo, plantearse la posibilidad de otra opción que ya hemos sugerido antes y que encuentra su base en el hecho de que una parte de los étnicos que utiliza él, siguiendo la tónica general, deriven claramente de la organización administrativa romana en conventus.

La suposición de que a todos los efectos el único componente administrativo por debajo de la provincia es éste cae por su base n62.

Como es bien sabido, Plinio, cuya base en documentación oficial es indiscutible, en la Citerior y tras nombrar sus conventus, habla de civitates contributae que no tributan por su cuenta y de ciento ochenta y nueve ciudades n63, lo que ya de por sí señala que algunas comunidades articulan fiscalmente a otras.

Pero es más claro: cuando describe los populi que recibe cada distrito conventual n64, y aunque haya ciudades, (mencionadas también por lo general por el étnico de sus habitantes, como Castulonenses por Castulo) que acuden individualmente, podemos ver que hay entidades con nombres étnicos en las que se inscriben diversos populi, como es el caso de los propios várdulos citados, y que incluyen poblaciones que podemos calificar como ciudades.

Parece razonable pensar que el que cite a estos colectivos aquí dentro de un étnico implica un componente de consideración administrativa como tal grupo, como mínimo a determinados efectos administrativos.

Sabemos también que militarmente se cuenta por territorios con un nombre colectivo que no necesariamente implican un étnico a la vieja usanza. El ejemplo de la turma Salluitana marca un punto inicial importante: recibe el nombre de una comunidad, pero tiene caballeros procedentes de otras.

Posteriormente las unidades de nombre étnico nos hablan, como es natural, de un territorio que no se tiene que corresponder en principio con la zona que ocupaba originalmente su nombre.

Es un lugar común la existencia de unidades militares vasconas n65, como las hay de astures, várdulos, de Callaeci o de Bracaraugustani.

Cuando a finales del siglo I o en la primera mitad del II n66 una conocida inscripción nos presenta a un Mocconio que, entre otras cosas, había sido tribuno laticlavio de la legión VII Gemina ad census accipi[en]dos civitatium XXXIIII Vasconum et Vardulorum, se nos ofrece un ejemplo más que interesante de cómo no sólo las fronteras de los conventus ya no son necesariamente las únicas operativas –los dos grupos pertenecen a conventus distintos–, sino de cómo existe un tratamiento específico de unos territorios dentro de ellos a los efectos del censo, esto es, del control administrativo, fiscal y militar.

Así pues, parece claro que sigue funcionando una identificación territorial de un espacio administrativo romano “vascones”, sin más. Es esto lo que podría haber estado en la base del error de Ptolomeo.

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Pero cabría preguntarse también si en medio de los procesos de disolución de diferencias previas y de acercamiento a los modelos romanos cuadra el mantenimiento de todos los viejos nombres y no un proceso de disminución por selección entre ellos a la manera de los que señalaba Estrabón o sencillamente por desaparición de otros n67. En particular en el caso de los colectivos de escasa urbanización o de decreciente demografía, Roma no tendría quizás otra opción viable en términos fiscales o de leva que unificar grupos no operativos.

Al final, la reducción del número de étnicos producida por la homogeneización de los territorios vendría a confluir con las propias necesidades de la administración.

La posibilidad de que los vascones hubieran sido en su origen poco menos que una construcción de Roma aplicada a un territorio y para usos administrativos y bélicos no quita ni su eventual permanencia ni, y esto conviene resaltarlo, la construcción de una identidad colectiva a su alrededor, como prueba muy bien, a mi juicio y por poner un ejemplo, el caso galaico o, en cierta medida el propio caso de la identidad hispana.

El tiempo daría carta de naturaleza a lo artificial en medio de todo el conjunto de cambios que implica el imperio romano, sin que dejaran de influir, por ejemplo, las propias referencias literarias a las guerras de Pompeyo o su uso militar por los romanos en adelante, que puede muy bien tener que ver con su aparición en la obra de un poeta épico del siglo I, Silio Itálico.

Y siguiendo esto más allá, la eventual ampliación territorial de un nombre étnico como el suyo por sucesivas razones administrativas carecería de mayores implicaciones: sería, por decirlo así, tan política y tan poco “étnica” como la propia identidad romana, con una vinculación a los portadores primigenios del nombre que no tenía que ser otra cosa que los emocionales ligados al territorio n68 y, por supuesto, sin que quepa ninguna necesidad de implicar ningún tipo de elemento cultural prerromano superviviente n69.

Desde esta perspectiva, cabría integrar sin mayores consideraciones el aumento del ámbito “vascón”, y también los aumentos o disminuciones de otros grupos en Ptolomeo; por supuesto, todo ello haría imposible calificar como fronteras lo que serían poco menos que “términos” y no digamos ya proyectarlos hacia el pasado n70. Las fuentes literarias o específicamente geográficas, también necesitadas de simplificación, se encontrarían con un proceso que les conviene.

Las interpretaciones continuistas de los modelos nacionalistas decimonónicos, herederos de las viejas formulaciones del humanismo renacentista cuyas construcciones reelaboran en las nuevas, y no tan nuevas, claves, se limitarían a leer en términos de continuidad (e incluso ampliación) étnica lo que no sería más que un ejemplo de rearticulación territorial bajo los viejos nombres. Pocos casos como éste demuestran más a las claras la necesidad de la historiografía; las lecturas críticas de las formas tradicionales de entender las fuentes se convierten así en un objeto de análisis de primera necesidad para poder acercarnos de otra manera a la reconstrucción histórica.

La expansión vascona resulta, como se ve, un intento desesperado por dar coherencia a un relato imposible. El fraccionamiento y la complejidad del territorio en los siglos II y I a. C. y la falta obvia de señales de cohesión o de etnicidad son evidentes; a partir de ahí, todo lo que se ha intentado construir después para afirmar esa autoctonía y continuidad es igualmente frágil.

Los datos lingüísticos apuntan en dirección parecida y a ello dedicaremos el siguiente apartado.

Los vascones y el vascuence. Lengua o lenguas

Incluso sin considerar lo visto en el anterior capítulo, se hace evidente que el modelo que estamos revisando carga el peso de la prueba en la lengua, en el contexto de esa proyección entre hablantes y territorios del presente (o supuestos en determinadas zonas no hablantes hoy del vascuence) con etnia, hablantes y territorios del pasado, concebidos, además, con la vieja formulación que exige monolingüismo como exige la unicidad cultural y étnica.

Merece la pena exponer los datos de la manera más simple y concisa posible antes de llevar la cuestión a algunas reflexiones más globales.

Ni los nombres de las comunidades asentadas en el territorio del actual País Vasco en la época romana, ni los nombres indígenas transmitidos por la epigrafía (romana, en su totalidad), ni, lo que es más importante, la toponimia permiten suponer que sea otra cosa que una zona de lengua indoeuropea n71.

En medio de una abrumadora mayoría de elementos de esta procedencia, la presencia minoritaria de un topónimo –curiosamente Oiasso–, dos antropónimos –uno de ellos en este mismo lugar– y un teónimo solamente permiten suponer una llegada posterior de los hablantes de vascuence y una presencia minoritaria en el contexto de la zona.

El caso del territorio vascón es algo más complejo pero no mucho más.

Dejando aparte por el momento los topónimos –más exactamente el topónimo– se constata sólo a partir de los antropónimos y con nitidez que el territorio de la actual Navarra se caracteriza por ser en cuanto a los nombres no latinos aparecidos en las inscripciones una zona lingüísticamente compleja, con las zonas orientales en pleno contacto con un núcleo compacto de lengua ibera que abarca buena parte del Pirineo, las zonas occidentales en plena continuidad con el mundo indoeuropeo que acabamos de ver y, aquí sí, un conjunto de nombres remitibles al antiguo vascuence o vasco-aquitano n72; al Sur es obvia también la presencia de grupos celtíberos.

Si destaca la importante cantidad de inscripciones con nombres indoeuropeos en la zona de Estella y los límites con la actual provincia de Álava, la presencia de nombres iberos muestra su continuidad con esa zona oriental en la que las inscripción de la turma Salluitana nos había ofrecido nueve nombres de Segia, en la actual Ejea de los Caballeros, así como otros igualmente iberos de otras poblaciones que podemos suponer cercanas.

Las inscripciones en lenguas indígenas encontradas en la zona son cuatro téseras de hospitalidad de La Custodia en Viana que están en celtibérico, y dos más en ibero, el fragmento de Aranguren en las cercanías de Pamplona y el mosaico de Andelo (Muruzábal de Andión), con una vinculación clara con el muy conocido de Caminreal n73.

En medio de esto, se encuentra “la presencia de elementos vascónicos un tanto desperdigados por toda la zona media de Navarra y las Cinco Villas de Aragón, que dan pie a una sociedad lingüísticamente compleja, con muchas posibilidades de interacción entre las lenguas” n74.

Por supuesto, en esa zona media, al sur de Pamplona, los nueve casos que incluye J. Gorrochategui n75 no están aislados: nos encontramos también nombres celtibéricos e ibéricos y considerando que tres de los que incluye proceden de la inscripción de Lerga, la proporción en la zona es poco menos que pareja n76.

La presencia de algunos teónimos remitibles al euskera en este espacio marca una diferencia cuantitativa, que en el caso ibero no resulta nada extraña al no ser habitual, aunque no falte un ejemplo y alguno más indoeuropeo.

Si bien este factor podría ser considerado como prueba de la mayor antigüedad de los hablantes de vasco-aquitano aquí, no hay que olvidar ni lo exiguo del número –cuatro seguros según el propio J. Gorrochategui– ni la tendencia a su concentración en una zona específica, los alrededores de Andelos/Andión.

La única argumentación que puede ser esgrimida con solidez en este sentido es la que se refiere a los topónimos, sin que nadie pueda poner en duda su prioridad sobre cualquier otra salvo los hidrónimos, que ofrecen una argumentación no menos decisiva n77.

F. Villar ha dado argumentos sólidos n78 para probar que de los treinta y ocoho topónimos antiguos atestiguados en el espacio vascón en sentido amplio sólo uno tiene una etimología vasco-aquitana indiscutible, mezclada con el latín, Pompaelo, frente a un celta, dos iberos, cinco latinos, cinco dudosos y veinticinco indoeuropeos.

Y se carece de hidrónimos de tal procedencia.

Como muy bien señala este autor, tales datos no son en absoluto compatibles con una interpretación de la lengua vasco-aquitana como la lengua original de la zona y ofrecen, adicionalmente, un dato muy preciso, la fundación de Pamplona, para la época en la que podemos testificar que efectivamente están presentes.

Si los datos del actual País Vasco descartan incluso una presencia no casual de hablantes del vascoaquitano salvo, quizás, en ese espacio excepcional que es Oiasso, los de Navarra muestran un mundo de multiplicidad lingüística, en el que ni los vascones hablaban vascuence exclusivamente, y se descarta la condición de habitantes primigenios de quienes sí lo hacían.

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Para entender mejor las dimensiones del problema y avanzar algo más, aún a riesgo de plantear temas bien sabidos, puede ser útil recordar la historia de las posiciones al respecto y de cómo se han visto afectadas por sucesivos descubrimientos.

El de M. Gómez Moreno de la lectura del ibero n79 supuso un freno para la tendencia anterior a entender como vascuences todo un conjunto de documentación previa –desde toponimia a inscripciones como la de la turma Salluitana– que, por ejemplo, extendían las explicaciones en esta clave a amplias zonas, incluyendo el Pirineo.

La posibilidad del conocimiento del celtíbero ayudó también en esta dirección.

A falta de documentación sólida de elementos vasco- aquitanos, con el problema siempre presente de la escasez de toponimia antigua de esta procedencia y con el creciente aporte de nuevas inscripciones ibéricas, M. Gómez Moreno, J. Untermann y otros pudieron sostener que la presencia de quienes la hablaban debía ser llevada a la Antigüedad Tardía.

Este contraste entre las creencias asumidas globalmente y la crítica científica pareció encontrar un punto de inflexión cuando a partir de los años sesenta, tras la inscripción de Lerga en particular, empezaron a aparecer nombres que podían ser remitidos al vascuence, si bien fueron apareciendo también otros que no lo eran.

Esto hizo decaer la hipótesis de la primera introducción de hablantes del vascuence en la Alta Edad Media.

Un cambio de gran relieve en la perspectiva global lo supuso el interesantísimo trabajo de J. Gorrochategui sobre la onomástica indígena de Aquitania n80 y que dejaba clara la indiscutible y abundante presencia de hablantes de un paleovascuence en zonas de la provincia romana de Aquitania.

Sistematizaba todas las inscripciones publicadas previamente ofreciendo un instrumento fundamental para el trabajo posterior. La presencia de celtas en las inscripciones de la zona era también obvia, mientras que, quizás como una reacción al periodo anterior, los componentes iberos no eran tenidos centralmente en cuenta.

El estudio de los materiales que iban apareciendo en Hispania contaba ahora con un referente esencial al otro lado de los Pirineos, pero, por otra parte, esa basculación del peso probatorio hacia allá no dejaba de suscitar problemas hacia acá para la hipótesis autoctonista ante el obvio contraste entre aquella profusión y lo magro de lo hallado aquí en términos absolutos y en términos relativos.

No son los únicos que se generan –piénsese, por ejemplo, en que las conexiones fonéticas y de otro tipo con un ibero cuya presencia y probable hegemonía pirenaica se iba constatando cada vez más y que hace no menos probable que esos elementos comunes tuvieran que ser explicados precisamente en esas zonas, lo que quizás tiene que ver con su cierta conversión en convidado de piedra en buena parte de estos estudios n81– pero son los que nos interesa seguir ahora.

O en el otro problema que suponía defender en adelante una fuerte presencia de sus hablantes en los territorios antiguos de las actuales País Vasco y Navarra, cuando se dejaba abierta la inquietante pregunta de cómo es que no produjeron la misma o parecida cantidad de inscripciones con sus nombres. Y si se argumentaba que la evidencia aquitana probaba la antigüedad mayor, e incluso la autoctonía de los hablantes de vasco-aquitano en la Aquitania, contando, además, con la importante presencia de onomástica indoeuropea allí, resultaba cada vez más precario sostener que la abrumadora evidencia que ha ido apareciendo de onomástica indoeuropea en los actuales País Vasco y Navarra, en este caso en su parte Occidental, con una presencia escasa en términos relativos y absolutos de vasco-aquitanos, no probaba lo mismo aquí para los grupos indoeuropeos.

Por supuesto, en estos contextos, sólo quedaba, y queda, el más que dudoso procedimiento de recurrir al presupuesto de partida de la autoctonía del vascuence para considerar sus restos supervivencias de fases más antiguas…

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El desmonte de este componente autoctonista y la demostración de su incompatibilidad con los datos que tenemos, en definitiva, la prueba de que el vascuence se había introducido en una fecha tardía, no probada antes de la aparición de Pompeyo, ha situado, de hecho, el dato de la profusión aquitana en inscripciones y en hablantes al desnudo.

Pero éste quizás ayude a convertir el problema en solución: hay ya un lugar evidente del que pudieron haber venido en esas fechas tan recientes. La cuestión que quedaría por solucionar es en qué ocasión.

Pompeyo y los hablantes de vasco-aquitano: una hipótesis sobre su origen

La fundación de Pompaelo-Pamplona entre los vascones por Pompeyo en los años setenta del siglo I a. C. es el dato básico con el que contamos para la presencia de hablantes de vasco-aquitano en la Península Ibérica.

La presencia de Pompeyo en la zona en uno o varios momentos de su lucha contra Sertorio está bien atestiguada por el texto de Salustio que conocemos n82 y que deja claros los problemas de abastecimiento con los que se encuentra.

Éste es un factor importante en todas las guerras, pero lo es particularmente en esta guerra, como prueban muy diversas referencias de las fuentes e incluso la famosa carta de Pompeyo, indignado, al senado por no proveerle suficientemente n83 y que podría ubicarse por esta época.

Que su estancia se produzca en el invierno del 75-74 parece razonable n84. Como ha sido señalado muchas veces, la zona vascona, y el lugar de la futura Pompaelo en concreto, resulta estratégicamente importante por muchas razones, una de ellas era el acceso a Aquitania por Roncesvalles, pero también al mar en dirección al Cantábrico y a la misma Aquitania por la costa, la más viable en época invernal, aparte de su papel en las conexiones obvias con el Valle del Ebro en dirección hacia la futura Caesar Augusta y el mar Mediterráneo; es, por tanto, un auténtico nudo de comunicaciones de gran importancia estratégica n85 .

Es en este momento o en la amplia tarea de reorganización que emprende después cuando se sitúa la fundación de Pompaelo n86.

La razón para suponer que Pompaelo se funda con indígenas de la zona no ha sido otra que la asociación entre vascones=vascuence, cuya fragilidad ya hemos visto y el hecho de que el nombre contenga en su final un componente protovascuence.

Que sean traídos de donde sí sabemos que hay una cantidad notable de hablantes de esta lengua es perfectamente consistente.

Pero lo es más si consideramos que tenemos informaciones de una fundación al otro lado de los Pirineos, algo a relacionar también con el papel de estos territorios en la propia guerra, bien visible en la presencia de varios generales romanos, incluido Pompeyo, y en su función como espacio de retaguardia para él y su bando.

Dos fuentes nos hablan de Lugdunum Convenarum n87; S. Jerónimo la considera formada por vectones/vetones, arrebacos/arévacos, y celtíberos bajados de las crestas pirenaicas, mientras que Isidoro los considera vascones, una posición que defendía A. García y Bellido, por ejemplo, y que, en todo caso, cuadra más con la referencia a las alturas de los Pirineos n88 y que no puede ser rechazada de principio con el argumento del carácter propompeyano de los vascones89, un aspecto que ya sabemos que no se puede sostener.

Está en un espacio central de los territorios donde luego se encontrarán inscripciones vasco-aquitanas.

Un traslado entre ambos lados del Pirineo no sería una mala opción, aunque tampoco sea imprescindible.

En cualquier caso, es un excelente momento para traer gentes de esa zona, y asentarlos en condición privilegiada en Pompaelo, asegurándose la fidelidad del territorio.

Es razonable pensar que se trata de una re-fundación, mixta, en la que la inclusión de estos nuevos habitantes no tiene por qué suponer necesariamente un castigo para los anteriores, aunque tampoco haya que descartarlo.

Lo único seguro es que la parte vasco-aquitana del nombre nos asegura el componente más significativo del grupo poblacional de la nueva fundación.

Y también es un excelente momento para asegurar las conexiones con el mar por una vía y una plaza fuerte.

Ya hemos visto que Oiasso (Oyarzun-Irún) es el otro topónimo vasco-aquitano seguro junto con Pompaelo; es, curiosamente, también el único lugar del actual País Vasco donde una inscripción nos da un posible nombre de la misma familia linguística: Val(erius) Beltesonis n90.

Aunque no sin ambigüedades, ya hemos señalado su adscripción vascona en las fuentes y la sorpresa que esto había causado por el carácter claramente externo al núcleo vascón de su situación y por el componente várdulo del territorio donde se enclava, bien visible, por ejemplo, en Mela n91.

Recordemos los elementos que permiten suponer el carácter vascón del lugar. Tenemos una famosa referencia de Plinio n92 en una descripción de las costas viniendo de Aquitania en la que cuenta que Hispania comienza en el promontorio pirenaico, define la forma de Hispania considerando que es más estrecha aquí que la Galia y que su otro extremo, anuncia que se trata de la España Citerior o Tarraconense y comienza su ruta diciendo: sigue su ruta a Pyrenaeo per oceanum Vasconum saltus Olarso Vardulorum oppida Morogi…

Es muy probable que el promuntorium que marca a los navegantes –per oceanum– el paso desde la Galia sea precisamente el que se sitúa en Oiasso/Olarso n93, y que tras presentarlo antes en general pase ahora a describirlo.

La identificación entre el promuntorium y el monte sobre Oiasso no puede dudarse, por razones orográficas y por la unanimidad de las fuentes.

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Ptolomeo n94 enumera los de la costa y, tras ubicar a los várdulos y su ciudad Menosca, menciona a los vascones, su población Oiasso y el “promontorio de Oiasso del Pirineo”, lo que contribuye a reafirmar tres asociaciones de Oiasso: con el promontorio, los Pirineos y los vascones n95.

El señalar los cabos como puntos clave de referencia desde el mar es lo típico en la literatura geográfica, pero también Oiasso le sirve a Plinio, como a otros autores, y a la administración romana, para medir las dimensiones de Hispania, por ejemplo desde Tarragona.

Su asociación entre paso de la Galia e Hispania en la zona costera, final de la ruta desde la capital provincial Tarraco y punto de referencia marítimo es totalmente obvia n96.

La referencia de Plinio asocia ese cabo con los vascones, entonces, quizás llamando saltus ahora al monte que es el cabo.

Y se entiende también por aquí otra referencia de Estrabón n97 que ya conocemos en la que informa de la vía de Tarragona hacia los vascones de Pamplona y (los vascones de?) Oiasso en el Océano, que separa Aquitania e Iberia.

La asociación entre vascones y Oiasso parece ser algo más que un referente a la vía y a su vinculación con los vascones. Tenemos, pues, dos anomalías, ésta del carácter “vascón” de la ciudad en un espacio várdulo, y la del extraño y aislado componente vasco-aquitano en su nombre. Ambas se pueden explicar con nuestra hipótesis.

La instalación de hablantes de vascuence procedentes de Aquitania como en Pompaelo explicaría su nombre vasco-aquitano, mientras que la vinculación a la zona vascona tendría una buena explicación con la poco menos que necesaria vinculación con el núcleo central de sus coterráneos en la Península asentados allí, y a su vinculación con ellos por la vía desde Pompaelo que la une a la capital provincial.


La futura potenciación de la ciudad como puerto de obvia importancia estratégica muestra la importancia del lugar y la finura de la elección estratégica que supone n98.

No olvidemos, tampoco, su papel esencial en la ruta entre el Ebro, el mar y la Galia costera aquitánica en la que Pamplona resulta esencial y que hemos visto tan constatada en las referencias anteriores, por ejemplo Estrabón.

Cabría suponer, entonces, que ese vínculo lo es también a efectos del papel de estos grupos en la perspectiva viaria cara a Roma.

Una integración en la misma unidad administrativa romana que eran o devienen los vascones se haría necesaria.

La hipótesis de que todo esto refiera también a su adscripción al conventus cesaraugustano que hemos comentado, lo que, por otra parte, es obligado para los conventus de la Citerior, no tiene por qué ser contradictorio con esto: su previa asociación al espacio de los vascones se reforzaría ahora al pertenecer al mismo conventus y vincularse territorialmente de manera adicional, y también por lo que podría implicar de multiplicación de contactos por la función fiscal y las consiguientes obligaciones de exportación e importación de productos por esa vía n99.

La conexión de Oiasso y Pompaelo con la vía de comunicación que las une y su papel comercial, fiscal y estratégico puede tener algunas implicaciones más en otros espacios navarros.

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No deja de ser curioso que la concentración de teónimos vascoaquitanos se produzca precisamente en dirección Sur y con coincidencias notables con la ruta hacia el Ebro, como ocurre en el caso de la zona de Andelos/Andión, uno de los escasísimos topónimos que presentan ciertas dudas en su adscripción n100 y donde se han encontrado muestras claras y significativas de hablantes de vasco- aquitano y los diversos teónimos a los que nos hemos referido antes n101.

Es un enclave importante en el que hallamos también gentes de nombres indoeuropeos e ibéricos, aparte, claro está, de latinos n102 un hecho que cuadra bien con la única información que tenemos algo detallada de las fundaciones pompeyanas, la de los Convenarum.

Cuadra muy bien con esto el hecho que se ha recalcado recientemente de la relación entre los primeros desarrollos urbanísticos según patrones romanos en la zona y la guerra sertoriana n103.

La hipótesis de que Pompeyo termina o realiza esta vía Tarraco-Oiasso cuadra muy bien con ello n104.

Las fundaciones de Pompaelo y, si tenemos razón, Oiasso, muestran la preocupación de Pompeyo por que Roma controle esta ruta; la posible instalación de otros grupos al Sur de Pamplona mucho más.

En todo caso, lo dicho sumado a la fundación de Lugdunum Convenarum muestra el lugar crucial de los Pirineos en la reestructuración pompeyana de la Citerior, un aspecto que podría reforzarse si se admite su fundación de Gerunda/Gerona en esta misma perspectiva n105.

La posible asociación de la torre trofeo de Urculu n106, en el camino al Pirineo por encima de Roncesvalles y a la vista de la vía, a Pompeyo y al famoso monumento al que vimos que hacía referencia Plinio y que se dedicó él mismo en la zona Oriental, en Perthus, lo apoyaría, aunque la falta de datos resulte en este caso también paralizadora.

Suponer estas fundaciones podría resolver los problemas que hemos ido viendo, incluyendo la falta de topónimos hasta Pompaelo (y Oiasso), y explicaría la presencia de hablantes de vasco- aquitano que tenemos constatados.

Después, cuadra bien con los datos sobre su condición de grupo poblacional entre otros en la única zona donde se constatan con cierta consistencia. Quizás no es una especulación muy arriesgada suponer, por otra parte, que su carácter exógeno y el hecho de provenir de grupos traídos desde otras zonas por los romanos podrían también dar cuenta de su tendencia a aferrarse más, o a hacer más explícitos, componentes identitarios como los teónimos.

En cualquier caso, recordemos que, con los datos en la mano, en la propia zona de Pompaelo y la Navarra central es imposible suponerles un componente mayoritario; hablamos de un grupo de gentes que se sitúan en un ambiente de hablantes de lenguas celtíberas o celtas, con algunos componentes iberos, en un mundo presidido por el latín, convertido, y cada vez más, en la lengua de referencia.

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Parece fuera de lugar sostener que la presencia medieval de vascuence aquí y en el futuro País Vasco pudiera deberse a estos grupos. Incluso es complicado también suponer la supervivencia de la lengua. Lo que sí está claro es que los procesos de romanización lingüística y de cambios sociales y económicos corporeizados, por ejemplo, en las villas, son paralelos a los de los restantes lugares de la zona del Ebro y se constatan con nitidez en la toponimia de la zona –como ya probó J. Caro Baroja, por ejemplo–.

Nada habla de que aquí se produzca antes de la fase tardoantigua un desborde de la lengua vascona.

Conviene recordar, quizás innecesariamente, que en Europa continental la única lengua celta que perdura, el bretón, es fruto de una emigración desde la Isla Británica en la época de las invasiones.

No parece haber otra alternativa que dar la razón a quienes miran a la Antigüedad Tardía para encontrar la solución para el problema.

Una confusión en el tiempo y algunas discontinuidades

Aquí se cruzan, de nuevo, los problemas historiográficos y los problemas históricos.

El mismo mundo que ve desarrollarse el vascoiberismo y el vascocantabrismo ve también la ecuación vascones-vascuence-vascos y la necesaria creencia en la continuidad hasta el presente.

Las reflexiones de diversos autores que hemos vertido aquí nos muestran un colectivo complejo, sin elementos identitarios objetivos o subjetivos detectables, plurilingüe, con un componente territorial no menos difuso, al que, si tenemos razón, los romanos añaden complejidad lingüística y étnica asentando hablantes de vasco-aquitano y cuya denominación es quizás también fruto de los usos romanos, incluso de los meramente administrativos.

Con posterioridad el término puede seguir usándose para y por los habitantes de un territorio en el que predominan los cambios socioeconómicos, sin que quepa descartar la posibilidad de que éste se amplíe sobre espacios vecinos, en el contexto de un latín de avance tan gradual e inexorable como otros componentes de la cultura antigua.

Es interesante ver que la Antigüedad Tardía nos da claves precisas para entender otro cambio más: aquél por el que se empieza a denominar vascones a grupos del todo ajenos al mundo anterior, incluso enemigos del espacio más significado del viejo mundo vascón.

Recordemos brevemente n107 que en la zona tenemos testificada, en el contexto de los cambios críticos que implican los siglos finales del Imperio Romano de Occidente, una importante presencia de los movimientos de bacaudae en el siglo V y procesos de ruptura social que se dan a ambos lados del Pirineo.

Y también sabemos que será uno de los espacios claves de enfrentamiento –más dramático en Cantabria– entre visigodos y francos ya en el VI.

En ese contexto se constata que las fuentes francas a partir de los años setenta de este siglo informan de enfrentamientos con gentes a las que denominan “vascones”.

Se trata de grupos montañeses de economía precaria en cuya conformación interviene también todo el conjunto de impactos de las crisis seculares del mundo tardo imperial y tardo antiguo que constatamos en los bacaudae del siglo anterior, agravados ahora por los procesos de invasiones germánicas y de consolidación de sus reinos.

Probablemente se asiste aquí a la conformación específica de nuevos grupos, a procesos de etnogénesis que ven nacer bajo este nombre identidades nuevas.

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El saqueo de la Novempopulonia y la posible instalación allí de gentes a las que las fuentes denominan vascones suele considerarse como el momento en el que la zona empieza a ser denominada Guasconia, Uasconia.

Pronto también se producen enfrentamientos en Hispania con los visigodos, por parte de estos grupos que someten a sus correrías a los habitantes del llano.

No hay ni que decir que estos nuevos “vascones” no tienen que ver ya con aquellos viejos vascones cuyas tierras invaden.

Otro giro de tuerca en los significados. Las razones por las que se produce esta identificación son difíciles de conocer dada la pobreza de los datos con los que contamos sobre el uso del término y los muchos siglos y acontecimientos con los que hay que contar.

Una clave pueda encontrarse en los textos de Ausonio n108, donde se constata la asociación de sus usos de uasco/uasconia ligados a saltus, Pirineo e incivilización.

Quizás el papel de este famoso poeta cristiano del siglo IV fue decisivo para esta asociación o quizás no es más que un testigo de cómo se populariza como expresión poco menos que despreciativa que continúa en estas claves el conjunto de asociaciones visibles en la literatura de vascones y Pirineo que ya hemos visto, asociaciones en las que Pompeyo tuvo tanto que ver.

Suponer un tránsito por el que acaba definiendo a habitantes de los valles pirenaicos y después su aplicación a estos grupos en las fuentes ya cristianas ligadas a los francos y godos no parece muy arriesgado. Si esto es así, el viejo término de bien conocida raíz indoeuropea que había servido para definir de la forma evanescente que hemos visto lo que acaba siendo un espacio administrativo romano más, vuelve a aplicarse otra vez desde el exterior a grupos muy distintos que quizás acabarían asumiéndolo como propio.

Lo razonable es que sea también en estos momentos cuando sean identificados con la lengua que hoy denominamos vascuence y que sean ellos los que, cuando el panorama se complique con la invasión musulmana, protagonicen también la ocupación o la continuación de la ocupación de territorios al otro lado de los Pirineos en dirección al futuro País Vasco.

Sea como fuere, este nombre refleja en realidad un mundo complejo en el que se han ido produciendo fenómenos no tan distintos a los propios procesos de etnogénesis protagonizados por los grupos germánicos, que a su vez acabarán contribuyendo a generar nuevas identidades en las zonas del fenecido imperio romano que dominan.

No es tan extraño que en las periferias de unos procesos tan complejos y de tanta envergadura se produzcan fenómenos similares.

El surgimiento de los Navarri como grupo, por ejemplo, tiene mucho que ver con este ambiente y circunstancias.

Sin necesidad de mencionar el caso de la Novempopulonia, las condiciones de la época cuadran muy bien con ello y también con su desplazamiento.

Las luchas de Wamba contra sus incursiones en “Cantabria”, esto es, necesariamente incluyendo o pasando por las tierras del futuro País Vasco en el 675, marcan uno de los caminos del futuro, si es que no son los primeros de ese futuro.

Recordemos, además, que esas cruentas luchas tuvieron en la zona el precedente de la ocupación por los francos, con la constitución de una provincia de Cantabria en la segunda mitad del siglo VI y hasta comienzos del VII, en que fueron desalojados por los visigodos.

Espacios bien conocidos, en los que incursiones por tierra y por mar contribuyen a las rupturas y crisis de todo tipo que ya de por sí provee la época y donde, en medio de las tensiones entre francos y visigodos, cabe esperar infiltraciones e invasiones de grupos que, además, pueden ser también impulsados por los mismos francos en su disputa por la zona.

Ver, en medio de tales complejidades, la constitución o el afinamiento de una identidad única y perdurable n109 es también parte del mismo modelo de construcción al que venimos aludiendo desde el principio y también choca frontalmente con la constatación de la historicidad y variabilidad de las identidades entonces, un tema igualmente crucial de la investigación en este campo n110.

Transferir a la Edad Media lo que antes correspondía a la Edad Antigua no parece el mejor camino para superarlo n111.

Notas

n11 Sigue siendo una mina de datos en este sentido su excelente retrato del cronista Esteban de Garibay en J. CARO BAROJA, Los vascos y la historia a través de Garibay. Ensayo de biografía antropológica, San Sebastián 1972. Ver también J. JUARISTI, Vestigios de Babel. Para una arqueología de los nacionalismos españoles, Madrid 1992.

n12 F. WULFF, Las esencias patrias. Historiografía e historia antigua en la construcción de la identidad española (siglos XVI-XX), Barcelona 2003, 41ss.

n13 Ver, por ejemplo, los diferentes artículos incluidos en P. VIALLANEIX y J. EHRARD (eds.), Nos ancêtres les Gaulois, Clermont- Ferrand 1982; y más globalmente S. CITRON, Le Mythe Nacional. L’Histoire de France en question, París 1989, 103-104.

n14 Ver, por ejemplo, J. CARO BAROJA, Sobre la lengua vasca y el vasco-iberismo, San Sebastián 1979; A. TOVAR, Mitología e ideología sobre la lengua vasca. Historia de los estudios sobre ella, Madrid 1980; J. ANDREU, La imagen de la Navarra Antigua y de los Vascones en la historiografía del Antiguo Régimen: de P. Sandoval (1614) a J. Yanguas y Miranda (1840), en: Navarra: Memoria e Imagen. Actas del VI Congreso de Historia de Navarra I, Pamplona 2006, 23-43; J. ARANZADI, Milenarismo vasco. Edad de Oro, etnia y nativismo, Madrid 2000, 383ss. y passim; ver para el contexto M. AZURMENDI, Y se limpie aquella tierra. Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII), Madrid 2000.

n15 F. WULFF, Nacionalismo, Historia, Historia Antigua: Sabino Arana (1865-1903), la fundación del nacionalismo vasco y el uso del modelo historiográfico español, DHA, 26,2, 2000, 183-211; Las esencias patrias… 151 ss. El tema también ha sido tratado por J. ANDREU, Vascoiberismo, vascocantabrismo y navarrismo: aspectos y tópicos del recurso ideológico a los Vascones de las fuentes clásicas, Revista de Historiografía 8-V, 2008, 41-54.

n16 Ver las interesantes reflexiones y análisis de X. ZABALTZA, Mater Vasconia. Lenguas, fueros y discursos nacionales en los países vascos, San Sebastián 2005 y Una historia de las lenguas y los nacionalismos, Barcelona 2006.

n17 Ver, aparte de lo ya señalado antes, los diversos trabajos de J. Juaristi, de J. JUARISTI, El Linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid 1987 en adelante; J. L. DE LA GRANJA, El nacionalismo vasco: un siglo de historia, Madrid 1995; J. L. CORCUERA, Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco 1876-1904, Madrid 1979; A. ELORZA, Ideologías del nacionalismo vasco, 1876-1937 (de los “euskaros” a Jagi Jagi), San Sebastián 1978; La religión política. El nacionalismo sabiniano y otros ensayos sobre nacionalismo e integrismo, San Sebastián 1995; y también J. L. NIEVA, La idea euskara de Navarra (1864-1902), Pamplona 1999.

n18 Para esto y para la crítica a la lectura tradicional de la identidad vascona es pionero el trabajo de este autor, cuya presencia en el presente estudio ha de entenderse más allá de las citas concretas; ver J. J. SAYAS, El poblamiento romano en el área de los vascones, Veleia 1, 1984, 289-310; De historiae Vasconiae rebus controuersis, en: Actas del I Congreso General de Historia de Navarra. I. Ponencias, Pamplona 1987, 89-124 y, en particular, Cuestiones relacionadas con la etnia histórica de los vascones, en: J. F. RODRÍGUEZ NEILA y F. J. NAVARRO (eds.), Los pueblos prerromanos del Norte de Hispania: una transición cultural como debate histórico, Pamplona 1998, 89-139.

n19 Ver STR. 3. 3. 7: “hasta los vascones y los Pirineos”; y 3. 4. 10 (Iberia/Céltica), 3. 4. 20 (otro “hasta los Pirineos”); 4. 5. 1; J. J. SAYAS, Unidad en la diversidad: la visión de Estrabón de algunos pueblos peninsulares, en: G. CRUZ (ed.), Estrabón e Iberia: nuevas perspectivas de estudio, Málaga 1999, 153-208, esp. 158ss.

n20 Ver los artículos citados de J. J. Sayas en notas 18 y 19. En una terminología más técnica, y tal como señala Á. A. JORDÁN, La expansión vascónica en época republicana: reflexiones en torno a los límites geográficos de los vascones, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en la Antigüedad. Propuesta de actualización, Pamplona 2006, 86: es imposible identificar una facies cultural propia de vascones.

n21 SALL. Hist. 2. 93: Romanus [exe]rcitus frumenti gra[tia] remotus in Vasco[nes est it]emque Sertorius…[Pom]peius aliquot dies [cas]tra stativa habuit…

n22 J. VELAZA, Crónica de epigrafía antigua de Navarra (II), en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 56.

n23 LIV. Per. 91

n24 La referencia parece apuntar, según es uso en Livio y en estos contextos, a la entrada en un territorio perteneciente a otra comunidad; la presencia de asentamientos de indígenas planificados por Roma en este territorio –como Gracchuris– permitiría, sin embargo, especular con que se trate del nombre de un espacio de propiedad pública romana con ese nombre del tipo del ager Campanus en LIV. 7. 30. 19.

n25 Ver Á. A. JORDÁN, La expansión…, 85 sobre esta falta de índices de conciencia unitaria y 101 para una demostración de que con los datos –o mejor, no datos– en la mano, se puede suponer a los vascones prosertorianos, como Calagurris, y la fundación de Pompaelo como un castigo; ver una crítica a la idea del carácter filopompeyano de los vascones en la contribución de F. Pina a este mismo volumen (pp. 195-214), con las dudas, que comparte con Á. A. Jordán, sobre la expansión vascona que se ha venido considerando, como veremos, una recompensa por ello.

n26 Á. A. JORDÁN, La expansión…, 108-109 plantea que esta lectura en Ptolomeo apunta a la posibilidad de una adscripción al conventus cesaraugustano en el que se inscribe la zona y que sería leída en estos términos; la exigencia de salida al mar de los conventus de la Citerior es bien conocida: ver P. OZCÁRIZ, Los conventus de la Hispania Citerior, Madrid 2006.

n27 PLIN. Nat. 3. 3. 24.

n28 Para esto y para lo que sigue ténganse en cuenta las reflexiones antes citadas de J. J. Sayas (notas 18 y 19); para dos trabajos recientes sobre el tema, ver la interpretación de las fuentes en E. CANTÓN, Sobre la expansión vascona en las fuentes literarias, Veleia 22, 2005, 129-43 y el análisis con respuesta negativa a la expansión pero con un intento de formular un territorio en Á. A. JORDÁN, La expansión…; y en las pp. 195-214 de este mismo volumen, en la contribución de F. Pina.

n29 Ver PLIN. Nat. 3. 4. 110 a Pyrinaeo per oceanum Vasconum saltus Olarso Vardulorum oppida Morogi; la posibilidad de STR. 3. 4. 10 y el mucho más debatible PTOL. 2. 6. 10; ver más adelante.

n30 La vieja asociación del nombre de probable raíz indoeuropea de los Barskunez/Baskunes, uno de los grupos emisores de monedas de las llamadas “vasconas” (ver F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes en el País Vasco y Navarra. Genes, lenguas y topónimos, en: F. VILLAR y B. M. PRÓSPER, Vascos, celtas e indoeuropeos. Genes y lenguas, Salamanca 2005, 446-447 que supone un topónimo Brasco, Barsko), podría verse apoyada, incluso en su evolución lingüística, aceptándola como una elección romana a la manera de la que también de forma parecida se realiza para los Callaeci. Por supuesto, las monedas se emiten en época romana y tras el impacto de Roma (J. J. SAYAS, Cuestiones relacionadas…, 108) y son tratadas en este volumen en dos contribuciones monográficas al respecto (pp. 71-98 por parte de C. Blázquez y pp. 99-126, por parte de F. Beltrán Lloris y J. Velaza).


n31 PLIN. Nat. 3. 3. 18.

n32 PLIN. Nat. 3. 3. 22.

n33 STR. 3. 3. 7.

n34 STR. 3. 4. 12.

n35 Ver PLIN. Nat. 3. 4. 100, citado y 3. 3. 26.

n36 PLIN. Nat. 3. 3. 7; ver también 3. 3. 28 para dos ejemplos del Noroeste hispano; ver el interesante caso de los ilirios, con la distinción entre el nombre global actual y el propiamente dicho en 3. 3. 139.

n37 PLIN. Nat. 3. 3. 23.

n38 STR. 3. 4. 10.

n39 La importancia de las referencias a las campañas militares de las guerras civiles, y de las cesarianas en particular, para conectar con los intereses de su público, no es clave sólo para este territorio; ver, por ejemplo, para la Bética: G. CRUZ ANDREOTTI, Acerca de Estrabón y de la Turdetania-Bética, en: G. CRUZ ANDREOTTI, P. LE ROUX y P. MORET (eds.), La invención de una geografía de la Península Ibérica II, Málaga-Madrid 2007, 261, un texto importante para ver la aplicación de los criterios de Estrabón que vamos viendo aquí a un espacio muy diferente.

n40 STR. 3. 4. 11

n41 Ver J. M. GÓMEZ FRAILE, Reflexiones críticas en torno al antiguo ordenamiento étnico de la Península Ibérica, Polis 13, 2001, 74-75; ver más adelante las problemáticas que suscita Ptolomeo sobre algunos de estos pueblos.


n42 STR. 4. 1. 12.

n43 PLIN. Nat. 3. 3. 24.

n44 STR. 3. 2. 15.

n45 Ver la presencia de ambos en PLIN. Nat. 3. 3. 24.

n46 La importancia de Pamplona como punto en la red viaria y su asociación con Pompeyo la hacen particularmente relevante, sin duda, citable, diríamos. Pero no conozco ninguna fuente que permita asegurar su funcionamiento ahora o después como “capital de los vascones”; no podemos deducir nada de la información del periodo anterior; recordemos que las escasas citas remiten a la vía y a Pompeyo. Otras informaciones posteriores tampoco apoyan esto; por ejemplo, los tres legados iuridici de finales del I y comienzos del II que se relacionan con Pompaelo lo hacen desde Calagurris, véase, al respecto, P. OZCÁRIZ, El papel del territorio navarro en la administración de la prouincia Hispania Citerior durante el Alto Imperio, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 168-169. Más adelante se constata su condición de sede episcopal, junto con Turiasso, con anterioridad a Pamplona, ver: E. MORENO, El periodo tardoantiguo en Navarra: propuesta de actualización, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 272ss.

n47 PTOL. 2. 6. 10-11: dando nombres de pueblos por el Cantábrico y después de los várdulos incluye entre los vascones a Oiasso y el promontorio Oiasso del Pirineo; en una sucesión por tierra várdulos-vascones-ilergetes incluye como vasconas: 2. 6. 66: Itourissa, Pompailon, Bitouris, Andelos, Nemanturista, Kournonion, Iaka, Grakuouris, Kalagorina, Kaskonton, Ergauica, Tarraga, Muskaria, Setia, Alauona.

n48 Una presentación muy práctica en Chr. JACOB, Geografía y etnografía en la Grecia antigua, Barcelona 2008, 160ss., y 167.

n49 J. M. GÓMEZ FRAILE, La geografía de la Hispania Citerior en C. Tolomeo: análisis de sus elementos descriptivos y aproximación a su proceso de elaboración, Polis 9, 1997, 183-247; y Reflexiones críticas..., 69-98.

n50 Aparte de J. M. Gómez Fraile citado en la nota anterior, ver el interesante ejemplo que toma Chr. JACOB, Geografía y etnografía…, 168: cita Ptolomeo en Germania un lugar llamado Siatutanda, que no es sino una mala interpretación de una referencia de Tácito a un pueblo germano que reza ad sua tutanda, “para proteger sus bienes”.

n51 Véase la edición de V. BEJARANO, Hispania Antigua según Pomponio Mela, Plinio el Viejo y Claudio Ptolomeo. Fontes Hispaniae Antiquae. VI, Barcelona 1987. PTOL. 2. 6. 66-72.

n52 Ver en particular para el problema, sus fuentes y un intento de solución F. BELTRÁN LLORIS, Hacia un replanteamiento del mapa cultural y étnico del norte de Aragón, en: F. VILLAR y Mª P. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ (eds.), Religión, lengua y culturas prerromanas de Hispania, Salamanca 2001, 61-81, esp. 62 sobre quienes defienden también una expansión ilergete.

n53 Ver, en relación con Aníbal, las apariciones en el libro 21 de Tito Livio, por ejemplo en 21. 23. 2 (ilergetes, bargusios, ausetanos, lacetanos); ver del 28, por ejemplo, 28. 34. 3; del 34, 34. 20. 2 (sedetanos, ausetanos, suessetanos, lacetanos); SALL. Epist. 5: habría recuperado la Galia, los Pirineos, Lacetania y los indigetes.

n54 Ver J. L. GARCÍA ALONSO, La Península Ibérica en la Geografía de Claudio Ptolomeo, Vitoria 2003, 413 y 515-516; ver también A. TOVAR, Iberische Landeskunde 3, Tarraconensis, Baden-Baden 1989, 48-9, s.v. Iaccetani, T-29; 35-37, s. v. Lacetani, T-12; 37, s. v. Laietani, Lartolaietes, T-13.

n55 Ver la completa y reciente traducción y edición de S. RADT, Strabons Geographik 1, Gotinga 2002; puede compararse, por ejemplo, con la misma falta de dudas la de F. LASSERRE, Strabon Géographie 2, París 1966.

n56 Agradezco la información al respecto que me ha comunicado amablemente J. L. García Alonso: de sus once manuscritos primarios diez tienen esta fórmula en 2. 6. 71; la única variante suprime sencillamente la iota inicial, fruto de una lectura errónea.

n57 Un buen ejemplo muy cercano al de los Laeetani de Plinio es el de la denominación del golfo de Laeana en el Mar Rojo: nos cuenta (PLIN. Nat. 6. 156 y 5. 65) que unos lo llaman Laeanitico, otros Aleanitico, Artemidoro Alaenitico, Juba Leanitico..., con también la variante de la ciudad que aparece, como sigue señalando Plinio, como Laeana y Aelana.

n58 Ver STR. 3. 4. 10; efectivamente, es fácil asociar a Sertorio con la Yacetania y las luchas de Sexto Pompeyo con la Lacetania (CASS. DIO 45. 10. 1); confróntese con. el comentario de A. TOVAR, Iberische Landeskunde 3, Tarraconensis, Baden-Baden 1989, 48-9, s.v. Iaccetani, T-29. 59 Ver J. L. GARCÍA ALONSO, La Península Ibérica..., 413ss.; y F. BELTRÁN LLORIS, Hacia un replanteamiento…, 70.

n60 Como lector de Estrabón tendría fácil ubicarlos en posiciones orientales: aparecen los leetanos y los lartolayetes por la costa, en uno más de sus ejemplos para evitar una lista que no desea, en dirección a Ampurias, así como menciona unos indicetes antiguos co-habitantes de esta ciudad (STR. 3. 4. 8). La asociación no es muy distinta en Plinio, aunque sea más compleja su dirección respecto a los ilergetes, si se toma como referencia la alusión al río Rubricatum identificado como el Llobregat (PLIN. Nat. 3. 3. 21) por donde ubica a laeetanos e indigetes antes de seguir la línea de los Pirineos que conocemos (ausetanos, yacetanos/lacetanos, cerretanos hacia el Pirineo, vascones). En el caso de Ptolomeo no puede ser más obvia esta ubicación oriental de los dos grupos: hay indicetes del interior y de la costa (con Ampurias y Rodas), como hay layetanos del interior y de la costa (con Barcino y la desembocadura del Llubricatum-Llobregat: PTOL. 2. 6. 18-19 y 2. 6. 72).

n61 Ver, por ejemplo, la información recogida en Mª J. PÉREX, Los vascones (el poblamiento en época romana), Pamplona 1986 y El poblamiento vascónico en Navarra: visión general y últimas novedades, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 69-80 así como en el trabajo del mismo J. ANDREU, Ciudad y territorio en el solar de los Vascones en época romana, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 179-228.

n62 Ver reflexiones anteriores en este sentido con referencias a los vascones en F. WULFF, Sociedades, Economías…, 367ss.; 400ss.; y 407ss. para los vascones; Las provincias de Hispania…, 57-59; La transformación de las comunidades..., 259ss., y 263-264.

n63 PLIN. Nat. 3. 3. 18.

n64 PLIN. Nat. 3. 3. 25.

n65 Llama la atención la frecuente aparición de la unidad de (Hispanorum) Vasconum Civium Romanorum, que obviamente apunta una vez más a una romanización en todos los sentidos de la palabra. Nótese, por cierto, la interesante presencia de una unidad de Calagurritanos en la guardia de Octavio en SUET. Aug. 49.

n66 CIL, VI, 1643; confróntese con P. OZCÁRIZ, El papel…, 170; J. J. SAYAS, Ad censos adcipiendos de ciudades vasconas y várdulas y la legatio censualis de un pamplonés, en: Los vascos en la Antigüedad, Madrid 1994, 161-172.

n67 Ver también, por ejemplo, PLIN. Nat. 3. 142-143.

n68 Debe tenerse en cuenta que, como hemos visto antes en el ejemplo del Ródano, los mecanismos de expansión territorial de denominaciones étnicas pueden tener una dinámica independiente, que puede confluir con la administrativa o precederla, además, claro está, de seguirla. El que Prudencio (PRUDENT. Perist. 1. 24 y 2. 337), en los finales del siglo IV, califique al Ebro como vascón (Nos Vasco Iberus dividit) o que, hablando de los mártires de la ciudad de Calagurris –recordemos que ciudad romana desde alrededor de cuatro siglos antes, pero ya igual de romana que el conjunto del imperio– se refiera a los viejos vascones nos puede remitir a este tipo de complejas confluencias.

n69 Ver en este mismo sentido, el trabajo de F. Pina en este volumen (pp.195-214).

n70 Sería, por cierto, del mayor interés una reflexión historiográfica y metodológica sobre los criterios utilizados en el texto casi fundacional de los estudios sobre “las fronteras” en estos territorios septentrionales, el clásico de C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, Divisiones tribales y administrativas del solar del País Vasco y sus vecindades en la época romana, BRAH 95, 1929, 315-395; es sin duda un buen ejemplo de buena parte de las construcciones generales planteadas aquí, en su doble versión dedicada a España y a los vascos, bien visible en su Vascos y navarros en su primera historia, Madrid 1974. Ver, por ejemplo, en su capítulo titulado Los vascones a la caída del imperio romano, 221-225, dedicado en realidad a reivindicar el carácter de “traje vasco nacional” de los atalajes de la caballería vasco-aquitana de tiempos de Carlomagno y remitirlo a los viejos vascones e iberos, cuando señala: “Y es que la idiosincrasia de los pueblos, el fondo incoercible de su temperamento, de donde emergen sus tendencias y sus hábitos primarios, permanece casi inalterable a través de los más profundos cambios de los tiempos”. Ver también F. WULFF, Las esencias…, 217ss.

n71 El término evita mayores e innecesarias precisiones. Ver para la epigrafía P. CIPRÉS, La onomástica de las inscripciones romanas del País Vasco. Estructura del nombre personal y estatuto jurídico, Veleia 23, 2006, 85-128, y en especial 103- 104. Para topónimos y los escasísimos teónimos ver los análisis de F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes…, 429ss.; para antropónimos y teónimos 497ss.

n72 Ver la síntesis en J. GORROCHATEGUI, Onomástica vascónica y aquitana. Elementos para el conocimiento de la historia antigua de Navarra, en: J. ANDREU (ed.), Navarra en…, 110-134, en particular 131-132 y 134, considerando que su presupuesto de la identificación vascones-lengua vasca puede generar algunos problemas de interpretación al lector (ver, por ejemplo, en 134, enumerando los tres tipos de nombres propios como celtas, iberos y vascones).


n73 Ver para todo esto J. GORROCHATEGUI, Onomástica vascónica…, 119ss.; ver también sus observaciones sobre la posible influencia del vasco-aquitano en la última y que uno de los dos nombres sea celtibérico.

n74 J. GORROCHATEGUI, Onomástica vascónica…, 131-132.

n75 Ver la tabla en J. GORROCHATEGUI, Onomástica vascónica…, 132.

n76 Contrástese con F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes…, 497ss., y 502 que cuenta entre Pamplona y Huesca ocho frente a nueve indoeuropeos y cerca de treinta ibéricos, un número superior claramente a los seis que cuenta J. Gorrochategui, lo que se explica en parte porque, aceptando el componente “vascónico” de Segia como lo hace J. Gorrochategui, habría que sumar los nueve nombres que aparecen en la turma; véase aquí en particular el mapa de antropónimos en 499 y la tabla con los porcentajes de filiación en 500; para teónimos mapa en 501 y tabla con porcentajes en 502.

n77 F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes…, 507-508. Sobre topónimos de las ciudades vasconas puede verse, en este mismo volumen, la contribución de J.L. Ramírez Sádaba (pp. 127-143).

n78 F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes…, 429 ss. (con un análisis exhaustivo también de los nombres incluidos en las monedas de las llamadas “cecas vasconas”: ni la lengua ni el topónimo son vascoaquitanos); síntesis y conclusiones en 503ss., y 511 para hidrónimos.

n79 A partir de su decisivo M. GÓMEZ MORENO, Sobre los iberos y su lengua, en Homenaje a Ramón Menéndez Pidal III, Madrid 1925, 475-599.

n80 J. GORROCHATEGUI, Estudio sobre la onomástica indígena de Aquitania, Bilbao 1984.

n81 Ver las interesantes notas de CH. RICO, Pyrénées Romaines. Essai sur un pays de frontière, Madrid 1997, 77-9 y su frase en 78 referida a los estudios sobre el “vasco antiguo”: “À l’est, on entre dans le domaine de la langue ibérique et, apparemment, cela n’intéresse plus personne”.


n82 SALL. Hist. 2. 93.

n83 SALL. Hist. 2. 98.

n84 Para el problema de PLUT. Sert. 21. 8 que habla de que inverna en el país de los vacceos ver F. GARCÍA MORA, Un episodio de la Hispania republicana: la guerra de Sertorio, Granada 1991, 264-265. En todo caso, asocia la famosa carta al senado con su situación precaria en aquella zona. Ver también SALL. Hist. 2. 96.

n85 J. ANDREU, Ciudad y territorio…, 195-8.

n86 Ver las dudas sobre la interpretación tradicional en F. PINA, Deportaciones como castigo e instrumento de colonización durante la República Romana, el caso de Hispania, en: F. MARCO, F. PINA y J. REMESAL (eds.), Vivir en tierra extraña: emigración e integración cultural en el mundo antiguo, Barcelona 2004, 236ss.; así como en las pp. 195-214 del volumen que el lector tiene entre sus manos.

n87 Hoy Cominges; IERON. Adv. Vig. 4 e ISID. Etym. 9. 2. 107.

n88 Ver A. GARCÍA Y BELLIDO, Hispanos en el Sur de Francia, BRAH 137, 1955, 42-43.

n89 Confróntese con CH. RICO, Pyrénées Romaines…, 142, n. 49; ver, también, sin embargo, los argumentos de F. PINA, Deportaciones como castigo…, 234 y notas; y L. AMELA, Las ciudades fundadas por Pompeyo Magno en Occidente: Pompaelo, Lugdunum Convenarum y Gerunda, Polis 12, 2000, 25ss.

n90 P. CIPRÉS, La onomástica de las inscripciones…, 89, cuadro 1; 103.

n91 POMPON. 3. 1. 15, incluyendo, además, el promontorio pirenaico mismo.

n92 PLIN. Nat. 3. 4. 110.

n93 Con menos posibilidades, saltus pudiera no entenderse como monte o similares, sino igual que el saltus que ha utilizado unas líneas antes PLIN. Nat. 3. 4. 108 –hablando de las zonas interiores de la parte aquitana del Pirineo… Venami, Onosibrates, Belendi, saltus Pyrenaeus, infraque Monesi…– y que se refiere al puerto de montaña que permite franquearlos, tal como lo interpreta, por ejemplo, la traducción en la colección Loeb; sería entonces una alusión al espacio entre el promontorio y las montañas por el que discurre la vía y la actual carretera y donde se ubica Irún mismo.

n94 PTOL. 2. 6.

n95 Mela, como acabamos de apuntar, en POMPON. 3. 1. 15 siguiendo la costa habla de los várdulos que llegan hasta el “promontorio de la cordillera del Pirineo” (ad Pyrenaei iugi promontorium) en el final de las Hispanias; ver STR. 3. 1. 3 para ese límite marcado por los montes Pirineos.

n96 Ver, por ejemplo, en el propio PLIN. Nat. 3. 3. 29: la distancia en la vía Tarragona ad litus Olarsonis y Pirineos; los dos promontorios que, uno por mar, marcan el paso de Galia a Hispania en 3. 3. 30; el circuito entre los dos promontorios en 3. 4. 118 da el perímetro de Hispania y 3. 4. 114 con los Pirineos como límite marítimo y sinónimo.

n97 STR. 3. 4. 10.

n98 C. FERNÁNDEZ OCHOA y Á. MORILLO, De Brigantium a Oiasso. Una aproximación al estudio de los enclaves marítimos cantábricos en época romana, Madrid 1994, 142ss.

n99 Véase las interesantes observaciones al respecto de P. OZCÁRIZ, El papel …, 174-177.

n100 Ver F. VILLAR, Indoeuropeos y euskaldunes…, 437.

n101 Para la relación de la zona y de la cuenca del Arga con las vías de comunicación entre el Ebro y Pamplona y en dirección trasversal, sin perder de vista los posibles cambios en el tiempo, ver Mª J. PERÉX, Los vascones… 84, 86-7 y 241 lámina 49; y también F. J. NAVARRO, La vía romana de Alfaro a Pamplona, en: III Congreso de Historia de Navarra. Pamplona 1994, Pamplona 1998, 2-18 esp. 9.

n102 J. ANDREU, Ciudad y territorio…, 181-184 con la bibliografía.

n103 K. LARRAÑAGA, El hecho colonial romano en el área circunpirenaica occidental, Vitoria 2007, 70; ver que Pompaelo y Andelos son dos de los tres ejemplos citados.

n104 L. PÉREZ VILLATELA, Pompeyo y los Pirineos, en: E. RIPOLL y M. E. LADERO (eds.), Actas del Congreso Internacional Historia de los Pirineos, I, Prehistoria e Historia de la Antigüedad, Madrid, 1991, 359-74.

n105 Ver L. AMELA, Las ciudades fundadas…, 31ss. para el resumen de los trabajos de J. M. Nolla sobre la cuestión.

n106 Mª Á. MEZQUÍRIZ y J. L. TOBIE, La torre-trofeo de Urkulu, TAN 17, 2004, 221-246; ver F. BELTRÁN LLORIS y F. PINA, Roma y los Pirineos: la formación de una frontera, Chiron 24, 1994, 115-117 y el artículo que lo contiene para el conjunto del problema enunciado en el título.

n107 Ver para lo que sigue el interesante trabajo de E. MORENO, El periodo tardoantiguo…, 263-286.

n108 Ver AUSON. Epist. 29. 51; 31. 203; 31. 212 y 31. 218 (Loeb).


n109 Ver, por ejemplo, la crítica de J. J. LARREA, La Navarre du IV au XII siècle, Peuplemente et société, Bruselas 1998, 110ss., con las conclusiones de 159-160; y Aux origines littéraires d’un mythe historiographique: l’identité basque au Haut Moyen Âge, en: M. BANNIARD (ed.), Langues et Peuples de l’Europe. Cristallisation des identités romanes et germaniques (VII-XI siècles), Tolouse-Conques 1997, 18-24.

n110 Desde el pionero trabajo de R. WENSKUS, Stammesbildung und Verfassung: Das Werden der frühmittelalterlichen gentes, Köln 1961; por citar tres obras colectivas donde se puede ver las conexiones con el debate de fondo del que venimos hablando W. POHL y H. REIMITZ, (eds.), Strategies of Distinction. The Construction of Ethnic Communities, 300-800, Leiden-Boston-Köln 1998; H.-W. GOETZ, J. JARNUT y W. POHL (eds.), Regna and Gentes. The Relationship between Late Antique and Early Medieval Peoples and Kingdoms in the Transformation of the Roman World, Leiden 2003; y A. GILLET, On Barbarian Identity. Critical Approaches to Ethnicity in the Early Middle Ages, Turnhout 2002. 111 Ver el incisivo libro de P. J. GEARY, The Myth of Nations. The Medieval Origins of Europe, Princeton 2001.

Referencias

E. R. LEACH, Sistemas políticos de la Alta Birmania. Estudio sobre la estructura social kachin, Barcelona 1976 (sobre la 2ª ed. de 1964).

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