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A fines del siglo IV cambia el panorama de la situación política del País Vasco. Ya en el siglo anterior algunas invasiones bárbaras por territorios vascónicos, de las que se tienen pocas y oscuras noticias, habían alterado la pacífica convivencia que se había disfrutado en el Bajo Imperio. De ellas dan testimonio los incendios de algunas villas y de la misma Pompaelo que revela nuestra arqueología. Son hechos que hacen comprensible la instalación de guarniciones militares en Lapurdum (Bayona), Iluro (Olorón), Beleia (Iruña), Juliobriga (Cantabria), etc. Se empieza a sentir la amenaza que para el Imperio constituye el acercamiento progresivo de los pueblos germanos. Y se constata que el comercio, antes floreciente, se retira a las grandes ciudades como Cesaraugusta, Barcino y Tarraco, y van quedando desiertas otras ciudades más cercanas como Calahorra.

El genio militar y político del vándalo Estilicón, al servicio del emperador Honorio, no logra detener la marea de los nuevos pueblos. En los primeros años del siglo V, el ejército de Britannia, formado por mercenarios bárbaros, proclama a uno de sus oficiales como gobernador de las Galias. Con el nombre de Constantino III llega al sur de las Galias, se declara protector de los pasos pirenaicos, y penetra en Hispania. Según Osorio, fueron esas tropas las responsables de la entrada de los bárbaros en los dominios del Imperio.

Tales movimientos militares convulsionaron sin duda a las gentes del País Vasco y aceleraron la transformación social y económica de la población. Las irrupciones violentas de pueblos extraños desde finales del s. IV perturbaron la pacífica situación interior y quizá haya que relacionarlas con el oscuro fenómeno de los bagaudas (grupos rebeldes caracterizados por el bandolerismo y los saqueos), un fenómeno poco esclarecido todavía, que se inició en la Tarraconense, al que no se sabe si hay que explicarlo como protesta socio-económica o como rebelión política, y en el que probablemente participaron los Vascones de la zona rural.

A principios del 407 varios pueblos bárbaros (Alanos, Suevos y Vándalos) atraviesan el Rin, se abren paso entre los Francos del otro lado y siguen ( directo impetu dirán Osorio e Isidoro)hasta el Sur de las Galias, devastando las provincias de Aquitania y Novempopulania, la Lugdunense y la Narbonense. Resultan vanos los esfuerzos de los hermanos Dídimo y Veriniano, "nobles y poderosos romanos", para cerrar militarmente los pasos pirenaicos. Y en 409 la invasión se consuma. Pero estos primeros invasores van a ser luego aniquilados por otro pueblo germano: los Visigodos.

Conducidos por Alarico, el ejército abigarrado de los Visigodos, en el que no faltaban divisiones de otros pueblos germanos, entró en Roma y saqueó la ciudad que era considerada como la "caput mundi". Muerto Alarico, su cuñado Ataulfo pactó con el emperador Honorio (recluido en Ravena), se casó con Gala Placidia, hermana del emperador, y se declaró defensor del Imperio. En 412 condujo su ejército desde Italia hasta la Narbonense, arrebatando Toulouse y Burdeos a las tribus germánicas. Luego ocupó también la Tarraconense. Asesinado en Barcelona, su sucesor Walia reinó algunos años sobre el sur de las Galias: Aquitania, Novempopulania y el oeste de la Narbonense. El reino visigodo se extendía entonces desde el Ródano al Océano. Aquitania y todo el país de los Vascones soportaron los asentamientos visigodos. Los Alanos pasaron a África y los Suevos pronto fueron aniquilados por el ejército de Teodorico.

Como resumen de todo este período de guerras e invasiones, puede decirse que los Vascones, aunque víctimas de tan caótica situación, tuvieron que sentirse marginados en esta guerra entre bárbaros y romanos que, en el fondo, era el enfrentamiento de dos civilizaciones. Las irrupciones bárbaras no suscitaron el entusiasmo del pueblo vascón, liberado del yugo romano. Más bien desencadenaron una hostilidad general y continua a ambos lados de los Pirineos, una hostilidad generalizada que hizo posible en el pueblo vascón la conciencia de sus posibilidades de absoluta independencia,1 y que por primera vez en la historia, surgiera "un factor de unidad de poblaciones hasta entonces dispersas y casi separadas a despecho de una lengua y de una psicología fundamentalmente comunes en lo esencial".2

No se ha aclarado todavía qué relación tienen con estas invasiones las bagaudas vascónicas que alteraron el orden interior del país. ¿Constituyen la respuesta violenta de la población rural empobrecida contra los señores de las villas? Si se tiene en cuenta que las ciudades vasconas eran pocas y de pequeñas dimensiones, y su población estaba orientada en su mayoría a la agricultura y la ganadería, puede pensarse que la oposición campo-ciudad no tenía por qué ser explosiva;3 a no ser que Vasconia fuera refugio de esclavos y colonos fugitivos.4 ¿Manifiestan la natural repulsa de unos y otros sectores de la población vascona contra los excesos de los invasores? Por otra parte, pudieron ser un fenómeno de extensión sobre el territorio vascón de los bagaudas galos que hacia el año 435 se extienden hasta los Alpes y llegan a los Pirineos y devastan la Tarraconense hasta ser derrotados en 443 por el Magister Militum Merebaudes en Aracoeli.5 O ¿habrá que comprenderlo como un fenómeno endógeno dentro de un proceso de afianzamiento y expansión vascónica?6

Por otra parte, no es difícil hallar una explicación a estos grupos violentos si se piensa en el ambiente social y político que tuvo que provocar el paso repetido de gentes invasoras que asolaron la tierra vascona en esos años. En 448 el rey suevo Requiario en una expedición a Toulouse saquea las "Vasconias" de ambos lados del Pirineo. En 456 los Hérulos, que han llegado hasta Galicia y son rechazados regresan devastando tierras de Cántabros y Várdulos, y probablemente también, al otro lado de los Pirineos, la Novempopulania vascona. Pero ahí, en tierras galas, son los Visigodos quienes logran asentar su dominio. El godo Eurico (455-484), autor de un célebre código, pasa las montañas y conquista Pamplona y Zaragoza como puntos de apoyo para reducir a la provincia Tarraconense. En 476 rompe su foedus con los romanos y se declara soberano sobre un reino extendido bajo el Loira desde el océano hasta el Meditarráneo.

Su sucesor, el arriano Alarico II no tiene fácil la empresa de dominar sobre una población cristiana y católica, que prefiere someterse al caudillo franco Clodoveo, un pagano converso que se bautizó en la Iglesia católica (497). A la derrota de Alarico II en Vouillé sigue la destrucción del reino godo de las Galias y la instauración del reino franco que incluiría, según algún historiador, también la Gascogne.7 Es entonces cuando se produce la gran inmigración de visigodos en la Península Ibérica, una ocupación que se había ya iniciado bajo Alarico II.

Nada dicen los historiadores sobre la posición de los Vascones en el curso de estas luchas, durante las cuales es natural que se fuera afianzando la conciencia de la Vasconia como pueblo independiente. En adelante, la historia de Vasconia va a sufrir las consecuencias de ser bisagra entre dos pueblos distintos por su religión y su sistema político; porque el reino godo del Sur es por el momento arriano de religión y en lo político férreamente unitario, y los francos del norte son católicos y sufrirán varios repartos de los reinos entre los hijos de los reyes.

Al norte de los Pirineos el hecho de que los Vascones de la montaña hicieran algunas incursiones depredadoras en la Baja Novempopulania en 587 indujo a algunos historiadores, interpretando mal un texto de Gregorio de Tours, a pensar en una invasión en toda regla por la cual los Vascones infrapirenaicos, a partir de esa fecha, se asentaron por primera vez en Aquitania y dieron lugar a que la Novempopulania de Diocleciano se empezara a llamar Wuasconia (Gascogne); teoría hoy insostenible desde la lingüística, pues las inscripciones vasco-aquitanas datan de tiempos remotísimos. Una expansión semejante han pretendido algunos historiadores (Schulten, Gómez Moreno, Sánchez Albornoz)respecto a la Euskalherria meridional, imaginando (contra la opinión de J. Caro Baroja, Barbero y Vigil, Sayas Abengoechea y otros autores apoyados por los datos de la antropología, la toponimia y la lingüística), una tardía vasconización de Gipuzkoa y Bizkaia, mediante un corrimiento de los Vascones sobre los territorios de los antiguos Várdulos y Caristios.8 Por lo que respecta a esos oscuros siglos, debe quedar claro que en lugar de invasiones debería hablarse de incursiones de los Vascones del Norte contra los Francos, lo mismo que de las luchas de los Vascones del Sur contra los visigodos hispánicos.9 Con todo, el reciente descubrimiento en la Vasconia meridional de varias necrópolis con armas merovingias replantea el problema de la relación política de los reyes sucesores de Clodoveo con la región de Pamplona.10

En realidad, no puede hablarse con certeza de choques frontales por parte de los Vascones del Norte contra el reino franco hasta el siglo VII, en tiempo del rey Dagoberto, quien con un poderoso ejército logrará una gran victoria en 635, seguida de una derrota en tierra suletina. Estas luchas, lo mismo que la ayuda militar prestada por los Vascones al rebelde Froya contra Recesvinto, "demuestran que los Vascones, además de ser independientes en la región de los Pirineos, tenían una organización y una fuerza que les hacía capaces de tomar parte en la vida de las naciones mucho más poderosas que ellos".11 Unidos a los Gascones y Aquitanos, los Vascones resistieron constantemente al poder franco, aceptando la autoridad de grandes Duques. Desde que los sucesores de Clotario I, en 602 impusieron a Vasconia, probablemente incluida la Vasconia hispánica, al Duque Genial, (de quien puede dudarse si era un jefe indígena o un franco), se habían ido sucediendo después de una aparente sumisión al rey Dagoberto, una serie de Duques que, a partir de Lupo I, parece que gobernaron con bastante autonomía: Eudes el Grande, Hunaldo I, Waifaro, etc. Fue una dinastía de Aquitania que, debilitada por las invasiones de Abderramán, antes de sucumbir siguió inquietando, con la ayuda de los Vascones,12 a los reyes de Austrasia Carlos Martel (c. 688-741)y a su sucesor Pipino el Breve (714-768)hasta el día en que Carlomagno (c. 742-814), imponiéndose por la fuerza y tomando como rehén a Hunaldo II, enfeudó la Vasconia en su gran Imperio.13

Mientras tanto, en el Sur, los reyes de la Hispania visigoda, primero arrianos y luego católicos desde Recaredo (586), reinarán durante dos siglos hasta la invasión árabe. La hostilidad de godos contra vascones, iniciada al menos en tiempo de Leovigildo, fundador de Victoriacum, que no debe identificarse con Vitoria,14 se hizo permanente desde Recaredo y Gundamaro (campaña contra los Vascones en 610), Sisebuto (guerra contra los Rucones o vascos riojanos), Suintila (nueva campaña en 621 y construcción del bastión de Olite), Recesvinto (violenta campaña vascona en Zaragoza), Wamba (devastación de Vasconia "durante siete días" ), y así hasta Rodrigo a quien la invasión árabe le sorprende en el norte de la península combatiendo a los vascos. Tras la invasión de los árabes y bereberes (711-734), su derrota en Poitiers y su forzosa retirada a tierras peninsulares, siguen años en los que no es fácil aclararse sobre las relaciones entre Vascones y Musulmanes. Los cronistas carolingios de la época siguen hablando de los "rebeldes Vascones" a los que quiso domar Carlomagno. Y todo hace pensar que la derrota de Roncesvalles, sufrida por la retaguardia del ejército del Emperador el 15 de agosto de 778, cuando regresando de Zaragoza, acababa de destruir las murallas de Pamplona, no fue un suceso aislado sino que respondió a la prolongada hostilidad entre Francos y Vascones.15

En conclusión, es evidente que hubo una resistencia constante de los vascos a la dominación franco-visigótica, a ambos lados de los Pirineos, resistencia que, si cerramos este período en los albores de la génesis del Reino de Pamplona en 824, duró cuatro siglos, al menos contra los Francos, pues ya en el siglo VIII los musulmanes habían acabado con la monarquía goda. Esta guerra continua aglutinó la familia vascona (hoy la llamaríamos nación, como traducción próxima a la "gens Vasconum" y a la "Vasconum patria" de los antiguos cronistas), en un combate obstinado por su independencia.

La escasez de fuentes hace sumamente difícil la tarea de precisar las fronteras de este pueblo que, en estos siglos puede denominarse como Ducado de Vasconia . Los enfrentamientos bélicos se sitúan siempre en unas fronteras que para el historiador resultan movedizas. El área situada entre el Garona y el Ebro vive en paz. "Es en ambos ríos o en sus cercanías, Olite-Vitoria-Calahorra en un caso, o el Garona mismo en el segundo, donde se establece el contacto bélico de los vascones y el enemigo".16

El silencio de la arqueologia

Puede parecer extraño el silencio de varios siglos que observan los historiadores de Vasconia en lo que atañe a restos de una cultura artística. Es un silencio que puede tener cierta explicación cuando se piensa en la naturaleza de este pueblo, geográficamente limitado, mayoritariamente ruralizado, estrechado en gran parte en zona montañosa, alimentado por un celoso sentido de independencia, absorbido urgentemente por la necesidad de sobrevivir y obligado a defenderse de ejércitos invasores y monarquías poderosas. Tales condicionamientos no podían facilitar el desarrollo cultural y una creatividad artística que mereciera la admiración de siglos posteriores.

El factor cultural que aglutina a este conjunto, en el que sin duda hay que distinguir los dos sectores tradicionales, el montañoso y pastoril y el del valle del Ebro, es el habla, el euskara, lengua que, aparte el latín usado para actos oficiales, se va a mantener con secular obstinación en todo el país. Es posible que esta tenacidad en el plano de la expresión humana y social, que se manifiesta en ese peculiar género creativo del bertsolarismo improvisado, originara una particular indiferencia por otras formas de expresión de carácter plástico que hubieran podido desafiar a la voracidad del tiempo.

Por otra parte, no es de extrañar este silencio de la arqueología si se tiene en cuenta que tampoco otras culturas contemporáneas (si se exceptúa la arquitectura cristiana de la poderosa monarquía toledana)nos han dejado vestigios notables y numerosos de arte plástico asignable a los siglos V, VI y VII. Por lo que atañe al País Vasco, el silencio arqueológico se puede explicar en gran parte por razón de la pura fragilidad del material -la madera -en que deberían haberse conservado, tratándose, particularmente en el caso de Gipuzkoa, Bizkaia y Norte de Navarra, de tierras húmedas pobladas sin duda de tupidos arbolados.

Si a estas condiciones geográficas se añade el hecho de que los arqueólogos vascos se han sentido casi exclusivamente atraídos al estudio de épocas prehistóricas o anteriores a la desaparición del mundo romano, puede pensarse que una búsqueda más tenaz y perseverante de restos de nuestra cultura altomedieval en materiales más duraderos (piedra, cerámica, metal) sería recompensada con más generosidad de lo que hoy nos hacen ver nuestros museos arqueológicos.17 Descubrimientos casuales e inesperados, como los que en los últimos años se han producido en las necrópolis de Buzaga (Navarra)y Aldaieta (Álava)hacen pensar que la ignorancia de nuestro pasado tardoantiguo y altomedieval debe atribuirse menos a la carencia de monumentos que a la falta de una investigación arqueológica suficientemente constante y sistemática.

La importancia histórica del Ducado de Aquitania en el siglo VII y su estrecha relación con Vasconia ha llevado justamente a algunos historiadores a la convicción de que hay que considerar el conjunto aquitano-vascón como un todo en el que los montañeses vascos constituyeron la "punta de lanza" en una guerra constante por la autonomía de la región. Se impone, pues, pensar en "un conjunto político nuevo que hace su aparición, totalmente separado de los Francos"18 y que vincularía a los vascones de ambos lados de la cadena pirenaica de un modo más estrecho de lo que se ha creído hasta ahora. Los últimos descubrimientos de armamento en las necrópolis del País Vasco meridional empiezan a justificar esta hipótesis.

La ornamentación y el utillaje

Esa larga y profunda oscuridad que envuelve la historia del País Vasco en este período de transición del mundo romano al mundo románico afecta también al distrito del arte.

San Isidoro nos informa de que los visigodos, hacia el año 466, tomaron Pamplona, Zaragoza y otras ciudades; Gregorio de Tours refiere que Childeberto I, señor de la Armórica, y Clotario I, señor de Austrasia, atravesaron los Pirineos (entre 511 y 561)y se apoderaron de Pamplona. Según otro cronista, Chindasvinto fue elevado al trono en Pamplona el 7 de abril de 642.

No conocemos con precisión con qué régimen político se vivió en Vasconia en esos siglos y hasta qué punto esos éxitos de las invasiones y las guerras, registrados por los cronistas merovingios, suponen etapas continuadas de asentamiento y autoridad política de francos o visigodos en tierra vascona.

Consta que, a partir de las invasiones germanas, desaparecen las antiguas denominaciones diferenciales de várdulos, caristios y autrigones, y los cronistas sólo hablan de Vascones y de Vasconia. Consta también que Pamplona conservó su carácter de capital vascona y que, en época visigoda, fue sede episcopal, pues las firmas de sus obispos aparecen en varios concilios toledanos. Quizá la arqueología, si se prosiguen las campañas de excavación, sea algún día más pródiga en la muestra de restos de la época franco-visigoda como lo está siendo respecto a la romanización.

El descubrimiento de una necrópolis visigoda en el término de Argaray (hoy subsuelo de Pamplona cerca de la plaza de toros)significó el conocimiento de una colección de objetos de la artesanía visigoda, o quizá franca: 18 hebillas y placas de cinturón, todas de bronce y varias de ellas algo parecidas a las ya conocidas en cementerios visigodos peninsulares; dos fragmentos de fíbulas y dos brazaletes de bronce, seis zarcillos y una veintena de sortijas trabajadas en plata o bronce,19 y una buena serie de armas (cuchillos, y puntas de lanza y flecha):20 todo muy interesante para el arqueólogo, pero no tanto para el historiador del arte, aunque no puede negarse un gusto marcadamente estético en la decoración geométrica que embellece algunas de esas piezas. En cuanto a su procedencia los arqueólogos constatan, en resumen, que "de once broches de cinturón, seis nos remiten inequívocamente al norte de los Pirineos y cinco, en cambio, son más frecuentes en el contexto funerario peninsular. Llama la atención, no obstante, la ausencia total en Pamplona de los ejemplares más característicos de la toréutica visigoda e hispanovisigoda".21 Quizá a la Navarra visigoda haya que asignar, según Blas Taracena, un broche de cinturón hallado en Arróniz , así como algunos restos de decoración en Gastiáin .22

Tratándose de la capital navarra, ciudad romanizada pero también trillada tantas veces por ejércitos y gentes visigodas, resulta sumamente extraño y decepcionante que las campañas de excavación realizadas en el suelo del arcedianato de la Catedral no hayan descubierto estratos posteriores al nivel del siglo IV, es decir, que existe un hiatus desde el final del Imperio Romano hasta la construcción de la primitiva catedral románica. Claro está que este dato no significa que no existieran en ese lugar edificios urbanos entre los siglos V y X, sino que "los estratos pertenecientes a este período debieron ser arrasados para allanar el terreno al edificarse la catedral".23

Se ha dado también por supuesto (saliendo ya de Navarra)el carácter visigodo de algunos objetos hallados en la cueva alavesa de los Goros, en Hueto Arriba (hoy en el Museo de Arqueología de Álava). Subrayando la escasez de este tipo de objetos encontrados en tierra vasca, y tal vez destacando por eso mismo su importancia para el historiador, Pedro de Palol se ha detenido en su descripción y valoración. Se trata de varios objetos, entre los cuales el de mayor interés es un broche de cinturón que, al ser restaurado, ha revelado su extraordinaria calidad técnica y estética. Vale la pena transcribir literalmente la descripción que el gran especialista del arte hispano-visigodo nos hace de este broche que mide 105 mm. de largo y 35 mm. de ancho, que ostenta un perfil liriforme y es pieza típica de los ajuares hispanovisigodos del siglo VII:

"Conserva la hebilla articulada e incluso la pestaña de la misma. Pero la sorpresa está en la rica decoración damasquinada en plata y cobre que recubre enteramente la cara anterior de la placa del broche. Técnicamente, la pieza es de hierro y en la cara decorada tiene aplicada encima una plancha de bronce, de color verde oxidado. En reserva aparece el hierro que dibuja dos ciervos o un ciervo y un lobo o perro en la parte central, y otro carnicero en el lóbulo circular del extremo de la pieza. Estos animales, además. están decorados con líneas en blanco conseguidas por la aplicación, en técnica de damasquinado, de hilos de plata o de oricalco. La decoración así lograda consiste en una orla periférica con círculos troquelados unidos por una simple línea y una zona central con un ciervo; además, en la parte anterior, tiene una especie de ala. No creemos que se trate de un grifo como los que tan corrientemente aparecen en el arte franco o burgundio de la misma época y que tanta influencia tienen en los talleres hispanovisigodos del siglo VII. En la parte posterior del broche, en un lóbulo circular, se representa otro cuadrúpedo en posición de salto, quizá un perro también, y debajo del mismo, el damasquinado dibuja algo como unas alas de pájaro; pero el estado de la pieza en ese preciso lugar nos impide identificar totalmente este tema".24

En la misma cueva se ha descubierto también un cuchillo de hierro, de hoja rectangular terminada en punta y restos de enmangue, que mide 145 mm. de longitud y 22 mm. de ancho; y juntamente un hacha , de 145 mm., de potente filo de 102 mm. de largo, con un largo brazo y enmangue protegido por la prolongación del tubo en la parte opuesta al filo. La cuarta pieza es una podadera curva, con doble filo cortante en ambos lados, de 220 mm. de longitud máxima y 65 mm. de anchura.

En cuanto al citado broche de cinturón, puede decirse que en lo conservado del arte hispanovisigodo, apenas se conocen broches técnicamente similares a éste, y en general, no han llegado hasta nosotros piezas de hierro damasquinado procedentes de talleres hispánicos. Se trata de una técnica frecuente entre los francos y los burgundios. Pero Palol no duda de que, aunque puede pensarse en una influencia merovingia o burgundia, las piezas halladas en la cueva de los Goros, por su semejanza con otras ya conocidas, son de procedencia rigurosamente hispánica, y hay que fecharlas en la segunda mitad del siglo VII. Debieron de pertenecer a un enterramiento de carácter pasajero y no a una necrópolis.

Un hallazgo fortuito llevó al Museo Arqueológico de Álava otros varios objetos de artesanía visigoda.25 Se trata de dos puntas de lanza de hoja romboidal con engarce al asta de tipo tubular, un cuchillo, un fragmento de herradura y otro fragmento de hebilla de cinturón.

De forma igualmente fortuita, se descubrió26 en el antiguo pueblo de Azúa, un osculatorio , una de esas piezas relativamente frecuentes en el mundo tardorromano y visigodo que supuestamente estaban destinadas a dar la bendición a los fieles desde el altar al finalizar la celebración eucarística;27 aunque no faltan otras diferentes interpretaciones, pues algunos los han relacionado con prácticas paganas, otros con amuletos gnósticos. En nuestro caso se trata de un ejemplar completo, constituido por una varilla o astil de 8, 6 cm de longitud y 0, 35 de sección, con el habitual anillo circular en un extremo y, en el otro, dos palomas muy estilizadas y enfrentadas. Pesa 13, 1 gr., y fue realizado en bronce fundido. En la obra de H. Zeiss28 se registran gran número de este tipo de ejemplares.

En una de las cuevas de las canteras de mármol en Iñurrieta , Mañaria (Vizcaya) fue encontrado un jarrito ritual (hoy en el Museo Arqueológico de Bilbao). Su reciente restauración ha hecho muy visible el motivo decorativo de su zona central, un tallo ondulado que alterna tréboles y zarcillos, todo ello enmarcado entre dos anillos paralelos y recorriendo el perímetro del jarro. Sus dimensiones son: altura 16, 60 cms.; diámetro de boca, 5, 20 cms.; diámetro de base, 5, 80 cms.; diámetro máximo: 6, 30 cms.

Pertenece a un tipo corriente hispanovisigodo del que se conocen bastantes ejemplares y que ha sido objeto de copiosa bibliografía.29 En el exhaustivo estudio de Palol a este tipo de recipientes se les supone de una tradición mediterránea oriental; debieron de llegar a España vía Italia aunque no faltaron talleres peninsulares. "Sobre su función se han barajado tres hipótesis: que sirvieran para la administración del bautismo, que fueran, junto con las patenas, parte del mobiliario eucarístico, y que se utilizaran en el rito de la ordenación sacerdotal". Su cronología se extiende desde 680 hasta la época mozárabe.

El ejemplar de Mañaria, en opinión de L. García Valdés, responde tipológicamente al grupo segundo -tipo I -conseguido por fundición y repujado, al igual que el ejemplar de la cueva de La Horadada (Mave). Su decoración de base ondulante con zarcillos y tréboles en sus espacios libres hay que ubicarla en el tipo V que Palol estableciera para las decoraciones de estos bronces litúrgicos. Cronológicamente han sido situados en la segunda mitad de la séptima centuria o, quizá, algo posterior.30

Recientemente los arqueólogos vascos, algo desesperanzados ante la pertinaz ausencia de vestigios de la Vasconia tardoantigua y altomedieval, se han visto gratamente sorprendidos por el hallazgo de dos nuevas necrópolis en territorio vasco: en Buzaga (Elorz, Navarra)y en Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Álava).

El descubrimiento casual de Buzaga, a 13 kms. de Pamplona, en febrero de 1986, ha aportado a la arqueología un número notable de puntas de lanza de tipología diversa, varios "scramasax" (espadas de un solo filo), dos puñales, una veintena de cuchillos, varias puntas de flecha, siete placas de cinturón, no pocas hebillas de varia tipología, y otros muchos objetos de ajuar y de adorno. Lo que más ha interesado a los arqueólogos e investigadores de este período histórico ha sido la abundante presencia de armamento y la indudable filiación norpirenaica de lo descubierto.

Un año después de la aparición de la necrópolis de Buzaga, se descubría otra en territorio alavés, en Aldaieta (Nanclares de Gamboa). Se trata de un gran depósito funerario con un ajuar militar tan abundante que puede considerarse como "único en la Península":31 más de 40 puntas de lanza, de vario tipo, algunas en espléndido estado de conservación, cuchillos, broches de cinturón, hebillas de plata y bronce, agujas escutiformes, apliques de bronce, fíbulas, anillos, cuentas de ámbar, vasos de vidrio, recipientes cerámicos, etc.

Aunque los arqueólogos no creen aún llegado el momento de asumir posiciones inequívocas sobre el carácter étnico-cultural de los personajes inhumados en Aldaieta, piensan que "la sorprendente e inusual presencia de armamento les aleja, desde luego, de las necrópolis visigodas e hispano- visigodas, habitualmente huérfanas de este tipo de ajuares funerarios, acercándoles en cambio al mundo merovingio en el que sí que resulta muy frecuente la inhumación de los varones con sus útiles militares".32 Las dos necrópolis parecen fechables entre las últimas décadas del siglo VI y las primeras del siguiente.

En todo caso, creemos que ante la unidad técnica y estilística de las armas encontradas en las necrópolis de Navarra y Álava, y su evidente parentesco con las norpirenaicas, cabe recordar la interesante observación de Mª Ángeles Mezquíriz a propósito de las cerámicas (jarritos y pucheros) descubiertas en la necrópolis de Pamplona, de forma y factura muy semejantes a las halladas en otros lugares peninsulares:

"Desde un punto de vista étnico, tal vez haya que atribuirse la necrópolis a otro pueblo, posiblemente los Vascones, que presentarían en su ajuar elementos importados por los invasores del Norte de los Pirineos y de los Visigodos, que constantemente intentaban dominar Pamplona, pues es innegable la diferencia que se encuentra entre los materiales muy unitarios de las necrópolis castellanas y la que aquí nos ocupa".33

Los eremitorios visigóticos

Del bisecular dominio de los Visigodos no ha quedado en toda la geografía hispánica muestra ninguna de arquitectura civil. En cambio son ya una buena docena los edificios destinados al culto cristiano que, entera o parcialmente, han ido descubriéndose y restaurándose en tierras de Castilla, Galicia, Andalucía y Lusitania, algunos como San Juan de Baños, San Pedro de la Nave, Santa Comba de Bande, Quintanilla de las Viñas, etc. en notable estado de conservación.

Junto a esa relativamente escasa arquitectura de superficie, resulta extraordinario el número de cuevas naturales y artificiales que, pertenecientes a la época visigótica, se han ido descubriendo en toda la geografía hispánica como asentamientos de la vida religiosa de sus habitantes. La existencia de este singular tipo de hábitat y la abundancia de este género de eremitorios de la época visigótica está hoy justamente interesando al arqueólogo y al historiador.

Dentro del territorio vasco, la misma palabra eremitorio nos proyecta de golpe y por primera vez en el mundo de las ideas cristianas. De la introducción del cristianismo en Vasconia hablaremos en el próximo capítulo. Hablar en éste de los eremitorios visigodos o altomedievales no prejuzga nada sobre las fechas de una introducción masiva del cristianismo en el País Vasco.

Hay un hecho cierto: La tierra vasca es probablemente el área de más abundante arquitectura rupestre, altomedieval y eremítica, en toda la geografía hispánica. Es un fenómeno que se registra especialmente en la actual provincia de Álava, más concretamente en las áreas de Valdegovía (Villanueva, Tobillas, Corro, Pinedo, Quejo, etc. ) y del Condado de Treviño (términos de Marquínez, Urarte, Laño y Albaina).

Como objeto de estudio, puede decirse que este fenómeno de un hábitat troglodítico había quedado marginado hasta este siglo. Recientemente, con el despertar del interés por la arqueología y la historia, diversos autores han abordado la descripción y el estudio sistemático de los eremitorios rupestres desde diversos puntos de vista, arqueológico, religioso y artístico. Además de numerosos trabajos monográficos publicados en revistas, se han elaborado tesis doctorales y se han publicado estudios de conjunto, diferenciándose unos de otros, tanto en su metodología, como en la amplitud de su objeto material, ya que algunos se han limitado al área estricta del País Vasco actual, y otros han preferido ampliar el campo geográfico de su investigación incluyendo su entorno. Esta ampliación es perfectamente comprensible cuando el investigador aspira a diseñar una especie de tipología propia de una región independientemente de sus fronteras políticas actuales.

Respecto a la cronología de estas cuevas, puede decirse que durante la primera mitad del siglo XX, los investigadores, incluidos los tres prestigiosos maestros de nuestra ciencias prehistóricas -Aranzadi, Barandiarán y Eguren -se inclinaban a poner su origen en la prehistoria, entre el Neolítico y la época romana. Solo en 1955 Iñiguez Almech34 apuntó a un origen visigodo, opinión que desde entonces se ha ido generalizando, admitiendo siempre que las cuevas fueron ocupadas también en tiempos posteriores, y por tanto hacen difícil la asignación cronológica exacta en cada caso concreto.

Nuestra atención recaerá directamente sobre las cuevas artificiales en el actual País Vasco; pero, teniendo presente que el motor inspirador de tales construcciones era ese factor de comunidad que es la religión cristiana, y que en los tiempos a los que nos referimos se hablaba en euskara en zonas que rebasan las fronteras de Euskadi, juzgamos que no está fuera de lugar hacer referencias a algunos eremitorios análogos situados en áreas de Castilla, Aragón, Cantabria y especialmente en la Rioja.

Decimos especialmente en la Rioja, porque pensamos que es en ella -en el monasterio de San Millán de la Cogolla -donde hay que buscar el núcleo de la rica vida expansiva que conoció el fenómeno eremítico en el norte de Hispania. Se da la coincidencia significativa de que el monasterio de San Millán no solo está documentado como fuente inspiradora del fenómeno eremítico que va a dilatarse por el País Vasco, sino que es también el lugar donde se han descubierto los primeros balbuceos del euskara escrito y donde se hicieron algunas de las más antiguas miniaturas artísticas del Beato de Liébana. Quiere esto decir que es en ese corazón de la Rioja donde podemos observar, en cierto modo, algunos de los más antiguos testimonios de la expresión vasca: en su lengua, en su arquitectura y en su pintura.

En su Vita Sancti Emiliani san Braulio, obispo de Zaragoza, escribiendo menos de un siglo después de la muerte del santo eremita, dice que este lugar fue elegido por él para su retiro. El monasterio conoció desde entonces todas las etapas histórico-artísticas normales, probablemente sin interrupción: Debió de haber un oratorio visigótico, otro mozárabe y otro románico. Las cuevas artificiales de San Millán de Suso, excavadas en oquedades naturales de arenisca, se muestran organizadas en dos pisos, siendo el inferior el que ocupa mayor espacio. Desgraciadamente, derrumbamientos repetidos y ampliaciones sucedidas en el curso de los siglos, convirtiendo lo que fue un eremitorio en un centro cenobítico, no permiten conocer con seguridad la obra estrictamente visigótica.

La mayoría de las cuevas debieron ser habitaciones. En el piso alto se disponen tres cámaras abiertas a un pasillo. Son desiguales; en una de ellas, diminuta, se puso recientemente un altarcillo; lleva una sola puerta. En el piso inferior hay dos cuevas que debieron servir de oratorios. Este fenómeno de dos iglesias yuxtapuestas, al que no se le ha hallado una razón plenamente persuasiva, va a ser frecuente en otras cuevas artificiales de la región vasca. Tuvieron dos puertas al Sur, y no conservan el frente en el que se abrieron. La más oriental presenta "un altarcillo de nicho, correctamente orientado, adornado con un arquito de medio punto de cantería, al parecer rehecho. La planta del oratorio es prácticamente cuadrada y su arco de ingreso es el más visigodo de la iglesia, lo que ayuda a la datación de las cuevas".35 La otra capilla rupestre, de planta oblonga, lleva triple altar de nicho y frente a él se encuentra el cenotafio de san Millán, que debió de hacerse cuando sus reliquias fueron trasladadas al monasterio de Yuso. Hay además otras oquedades que, al principio, pudieron ser celdas y que acabaron siendo enterramientos.

Juzgamos muy probable que el fenómeno eremitorio se expandió desde San Millán hacia la tierra alavesa. Las abundantes cuevas naturales y artificiales de las cuencas del Najerilla y del Iregua, las tradiciones y leyendas que durante siglos circularon en torno a los monasterios de Valvanera, Nájera y Albelda, parecen abrirnos el camino hacia los impresionantes complejos troglodíticos del territorio alavés.

Efectivamente, las cuevas alavesas se agrupan, como ya hemos indicado, en dos áreas algo distantes entre sí: el Condado de Treviño y la zona de Valdegovía. Empecemos por el Condado de Treviño donde lo visigótico parece hacerse más evidente y es más abundante.

Remontando el curso del Bolundia por su margen izquierda en dirección hacia el pueblecito de Laño se penetra en un retirado valle, que queda enmarcado por dos farallones de roca caliza en los que se ven perforaciones a ambos lados de la carretera. Las de la derecha (margen izquierda del río), se denominan Las Gobas ; las de la izquierda son las cuevas de Santorcaria .

El complejo de Las Gobas ,36 mejor conservado que Santorcaria, comprende una docena de cuevas dignas de atención. La primera, la que se conoce con el nombre euskérico de la Dotora (la elegante), es una habitación única de planta y cubierta irregulares. Se accede a ella por puerta de perfil rectangular, y en su interior se conservan tres sepulturas, dos de ellas en el suelo y una tercera ocupando un antiguo poyo. En el suelo de otros dos pequeños covachos horadados a pocos metros del suelo, se ven también varias sepulturas, algunas en el suelo, otra excavada a modo de lóculo.

Próxima a estas tres oquedades se abre la cueva que servía de capilla o iglesia. De más de 8 ms. de longitud y 3 de anchura aproximadamente, debió de ser originariamente de planta basilical, con ábside, contraábside y cámara lateral. Un derrumbamiento se llevó casi toda la nave principal y parte del banco tallado en la roca que recorre el muro. Hay una tumba excavada en el suelo. Quizá lo más sorprendente sea la bóveda de cañón con arcos fajones, muy próximos entre sí, que arrancan sobre imposta corrida muy sencilla. El ábside, de planta ultrasemicircular y cubierta originariamente de cascarón, conserva aún un altar (O, 65 x 0, 38 m. ) de bloque adosado a la pared a una altura de 0, 95 m. Se accedía a él cruzando un arco triunfal, hoy muy mal conservado, subiendo dos peldaños. El contraábside ha desaparecido casi en su totalidad pero se ve que era de planta ultrasemicircular. En el muro hay un vano rectangular que da acceso a la cámara lateral cubierta con bóveda. En el suelo de esta cámara se ven dos sepulturas y en su lado norte, a unos 50 cm. del suelo, existe un poyo (¿camastro?). Junto al ábside hay una inscripción prácticamente ilegible, y en el mismo ábside una cruz latina diseñada con fina incisión.

Siguiendo hacia Laño se descubre otra cueva-iglesia, algo semejante a la anterior: planta rectangular, doble ábside y cámara lateral. En el suelo se ven los hoyos de ocho sepulturas, algunas de gran tamaño. Ábside y contrábside tienen plan ultrasemicircular, y bóveda de horno, como en la iglesia anterior. Se ven nichos a ambos lado del arco triunfal, y orientada al Norte se abre también una cámara lateral de planta rectangular y bóveda de cañón. Esta iglesia resulta particularmente interesante por las inscripciones hechas casi todas en el muro testero a ambos lados del ábside; inscripciones cristianas, pues van precedidas de un crismón, formulan nombres de santos (Atanasio, San Primitivo) e invocaciones de preces como orate pro me lectores... etc. Se ven también otras representaciones probablemente simbólicas: una figura humana, varios cuadrúpedos, un ave, etc.

Próximas a las anteriores existen otras seis cuevas que parecen ser habitaciones y en cuya descripción no nos detendremos, porque no ofrecen novedad especial. De planta rectangular, excepto una de ellas que la tiene irregular, con un acceso también rectangular, de techo plano salvo alguna abovedada, con varios vanos al exterior, y en las paredes nichos, mechinales y acanaladuras para subdividir el espacio en compartimentos, y casi siempre con amplios hoyos sepulcrales en el suelo.

Si pasamos a las Santorcaria que horadan el farallón de piedra arenisca del otro lado del río, hallaremos otra serie de cavidades artificiales (no es fácil precisar su número exacto pues algunos espacios muy amplios pueden considerarse como cuevas distintas intercomunicadas entre sí), en muy diverso estado de conservación. Entre ellas destaca una iglesia de planta basilical, parecida a las citadas anteriormente en las Gobas, y cubierta con bóveda rebajada. El ábside es único y su planta es simplemente circular. Tiene sus pequeños vanos, su poyo o banco corrido, sus nichos labrados en la cámara lateral, y hoyos sepulcrales ocupando prácticamente todo el suelo.37

Hay otra particularmente extraña tanto por ser estrechísima como por estar materialmente colgada en la roca sin que se vea el modo de penetrar en ella. Una sepultura llena completamente su espacio; lo cual hace pensar que no se trata de una habitación sino de una tumba. Por su proximidad, este covacho sepulcral puede considerarse como parte del más impresionante conjunto de Santorcaria , cuyos elementos el profesor Monreal Jimeno, antes de describirlos, los enumera así: Una cueva con ingreso en alto y dos cámaras; una cueva compleja y deteriorada compuesta por tres cámaras; restos informes de cueva baja desaparecida; cueva colgada a gran altura, y finalmente un conjunto de iglesia (?) con cámaras accesorias. Aunque la cueva calificada como compleja, por ello mismo y por su amplitud parece sugerir la idea de una iglesia, no es fácil persuadirse de ello con certeza. Con más probabilidad se ha afirmado lo mismo de la tercera estancia, en la que un escalonamiento de niveles parece destinado a separar los diversos espacios litúrgicos propios de un lugar de culto. Sin embargo, entre quienes han estudiado a fondo estas cuevas no existe coincidencia respecto a cuál de tales aulas debió de constituir el espacio sagrado; lo cual tampoco es de extrañar dado el estado tan incompleto y deteriorado en que se hallan todas. Añadamos que en todas ellas el suelo está casi cubierto de hoyas sepulcrales, que se ven bóvedas de medio cañón y de horno, pero a diferencia de las Gobas, no hay restos evidentes de contraábside ni de arcos de herradura.

Subiendo en dirección norte desde Laño llegamos, a menos de 10 kms., a Albaina , en cuya proximidad se pueden visitar dos grupos de cuevas: el de Sarracho casi completamente destruido, y el del Montico de Charratu , un conjunto de cuevas artificiales que fueron examinadas y estudiadas en sucesivas campañas por José Miguel de Barandiarán,38 llegando a la conclusión de que fueron habitadas desde el Mesolítico hasta la época visigótica. Se trata de cinco cuevas de las que una es inhabitable y dos son iglesias, con los rasgos comunes de nave rectangular, ábside y contraábside, cabecera de embocadura en planta que tiende a la herradura, altar prismático, celda lateral, sepulturas, puerta al Sur, etc. Resumiendo su examen de estas cuevas, el profesor Monreal Jimeno dice: "No hay, en definitiva, ningún elemento que las distancie del grupo de Las Gobas , y, por el contrario, muchos que las asemejan, incluida su proximidad, por lo que puede asegurarse su cronología visigótica, bien determinada en el vecino complejo de Las Gobas, del que incluso pudieron formar parte".39

A pocos kilómetros de Albaina y Laño, en la raya meridional del Condado de Treviño se encuentra el pueblo alavés de Faido. Desde él, tomando el camino hacia Lagrán, encontramos otro grupo de cuevas notables. El más interesante es sin duda el conjunto de La Virgen de la Peña, una aglomeración de oquedades amplias a tres niveles (Monreal Jimeno las distribuye en cinco). En dos de esos niveles se abren espacios evidentemente litúrgicos; en el primero de ellos todavía se celebra el culto católico. La nave es única, espaciosa y regular por el muro izquierdo; en la parte trasera hay un muro corrido. La cubierta es de medio cañón, y la cabecera es algo más estrecha que la nave pero, caso insólito, de la misma altura. Hay dos cámaras, una próxima a la cabecera con un ingreso a cierta altura sobre el nivel de la nave y un altar en el centro; y otra cámara en la parte trasera con una sepultura muy grande, excavada en el suelo, que hoy contiene una pila bautismal.

A partir de la cabecera una escalera labrada en la roca conduce a otra iglesia superior de caracteres semejantes a la inferior: dos cámaras (la mayor de ellas se extiende paralela a la nave), sepulturas, oquedades para reliquias y credencia, altar labrado en la roca, exiguos vanos de iluminación. Lo que singulariza esta iglesia es el diseño ultrasemicircular de la cabecera, su altura igual que la de la nave, el color rojo con el que se pintó el presbiterio, y especialmente una pintura de esquema arborescente sobre la pared de la cámara mayor, motivo figurativo que reaparece en el testero de la iglesia.

A un nivel superior existe otra oquedad en cuya pared se muestra un tosco grabado en forma de herradura y una inscripción latina en el dintel de la puerta, con una escritura casi ilegible pero que parece llevarnos al siglo VII.

Habiendo sufrido modificaciones en el curso del tiempo por razón de un culto que ha debido de ser tradicional, no es fácil señalar lo que, en este complejo conjunto de estancias, corresponde a la época visigótica. En todo caso el hecho de las dos iglesias, hace pensar que una de ellas podría estar reservada a la comunidad cenobítica. Las pinturas arborescentes y la inscripción de la celda alta parece ambientarnos cronológicamente en la época visigótica, quizá en el momento en que se está pasando de la vida eremítica a la cenobítica.40

No nos detendremos ante las dos sencillas cuevas complementarias de San Julián en el monte San Miguel de Faido, ni en los dos cercanos covachos sobre la ladera, denominados Krutzia , ni en los de la aldea alavesa de Loza, como no sea para señalar la importancia arqueológica que pueden tener los signos que aparecen incisos en algunos muros: la cruz y otros símbolos de rasgos rectilíneos, y juntamente las letras, por ahora indescifrables, que se ven sobre una jamba de Krutzia.

En la zona alavesa de Marquínez (al Este del Condado de Treviño)pueden verse unas 40 cuevas de características y tipologías distintas. Las más importantes parecen las excavadas en la peña Askana a cuyo pie se sitúa la iglesia parroquial dedicada a Sta. Leocadia. Una de las cuevas presenta en su muro oeste unos relieves que estuvieron pintados en rojo, realizados quizá en distintas épocas; representan dos siluetas humanas y un animal (¿caballo?); por su tosca factura, la desproporción y frontalidad de sus figuras, son difícilmente clasificables cronológica y estilísticamente. Resumiendo, habría que decir que en este rico conjunto de cuevas en torno a Marquínez (cuevas de San Salvador, cuevas del Bosque, del barranco de la Chorronda, y en las proximidades de la ermita románica de San Juan, lo mismo que en las situadas en el área de Urarte ), predominan los eremitorios pequeños con planta tendente a la herradura o cuadrangular y bóvedas de horno o de cañón. Ninguna presenta una estructura que se revele como iglesia, aunque su utilización religiosa parece haber sido efectiva, dadas las advocaciones que reciben, la consideración tradicional como ermitas, y los grabados de cruces que se ven en algunas de ellas y que, dentro del conjunto de los otros datos, hacen evidente la presencia de grupos de anacoretas.

Si de esta área oriental de Álava pasamos al Oeste, encontramos en la zona de Valdegobía y cuenca del Omecillo una tupida red de cuevas artificiales que atestiguan una vida eremítica y monástica de la que, por otra parte, no falta documentación.41 Fueron estudiadas por Aranzadi, Barandiarán y Eguren.42 No nos detendremos en describirlas, pero cada grupo tiene su interés para el arqueólogo. La documentación de las cuevas situadas cerca de Tobillas nos remite a una reocupación de ellas en el siglo IX. En las de Corro , llamadas "casa de los Moros", hubo vida religiosa, probablemente ya a fines del siglo VII, a juzgar por la cruz insculpida en la roca de su entrada. La documentación sobre vida cenobítica en Pinedo hace pensar que sus cuevas fueron el hábitat primitivo de monasterios del s. X. Algo semejante cabe decir de las cuevas de Valpuesta, Quejo y Villanueva de Valdegobía , con una antigüedad que en algunos casos se ve confirmada por el descubrimiento de cerámicas altomedievales.

Una información completa del fenómeno troglodítico altomedieval en tierras de los Vascones requeriría el estudio de una serie de cuevas situadas en la ribera izquierda del Ebro. Las encontramos en tierras riojanas de Cantabria y Ausejo y en los términos navarros de Lodosa, Cárcar, Andosilla, Lerín, San Adrián, Falces , etc. De algunas de ellas se ha pensado que podrían ser prehistóricas; de otras parece evidente su reutilización en tiempos bajomedievales. Las hay muy derrumbadas, y otras colgadas en puntos de imposible acceso. Lo llamativo es su abundancia y su dispersión a lo largo de la ribera del Ebro, así como la aparente ausencia de iglesias y la falta de caracteres que revelen una específica funcionalidad, de modo que se puede dudar de que fueran verdaderos eremitorios.

Resumiendo cuanto hemos reseñado en este capítulo de los eremitorios altomedievales del territorio vasco, y dejando aparte las celdas de habitación de los eremitas, al historiador del arte le interesa destacar lo que la labor de arqueólogos e investigadores de campo han descubierto relativo a los espacios destinados al culto, aulas excavadas en la roca que, por una parte, tienen sus modelos en una secular tradición de edificios de superficie y, por otra, responden a una normativa eclesiástica que continuará haciéndose presente y creadora en la historia de la gran arquitectura cristiana.

La sintética reseña que acabamos de hacer muestra que las espeluncas religiosas de la época altomedieval en el País Vasco son muy numerosas, pero la mayoría se conservan en lamentable estado, salvo algunas que han debido de ser suficientemente restauradas como para convertirse en lugares actuales de oración y de culto. Su carencia total de ajuar y de mobiliario nos deja en la oscuridad respecto a ciertos detalles de su funcionalidad, lo cual impide certidumbres sobre algunos puntos y sólo permite hipótesis sobre la relación entre la estructura de tales iglesias y la especificidad de la liturgia visigoda, bien conocida por documentación histórica. En cuanto a su exterior, es fácil comprobar que, aunque situadas en valles retirados, no están lejos de cauces fluviales y de vías de fácil comunicación, si bien hay cuevas "colgadas" de muy difícil acceso, como si se tratara de eremitorios individuales y quizá con una funcionalidad provisional.

Los espacios interiores de los eremitorios vascos presentan una tipología bastante unitaria: planta rectangular, ábside, y contraábside en muchos casos (indicio probable de una cristianización visigótica de proveniencia africana), cabeceras pequeñas de planta rectilínea o curva, orientadas en la medida de lo posible hacia el Este y habitualmente abiertas a la nave mediante angosta embocadura y situadas a un nivel ligeramente superior a la nave principal. En la proximidad de la cabecera se ven orificios probablemente destinados a facilitar la colgadura de velos ante la zona del santuario; un detalle muy repetido que, junto a restos de canceles, hace pensar en un deseo de aislar la zona más sagrada, propio de comunidades dotadas de un gran sentido del misterio. El altar es muy pequeño y casi siempre de bloque labrado en la roca, aunque los hay también en forma de mesa separada del muro. Son frecuentes los orificios destinados a credencia, y las cruces incisas o labradas en relieve en la zona del ábside. En cuanto a las sepulturas, casi constantes en la mayoría de las cuevas, se piensa que, al menos en las cuevas de Álava, son posteriores al primer origen de los eremitorios; de forma predominantemente rectangular, trapezoidal y ovoide o "de bañera"; casi nunca estrictamente antropomorfas, detalle éste que testimonia su antigüedad.43

Es esta datación cronológica la que aquí más nos debe interesar tratándose de obras arquitectónicas o iconográficas que pretendemos situar en el período visigodo. Y a este fin son las inscripciones y los grabados los que pueden ayudarnos. Aunque se ha creído reconocer cinco escribientes distintos entre los incisores de una de Las Gobas actuando en tiempos también diferentes, sus rasgos son típicos de la cursiva común latina, inmediatamente anterior a la formación de la visigótica clásica. Por razones de semejanza, con menos evidencia pero al menos con cierta probabilidad, se puede hablar del visigotismo de las fragmentos epigráficos en otros covachos de Las Gobas , así como en los de Santorkaria, Ntra. Sra. de la Peña y en las de Krutzia .44 Por otra parte, las incisiones parietales no epigráficas (antropomorfas, zoomorfas, cruciformes y de otro tipo)no nos proporcionan datos suficientes para una datación inequívoca, pero sí sugieren una sensibilidad cercana a la de los símbolos paleocristianos.

En conclusión, parece que los testimonios de la arqueología -las sigillatas tardías de Sarracho, la datación por C14 de la Cueva de Los Moros de Corro, algunas inscripciones epigráficas, la morfología de los templos rupestres, sus contraábsides, etc. todos esos datos, tomados en su conjunto,nos llevan a la evidencia de una datación hacia comienzos del siglo VI. Esta certeza no implica una respuesta suficientemente convincente a una cuestión que surge en la mente del historiador: ¿Cómo pudo producirse la existencia de estos eremitorios en una época en que los monarcas visigodos asediaron con periodicidad frecuente a los "indomables Vascones"? ¿Habrá que pensar que eran precisamente esos eremitorios los que marcaban el limes que quisieron mantener y garantizar los Vascones? ¿No pudieron ser refugio para la práctica religiosa y cultural de núcleos católicos que escapaban de la presión de los dominadores arrianos, antes de Recaredo? Porque si se da otra explicación -como si los habitantes de los eremitorios fueran anacoretas huidos de la invasión árabe - nos vemos trasladados a siglos posteriores.45

Notas

1. "No es difícil suponer y aceptar que la presencia de ejércitos a comienzos del siglo V, las invasiones bárbaras, las posteriores actuaciones de los Visigodos ex autoritate Romae y en definitiva, el fracaso del poder imperial, crearon el caldo de cultivo para que los Vascones menos romanizados alimentaran su desconfianza, captaran la importancia de los bárbaros y de Roma por imponer su dominio en la península y tomaran conciencia de sus posibilidades". J. J. SAYAS ABENGOECHEA, Euskal Herria y los pueblos germánicos . En II Congreso Mundial Vasco. Congreso de Historia, 1988, t. I, p. 393.

2. P. NARBAITZ, Le Matin Basque . Paris 1975, 206.

3. J. J. SAYAS ABENGOECHEA, Los Vascos en la Antigüedad . Madrid, Cátedra, 1994, 323.

4. A. BARBERO y M. VIGIL, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista , Barcelona 2ª ed. 1974, p. 46.

5. Se la identificó primeramente con la actual Araquil; actualmente se piensa más bien en Araciel, una población desaparecida en el valle del Ebro.

6. Así piensa Sánchez Albornoz, que relaciona el movimiento bagáudico con un supuesto expansionismo geográfico vascón hacia la depresión de las Vascongadas.

7. P. NARBAITZ, O. c., 218.

8. C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, Vascos y navarros en su primera historia . Madrid, 1979, 74-75.

9. P. NARBAITZ, O. c., 225.

10. Se volvería así a replantear la posible veracidad de Fredegario afirmando la existencia de un "Duque Francio" que habría administrado Vasconia en el siglo VI pagando tributo a los reyes merovingios. V. sobre esta cuestión E. LARRAÑAGA ELORZA, El pasaje del Pseudo-Fredegario sobre el Dux Francio de Cantabria y otros indicios de naturaleza textual y onomástica sobre presencia franca tardoantigua en el sur de los Pirineos . En "Arch. de Arqueologís española", n. 167-168, 1993, 177-206.

11. A. BARBERO y M. VIGIL, O. c., 14.

12. Los aguerridos Vascones fueron siempre la punta de lanza de los ejércitos aquitanos contra el dominio de los reyes francos. V. la documentada obra de M. ROUCHES, L 'Aquitaine. Des Visigoths aux Arabes (718-781). Naissance d 'une région . Paris 1979.

13. Las luchas de estos siglos tuvieron que contribuir a que, entre los Vascones, se fuera constituyendo una organización que agrupara, siquiera de modo transitorio, a los hombres útiles para el ataque y para la defensa bajo el mando de jefes de prestigio. Y cuando los Duques de Aquitania -escribe el historiador J. M. Lacarra -pretenden hacerse independientes frente a Carlos Martel y su sucesor Pipino el Breve, "los Vascones figurarán entre los más fieles y batalladores aliados de la dinastía ducal y formarán las tropas escogidas y permanentes, dispuestas a ir a donde se les ordene, cuando ya las milicias municipales repugnen batirse fuera de las ciudades. El Ducado de Aquitania o de Vasconia servirá a la vez de refugio a todos los rebeldes a la monarquía franca" J. M. LACARRA, Historia política de Navarra . t. I, 31.

14. Los restos más antiguos descubiertos en el subsuelo de Vitoria-Gasteiz son posteriores a la época visigoda. A. LLANOS, Notas Breves. Estudios arqueológicos de los orígenes de la ciudad de Vitoria . En "Estudios de Arqueología Alavesa" 3, 1968, 150 ss.

15. Consideramos que la mejor interpretación de esta famosa batalla, recordada por tantas y tan contradictorias crónicas y leyendas, es la que nos ha dejado Lacarra: La expedición de Carlomagno a Zaragoza y su derrota en Roncesvalles. En Investigaciones de historia navarra . Pamplona 1983, pp. 17-91.

16. B. ESTORNES LASA, El Ducado de Vasconia. En V. V. Historia del Pueblo Vasco . San Sebastián 1978, t. I, 45.

17. J. A. GARCÍA DE CORTÁZAR, La organización del territorio en la formación de Álava y Vizcaya en los siglos VIII a fines del XI . En El Habitat en la historia de Euskadi. Bilbao 1981, 135.

18. M. ROUCHES, L 'Aquitaine. Des Visigoths aux Arabes (418-781). Naissance d'une région . Paris 1979, p. 99. V. también una juiciosa explicación de los causas y consecuencias de esta separación de nuestros conocimientos de Vascones y Aquitanos en J. J. SAYAS ABENGOECHEA, Euskal Herria y los pueblos germánicos , pp. 385-387.

19. No es evidente la naturaleza visigótica de estos objetos, puesto que algunos anillos que se tenían como de esa época llevan en el sello inscripciones árabes, lo que demuestra la reutilización de la necrópolis por los posteriores invasores. J. NAVASCUÉS Y DE PALACIO, Rectificaciones al cementerio hispano-romano de Pamplona . "Príncipe de Viana", 37, 1976, p. 119.

20. Mª A. MEZQUÍRIZ, Necrópolis..., p. 111. V. también A. AZKARATE, Francos, Aquitanos y Vascones. Testimonios arqueológicos al sur de los Pirineos . En "Archivo de Arqueol. Española", n. 167-168, (1993), pp. 149-176.

21. A. AZKARATE, Ibid., p. 157.

22. Blas TARACENA, Epigrafía romana de Navarra . En "Príncipe de Viana", n. 24. 1946, p. 44.

23. Mª A. MEZQUÍRIZ, Pompaelo , I, p. 27.

24. P. de PALOL, Los objetos visigodos de la cueva de los Goros . En Investigaciones..., p. 26.

25. A. LLANOS, Descubrimiento fortuito en Guereño (Álava) . "Estudios de Arqueología Alavesa", 2, 1967, 118-119.

26. E. GARCÍA RETES, Un osculatorio en los alrededores del embalse del Zadorra . "Estudios de Arqueología Alavesa". 13, 1986, 291-295.

27. J. FERRANDIS, Artes decorativas visigodas. En Historia de España (Dir. Menéndez Pidal) III, España Visigoda, 1940, p. 699.

28. H. ZEISS, Die Grabfunde aus dem spanischen Westgotenreich . Berlin-Leipzig 1934, pp. 91-92.

29. P. de PALOL, Bronces hispanovisigodos. I. Jarritos y patenas litúrgicas . Barcelona 1950, 65-67. Véase bibliografía en H. VALENTÍN DE BERRIOCHOA, El jarrito rital visigótico de la cueva de Iturrieta de Mañaria . En "Bol. de la RSBAP", XIV, 1958, 454-455.

30. L. GARCÍA VALDÉS, El jarro hispanovisigodo de Mañaria . En "Acta Historica et Archeologica Medievalia" 3, Pedralbes 1982, 145-154.

31. A. AZKARATE GARAI-OLAUN, Francos, Aquitanos y Vascones ..., p. 166.

32. A. AZKARATE, Ibid., 169.

33. Mª A. MEZQUÍRIZ, O. c., 131.

34. Algunos problemas de las viejas iglesias españolas . En "Cuadernos de trabajo de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma", CSIC (Roma 1955), pp. 7-182.

35. L. A. MONREAL JIMENO, San Millán de Suso. Aportaciones sobre las primeras etapas del cenobio emilianense . "Príncipe de Viana" 1988, n. 183, p. 74 ss.

36. L. A. MONREAL JIMENO, El visigotismo de los eremitorios rupestres de "Las Gobas" de Laño (Condado de Treviño) . Comunicación en el Congreso de Historia de Euskal Herria. Actas del II Congreso Mundial Vasco, I (1988), pp. 367-379.

37. L. A. MONREAL JIMENO, Eremitorios Rupestres Altomedievales (El Alto Valle del Ebro) . Universidad de Deusto 1989, p. 135.

38. Excavaciones en el Montico de Charratu (Albaina). Primera campaña, 1965 . En "Estudios de Arqueología Alavesa", Vitoria 1966, 41-62. Véase un informe más completo del mismo J. M. de Barandiarán en Excavaciones delante de unas grutas artificiales en el Montico de Charratu y en Sarracho (Izkiz, Álava). En Investigaciones arqueológicas en Álava, pp. 203-216.

39. Eremitorios, p. 132.

40. Ibid., 148.

41. S. RUIZ DE LOIZAGA, Monasterios altomedievales del occidente de Álava. Cómo nacen los pueblos . Vitoria 1982.

42. Sus monografías, publicadas al ritmo de sus excavaciones y descubrimientos, fueron reunidas en Grutas artificiales de Álava . San Sebastián 1923.

43. A. AZKARATE GARAI-OLAUN, Arqueología cristiana de la Antigüedad tardía en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya . Vitoria-Gasteiz 1988, 330.

44. Se las sitúa a fines del s. VI o, como tarde, primera mitad del siguiente. AZKARATE, Arqueología..., 408.

45. Sobre esta cuestión tan problemática, v. AZKARATE, O. c., pp. 492-497. Bibliografia

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