Velaza2012

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El vasco antiguo y las lenguas vecinas según la epigrafía

  • Este trabajo se inscribe en el Grup de Recerca Consolidat LITTERA (2009SGR105) y en el proyecto “Escritura, cultura y sociedad en el conventus Tarraconensis (pars septentrionalis): edición y estudio del CIL II2/14.2” (FFI2008-02777/FILO).

Cualquier intento de describir la realidad lingüística del territorio de los vascones en época antigua topa todavía con una gran cantidad de problemas de muy diverso orden.

Algunos de ellos proceden de la dificultad preliminar de definir “lo vascónico” desde las perspectivas arqueológica, histórica, política o identitaria y, en consecuencia, de delimitar con alguna fiabilidad el territorio –o los territorios– que los vascones ocuparon a lo largo del decurso histórico.

Otros tienen que ver con nuestra reducida competencia para determinar de manera inequívoca la atribución lingüística de algunos testimonios epigráficos, en especial cuando son de poca entidad. Unos y otros, en fin, derivan de la penosa conjunción de tres factores: la parquedad de las fuentes literarias, la inconcreción del registro arqueológico y la escasez del corpus epigráfico relativo a la zona.

En tales circunstancias, y a falta de nuevos datos de auténtica entidad en cualquiera de los ámbitos citados, poco puede añadirse a lo expuesto repetidamente en trabajos de diversos autores, y muy en especial en los de Joaquín Gorrochategui n1.

Lo que nos proponemos en estas páginas es, pues, solamente insistir en algunos de los testimonios más relevantes para la delimitación del problema y repasar aquellos puntos en los que se ha venido centrando el debate científico de los últimos años.

n1 Gorrochategui 1987, 1994, 1995a, 1995b y 2009; véanse tambiénBeltrán 1993 y 2005, De Hoz 1993 y 1995, Velaza 1995 y 2009 y Villar – Prósper 2005.

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Como ya hemos señalado, estamos lejos de poder afirmar con rotundidad cuál fue el territorio que los vascones ocuparon en época antigua y cuáles sus variaciones en el tiempo n2.

A falta de mejores evidencias, es ineludible partir del celebérrimo pasaje de Ptolomeo en el que menciona una serie de dieciséis ciudades vasconas: Οίασσώ, Ἰτούρισσα, Πομπελών, Βιτουρίς, Ἅνδηλος, Νεμαντουρίςτα, Κουρνóνιον, Ἰάκκα, Γρακουρίς, Καλαγορίνα, Κάσκοντον, Έργαουΐα, Τάρραγα, Μουσκαρία, Σέτια y Ἀλαυῶνα.

Naturalmente, el listado ha de manejarse con múltiples prevenciones, porque el hecho de que Ptolomeo incluya a una ciudad en la nómina de las vasconas no implica necesariamente que esa ciudad fuese siempre –y tal vez ni siquiera en tiempo de Ptolomeo o de su fuente– una ciudad étnica, política o identitariamente vascónica.

Es conocido, por ejemplo, el caso de Calagurris, cuya adscripción vascónica está garantizada por Ptolomeo y cuyo topónimo remite sin duda a un ámbito lingüístico no indoeuropeo, pero que hasta época sertoriana acuña monedas con rótulo en signario y lengua celtibérica.

Por lo demás, como es natural, la lista de Ptolomeo no puede tampoco ser leída en términos inversamente restrictivos, es decir, que la no presencia de una ciudad en el repertorio no indica necesariamente su no vasconidad; por supuesto, este aspecto es relativamente importante para el caso de sitios conocidos por la arqueología que, sin embargo, no parecen tener presencia en tal listado pero que, sin embargo, están ubicados en el territorio delimitado por las ciudades ya conocidas. Pero no hemos de descartar por adelantado la hipótesis de que una ciudad externa a ese territorio y no mencionada en la lista pudiese también ser –o haber sido en algún momento– vascona.

Todas estas son algunas de las cuestiones de orden histórico dignas de tenerse en cuenta en lo relativo al listado ptolemaico. Pero, si nos centramos ya en el aspecto lingüístico, a esas prevenciones habrá que añadir algunas más y de no menor calado.

¿Tenemos argumentos para suponer, por ejemplo, que la lengua de una ciudad mencionada por Ptolomeo como vascona era –al menos en una medida significativa– o había sido en algún momento el vasco antiguo?

¿Hasta qué punto existió en el mundo paleohispánico una correlación más o menos directa entre lengua y etnia, o entre lengua e identidad cultural o política?

A decir verdad, para probar la vasconidad lingüística de una ciudad del listado ptolemaico, la mejor evidencia sería el hallazgo en ese lugar de documentos incuestionablemente escritos en vasco antiguo, pero, por desgracia, ese tipo de evidencia apenas si existe.

Durante muchos años la opinión común ha sido que los vascones no habían hecho uso alguno de la escritura y que, por lo tanto, era inútil esperar la aparición de ningún documento directamente escrito en su lengua n3.

Aunque esa idea sigue vigente en términos generales, algunos hallazgos e interpretaciones de los últimos años dejan cierto margen para pensar que, aunque efectivamente la literacy vascónica debió de ser un fenómeno muy restringido, sin embargo sí que los vascones pudieron emplear la escritura en algunas ocasiones.

n2 Para los diferentes aspectos de la problemática sobre los vascones es ahora imprescindible acudir a los diferentes trabajos recogidos en Andreu 2009.

n3 Esla opinión que manteníamos, por ejemplo, en Velaza 1995.

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Conviene, por lo tanto, que repasemos de manera sumaria los documentos epigráficos conocidos en cada una de las ciudades vasconas para evaluar lo que, a día de hoy, nos dicen de la realidad lingüística del territorio.

Καλαγορίνα (Καλαγορί Νάσσικα) / Calagorri / Calagurris: De Calahorra conocemos, como ya se ha dicho, las monedas con el rótulo kalakorikos, acuñadas a partir del 150 aC y hasta época sertoriana. No cabe duda de que la leyenda está escrita en signario y lengua celtibérica, por más que el radical del topónimo remita incuestionablemente al mundo no indoeuropeo. El hecho de que en la época de las acuñaciones la ciudad escriba en celtibérico un documento tan oficial y autorrepresentativo como son sus propias monedas no implica, claro está, que una parte, incluso sustancial, de su población no sea vascohablante, pero al menos introduce un elemento de precaución muy importante para el debate.

Por desgracia, el resto de los documentos escritos en signario paleohispánico que han aparecido hasta ahora apenas si aportan alguna luz a la cuestión: se trata de esgrafiados monolíteros o, en el mejor de los casos, bilíteros, para los que resulta imposible determinar una adscripción lingüística (Ballester 2001, Jordán 2003, Olcoz – Luján – Medrano 2007).

Γρακουρίς/ Graccuris: Los dos documentos epigráficos que conocemos son aparentemente contradictorios: uno de ellos es un titulus pictus sobre cerámica (Hernández Vera – Jordán 2001) cuya parte conservada [[inscription::]elikum]] parece pertinente interpretar como el final de un [[topic::gentilicio celtibérico en genitivo del plural; el otro, sin embargo n6, es un esgrafiado sobre cerámica con texto [[inscription::lueikar[]] para cuya atribución lingüística existen más dudas n7.

Κάσκοντον /Cascantum: Las emisiones monetales con rótulo kaiskata están muy posiblemente escritas en signario celtibérico, pero también en este caso el topónimo es probablemente no indoeuropeo (véase ahora Velaza 2010). Aparte del documento numismático, sólo conocemos un testimonio escrito: se trata de un esgrafiado sobre cerámica hallado en la villa romana de Camponuevo (Gómara 2007) de lectura dudosa y probablemente incompleto en su parte final sobre cuya atribución lingüística tampoco podemos pronunciarnos de modo definitivo.

n4 n5 n6 n7 En Velaza 995 habíamos propuesto una relación con el final de Seihar del bronce de Áscoli, pero recientemente Hernández Vera – Jordán 2001 han propuesto una interpretación como celtibérico. n8 n9 .

p78

Ἀλαυῶνα / Allabone: También aquí la documentación se reduce al rótulo monetal alaun. Su interpretación lingüística no está clara, aunque la presencia de –n final aleja la palabra de lo celtibérico.

Ἰάκκα / Iacca: El rótulo monetal iaka es poco explícito en cuanto a su filiación lingüística; su marca de anverso bon, en todo caso, parece relacionar la emisión con las de otras de la zona suesetana (Beltrán – Velaza 2009).

Σέτια / Segia: La forma que dan los códices ptolemaicos debe de ser una corrupción de la forma Segia, certificada por el título monetal sekia. A pesar de la interpretación tradicional que relacionaba la forma con i. e. *segh-, hoy sabemos que la grafía del primer signo no se corresponde con la que se esperaría para la silbante etimológica.

Πομπελών / Pompelo: En las excavaciones de la Plaza del Castillo han aparecido algunos fragmentos de cerámica sigilata con signos que recuerdan vagamente a los de los signarios paleohispánicos, pero en ninguno de los casos es seguro que hayan de interpretarse como tales (Unzu – Oscáriz 2009). En consecuencia, el único testimonio epigráfico paleohispánico de sus inmediaciones es un fragmento de bronce con escritura punteada procedente de Aranguren que probablemente está escrito en ibérico pero que, por su carácter de objeto móvil, no certifica que el ibérico fuese en el lugar una lengua vernácula (Beltrán – Velaza 1993).

Ἄνδηλος / Andelo: En el caso de Andelo el testimonio único es el del muy conocido epígrafe sobre un opus signinum con el texto likine abuloraune ekien bilbiliars. En varias ocasiones he propuesto que el epígrafe esté escrito en signario celtibérico y en lengua vasca n13. A pesar de que algunos autores han mostrado cierto escepticismo al respecto, otros parecen inclinarse ahora por esta hipótesis, que haría del mosaico el documento más antiguo del vasco (Orduña 2011; vid. también Beltrán 2011).

Κουρνóνιον / Curnonium: El único testimonio conocido es una estampilla monolítera que no permite atribución alguna.

Éstos son, en sustancia, los datos que hasta ahora nos han proporcionado las ciudades vasconas del listado ptolemaico.

En el territorio comprendido entre ellas han aparecido muy pocos documentos significativos: el más importante es sin duda una enigmática inscripción hallada en Olite n15, grabada sobre soporte pétreo y escrita en sentido sinistrorso. Su fragmentario texto ]en : s[, es sin embargo suficiente para descartar que su lengua sea la celtibérica.


n15 Agradezco a Mercedes Unzu la información sobre la inscripción.

p79

Quedan abiertas, pues, dos posibilidades: la de que signario y lengua sean ibéricas y la de que el signario sea de ascendencia ibérica y la lengua sea vascónica –lo que se compadece bastante bien con un final de palabra en –en, como es sabido.

Por lo que se refiere a los territorios limítrofes del territorio ptolemaico, sólo la zona meridional ha dado algunos hallazgos y también éstos poco elocuentes.

Entre Cintruénigo y Fitero parece seguro que estamos en zona cultural y epigráficamente celtibérica, a juzgar por las téseras de hospitalidad halladas en los últimos años (Remírez 2006); un esgrafiado de Fontellas con textoma parece vincularse más con el signario celtibérico por el uso del primer signo (Olcoz – Luján – Medrano 2007-08, 89); otro de Tudela con un solo signo bo es demasiado escueto como para sacar conclusiones (Olcoz – Luján – Medrano 2007-08, 90). Por encima del Ebro, en El Castejón de Arguedas apareció un esgrafiado sobre cerámica de lectura dudosa que no permite tampoco una adscripción segura a uno u otro ámbito escriturario (Olcoz – Luján – Medrano 2007-08, 96).

A todo estos documentos hay que añadir una serie de rótulos monetales de localización desconocida: arsaos, sesars, arsakos-on, ontikes, unambaate (o umanbaate), bentian / ba(ŕ)śkunes, benkota / ba(ŕ)śkunes, olkairun y tirsos.

La problemática que presentan es muy compleja, tanto por lo que se refiere a su ubicación como a su adscripción lingüística. No es imposible, por ejemplo, que algunas de ellas representen el vasco antiguo, pero ello no es evidente para todas en el estado actual de nuestro conocimiento.

En consecuencia, lo que las inscripciones en signario paleohispánico conocidas hasta el momento nos permiten decir (fig. 1) con seguridad es bien poco: sólo para el territorio andelonense y la zona media de Navarra hay evidencia de uso del vasco antiguo, aunque es probable que ese uso se extienda también a buena parte del territorio comprendido entre las ciudades vasconas de Ptolomeo.

En la zona del Ebro, sin embargo, las evidencias son muy pobres y se reducen a la etimología de algunos topónimos como Calagorri o, quizás, Cascant(um).

Esta visión debe necesariamente complementarse con los datos procedentes de un tipo de fuentes diferente: las inscripciones romanas de época imperial que contienen onomástica susceptible de entenderse como vascónica. En este orden de cosas, uno de los repertorios más interesantes es el constituido por los teónimos Stelaitse, Losa/Loxa, Itsacurrinne, Errensa, Lacubegi, Peremusta, Larrahe, Urde.

Buena parte de ellos admite una buena explicación a través del vasco y en su mayoría remiten al mundo animal o agrícola. Pero es preciso notar que su distribución es notablemente reducida (fig. 2) y se restringe a una reducida faja de la Navarra media, sin presencia en la zona más oriental de la provincia ni tampoco en el territorio de las actuales provincias vascas.

p80

Su testimonio coincide también con la zona de documentación de antropónimos atribuibles a la lengua vascónica, aunque es preciso señalar que en el caso de los nombres propios la situación se presenta como mucho más mixtificada, porque la capa antroponímica vascónica aparece en convivencia con otra claramente indoeuropea, sin que podamos describir las razones y circunstancias de ese mestizaje.

Muy diferente es la situación al norte de los Pirineos.

Allí no nos ha quedado testimonio alguno en escritura epicórica ni anterior al cambio de era, pero la situación en época imperial nos es muy profusamente documentada por un nutrido número de inscripciones romanas que conservan onomástica aquitana. Los escasos hallazgos de los últimos años no han modificado en nada la descripción lingüística de la zona que debemos a los trabajos de Gorrochategui n20.

Por fin, es preciso hacer una breve referencia a una serie de antropónimos documentados en inscripciones latinas de las tierras altas sorianas, en las cuencas del Cidacos y el Linares n21. Allí aparece un número nada despreciable de nombres que, como Sesenco, Onso/Onse, Lesuridantaris, Oandissen, obligan a pensar en una presencia de población vascohablante.

La interpretación de la causa de este fenómeno está todavía abierta, pero a mi modo de ver la más verosímil pasa por suponer un traslado de población desde la zona patrimonial de la lengua vasca.

Hasta aquí, por lo tanto, este breve repaso de las evidencias lingüísticas que la epigrafía nos proporciona sobre el territorio vascón. Queda, por supuesto, abierta una cuestión sustantiva, la de la presencia o no de la lengua en esta época en el territorio de las actuales provincias vascas. La epigrafía, sin embargo, no nos ayuda en este punto. En territorio várdulo y caristio no han aparecido inscripciones en signario epicórico y las inscripciones romanas que conocemos, datables en su totalidad entre mediados del s. I dC y el s. II dC, sólo nos documentan elementos onomásticos incuestionablemente indoeuropeos.

La época de la vasconización de ese territorio parece, pues, posterior al s. III n22, pero para determinarla habrá de recurrirse a otro tipo de evidencias –como las toponímicas, mucho más arriesgadas a mi modo de ver– o habrá que esperar nuevos y más elocuentes hallazgos.

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