Peterson2009

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Tabla de contenidos

(ver también [1])


Introducción

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En 1016, Sancho, conde de Castila, y su yerno, Sancho el Mayor de Navarra, fijaron la frontera entre sus respectivos dominios.

La noticia del acuerdo que se ha conservado en el Becerro Galicano de San Millán de la Cogolla parece ser posterior (nota 1) y soo cubre la parte más meridional de la frontera, entre Numancia en Soria y el pico de San Lorenzo en la Sierra de la Demanda.

n1

Sobre todo, porque fue suscrito por dos magnates (Duenno Nunno Alvaro de Castella et sennor Furtun Oggoiz de Pampilona) cuyas trayectorias diplomáticas indican una cronoogía posterior a la fecha (1016) que ostenta el texto (Cogolla166), cf. Peterson (199?).

Más al norte, un enigmático silencio, pero, a pesar de ello, la noticia reúne algunos ingredientes de interés, como la existencia en este periodo del concepto de una frontera políticamente nítida delimitada e incluso amojonada, y la centralidad de la documentación de San Millán en el estudio de estas tierras fronterizas.

Loque proponemos es examinar los orígenes y mutaciones de esta frontera a lo largo de la Alta Edad Media, sobre todo a partir del punto en el Pico de San Lorenzo donde el texto emilianense había arrancado.

Con esta finalidad definiremos primero los términos que vamos a manejar y los métodos que vamos a emplear.


La frontera que nos interesa es un fenómeno plurisecular que grosso modo sigue la línea del actual límite provincial entre Burgos y La Rioja.

Las diversas fuentes medievales manejadas ofrecen perspectivas variadas (administrativas, militares, políticas, diocesanas, etc.) pero el mismo espacio desempeña, una y otra vez, un papel fronterizo (nota 3).

n3

Por ejemplo, en periodo altomedieval, según Ptolomeo, Cerezo (Segisamunculon) se sitúa en Autrigonia y Hemerrélluri (Oliba) en Beronia; en 882, según la Crónica Albeldense, la frontera oriental de Castilla yace entre Pancorbo y Cellorigo, y a mediados del siglo XIII el mismo espacio actúa de nuevo como divisoria, ahora episcopal, según la Concordia del Obispo Aznar.

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Tampoco es que la frontera sea inamovible. Sufre modificaciones tanto en su trazado como en su significado, e intentaremos fijar ese trazado en el tiempo y en el espacio, e indagar en los motivos de su ubicación, metamorfosis, trascendencia y longevidad.

Conviene distinguir entre el concepto de frontera que manejamos, una línea divisoria relativamente bien definida, y otro muy corriente en la historiografía.

Nos referimos a la idea de una frontera como una sociedad inestable y de oportunidad con sus propias dinámicas, la antítesis de la sociedad ordenada de retaguardia.

Este modelo tiene gran relevancia para el medievalismo hispano, en parte a través de la obra de hispanistas como Bishko (1963), McCrank (1983), Burns (1989) o Glick (1995), pero también en la obra de historiadores cisantlánticos, como por ejemplo, y cinéndonos a nuestro espacio, García de Cortázar (1985), cuya idea de la organización social del espacio parte en gran medida del encuentro entre "una sociedad sin espacio; un espacio sin sociedad", Senac (2000) o Manzano Moreno (1991, 1999).

Los dos conceptos de frontera son necesariamente incompatibles, y en momentos y aspectos concretos el segundo paradigma también será aplicable a nuestro espacio, pero ése no es el concepto que manejamos a priori.

Las fuentes

La diplomática

Las principales fuentes diplomáticas utilizadas en la elaboración de este estudio son las siguientes:

Consideraciones generales

Geografía diplomática. En general, la documentación referente al Pasillo proviene de los monasterios sitos en él, aunque se observa cierto desequilibrio espacial, a favor de los bordes serranos al norte y al sur, y en detrimento del fondo de valle en sí n2 . Creemos que éste es el contexto en el cual entender los tempranos intereses en el Pasillo de algunos pequeños cenobios sitos en los Montes Obarenes, como San Mamés de Obarenes, y también del primitivo monasterio mirandés (ya al norte de los Montes Obarenes) de San Esteban de Salcedo.

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Por otra parte, si el Monasterio de las Huelgas desarrolla extensivos intereses en la Bureba, es con una cronología tardía, que poco afecta a este estudio, y en general las instituciones burgalesas tienen sorprendentemente poca actividad en el Pasillo. La Catedral de Burgos tenía algunos intereses, como no podría ser menos para la heredera de las sedes de Valpuesta y (sobre todo) Oca, pero en general la tónica es de desinterés por parte del obispado hacia estas comarcas, delegando sus intereses en el Pasillo a su decanía de San Miguel de Froncea, y despertando tardíamente de su olvido sólo cuando la pujante diócesis de Calzada-Calahorra amenaza sus posesiones en las cabeceras del Tirón y del Oja a principios del siglo XIII n3.

En cuanto a la mitad riojana del Pasillo, ahora sí encontramos algunos intereses de monasterios foráneos (Leire e Irache) en el entorno de Nájera, pero de nuevo, la mayor parte de la documentación referente al Pasillo se origina dentro de él, y concretamente en el caso de La Rioja en las abadías de San Millán de la Cogolla, San Martín de Albelda y Santa María de Valvanera.

n4. En el mismo sentido, RAMOS REMEDIOS reclama la antroponimia como herramienta en situaciones diglósicas cuando una lengua popular por lo demás apenas se registra en la documentación: “Así los apodos e hipocorísticos, instrumento precioso para acercarse al nivel de la lengua hablada, puesto que la antroponimia, no obstante estar sujeta a modas, transparenta en gran medida las preferencias lingüísticas de los hablantes ...”, RAMOS REMEDIOS, El apeo de Vitoria y su jurisdicción a fines del siglo XV, vol. II, p. 275.

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La diplomática apócrifa. Cualquier acercamiento histórico al espacio estudiado en periodo altomedieval acaba topándose con un fundamental problema metodológico: en qué medida aceptar el testimonio de los tan numerosos diplomas apócrifos reunidos en el Cartulario de San Millán de la Cogolla. Parece haber consenso ahora en cuanto a que la práctica totalidad de los diplomas emilianenses de aparente factura cortesana del siglo X son en realidad falsificaciones del siglo XII n5. Hasta ahí bien. Pero, ¿la falsificación es puramente formal, o también afecta al contenido de los diplomas?

Existen básicamente dos respuestas a este problema. La primera rechaza el testimonio de los diplomas cuya falsedad formal ha sido demostrada. La alternativa al rechazo es admitir la falsedad formal pero aun así intentar aprovechar elementos del documento. Si contemplamos una falsificación del siglo XII que se hace pasar por un original del siglo X, estos elementos aprovechables podrían ser:

1. el hecho de la falsificación en sí, y sus implicaciones para el siglo XII;

2. un acontecimiento histórico del siglo X que el diploma falsificado busca reflejar;

3. y elementos, generalmente onomásticos, repescados de anteriores documentos en que se habrían basado las falsificaciones.

Todos ellos ofrecen líneas de investigación potencialmente interesantes, aunque metodológicamente muy complejas. Sin embargo, tenemos la impresión de que a veces el citar estas posibilidades es poco más que una excusa para no tener que deshacer del testimonio de estas fuentes, y así no tener que revisar los presupuestos de la historiografía tradicional, y el aprovechamiento de estas difíciles y peligrosas fuentes raras veces se hace con el rigor metodológico necesario.

En cuanto a la primera clase de información aprovechable de la diplomática apócrifa, las implicaciones plenomedievales de estas falsificaciones quedan fuera de los límites de este trabajo.

n5. Circunstancia denunciada ya por Ubieto Arteta (“Los primeros años del monasterio de San Millán”) en 1973, y recientemente confirmada por dos monografías: MARTÍNEZ DÍEZ, “El Monasterio de San Millán y sus Monasterios Filiales. Documentación emilianense y diplomas apócrifos”, 1998; y ZABALZA DUQUE, Colección Diplomática de los Condes de Castilla, 1998.

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Por otra parte, si las falsificaciones recuerdan un acontecimiento histórico, el reto es cómo calibrar y avanzar a partir de lo que es esencialmente una intuición. Por último, la repesca de elementos onomásticos nos parece una línea de investigación interesante, pero habría que contrastar los datos sacados de estos documentos con los que nos han llegado de fuentes más fidedignas, cuando lo que se suele hacer, en cambio, es o eliminar estos documentos completamente, o incluirlos en un listado, así contaminado la in- formación derivada de fuentes fidedignas. Proponemos seguir estas dos últimas líneas de investigación, contrastando la aportación de la diplomática apócrifa con la auténtica, cuando ésta existe.

Evaluación pormenorizada (en aproximado orden de utilidad)

Cogolla (San Millán de la Cogolla): de todas las fuentes utilizadas, la contribución emilianense destaca por su relativamente temprana cronología y por ser a la vez la más rica en cuanto a la naturaleza de los textos, una de las más generosas en términos puramente cuantitativos, y también la más compleja y heterogénea. Es importante matizar, sin embargo, que mucha de la documentación llamada ‘emilianense’, y la mayor parte de los textos tempranos (anteriores a 1030), en realidad se origina en cenobios agregados a San Millán (como San Felices de Oca, San Millán de Hiniestra, San Esteban de Salcedo y San Miguel de Pedroso), y es fruto de la política de la familia real navarra de potenciar ciertos cenobios durante la primera mitad del siglo XI. Estas matizaciones no restan importancia a la documentación emilianense (en un sentido archivístico podemos denominarla así sin complejos) sino todo lo contrario, la enriquecen, pero el considerar emilianenses, y por extensión riojanos e incluso navarros, muchos textos en realidad castellanos y sólo archivísticamente emilianenses, ha tendido a ‘navarrizar’ la historia de comarcas enteras n6.

n6. Como ejemplo de esta tendencia citamos el título del artículo que dedica Michelena a la problemática del vascuence al sur del Ebro: “Onomástica y Población en el antiguo reino de Navarra: La Documentación de San Millán”. Que los textos contemplados sean emilianenses se limita al sentido archivístico. Son textos castellanos, muchas veces del siglo X, cuya única vinculación con Navarra se produce cuando posterior y brevemente las comarcas (burgalesas) a las cuales hacen referencia, y los monasterios en los cuales se originaron, se encuentran integrados en ella durante algunos decenios (aproximadamente 1040-1060).

Otra importante característica de la documentación emilianense es que, como hemos señalado ya, una parte muy significativa de los textos más tempranos son apócrifos.

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También complica el uso de esta fuente el hecho trascendental de que la mayoría de los textos emilianenses no son originales, sino copias de finales del siglo XII, característica compartida con la mayoría de las Colecciones Diplomáticas utilizadas (sobre todo si se trata de Cartularios).

Por otra parte, el análisis de la documentación emilianense se ve complicada por la falta de índices onomásticos, tanto antroponímicos como toponímicos, en las ediciones de Ubieto Arteta y Ledesma Rubio. Una carencia especialmente llamativa teniendo en cuenta la importancia de esta fuente que incluye, entre otras cosas:

  • – el primer texto del norte cristiano después de la invasión musulmana (Cogolla1, 759);
  • – los más nítidos y tempranos ejemplos del euskera al sur del Ebro (por ejemplo, Cogolla37, 945), de ahí el uso de esta documentación por Michelena en el artículo antes citado;
  • – el insólito acuerdo fronterizo de 1016 (Cogolla166, 1016) que fija las fronteras entre Castila y Navarra;
  • – la Reja de San Millán (Cogolla180, 1025), extraordinario, y en nuestra opinión infraanalizado, censo de Álava altomedieval;
  • – y, en general, prácticamente las primeras noticias de muchos territorios, entre ellos Álava (Cogolla15, 873), Castilla (Cogolla1, 759; Cogolla2, 800; etc.), Guipúzcoa (Cogolla31, 943) y Soria (Cogolla166, 1016).

Esta lista nos da una idea de la extensión de los intereses que luego adquiriría San Millán. El caso de Guipúzcoa es instructivo, ya que la que parece ser la primera referencia a ese territorio, 80 años anterior a la que hasta ahora ostentaba ese honor, ha podido pasar desapercibida hasta ahora, a pesar de estar editada en tan archiconocida fuente, precisamente por la falta de índices que acabamos de denunciar n7.

Hemos propuesto cronologías (generalmente aproximadas) para 44 textos emilianenses hasta ahora o bien carentes de fecha o bien con fechas que consideramos erróneas. Remitimos al lector al correspondiente artículo, “Cambios y precisiones de fecha de la diplomática emilianense”, donde explicamos y detallamos el proceso seguido y las propuestas resultantes.

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En muchos casos se trata de listas de las posesiones agrícolas del monasterio confeccionadas hacia finales del siglo XI, y son textos muy ricos onomásticamente, tanto por su microtoponimia como por la antroponimia que resulta muy llamativamente diferente a la de la diplomática cortesana. No obstante, la aportación emilianense a nuestro estudio no se limita a la diplomática. También los numerosos códices relacionados con el monasterio, estudiados por, entre otros, Díaz y Díaz y Claudio García Turza n8, nos iluminan la temprana historia del cenobio y, por extensión, del Pasillo. Sin embargo, aquí se aprecia un problema semejante en algunos aspectos al que ya hemos glosado en referencia al Cartulario: no siempre es evidente en qué sentido estos códices son emilianenses, pues algunos de ellos parecen haberse con- feccionado en otros monasterios. En cambio, no utilizaremos extensivamente las célebres Glosas Emilianenses ya que son consideradas por la mayoría de especialistas como productos del siglo XI n9, y por tanto posteriores a los temas que desarrollamos.

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Oña (San Salvador de Oña): esta documentación se divide entre el cartulario editado por Álamo en 1950 y los textos publicados por Oceja Gonzalo (Oña2) como parte de la serie Fuentes Castellano-leonesas. Sus zonas de interés son esencialmente el entorno inmediato del cenobio, y la parte noroeste de la Bureba, los valles del Ebro (Tobalina, Valdevielso etc.) y las Merindades.

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Valpuesta (Santa María de Valpuesta): documentación temprana y, onomásticamente muy rica, pero apenas penetra en el Pasillo en sí. La excepción son una docena de textos provenientes de Santa María de Buezo, cerca de Briviesca, y que parecen haber terminado en el archivo valpostano en un proceso análogo al ya observado y comentado entre San Millán y sus filiales burebanos n12.

n12. ZABALZA DUQUE, “Tipología de los documentos de Valpuesta”, p. 321. Ésta nos parece una hipótesis atractiva, y explicaría la ausencia de contextualización de algunas de las referencias, por ejemplo a Espinosa. Extrañamente, en el mismo estudio (p. 321, n. 5), Zabalza afirma que Buezo fuera filial de San Millán de la Cogolla. No sabemos en qué se basa, pues no lo incluye MARTÍNEZ DÍEZ en su monografía sobre los filiales emilianenses (“El Monasterio de San Millán y sus Monasterios Filiales”), y tampoco encontramos eco de tal afiliación en GARCÍA DE CORTÁZAR, El Dominio del Monasterio de San Millán de la Cogolla.

Antecedentes premusulmanes

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Algo más de ocho siglos median entre la primera aparición de nuestro espacio en la historia n1 y las últimas noticias premusulmanas. En ambos casos se trata de noticias que relatan actividades bélicas, fuerzas alóctonas (romanos y visigodos) en colisión con los pueblos indígenas; pero, al margen de esta coincidencia, las evidencias que tenemos para este periodo son en general heterogéneas. Si a esta heterogeneidad se añaden otras características como la generalización y el laconismo, estamos ante un corpus evidencial extremadamente oscuro y complejo, aparentemente lleno de contradicciones. Tales contradicciones quizás no sean más que el fruto de esa combinación de diversidad de registros y parquedad de datos, pero son una realidad en cuanto a nuestra comprensión de la historia temprana del Pasillo.

n1. Nos referimos a dos noticias de TITO LIVIO: primero, a mediados del siglo II a. C., los romanos derrotaron a “vacceos et cantabros et alias incognitas [...] gentes” (TITO LIVIO, Periochae, XLVIII) y sospechamos que una probable primera referencia a los autrigones se detecta detrás de esas ‘gentes anónimas’, ya que su solar se sitúa próximo a las dos tribus citadas. La primera mención explícita del Pasillo data del año 75 a.C., cuando se retrata a berones y a autrigones como aliados, ambos partidarios de Pompeyo y enfrentados con Sertorio - “in Berones et Autricones progredi sunt”, TITO LIVIO, Ab urbe condita, XCI. Otros autores greco-romanos que tratan sobre nuestro espacio son (en aproximado orden cronológico) ESTRABÓN, MELA, PLINIO, FLORO y PTOLOMEO.

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La segunda característica del corpus de fuentes disponibles para este periodo es su variedad, característica que se puede convertir en un problema: cómo, por ejemplo, reconciliar el testimonio de una hagiografía bucólica y la cronística político-militar, conflicto evidencial real cuando se trata de la Vita de San Millán y la toma de Amaya por Leovigildo en 574. En este caso, felizmente, los testimonios sí parecen compatibles, pero se aprecia la distancia entre los dos tipos de evidencia. Incluso dentro del mismo registro, por ejemplo la literatura clásica, existen diferentes enfoques: algunos autores con pretensiones etnográficas (Estrabón), otros con enfoques rigurosamente geográficos (Plinio y Ptolomeo) y algunos estrictamente históricos (Tito Livio y Floro).

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Retomando el ejemplo de Auka, se observa un desajuste directo entre la evidencia literaria (inexistente) y la arqueológica (muy prometedora), y esta circunstancia se repite en la presencia de cultura merovingia en Aldayeta (Álava), completamente ausente de las fuentes literarias cispirenaicas, pero sí con eco en la crónica del Pseudo-Fredegario n6.

Otro ejemplo es la cuestión de la etnicidad y lengua de los autrigones: celtas según el registro arqueológico y onomástico (con una importante excepción - Uxamaibarca), pero poseedores de una lengua impenetrable según los etnógrafos clásicos. La anti-ecuación de Santos Yanguas (pueblo ≠ lengua ≠ cultura material) sugiere que éstos y otros ejemplos no nos deberían extrañar, pero sí dificultan nuestro análisis n7.

n6. AZKARATE GARAI-OLAUN, GARCÍA CAMINO, Arqueología y poblamiento en Bizkaia, siglos VI-XII, p. 38.

n7. SANTOS YANGUAS, “Pueblos indígenas (autrigones, caristios y várdulos) …”, p. 182.


Ante la escasez de información, existe la tendencia a simplificar. En el campo de la lingüística, por ejemplo, Caro Baroja nos advierte de este peligro, e insiste en la complejidad lingüística de la Hispania prerromana n8. Aunque la historia documentada empieza sólo con la llegada de los romanos en nuestro espacio, ellos no se encontrarían con una tierra ni virgen ni ahistórica, sino con una realidad compleja y plural. La yuxtaposición de lenguas aparentemente no indoeuropeas con indicios de cultura celta, y todo dentro de un espacio al cual se aplica un solo etnónimo (autrigones), sugiere precisamente tal ‘prehistoria’ compleja.

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Cómo reconciliar las Bardulies y Cantabria altomedievales con sus homónimos del periodo romano son problemas todavía sin resolver.

Otro problema es la generalización y simplificación en nuestras fuentes escritas. Algunos de los comentarios de Estrabón, por ejemplo, sobre los pueblos montañeses se extienden no sólo a todos los pueblos de la Cordillera Cantábrica sino incluso a pueblos como los escitas n11. Cuando hace referencia aparentema una yuxtaposición de los cántabros y los vascones en el litoral cantábrico, es probable que esto sea en realidad una generalización, y no deberíamos buscar dinámicas migracionales para explicar la repentina ausencia de pueblos que en otras fuentes aparecen en posiciones intermedias.

En este capítulo, a partir de estas lacónicas y contradictorias fuentes, nos intere- san sobre todo dos aspectos de la situación en el Pasillo en el periodo anterior a la invasión musulmana: su naturaleza etnolingüística y su situación político- administrativa. En esencia, lengua y frontera. En ambos casos la finalidad de la indagación es la misma: averiguar si la frontera que luego divide este espacio tiene antecedentes en los siglos anteriores.

Retrato etno-lingüístico del pasillo Premusulmán

Aquí nos interesan sobre todo dos cuestiones. Por un lado, si la frontera que estudiamos tiene sus orígenes en antiguas divisiones étnicas y / o lingüísticas. El otro tema, más específico, es si en periodos premusulmanes se observan indicios de habla vasca o vascoide en el Pasillo, y sobre todo en su flanco meridional, en las estribaciones del Sistema Ibérico. Según Estrabón, los berones, quienes habitarían la mitad oriental del Pasillo, serían celtas: “los celtas, que hoy se llaman Celtiberos y Berones” n12.

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El hallazgo de cuatro téseras de hospitalidad en Uaracos (Custodia de Viana) parece confirmar esta relación entre los dos pueblos, aunque también “los hallazgos metálicos localizados en este territorio, especialmente armas y broches de cinturón, atestiguan la estrecha relación existente con el territorio autrigón” n13 . Este vínculo con los autrigones en materia cultural se ve apoyado por otros registros: la ya mencionada alianza militar en apoyo de Pompeyo n14; y, según Albertos, la pertenencia de parte del territorio berón (la Rioja Alta) a la denominada ‘zona onomástica cantábrica’, que también incluiría Autrigonia n15. Estos diversos vínculos entre los dos pueblos que compartieron el Pasillo sugieren que la inevitable frontera que los separaba no tendría por qué tener demasiada trascendencia étnica y / o lingüística.

n13. BURILLO MOZOTA, Los celtíberos, pp. 184-5.

n14. “... in Berones et Autricones progredi sunt”, TITO LIVIO, Ab urbe condita, XCI.

n15. Para Albertos la onomástica de la Rioja Alta, como la de la mitad septentrional de Burgos, correspondería a lo que denomina la zona Septentrional o Cantábrica, mientras “la Rioja Alavesa y parte de Navarra, la parte meridional de La Rioja” se integrarían en la zona onomástica Celtibérica. Esto parece dividir el solar berón en dos zonas onomásticas distintas. ALBERTOS FIRMAT, “Onomástica personal en las inscripciones romanas de Álava”, p. 35.


Por otro lado, se ha sugerido recientemente que los berones (o por lo menos un grupo anónimo situado en el extremo sur-oriental de su solar) podrían haber hablado un idioma emparentado con el vasco.

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La afirmación se sostiene en el descubrimiento de varias estelas con onomástica epigráfica no indoeuropea en las cabeceras de los ríos riojano-sorianos Cidacos y Linares, y con algún descubrimiento aislado también en el alto Iregua. La onomástica en cuestión sería Sesenco, Attasis, Onse, Onso n16 y Agirsar n17. Los expertos están de acuerdo en cuanto al carácter no indoeuropeo de esta onomástica n18, a diferencia de la mayor parte de la antroponimia del periodo de la Sierra de la Demanda y del solar berón, y tampoco parece descabellado caracterizarla como en parte vasca, o por lo menos vascoide n19.

Por lo tanto, hay evidencia epigráfica de onomástica no indoeuropea en la Demanda oriental. Lo que nos parece más arriesgado es extender este estrato lingüístico a los valles occidentales, donde aparecerá toponimia vasca durante el Altomedievo. Arriesgado por dos motivos:

  • – porque la distancia (geográfica, cronológica, filológica, tipológica, etc.) entre la epigrafía soriano-riojana (oriental) y el euskera toponímico altomedieval (occidental) es considerable;
  • – y porque la onomástica epigráfica de periodo romano de esos valles occidentales es indoeuropea, e incluso fuertemente romanizada.

n16. Estos cuatro nombres de los yacimientos de La Laguna (Villar del Río), Valdecantos (Santa Cruz de Yanguas), Navabellida (Oncala) y El Collado respectivamente, todos ellos en el extremo nordeste de Soria limítrofe con la Rioja, cf. ESPINOSA RUIZ, “Los Castros soriano-riojanos del sistema Ibérico: nuevas perspectivas”; GORROCHATEGUI, Notas de Conferencia, 2003.

n17. Agirsar aparece en una estela de San Andrés de Cameros, cf. RUBIO MARTÍNEZ, “Una estela funeraria en San Andrés de Cameros, La Rioja”.

n18. “La onomástica refuerza el no celtismo que acabamos de ver en los temas y símbolos funerarios”, ESPINOSA RUIZ, “Los castros soriano-riojanos ...”, p. 908.

n19. GORROCHATEGUI sugirió que Agir- fuera íbero en “The Basque Language and Its Neighbors in Antiquity” (1995, pp. 54-5), pero describe los demás nombres citados como vascones (Notas de Conferencia, 2003), y en 2005 califica Agirsenio como “tanto ibérico como vasco” (Conferencia “Las lenguas de los Pirineos en los tiempos antiguos”, 10-11-2005). En general, otros autores acogen la hipótesis vasc(on)a: “si, como parece, estas inscripciones son atribuibles a la lengua vasca ...”, KNÖRR BORRÀS, “El euskera en tierras del romance”, p. 46; “en pleno territorio celtíbero podían haber subsistido núcleos de hablantes de una o más de una lengua indoeuropea precelta (de tipo lusitano o alt-europäisch), así como quizá también de alguna lengua preindoeuropea (afín al vasco o incluso al ibérico)”, GARCÍA ALONSO, La Península ibérica ..., p. 493.

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La distancia cronológica entre los dos fenómenos abarca más de medio milenio, mientras, por tipología nos referimos a la dificultad de comparar epigrafía funeraria antroponímica con el contenido toponímico de la diplomática cenobítica. Lingüísticamente, la toponimia descriptiva de la diplomática medieval es fácilmente inteligible a partir del euskera ‘moderno’ n20, muy lejos de esta antroponimia de apariencia sólo vascoide y no claramente vasca. Aunque estas comparaciones son en cierto modo quizás injustas, pues no existe, por ejemplo, diplomática del periodo romano, creemos que sirven para ilustrar la peligrosidad de vincular los dos fenómenos, a través de centenares de años huérfanos de indicios empíricos.

En términos puramente geográficos, la epigrafía vascoide soriano-riojana se concentra en un radio de 15 kilómetros alrededor de Santa Cruz de Yanguas en el alto Cidacos. Sin salir de este reducido espacio, existe un solo ejemplo (dudoso n21) al oeste del interfluvio Cidacos-Iregua, el de San Andrés de Cameros, que además está en la misma cabecera del valle (en este caso en el río Piqueras, afluente del Iregua) apenas una docena de kilómetros de Santa Cruz de Yanguas. A partir de este hapax de problemática caracterización, nos parece equivocado deducir la existencia de antroponimia vasca en los valles centrales y occidentales de la sierra. Pues los valles donde luego aparecerá el euskera altomedieval (Tirón y Oja) distan prácticamente 50 kilómetros ‘sierra a través’ de San Andrés de Cameros. Y es más, la antroponimia que aparece en ellos en periodo romano es totalmente compatible con una población indoeuro- pea, más específicamente con lo que Albertos denomina la “zona onomástica cantábrica-septentrional” n22, e incluso con un sorprendentemente alto grado de romanización n23.

n20. Explicamos la aplicabilidad de este adjetivo al euskera medieval de la Demanda en el capítulo La cronología del vascuence al sur del Ebro.

n21. Recordamos que Agirsar se considera por Gorrochategui tan próximo a la antroponimia íbera como a la vasca.

n22. ALBERTOS FIRMAT, “Onomástica personal en las inscripciones romanas de Álava”, pp. 33-61. MARTÍNEZ SÁENZ DE JUBERA (“Onomástica vasca en La Rioja”, p. 482) nos informa que “perviven con fuerza los testimonios indígenas” en los valles del Iregua y del Najerilla, pero la onomástica lapidaria conservada es indoeuropea, como por ejemplo el conocido nombre céltico Segontius que aparece incluso en el País de Gales (Caernarfon). Más al oeste, en el valle del Tirón, la onomástica indígena también es característica de la “zona onomástica cantábrica- septentrional” de Albertos (supra): Acivo, Albus, Alebbius, Alionus, Ambatus/a, Boutia, Burga, Caelalionus, Ca- malus, Iacometa, Latturus, Ligirus, Loca, Magl(a)ena, Medica, Murca, Peditaga, Petacus, Quemia, Reburrus, Secontius/a, Seggeius, Segilus/a, Surilla, Uqulanca y Vigganus/Viganica, REYES HERNANDO, El conjunto epigrá- fico de Belorado, pp. 113-121. Aguas arriba en el mismo valle la onomástica es casi todo romana, con la única excepción del nombre Orgelemo, cf. PETERSON, “La onomástica personal en el Valle de San Vicente”.

n23. “... el valle de San Vicente fue intensamente romanizado en consonancia con lo que ocurría en su entorno inmediato”, APARICIO BASTARDO, La antigua iglesia de Santa María, p.7.

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En conclusión, sugerimos que, en el contexto espacial y temporal en que se encuentran las estelas riojano-sorianas, debería pesar más la presencia vascona durante el periodo romano en Calahorra (centro jerarquizador natural de esas tierras) que la diplomática medieval del otro extremo de la sierra n24. A la hora de caracterizar la Beronia prerromana en términos lingüísticos deberíamos partir de una identidad esencialmente celtibérica n25, aunque esto no supone negar que hubiera contactos con e influencias de pueblos no indoeuropeos, como testimonia el bronce de Ascoli n26, así como la mencionada epigrafía soriano-riojana.

En cuanto a la etnicidad y lengua de los autrigones, Estrabón comenta que los nombres de los alótriges y de los bardietas son malsonantes e ininteligibles n27. Estos bardietas serían los várdulos mencionados en otras fuentes n28, mientras la mayoría de los investigadores opinan que los alótriges corresponderían a los autrigones. Mela hace un comentario semejante, aunque en referencia a sub-grupos cántabros, lo cual bien podría incluir a los autrigones n29. Por lo tanto, ¿podemos concluir que el habla de este pueblo sería no indoeuropea? pues las distintas lenguas celtas (e incluso hablas indoeuropeas pre-celtas, como el lusitano) de la Meseta y de otros lugares no reciben semejantes descalificaciones, que parecen reservarse, pero a la vez repetirse con insistencia, para los pueblos de la cordillera y litoral cantábrico n30.

n24. “Con toda probabilidad las gentes del Alto Cidacos y ríos adyacentes estaban adscritas a Calagurris mediante adtributio o mediante cualquier otra suerte de dependencia [...] No extraña lo anterior, teniendo en cuenta que Calagurris se localiza en la salida al Ebro del Cidacos, que por este río discurría una vía secundaria hacia la Meseta y que Calagurris tuvo un poderoso ascendiente en el territorio de las estelas, simple prolongación del cual fue su posterior integración en la diócesis calagurritana”, ESPINOSA RUIZ, “Los Castros soriano-riojanos ...”, p. 908.

n25. Y por tanto indoeuropea: “una lengua netamente céltica, cuya asignación a esta familia no representa hoy día ninguna duda [...] la idea tradicional, ampliamente extendida, de que el celtibérico pueda ser una especie de lengua mixta entre ibérico y celta debe ser desechada radicalmente”, GORROCHATEGUI, “La lengua de las poblaciones prerromanas...”, p. 16. También cf. BURILLO MOZOTA, Los celtíberos, p. 182.

n26. 89 a.C., aparentemente de Libia en el extremo occidental de Beronia, y sin embargo con onomástica que, según GORROCHATEGUI (”Las lenguas de los Pirineos en los tiempos antiguos”), parece íbera: LIBENSES / BAS- TVGITAS ADIME(L)S F./ VMARILLVN TARBANTV F.

n27. En realidad, comenta que los nombres de otros pueblos son aun peores, “nadie encontrará placer en oír nombres tales como los de pletauros, bardietas y allotrigas, y otros aun más malsonantes y oscuros”, ESTRABÓN, Geographia, III 3, 7, traducción de CARO BAROJA, “Sobre la hipótesis del vascoiberismo”, p. 50.

n28. “[Los celtas berones] confinan también con los bardietas, a los que ahora denominan bárdulos”, ESTRABÓN, Geographia, III 4, 12.

n29. “... entre los cántabros hay algunos pueblos y ríos cuyos nombres no puede pronunciar nuestra boca”, POM- PONIO MELA, Chorographia, III.1.15; citado por CARO BAROJA, “Sobre la hipótesis del vascoiberismo”, p. 56.

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En contraste, los registros arqueológico y toponímico parecen contradecir estas noticias y sugieren un pueblo indoeuropeo. Las estelas oikomorfas encontradas en la Bureba y en los Montes de Oca se asemejan a las utilizadas por los senones (curso medio del Sena) galos n31. La toponimia autrigona conservada por los autores clásicos es casi exclusivamente indoeuropea n32, mientras que para el teónimo Vurouius (> ‘Bureba’) también se ha sugerido un origen celta n33.

En realidad la situación lingüística sería aun más compleja, pues incluso dentro del registro indoeuropeo se detectan distintos estratos más o menos arcaicos. Así la tésera de hospitalidad encontrada en La Mesa de Belorado presenta rasgos arcaicos propios del celtíbero que sugieren “una relativamente antigua separación del tronco celta común” n34 (¿Iª Edad de Hierro?), y que por tanto la aleja de los rasgos belgas (IIª Edad de Hierro), tanto toponímicos como arqueológicos, identificados por Solana Sáinz. Las antes referidas denuncias genéricas de ininteligibilidad por parte de los autores clásicos quizás sugieren sustratos no indoeuropeos, pero no por eso necesariamente vascos.

n30. “El convento lucense, aparte de los célticos y lemavos, comprende a dieciséis pueblos desconocidos y con nombres bárbaros”, PLINIO EL VIEJO, Naturalis Historia, III 28, citado por CARO BAROJA, “Sobre la hipótesis del vascoiberismo”, p. 44; asimismo, para el cordobés SENECA, el cántabro guardaría relación con el corso, juicio que no merece ninguna de las hablas meseteñas, CARO BAROJA, ibid., p. 56.

n31. SOLANA SÁINZ, Las entidades étnicas ..., p. 161.

n32. “Toponyms found in the territory of the Autrigones such as Deobriga [...] are purely Indo-European”, GO- RROCHATEGUI, “The Basque Language and Its Neighbors in Antiquity”, p. 50; GARCÍA ALONSO, La Península ibérica ..., pp. 460-1, clasifica la toponimia autrigona de la siguiente manera: Flaviobriga como un híbrido latino- celta; Nerva y Salionca como topónimos indoeuropeos preceltas del tipo alt-europäisch; de clasificación incierta, Antequia; y claramente celtas a Uxama, Segisamonculum, Deobriga, Vindeleia, y Virouesca (este último “con algo menos de claridad”). Queda (Uxama) Barca, cuyo análisis afrontaremos a continuación.

n33. SOLANA SÁINZ, Las entidades étnicas ..., p. 161. Es muy posible que, como sugiere este autor, el hidrónimo Garoña (así como el también burgalés Guareña, y muchísima hidronimia menor con el sufijo –oña, cf. GÓMEZ VILLAR, La Comarca de Belorado: Toponimia y Antropología, p. 62) también tenga un origen céltico. Sin embargo, esta lectura no es unánime (GARCÍA ALONSO, La Península ibérica ..., pp. 407-8, resume las distintas posturas - céltico, ligur, ibérico y vasco - en torno a la clasificación de Garoña para concluir que “hoy por hoy, es imposible inclinarse por una o por otra”) y puesto que este hidrónimo no aparece en la literatura antigua dejaremos al margen su testimonio por el momento.

n34. GORROCHATEGUI, “La lengua de las poblaciones prerromanas...”, pp. 16-17.


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Que se extienda el mismo juicio a gran parte de la Cordillera Cantábrica debilita, sin imposibilitar, tal identificación, y observamos que no se incluye la lengua de los vascones en este grupo de idiomas impenetrables. La única excepción concreta al panorama cultural y lingüístico indoeuropeo de Autrigonia sería el segundo elemento del topónimo Uxama Barca, que parece derivarse del vasco ibar (= ‘vega’, cf. también ibai = ‘río’), una lectura fundamentada, sobre todo, en la aparición epigráfica del gentilicio UXAMA IBARCENSIS en sendas estelas de Quintanilla de las Viñas y Astorga n35.

¿Cómo se puede resolver esta contradicción entre lengua anecdóticamente noindoeuropea, pero a la vez mayoritariamente celta según el registro toponímico y epigráfico? Michelena, basándose en los territorios habitados por várdulos, caristios y vascones, sugiere una solución diglósica: un modelo de bilingüismo clasista que explicaría el contraste entre la dominante epigrafía indoeuropea analizada por Albertos y las firmes (pero apenas visibles hasta la Edad Media) raíces que parece tener el euskera en este espacio n36. La explicación diglósica contempla un desajuste social entre una clase dominante celta, que daría nombres a las estructuras políticas, y cuyos miembros serían los únicos en dejar constancia epigráfica de su onomástica personal, y una mayoría vascófona.

Una situación equivalente explicaría algunas de las percibidas contradicciones empíricas observadas en Autrigonia. Lo más prudente sería pensar en un espacio dominado por pueblos de estirpe indoeuropea, aunque incorporando también a contingentes preindoeuropeos, algunos de los cuales, sobre todo en el extremo nororiental, podrían ser vascófonos. Creemos que éste es el pensamiento detrás de la evaluación de varios autores de que una parte de los autrigones hablase euskera, y las posturas matizadas de Michelena n37, Caro Baroja n38 y Tovar n39 parecen las más acertadas.

n35. ALBERTOS FIRMAT, “A propósito de la ciudad autrigona de Uxama Barca”, pp. 281-291; GORROCHATEGUI, “The Basque Language and Its Neighbors in Antiquity”, p. 50; GARCÍA ALONSO, La Península ibérica ..., pp. 289-90.

n36. Indicios epigráficos del euskera del periodo romano eran prácticamente inexistentes hasta el descubrimiento de la epigrafía de Lerga (Navarra) en 1960, GORROCHATEGUI, “The Basque Language and Its Neighbors in Antiquity”, pp. 53-4.

n37. “Cuando se habla del vascuence medieval en tierras de la Rioja y Burgos, se da por sentado que o es antiguo (hipótesis poco probable, ya que el territorio autrigón al sur del Ebro, los Turmogos y más aún los Berones parecen haber tenido una lengua propia muy distinta), o ha sido introducido hacia los siglos IX-X. Con todo, queda una tercera alternativa: que la lengua ya empezara a ser llevada allí entre los siglos V y VIII por gente que bien cruzó el limes pacíficamente o bien fue obligada a establecerse al sur de él”, MICHELENA, “Lenguas indígenas y lengua clásica en Hispania”, p. 212, n. 35.

n38. ”... esta lengua [el vasco] se ha hablado en la época romana en el territorio ocupado por los vascones (en parte), várdulos, caristios y autrigones (en parte)”, CARO BAROJA, Los pueblos del norte de la península ibérica, pp. 101-102.

n39. “... no hay duda de que los territorios de Vascones, Caristios y Várdulos (y posiblemente de Autrigones) fueron ya entonces, por lo menos en su parte septentrional, territorio de lengua euskera”, TOVAR, Mitología e ideología ..., p. 195


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Rechazamos las interpretaciones monolingüistas de ambos extremos, tanto la postura extremamente indoeuropeista de Solana, que no explica lo de Uxama(i)barca n40, pero tampoco habría que ir al otro extremo y considerar vascófona a toda la Autrigonia, tendencia que conduce a Fatás a expresarse en los siguientes términos: “Deben rechazarse las afirmaciones, a menudo tan tajantes como gravemente erradas, de que los autrigones son un pueblo del mismo ‘grupo étnico preindoeuropeo’ que los vascones (pág. 159), lo que sorprenderá a quienes conozcan los bien fundados y nada incógnitos trabajos sobre la paleotoponimia de Autrigonia” n41. Demasiadas veces el importante matiz espacial desaparece en las obras de autores que buscan situar a estos contingentes vascófonos no en el extremo nororiental de Autrigonia, cerca de Uxama(i)barca, sino en la Demanda, 80 kilómetros al sur.

Desde luego, no podemos demostrar que no se hablara euskera en la Demanda prerromana, pero sí podemos afirmar dos cosas:

– Que el euskera que emerge en tal espacio en la documentación alto- medieval está estrechamente vinculado al habla del País Vasco meridional-occidental altomedieval, y no muestra ningún indicio de ser un islote lingüístico aislado durante un milenio. La divergencia entre el euskera alavés que observamos en la documentación medieval y el demandés es prácticamente nula, y por lo tanto no pueden ser, no son, dos dialectos euskéricos distintos separados durante un milenio.

– Y que la mayoría de los fenómenos lingüísticos observados se explican más fácilmente por fenómenos históricos conocidos: la presencia vascona en Calahorra en el periodo romano podría explicar el afloramiento de onomástica vascoide en los valles orientales, mientras la convergencia política entre Álava y la primitiva Castilla durante los siglos VIII y IX explicaría el euskera altomedieval de los valles occidentales, hipótesis que desarrollaremos en capítulos posteriores.

n40. "No cabe duda de que el valle de Nervión debió de ser un límite de freno de esta lengua vernácula [el euskera]; por eso podemos decir que los autrigones no tuvieron influencia vasca, ni fueron vascos, como algunos han pretendido demostrar, sino centroeuropeos, como lo confirma su toponimia y onomástica más antigua", SOLANA SÁINZ, Autrigonia romana. Zona de contacto Castilla-Vasconia.

n41. FATÁS, “El Ebro medio, trifinio paleohispánico”, en Los pueblos prerromanos del norte de Hispania, p. 49. La página citada por Fatás refiere a la obra de RICO, Pyrénées Romaines. Essai sur un pays de frontière.

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Que el euskera alavés que llegó a la Demanda en el Altomedievo pudo echar tan firmes raíces por encontrarse ya con un dialecto milenario no-indoeuropeo, por encontrarse en tierra fértil, es una posibilidad, pero sólo una posibilidad, y sin evidencia alguna, y no debería convertirse en la hipótesis principal. En resumen, el Pasillo parece haber sido ocupado por pueblos esencialmente celtas, que comparten antroponimia, cultura material, y alianzas políticas. Necesariamente habría una frontera entre ellos, y la analizaremos más adelante, pero no tiene visos de haber sido una de las grandes divisorias etnolingüísticas de la Península.

Indicios tardoantiguos de población vascófona

En la Translación del glorioso cuerpo de nuestro padre San Felices, texto hagiográfico de finales del siglo XI n42, se relata la milagrosa cura en Oca de una mujer llamada Andercea de Puras, acontecimiento que ocurriría durante el traslado del cuerpo de San Felices desde Oca hacia Bilibio, y por lo tanto hacia finales del siglo V o principios del siglo VI. Desde luego, escrito medio milenio después de lo “acontecido”, no es el testimonio más inmediato ni el más fidedigno, pero llama la atención el nombre de la curada – Andercea, de aparente etimología vasca. Sin embargo, es un solo nombre, éstos migran con las personas, y si añadimos las dificultades inherentes a las fuentes hagiográficas y sobre todo la tardía redacción de ésta, este episodio es muy poco a partir del cual postular una abundante población vascófona en nuestra región.

Que contemplamos este dato tan aislado y contaminado es en sí un indicio de la parquedad de información que tenemos sobre la lengua y / o onomástica del Pasillo durante la Tardoantigüedad.

n42. Biblioteca de la Real Academia de la Historia, Códice #59, ff. 145r-152v, citado por VALDIZÁN, Recuerdos históricos de la ciudad episcopal de Oca, p. 21. Existen dudas sobre la autoría de esta hagiografía, y Valcárcel lo atribuye a un ‘falso Grimaldo’, VALCÁRCEL, La 'Vita Dominici Silensis' de Grimaldo, p. 89 y ss.

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La cronística apenas aporta nada al respecto, y prácticamente la única fuente que nos ofrece una visión de la vida cotidiana durante este periodo es la Vita Sancti Aemiliani. De nuevo estamos ante una fuente hagiográfica, aunque en este caso redactada pocos años después de lo relatado n43, y no tenemos por qué pensar que, en términos generales, la onomástica contenida en ella no sea representativa de nuestro espacio en ese momento, aunque algunos de los individuos nombrados proceden de la zona de Amaya, mientras por otra parte parece probable que las clases nobles estén desproporcionadamente representadas. Con todas sus limitaciones, a partir de la Vita deberíamos concluir que el somontano ibérico de mediados del siglo VI no muestra indicios de ser vascófono, ni en el (escueto) registro toponímico (Banonico, Berceo, Parpalines, Prato), ni en el antroponímico detallado en la tabla adjuntada.

n43. Fue redactada por Braulio de Zaragoza hacia 636, mientras los acontecimientos relatados ocurrirían durante las décadas centrales del siglo VI, puesto que la tradición fecha la muerte del ya centenario Emiliano de Berceo hacia el año 574, CASTELLANOS GARCÍA, Poder social, aristocracias y ‘hombre santo’ ..., p. 33

La cronología de la Vita de San Millán no imposibilita que en algún momento del siglo VII hubiera un influjo de población euskaldún hacia el Pasillo, quizás como resultado (¿refugiados, cautivos, emigración forzada?) de las campañas visigodas contra los vascones. Gracias al texto Cogolla1, sabemos que en 759 la onomástica vasca ya es una realidad en el somontano ibérico (concretamente, en San Miguel de Pedroso), y puesto que una cronología visigoda atraía a Michelena n44 exploraremos esta posibilidad en otro capítulo, limitándonos aquí a señalar que en la hagiografía emilianense no hay rastro de onomástica vascoide.

n44. MICHELENA, “Lenguas indígenas y lengua clásica en Hispania”, p. 212, n. 35

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Situación político-administrativa

Integración del pasillo en el reino de Toledo

La Vita de San Millán sugiere que (por lo menos) la parte riojana del Pasillo estaría integrada en el reino visigodo durante el siglo VI. Sin embargo, Amaya, no sometida por Leovigildo hasta 574, está próxima al extremo occidental de nuestro espacio, y estaríamos, por tanto, ante un espacio fronterizo. Así entendemos el papel de San Millán, mediador entre el sistema visigodo, re- presentado por el gladio uindice Leuuigildi, y los pervasores de Cantabria- Amaya n45. La conquista de Amaya supondría la plena integración de nuestro espacio en el sistema visigodo, hipótesis confirmada por la presencia de los obispos de Oca en los Concilios a partir de 589, y por la aparición de uno de ellos, Asterio, con el rey visigodo Recaredo en el acto consagracional de la iglesia de Mijangos, hacia finales del siglo VI n46. La campaña contra Amaya- Cantabria se entiende como parte de un proceso de sometimiento de toda la Cordillera Cantábrica. No sería hasta las campañas de Sisebuto, hacia 613, que el litoral cántabro también se rindiera n47, mientras Vasconia seguiría resistiendo el poder visigodo hasta la misma invasión musulmana, cuando Rodrigo se encontraría de campaña en el norte n48.

n45. BRAULIO DE ZARAGOZA,Vita Sancti Aemiliani, XXVI.

n46. LECANDA ESTEBAN, “Mijangos: arquitectura y ocupación visigoda ...”, p. 419.

n47. JUAN DE BÍCLARO, Chronicon, I.109.2; GARCÍA GONZÁLEZ (“Incorporación de la Cantabria romana al estado visigodo”, pp. 170 y 199) apuesta por un sometimiento bi-fásico de Cantabria, con el litoral no controlado hasta la intervención del dux Suinthila ya entrado el siglo VII.

n48. Ajbar Maymu’a, #7, p. 21; CHALMETA, Invasión e islamización, p. 133.

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Un corónimo que aparece varias veces en las fuentes del periodo es el de Roconia / Ruconia, circunscripción para cuya ubicación no han faltado pre- tendientes historiográficos. La Cantabria atlántica, Asturias, La Bureba, La Rioja, el Roncal (Navarra), Extremadura e incluso el Ronquillo en Andalucía se han sugerido como escenarios por una mezcla de motivos históricos y / o correspondencia toponímica. La inclusión en la lista de tanto la Bureba como La Rioja n49 nos obliga a contemplar esta cuestión. En primer lugar, dado que todas las fuentes antiguas sitúan el corónimo en el centro-norte peninsular, o bien explícitamente al incluirlo entre otros pueblos norteños n50, o bien implícitamente al relacionarlo con los suevos confinados en ese momento (finales s. VI) en la Gallaecia n51, deberíamos descartar candidatu ras como la andaluza. También rechazamos una ubicación en el Pasillo, ya que, como acabamos de ver, la evidencia arqueológico-epigráfica (la relación entre el obispo Asterio y la monarquía visigoda en Mijangos) e histórico-hagiográfica (la Vita de San Millán, conquista de Amaya por Leovigildo) sugiere que este espacio estaría integrado en el reino visigodo, a finales del siglo VI si no antes, y difícilmente sometido, por tanto, durante el reinado de Sisebuto hacia 613. Entre las otras candidaturas propuestas, la iterada mención de los suevos en las fuentes más tempranas nos hace pensar en una solución cantábrica, en detrimento de la ubicación pirenaica que emerge sólo de las fuentes más tar- días como Jiménez de Rada o Alfonso X ‘el Sabio’ n52. En fin, la ubicación de los enigmáticos rocones en el litoral cantábrico, solución favorecida por autores como García González y Besga Marroquín n53, nos parece la más verosímil. En el contexto de nuestro interés en el Pasillo, por lo tanto, podemos descartar estos episodios que no deberían enturbiar la evidencia directa de la integración de nuestro espacio dentro del Reino de Toledo a lo largo del siglo VII.

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Integración del pasillo entero en la Tarraconense

Durante el largo periodo de dominio romano, la administración interna de la Península experimentó varios cambios. Inicialmente habría una división en dos partes (Citerior y Ulterior), luego la división tripartita augustana, el sistema conventual descrito por Plinio, y las reformas administrativas de Caracalla y Diocleciano. Sin embargo, el Pasillo entero casi siempre aparece integrado en el mismo territorio, aunque éste cambiara de designación y composición: primero la Citerior, luego, y durante la mayor parte del tiempo contemplado, la Tarraconensis n54. La excepción sería el sistema conventual descrito por Plinio, que tiene la provincia Citerioris Hispaniae dividida en siete conventos: Carthaginiensem, Tarraconensem, Caesaraugustanum, Cluniensem, Asturum, Lucensem, Bracarum n55. Mientras los libienses (que entendemos como una referencia a la Libia de los berones) pertenecían al convento cesaraugustano, los autrigones se integraban en el convento cluniense. Por lo tanto, en la frontera berón-autrigona se sitúa la divisoria conventual, y se empieza a divisar la ambivalente situación de Autrigonia, ya que en adición a su tradicional orientación mediterránea (la Tarraconensis) tiende en otros momentos a mirar hacia la Meseta y el occidente peninsular: integrado primero en el convento cluniense, y más tarde relacionándose con el Reino de Asturias.

No obstante, durante la Tardoantigüedad no se aprecia esta tendencia ‘occidentalista’ de Autrigonia, y el Pasillo entero se incorpora en la Tarraconensis. Así era para Jordanes, quien describía Austrogonia como región tarraconense limítrofe con el reino suevo de Galicia, y esta misma orientación emerge del contencioso entre el obispo Silvano de Calahorra y Ascanio, el metropolitano de Tarragona n56. Silvano contraviene la ley canónica al ordenar ilícitamente a un obispo, usurpando así el poder de Ascanio. Cuando se repite la trasgresión, ocho años más tarde, Ascanio se queja formalmente al Papa Hilario. Las elites (honorati et possessores) del Alto Ebro apoyan a Silvano, e Hilario se limita a una reprimenda formal. Las civitates cuyas elites apoyaron a Silvano eran: Tarazona, Cascante, Calahorra, Varea, Tricio, Libia n57 y Briviesca.

n57. Vaticana4, 465: Turiassonensium, Cascantensium, Calaguritanorum, Veregensium, Tritiensium, Legionensium [sic] et Virovescensium. Es el estricto ordenamiento geográfico lo que nos permite identificar la Libia de los berones (yacimiento altorriojano entre Herramélluri y Leiva) detrás de la forma Legionensium, considerada errónea por todos los especialistas.

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Tres son los candidatos más verosímiles a ser la sede episcopal en la cual Silvano excedía sus poderes: Tarazona, cuyo obispo Leo había muerto asesinado por los bagaudas en 449; y dos sedes episcopales que aparecerán por vez primera en el tercer concilio de Toledo de 589, Oca y Pamplona n58.

n58. Lo que más pesa en contra de Tarazona es la distribución espacial de las ciudades que apoyan a Silvano. Que la mayoría de estas ciudades estén aguas arriba de Calahorra extraña si lo que se estaba justificando, mediante el argumento del apoyo público, era una intervención en Tarazona, al sur de Calahorra. La cuestión de apoyo popular (quizás aristocrático sería más acertado) para las acciones de Silvano parece ser clave, ya que Ascanio cita primero que las ordenaciones se hicieron “Nullis petentibus populis” (Vaticana1, 463), lo cual provoca la repuesta de los honorati et possessores de las ciudades del Alto Ebro. Si la opinión pública se tiene en cuenta, parece lógico que fuera la opinión de un público implicado en la cuestión. En este contexto sugerimos que Silvano, a partir de su base en Calahorra, buscaría apoyo en las ciudades próximas, y así la inclusión de Cascante, Tarazona y Varea, pero que se apelara a la opinión de los notables de Briviesca, Libia y Tricio es más difícilmente explicable en una operación centrada (hipotéticamente) en el eje Calahorra –Tarazona. Tampoco es que las ciudades representan la totalidad del Alto Ebro, pues falta la mayoría de las ciudades vasconas, lo cual debilita gravemente la candidatura pamplonesa. La presencia de tantas ciudades aguas arriba de Calahorra nos sugiere que el proyecto de Silvano tuviera especial relevancia a esa región. Así, la candidatura de Oca cobra protagonismo, y CASTELLANOS GARCÍA (Poder social, aristocracias y ‘hombre santo’ ..., p. 38) la considera la ubicación más probable. Menos verosímiles como sedes tan tempranas (siglo V) serían Alesanco, Ejea y Amaya, lugares que aparecen como sedes episcopales en algunas confusas fuentes postmusulmanas: el Códice Ovetense del Escorial del año 780 (Alisanco, Amaya, Segia); la Crónica Pseudoisidoriana (“Assauch [=Alesanco?], Amaya destructe sunt”); y el Kitab de al-Bakri (sólo Amaya), noticias recogidas por VALLVÉ, La división territorial de la España musulmana, pp. 216-7. Si estas noticias son fidedignas, parece probable que hagan referencia a fundaciones tardovisigodas.


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Pero al margen de la identidad de la sede involucrada, la noticia es de interés para nosotros al demostrar la pertenencia del Pasillo entero, desde Briviesca hasta Varea, a la Tarraconensis.

La integración del Pasillo en la Tarraconensis se observa también en un registro como la hagiotoponimia. Si centramos la mirada en una comarca concreta, la de Belorado, observamos que muchos de los santos venerados tienen su origen en la Tarraconensis oriental: San Vicente de Zaragoza n59, San Lorenzo de Huesca, San Félix de Gerona, que prestan sus nombres a, respectivamente, un pueblo y valle del Alto Tirón (Cogolla37), un micro-monasterio del mismo valle (Cogolla40) y un monasterio en Oca (Cogolla6). Incluso cuando los santos son originarios de otros sitios, como Eulalia de Mérida n60, cuyo nombre se recuerda en otro hagiotopónimo del Alto Tirón, la obra de Prudencio los hace parte de la tradición calagurritana, y la incidencia de advocaciones relacionadas con el Peristephanon de este autor es llamativa n61. Ésta no deja de ser una evaluación esencialmente impresionista, y sería necesario un análisis sistemático de la geografía de los diferentes cultos para confirmar la hipótesis.

n59. Oriundo de Huesca, obispo de Zaragoza y martirizado en Valencia, a veces se lo conoce como San Vicente de Valencia. Su culto estaría especialmente arraigado en Zaragoza: su túnica llevada en procesión se consideraba instrumental en la resistencia de la ciudad ante el asedio de Childeberto en 541.

n60. ¿O de Barcelona? “Tras largas polémicas historiográficas comenzadas en el siglo XVI y todavía no del todo resueltas, parece probable que las dos Santas Eulalias hispánicas fueron en su origen una misma mártir”, JIMENO ARANGUREN, Orígenes del Cristianismo en la tierra de los vascones, p. 115. De todos modos, el vínculo con Bar- celona es otro indicio del fuerte arraigo en la Tarraconensis de incluso los cultos alóctonos.

n61. Sin pretensión de exhaustividad, ofrecemos algunos otros ejemplos en la misma comarca: San Cucufato – en Cueva Cardiel, cerca de Oca; San Medel – toponimia menor de Belorado; Santa Engracia – arroyo del Alto Tirón, cf. GÓMEZ VILLAR, La Comarca de Belorado: Toponimia y Antropología, pp. 148-150

Al margen del santoral comarcal, las personas que más influencia ejercen sobre el protocristianismo del Pasillo pertenecen siempre al eje Calahorra-Zaragoza: la probable inauguración de la sede de Auka por Silvano de Calahorra, y si rechazamos esta ubicación, el indiscutible apoyo que éste recibe de los honorati del Pasillo; Braulio de Zaragoza, quien ensalza la figura de San Millán de la Cogolla, y cuyo hermano Fronimiano parece haber sido abad del protomonasterio emilianense en Berceo n62; y Didimio de Tarazona, quien antes habría ordenado como presbítero al ermitaño de la Cogolla. En cambio, no nos consta ni un solo vínculo con instituciones eclesiásticas meseteñas.

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¿La frontera berón-autrigona: la frontera diocesana Auca-Alesanco?

A pesar de que, grosso modo, el Pasillo está integrado en las mismas estructuras administrativas a lo largo del periodo pre-musulmán, sí se aprecia desde el primer momento la existencia de una frontera interna que coincide, en cuanto nuestras fuentes nos permiten fijar su trazado, con la que observamos durante el Altomedievo.

Durante el periodo romano, el espacio que nos interesa se divide, según los geógrafos greco-romanos, entre dos pueblos, los autrigones y los berones, y podemos reconstruir la geografía interna de Beronia n63 y de Autrigonia n64 a partir de estas fuentes. Parece que la línea de separación entre las dos estuvo próxima a la frontera que nos interesa y, concretamente, la práctica yuxtaposición de la Oliba / Libia berona y la Segisamonculon autrigona nos define un primer hito fronterizo en el curso medio del río Tirón n65.

n63. Las tres ciudades beronas nombradas por Ptolomeo (Geographias Hyphégesis, II.6.55) no presentan mayores problemas de identificación que los que se pueden resolver fácilmente por medio de la toponimia actual. Oliba (Libia en las fuentes latinas) se ubicaría en el extremo occidental de la Rioja actual, entre Leiva, heredero del topónimo, y Herramélluri, más próximo al yacimiento en sí. Tritión Metallón (Tritium en las fuentes latinas) correspondería al actual Tricio, importante centro productor de terra sigilata. Por último, Vareia es hoy barrio de Logroño (Varea).

n64. La geografía de Autrigonia es algo más oscura, pero, con la Geographias Hyphégesis de Ptolomeo de nuevo como fuente principal, y con algunas contribuciones puntuales de Plinio (Naturalis Historia, III.3.27) y de los itinerarios imperiales (De Hispania in Aequitania y De Italia in Hispanias), podemos incluir en ella las siguientes civitates: Tritium (Monasterio de Rodilla), Uirouesca (Briviesca), Uxama Barca (Osma de Valdegovía), Segisamonculon (Cerezo del Río Tirón), Antecuia (Pancorbo?), Deobriga (Arce Mirapérez?), Vindeleia (Cubo de Bureba?) y Salionica (Poza de la Sal?). Como se puede apreciar, las identificaciones / ubicaciones de algunas de estas civitates son menos seguras que en el caso de las beronas, y al respecto remitimos a: SOLANA SÁINZ, Las entidades étnicas ...; SANTOS YANGUAS, “Pueblos indígenas (autrigones, caristios y várdulos) y civitas romana” , p. 209; GARCÍA GONZÁLEZ, “La cuenca de Miranda de Ebro en la transición ...”, pp. 72-3; y VARÓN HERNÁNDEZ, Prospección intensiva y excavación de sondeos arqueológicos. Yacimiento de Arce-Mirapérez, p.38.

n65. Incluso se ha especulado (GOVANTES, Diccionario geográfico-histórico de España, pp. 29, 101 y 191; SOLANA SÁINZ, Los autrigones a través de las fuentes literarias, p. 20) que este hidrónimo tenga su origen en el etnónimo Autrigonia (*Riotrigón > río Tirón), pero una etimología a partir de la radical hidronímica indoeuropea *ter- / *tor- / *tur- parece más probable, cf. FERNÁNDEZ SIERRA, “Toponimia documental de la Rioja Burgalesa ...”, p. 245

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No está claro que esta frontera autrigón-berona tuviera especial relevancia étnica o lingüística, puesto que los moradores a ambos lados parecen haber sido celtas. Asimismo ambos territo- rios se incluían en la Tarraconensis, aunque el sistema conventual reforzaba esta frontera administrativa, dándola un sentido jurídico.

A partir de 589 estamos seguros de la existencia del obispado de Auka, pero al margen de su sede y su aparente extensión hacia Mijangos, no sabemos con certeza cuáles serían sus límites durante la Tardoantigüedad. Se ha sugerido que los límites diocesanos podrían representar las antiguas divisiones territoriales romanas, y el hecho de que las diócesis nacieron en muchas ocasiones durante el Bajo Imperio, y en su mayoría ya existían durante la Tardoantigüedad da alguna credibilidad a esta hipótesis.


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No puede ser más que una hipótesis, puesto que las diócesis aparecen y desaparecen a lo largo de la Tardoantigüedad e incluso durante el Medievo, y así la continuidad territorial como norma absoluta es una imposibilidad. Sin embargo, en el caso concreto de la diócesis de Auka, el parecido entre los extremos orientales de Autrigonia (descritos por Ptolomeo n66) y el límite oriental de la diócesis de Burgos (según la documentación medieval) avala la hipótesis continuista.

n66. Además del hito Libia-Segisamonculon, tenemos una referencia a un río genérico lo cual nos hace pensar en el Ebro como frontera en la cuenca de Miranda, la probable identificación de la civitas de Uxama Barca con Osma de Valdegovía, mientras, ya en la costa, se nos informa que la desembocadura del Nervión también perte- necía a los autrigones, PTOLOMEO, Geographias Hyphégesis II.6.


Pues, gracias a una serie de contenciosos plenomedievales sobre el límite entre las diócesis de Burgos y de Calahorra, tenemos una excelente idea del trazado de la frontera diocesana. Tanto el detallado censo de la diócesis calagurritana del año 1257 cartografiado por Díaz Bodegas n67 y que reproducimos (con las indicaciones fronterizas ptolomeicas superimpuestas), como un texto burgalés de 106868 permiten reconstruir una divisoria que concuerda con los límites ptolomeicos. Además, a los testimonios eclesiásticos podemos añadir otro laico, la división entre el Reino de Pamplona y el Condado de Castilla del año 1016, y aunque sólo cubre la parte serrana, avala la antigüedad de los límites diocesanos n69. En fin, nuestra hipótesis es que la geografía medieval de la diócesis de Burgos, al ser aparente heredera de la geografía autrigona, es un indicio razonablemente fidedigno de la extensión de la misma diócesis durante la Tardoantigüedad, y que, por consiguiente, la frontera tribal y conventual berón-autrigona se conservó en la geografía diocesana.

Esta impresión se refuerza con la efímera aparición en dos fuentes (ya citadas) del siglo VIII de referencias a Alesanco, en la Rioja Alta (próximo a Nájera y Tricio) y por tanto en territorio berón, como sede sufragánea de la Tarraconensis. Si tenemos que contemplar la coexistencia de dos diócesis en el Pasillo, una en Beronia y otra en Autrigonia, de nuevo, la división diocesana más probable sería la antigua frontera berón-autrigona.

Creación y ubicación del Ducado de Cantabria

El Ducado de Cantabria emerge de la documentación sólo en la cronística asturiana de finales del siglo IX, en referencia a Pedro, padre de Alfonso I n70. Se acepta la división de la Hispania tardovisigoda en ducados n71, pero en principio el concepto parece estar unido a las antiguas divisiones provinciales, y Cantabria ni había sido provincia romana ni figura expresamente como ducado en la documentación propiamente visigoda. Sin embargo, todos los especialistas coinciden en la veracidad de estas noticias asturianas, apoyadas además por la descripción de Amaya como Patricia en la Crónica de Alfonso III n72, y por el protagonismo de este centro en los acontecimientos bélicos del siglo VIII n73. Se ha sugerido que el dux Pedro, en vez de ser un dux propiamente visigodo, fuese en realidad un caudillo cántabro, independiente del sistema visigodo n74. Sin embargo, teniendo en cuenta la validez del concepto de dux dentro del sistema visigodo, y el protagonismo de Amaya Patricia, conquistada por éstos en 574, seguimos la hipótesis mayoritaria, de que el Ducado de Cantabria fue una creación visigoda.

Además de los ducados, la administración provincial tardovisigoda contemplaba otras instituciones que jerarquizaban el territorio, entre ellas los comites civitatis n75 y los obispados n76 . En teoría los comites civitatis estarían un escalón por debajo de los duces, aunque en realidad los dos papeles tendían a fundirse. En el extremo oriental del Pasillo o muy próximo a él, sabemos que hubo un comes (civitatis?) en el momento de la invasión musulmana, y analizaremos las noticias sobre el qumis (= comes) Casio y la geografía de su condado más adelante.

n70. “Adefonsus filius Petri cantabrorum ducis”, Alfonso III, #11 (versión rotense); “Adefonsus Pelagi gener rg. An XVIIIº. Iste Petri Cantabrie ducis filius fuit”, Albeldense, XV.3.

n71. GARCÍA MORENO, “Estudios sobre la organización administrativa ...”, p. 115 y ss.

n72. Alfonso III, #25. El concepto bizantino de Patricius parece relacionarse con los máximos cargos político- militares, y dentro de la Península con las civitates sedes de los dux provinciae como Lugo, GARCÍA MORENO, “Estudios sobre la organización administrativa ...”, p. 141 y ss.

n73. GARCÍA MORENO, “Estudios sobre la organización administrativa ...”, p. 140 y ss.; BESGA MARROQUÍN, Orígenes hispano-godos ..., p. 186 y ss.

n74. La idea de que hubiera duques cántabros independientes del sistema visigodo aparece en BARBERO Y VI- GIL, La formación del feudalismo ..., p. 302. Para una crítica de la idea, BESGA MARROQUÍN, Orígenes hispano- godos ..., p. 188.

n75. GARCÍA MORENO, “Estudios sobre la organización administrativa ...”, p. 124 y ss.; MARTIN, La géographie du pouvoir dans l’Espagne visigothique, p. 161 y ss.

n76. GARCÍA MORENO, “Estudios sobre la organización administrativa ...”, p. 90; MARTIN, La géographie du pouvoir dans l’Espagne visigothique, p. 191 y ss


p77

En cuanto a los obispados del Pasillo, además de Auka, documentado a partir de 589, tanto Tarazona como Calahorra parecen haber ejercido influencia sobre lo que es hoy la Rioja Alta, mientras, como ya se ha comentado, algunas fuentes post-711 nos traen noticias de la existencia de un obispado tardovisigodo en Alesanco n77.

Una cuestión de cierta trascendencia para nuestra hipótesis es la extensión física del referido Ducado de Cantabria. La hipótesis que vamos a desarrollar en los siguientes capítulos es que la geografía administrativo-militar tardovisigoda se ha quedado plasmada toponímicamente a raíz de los acontecimientos del siglo VIII. Utilizaremos como guía principal la toponimia en Quintana, y, si se acepta nuestra hipótesis, esta toponimia parece describir una entidad administrativa tardovisigoda que excluye la mayor parte de la Rioja Alta.

p78

Sin embargo, se ha sugerido que el Ducado de Cantabria incluyera la Rioja Alta: “comprendía parte de la Rioja, desde algo más al sudeste de Logroño” n78. Entre los argumentos a favor se pueden citar: la incierta ubicación de los Kantabroi koniskoi, ‘vecinos de los berones’ según Estrabón (Geographia, III 4, 12); la aparición del topónimo Cantabria en la Vita de San Millán; los topónimos riojanos actuales Sierra de Cantabria y Peña Cantabria; y varias referencias medievales, entre ellas:

– “Idem [Sancho Garcés I] cepit per Cantabriam a Nagerense urbe usque a Tutelam omnia castra” (Albeldense XX.1, siglo X);

– “Sancione in Pampilona vel in Cantabria” (Albelda28, 983);

– “senior Fortuni Oxoiz cum ipsa terra que tenet, id est Bechera, ambabus Cambaribus, Ualdearneto cum omnibus villis Cantabriensis” (Rioja3, 1040).

La mayoría de estas pruebas son compatibles con la existencia de una plaza- fuerte altomedieval en frente de la antigua Vareia. Lo que es más difícil de demostrar es la vigencia de esta Cantabria riojana en periodos anteriores. Irónicamente, la ‘prueba’ más célebre de tal Cantabria riojana (la aparición del topónimo en la ‘riojana’ Vita Sancti Emiliani) es en realidad de las más débiles: pues el contexto es de Amaya, y la ubicación de la Cantabria destruida por Leovigildo queda muy clara a partir del Códice Emilanense 39, “Cantabriae sita est In mons Iggeto iuxta fons Iberi / Et Leovildo rex destruxit” n79. Tampoco convence el argumento aducido por García Moreno a partir de la noticia de que el rey Wamba partía desde Cantabria para hostigar a los vascones n80. Vasconum podría referirse al solar del actual País Vasco, y no sólo a Navarra, lo cual permitiría un lanzamiento de la campaña desde el Ducado de Cantabria sin que éste se extendiera hasta La Rioja. Es más, el hecho de que a continuación Wamba se dirigiera hacia la Narbonense vía Calahorra y Huesca n81 es perfectamente compatible con una campaña en la Vasconia occidental, y este detalle, lejos de debilitar la ubicación occidental, como argumenta García Moreno, la fortalece, pues a partir de Pamplona, por ejemplo, no tendría tanto sentido retroceder hacia Calahorra (al sur) antes de dirigirse hacia levante, siendo más directa (directum iter) la ruta vía Ejea n82.

p79

El número de ducados en el Reino de Toledo parece haber sido 8: seis que corresponderían a las grandes provincias eclesiásticas constantinas (Galia / Nar- boniense, Galicia, Celtiberia / Tarraconense, Cartaginense, Lusitania y Bética) y otros dos de fundación visigoda y orientación militar (Asturias y Cantabria). En cambio, el número de diócesis ascendía a 82 n83. Este contraste sugiere que los ducados fuesen unas entidades de extensión considerable y, aunque no todos serían del mismo tamaño, y los dos de fundación tardía bien serían de dimensiones más modestas que los históricos, parece lógico pensar en estructuras en las cuales cabía más de una diócesis. Tendrían, por lo tanto, divisiones internas, y el enigmático obispado de Alesanco bien podría haber sido un sector oriental del Ducado de Cantabria. Si fuera así, la línea que marca quintana etc. sería una división interna del Ducado de Cantabria, la que separaba los obispados de Oca y de Alesanco.

Con todo, y al margen del indudable interés histórico de la cuestión, no nos es imprescindible resolver la cuestión de si la frontera que detectamos en el Pasillo es la frontera exterior del Ducado o una división interior (entre dos obispados). Lo importante es que en vísperas de la invasión musulmana existía una frontera administrativa (episcopal o ducal), cuyo trazado esperamos se quede nítidamente delimitado a partir de la evidencia onomástica que contemplaremos en los sucesivos capítulos.

p80

Conclusión: El pasillo durante la Tardoantigüedad

La geografía del norte peninsular dicta el papel de corredor que corresponde al Pasillo, y esta función es un hecho continuo a lo largo del periodo estudiado, tanto en periodos de paz como en los de conflicto: los pueblos celtas que entran en la Península durante el milenio anterior a la era cristiana necesariamente pasarían por el Pasillo de camino entre la Galia y la Meseta, y nos parece significativo que una de las escasas referencias directas al fenómeno de la migración celta dentro de Iberia en la literatura clásica hace referencia a nuestro espacio, cuando Estrabón nos informa que los berones participaron en esta ‘invasión’ n84. El hecho de que dos importantes vías romanas biseccionan nuestra región, juntándose en Briviesca n85, ilustra la importancia estratégica del Pasillo en periodo romano, y esta característica se observará también en todos los momentos históricos contemplados: la geografía de las agresiones suevas, la ruta tomada por Muza a partir de Zaragoza, el ensañamiento astur con el Alto Ebro hacia 750, la principal vía de ataque andalusí a lo largo del periodo califal ...

Especialmente traumática resultaría la primera mitad del siglo V: parece probable que los suevos y alanos cruzaran nuestro espacio camino a la Gallaecia; los episodios bagaudicos peninsulares (441-454) parecen concentrarse en el extremo noroccidental de la Tarraconensis; prácticamente sincrónicas serían las incursiones del suevo Requiario, con Autrigonia como blanco expreso; y a continuación la respuesta imperial de los foederati de Teodorico en 455 n86.

Quizás como consecuencia de estos acontecimientos, las cuatro ciudades más occidentales de la lista de apoyo a Silvano (Briviesca, Libia, Tricio y Vareia), referencias espaciales constantes e indiscutibles durante más de 500 años, des- aparecen de nuestras fuentes a partir de ese momento. Probablemente esto se debe en parte al laconismo de las fuentes posteriores y al ya denunciado desajuste evidencial, pero el hecho es que estas civitates no figuran ni en la Vita Sancti Aemiliani (prácticamente la única fuente que tenemos para los siglos VI-VII), ni en las razzias astures de mediados del siglo VIII, y eso a pesar de que se nombra un desproporcionado número de núcleos en estos lares n87.

p81

Tampoco aparecen en la cronística que relata las hazañas de los Banu Qasi y sus enemigos, ni jerarquizan el espacio cuando se reanuda la documentación pormenorizada referente al Pasillo en el siglo X n88.

Especialmente llamativo resulta el contraste entre Auka (Oca) y Briviesca. La nueva sede episcopal parece usurparle a Briviesca su papel como centro jerarquizante del Pasillo occidental (la Bureba). Mientras Auka se sitúa en el somontano, prestando su nombre a los boscosos montes circundantes n89, Briviesca se halla en un punto de gran importancia estratégica, en el nexo entre las dos vías romanas más importantes del norte peninsular, y sospechamos que su relativo declive se deba precisamente a esta circunstancia: el resultado del castigo que sufrirían las civitates de las principales vías durante los conflictos del siglo V. Briviesca y Tricio por lo menos no se despueblan, sólo pierden su protagonismo comarcal; el declive de Vareia y de Libia sería más pronunciado aunque hay continuidad toponímica y quizás poblacional; mientras muchos otros asentamientos romanos no disfrutan ni siquiera de este consuelo y, en el cuadrante sur-oriental de la provincia de Burgos, Pastor Díaz de Garayo observa continuidad durante el periodo visigodo en tan sólo 2 de 69 yacimientos romanos n90.

n87. Oca, Miranda, Revenga, Carbonarica, Abeica, Briones, Cenicero y Alesanco; Alfonso III, #13 (versión ‘A Sebastián’). La versión Rotense de la Crónica no incluye Briones.

n88. Otra ciudad con cierto protagonismo en las geografías e itinerarios romanos, aunque ausente del contencioso Silvano-Ascanio es Segisamunculon (Cerezo del río Tirón). No tenemos ningún indicio fidedigno, literario o arqueológico, de la ocupación de este asentamiento entre los periodos imperial y condal. En cuanto al registro literario la continuidad que esboza PÉREZ DE AVELLANEDA (Cerezo de Río Tirón, pp. 77-85) descansa en testimonios de valor más que dudoso como el apócrifo Cronicón de Hauberto (Hispalense), obra del célebre falsificador Lupián ZAPATA, cf. CARO BAROJA, Las falsificaciones de la historia, pp. 99-102. Sin embargo, notamos que en el periodo condal rápidamente recuperará cierto protagonismo comarcal: “iudicem in Cereso [...] comite Fredinando in Cereso et in Grannione”, Cogolla23, 936.

n89. “In serra et in monte de Auca” (Cogolla40, 945); “in aliis montibus de civitate de Aucha” (Cogolla37, 945); uso conservado hasta el presente como los Montes de Oca.

n90. PASTOR DÍAZ DE GARAYO, Castilla en el tránsito ..., pp. 41-2

p82

En resumen, contemplamos un espacio traumatizado y quizás militarizado, con indicios de un debilitamiento de las antiguas civitates que jalonaban las vías romanas. No obstante, el Pasillo sigue funcionando básicamente como tal; no se ha bloqueado; no se ha formado ninguna frontera impermeable. Lo que sí habría es una frontera esencialmente administrativa, probablemente diocesana, y quizás también ducal, aunque no podemos saber con certeza los límites del Ducado de Cantabria. Por poderes administrativos en la Hispania tardovisigoda se entienden esencialmente condes, obispos y duques, con responsabilidades militares además de las civiles, sobre todo en las zonas próximas a los enemigos del estado tardovisigodo: vascones, rucones y francos. Sugerimos que las diferentes reacciones de estos poderes ante el hecho de la invasión musulmana marcarían profundamente el futuro de la región y conduciría a la creación de una frontera mucho más trascendental que la antigua divisoria. Peterson2009/4 Peterson2009/5 Peterson2009/6 Peterson2009/7 Peterson2009/8 p225

Castilla-Álava: nexo político-cultural

El nexo geopolítico castellano-alavés, 759 a 959

Durante los siglos VIII-X se observa un acercamiento entre Álava y los cambiantes poderes al poniente: primero el Reino de Asturias, luego el de León y al final del periodo el Condado de Castilla n1. Para Besga Marroquín esta relación se remontaría incluso al reinado de Alfonso I n2, pero las primeras constataciones concretas del nexo entre los dos espacios aparecen un poco más tarde, durante el reinado de Fruela I. Éste contrae matrimonio con la alavesa Munnia n3, y aun- que esta unión nace aparentemente del conflicto, si añadimos la noticia de la insólita fundación del convento de San Miguel de Pedroso (Cogolla1), en una zona que luego revela lazos onomásticos con el occidente alavés, y algunas de cuyas monjas fundadoras ostentan nombres aparentemente vascos, parece que el nexo castellano-alavés ya es una realidad en 759.


n1. En general, la mejor introducción a estos acontecimientos sigue siendo la obra de MÁRTINEZ DÍEZ, Álava medieval.

n2. “... los vascones más occidentales (Álava y Vizcaya) habían entrado en relación con el rey Alfonso I”, BESGA MARROQUÍN, “La independencia de los vascones”, p. 20.

n3. Alfonso III, #16.

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Álava reaparecerá en las crónicas, y gracias de nuevo a la unión Fruela-Munnia, cuando su hijo, Alfonso II, se refugia en Álava entre su familia materna durante seis años (aproximadamente 783-788) n4 . Luego, la ascensión de este Alfonso al trono asturiano coincidiría con el comienzo de una serie de aceifas califales que aseguran a Álava un lugar constante en las crónicas musulmanas durante los cincuenta años de su reinado y también durante la segunda mitad del siglo IX n5. Se consolida la frase ‘Álava y al-Qila’ como objetivo genérico de las aceifas, plasmación cronística del nexo castellano-alavés que forma el trasfondo político de la corriente cultural que observaremos a continuación.

En 882-3, observamos una estrecha colaboración militar entre los respectivos condes de Álava y Castilla, Beila Jiménez y Diego Rodríguez, para imposibilitar que los musulmanes franqueasen los Montes Obarenes n6. Aquí, además, parece hacerse explícita la integración de Álava en el reino astur cuando se nos relata que los sarracenos ya habían entrado en ‘nuestro’ reino (in terminos regni nostri) cuando estaban ante Cellorigo, defendido por el conde de Álava, pues, a pesar de su nombre, la parte de la Crónica Albeldense que nos ocupa aquí parece ser de factura ovetense n7. Sólo después entrarían en Castilla al llegar a Pancorbo. La implicación es clara: por lo menos la cuenca del río Ea, a los pies de los Obarenes (y de Cellorigo), es a la vez parte del reino de Asturias pero fuera de Castilla. Protegida esta pequeña comarca por el conde de Álava, quizás el valle comitis de Rioja33 (y Calzada149), parece que un de facto Álava se extendía al sur del Ebro y al sur de los Obarenes.

De nuevo, en 923, observamos colaboración militar de los dos condados bajo la tutela de la monarquía astur, cuando tanto el conde castellano, Fernando Díez, como su equivalente alavés, Álvaro Harramélliz, acompañan al rey leonés Ordoño II en Nájera, firmando uno tras el otro, en una réplica diplomática (Rioja1) de esa colaboración cronística de sus antepasados 40 años antes en los Montes Obarenes n8. Por último, la colaboración se formalizaría en el mando único de Fernán González: in Alaba et in Castella Fredinando Gundesalviz comitatu gerente (Arlanza13, 932).

p227

Este nexo, esencialmente político, parece haber contribuido también al flujo de gentes, o por lo menos de su antroponimia. Además de las mencionadas monjas de Pedroso, en el testamento de Alfonso II, del año 812, se observa abundante antroponimia de origen vasco en un contexto asturiano n9, mientras en la dirección contraria, en 871 (Cogolla10) Arroncius hace una donación a San Vicente de Acosta de unas tierras alavesas, citando en el diploma a sus abuelos leoneses.

En este contexto, cobran interés algunos comentarios que se encuentran en las fuentes musulmanas y que han sido consideradas erratas por algunos comentaristas n10.

n10. “... aunque más tarde, en 965, se dice que Galib incursionó por tierras de Álava apoderándose de la fortaleza de Gormaz, se trata, como puede observarse, de un error geográfico, ya que Gormaz está junto al Duero, y lo mismo pasa cuando Almanzor derrota al conde castellano García Fernández en 990, apoderándose de la mitad de la región de Álava y del castillo de Osma”, CAÑADA JUSTE, “Álava frente al Islam”, p. 146.

En cada caso se observa la tendencia de los cronistas árabes a considerar las comarcas más orientales del reino astur-leonés como alavesas, incluso en contextos muy alejados de la actual provincia vasca:

– 934, “la primera parada del ejército en el país de Álava fue en la fortaleza de al-Manar (el Faro), conocida por Grañón” n11.

– 939, “Simancas en el país de Álava” n12.

– 965, “Galib incursionó por tierras de Álava apoderándose de Gormaz” n13.

– 990, “Almanzor derrota a García Fernández apoderándose de la mitad de la región de Álava y del castillo de Osma” n14.

n11. IBN HAYYAN, al-Muqtabis V, p. 253. Aquí parece haber algo de confusión en torno al nombre de Grañón, acaso confundido con Haro, lo cual podría restar algo de credibilidad a la identificación de nuestra Álava meri- dional, pero el relato de Ibn Hayyan, así como la aceifa, prosigue y confirma la idea de que tierras al sur del Ebro fueron consideradas alavesas por los cronistas árabes: pasando por Oña, se recorre “todo el país de Álava” antes de “hacer alto en Clunia, primer confín de Yilliqiyya”.

n12. IBN HAYYAN, al-Muqtabis V, p. 335.

n13. CAÑADA JUSTE, “Álava frente al Islam”, p. 146.

n14. CAÑADA JUSTE, “Álava frente al Islam”, p. 146.

p228

Es más, en la descripción de Al-Maqqari de la aceifa de 934, después del pacto con la reina Toda que nos permite fijar el año, el ejército califal se dirigió hacia Álava sin más, único corónimo empleado n15. En otras palabras, tenemos una aceifa que, gracias a la existencia de otras fuentes, sabemos adentrarse en tierras castellanas, pero que en una fuente, la de Al-Maqqari, se identifica con un solo corónimo: Álava. Si dependiésemos exclusivamente de Al-Maqqari, tendríamos que considerar ésta como otra aceifa contra la Llanada alavesa, y nos preguntamos si no habrá más casos donde el corónimo Álava remita a otras realidades geográficas que esa Álava nuclear, pues, como se aprecia, este uso genérico del corónimo no es exclusivo de Al-Maqqari.

p229

Otro ejemplo del uso del corónimo Álava para referir al conjunto castellano- alavés es el relato de Ibn-Hayyan del asedio de Calatayud en 937, cuando unos 330 caballeros cristianos murieron ayudando al disidente tuchubí Mutarrif ibn Mundir. Inicialmente se hace referencia a una petición de apoyo “a los infieles de Álava y al-Qila”, pero a continuación todas las referencias son exclusivamente a alaveses: “los infieles de Alava ... los condes infieles de Alava ... 50 condes y principales de Alava” n16. ¿Dónde están los de al-Qila? El elevado número de condes, aun admitiendo la tendencia hiperbólica de estas fuentes, nos hace sospechar que estas referencias no sean sólo a Álava en el sentido actual, sino que, a partir de la referencia inicial a los infieles de Álava y al-Qila, los a continuación denominados ‘alaveses’ son en realidad alaveses y castellanos.

Hay una tendencia hacia la generalización en el uso de los corónimos cristianos por parte de los cronistas árabes, lo cual es de esperar de una perspectiva alóctona, y por ejemplo se utiliza la voz Yilliqiyya (Chalmeta la transcribe Gilliqiya), a partir de la Gallaecia romana, para referirse a todo el Reino de Asturias, desde Castilla hasta Galicia n17. En este contexto, el observado uso árabe del corónimo Álava es, en cierto modo, genérico e impreciso, ya que en las fuentes autóct nas (la diplomática cristiana) no hay eco de esta extensión del corónimo hacia tierras al sur del Ebro, pero, por otro lado, el genérico uso árabe se fundamenta en cierta lógica geopolítica, y se aplica con cierta constancia. En fin, quizás sea un uso genérico, pero en absoluto gratuito, y rechazarlo como una mera errata obvía unos matices geopolíticos muy interesantes.

Pues para los autores árabes, por lo menos durante el siglo X, el corónimo Álava se extiende consistentemente a un espacio mucho más amplio que la actual provincia, que incluye las tierras entre Oña y Osma, entre Grañón y Gormaz; en otras palabras, lo que entendemos por la mitad oriental de la Castilla condal. Aquí es de singular relevancia el adjetivo ‘condal’, ya que la unidad política que se forjó bajo Fernán González durante el siglo X en sus orígenes fue alavesa además de castellana, y sólo con el tiempo acabaría imponiéndose la parte castellana del binomio. En la diplomática las referencias a Castilla dominan, pero más en la documentación propiamente castellana (la de Cardeña, por ejemplo) que en la alavesa (Salcedo) o en la de zonas ‘castellanas’ más orientales (Valpuesta, Cerezo) donde se relaciona al gran conde con ambos territorios n18.

n18. En los siguientes diplomas de Fernán González se hace referencia a ambos condados: Arlanza13, 932; Co- golla24, 936; Cogolla27, 937; Valpuesta25, 950; Valpuesta27, 950; Valpuesta28, 950; Valpuesta29, 950; Valpuesta31, 952; Cardeña91, 957; Cardeña143, 969.

p230

Esta unificación política de Castilla y Álava bajo el mandato de Fernán González y sus descendientes haría que aceifas que penetraban en territorio astur-leonés por el tramo soriano del Duero se encontrarían con los mismos enemigos que si entraban por el Pasillo. Así, desde la perspectiva andalusí, tiene tanto, y quizás más, sentido describir a los condes Fernán González o García Fernández como alaveses, que como castellanos, y efectivamente en las fuentes arábigas el corónimo Álava es tan predominante como lo es el de Castilla en las cristianas n19.

n19. De hecho, IBN JALDUN se refiere a García Fernández como Señor de Álava, citado en CASTELLANOS GÓMEZ, Geoestrategia en la España musulmana – Las Campañas Militares de Almanzor, p. 101. Cf. también, MARTÍNEZ DÍEZ, Álava medieval, p. 76.

Así sospechamos que la extensión del córonimo Álava a tierras sorianas es el resultado de la combinación de dos factores: el uso genérico de algunos corónimos por los autores árabes; y la unificación de los condados de Álava y de Castilla bajo Fernán González y sus descendientes.

Esta coyuntura política nos ofrece un claro contexto cronológico, el siglo X, en el cual encajan las referencias cronísticas arriba citadas. Otra cuestión es la lectura que deberíamos hacer del corónimo Álava en periodos anteriores a la unión de los dos condados. ¿Podemos estar seguros que referencias árabes a Álava durante el siglo IX necesariamente se circunscribiesen a la Álava actual, al norte del Ebro?

De nuevo, el testimonio clave es el de la Crónica Albeldense, a partir del cual se vislumbra un espacio (¿el valle comitis?) al sur de los Montes Obarenes defendido por el conde de Álava e integrado en el Reino de Asturias, pero no una parte de Castilla. ¿Ya en el siglo IX esta parte del Pasillo se consideraba alavesa por algunos cronistas árabes? Si fuese así deberíamos reexaminar la geografía de algunas de las múltiples aceifas dirigidas contra Álava y al-Qila a lo largo del siglo IX, cuando la Álava nuclear, en términos geoestratégicos a escala peninsular, resulta algo periférica en un conflicto entre Córdoba y el Reino de Asturias, pero es nombrada una y otra vez como blanco de las campañas andalusíes.

p231

¿Algunas de estas menciones de Álava no serán en realidad referencias al Pasillo?, pues para cualquier aceifa procedente de la Marca Superior, y que se dirigiera por el Pasillo hacia la Meseta septentrional, el primer territorio astur-leonés encontrado sería esta ‘Álava meridional’, antes de entrar en Castilla (al-Qila).

Para tomar un ejemplo concreto, según la lectura de Corriente y Maqqi de al- Muqtabis II-1, el puerto que daba acceso a Álava durante la aceifa de 823 se llamaba Gbwlyn o Gbwlyr, lo cual se traduce como ‘Cebollino’ o ‘Cebollero’ n20.

n20. IBN HAYYAN, Crónica de los emires Alhakam I y ‘Abdarrahman II entre los años 796 y 847 [Almuqtabis II-1], p. 282, n. 584, “Desde un punto de vista paleográfico, todas las variantes confluirían en >Gbwlyn< o >Gbwlyr<, o sea, “Cebollino” o “Cebollero”, término bastante frecuente en la toponimia hispánica”. Antes, a partir de Ibn Idhari, se interpretaba este topónimo como G.rnyq, y se contemplaban varias ubicaciones de la actual País Vasco, entre ellas el despoblado alavés de Guernica y el puerto de Azaceta.

Esto nos hace pensar en la sierra soriano-riojana de ese nombre y el prácticamente homónimo asentamiento burgalés (en las Merindades). No proponemos ni la sierra ni el pueblo como identificaciones firmes, sino como posibilidades a contemplar, a modo de demostrar como la relectura del uso coronímico de Álava en las fuentes arábigas podría afectar nuestra comprensión de la geografía de las aceifas musulmanas.

Por otra parte, a la vez existían fuerzas y tendencias contrarias a esta inclinación astur-leonesa de Álava. Por ejemplo, su inclusión entre los ‘territorios siempre poseidos por sus habitantes’ de la Crónica de Alfonso III, todos ellos al este del Ducado de Cantabria, y evidentemente también el hecho lingüístico orienta a Álava hacia Navarra. En la esfera política veremos un progresivo acercamiento entre Álava y Navarra durante el siglo X, gracias en gran medida a la política matrimonial de la reina Toda n21 (Martínez Díez 1974). Si hasta mediados del siglo X Álava se encuentra en la órbita política astur-leo- nesa n22, no es fácil averiguar, a partir de la fragmentada documentación, cuándo empieza la posterior hegemonía navarra.

n22. El testamento de Didaco Beilaz (Cogolla64, 952), uno de los poquísimos textos tempranos referentes a Álava, cita como autoridades a rex Ordonio in Legione et comite Fredinando in Castella, mientras las referencias a Fernán González como conde in Álava se suceden con cierta regularidad hasta 957 (Cardeña91), cf. MÁRTINEZ DÍEZ, Álava medieval, pp. 72-3.

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La expansión de Navarra hacia el oeste durante el reinado de Sancho III el Mayor supone la fecha ante quem para la integración de este espacio en el Reino de Navarra, y en el otro extremo notamos la derrota de Fernán González en Cirueña hacia 959 que creemos contribuye a la pérdida de San Millán, hasta entonces bajo control castellano, y quién sabe si otras posesiones condales también, aunque hasta 969 (Cardeña143) todavía se encuentran aisladas referencias al dominio del conde sobre estos territorios.

Más específicamente, tenemos noticia de la intervención de Sancho II Garcés Abarca en asuntos alaveses en 984 (Cogolla98), y para Ubieto Arteta este reinado vería el de facto control navarro sobre la llanada alavesa n23 (Ubieto Arteta 1953:66), aunque Martínez Díez aboga por el mantenimiento de control condal durante todo este periodo n24 (Martínez Díez 1974:75-79). Más al oeste, la Cuenca de Miranda y Valdegovía seguirían bajo control castellano-leonés, pues en 988 (Cogolla100) en un texto referente a Salinas (de Añana) se hace referencia al rey Vermudo de León, y a los condes castellanos. En Cogolla98 la onomástica de la casta magnaticia alavesa es todavía mayoritariamente de tipo castellano y no navarro n25, y después del monarca pamplonés se cita como autoridad secundaria al conde castellano. En resumen, éste parece ser un periodo durante el cual se sentía la influencia de ambos poderes en la llanada alavesa, pero al margen de la dificultad de precisar el momento de control navarro sobre Álava, constan por lo menos dos siglos de acercamiento político entre Álava y el reino astur-leonés.

n25. Cogolla98 (984) y Cogolla100 (988): Sarracin(ez), Álvaro, Oveco, Munio, Didaco y Balza se pueden considerar como nombres occidentales, sólo Lupe es típico de la onomástica navarro-pirenaica. Estas clasificaciones se explicarán más detenidamente a continuación


n25. Cogolla98 (984) y Cogolla100 (988): Sarracin(ez), Álvaro, Oveco, Munio, Didaco y Balza se pueden considerar como nombres occidentales, sólo Lupe es típico de la onomástica navarro-pirenaica. Estas clasificaciones se explicarán más detenidamente a continuación.

Un espacio cultural

Creemos que entre aproximadamente 755 y 924 el valle del Oja funcionaría como frontera política de facto entre al-Andalus y el Reino de Asturias, y que este hecho se ha plasmado en diversos registros onomásticos que coinciden en Castilla y en Álava, sin dejar huella en la Tierra de Nájera: plasmaciones onomásticas del ya observado nexo político castellano-alavés. En concreto analizaremos:


– la toponimia vasca al sur del Ebro,

– la hagiotoponimia referente al culto de San Millán,

– y la antroponimia, con especial énfasis en la distribución del nombre Oveco.

p233

En los tres casos emerge la misma distribución espacial: los registros coinciden en los espacios montañosos al norte y al sur de la Rioja Alta y en tierras castellanas al oeste de la divisoria diocesana, formando así un espacio culturalmente homogéneo que rodea la Tierra de Nájera, pero sin incluirla.

Mención aparte merece la ya analizada distribución de la toponimia en Quintana. Ésta, a diferencia de los tres registros que creemos ilustrar la realidad del nexo alavés-castellano, apenas tiene una vertiente alavesa, y tampoco abunda en la Sierra de la Demanda. En el Pasillo en sí, en cambio, sí respeta la frontera que nos interesa. Es más, la marca y la define mejor que cualquier otro registro. Creemos que la explicación de las diferencias reside en la cronología de los fenómenos y las cambiantes circunstancias políticas: mientras la toponimia en Quintana tendría su origen en el reparto de tierras después de la conquista musulmana del Ducado de Cantabria, los otros fenómenos obedecen a una dinámica (el nexo alavés-castellano) que surge después de la debacle musulmán de mediados del siglo VIII. En ambos casos, no obstante, en el Pasillo en sí la divisoria es la misma: primero, entre mandos militares tardovisigodos heredados por los musulmanes, y después convertido en frontera astur-andalusí.

p234

El río Oja como divisoria antroponímica

La ausencia de referencia diplomática al valle del río Oja hasta la segunda mitad del siglo XI nos brinda la oportunidad de contrastar la onomástica de los dos lados del río, que denominaremos la Bureba y (Tierra de) Nájera. Lo que emerge es una divisoria onomástica relativamente bien definida, evaluación que trataremos de ilustrar estadísticamente con la incorporación de datos de otros espacios próximos estudiados en Antroponimia y Sociedad n26. Utilizaremos estos estudios y contrastaremos sus resultados con lo que observamos en la Bureba y en la Tierra de Nájera.

A continuación contrastaremos la frecuencia con la cual cada nombre de varón aparece en cada región a partir de la diplomática anterior al año 1050. En la tabla que adjuntamos contemplamos los 16 nombres masculinos más frecuentes en cada región, situados en orden de frecuencia. Ya en el primer puesto se aprecia una diferencia entre las tierras castellanas (Castella, Burgos, Bureba) donde domina el nombre Muño, y las navarras (Nájera y Navarra) donde Sancho es el nombre más común. Los espacios contemplados, y fuentes utilizadas, son los siguientes n27:

  • – Castella Vetula n28
  • – Alfoz de Burgos n29
  • – La Bureba (análisis propio, a partir de la documentación emilianense)
  • – Tierra de Nájera (análisis propio, a partir de la documentación emilianense)
  • – Navarra n30

n26. GARCÍA DE CORTÁZAR et alii, Antroponimia y Sociedad. El espacio que centra nuestro interés ya fue contemplado en este proyecto, pero en el análisis de La Rioja se juntaban datos de ambos lados del Oja, cuando proponemos contrastar la antroponimia de los dos lados de ese río.

n27. Excluimos los datos de otras regiones incorporadas en el proyecto Antroponimia y sociedad, por ser éstas más alejadas, por haber sido analizadas por autores con divergentes criterios y metodologías, o por existir significativas variaciones cronológicas, caso por ejemplo del País Vasco (LIBANO ZUMALACARREGUI, “La Antroponimia en Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya en los siglos X a XIII”, pp. 259-282) con datos relativamente tardíos.

n28. GARCÍA DE CORTÁZAR, DÍEZ HERRERA, PEÑA BOCOS, “Antroponimia y sociedad del Cantábrico al Ebro en los siglos IX a XII”, pp. 219 y 221. 29. GARCÍA DE CORTÁZAR, DÍEZ HERRERA, PEÑA BOCOS, “Antroponimia de Burgos y su alfoz en los siglos X al XII”, p. 239.

n30. En realidad se trata sólo de la documentación de San Salvador de Leire referente a Navarra, GARCÍA DE CORTÁZAR, “Antroponimia en Navarra y Rioja en los siglos X al XII”, p. 294.

p236

A partir de esta tabla ya se observa una división llamativa entre la Bureba y la Tierra de Nájera, y en general entre tierras castellanas y otras navarras, la cual denominamos la divisoria onomástica del Oja, y que definimos como,

  • – la ausencia o relativa escasez en la Tierra de Nájera de los nombres más típicos de Castilla (Muño, Oveco, Diego, Gonzalo);
  • – la menor presencia (cuando no ausencia) en Castilla de los nombres navarros dominantes en Tierra de Nájera (Sancho, García, Fortún, Eneco);
  • – y, a un nivel más pormenorizado, la ausencia de la Tierra de Nájera de algunos de los nombres más representativos de la Bureba (Álvaro, Sarrazín, Assur)

p237

Análisis diacrónico

Nuestra hipótesis es que la divisoria tiende a desaparecer, y que con nuestra documentación mayoritariamente del siglo XI asistimos a la homogeneización de la onomástica del Pasillo, y la erradicación de la antigua divisoria, ya que por un lado se simplifica y se homogeneiza el corpus onomástico en todo el norte peninsular n31, mientras cambios geopolíticos hacen que, a partir de la segunda mitad del reinado de Sancho el Mayor (aproximadamente 1020 en adelante), la frontera política del Oja también deja de funcionar como tal. Por lo tanto, la divisoria onomástica visible todavía en la documentación emilianense de la primera mitad del siglo XI es un fenómeno anterior, ya en decadencia cuando lo observamos.

Así se pone de relieve la naturaleza retrospectiva de nuestra metodología. La antroponimia recordada en la diplomática es necesariamente retrospectiva en el sentido de que los protagonistas de estos textos, generalmente mayores de edad e incluso de cierto rango social cuando aparecen en la diplomática, necesariamente han recibido sus nombres por lo menos una generación antes de su aparición diplomática. Estadísticamente podemos contemplar un lapso medio de 25-30 años entre bautismo y aparición diplomática. Por lo tanto, si queremos observar las tendencias onomásticas anteriores a la desaparición de la frontera del Pasillo (hacia 1020-30), podemos utilizar la documentación hasta el año 1050. Asimismo, esto nos permite utilizar los datos recogidos en varios estudios presentados en Antroponimia y Sociedad, y que utilizan este año para estructurar la información expuesta.

Oveco

“De procedencia discutida”, se ha sugerido una etimología vasca para este nombre, a partir de hobe = ‘mejor’ y el sufijo diminutivo –co (que daría también Enneco, por ejemplo), pero también habría que contemplar un origen latino n32.

n32. SALABERRI ZARATIEGI, Euskal deiturategia: Patronimia, p. 223; MICHELENA, Apellidos vascos, p. 20.

Al margen de su etimología, un seguimiento cartográfico del nombre a partir de la documentación emilianense demuestra un llamativo contraste entre abundancia en la Bureba (44 casos) y su práctica ausencia de la Tierra de Nájera (2) n33 . Éste es el contraste onomástico más diáfano de cuantos hemos observado entre los dos lados de la frontera del Pasillo.

p240

El culto de san Millán

Cuando se observa la geografía del culto del santo de Berceo, parece pertinente distinguir entre un santo riojano y un culto castellano. Hablar de un santo riojano supone pecar algo de anacronismo, pero concuerda con la geografía actual del centro cultual, y también con la geografía de gran parte de los acontecimientos relatados en la Vita. El culto, en cambio, fue plenamente castellano, y este calificativo coronímico no supone anacronismo alguno. Como se aprecia en el mapa adjuntado, la geografía del culto corresponde bien con el Condado de Castilla y otras estructuras políticas vinculadas a él (esencialmente el Condado de Álava). La correspondencia espacial entre culto y estructura política apunta hacia una cronología común, e incluso se intuye un proyecto político detrás del auge de un culto que se identifica insistentemente con el Condado: el papel que ejerce San Millán en el Poema de Fernán González n40; la noticia de peregrinajes ancestrales desde Lara n41, el solar más mitificado de la familia condal castellana; y el uso del hagiónimo para nombrar el punto más emblemático de la Demanda castellana n42.

Pero al margen del simbolismo del culto, notamos que en términos puramente geográficos, de nuevo, estamos ante un fenómeno cultural presente en Castilla y en Álava, pero ausente de la Tierra de Nájera; el mismo patrón observado antes con Oveco y que se observará más adelante con la toponimia vasca. El culto se extiende por toda la provincia de Álava, incluso hasta Zuazo, Larrea y San Román de San Millán en el extremo oriental de la llanada, y hasta Barriobusto en la Rioja alavesa. No obstante, como hemos mencionado antes en referencia a la antroponimia, el testimonio diplomático medieval alavés resulta algo lacónico, y la vertiente alavesa del culto se aprecia mejor con referencia a las devociones parroquiales actuales n43, recurso metodológico no disponible (evidentemente) para el estudio de la antroponimia medieval.

n43. GARCÍA FERNÁNDEZ, Laguardia en la Baja Edad Media, p. 79. MARTÍNEZ DÍEZ, “El Monasterio de San Millán y sus Monasterios Filiales”, p. 19.

Volviendo a la documentación medieval, de nuevo se observa el contraste entre una proliferación de apariciones al oeste, norte y sur de la divisoria del Oja, y la relativa escasez de las mismas al este, donde, al margen del ‘centro’ del culto en Berceo, encontramos tan sólo dos dedicaciones (ambas tardías) al santo de la Cogolla: una en Alesanco y otra en Quel n44.

n44. MARTÍNEZ DÍEZ (“El Monasterio de San Millán y sus Monasterios Filiales”, p. 11) menciona un monasterio dedicado a San Millán en Badarán que sería incorporado al dominio del gran cenobio homónimo en 1094, pero no encontramos referencia diplomática alguna a tal cenobio, y quizás el error se debe a la mala lectura (“San Millán en Badarán” y no “San Millán de Badarán”) de la reseña de Cogolla2/235, puesto que Martínez cita el año 1094, probable fecha de este texto. La presencia del culto también parece residual en Navarra, con sólo San Millán de Lete como decanía de Santa María de Irache, GARCÍA FERNÁNDEZ, Santa María de Irache (958-1557). Una presencia testimonial de este tipo no contradice la esencia de nuestro argumento en este apartado: que el culto se concentra en tierras vinculadas a Castilla hasta el cambio de Milenio, a pesar de llevar actualmente la etiqueta de ser un culto riojano. Notamos también que el culto no recibe mención en la obra de JIMENO ARANGUREN sobre los Orígenes del Cristianismo en Navarra.

El hecho de que el supuesto ‘centro’ cultual es totalmente excéntrico resalta la descompensada distribución espacial. A pesar de la importancia plenomedieval del cenobio de la Cogolla y su aparente promoción por la corona navarra, el culto en sí apenas deja huella en la Tierra de Nájera, y sospechamos que la promoción navarra del culto fuese únicamente como herramienta para afianzarse las comarcas orientales de Castilla.

n45. Aquí dividimos el espacio contemplado según la realidad política durante la mayor parte del siglo X, también representada por sendas líneas que marcan la divisoria en la Sierra de la Demanda (según el texto de 1016) y en el Pasillo en sí: así los lugares corresponden o bien a Navarra (que incluye aquí la parte de La Rioja controlada por la monarquía pamplonesa durante ese siglo) o a uno de los dos condados de Castilla y Álava.

p243

Como antropónimo el nombre Emilianus / Millán tiene un perfil muy discreto en la documentación manejada. En toda la documentación emilianense anterior a 1076 no hallamos ni una sola aparición como nomen (de 1709 nomina), mientras en la documentación no emilianense observamos tan sólo una aparición de este antropónimo anterior a 1070 n46, mientras la primera aparición ‘riojana’ no se da hasta 1071 (Valvanera59). Sin embargo, en este caso no es una cuestión de diferenciación espacial; ya que el nombre tampoco aparece en los índices ‘castellanos’ de Cardeña. Simplemente, parece que el nombre no estaba ‘de moda’ en el siglo X y las primeras décadas del siglo XI.

A partir de 1070, en cambio, sí empieza a aparecer el nombre en la diplomática manejada n47. Si aceptamos que el debut diplomático de un individuo tiende a ser cuando éste ya ha madurado lo suficiente como para aparecer en una documentación que nombra casi exclusivamente a poseedores de derechos inmobiliarios n48, podemos adelantar el relanzamiento del culto una generación antes de la reaparición diplomática del nombre. Así el uso del nombre sería propio de los bautismos de la primera mitad (segundo cuarto) del siglo XI, el momento en que la corte navarra se instala definitivamente en Nájera y se inclina hacia la expansión occidental, características del reinado de García de Nájera (1035-1054), y de la segunda mitad del reinado de su padre Sancho el Mayor (1004-1035). Así se recupera la memoria de un santo tradicionalmente venerado en las comarcas occidentales de Castilla, pero cuyo culto se centra a escasa distancia de Nájera, a la vez que se expande el dominio navarro-najerense hacia estas mismas comarcas.

n46. Hacia 1028 en Valdegovía (Cogolla136), como patronímico: Monnio Milianiz.

n47. Miliane (Valvanera59, 1071), Miliane Schierdo (Cogolla2/23, 1079), domno Milian (1081, Cogolla2/35), Mi- lian Munnioz (1083, Cogolla2/59), Miliano (1087, Cogolla2/169), Millan Beila (1087, Cogolla2/155), Milian (1101, Cogolla2/285), Milian Iohanne (1127, Cogolla2/353), Emilianus Fornarii (1132, Rioja102), Milian (1167, Cogo- lla2/408) y Petrus Milian (1192, Cogolla2/471).

n48. Miliane (Valvanera59, 1071) tiene mujer e hijos y es, por tanto, mayor de edad; mientras la siguiente aparición (Cogolla2/23, 1079) del nombre es gracias a los hijos de Miliane Schierdo

Pero necesariamente supone un relanzamiento del culto, pues mucho antes de este uso antroponímico tardío, se observa el ya comentado uso hagiotoponí- mico limitado a la área castellano-alavesa, uso cuya falta de correspondencia con la antroponimia castellana del siglo X nos hace pensar en un origen aun más temprano.

p244

Tenemos referencias tempranas (anteriores a 950) a templos dedicados al santo en Tresores (Montes Obarenes) n49, en Salcedo (Álava) n50 , en Abecia (Álava) n51, y en Hiniestra (Montes de Oca)52 además de en la Cogolla (Demanda), mientras San Millán de Revenga (Alfoz de Lara) es un monasterium desertum ya en 1008 n53. Además, los cenobios de Salcedo y de Hiniestra son pro- tagonistas de mucha de la temprana documentación conservada en el Becerro Galicano de San Millán de la Cogolla, y parecen instituciones de cierta enjundia ya a principios del siglo X y en absoluto fundaciones ex novo.

Sugerimos, por tanto, que el culto a San Millán experimenta distintos momentos de auge:

1. Periodo visigodo (ss. VI - VII). Braulio de Zaragoza inmortaliza al ermitaño de Berceo hacia 636; quizás se utiliza este culto como instrumento evangelizante en Álava.

2. Periodo protocastellano. El origen de la mayoría de los cenobios y topónimos que llevan esta dedicación, no tiene por qué haber un lapsus en el culto entre este periodo y el anterior, pero la ausencia del culto en La Rioja y su aparición en Álava sugiere un auge durante el periodo 760 a 900.

3. Siglo X. Extraña ausencia del uso del nombre como antropónimo, pero gran arraigo ya como hagiotopónimo, y el culto en sí aún tiene cierta importancia como indica la referencia a monarcas leoneses de mediados del siglo X (Ordoño III o IV) en el acuerdo reafirmado por Sancho de Peñalén que garantizaba acceso al cenobio para peregrinos castellanos (Cogolla408, 1073).

4. Periodo riojano. De 1025 en adelante (se manifiesta sólo a partir de 1070 entre la antroponimia), y promovido por intereses geopolíticos navarros, este periodo verá la inauguración del monasterio de Yuso, y la agregación a San Millán de gran número de monasterios. Peterson2009/10 < Peterson2009

Onomástica semítica en la Castilla Condal

p267

Así, de aceptar la hipótesis inmigracionista, tendríamos que contemplar que no sólo fuese la primera generación inmigrante que trajera consigo onomástica árabe, sino que se perpetuara la tendencia arabizante durante varias generaciones, un comportamiento cuando menos extraño entre una oleada de inmigrantes teóricamente huyendo de la arabización forzada. Pero nos adelantamos, y estudiaremos la hipótesis mozarabista y su aplicabilidad al caso burgalés pormenorizadamente más adelante. Mientras tanto, nos quedamos con el hecho de la aparición de un nombre árabe dentro de una familia aparentemente asentada en Castilla desde hace dos o tres generaciones.

Ya hemos sugerido que la onomástica semítica en Castilla es esencialmente un fenómeno decadente cuando lo observamos en el siglo X, y lo es objetivamente en el sentido de que desaparecerá pronto: por ejemplo, con la excepción del nombre Abiron, la antroponimia cardeniense en Ab- apenas sobrevive el cambio de milenio. No obstante, el fenómeno de la antroponimia desvaneciente no se limita a la onomástica semítica, y se observa un proceso generalizado de concentración onomástica, con el triunfo de un reducido elenco de nombres y la desaparición de nombres minoritarios de todo tipo, no sólo los semíticos n22.

p268

Hay varias posibles explicaciones para esta pérdida, por ejemplo, la creciente jerarquización social en torno a la iglesia que impone un canon de onomástica cristiana aceptable, o quizás meramente la desaparición de la documentación de las clases portadoras de esta onomástica.

p276

Otro motivo para el éxito de la tesis mozarabista es que resulta una postura casi obligada si se defiende la despoblación íntegra de la Meseta Norte n43, hipótesis bastante extendida cuando arraigó la teoría. Por eso mismo, la tesis mozarabista necesariamente se debilita si se abandona la postura despoblacionista, y sin embargo, aunque en la actualidad la mayoría de investigadores rechazan la despoblación, quizás no tan explícitamente rechazan algunas ideas vinculadas a ella, como ésta. Aunque aceptamos que habría algún tipo de inmigración desde al-Andalus, cuestionamos la escala de la misma, y además notamos que si los indicios más explícitos remiten siempre al clero, la onomástica supuestamente vinculada al fenómeno aparece en otros sectores de la población, y por lo tanto sugerimos que es muy cuestionable explicar la aparición de onomástica árabe en la Castilla proto-condal a partir de tales emigraciones.

n43. Aunque también tenía cabida en los trabajos de autores que rechazaban tal extremo albornociano como, por ejemplo, Menéndez Pidal. Sospechamos que fue el consenso en esta cuestión entre estos dos colosos de la historiografía castellana, enfrentados en tantas otras cuestiones, que aseguraría la aceptación generalizada de la teoría mozarabista.

p277

Otro problema con la teoría mozarabista es la distribución social de la onomástica semítica: entre el campesinado y no entre el clero. Evidentemente lo semítico en Castilla tendrá un origen remoto exterior, pero su conservación entre el campesinado, y escasez entre capas más expuestas a influencias mozárabes (el clero), sugiere un fenómeno que a corto plazo podemos considerar autóctono. La hipotética emigración mozárabe, en cambio, con su origen en el martirio cordobés y su plasmación en las fundaciones cenobíticas leonesas, tenía que haber dejado más huella entre el clero castellano.

p282

Pero ahí está el germen de la tesis mozarabista: “en los diplomas y privilegios concedidos por Alfonso el Magno al Abad Alfonso y demás monjes fundadores del Monasterio de Sahagún, subscriben algunos personajes que por sus nombres parecen mozárabes emigrados, como Teudecuto, Arcediano de la sede Baiecense, y Recemiro Iben December” n59. Este último llevaba el cognomento Abolfeta n60, pero nos preocupa que gran parte de la tesis mozarabista, que se supone aplicable a Castilla, descansa en la aparición leonesa de este clérigo cuya onomástica mezcla elementos germánicos y semíticos.


p284

En realidad, a partir de las fuentes literarias y cronísticas, la onomástica parece definir la orientación religiosa del individuo, y tenemos varios ejemplos explícitos de cambio de nombre para coincidir con cambio de religión. La mártir Natalia marcaría su bautismo con la asunción del nombre Sabigotho. No es que el nombre Natalia esté especialmente vinculado con el Islam, sino que este cambio nos indica el fuerte vínculo entre identidad onomástica y religiosa, implícito en el sacramento del bautismo. El primero entre los ascendientes de Omar ben Hafsún en islamizarse, su abuelo, marcaría el hecho con la adopción del nombre musulmán Cháfar n62, y el caudillo muladí haría lo inverso cuando en 898 se convierte al cristianismo, adoptando el nombre Samuel, y su mujer el de Columba n63. En la documentación leonesa estudiada por Aguilar y Mediano, en 14 casos de conversos (al cristianismo) ninguno porta onomástica árabe n64. No siempre se aplica este principio, y la onomástica semítica encontrada en la Cuenca del Duero y referente a población cristiana n65 contradice la equivalencia religioso-onomástica que se observa en otros registros (trataremos de explicar porqué más adelante), pero por el momento nuestro interés radica en demostrar la improbabilidad de la solución mozarabista.

p285

En conclusión, no nos parece verosímil que la onomástica árabe que aparece en Castilla a principios del siglo X se deba a una emigración mozárabe, cuyo motivo de emigración fuera el rechazo de la arabización e islamización, cuando en el mismo al-Andalus la población mozárabe no utilizaba tal onomástica. Cada vez más autores, a partir de planteamientos y metodologías distintas, rechazan la solución mozarabista. En referencia a Castilla, García González parece referirse a explicaciones no-andalusíes cuando habla de “sociedades nativas de las llanadas parcialmente islamizadas” n66 , pero la mayor parte del trabajo sobre esta cuestión se ha centrado no en el Condado sino en el mejor documentado Reino de León. Estepa identifica indicios cronológicos que sugie- ren que la presencia de esta onomástica es anterior al supuesto momento de las inmigraciones mozárabes, el reinado de Alfonso III n67. Desde otra perspectiva Sánchez Badiola insiste en la ausencia de indicios sociales de inmigración n68. Por último, para Mediano la mezcolanza de nombres semíticos y latino-germánicos en las mismas familias, lo que el define como la ‘indiferencia onomástica’, no cuadra con una población que huye del ‘yugo musulmán’ n69.

n68. “En toda la comarca ardonesa es innegable la importancia de una onomástica arabizada [...] hay indicios más que suficientes para pensar que se trata, al menos en su mayor parte, de una población autóctona y estrechamente vinculada a las tierras que habita”, SÁNCHEZ BADIOLA, “Mozarabismo y poblamiento en el León altomedieval”, p. 321.

n69. “En mi opinión, el proceso descrito, basado en la idea de la repoblación mozárabe, topa con una contradicción de base, cual es su incapacidad para explicar la actitud de un grupo que, por un lado, rechaza la permanencia en al-Andalus y la arabización, y por otro, mantiene tenazmente rasgos culturales árabes que le granjean siglo y medio después de iniciado el hipotético proceso migratorio, el calificativo ‘insultante’ de mozárabes”, RODRÍGUEZ MEDIANO, “Acerca de la población arabizada del Reino de León”, p. 471. Peterson2009/12 Peterson2009/13 < Peterson2009

Conclusiones

p412

Al final ambos espacios se habrían incorporado a al-Andalus, pero la divergente manera en que lo hicieron conduciría a diferencias importantes. En términos genéricos, podemos hablar de relativa continuidad en las tierras (pactistas) al este de la frontera, y cambios más sustantivos en la región (conquistada) al oeste. So- bre todo, esto supondría una arabización más intensiva al oeste. Esta conclusión, quizás la más importante del estudio, es consecuencia directa de la aplicación del paradigma de Chalmeta a los acontecimientos en nuestra región, pero resulta problemática y counter-intuitive, sobre todo cuando el periodo de incorporación plena de Castilla en al-Andalus duró relativamente poco: menos de medio siglo.

La explicación tiene dos facetas: la intensidad de la arabización durante las dos generaciones después de la conquista; y el hecho de que, aun después del abandono de Castilla por los andalusíes a mediados del siglo VIII, la coyuntura del limbo desestructurado en el cual se encontró este espacio, el prestigio del modelo cultural andalusí, y la ausencia de modelos alternativos hizo que el modelo arabizante permaneciera en vigor durante otro siglo.

Esta arabización de Castilla ha dejado huellas onomásticas que nos permiten detectar el proceso. La toponimia propiamente árabe parece limitarse a las estructuras militares y administrativas (Alcocero, Medina), en tanto que huellas más pormenorizadas del impacto socioeconómico en la campiña se han mantenido exclusivamente en romance (Quintana). Es muy difícil detectar la religiosidad a partir de las herramientas disponibles, pero parece prudente suponer también un grado de islamización detrás de la referencia cronística a “los de fe vacilante”. Habría colonos foráneos, la mayoría bereberes, aunque éstos no serían necesariamente ni musulmanes ni arabo-parlantes, pero la mayor parte de la población sería autóctona y de habla romance.

El hecho de que Castilla se arabizara más de lo que se habría esperado a partir de tan efímera integración en al-Andalus ha sido mal asimilado por la historiografía.

p413

En parte quizás porque sería una verdad incómoda, en parte porque los acontecimientos no siempre son evidentes a partir de las lacónicas y frecuentemente contradictorias fuentes (noticias genéricas de pactos en el noroeste peninsular acompañan la probable conquista y saqueo de Amaya), y en parte por la tesis de Despoblación que arraigó con tanta fuerza en el altomedievalismo del siglo XX. Así, para explicar la innegable presencia de onomástica semítica en estas tierras, se ignoró por completo el periodo andalusí y se inventó la idea de la inmigración mozárabe – una especie de ‘mentira piadosa’ historiográfica. Y sin embargo los problemas con esta tesis mozarabista son fundamentales. Por ejemplo, extraña que haya durado tanto tiempo la idea de que refugiados cristianos hubiesen ‘bautizado’ Mahamud a un pueblo burgalés.

Sospechamos que, en parte, esta tesis haya aguantado tan tenazmente por la confusión que rodea la voz mozárabe, que tiene dos acepciones prácticamente antagónicas pero que se funden (y confunden) en la historiografía: por un lado está el significado que empleaba Simonet, que remite a los cristianos dentro de al-Andalus que en muchos casos se resisten a la arabización; por otro lado, el significado más etimológico hace referencia a un cristiano arabizado, residente o no en al-Andalus.

Cuestionar el origen cordobés n1 de esta onomástica en la Meseta Norte no es en sí novedoso: valioso trabajo al respecto ya se ha hecho en León, aunque no siempre han sido asimiladas ni desarrolladas las implicaciones de tipo histórico. Además nos parece interesante aplicar estas ideas a Castilla, escenario que, por varios motivos, permite un análisis enriquecido. En primer lugar, porque las pocas inmigraciones ‘mozárabes’ documentadas se dirigieron hacia León, lo cual aportaría algo de credibilidad a la solución tradicional, si no fuera que en Castilla, donde aparece la misma onomástica, no hay rastro de tales migraciones. En segundo lugar, porque en Castilla la evidencia cronística de conquista (en Amaya) es relativamente nítida. Y tercero, porque disponemos de una valiosa herramienta en el texto Cardeña 14 que nos permite contrastar la onomástica clerical con la campesina, y notar que lo semítico se concentra entre el campesinado, observación difícil de cuadrar con un origen en supuestas inmigraciones de inspiración religiosa.

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