RamosRemedios2017

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De nuevo sobre el contacto vascorrománico en Álava: algunas reflexiones a la luz de la Reja de San Millán

Resumen

  1. Además de la dificultad de establecer una clara cronología, dos son quizá las cuestiones más espinosas que se debaten en torno al incuestionable contacto vascorrománico en el área vascónica occidental: por un lado, la existencia o no de un romance autóctono, por otro, la antigüedad de la lengua vasca en ese territorio.
  2. La exigüidad de documentos para esclarecer esos debates puede, en parte, compensarse con las nuevas aportaciones de la arqueología, con los estudios de la toponimia desde nuevos puntos de vista o con la relectura de las fuentes clásicas y altomedievales.
  3. En este sentido, las revisiones de la información toponímica contenida en la Reja de San Millán se hacen imprescindibles.

Palabras Clave: Contacto vascorrománico; Alta Edad Media; Álava; Reja de San Millán; toponimia

  1. Del mismo modo que la historiografía de la lengua no cuestiona un romance autóctono para el norte de Burgos, La Rioja, sur y este de Navarra, norte de Aragón o Gascuña, parece razonable proponerlo también para Álava, puesto que, desde la Prehistoria a la Alta Edad Media se dieron condiciones similares a las de esas zonas para que así sucediera n2; de este modo, el romance alavés se insertaría desde el inicio en el continuum de las hablas romances del norte peninsular (Penny 2004). n3
  2. n2 Como ya planteó M. T. Echenique (1987: 74-77 y 1995). Sobre esta cuestión nos hemos ocupado más detenidamente en Ramos Remedios (2017).
  3. n3 Pese a ello, resulta difícil saber si en algún momento determinadas zonas de Álava pasaron a formar parte de esa Romania submersa que González Ollé propuso para áreas de Navarra (2004) por el avance de la lengua vasca; en todo caso, podría postularse que la desaparición o debilitamiento se produjo no respecto al latín, sino al emergente romance y en época ya medieval.
  4. Con todo, se acepte o no una continuidad desde época latina en el romance hablado en Álava, es imposible negar la evidencia de que ese romance ha convivido desde siglos con la lengua vasca en tierras alavesas y que la historia de las dos lenguas ha avanzado indefectiblemente unida en el territorio.
  5. Pese a ello, queda mucho por hacer aún para intentar discernir en qué momento se inicia ese contacto, si arranca en época latina o si se produjo ya en una etapa prerromance o romance altomedieval n4.
  6. n4 La primera hipótesis implica que la indoeuropeización se hizo sobre un sustrato eúskaro previo, mientras que la segunda supone aceptar que el sustrato más antiguo es el indoeuropeo, de modo que sobre él se acomoda posteriormente el euskera (Michelena 1982: 304).
  7. En este sentido, por ejemplo, se ha reavivado en los últimos años con nuevos argumentos el antiguo debate sobre la vasconización y vasquización tardía, tanto a la luz de los límites toponímicos vascorrománicos como especialmente a raíz de los descubrimientos de necrópolis de tipo franco-aquitano (Abaitua y Unzueta 2011) n5.
  8. n5 La polémica y los sucesivos aportes pueden seguirse en el blog Trifinium del profesor Abaitua: <http://blogs.tophistoria.com/trifinium>, a quien debo agradecer tanto la información que comparte en él públicamente como el estímulo que genera.
  9. Frente al norte de Navarra, donde no caben dudas sobre la vinculación de los vascones con los aquitanos, con los que compartirían el euskera, en lo que respecta a los territorios occidentales –el actual País Vasco–, a la vista de su pasado indoeuropeo, así como de su intensa romanización y de los aportes de la toponimia y de la arqueología, la hipótesis de un desplazamiento de vascohablantes hacia el oeste vuelve a ponerse sobre la mesa, a pesar de que presenta algunos puntos oscuros de difícil solución, dada la falta de sostén documental.
  10. Habrán de ser la relectura de las fuentes clásicas y altomedievales, las nuevas aportaciones de la arqueología o los estudios de la toponimia desde nuevas perspectivas los que nos vayan aportando datos y luz.
  11. Sin entrar en este momento a debatir acerca de esta hipótesis, llamamos aquí la atención sobre su propuesta de expansión desde el centro de la Llanada –desde la zona de Dulantzi n6 – hacia el norte y hacia el sur, siguiendo una vía que coincide en el tiempo y en el espacio con la propuesta para la difusión del dialecto vasco occidental (Zuazo 2010), un itinerario ya defendido por Elena Barrena en 1989 (apud Zuazo 2010: 165 y Abaitua y Unzueta 2011: 15), tanto para la distribución de dicho dialecto desde el siglo viii como para la penetración de influjos románicos desde Álava y La Rioja, a través del culto de San Millán.
  12. n6 De acuerdo con González de Viñaspre (2010: xxii), resulta difícil entender que Vitoria pudiera desempeñar un papel como centro urbano difusor antes del siglo XI, momento en que la aldea de Gasteiz –creada en el siglo viii– es fortificada (Azkarate y Solaun 2012).
  13. n6 Más bien parece el centro de la Llanada (Dulantzi y no Gasteiz) el punto de inflexión en el camino (Abaitua, 30/09/2014).
  14. En ese sentido, González de Viñaspre (2010: xxxiii-xxxiv) insistía en la importancia del pasillo de Ubarrundia hacia tierras vizcaínas y la cuenca del Deba como vía seguida por los excedentes de población de la Llanada alavesa en el siglo ix. n7
  15. n7 Sobre los hallazgos arqueológicos de ese corredor, véase García Camino (2001: 101-102).
  16. Dicho de otro modo, al reestructurarse las fronteras en el territorio alavés desde mediados del viii y hasta el xi, se generarán en este espacio una serie de corrientes demográficas en dos sentidos, arrastrando a su vez a las lenguas de sus protagonistas.
  17. El romance −sometido a una aculturación en el siglo ix de impronta latina y meridional (García de Cortázar y Díez Herrera 1982)− pujará con fuerza desde los focos de las áreas sur y oeste.
  18. El euskera, ya diversificado dialectalmente, avanza hacia el norte y hacia el sur en su variedad occidental, como justifican los uri o los barri que componen los nombres de las aldeas creadas en este periodo.
  19. Es alrededor de este corredor alavés donde debe, sin duda, situarse la información toponímica que nos brinda el documento de la Reja de San Millán n8, texto que compila más de 300 aldeas alavesas –las deudoras de San Millán n9–, la mayoría de ellas formadas o reorganizadas a partir del siglo viii (Quirós 2003; 2006: 71-72).
  20. n8 Fechado en 1025 y recogido en el Cartulario de San Millán, cuya edición digital seguiremos aquí: <http://www.ehu.es/galicano/docu?d=790&l=es&cro=> [doc. 583]. Otra transcripción del documento en Pastor (2011) y un estudio sobre su estructura y su transmisión textual en Pastor y Larrea (2015).
  21. n9 No aparecen por ejemplo las aldeas de Cigoitia, pero estas quizá dependieran del monasterio de San Vicente de Acosta; curiosamente el relato de la recaudación comienza precisamente en Ubarrundia, la circunscripción limítrofe con Acosta. El monasterio de San Vicente de Acosta, absorbido en el mismo siglo xi por el emilianense, bien pudo ser el gestor de estas rentas.
  22. Como apuntan Pastor y Larrea (2008: 510-511), gran parte de los nombres de las aldeas habrían sido fijados en ese mismo periodo, tras perderse algunos de los topónimos que pudieron haber existido en época tardorromana durante los siglos v al vii, etapa de baja presión demográfica. n10
  23. n10 Así se explicaría además la tendencia a sustituir por nuevos topónimos descriptivos aquellos topónimos creados sobre un antropónimo, dado que se había perdido el marco económico y fiscal de la época tardorromana y visigoda que había contribuido a formar este tipo de denominaciones (Pastor y Larrea 2008: 511).
  24. Esta redenominación del espacio tuvo que reflejar los usos lingüísticos, si no de la población, al menos sí de las élites encargadas de acuñar los nuevos nombres (Ros 2013: 32).
  25. De esta toponimia se preocupó exhaustivamente Caro Baroja (1980), reservando sabiamente un apartado para la «más enigmática»; él mismo (1982) se encargó de avanzar las dificultades de realizar un estudio sin atender a las diferentes capas cronológicas en la formación de estos nombres y a las diversas áreas geográficas.
  26. Por ello, resulta obligado seguir volviendo una y otra vez sobre este texto, con la lectura definitiva que ahora se nos presenta y a la luz de los nuevos planteamientos históricos que están surgiendo en torno al territorio n11.
  27. Nos sumamos así a la observación de Abaitua y Echevarría (2013: 72-73): «La toponimia vasca de la Reja de San Millán de 1025 es un pozo de sorpresas que en cada revisión añade inesperados hallazgos […] Sin embargo, pese a la notoriedad del texto, queda pendiente una revisión lingüística que lo aborde de forma monográfica».
  28. Sin perder de vista, no obstante, las dificultades que la misma transmisión del texto pueda plantearnos, pues no ha de olvidarse que la Reja está inserta en el Becerro Galicano de San Millán, lo que implica una copia a partir del Gótico, manuscrito, por otro lado, desaparecido (Pastor 2011: 57), de no modo que no es posible el cotejo entre ambos para observar las manipulaciones n12.
  29. n12 Como ya hizo Caro Baroja (1980), es útil además la confrontación con la lista del obispo Aznar de 1257.
  30. Como es habitual además en los trasvases desde los góticos a los galicanos, habrá tenido lugar un proceso de «relatinización» del texto, de adaptación a los modelos del latín medieval reformado, lo que implica necesariamente cambios en el texto copiado n13.
  31. n13 Factor que habremos de tener en cuenta a la hora de valorar muchos de los datos de la Reja. En algunos casos se podría alegar que se deben a esta latinización y no a la fonética vasca determinados fenómenos como la conservación de sordas intervocálicas, propuesta no defendible cuando la sorda se ha mantenido hasta hoy (actuales Luco/Luku, Maturana); la acción latinizante frente a la evolución romance sí se manifiesta, por ejemplo, en Frasceneta (Murielles), Reuendeca (Quartango) o en Moscatuero (Ossingani).
  32. n13 Más difícil es determinar esta influencia en los finales en –u, pues interfiere la tendencia del euskera con la latinizante. Véanse otros casos de latinización del becerro emilianense, como Moreta (Moreda) o Tutela (Tudela) en Peterson (2007: 312, 316).
  33. Cabe asimismo que los copistas desconocieran el material con el que trabajaban y la propia geografía del territorio alavés (Pastor 2011: 57-58).
  34. Y otra incertidumbre nada baladí es la del (des)conocimiento que de la lengua vasca pudieran tener el o los recaudadores del texto y los copistas que sucesivamente reflejaron la información en el Gótico y en el Galicano n14.
  35. n14 No debe olvidarse tampoco la cuestión de las grafías del Galicano, problema que merece más espacio y detenimiento que el que podamos dedicarle en este lugar.
  36. n14 La polivalencia de algunas grafías y dígrafos empleados en esta recopilación de fines del xii y la imposibilidad de saber si responden a usos gráficos del momento de la copia o a usos más antiguos, de los textos originales, puede dificultar sobremanera la deducción de los sonidos –vascos o romances– que están representando.
  37. n14 Valga como muestra el ejemplo del dígrafo <ng>, que no solo refleja el grupo /ng/ (Abulanga, Frango), sino también el sonido palatal nasal (Mengano, Abendangu, Apinganiz) y situaciones no tan claras como las de Cekungau (Cicujano) o Pingunna (Vicuña); el sonido nasal palatal puede venir reflejado también por el dígrafo <nn>, como se deduce del último ejemplo, o por <ni> (Argendonia), aunque esta no siempre es grafía de palatal (Ania).
  38. n14 Problemas similares plantea <g> o el dígrafo correspondiente <gg> (García Andreva 2011: 239-241).
  39. n14 Se añade la dificultad de que estas grafías deben reflejar sonidos de dos variedades lingüísticas muy diferentes y no sabemos hasta qué punto conocidas por las sucesivas manos por las que pudo pasar el material de la Reja, desde su recopilación inicial hasta su copia en el Galicano a fines del xii.
  40. No es nuestra pretensión entrar ahora a examinar detenidamente toda la información que para el euskera y el romance nos ofrece el texto emilianense,
  41. pero interesa recordar de nuevo cómo el mapa recogido por el documento marca una serie de diferencias muy claras y un panorama de interrelación vascorrománica de intensidad variable –pero que afecta a todo el territorio delimitado por la Reja–, donde resulta extremadamente complejo marcar líneas divisorias claras
  42. tanto dentro del propio continuo latino-románico como dentro de las relaciones del euskera con lo latino o lo románico (Gorrochategui 1999: 12).
  43. Estructuramos esa situación en tres áreas en las que incluimos algunos de los nombres de la Reja n15:
  44. n15 La limitación de este trabajo solo me permite aportar como evidencias algunos de los nucleónimos, consciente además de las diferentes posturas etimológicas sobre muchos de ellos.
  45. n15 La controversia, no obstante, puede ser un claro síntoma de la dificultad a la hora de decidir qué o qué lenguas están detrás de muchos de estos términos.
  46. Las aldeas enmarcables en el cuadrante suroeste de la actual provincia de Álava (Langrares, VIIII Alfozes; Murielles; Ossingani; Alfoze de Fornello):
  47. 1.1. En primer lugar, manifiestan, como es bien sabido, una mayoría de formas romances n16: (Quintaniella de Sursum, Murielles, Forniello, Transponte, Huerzas, Frasceneta, Padul, Moliniella, Billa Luenga, Billa Vizana, Billodas, Billoria, Elheni Uilla, Comungione, Torreziella, Mazanos, Basconguelas, Ripa Ota, Ripa Acuta, Castellu … o los del tipo Eurtupiana, Subillana n17, Urvillana, Licingana, Lizinganiella.
  48. n16 Destacamos en este grupo las formaciones sobre villa, antepuesta o pospuesta, caso este último que Caro Baroja consideraba latino, frente al primero, de carácter romance (1980: 207-238; 1982: 59; Cierbide 1998: 335), pese a que evidentemente solo se tratará, en todo caso, de una formación más antigua, pero de creación igualmente altomedieval.
  49. n16 Las latinizaciones en la escritura de topónimos descriptivos esconderán formaciones plenamente romances en la oralidad: Frasceneta, Ripa ota, Ripa acuta.
  50. 1.2. Junto a ellos, algunos nombres prerromanos no vascos o de más difícil adscripción (Langrares) y algunas denominaciones vascas de tipo occidental (Zaballa, Olhavarri).
  51. n17 Actual Subijana, con una clara evolución romance, del mismo origen que el adjetivo sobejano (Cierbide 1998: 335) y cuyos topónimos derivados, de tipo vasco, han perdido lógicamente la –n–: Subillabide.
  52. n17 Debe observarse que la forma vasca coincide con el estadio romance más antiguo, con una palatal lateral, como es esperable en un préstamo al euskera desde un grupo de ly o de –c’l- (speculu> ispilu), lo que nos puede hacer pensar en que se pudo dar el trasvase de una a otra lengua en esta misma época altomedieval.
  53. n17 Una caso paralelo es el de la vecina Urvillana (Ormijana), para la que Salaberri (2015: 318-319) propone de nuevo una formación antroponímica, sobre un no testado *Furvinius, para poder explicar la f- que aparece en algunos testimonios del xii y del xiii;
  54. n17 no obstante, podría igualmente responder a un topónimo de carácter descriptivo, siguiendo una propuesta similar a la formulada para Subijana.
  55. n17 No es sencillo en cualquier caso, solventar las dificultades de etimología (antroponímica o no) que presentan este tipo de denominaciones, las cuales aceptan en general una evolución romance, si bien, a menudo, reflejan un claro hibridismo (p. ej. Paterniana).
  56. Las aldeas correspondientes a lo que hoy es la Cuadrilla de Vitoria y la de Salvatierra, los municipios de Arrazua-Ubarrundia y Villarreal de Álava, y la Montaña alavesa presentan:
  57. Nucleónimos prerromanos no vascos o de más oscura vinculación (Dullanzi, Langara, Garonna, Guernica).
  58. Nucleónimos vascos de tipo fundamentalmente occidental (Essavarri, Hurivarri, Hurizahar, Hurigurrenna, Arzubiaga, Borinivar…).
  59. Una serie de denominaciones descriptivas de origen latino, cuya adaptación a la fonética vasca resulta evidente, pero que obligan a trazar una serie de estratos; por un lado, figuran voces que han podido pertenecer al caudal léxico general del euskera: Luku n18, Kircu, Gaztellu (hoy Castillo/Gastelu) n19, Opaucu…, o quizá el más enigmático Camboa n20; y, por otro, préstamos adaptados exclusivamente por el dialecto vasco occidental, como Padura (Abaitua y Unzueta 2013: 11-12; Abaitua y Echevarría 2013: 50, 72 y 79) n21.
  60. n18 Si lo vinculamos a lucu ‘bosque sagrado’; compárese con el romance Lagus con sonorización que menciona la Reja en la circunscripción de Ossingani.
  61. n18 Podría compararse con el término Ameluku de Vitoria, para el que Martínez de Madina y Knörr (2009a: 20) proponen como origen un amets ‘quejigo’ (considerado como un árbol sagrado) y luku ‘bosque (sagrado)’; si esta interpretación fuera correcta, demostraría que la palabra latina lucu había arraigado en el léxico común del euskera, dando lugar incluso a formaciones toponímicas, por lo que el término de la Reja –como el resto de sus nucleónimos, por otro lado– no tiene que adscribirse a época latina.
  62. n19 Castellu en 1035, Castiello en 1258 y desde 1296 Castillo (Martínez de Madina y Knörr 2009b: 44).
  63. n19 Sobre el lat. castĕllu, los romancehablantes construyeron Castieillo/Castillo y los vascofónos Gaztellu, denominaciones que aplicaron a sus respectivas fundaciones medievales.
  64. n19 Frente a este Gaztellu, la Reja presenta un Castellu (Castillo-Sopeña) en la circunscripción de Ossingani, como término romance, si bien, latinizado en la escritura (como Burguellu).
  65. n20 Gamboa, para el que Caro Baroja (1980) propuso un campu, mientras que Salaberri (2015: 192-193) recupera hipótesis que lo han vinculado con el celta kambo ‘curva de un río’.
  66. n20 La sorda inicial del testimonio Camboa podría entenderse de nuevo como latinización del copista, más si se tiene en cuenta que, en época posterior, siempre aparece documentada con sonora.
  67. n21 En la misma Reja, el romance Padul, hoy Paúl, en el área 1.
  68. n21 Tanto la forma vasca como la romance parten de un metatético padule, formado a partir del clásico palus, -dis y que triunfó en los romances hispánicos, en sardo, en parte del italiano o en rumano, dejando numerosos herederos toponímicos, que, en el caso de la Península, se circunscriben fundamentalmente al norte (Nortes 1979: 208-209; Ynduráin 1947: 165-166).
  69. Otros términos vascos en cuya formación se adivina un componente latino, plenamente insertado en la lengua: Bagoeta (de fagu ‘haya’).
  70. Observamos otra adaptación en un topónimo creado sobre un nombre cristiano medieval Betriquiz n22 −véase el Betruz de Rivo de Ivita (Treviño)−, con una sonorización inicial similar a la del Gordova que testimonia la importación de nucleónimos desde el sur peninsular.
  71. n22 Aldea despoblada cuya iglesia estaba dedicada a San Pedro (Ramos Remedios 1999, I: 15 y 35 y II: 119). En la tradición posterior se han conservado tanto las formas con b-, como las formas con p- (López de Guereñu 1989).
  72. Un amplio número de formaciones sobre lo que parecen ser antropónimos, nombres personales de tipo latino, pero también indígenas prerromanos n23, como reflejo de un estado de cosas similar al observado en las inscripciones alavesas de época latina –marcadas por el carácter mixto de sus denominaciones personales– y en las inscripciones de los siglos viii al xi recogidas por Azkarate y García Camino en Álava y Vizcaya (1996).
  73. Aunque resulta evidente que «no todos los topónimos se explican bien desde el latín ni como designaciones de fundi sobre posesores» (Gorrochategui 1999: 16), para este tipo de topónimos formados sobre antropónimos más -ano/-ana pueden verse los trabajos de Caro Baroja (1980: 207-238) y los de Salaberri (2012a, 2012b, 2013).
  74. A la vista de lo cual, cabría proponer que, puesto que no pueden reflejar una continuidad de población desde época romana, sí responden a una pervivencia de la tradición onomástica latina a lo largo del periodo altomedieval –en consonancia con la tendencia vigente en otras áreas románicas–.
  75. Por otro lado, parecen traslucir además un cruce de tendencias lingüísticas vascas y romances que hace su interpretación muy controvertida y ciertamente compleja, circunstancia a duras penas resoluble, dada la imposibilidad de encontrar bases etimológicas incuestionables.
  76. Pertenecen a este grupo: Durana, Cekungau n24, Erdongana, Luviano n25, Maturana, Paterniana n26, Zerio y Zeriano… n27, en los que sorprende el distinto tratamiento en el sufijo de la -n- intervocálica o de la -o final n28.
  77. n24 Mod. Cicujano. Con el reflejo de una clara pronunciación vascófona.
  78. n24 El término no vuelve a constatarse hasta 1426 y ya con grafía < j >, como antecedente de la fricativa velar castellana.
  79. n24 Debe tenerse en cuenta que otros casos similares en la Reja no presentan <ng>, sino <ll> (Subillana, Urvillana) o < i > (Mandoiana), por lo que deberíamos aceptar que fue frecuente la alternancia entre las palatales lateral y nasal en romance,
  80. n24 como sugiere ya Salaberri (2015: 76) para este y para otros casos como Apellániz – también en la circunscripción de Harrahia, figura Apinganiz en la Reja, forma que, como me recuerda Ander Ros, pervive en formas modernas de apellido–.
  81. n24 También a Ander Ros debo la indicación de que el fenómeno es muy habitual en euskera, en contextos disimilatorios como los que se generan por la presencia de dos nasales, una de ellas palatal.
  82. n24 Que ello es posible en romance pueden constarlo testimonios como Frandovíllez en Burgos −documento burgalés de 1194, conservado en el Amhb, Leg. 13, n. 432-A (PE 505, 01)− moderno Frandovínez.
  83. n24 En otras palabras, Apinganiz o Cekungau se asimilaron a los topónimos con palatal lateral, grafiada <ll>, para llegar como ellos a una velar romance, aunque resulta cuando menos sorprendente que en dos lugares tan próximos y partiendo de una supuesta base similar, solo Cicujano haya llegado a la evolución propia del castellano moderno, mientras Apellániz se habría quedado en la fase romance arcaica, similar a la del euskera.
  84. n24 Por otro lado, si partimos de las reglas fonéticas romances, la /k/ tendría que haber sonorizado, por lo que nos encontraríamos de nuevo ante uno de estos ejemplos híbridos y complejos.
  85. n25 Clara evolución romance, si partimos de Lupianus (Cierbide 1998: 336).
  86. n26 En relación a estos topónimos comentaba Gorrochategui (1999: 16): «Es claro que Paterniana es un evidente derivado del frecuente cognomen Paternus mediante el sufijo -anus, -a, y que su versión vasca es Baternia, con sonorización inicial de la oclusiva y pérdida de nasal intervocálica, mejor diríamos totalmente vasca, ya que el mismo Paterniana, con su -t- medial nos está indicando que inicialmente en su trasmisión hubo un estadio vasco antes de pasar a la vía románica; en Burgos tenemos Trespaderne con la esperada sonorización románica.
  87. n26 Otros topónimos de esta clase son totalmente románicos: Leciñana [en el famoso documento conocido como la Reja de San Millán, de 1025, aparece Licignana] <Liciniana, Ordoñana [en 1025 Erdongana] < sobre el nombre Herdonius, Antoñana <Antoniana».
  88. n26 Insistimos de nuevo en la existencia de diversos estratos y en lo complejo que resulta discernir cómo, en qué grado y en qué momento han incidido en estos términos tanto la lengua vasca como la romance, hecho evidente a la vista de este Paterniana con sorda inicial, frente a formas claramente pasadas por el tamiz del euskera como Gordova o Betriquiz.
  89. n27 Aldeas distintas para las que se ha propuesto un mismo origen onomástico (Salaberri 2013: 265-266). En una de ellas se observa la tendencia del euskera a la síncopa de la -n-. El doblete se ha mantenido hasta hoy.
  90. n28 Lo cual nos lleva de nuevo a marcar estratos cronológicos en este tipo de denominaciones para establecer precisiones en la historia de una lengua.
  91. n28 O a pensar en una intervención aislada del recaudador (no de los copistas posteriores), que habría intentado reproducir en casos como Cekungau la pronunciación de los hablantes o la suya propia, como quieren Abaitua y Echevarría (2013: 76) en relación a los Prango, Pudio o Paldo de Treviño.
  92. De modo paralelo, topónimos actualmente terminados en -ain, adscritos a la zona oriental de la Llanada, en continuidad con Navarra: Hagurahin, Anduiahin, Goiahen, Hurabagin, Munniahin n29; también los en -iz como la propia Gastehiz o Apinganiz, que pueden vincularse a antropónimos más un sufijo de genitivo en -nis (Gorrochategui 1999; Ander Ros 2013: 23).
  93. n29 Los topónimos en -ain suponen un problema añadido, ver Caro Baroja (1980: 233-238) y Salaberri, (2012b: 324-328) y marcan una isoglosa oriental clara con respecto a los en -ano, -ana, sufijos estos que convergerían plenamente con los resultados romances del resto del norte peninsula, estableciéndose así una continuidad.
  94. n29 Por otro lado, tampoco coinciden siempre los antropónimos que les sirven de base, pues los de los nucleónimos orientales parecen, en ocasiones, más recientes, o diferentes, al menos, a los de la tradición tardorromana que forman los acabados en -ano, -ana:
  95. n29 por ejemplo, Munain, sobre un antropónimo medieval Munio, muy frecuente en toda el área vascorrománica, especialmente en la occidental (Ramos Remedios 2010).
  96. n29 Respecto a la <h>, acaso empleada como demarcación morfémica, que presentan estos nucleónimos de la Reja, véase el trabajo de Ander Ros en este mismo homenaje.
  97. A pesar de que la abundancia de estos elementos de base antroponímica constituya una buena muestra del hibridismo vascorromance, se antoja más difícil rastrear en esta zona el elemento puramente romance que en la toponimia del área 1, a pesar de que pueden considerarse como tales algunos elementos: Meiana n30, Moio n31, Oronda (mod. Foronda) n32, Oto (Hueto Arriba y Hueto Abajo; de altu) n33; también daría fe de evolución romance Abulanga (Alangua), siempre que, de acuerdo con Salaberri (2012b: 329-333) aceptemos un *(villa) Abullenica, paralelo al caso de Reuendeca (Revenga en Cuartango) de un *(villa) Rebendika n34.
  98. n30 Meana en 1481-1485, despoblado (Ramos Remedios 1999, I). Caro Baroja (1980: 226) lo agrupa con los nombres latinos de villas en -ana; Salaberri propone un *(villa) meiana, de Meius, pero puede proceder simplemente del adjetivo mediana (Ramos Remedios 1999, II: 126).
  99. n31 Salaberri (2013: 261) propone un antropónimo Boius: *ager, fundus Boianus, pero cabe un lat. modĭus, cuyos derivados hispánicos están bien documentados en todas las épocas (dcech, s.v. modo; lhp, s.v. moio), pues fueron ampliamente utilizados como unidad de medida.
  100. n32 Reseñable la falta de f-, de la que no puede determinarse si responde a una característica del romance de la zona (al noroeste de Vitoria) o a intervención del copista del Cartulario de San Millán en el siglo xii, pues este es el único testimonio sin f- (Salaberri 2015: 186); si, como sugiere este autor, puede aceptarse la propuesta de Caro Baroja (1980: 199) de un origen en frons, frondis ‘fronda’, el posible mantenimiento del grupo fr- durante un cierto espacio de tiempo antes de generarse la anaptixis para facilitar la articulación del grupo (muy habitual entre vascófonos, pero también entre romances) pudiera explicar la conservación de la consonante.
  101. n32 Si bien, quedan otros casos sin explicación clara de conservación como Faido o Fuidio (Paldo y Pudio en la Reja) para los que puede verse la nota 44.
  102. n33 Salaberri (2015: 322-323) cuestiona esta propuesta, dada la orografía del terreno, y piensa en una explicación antroponímica. Sin embargo, el Oto de Suso de 1257 (Hueto Arriba) está en la ladera de la sierra de Arrato y la base altu se halla en muchas otras formaciones peninsulares similares; todavía hoy en la toponimia de la zona se conservan expresiones del tipo El Alto de… para denominar pequeñas alturas.
  103. n33 Es cierto que resulta difícil comprender la aparición posterior del diptongo romance (porque no se trata de una ŏ y por la fecha tardía), a no ser por analogía con otro término (por ejemplo, cueto), una vez que oto hubiera perdido su valor etimológico para ser sustituido por el culto alto.
  104. n33 Sería más sencillo explicar Oto como una forma romance latinizada en la escritura, si no fuera porque se atestiguan topónimos del tipo Otora Videa (Salaberri 2015: 322).
  105. n33 Como el propio Salaberri recoge, Hueto y Güeto no se generalizan en los textos hasta fines del xiii.
  106. n34 Si bien en este último ejemplo el copista del cartulario ha latinizado el topónimo.
  107. En Burguellu no figura diptongo ie (< -ĕllu) –frecuentemente reflejado en el área 1–, debido a la acción latinizante (como en Transponte en el primer grupo) n35.
  108. n35 Véase Salaberri (2015: 143-144), quien recoge un Burguieillo de 1299.
  109. n35 También en la Reja, Angellu, despoblado, Arguelu en la lista calagurritana.
  110. n35 Caro Baroja lo da como latinismo sorprendente y lo interpreta como diminutivo de angulu (Anglet, en vasco Angelu).
  111. También hagiotopónimos como Sancti Romani (en Heguiraz y Septem Alfozes) o Sancta Pia (en Harrahia).
  112. La situación es compleja en Treviño (Rivo de Ivita) n36, donde se combinan todas las posibilidades que ya hemos mencionado:
  113. n36 Como indica Peterson (2012: 88), el texto recoge solo aldeas de la parte oriental de Treviño.
  114. n36 El mismo autor (2012: 85) hace referencia al texto que recoge la donación de Arroncio a San Vicente de Acosta de dos iglesias en Estavillo, datada en 871 (Becerro Galicano digital, 220), documento en el que sí se incluyen algunos términos del occidente treviñés.
  115. n36 Llama la atención su observación acerca del fragmento «Similiter in regula sancta d'Ocoista dedimus Sancta Maria de Foze de Arganzone, deganna de Letonu, cum exitus et agros, molinos, ortales; et Sancti Salvatoris et Sancti Cipr< i >ani et Sancti Romani, cum pertinencio, id est, ubi iniciat Biazatica sub defesa Ereihehi usque Via de Olleros, et de Spino abbate Helhorriga usque Sancti Romani»,
  116. n36 sobre el que indica Peterson: «en ocasiones ni siquiera es sencillo distinguir entre léxico común y toponimia (Biazatica, de Spino abbate Helhorriga, Foze de Arganzone de ganna) en lo que parece una mezcla fascinante de euskera y castellano».
  117. Términos enigmáticos como Alma (despoblado de Aima) n37.
  118. n37 Peterson (2012: 88) considera que Alma, como Paldu, parece deberse a una interpretación del copista del Galicano de fines del xii, quien, por desconocimiento o despiste, interpretó la i alta visigótica del original como una l.
  119. Formas romances transparentes como Torre; Aguellu (Aguillo), quizá derivado de ager (Caro Baroja 1980: 191), en un nuevo ejemplo de latinización que no refleja el diptongo romance (-ĕllu > iello> illo); Mesanza, relacionado por Caro Baroja (1980: 198) con mies; los hagiotopónimos como Sancti Meiano (Samiano) n38, Sancti Martini, Savastian; y tal vez Cimentu (Ciçimiento en 1257; mod. Zumento), de caemĕntu ‘canto de construcción, piedra sin escuadra’ (Caro Baroja 1980: 191; dcech, s.v. cimiento) n39.
  120. n38 Salaberri (2013: 262-263) se inclina una vez más por la formación antroponímica.
  121. n39 Aunque los apelativos derivados de caemĕntu están bien documentados (desde el xiii, dcech, s. v. cimiento), esta etimología se complica por la reduplicación de la primera sílaba que figura en algunos de los testimonios del topónimo a lo largo de la historia.
  122. n39 De hecho, en detrimento de una etimología latinorromance, no solo se encuentra esa reduplicación, sino también la falta de diptongación en los testimonios que conservamos de este término;
  123. n39 en contra de la etimología eusquérica se halla la no sonorización de la dental tras nasal.
  124. Topónimos de origen latinorromance o basados en antropónimos adaptados por hablantes vascófonos (¿bilingües?) n40: Prango (Franco), Armendehi (Armentia) n42, Betruz (Petruzo)…, grupo en el que también cabrían Pudio (Fudio en 1257; Fuidio) n43 o Paldu (Faido) n44.
  125. n40 Abaitua y Echevarría (2013: 76), en relación con Betruz y Prango, advierten una «excesiva vasquidad», que ellos atribuyen, más que al reflejo de la lengua de los informantes a la condición de vascófono del recaudador del censo, y en este sentido señalan que «hay que hacer notar que los rasgos vasquizantes que se recogen en la Reja son únicos y excepcionales en la historia de estos dos topónimos.
  126. n40 Por otra parte, tampoco su etimología deja lugar a dudas (Pedruço < Pedro + sufijo –ço; Prango < franco) n41. Además, es altamente probable que Franco haya sido fonéticamente [franko] ininterrumpidamente desde sus orígenes, anteriores al siglo xi, hasta la actualidad (ya que ni en castellano ni en euskera Prango es reversible a Franco).
  127. n40 La excepción de la Reja revela una vasquidad extrema, que se manifiesta por partida doble: (1) en la sonorización de sorda tras nasal (nk- > ng-) y (2) en el tratamiento de f- como p-.
  128. n40 Ante un vasquismo tan extremo cabe preguntarse si realmente presenciamos una fase histórica de la pronunciación del topónimo por parte de sus pobladores o los problemas de percepción del monje a la hora de transcribirlos. Creemos más probable el segundo supuesto».
  129. n41 Ariza (2009: 27) recoge un frango (por ‘franco’) en 1157, en uno de los documentos en aragonés de El Pilar publicados por L. Rubio; en esa documentación también se menciona una Gostanza ‘Costanza’ en 1190.
  130. n41 Evidentemente ambos fenómenos son explicables por la fonética pirenaicoaragonesa, coincidente con la vasca. Para la toponimia vasca en la Reja, Abaitua y Echevarría (2013).
  131. n42 Peterson (2012: 73) recuerda, sin embargo, el nombre Armentari entre los reflejados en la epigrafía parietal de las cuevas de Faido y Laño en Treviño, datada en el siglo vii.
  132. n42 La sonorización en el testimonio de la Reja (como en el Armendáriz navarro) se opone al Armentari de la epigrafía y al Armentei (Armentia) de Malizhaeza, que conserva la sorda, como en creaciones toponímicas romances más modernas del tipo Antoñana, no incluida en la Reja, ya que la funda Sancho el Sabio en 1182, y ubicada en Campezo, una zona con ausencia de toponimia vasca, en contacto con Tierra Estella (Abaitua y Unzueta 2011: 10-11).
  133. n43 Si es que se acepta la base antroponímica *fuidiano (Salaberri 2013: 253).
  134. n43 Aunque podría pensarse también en una formación similar, de carácter descriptivo, a la de Paldo/Faido.
  135. n43 En cualquier caso, sorprende la conservación de la f- inicial en romance, sobre todo si, siguiendo a Salaberri (2015: 305), aceptamos una base *focĕlla para otro término treviñés, Ocilla (Poçiela en 1257 y Fociella en 1415, por ejemplo).
  136. n44 A partir de *fagetum. Sánchez González de Herrero (1986: 183-184, 185 y 186-187) explicaba la conservación de la f- en la forma romance Faido por la convivencia con la forma vasca oral Paldu; la autora recuerda al respecto los otros dos pares Franco/Prango y Fuidio/Pudio en la toponimia treviñesa.
  137. n44 La transformación de f- a p- debió de darse en una época lo suficientemente antigua como para que no se hubiera producido aún la aspiración romance, concebible en un marco bilingüe o de contacto vascorromance en el momento de la denominación de las aldeas (siglos viii al ix).
  138. n44 En la nota 37 se indicaba cómo la l de Paldu responde según Peterson (2012: 88) a una interpretación errónea del copista del Galicano de una i alta visigótica; no obstante, Sánchez González de Herrero (1986: 332) recogió una serie de topónimos del tipo Paldiuso, Palduso, Palusasi… referidos a Faido. Véase además Abaitua y Echevarría (2013: 56)
  139. Denominaciones vascas occidentales n45: Sagassaeta, Uarte, Bassahuri, Hobecori.
  140. n45 Abaitua y Echevarría (2013: 66-77) ofrecen una descripción de los rasgos occidentales distintivos de la toponimia treviñesa, incidiendo especialmente en la nómina ofrecida por la Reja, pues, como ellos mismos anticipan (2013: 66), «del análisis de la toponimia de estas poblaciones se desprende una conclusión inequívoca: su adscripción al área “netamente occidental” (variedad dialectal vasca que otros especialistas denominan vizcaína o meridional)», rasgo extensible al resto de denominaciones del documento.
  141. Entre estos, destacamos Hobecori por tratarse de una formación sobre el nombre medieval Oveco, de un uso similar al Munio arriba mencionado (Munniahin), que ha de vincularse a Atahuri –sobre otro nombre bien documentado Ata/Atta n46–, seguramente también a otros topónimos de la Reja como Haberasturi u Okerhuri y a los riojanos tipo Herramélluri n47; todos serán debidos a una misma oleada repobladora, desde tierras de la Álava central hacia el sur, cuando se establecen relaciones con la monarquía asturiana, de modo paralelo a otros movimientos similares de filiación romance, como la repoblación de Valpuesta n48.
  142. n46 Salaberri (2015: 112) ratifica la propuesta de Michelena a partir de ate ‘paso, portillo’
  143. n47 Sobre los topónimos creados a partir del occidental -uri en La Rioja, ver Peterson (2009: 237-241).
  144. n47 Oveco, y sus correspondientes patronímicos, constituye un nombre frecuente en la mitad occidental de la Península entre los siglos x al xii; más extendido aún está el uso de Munio, desde el siglo ix en las mismas áreas.
  145. n47 No obstante, son antropónimos muy vinculados a lo que Michelena denominó el área vascónica occidental;
  146. n47 son habituales en la documentación de Valpuesta y en textos de San Millán referidos a Álava y a los valles del Tirón y el Oja; las variantes femeninas de Munio están bien representadas en el documento de San Miguel de Pedroso (Ramos Remedios 2010).
  147. n48 Peterson (2009: 365-366) considera que es en este momento cuando se producen los desplazamientos de vascófonos hacia las cuencas del Tirón y del Oja:
  148. n48 el matrimonio del rey asturiano Fruela con la alavesa Munia, padres de Alfonso II, supone el pacto que frena las incursiones de los vascones hacia territorio cántabro, de modo que se favorece la expansión de los diferentes poderes del norte peninsular.
  149. n48 Es viable, por ello, que también las gentes de habla vasca se movieran del mismo modo que lo hacían los hablantes de romance, con los que estaban en continua interrelación, lo que podía dar pie a situaciones de bilingüismo y de koineización.
  150. La toponimia de la Reja nos habla, en definitiva, de una población en continuo movimiento y expansión a lo largo de los siglos vii al x, durante la fase final del periodo visigodo y los inicios de la dominación musulmana y de la posterior repoblación.
  151. Topónimos como Basconguelas junto a los Hobecori o Atahuri, colocan a los pobladores vascófonos al mismo nivel que sus vecinos romances, si es que una gran parte de ellos no eran bilingües: los Hurivarri, Hurizahar, Hurigurrenna constituyen creaciones altomedievales formadas a imagen y semejanza de las de los territorios romances circundantes con las Billa Luenga y Billa Vizana, las Elheni Villa o Luni Villa con los Obecori o Atahuri… Y situaciones de contacto lingüístico como esas tuvieron que dar lugar necesariamente a fenómenos de fragmentación, pero también de nivelación, de koineización, que actuaron sobre las dos lenguas, o, incluso, de pidginización o criollización, esto es, a fenómenos de hibridismo de los que posiblemente nunca tengamos más allá que una intuición por la falta de apoyo documental.
  152. El contacto que tiene lugar en esa franja geográfica en el periodo entre los siglos vii y x debió ser determinante para el desarrollo del romance castellano primitivo y del euskera occidental, hasta tal punto que muchos de los aspectos de la fonética, de la morfosintaxis o del léxico de ambas sobre los que se ha debatido ampliamente en las últimas décadas es factible que se debieran a este periodo de interrelación n49: el problema de la F- inicial en romance, la creación del artículo vasco o los préstamos léxicos en las dos direcciones son algunas de las cuestiones que deberíamos revisar desde este punto de vista del contacto vascorrománico altomedieval en tierras alavesas.
  153. n49 Recientemente vienen analizándose otros fenómenos acaso ocasionados por el contacto en los dos sentidos; véanse como ejemplos la propuesta sobre el origen de los nexos coordinantes en euskera (Torrens 2015) o la relativa al del leísmo castellano (Fernández-Ordóñez 2012).
  154. Por otra parte, no puede cuestionarse que se aprecia una menor proporción de fenómenos romances en ciertas áreas de Álava n50, especialmente en su mitad oriental, pero no hay una total ausencia, lo que indica que convivieron hablantes de romance y hablantes de euskera en la época de formación de las aldeas.
  155. n50 En cuanto a las características propiamente romances de la Reja, rasgos que se circunscriben prácticamente a los topónimos de la zona suroeste, es muy poco lo que se puede observar;
  156. n50 pero algunos plurales en –es (Murielles) o el mantenimiento de la segunda yod como palatal lateral (Suvillana, Urvillana, mod. Subijana y Ormijana) que llega hasta el suroeste del área de Vitoria-Gasteiz, vinculan este romance con el de la zona norte de Burgos, reflejado por ejemplo en la documentación de Valpuesta.
  157. Cierto es que podría postularse que los topónimos romances de la Llanada y de Treviño se deben a repoblación medieval de hablantes romances, pero no tenemos datos de que en la Llanada se estableciese un sistema de presuras como el caso de Valpuesta, sino que más bien parece que las aldeas van siendo creadas, bien por los campesinos, bien por la iniciativa de las élites locales.
  158. Por otro lado, el peso romance es determinante en la zona occidental, pero también ahí se aprecian incursiones de vascohablantes.
  159. La zona de Treviño parece ser el punto donde se cruzan con mayor intensidad las dos tendencias, la vasca y la romance, en ese momento del alto medievo n51.
  160. n51 Véase Abaitua y Echevarría (2013).
  161. De este modo, si consideramos la Reja como el reflejo de la red de aldeas originada en Álava entre los siglos vii y xi, la impresión que el texto nos transmite es que el territorio estaba formado por gentes bilingües o monolingües en euskera o romance, en proporciones variables, atendiendo a las diferentes zonas.
  162. Con todo, estos planteamientos no pasarán de ser meras elucubraciones mientras no se dirima con mayor claridad en qué momento comienza el contacto entre el latín y los romances y el euskera en el País.
  163. Precisamente por ello, se impone una vuelta minuciosa, exhaustiva y desde nuevas perspectivas sobre la toponimia de la Reja: analizar su extensión, arrojar luz sobre su etimología, cribar las posibles etapas de creación de los nombres, en definitiva, filtrar todos los estratos –cronológicos y geográficos− que, como señaló Michelena (1984), se acumulan en ella: no solo en lo que concierne a la toponimia latinorromance, sino también en lo que concierne a la vasca n52.
  164. n52 En la propia Reja, Zuffia y Zuhia, junto a Arzubiaga, responden a diferentes capas de creación toponímica.
  165. El hibridismo vuelve arduo ese proceso y nos deja demasiadas preguntas n53:
  166. 53 Añadidas a la inherente complejidad de la tarea onomástica, pues «la onomástica es tal vez la disciplina lingüística más difícil y más peligrosa […] y esto no vale sólo para étimos prerromanos», en palabras de Baldinger (1986: 22).
  167. ¿qué reglas de evolución lingüística debemos aplicar en casos como los de los topónimos del tipo Subillana, Paterniana, Cikungau, cuando intentamos desmontarlos para llegar hasta su étimo? ¿Son creaciones de vascófonos a partir de la tradición onomástica latinorromance n54? ¿Los consideramos de base romance, pero con intervenciones del euskera en muchos casos? Y si esta interacción se produce, ¿en qué momento tiene lugar?
  168. n54 Los nombres que son la base de estos topónimos son en su mayoría de tradición hispanorromana, pero ya no podemos hablar de nombres romanos: pertenecen a un acervo de nombres propios europeos que se dejan llevar por modas y que son transmitidos por las élites repobladoras en los primeros siglos medievales.
  169. n54 No es tanto el nombre en sí lo que interesa, sino las transformaciones lingüísticas que ha sufrido y que, en nuestro caso, parecen responder muy a menudo al hibridismo
  170. Discriminar en la medida de lo posible esos procesos tan complejos y con tan exiguo apoyo documental exige aproximarnos al topónimo sin una interpretación preconcebida: quizá la mayoría de ellos tengan vida propia, desligable de la evolución experimentada por el léxico común –vasco o romance–, por más que compartan con él, espacio geográfico o elementos de creación.
  171. Si no intentamos la tarea, por intrincada que resulte, perderemos la oportunidad de vislumbrar una parte fundamental de la historia de las dos lenguas: de la lengua vasca sí, pero también y quizá más específicamente de la lengua castellana en sus orígenes.

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