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A fines del X o principios del XI el patronímico en - z debía de estar perfectamente formado, si bien con vacilaciones entre los tipos - az, - ez, - iz- - oz y - uz, de modo que otras formas de patronímicos serían, como venimos sosteniendo, intentos de latinización y como latín ya reformado n129 deberíamos por tanto entenderlas, distinguiendo entre tendencias romances y tendencias latinas o latinizantes n130.

Respecto a los patronímicos en - z, un 13’5% son en - az, un 16% en - ez, un 47’2% en - iz, un 22’5% en - oz y un 0’7% en - uz (3 casos). Incluimos aquí los patronímicos en - ici y sus variantes en - ice, - oci, - oce, incluso en - aza ( Munnio Belaza, 950, docs. de Buezo) porque los consideramos intentos de latinización de los patronímicos en - z.

Los ejemplos más antiguos (no tengo en cuenta los del documento 2) son en - iz y en uz: Gondesalbo Tellizi o Gundesalbo Telluz en el documento 8 (911), también en - az: Monio Uigilazi 10 (919) y en - oz: Didaco Fredenandoz 16 (940); los casos de - ez o el citado Belaza (- az) en documentos datados en el X, pertenecen a documentación de Buezo. No podemos hablar de patronímicos en - ez hasta mediados del siglo XI, en plena dominación navarra: Munio Albarez 54 (1050), ejemplo aislado hasta fines del XI, cuando tenemos en el documento 78: Tellu Ammatez.

n129. GIMENO (2006).

n130. IRIGOYEN (1977: 566-569, n. 9), hace una defensa del origen del patronímico en - nis a través de hablantes vascos - nis> (- nes) > - ns > - iz -itz, partiendo de formas como el Sanzone de Valpuesta de los documentos de Buezo (Briviesca) de 950 –composición en el siglo XI–. Hay que recordar que, en esta documentación, Sanzone convive con Sanzonez. No estoy poniendo en duda tanto este posible origen del patronímico en - z como el uso de este ejemplo como punto de partida puesto que, remarco, se trataría de una latinización propia del momento de adaptación a la reforma carolina.

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La terminación en - ez (a menudo con grafía - et) surge con más intensidad a principios del siglo XI, curiosamente en documentos ya redactados en letra carolina, es decir, con un acto consciente del copista de estar manejando dos sistemas gráficos distintos, de ahí quizá la aparición de esa grafía - et, en un intento de buscar el signo apropiado para el sonido romance. No obstante convive con - oz, - iz y, menos, - az (exclusivo para Didaz, Veliaz y Anaiaz), hasta fines del siglo XII, triunfando en el único documento netamente romance de la colección, el 178 (salvo Velaz y Ortiz)131; ponemos fecha a un triunfo que, evidentemente, es sólo gráfico, pues la lengua hablada habría tomado partido mucho tiempo antes.

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Tabla de contenidos

El empleo del topónimo en la formación de los apellidos

La primera cita de un apellido toponímico la encontramos en los documentos de Buezo de Bureba: 950: Johannes de Solaco 23 (950) o de Solago 24 (950), de modo que, de nuevo, no podemos considerar ésta como la fecha de arranque, sino una muy posterior. Bajo este topónimo, pudiera subyacer el nombre celta Súlaco (la fonología romana trasladó el acento a la penúltima sílaba > Sulágo) n133.

El siguiente ejemplo lo encontramos en un Lain de Ordunia 32 (956), documento sobre una propiedad en Pando.

Ya a fines del X o principios del XI hallamos topónimos en apellidos, curiosamente, femeninos: Anderaza de Arego y Uelo de Pineto, documento 46. Arego es el actual Arreo en la Cuadrilla de Añana, cerca de Salinas (Álava) y Pinedo se encuentra en el municipio de Valdegovía (Cuadrilla de Añana, Álava).

Sólo ya entrado el siglo XI comenzamos a encontrar la estructura compleja de patronímico + topónimo: Felex Beilaç de Gruendes, Etello Didaz de Uilla Auta y Godestio de Reuendeca 50 (1039). Correspondiendo Gruendes al Gurendes de Valdegovía, Uilla Auta parece corresponder al despoblado de Villota en el valle de Losa (Burgos) y Revendeca recuerda al despoblado de Revenga, cerca de San Millán de San Zadornil n134; otro Didaco de Rebendeka 51 (1044) es el siguiente nombre, en orden cronólogico, que contiene en su estructura un topónimo.

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Los topónimos contenidos en los apellidos nos propocionan además otro tipo de información. Su localización en el espacio nos permite averiguar datos que interesarán a los historiadores sobre, por ejemplo, los movimientos de población.

En este conjunto de documentos, los nombres de lugar vinculados al nombre de persona hacen referencia en su gran mayoría a toponimia mayor, núcleos de población medievales situados en el área de influencia del monasterio, algunos ya despoblados; son poblaciones que actualmente se ubicarían dentro de una serie de municipios de las actuales Álava, Burgos y Vizcaya y que envuelven el área de Valpuesta; así, encontramos numerosos lugares pertenecientes n135:

A la actual Cuadrilla de Añana (Álava), en concreto a los municipios de Valdegovía n136 (Astúlez, Acebedo, Bachicabo, Basabe, Corro, Espejo, Gurendes, Fresneda, Magurdones por Villamardones, Minorvilla –despoblado de Villanueva–, Mioma, Pinedo,

n135. Sólo incluiremos aquí nombres de lugar recogidos en apellidos; respecto al resto de la toponimia, ofrece un análisis RUIZ DE LOIZAGA (1995: 67)

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Rivo de Ciela –despoblado de Villanueva n137–, Tobillas, Tuesta, Villalta –despoblado de Quintanilla–, Villamaderne, Villanueva n138), Añana (Fontes –despoblado de Salinas–, Orbón –despoblado de Salinas–, Terrazos –despoblado de Salinas–, Salinas, Villacones –despoblado de Salinas–), Lantarón (quizá San Martín, término de Pobes, Alcedo, Caicedo, Tisuenzo, Comunión, Fontecha, Molinilla, el despoblado de Quijera), Ribera Alta (Arreo139, Barrón, Lagos n140 –despoblado– Molinilla, Villambrosa), Ribera Baja e Iruña de Oca ( Lancrares/ Lanclares, o Nanclares).

2) A la comarca burgalesa de las Merindades, en especial, los ayuntamientos o juntas administrativas de: Berberana (a la que pertenece la propia Valpuesta y Berberana), Jurisdicción de San Zadornil ( Sancti Saturnini o San Zadornil, Arroyo, Revendeca –Revenga n141, despoblado de San Millán de San Zadornil-, Villa de Suso –despoblado de San Millán–), Villalba de Losa (Múrita), Junta de Traslaloma (Las Eras, Tabliega, Villalacre), Valle de Losa (Aostri, Robredo).

3) A la comarca denominada de Ebro (Burgos), en torno a Miranda de Ebro, Santa Gadea del Cid y Pancorbo en el límite sur: Encío, Moriana, Ayuelas ( Faiolas), junto a la cual se haya Gorejo – Goregio–.

4) A Orduña (exclave de Vizcaya en territorio alavés): la propia Orduña, Lendoño u Orruño (Barrio de Orduña según la Lista calagurritana).

5) A la comarca de la Bureba, quizá Solaco/ Solago.

6) A Montes de Oca pertenecerían Coscorrita (Cuzcurrita del Río Tirón) y Fontceia (Foncea, actualmente en La Rioja).

7) A la Cuadrilla de Ayala (Álava): Respaldiza.

Es probable que el topónimo que acompaña al individuo en este caso marque su lugar de residencia: “In loco qui dicitur in Villanova de Flumencielo, in Val-falcone, in Macanare super carrera qui pergit ad rio de Ciela et ad Sancti Martini, iuxta casa de Egia Nunu de Macanare” 142 (1125), “Cum una terra in territorio de Moriana et de Faiolas in locum qui dicitur Pozomoruta, illa terra que fuit de don Kilicidi de Moriana” 145 (1126), pero también puede indicar que esos individuos tengan posesiones en ese lugar n142.

n137. Vela de Rivo de Cela 149 (1127?), parece mala lectura del río de Ciela mencionado en el doc. 142 (1125) y que corresponde, según RUIZ DE LOIZAGA (1995: 65), al arroyo de San Martín que desemboca en el río Omecillo en Villanueva de Valdegovía.

n138. Hoy Villanueva de Valdegovía, pero en la Edad Media (vid. doc. 142 (1125)) se denominó Villanueva de Omecillo ( Flumenciello), en referencia al río, que desemboca en el Ebro en Puentelarrá y que la atraviesa. Cf. S. RUIZ DE LOIZAGA (1995: 64).

n139. Arreio, igual que en la Reja de San Millán

n140. Citado como Lagus en la Reja.

n141. Revendeca en la Reja.

n142. Véase al respecto cómo en la Llanada occidental alavesa, cuando un individuo, a fines de la Edad Media, obtiene nuevas propiedades por matrimonio, cambia su apellido por el de su esposa o bien añade otro topónimo al que ya forma parte de su apellido: RAMOS REMEDIOS (1999: II, 228).


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Designaciones complementarias: sobrenombres y nombres de oficio

Como ya indicábamos más arriba, al tratar sobre los hipocorísticos, estos documentos no nos permiten acercarnos a la lengua popular o familiar, de la cual suelen ser un buen exponente los apodos o cognomina que reciben los hombres medievales, algunos de los cuales se acabarán fosilizando y dando lugar a apellidos, del mismo modo que un gran número de nombres de oficio.

Ahora bien, el hecho de que estos sobrenombres no se constaten por escrito no quiere decir que, en la lengua hablada, no se emplearan profusamente; no cabe pensar otra cosa por ejemplo en los momentos en que, en torno al siglo X, la lista de nombres personales se estabiliza, mientras aún no ha arraigado el uso del patronímico.

Lo que sí podemos deducir del análisis de esta documentación es que la aparición de los apodos es tardía. La primera documentación se produce en los textos de Buezo: Munio Mannairo o Manno y Fueracasas, hecho que constituye precisamente uno de los argumentos para determinar que se trata de una documentación bastante posterior. El apodo Mañairo o Maño procede del adjetivo mañero ‘esteril’, ‘muerto sin sucesión legítima’ n143. No creo que haya que ver en estas dos variantes del mismo apodo un paso a través hablantes vascófonos (a pesar de tratarse de los documentos de Buezo –Brivisesca–) como quiso ver A. IRIGOYEN (1977: 589), quien lo consideró producto de un cruce entre el lat. –ARIUM y el mismo sufijo transmitido por hablantes vascos n144. Si, como parece evidente, esta documentación fue confeccionada o, al menos, manipulada, en torno al s. XI, la forma Manno pudiera no ser más que una copia de un Mannero (la variante Mannairo será un arcaísmo que refleja la pronunciación real Mannero en el siglo XI) sin desarrollar la abreviatura er.

El siguiente ejemplo es ya de fines del XI: Munnio Covo (1091, 1094, 1098), uno de los casos más claros de apodo, junto con los dos citados de Buezo; Cobo puede hacer relación a ‘calvo’. Otro apodo aparece en Tellu Paradiso (1112).

El Petro Cellerizo que se repite en diferentes documentos de la primera mitad del siglo XII tendremos que considerarlo dentro de la categoría de oficios o cargos en vía de fosilización, aunque, como en el caso de los patronímicos, quizá no se transmita aún de padres a hijos o, al menos, no podemos certificarlo en esta documentación.

n143. DCECH, s. v. mañero. GODOY ALCNATARA (1981 [1871]: 172) menciona un Maino, procedente de Maynerio, con el significado bajolatino de ‘craido, serviente’ FRAGO GRACIA (1977), p. 251, explica de este modo un Dominici de Mainero de Tudela (1202).

Alfonso IRIGOYEN (1990), p. 194, y (1977): 589-592, relacionaba este adjetivo con topónimos como Mañaria, nombre de lugar que también vinculaba a antropónimos del tipo Mannaria (nombre femenino de una inscripción cristiana del siglo V) y otros medievales como Mainerius, Mainer... También CARO BAROJA (1980: 242-243), en el capítulo dedicado a la “Toponimia más enigmática”, sugirió una relación con el antropónimo Masnarius.

n144. A la luz de nombres navarros como Leiore- Leiro- Leier. IRIGOYEN se apoyaba en MICHELENA (1969: n. 51), quien sólo constató que Munnio Mannairo y Munnio Manno eran la misma persona.

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CONCLUSIONES

Poner en relación una pequeña muestra de antropónimos, en un espacio de tiempo concreto (siglos IX-XI) y en un área bien delimitada (antigua diócesis de Valpuesta), con información obtenida de otras áreas en el mismo espacio de tiempo, nos permite extraer una serie de conclusiones conectadas entre sí de tal modo que una lleva necesariamente a la otra:

1) Una primera cuestión que se plantea al analizar este sesgo antroponímico n145 es la del contacto vasco-románico; no podemos obviar esta realidad que ya atrajo a CARO BAROJA, a MICHELENA o a IRIGOYEN, entre otros; existe una conexión entre ciertos antropónimos de Valpuesta y antropónimos documentados desde las inscripciones aquitanas (GORROCHATEGUI, 1984). La mayor dificultad estriba en distinguir entre los verdaderamente vascónicos y otra serie de nombres ampliamente utilizados en zonas vascohablantes, pero cuyo origen lingüístico no tiene que ser necesariamente vasco, aunque sí pueda ser prerromano, indoeuropeo o no. Estos últimos pueden haber arraigado en otras zonas del norte peninsular y quizá sea ese el resultado de su éxito expansivo: Muño, Oveco… Pero hay rasgos especialmente subyugantes como el empleo de los hipocorísticos o de la palatalización expresiva, tendencia claramente vinculada con la lengua vasca.

n145. Elijo conscientemente el término sesgo porque quiero remarcar la arbitrariedad de los cortes que establecemos para el análisis.

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2) Al cruzar la información de Valpuesta con la de cartularios de otros monasterios nos preguntamos sobre la posibilidad de establecer áreas antroponímicas dentro del área de influencia vascónica. Hemos partido del artículo de RAMÍREZ SÁDABA (1986), quien, a raíz del trabajo de MICHELENA sobre San Millán de la Cogolla (1976), distingue entre un área occidental (la de Valpuesta) y un área oriental (Leire), con una zona de transición (La Rioja). Coincido plenamente con este punto de partida; además la división de esa área antropónimica que circunda la zona vasca por el sur responde también a una división lingüística en torno al curso alto del Ebro, que idénticamente genera un territorio de transición lingüística en La Rioja (RAMOS REMEDIOS, 1999: 273-275,vol II); es evidente que no sólo el sustrato y el tipo de latinización, sino además los avatares políticos medievales de estas zonas, entre los reinos navarro y castellano-leonés, son el motor de este estado lingüístico. Lo que se viene llamando área antroponímica vascónica, en su sentido amplio, desde Burgos a Navarra, se identifica asimismo con el área de nacimiento del romance hispánico central, con la “mezcla de dialectos” que acabó originando el castellano medieval.

3) Volviendo a los vaivenes políticos que sufren durante los siglos que nos ocupan estas áreas, entre Navarra y Castilla-León, los cruces dinásticos entre estas monarquías conllevaron también un baile de nombres: las Jimena, las Sancha, las Muña, las Urraca o las Toda aportaron, no sólo su dote o sus derechos de sucesión al trono, sino también sus nombres. Y, como nos recuerda KREMER (1987:1587), la onomástica siempre se ha movido impulsada por modas; esas modas, han avanzado desde arriba hacia abajo, de modo que, ya entrados en los siglos IX, X y XI, sobre todo en cuanto a determinados nombres (Muño, Oveco, Eneco, Jimeno, García…), es complicado determinar si su presencia en un texto se debe a con tactos entre la población o a modas que se transmiten a imitación de nobles y reyes.

4) De todos modos, resulta complejo establecer áreas nítidamente delimitadas, más cuando no tenemos una masa de datos siempre fiable, esto es, cuando no se ha hecho una revisión paleográfica de todas las colecciones documentales que manejamos, ni tampoco un trabajo exhaustivo de selección de esas colecciones: así, los textos de una misma colección y sus firmantes proceden de diversas áreas donde se mezclan documentos de zonas y épocas muy distintas, muchos personajes se repiten y otros no tienen relación con el área a la que pertenece el documento. Amén de la documentación falsificada o manipulada en época muy posterior a la fecha o cuyos nombres han sido mal interpretados, no sólo por los transcriptores modernos, sino también por los copistas medievales…

5) Pero incluso en este sentido, la propia antroponimia puede arrojar luz. Es el caso de la documentación de Buezo del año 950 incluida en Valpuesta: la particularidad de sus nombres de persona completa la labor paleográfica a la hora de establecer el momento aproximado de composición de los documentos.

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6) Hemos dicho ya que la onomástica esta sujeta a modas y los documentos de Valpuesta confirman con claridad las tendencias antroponímicas medievales: desde el nombre único al establecimiento en torno al siglo X de una estructura de denominación más compleja que parte de la adición de un patronímico, al que se le acabará añadiendo un topónimo. Esta estructura se consolidará en el siglo XI, momento de cambio determinante, no sólo en lo antroponímico, MORÁN i OCERINJAUREGUI (1997), sino también en lo religioso y lo cultural con la revolución que supone la refor-ma gregoriana, la cual viene a culminar en el XI lo iniciado en la Península en el siglo X por la carolingia (GIMENO: 2006). Esa época revolucionaria, con los nuevos aires que entran desde Europa, supondrá necesariamente un cambio en la tendencia de los nombres propios y aumentará el gusto por los nombres de nueva tradición cristiana o por los de origen fran-co, además del impulso de estructuras de denominación personal cada vez más complejas para poner nombre a situaciones personales diversas.

7) Los movimientos de población que genera esta transformación de la sociedad peninsular, así como los anteriores, motivados por los cambios de signo político o por las presiones demográficas y económicas, quedarán reflejados en la toponimia que se inserta en los nombres.

No obstante, queda aún camino por recorrer: la delimitación de las áreas antroponímicas debe llevarse a cabo a través de la comparación exhaustiva del mayor número posible de cartularios, cuyas transcripciones deberían ser previamente revisadas y cuya documentación debería ser seleccionada siguiendo criterios geográficos y también cronológicos muy precisos. No pueden compararse cartularios que incluyen documentación de los siglos IX y X con cartularios que no arrancan hasta el XI. Es una labor ingente que debiera llevarse a cabo de manera coordinada para poder establecer conclusiones fiables.

ÍNDICE DE ANTROPÓNIMOS

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