MonsalvoAnton2005bis1

De EsWiki

p54

Antes quizá debe valorarse qué significa en términos generales la aparición de los citados espacios regionales del reinado de Alfonso I en las crónicas asturianas, incluso esos que sólo aparecen una sola vez.

¿Hay novedad en el discurso espacial referido a las regiones de Alfonso I? Es difícil responder a esta pregunta.

Hace más de treinta años Barbero y Vigil, que curiosamente sostuvieron que hubo un corte con el orden político godo, sugirieron la continuidad de estructuras sociales entre el primer reino astur y los tiempos precedentes.

Aparte de las conquistas n40, estos autores se fijaron en cómo se describían estas regiones septentrionales desde la Liébana al territorio vascón.

Afirmaron a propósito de los territorios del norte que no había ciudades, sino valles.


Y que sus gentes, esto es, vascones independientes y pobladores de los valles cantábricos o del Alto Ebro, se limitaban a atacar fortalezas y plazas fuertes del sur de las montañas, esto es, las localidades controladas por árabes o sin control efectivo n41.

Haciendo caso omiso de que en el más genuino espacio vascón la crónica cita Pamplona, que no es un valle precisamente, esencialmente así interpretaban Barbero y Vigil el pasaje citado de las regiones de Alfonso I: un espacio norteño, habitado por vascones o pueblos cántabro-astures y organizado en valles gentilicios, que se limitaba a seguir defendiendo su propio estilo de vida, también ahora frente a las pretensiones de los nuevos recién llegados a la Meseta, los árabes.

Esencialmente Barbero y Vigil vieron la geografía norteña del siglo VIII como la del siglo VII o aún la anterior.

Ciertamente es una perspectiva que ha gozado de fuerte reconocimiento académico n42.


n40

Entendieron, desde luego, que la treintena de localidades supuestamente conquistadas por Alfonso I en la Meseta no eran sino las endémicas vicisitudes en el limes entre el norte cantábrico estructuralmente resistente y las tierras llanas del Duero, éstas sí, sometidas sucesivamente por romanos, visigodos y árabes. Vid. el epígrafe siguiente, sobre “la frontera”.

n41

BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, pp. 86-87.

n42

El pasado gentilicio que atribuyeron a la cornisa cantábrica Barbero y Vigil todavía en los comienzos del reino astur es cierto que ha sido impugnado por la historiografía actual, al igual que su insistencia en la nula romanización de los territorios cántabro-astures, o su idea de limes visigodo frente a los pueblos del norte.

Pero también los estudios del medievalismo reciente sobre los espacios septentrionales altomedievales han podido rescatar la fuerza de las comunidades de valle y los arcaísmos sociales en las comunidades rurales y en la organización del espacio norteño hasta fechas avanzadas.

Todos estos aspectos son bien conocidos y canalizan hoy día un acerado debate sobre la génesis del feudalismo y sobre las dosis de romanización, goticismo e indigenismo que tuvieron las sociedades altomedievales, de las cuales ha sido precisamente la organización de los espacios septentrionales la que ha generado más polémica.

No entramos en ello. Vid. al respecto BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista; ÍDEM. La formación del feudalismo en la Península Ibérica; BESGA MARROQUÍN, A. Consideraciones sobre la situación política de los pueblos del Norte de España durante la época visigoda del reino de Toledo. Bilbao, 1983; ÍDEM. “La formación de la peculiaridad vasca. Cántabros y vascos entre el siglo I a. C. y el IX d. C.”. Letras de Deusto, 1994, vol. 24, n.º 65, pp. 147-172; Astures. Pueblos y culturas en la frontera del Imperio Romano. Gijón, 1995; NOVO GUISÁN, J. M. Los pueblos vasco-cantábricos y galaicos en la Antigüedad tardía, siglos III-IX. Alcalá de Henares, 1992; DIEGO SANTOS, F. Historia de Asturias. 3. Asturias romana y visigoda. Salinas, 1977; GONZÁLEZ, M.ª C. Los Astures y los Cántabros Vadinienses. Problemas y perspectivas de análisis de las sociedades indígenas de la Hispania indoeuropea. Vitoria, 1997; GONZÁLEZ, M.ª C. y SANTOS, J. (eds.). Las estructuras sociales indígenas del Norte de la Península Ibérica. Revisiones de Historia Antigua I. Vitoria, 1994; SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, vol I; GONZÁLEZ ECHEGARAY, J. Cantabria en la transición al medievo. Los siglos oscuros, IV-IX. Santander, 1998; LORING, M.ª I. Cantabria en la Alta Edad Media. Organización eclesiástica y relaciones sociales. Madrid, 1988; MÍNGUEZ, J. M.ª “Sociedad esclavista y sociedad gentilicia en la formación del feudalismo asturleonés”. En «Romanización» y «Reconquista» en la Península Ibérica. Nuevas perspectivas. Salamanca, 1998, pp. 283-302; MENÉNDEZ BUEYES, L. R. Reflexiones críticas sobre el origen del Reino de Asturias; PASTOR DÍAZ DE GARAYO, E. Castilla en el tránsito de la Antigüedad al Feudalismo. Poblamiento, poder político y estructura social del Arlanza al Duero (siglos VII-XI). Valladolid, 1996


Tabla de contenidos

p55

Pero centrando la cuestión en el texto cronístico, a mí me parece muy novedosa la geografía del Reino Astur descrita en las crónicas de Alfonso III en comparación con el pasado.

Se aprecia, por ejemplo, que aunque no desaparecen del todo las denominaciones gentilicias, la realidad que pretendían representar los cronistas de Alfonso III dista de la que había sido habitual entre los visigodos, aunque lógicamente las crónicas se insertan en una tradición previa n43: la monarquía visigoda se había relacionado antes con astures, cántabros, vascones y, aún más, en la tradición de herencia todavía más antigua, los anteriores escritores de la geografía de Hispania habían hablado además de caristios, autrigones, várdulos y otros pueblos septentrionales n44.

El devenir histórico del poder de Toledo habría semánticamente desnaturalizado las menciones étnicas de estos últimos, llegando a afectar incluso a los cántabros, pero la franja de tierra situada entre la Cordillera y el Cantábrico había sido descrita en los textos del siglo VII todavía esencialmente como un combinado de pueblos, hostiles además, y desvinculados de la monarquía visigoda.

Las Crónicas Asturianas, herederas aún de la tradición goda, en sus capítulos sobre el reino de Toledo, recogían rutinariamente las luchas de éste frente a astures y vascones n45.

Sin embargo, al describir las áreas interiores que pobló Alfonso I, las crónicas ofrecen ya un conjunto inédito de territorios o grandes comarcas, Liébana, Trasmiera, Carranza, etc., como hemos visto, y no sólo de pueblos o etnias.

Aunque el cambio no sea total, ya que las denominaciones étnicas no quedarán totalmente fuera de los textos –ni de los de la época de Alfonso III ni de los posteriores– sí merece la pena subrayar este nuevo significado territorial, al concebirse el Reino de Asturias no como el estado toledano, que luchaba en sus confines norteños con etnias rebeldes, sino como un estado que no se dedicaba a someter “pueblos” sino que iba incorporando y organizando “territorios”, algunos también totalmente nuevos en la propia denominación.

En todo caso, la geografía norteña del reino astur, incluyendo también los reinados posteriores al de Alfonso I, no se limita a la creación de la patria asturiana por Pelayo ni a estos célebres pasajes citados de la Rot. y Seb. 14.

En realidad, se describe un reino plurirregional n46.

n46

Otro ejemplo de esta composición territorial múltiple se aprecia en 842, al morir Alfonso II.

La crónica dice que Ramiro fue apoyado por gallegos, mientras que a Nepociano, su rival y luego perdedor, le apoyaron asturianos y vascones; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 23.

p56

No olvidemos que de lo que se está hablando es de a percepción que se tenía hacia 883 de reinados de los antepasados de Alfonso III, algunos ya alejados en el tiempo.

Ello se sobreponía a la innegable huella de una fuerte herencia toponímica y léxica extraída de los textos tardoantiguos y visigodos, condicionante pero no obstáculo para afirmar a la vez la profunda innovación del discurso espacial que contienen los textos asturianos.

Además de los nombres nuevos de regiones, se desprende ya una determinada locacionalidad compuesta por varios círculos según el grado de integración en el reino: el círculo nuclear sería el representado por Asturias, que se ha desplegado por encima de una Cantabria que parece diluirse drásticamente; otro círculo comprendería tanto la periferia de Bardulias o Castilla del Ebro, región nueva, como las periferias de Galicia, que estrenaba papel como subordinada a Asturias, y también la de los vascones occidentales, espacios más difíciles de integrar pero al alcance de la influencia del reino; habría un tercer círculo, que es considerado externo, y que vendría representado por los vascones orientales, fuera del reino, pero por otra parte por los espacios fronterizos del Duero, estos últimos inicialmente tampoco controlados por la monarquía astur, pero que se irán incorporando más adelante.

De estos últimos se habla en el epígrafe siguiente, como “frontera” con los musulmanes. Veamos ahora los demás.

Todo lo relacionado con Asturias aparece, en efecto, como referencia central del discurso territorial.

Ya hemos indicado que incluso la versión ovetense prescinde de esta denominación en el relato de las repoblaciones de Alfonso I.

Asturias es el origen y da nombre al reino, Astororum regnum.

Pero, dado que a la vez es una región concreta del mismo, los cronistas no pueden soslayarlo y lo que hacen es sugerir que es el área más importante. Se aprecia que Asturias ha subido de rango respecto a su posición en la época visigoda.

En la descripción De terra et partibus que constituye el lib. XIV de las Etimologías, para hacer entender qué era una región en el mundo, San Isidoro ponía, entre otros, el ejemplo hispánico.

Asturias y Cantabria, decía, eran regiones dentro de la provincia de Galicia: regiones partes sunt provinciarum [...] sicut in Gallicia Cantabria, Asturia n47.

En esto parece que San Isidoro seguía a Orosio y no deja de ser un cliché.

Al parecer, y según estudios recientes, en el reino visigodo, la región, que podía ser también una referencia geográfica, como entidad administrativa era un escalón intermedio entre el territorium y la provincia, algo así como el antiguo conventus romano n48.

n48

Obviamente, como localidades de referencia habría que hablar de oppida y, al frente de un territorio, de civitas.

Las cosas cambiarán en el Reino de Asturias: Galicia será “provincia” del Astororum Regnum.

p57

Durante la época visigoda, Asturias no había alcanzado una posición relevante.

Las dificultades de integración de los astures en el reino visigodo es un aspecto que forma parte de la conciencia histórica de los autores hispanovisigodos y que la cronística de Alfonso III incorpora también a su visión del pasado del reino toledano.

Isidoro de Sevilla había hablado de las rebeliones de los astures en la época de Sisebuto n49, dificultades que también se reconocieron en el reinado de Wamba y que la Historia Wambae de Julián de Toledo habría difundido entre los autores cristianos.

Los cronistas de la corte ovetense reflejaron esta tradición toledana de lucha contra los astures al referirse a este periodo visigodo n50.

Y sin embargo cambiaron el tono al referirse ya al Reino de Asturias.

El reajuste del discurso es rotundo respecto al pasado godo: primero porque Asturias era presentada como una región histórica debió ser con una identidad, hasta el punto de que si los musulmanes establecieron en ella sus gobernadores –Munuza en Gijón– porque era ya una entidad previa, lo que ha llevado a algunos autores a defender la existencia en el norte de la Hispania visigoda de un tardío ducado de Asturias n51, paralelo al ducado de Cantabria, este sí algo más reconocido por los historiadores; segundo, porque Asturias desde la invasión musulmana habría sido refugio del más ilustre de los godos emigrados, Pelayo, donde encontró además el apoyo bien de los godos exiliados con él, bien de los naturales de la región, los astures n52, de modo que Asturias es convertida por la cronística astur en un territorio que previamente habría formado parte del reino visigodo y que, tras la invasión, resistía y se rebelaba frente a los musulmanes; tercero, porque Asturias era la primera patria de Pelayo, quien la convirtió en tierra libre de musulmanes hasta la Cordillera tras expulsar al gobernador Munuza 53, como dijimos; cuarto, al servir de reclamo para que el representante del otro centro de poder norteño reconocido en las crónicas asturianas, el del dux Pedro de Cantabria, a través de su hijo Alfonso, se acabara adhiriendo al de la propia Asturias y Pelayo 54; y quinto, al ser Asturias, como decimos, epicentro ya del reino en expansión bajo Alfonso I.


n51

Puede encontrarse comentario de este posible distrito en GARCÍA MORENO, L. A. “Estudios sobre la organización administrativa del Reino de Toledo”. Anuario de Historia del Derecho Español, 1974, vol. XLIV, pp. 134 y ss.; MARTIN, C. La géographie du pouvoir, pp. 75-76.

El principal argumento para defender que llegó a haber un ducado o regio administrativa de Asturias es precisamente la cronística astur.

Pero debió ser un distrito nuevo y tardío y siempre una porción de la provincia, de rango menor que ésta: dice al respecto Céline Martin que si los musulmanes hubiesen respetado las circunscripciones tradicionales visigodas del siglo VII el gobernador se habría instalado en Astorga; si lo hizo en Gijón es porque la región de Asturias sería algo diferenciado de los territorios al sur de la Cordillera y por tanto sería necesario servirse de un centro, en este caso la antigua civitas de Gijón, apto para la dominación de una región específica.

Este podía ser el sentido de la nueva región de Asturias, que respetaron los musulmanes, MARTIN, C. Ibídem, pp. 76-77.

No obstante, hay que considerar que en la lógica del discurso de la cronística de Alfonso III el espaldarazo a Asturias como zona sobre la que Munuza gobernaba, refugio de Pelayo y región inicial de la monarquía, no requiere reconocer el paso previo de la tardía provincia norteña visigoda.

Asturias simplemente es el escenario necesario para el despegue de la monarquía asturiana.

n52

Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 1; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 8. También la Albeldense, al referirse todavía a las postrimerías visigodas, al hablar de la expulsión de Pelayo de la ciudad de Toledo, atribuía a los astures la futurible condición de rebeldes contra los musulmanes: Pelagium... qui postea Sarracenis cum astures reuellauit, Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 33.


Después se sigue hablando de Asturias en situaciones posteriores n55, sin que sepamos nunca cuáles son sus límites oriental y occidental –al sur, obviamente la Cordillera–, pero el cambio esencial del discurso se puede dar por concluido tan sólo considerando estos cinco pasos supuestamente aplicados al breve lapso entre la invasión musulmana y las campañas de Alfonso I.

En un intervalo cortísimo de tiempo la Asturias periférica del reino godo, mal definida administrativamente y habitada por inquietas gentes que las fuentes toledanas presentan como recelosas para los reyes godos, habría sido convertida en el centro geográfico y semántico del nuevo reino.

Al final, la centralidad asturiana termina complementándose con el refuerzo de una auténtica capital del reino. Será Oviedo, tras suceder a Cangas y Pravia n56.

La fijación de la corte en Oviedo, en época de Alfonso II, obedece a razones variadas, entre ellas las de tipo estratégico, la facilidad de comunicaciones y la ubicación en áreas largamente controladas por los dirigentes del reino.

p59

Pero interesa destacar que en el discurso cronístico Oviedo responde plenamente al perfil de “nueva Toledo”, de urbs regia o sedes regia: omnemque Gotorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in eclesia quam palatio in Ouetao cuncta statuit n57.

Además de esta proclama, la materialización del orden godo restaurado en Oviedo se expresa en otros aspectos: las alusiones al trono o solio que correspondía a Alfonso II por su padre, unción regia incluida; la mención al círculo cortesano; y la construcción de edificios áulicos en la ciudad misma o en sus afueras –varias iglesias y palacios: nam et regalia palatia, balnea, triclinia uel domata atque pretoria construxit decora et omnia regni utensilia fabrefecit pulcherrima–, destacando la catedralicia San Salvador, las desaparecidas San Tirso y Santa María y la de Santullano o San Julián de los Prados.

Tal dotación Ramiro I la incrementó en la falda del Naranco, y luego la siguió ampliando Alfonso III –omnia templa domini restaurantur et ciuitas in Ouetao cum regias aulas hedificantur–.

Finalmente, como otro índice de la capitalidad, se debe mencionar Oviedo como lugar de enterramiento de los reyes, sirviendo la basílica llamada de Santa María de panteón a Alfonso II, Wikipedia:Ramiro I y Wikipedia:Ordoño I.

Cuando menos, desde la fijación de la capital en Oviedo, la monarquía, como lo prueba el arte asturiano, quizá el Testamentum de 812 –aunque no se considere un diploma de esa fecha–, las prácticas de la corte y otros indicadores, como han subrayado Ruiz de la Peña, Bango Torviso y otros autores, respira goticismo por los cuatro costados n58.


n58

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 19, 21, 22, 23, 24, 28; Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 10, 12.

En otro pasaje de esta crónica que describe las sedes episcopales hacia 882 se cita el obispo Hermenegildo como titular de la regiamque sedem (Albeldense (ed. J. Gil), § XII).

Aún se está lejos, no obstante, de las fabulosas ensoñaciones algunos siglos posteriores de querer hacer de un Oviedo sin pasado nada menos que un obispado muy antiguo –heredero de Lugo desde el s. V, según las falsificaciones de Pelayo de Oviedo y del tardío Liber Testamentorum, que estudiara Fernández Conde– y sede, además de antigua, con aspiraciones metropolitanas.

La mención a la sede ovetense era, por el contrario, todavía discreta en la cronística asturiana, pero aun así es importante porque refuerza en el discurso de estas crónicas el papel de capitalidad que en el lado civil le viene dado a la ciudad por su condición de ubs regia.

Documentalmente, el célebre Testamentum de Alfonso II de 812 –aunque se discute la autenticidad plena– sería la primera constatación de la sede ovetense, FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur (718-910). Oviedo, 1949-1951, 2 vols., I, doc. 24.

La onomástica, el estilo literario y jurídico del documento, así como, por otra parte, la epigrafía ovetense, su arquitectura, el estatus episcopal y la expresa condición de capital con sus palatia, hacen de Oviedo ya en esa época la representación de la nueva Toledo y al reino asturiano continuador inequívoco del visigodo. Vid., al respecto, BANGO TORVISO, I. “L’Ordo Gothorum et sa survivance dans l’Espagne du Haut Moyen Âge”. Revue de l’Art, 1985, vol. 170, pp. 9-20; ÍDEM. “Alfonso II y Santullano”. En Arte prerrománico y románico en Asturias. Villaviciosa, 1988, pp. 207-239, entre otros; GARCÍA DE CASTRO, C. Arqueología Cristiana de la Alta Edad Media en Asturias. Oviedo, 1995; TORRENTE FERNÁNDEZ, I. “Sedes regias de la monarquía asturiana”. En LORING, M.ª I. (ed.). Historia social. Pensamiento historiográfico y Edad Media. Homenaje a A. Barbero de Aguilera. Madrid, 1997, pp. 575-591; ÍDEM. “Goticismo astur e ideología política”. En La época de la monarquía asturiana. Oviedo, 2002, pp. 295-315; CALLEJA PUERTA, M. y BELTRÁN SUÁREZ, S. “El espacio centro-oriental de Asturias”, pp. 95-97 y 103-104; DESWARTE, T. De la destruction à la restauration, pp. 70-81; RUIZ DE LA PEÑA, J. I. “La realeza asturiana y la formulación del poder regio”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 163-201.


p60

Todo ello es concomitante con el espacio específicamente “asturiano” dentro del “Reino de Asturias”, que parece condensar en la cronística el cenit del poder.

Respecto a Cantabria, de destino bien diferente, todo indica que el silencio de las crónicas asturianas en lo referente al relato del periodo astur n59, con la notable excepción de la llegada a Asturias del hijo del dux Wikipedia:Pedro de Cantabria en época de Pelayo, a quien se habría unido n60, no sólo tenía una intencionalidad, difícil de no apreciar como voluntad de postergación de lo cántabro frente a Asturias, sino que venía a rematar una cierta tradición textual e histórica.


n59

Aparte de la mención a Alfonso I (cf. nota siguiente), hay otros dos pasajes en las Crónicas Asturianas donde se habla de los cántabros o Cantabria, pero no se refieren al Reino de Asturias.

Por un lado, las luchas de Wamba contra los vascones, en los confines de Cantabria: feroces uascones in finibus Cantabrie perdomuit, Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 30, que recoge noticias visigodas. Cantabria sería en el siglo VII, pues, una especie de frontera administrativa entre pueblos vascones rebeldes y el interior del reino godo.

La crónica no especifica si los vascones están fuera del distrito de Cantabria o si pertenecena su periferia más incontrolada. La otra mención no referida al Reino Astur es una noticia de historia navarra incorporada a la crónica asturiana con posterioridad: la noticia de que Sancho Garcés I a principios del X conquistó algunos núcleos del Ebro “en Cantabria” –cepit per Cantabriam a Nagerense urbe usque ad Tudelam omnia castra–, Ibid. § XX, 1.

Obviamente en este caso es algo al margen de los cronistas asturianos, un Initium regnum Pampilonam, que se incorporó más tarde.

Lo señala J. Gil en la introducción a la edición que estamos utilizando de las crónicas asturianas, Crónicas Asturianas, cit., p. 104.



En efecto, se acabará completando el declive de Cantabria como territorio identificado y como etnónimo o adjetivo gentilicio.

Los cántabros habían sido un pueblo casi mítico que luchó contra la ocupación romana.

La mención a los cántabros como pueblo costero y vecino de várdulos aparece en las fuentes que narraban todavía las invasiones del siglo V, como se comprueba todavía en la crónica de Wikipedia:Idacio.

Ahora bien, es difícil saber qué ocurrió más tarde, ya en época visigoda.

Pero la información es tan escasa que los procesos de fondo y la misma identificación geográfica de Cantabria están sometidos a teorías muy dispares.

Parece que ya no es tan clara su identificación con los espacios trasmontanos-marítimos.

De hacer caso a la crónica del Wikipedia:Pseudo Fredegario Cantabria sería una provincia dependiente de los francos n61 y probablemente debe encuadrarse en la tradición de escritores de la Galia merovingia –el propio Wikipedia:Gregorio de Tours–, para los que esa parte de Hispania que llamaban Cantabria comenzaría en el litoral mismo.

Mientras que los cronistas hispánicos de los siglos VI y VII resaltan los esfuerzos del estado visigodo ya desde el siglo VI para someter a los cántabros, asociados a veces a los vascones en su rechazo a la imposición del poder territorial toledano: Wikipedia:Juan de Biclaro, coetáneo de los hechos, narraba la expedición de Leovigildo contra los cántabros en 574, dejando constancia de la toma de Amaya, probable centro de poder, por lo que se trataría de pueblos al sur de la Cordillera n62.

p61

Más tarde De Origine gothorum de San Isidoro de Sevilla comenta sucintamente la toma de Cantabria como conquista visigoda n63 y, cuando habla de las expediciones norteñas de Sisebuto las dice dirigidas contra los astures n64, no contra los cántabros –el Pseudo Fredegario sí atribuía esta orientación, en cambio, suponiendo a los cántabros tributarios de los francos hasta que Sisebuto somete Cantabria a los visigodos en 613–, mientras que, por su parte, el obispo de Zaragoza, Wikipedia:Braulio, en su Vita sancti Emiliani incluye un ambiente de agresividad asociado con los cántabros y sus rebeliones n65, en un escenario que se ubica esencialmente en el Alto Ebro.



n64

Contra los astures y contra los rucones, pueblo asentado en la cosa vasca y aledaños.

San Isidoro dice que Sisebuto luchó contra ambos pueblos, Las Historias de los Godos, § 61, p. 272; y § 62, p. 276, mencionando que ruccones superauit.

Recogerá estas noticias sobre luchas de Sisebuto contra astures y rucones, que se habían rebelado en las montañas, la Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 24.

n65

Vita Sancti Emiliani, (ed. L. Vázquez de Parga). Madrid, 1943, p. 34. Vid. CASTELLANOS, S. “Problemas metodológicos en la investigación de la ocupación del territorio durante la Antigüedad Tardía: el caso del alto Ebro y la aportación de la Vitae Sancti Aemiliani”. Brocar, 1995, vol. 19, pp. 27- 48; ÍDEM. Poder social, aristocracias y hombre santo en la Hispania visigoda. La Vita Aemiliani de Braulio de Zaragoza. Logroño, 1998.

Vid. referencias en nota 68. Asimismo LARRAÑAGA, K. “El pasaje del Pseudo-Fredegario sobre el dux Francio de Cantabria y otros indicios de naturaleza textual y onomástica sobre la presencia franca tardo-antigua al sur de los Pirineos”. AEA, 1993, pp. 177-206. Y LÓPEZ MELERO, R. “Una rendición vascona en la Historia regis Wambae de Julián de Toledo”. En SÁEZ, P. y ORDÓÑEZ, S. (eds.). Homenaje al Prof. Presedo. Sevilla, 1994, pp. 837-849.



Las menciones posteriores más interesantes corresponden ya a la cronística asturiana, en concreto la ya mencionada lucha de Wamba contra los vascones “en los confines de Cantabria” n66.

La ambigüedad y parquedad de tales testimonios ha dejado mucha libertad para las interpretaciones acerca de la ubicación de Cantabria.

La teoría de mayor alcance la formularon Barbero y Vigil hace varias décadas n67: hasta el siglo VI, los cántabros, como los vascones, habrían continuado sus luchas para mantener su independencia; desde el siglo VII, ya con el poder visigodo concretado en el limes contra ambos pueblos, los cántabros dejan de aparecer como enemigos de los visigodos, salvo en las fuentes francas, donde se mantuvo la tradición; los cántabros habrían sido desplazados por los astures y de hecho en lo que había sido en la antigüedad Cantabria romana –Alto Sella y Picos de Europa– fue precisamente donde sus habitantes, los que luego formaron el núcleo de resistencia de Pelayo, fueron llamados astures y dieron este nombre al reino.

Los territorios de la antigua Cantabria perderían su nombre y lo que en la Antigüedad romana habían sido áreas claramente cántabras, como las –más tarde llamadas– Asturias de Santillana y la Trasmiera, habían quedado enclavadas desde principios de la Reconquista en “Asturias”.

Probablemente haya que restar fuerza a dos argumentos importantes de estas opiniones: que en algún momento hubo un desplazamiento real de pueblos cántabros –vadinienses– por astures en el oriente de la actual Asturias y zona de Santillana, si se entiende por tal desplazamiento físico y real y no sólo semántico; y por otro lado, que el llamado inicio de la “Reconquista” fue un episodio de continuidad con las seculares luchas de los irredentos pueblos trasmontanos, cántabro-vascones.

Esto puede ser discutible, sí, y también es posible establecer conjeturas sobre la verdadera ubicación de la Cantabria, en época visigoda y posteriormente n68.


n68

Menéndez Pidal, al que en esto reconocen Barbero y Vigil, sitúa en el área riojana esta Cantabria visigoda, y es desde luego la región donde la cronística plenomedieval la ubica (la Estoria de España dice que era de Sancho el Mayor “el ducado de Cantabria, que es tierra de Logronno [...] et era en Castiella esse ducado”, EE o PCG, ed. Menéndez Pidal, p. 473); BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, p. 88, que sitúan la provincia visigoda de Cantabria en el “territorio fronterizo que iba desde Amaya hasta el Ebro en la Rioja”.

Si nos fijamos en el cronista que pudo conocer estas regiones mejor y sobre el terreno, es decir, Rodrigo Jiménez de Rada, encontramos claramente como sitúa para la Alta Edad Media Cantabria en la zona riojana, con capital en Nájera, como área de confluencia de intereses navarros y castellanos, y sin que haya supuesto un cambio con respecto de la denominación más antigua de la región, Historia De Rebus Hispanie (ed. J. Fernández Valverde) en Corpus Christianorum. Continuatio Mediavalis. Turnhout, 1987, vol. 72, Lib. II, cap. XIIII, lib. III, caps. III y IIII, lib. V, caps. XXII, XXV (esp.) y XXVI, Lib. VI, cap. XII, entre otros.

Pero hay autores que defienden que la Cantabria visigoda, más en consonancia con la pervivencia de la región de los antiguos cántabros, era la Cantabria costera, muy semejante a la región actual (González Echegaray, Besga Marroquín), sin que falten autores que han supuesto una identificación con el núcleo vascón navarro, o quienes piensan que la Cantabria visigoda era la de los habitantes de la Cordillera Cantábrica, pero no los de la franja litoral, que serían ruccones (como defiende J. J. García González).

Se trata, en todo caso, de conjeturas, puesto que las fuentes no permiten extraer conclusiones apodícticas. Pueden verse algunas referencias sobre la posible geografía de Cantabria: títulos de la nota 65. Además, SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 248-249; GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. “Incorporación de la Cantabria romana al estado visigodo”. Cuadernos Burgaleses de Historia Medieval, 1995, vol. 2, pp. 169- 230; ÍDEM. “La Cantabria trasmontana en épocas romana y visigoda: perspectivas ecosistémicas”. En GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. y FERNÁNDEZ DE MATA, I. Estudios sobre la transición al feudalismo en Cantabria y la cuenca del Duero. Burgos, 1999, pp. 9-35; LORING GARCÍA, M.ª I. Cantabria en la Alta Edad Media; GONZÁLEZ ECHEGARAY, J. “La ‘nota de Cantabria’ del códice emilianense 39 y las citas medievales de Cantabria”. Altamira, 1976-1977, vol. XL, pp. 61-94, quien niega que hubiese un desplazamiento antes del siglo VII del nombre de Cantabria hacia La Rioja, situación y ubicación –localidad de Cantabria, junto a Logroño– que cree muy posterior, del siglo X o aun después; ÍDEM. Cantabria en la transición al medievo. Los siglos oscuros, IV-IX. Santander, 1998; CASTELLANOS, S. “Consideraciones en torno al poblamiento rural del actual territorio riojano durante la Antigüedad tardía”. En VII Semana de Estudios Medievales. Nájera, pp. 331-342; VAN DEN EYDE CERUTI, E. “El tránsito a la Edad Media”. En Historia de Cantabria, I. Santander, 1985, pp. 277-286; BESGA MARROQUÍN, A. Orígenes hispano-godos del Reino de Asturias, pp. 137-152; ISLA, A. “Los astures: el populus y la populatio”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 17- 42.



Pero de lo que no hay duda es de la práctica extinción de Cantabria en las fuentes en la transición entre el reino de Toledo y el de Asturias.

p63

Habiendo sido la provincia clave del norte –bajo un dux–, a Cantabria le debería haber correspondido un papel mucho más notorio.

Sin embargo, reforzando el silencio de los cronistas hispánicos del siglo VII o acentuándolo deliberadamente aún más, de lo que nos hablan los cronistas asturianos es de Asturias como cuna única del Reino, olvidando que tan fundador pudo ser del mismo en realidad el “cántabro” Alfonso I como Pelayo, y por otro lado, que de lo que hablan las crónicas es ya de unos espacios que, sospechosamente, pensamos que bien pudieron ubicarse en el solar de la antigua Cantabria, o incluso más bien en sus márgenes septentrionales.

Al citar áreas en los confines norteños de Cantabria, del Ebro hacia el norte, y omitir la mención al espacio visigodo propiamente así llamado, pero todavía incapaz de ser objeto de una populatio por Alfonso I, se establecería un finiquito del otrora brillante territorio: en su parte sur, de Amaya al Ebro riojano, la recuperación de la Cantabria visigoda aún peligraba por la presencia musulmana y era imposible poblarla; y, hacia sus confines norteños, del Ebro la Cordillera y de ésta al Cantábrico, nacían nuevos espacios con nuevos nombres.

En efecto, las menciones de las crónicas a espacios de vieja raigambre autrigona ubicados al oeste de la actual Vizcaya, esto es, Carranza, Sopuerta –que no pertenecían al espacio vascón– o la Trasmiera, si se quiere pensar que en estas regiones litorales se extendió en algún momento la influencia cántabra, o muy especialmente Bardulias, ya al sur de la Cordillera, no harían sino venir a sustituir el espacio geohistórico que siglos atrás había correspondido a Cantabria.

E incluso las Primorias, que también antaño fueron ocupadas por cántabros vadinienses y en su franja costera –de la Sierra de Cuera al mar– por orgenomescos.

Todo esto fue territorio étnico de los cántabros antiguos.

Y el área de Amaya-Alto Ebro, territorio administrativo de la Cantabria visigoda.

Pero tanto una como otra realidad se habían ya apagado.

Los territorios nuevos de los que hablan las crónicas se representan como comarcas o regiones del Reino Astur, ya nunca de Cantabria ni menos aún territorios de los cántabros.

De modo que podría sugerirse que la memoria de Cantabria y sus confines, con una situación estratégica que no pudo reproducir su identidad, acabó convergiendo con la deliberada voluntad cronística de oscurecer a la altura del siglo IX el papel de Cantabria frente al de Asturias.

El ciclo de la Cantabria histórica se extingue, pues, en el discurso cronístico y es sustituido por una nueva representación de espacios pertenecientes al multirregional Astororum Regnum.

Ciertamente el caso de Bardulias o Bardulia es el más sintomático, puesto que donde sitúan los cronistas este espacio, en el siglo IX llamado ya Castilla –qui nunc uocitatur Castella–, debió haberse extendido, como acabamos de sugerir, una parte de los confines de la antes llamada Cantabria, concretamente los que miraban desde las fortalezas de Amaya-Mave-Victoriaco y la línea del Ebro hacia las tierras del norte.

Los indicios para identificar el solar originario castellano interesaron hace tiempo a los autores, ya al margen del problema etimológico de saber si el nombre “Castilla” deriva del árabe Al-quilé –“los castillos”– o bien de la voz latina castella, en todo caso un corónimo muy ligado a la abundancia de fortificaciones.

Aparte de las fuentes narrativas, algunos documentos n69 han permitido la identificación de Castella Vetula o la Castilla del Ebro.

Ya Sánchez-Albornoz situó esta Castilla incipiente en un área concreta: valles de Mena, de Losa, de Sotoscueva, comarca de Valpuesta-Valdegovía y quizá norte de la Bureba y Montes Obarenes n70.


n69

El primero, muy notable, es uno del 800 en que el abad Vitulo, en su actividad repobladora, cita Taranco in territorio Mene y funda una iglesia in civitate de Area Patriniani, in territorio Castelle, Cartulario de San Millán de la Cogolla (759-1076) (ed. A. Ubieto Arteta). Valencia, 1976, doc. 2.

Aunque puede haber variaciones según los autores, suele identificarse Area Patriniani con la de los interfluvios de los ríos Nela, Trueba y Losa. Vid. referencias bibliográficas en nota siguiente.

n70

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 593-601, III, pp. 927-932, retomando el trabajo anterior llamado “El nombre de Castilla”. Interesan también otros estudios: GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “El espacio cántabro-castellano y alavés”; PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla. Madrid, 1969-70, 3 vols., I, esp. caps. IV-VII, pp. 89-219; PASTOR DÍAZ DE GARAYO, E. Castilla en el tránsito de la Antigüedad al Feudalismo, pp. 119-124; MARTÍN VISO, I. “Poder político y estructura social en la Castilla altomedieval: el condado de Lantarón (ss. VIII-XI)”. En IGLESIA, J. I. de la (coord.). Los espacios de poder en la España medieval. XII Semana de Estudios Medievales. Logroño, 2002, pp. 533-552; GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. “La Castilla del Ebro”. En GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. y LECANDA, J. A. (coords.). Introducción a la historia de Castilla. Burgos, 2001, pp. 23-102, entre otros; CADIÑANOS LÓPEZ-QUINTANA, A. Los orígenes de Castilla (una interpretación). Burgos, 2002.

n71

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 14. Utiliza también este término la Crónica de Alfonso III cuando, al referirse para el año 842-843 a la sucesión de Ramiro I, en el momento en que a éste le corresponde ocupar el trono, se dice que se encontraba ausente de la corte al hallarse in Barduliensem prouinciam, donde había ido a buscar esposa, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 23.


Debe observarse que Castilla es la única área regional del reino asturiano desplegada ya a mediados del VIII al sur de la Cordillera.

En este sentido es una especie de “marca” hacia el sur y hacia sus flancos, cuyos límites, en tanto que frontera en sí misma, se acabarán solapando con la auténtica “frontera”, la de la cuenca del Duero.

En el siguiente epígrafe se habla de ello.

La cronística asturiana entiende el área castellana primitiva como parte integrante del reino y la considera una de sus provincias o territorios interiores.

Pero además se muestra impecable en la utilización de los términos geográficos con un intencionado sentido evolutivo.

Utiliza Bardulias como nombre de la zona “en el pasado” del reino astur, previo al reinado de Alfonso III, cuando se escribe la crónica n71, pero ya se emplea abiertamente el nombre de Castilla al narrar la historia de este último reinado.

El discurso territorial nuevo frente a las viejas nomenclaturas superadas y renovadas.

Con la novedad notable, además, de que, para este periodo, de c. 883, se reconocen entidades territoriales menores nuevas y concretas: la Albeldense habla de Diego, hijo de Rodrigo, conde de Castilla, uno de los territorios o condados que había en el reino n72.

La documentación del IX anterior a la fecha de la redacción de las Crónicas Asturianas registra como comites in Castella la noticia de Rodrigo y su hijo Diego Rodríguez n73.

p65

Los jefes castellanos, seguramente ya supracomarcales pero convergentes con una atomización del poder que no reflejan los cronistas asturianos n74, estarían desempeñando en este espacio periférico del reino, al sur de la Cordillera y de la depresión vasca, un papel esencial, el de baluarte guerrero, junto con las poblaciones rurales, puesto que esta zona estaba expuesta a las aceifas musulmanas sistemáticamente.

Tierra de varios condes, de muchos castillos y de muchas batallas, seguramente.

Especialmente en el periodo 791-883 hubo aceifas musulmanas de forma recurrente sobre el territorio casi indiferenciado de Álava-Al Quilé n75.


n73

El conde Rodrigo se documenta, a veces con el calificativo de regnante ... in Castella en 853, 855, 862, 867 y 873 y es el conde al que la cronística atribuye la repoblación de Amaya en 860.

El conde Diego Rodríguez, su hijo, se menciona en dudosos diplomas de 869 y 871 y es el repoblador de Burgos de 884.

Referencias en FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur, I, docs. 55, 56, 61, 77, y II, doc. 104; Cartulario de San Millán de la Cogolla, docs. 9 y 10. Vid. PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla, I, pp. 178-181; MARTÍNEZ DÍEZ, G. “Los condados altomedievales: Castilla, Monzón y Carrión”. En Actas III Curso Cultura Medieval. Repoblación y Reconquista (Aguilar de Campoo, 1991). Madrid, 1993, pp. 115-125, esp. p. 116; ESTEPA DÍEZ, C. “El poder regio y los territorios”, pp. 458-462.

n74

Cf. nota anterior. La pluralidad de jefaturas irá apareciendo en la documentación castellana del X.

Pero también hay indicios para la época asturleonesa, aparte de la cronística. Sánchez-Albornoz fue quien primero se dio cuenta de ello.

Testimonios de Ibn Idari y otros mencionan que en la batalla de La Morcuera de 865 se citan cuatro jefes diferenciados en lo que sería Castilla: Rodrigo en Castilla y Álava, Ordoño en Oca, Gonzalo en Burgos y Gómez en Mijangos.

Podrían ser condes. Para describir la campaña musulmana algo anterior, de 863, las noticias de Ibn Al Atir, Ibn Idari y Al-Nuwayri dicen que los musulmanes, en algún desfiladero sin concretar –¿Pancorbo?, ¿Hoz de Morcuera?– derrotaron a “19 condes” castellanos.

Está indicando una percepción literaria de atomización de las jefaturas territoriales castellanas, que significativamente es la tesis de los estudiosos actuales.

Vid. SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, III, pp. 333, 339-362 (“La campaña de Morcuera”, como tituló un artículo en 1948, que ahí revisa), 885-946 (que titula y revisa también como “Alfonso III y el particularismo castellano”). Pérez de Urbel sugiere que esos 19 no serían condes, sino jefes o tenentes de fortalezas, por debajo del conde Rodrigo, PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla, I, p. 183.

n76

Señala Céline Martin: “le territoire de l’ancien royaume seueve, qui s’etendait sur une grande parte de la Gallecia romaine, jusqu’au fleuve Sella, et sur le nord de la Lusitanie”, MARTIN, C. La géographie du pouvoir, pp. 92-93.

n77

Un área de fuerte continuidad con el pasado y un espacio importante en el Reino de Asturias como aglutinante de intereses y de relaciones que iban más allá de una episódica provincia periférica.

Sobre esa realidad gallega hay algunos trabajos. Entre los últimos, pueden verse los de BALIÑAS, C. “De Covadonga a Compostela: Galicia en el marco de la construcción del Reino de Asturias”.

En La época de la monarquía asturiana, pp. 267-389; y PORTELA, E. “Galicia y los reyes de Oviedo”. Ibídem, pp. 351-365.


Bardulias, luego Castilla, es sin duda un espacio progresivamente destacado en el Reino Astur, pero todavía marginal y periférico en éste, además de amenazado, como se acaba de indicar.

Esta condición periférica respecto del centro político asturiano es igualmente atribuible a otras dos grandes zonas cuya integración en el reino es reconocida, y subrayada, pero con una especificidad: la mención a rebeliones.

Se trata de Galicia y de los territorios vascones occidentales, o alaveses.

Por lo que respecta a Galicia había tenido una personalidad propia dentro del reino visigodo, una región individualizada por su pasado suevo, hasta su integración en el reino de Toledo en época de Leovigildo, pero al fin y al cabo fue siempre considerada una enorme referencia territorial y que englobaba a la propia Asturias n76.

Y sin embargo, las referencias de la cronística asturiana, minusvalorando la potente realidad regional gallega n77, son bastante diferentes a las del pasado visigodo.

La historiografía asturiana de Oviedo prefirió omitir los efectos que probablemente desde principios del IX tendría la inventio del hallazgo del sepulcro del apóstol Santiago n78, omisión que favorecería la concentración de toda la atención simbólica en Asturias y sus reyes y no en una región que era pieza clave del Reino n79 pero que se quería presentar como centrífuga y repoblada por éste 80.

Las crónicas resaltan que Galicia fue objeto de repoblaciones por parte de los primeros reyes astures, con la repoblación de su pars maritima en época de Alfonso I n81 y la llegada al Miño en época de Fruela I n82.

Se destaca también que se trataba de una provincia del Reino n83.

Y finalmente se menciona que las rebeliones contra la monarquía fueron sofocadas. Esto sería una constante de la imagen de Galicia en las crónicas desde Fruela I hasta el comienzo del reinado de Alfonso III n84.

En cuanto a Vasconia y los vascones, sin duda la cronística asturiana hereda una tradición visigoda llena de prevención hacia esta parte de la península.

Los ecos de las noticias del Biclarense señalando que Leovigildo ocupó Victoriaco y el territorio vascón, de Julián de Toledo dejando constancia de la destrucción de los castros vascones por Wamba o de San Isidoro dando cuenta de las luchas de Sisebuto contra los ruccones y de Suintila contra los vascones n85, que eran sin duda informaciones que habían difundido la idea de que los vascones eran un pueblo hostil y “feroz” con el que los reyes de Toledo habían luchado hasta la época de don Rodrigo n86, no se apagaron en los siglos VIII y IX.

Es posible que hubiera en época hispanovisigoda un trasfondo histórico que justificase esta representación del enemigo vascón desde un prisma de honda alteridad, cuestión en la que no podemos entrar n87, pero esencialmente el resultado que nos interesa es que, junto a una nueva realidad de espacios fragmentados n88, el cliché viejo de los vascones rebeldes]] y de difícil asimilación fue también incorporado por la cronística astur, otro ejemplo de doble discurso territorial.

Lo adoptó al narrar la historia del siglo VII, donde los cronistas ovetenses siguieron a los visigodos n89.

Y el cliché también se mantuvo al subrayar ya para el Reino de Asturias las dificultades de integración en éste.

Los cronistas no sólo no ofrecen ningún atisbo de una posible existencia de focos vascones de resistencia antiislámica –de los pirenaicos habría alguna infomación, pero se silencia–, dejando todo el protagonismo de esta resistencia al Reino de Asturias, sino que además gustan afirmar que a menudo los reyes asturianos tuvieron que someter a los vascones.

La rebeldía de éstos se compadecía bien con el antiguo cliché de la ferocitas vascona y era indicio de la vinculación al Reino, a partir de cierto momento al menos.

Por las referencias textuales se entiende que los vascones a los que aluden las crónicas como vinculados al Reino de Asturias se corresponden con la zona de Álava.

Y en este sentido, las noticias que se ofrecen del reinado de Fruela I son doblemente importantes, puesto que se insinúa que, al sofocarse una rebelión vascona, se consolida su pertenencia al Reino, lo que aún no ocurría en época de Alfonso I –cuando los alaveses se regían “por sí mismos”–, mientras que, cuando se cita la unión de Fruela con la vascona Munia, estirpe de la que nacerá Alfonso II, se está reforzando, siquiera en términos simbólicos, una típica vía de integración de un territorio en el reino consistente en la unión de un rey o príncipe con una mujer de otra parte, que quedaba así aliada o más apegada al reino n90.

Álava y/o los vascones aparecen otra ve en la cronística asturiana en algunos otros episodios de los reinados de Alfonso II, Ramiro I y Ordoño I n91.

Pero es en la narración sobre Alfonso III, coetánea de este reinado, donde aparece ya una innovación con el desdoblamiento de un discurso territorial sobre esta zona: permanece el cliché de los vascones rebeldes –a los que Alfonso III tuvo que someter en dos ocasiones–, esto es, el estereotipo casi legendario, el de la Vasconia antigua y hostil, pero por otra parte emerge la mención concreta a Vela o Wikipedia:Vígila Jiménez y al condado de Álava, que junto con el de Castilla, revelan una entidad nueva que la corte ovetense tenía ante sus propios ojos y que era una realidad administrativa n92, nada legendaria, sino una forma de organizarse territorialmente el reino asturleonés hacia 883, cuando se escribía la crónica n93.

Estas eran las piezas esenciales de los territorios norteños del Reino de Asturias, tal como son presentados por la cronística de la época de Alfonso III.

Era un discurso sobre las zonas del norte donde se perciben las huellas de la geografía visigoda, pero a partir de esta base hemos notado que la cronística reordena dicha geografía: hace brotar denominaciones de regiones totalmente nuevas, sin pasado visigodo; olvida algunas antiguas; amplifica el significado territorial de la Asturias trasmontana; recorta el prestigio anterior de Cantabria y Galicia; e incluso en relación con los territorios vascones, pese a que siguen encuadrados en viejos clichés, presenta una posición de previsible hegemonía del Reino de Oviedo sobre ellos, en concreto sobre la parte occidental o alavesa.

El discurso territorial de las crónicas del siglo IX presenta, por tanto, novedades frente al pasado.

Nos preguntaremos en un trabajo futuro si hubo un cambio de discurso en los cronistas posteriores, de los siglos X-XIII, sobre estos espacios norteños.

Pero ahora veamos lo que escribió la historiografía astur acerca de las áreas en las que tuvo que guerrear la realeza asturiana, los espacios que tuvo que arrebatar a los musulmanes, o defender frente a ellos, es decir, las regiones que fue preciso conquistar, no sólo habitar pacíficamente.

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