Peterson2011b

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La toponimia árabe es sorprendentemente abundante en el noroeste peninsular si se tiene en cuenta que es un espacio que parece haber estado bajo dominio musulmán tan sólo durante el relativamente breve periodo de unos 30 años.

Además, esta toponimia emerge en las fuentes diplomáticas más tempranas (ss. IX-X), acompañada por un sinfín de nombres personales también aparentemente árabes.

Los orígenes de esta onomástica han sido, a riesgo de simplificar excesivamente más de un siglo de debate, el objeto de tres hipótesis competidoras:

  • Aculturación – introducción de modelos culturales a través de la frontera andalusí, ss. IX-X.
  • Inmigración – de refugiados cristianos desde al-Ándalus, ca. 850 - 950.
  • Invasión –conquista y colonización por tropas beréberes, 712- ca. 750.

En gran medida, esta comunicación parte de mi extrañeza ante una reciente evaluación del debate de Iñaki Martín Viso y Ana Echevarría.

Aunque no emplean las mismas etiquetas que nosotros, siguen el mismo modelo tripartito de nuestro título y consideran que la hipótesis inmigracionista es “hoy en día poco defendible”, que la invasionista necesita de “mucha más investigación para superar el rango de simple conjetura”, y afirman que “los estudios de los últimos años han reforzado la idea de una población autóctona que asumió parte de la cultura más prestigiosa, la árabe” (Martín y Echevarría, 2009: 20; reafirmado por Martín en 2009, 114).

En otras palabras, se margina las hipótesis de inmigración e invasión y se apuesta fuertemente por la de aculturación.

Mi propósito hoy es seguir la trayectoria historiográfica de esta última hipótesis y cuestionar si, reforzada o no, realmente explica de manera satisfactoria la onomástica árabe del noroeste peninsular.

[...]


Si pensamos en las inmensas dimensiones de la región castellano-leonesa, la existencia de diferentes realidades y dinámicas sociales no debiera sorprendernos, y creo que efectivamente estamos ante dos fenómenos diferentes.

Por un lado, la hipótesis de aculturación, recientemente reforzada por la toponimia portuguesa y la arqueología segoviana, sí parece explicar lo que se observa en las comarcas fronterizas donde se concentran los topónimos descriptivos árabes.

Sin embargo, la hipótesis falla a la hora de explicar el paradigma septentrional: muchos nombres de persona semíticas pero escasa influencia árabe en la toponimia descriptiva.

¿Cuáles son las explicaciones alternativas?

En cuanto a la hipótesis inmigracionista, no está tan marginada como sugieren Martín y Echevarría.

Ha sido objeto de una renovación reciente por parte de Reglero (2009), con la adición de cautivos de guerra y refugiados de conflictos internos andalusíes a los tradicionales cristianos huyendo de la persecución emiral como posibles portadores de esta onomástica.

Es más, Aillet también recurre a ella ante algunas concentraciones problemáticamente septentrionales de onomástica árabe.

Es innegable que algo de inmigración hubo desde al-Ándalus hacia el norte, pero si nos fijamos en los nombres de los casos documentados - Audofredus y Vicentius, advene cordovenses, en Samos en 857 (Lucas, 1986); Iohannes abba a Cordoba venit, abad de San Martín de Castañeda en 926 (Cavero: 246)- dudo que explique la antroponimia árabe que observamos.

Reglero sugiere que los cristianos andalusíes empleasen un sistema de doble nomenclatura arabo-cristiana, pero aun admitiendo la posibilidad, una vez en el norte cristiano ¿por qué iban a perpetuar el sistema e incluso en muchos casos favorecer los nombres árabes?

A mi parecer, el topónimo Mahamud (Burgos) resulta especialmente instructivo n4.

La supervivencia de un nombre tan obviamente islámico en forma toponímica contrasta con su ausencia del registro antroponímico de siglo X en Castilla, donde tampoco se observa el nombre Ali, también de gran resonancia religiosa.

Los dos nombres aparecen residualmente en la diplomática leonesa, pero nada que ver con su profusión habitual en la antroponimia hispanoárabe (Terés, 1990: #92, #305).

Esto me sugiere que el topónimo se acuñó en un periodo anterior al siglo X cuando lo abiertamente islámico todavía era aceptable como nombre personal en Castilla.

Otro aspecto que llama la atención es la geografía de las mayores concentraciones de esta antroponimia: Burgos, Sahagún, León, Astorga.

No se concentra en las comarcas fronterizas, ni tampoco en los espacios marginales quizás susceptibles de repoblación n5, sino en la fértil campiña suburbana a lo largo de la llamada vía Aquitana, la antigua calzada romana probablemente seguida por los invasores musulmanes, y próxima a las ciudades donde se hicieron fuertes: Amaia (en Burgos), León y Astorga n6.

n5 Donde sí, en cambio, se concentra la onomástica vasca (Peterson, 2009: 345).

Por último, el perfil onomástico del sector septentrional se explicaría si la fuerza invasora fuera, en buena medida, compuesta por gente superficial y antroponímicamente islamizada pero que no dominara la lengua árabe, una coyuntura compatible con el escaso tiempo transcurrido entre la conquista definitiva del Magreb occidental (hacia 708) y la invasión de la península ibérica (Manzano, 1990: 399).

En este contexto se debe distinguir entre arabización e islamización.

Evidentemente la lengua árabe no se adquiere de manera inmediata, pero sí una patina de islamización, proceso en el cual un importante acto simbólico era la adopción de onomástica personal árabe, de ahí el nombre árabe del invasor bereber Tariq (Terés, #237) n7.

De modo parecido, la toponimia semítica referente a infraestructuras administrativo-militares sería reflejo de la superestructura árabe.

En cuanto a la lengua de los invasores en sí, se ha sugerido que muchos de ellos fuesen romance-parlantes (Oliver Asín, 1974; Wright, 2009) mientras que otros enfatizan en que hablasen bereber (Manzano, 1990: 425), pero lo significativo es que no hablasen árabe.

n7 Otros ejemplos de la saga del famoso rebelde andalusí Omar ben Hafsún incluyen su abuelo, el primero de la familia en islamizarse, quien marcó el hecho con la adopción del nombre musulmán Cháfar, mientras el propio renegado haría lo inverso cuando en 898 se convirtió al cristianismo, adoptando el nombre Samuel, y su mujer el de Columba (Simonet, 1983: 513, 567).

Conclusiones

Mi intención en esta breve comunicación ha sido doble: diferenciar entre dos perfiles onomásticos distintos al norte y al sur del Duero, apreciación apenas reflejada en estudios anteriores; y cuestionar la pretendida hegemonía de la hipótesis aculturacionista y específicamente su validez para explicar lo observado en la mitad septentrional de la cuenca del Duero.

En las márgenes meridionales de la cuenca se observan los restos de aculturación transfronteriza: una toponimia descriptiva árabe que mengua según se aproxima el río Duero.

Es lo que observó Barrios y la hipótesis ha salido reforzada de estudios recientes en Segovia y en Portugal.

Mucho más al norte, a lo largo del eje Burgos-Sahagún-León, tenemos abundante antroponimia árabe, que también deja un legado toponímico, pero escasa toponimia propiamente árabe.

En un escenario tan alejado de la frontera, debemos buscar los orígenes de tan curioso perfil onomástico en la conquista y colonización de la región a principios del siglo VIII por beréberes sólo superficialmente islamizados.

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