MonsalvoAnton2005

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Crónicas.

RESUMEN

El presente trabajo se plantea comprender cómo son descritos en las Crónicas Asturianas los espacios que formaban el Reino de Asturias en los siglos VIII y IX.

Se intenta averiguar si había una lógica en el discurso territorial, tanto en lo que se refiere a las regiones septentrionales del Astororum Regnum como el que afecta a las áreas ganadas al enemigo al sur de la cordillera, que constituyeron una “frontera” en la meseta castellana.

En trabajos siguientes se comparará esta visión con la de los cronistas posteriores.

INTRODUCCIÓN

Los historiadores buscaban hace tiempo en las crónicas medievales tan sólo datos ciertos con el objeto de fijar “la verdad de los hechos históricos”, una realidad supuestamente objetiva que podía cotejarse con otras fuentes documentales, arqueológicas, etc.

Con el tiempo, cada vez más medievalistas se han preocupado por descifrar el léxico, las motivaciones de los cronistas, o las tradiciones literarias y doctrinales de las fuentes narrativas. La versión de la historia que las crónicas ofrecen ha ido desplazando el interés de las mismas como yacimientos de información determinante.

En el caso del Reino de Asturias, muy especialmente a partir del gran acervo de las crónicas redactadas en el reinado de Alfonso III, se pueden apreciar ambas actitudes, hasta el punto de que todavía hoy los grandes –y pequeños– hechos del periodo histórico, a falta de otras informaciones, se apoyan en lo que dicen estas crónicas, pero por otra parte los estudiosos están familiarizados con las características ideológicas de estos textos, con las exageraciones, los silencios, los énfasis de estas obras elaboradas –eso ya no se discute– en el entorno de la corte de Oviedo.

Precisamente la disponibilidad de buenas ediciones y estudios críticos sobre las dos versiones –original y erudita– de la Crónica de Alfonso III y de la Crónica Albeldense, redactadas hacia 883, puede considerarse requisito indispensable para acercarse a los textos desde cualquiera de las actitudes historiográficas n1.

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Y en cuanto a éstas, la modulación es rica pero sus grandes hitos –más allá de las primeras aproximaciones rigurosas a estos textos n2– se identifican con las posiciones más extremas de las grandes obras de medievalistas de hace unas cuantas décadas.

Por un lado, en la posición de considerar esencialmente fiables y creíbles tales crónicas –limpiándolas apenas de unas pocas exageraciones propias del género– destaca sobremanera la monumental obra de Sánchez-Albornoz, que agrupa, revisando generalmente el texto, aunque a veces sólo sucintamente, el contenido de sus innumerables estudios sobre el tema n3.

Por el contrario, quienes más han defendido una posición crítica consistente en acentuar el carácter ideológico de las crónicas, incluso abiertamente manipulador –al servicio de los ideales goticistas y patrióticos de la corte de Alfonso III– han sido Barbero y Vigil n4.

Es imposible dar cuenta de toda la bibliografía disponible n5, si bien hay que decir que las prioridades de los medievalistas claramente se han inclinado, en relación con el Reino de Asturias, hacia ciertos temas, al irse superando ya la fase de fijación de los hechos, conocidos por las Crónicas Asturianas pero también por otras fuentes n6: ha interesado mucho en los últimos años el discurso político y monárquico de las crónicas y sus dosis de mozarabismo, todo ello puesto en relación con las polémicas sobre la existencia o no en Asturias de una sociedad tempranamente feudalizada –y antes romanizada– y de un debate sobre el momento en que las ideas goticistas determinaron las posiciones doctrinales del poder regio.

A mí me interesaría decantarme por la idea de que lo más sugestivo para el historiador es comprobar que los primeros reyes de Asturias se creyeron godos, y actuaron como tales, no determinar si lo eran en puridad.

Pero aquí me voy a ocupar de un aspecto tan sólo un poco más orillado por los historiadores.

Se trata del discurso contenido en las crónicas acerca de los territorios y espacios, tal como se narra en los textos asturianos de c. 883 n7.

En otro trabajo futuro me ocuparé de cómo los cronistas posteriores retomaron, revisitaron y modificaron este discurso territorial, con cambios significativos desde Sampiro a la Estoria de España.

El propósito, tal como lo entiendo, en su sentido dinámico y comparativo, no se entenderá plenamente sin ambas piezas, el discurso de la corte ovetense del IX, por un lado, y el de los cronistas de los siglos X-XIII, por otro, aplicados uno y otro al mismo objeto, el Reino de Asturias.

Pero, por ahora, dedicaremos estas páginas a la cronística del siglo IX.

Podemos sostener sin mucha dificultad que las crónicas asturianas hacen referencia tanto a los límites y espacios que siempre o muy pronto escaparon al control musulmán como a los espacios de contacto con el enemigo.

Respectivamente nos ocuparemos aquí de ambos aspectos, primero la geografía regional y luego la noción de frontera, en este caso concretada en la imagen de la conquista y repoblación en la Meseta del Duero.

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GEOGRAFÍA REGIONAL DEL REINO. LOS ESPACIOS SEPTENTRIONALES

El primer texto de cierta entidad y con carácter historiográfico que se tiene sobre el comienzo del Reino de Asturias, si se tiene por tal el de la Crónica Albeldense, resulta conciso pero denso.

Se narra la victoria de Pelayo sobre los musulmanes como una rebelión consciente del pueblo cristiano contra los invasores musulmanes, que habían ocupado España.

La rotundidad del relato de esta crónica es notable.

El personaje de Pelayo es el extraordinario arquetipo que arrastra, por un lado, la herencia ilustre del reino godo perdido, pero, por otro lado, será el nuevo héroe de las montañas capaz de provocar un levantamiento contra los invasores.

Era el mejor modelo posible porque encarnaba al mismo tiempo la tradición y la rebeldía, el pasado y el futuro.

Las crónicas dicen que Pelayo llegó a Asturias expulsado de Toledo por los vitizanos, convertidos ya en artífices del mal aunque aún escuetamente n8 n9.


n8 En este punto las crónicas coinciden y difieren en algo.

También las interpretaciones de los historiadores actuales pueden diferir.

Tanto la Albeldense como la Crónica de Alfonso III citan Asturias como el lugar donde se refugió Pelayo y donde se inició la rebelión.

Hay diferencias entre las crónicas en lo referente a la condición de Pelayo y a su elección como rey (cf. infra, notas 12 y 16), Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 1; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb., § 8.

De la interpretación de estos pasajes han nacido posiciones historiográficas diversas.

Así, hay una posición goticista sin complejos según la cual Pelayo, que sería efectivamente hijo del citado duque visigodo, estaba en Asturias, que podría ser una región administrativa por entonces (cf. infra) e incluso pudo haber colaborado con las autoridades musulmanas instaladas en Gijón, hasta que se rebeló.

Los astures de los que hablan las crónicas habría que entenderlos como los habitantes de esa región o ducado de Asturias.

Esta postura ha sido defendida, entre otros, por MONTENEGRO, J. y DEL CASTILLO, A. “Don Pelayo y los orígenes de la Reconquista: un nuevo punto de vista”. Hispania, 1992, vol. 180, pp. 5-32; ÍDEM. “De nuevo sobre Don Pelayo y los orígenes de la Reconquista”. Espacio, Tiempo y forma. Serie II. Historia Antigua, 1995, vol. 8, pp. 507-520; y, de los mismos autores, “Pelayo y Covadonga: una revisión historiográfica”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 112-124.

La postura de Sánchez-Albornoz no había sido tan extrema.

SánchezAlbornoz sostuvo que Pelayo sí era godo, pero que fueron los astures, no los habitantes godos en Asturias, los que le eligieron; el neogoticismo sería algo posterior a este comienzo, SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 77-95.

En el extremo contrario se situarían las tesis que han defendido que Pelayo podría no ser siquiera godo y que la rebelión de los astures era de un pueblo no integrado antes en el pasado visigodo que continuaba la secular resistencia contra los dominadores exteriores, fueran romanos, visigodos y luego árabes.

Esta postura es la radicalmente indigenista y en ella Pelayo es considerado fundamentalmente un caudillo guerrero; entre otros han defendido esta posición BARBERO, A. y VIGIL, M. La formación del feudalismo en la Península Ibérica, passim.

Asimismo A. Dacosta, que ha contrapuesto este liderazgo primitivo con la creación de un arquetipo, el que se corresponde con el Pelayo de las crónicas asturianas, que hay que ver en clave cultural como creación de un mito alejado de la realidad del primer caudillo asturiano, DACOSTA MARTÍNEZ, A. “Notas sobre las crónicas ovetenses del siglo IX. Pelayo y el sistema sucesorio en el caudillaje asturiano”. Studia Historica. Historia Medieval, 1992, vol. 10, pp. 9-46; ÍDEM. “¡Pelayo vive! Un arquetipo político en el horizonte ideológico del reino asturleonés”. Espacio, Tiempo y Forma. Serie III. Historia Medieval, 1997, vol. 10, pp. 89-135.

Vid., además de los títulos citados, BESGA MARROQUÍN, A. Orígenes hispano-godos del Reino de Asturias, pp. 191 y ss; interesa también MARTIN, G. “La chute du royaume visigothique d’Espagne dans l’historiographie chrétienne des VIII et IX siécles”. En Histoires de l’Espagne médiévale. Historiographie, geste, romancero. Paris, 1997, pp. 198-214.

n9

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 5, 6 y 7; Albeldense (ed. J. Gil), § XVII, 1, § XIX, 1, entre otros pasajes.

Se apunta la idea de la traición vitizana, pero todavía no habían surgido y conectado entre sí –hasta la Najerense no se aprecian con claridad– las leyendas sobre el padre de don Rodrigo, la expulsión de los hijos de Vitiza, el papel de don Julián, la violación de la hija por don Rodrigo, la llamada a los musulmanes ni las leyendas sobre la muerte del último rey godo.

Vid. MARTIN, G. «La chute»; GARCÍA MORENO, L. A. El fin del Reino Visigodo de Toledo. Decadencia y catástrofe. Una contribución a su crítica. Madrid, 1975; ISLA, A. “Los dos Vitizas. Pasado y presente en las crónicas asturianas”. En HIDALGO, M.ª J.; PÉREZ, D. y GERVÁS, M. (eds.). Romanizacion y “Reconquista” en la Península Ibérica. Nuevas perspectivas. Salamanca, 1998, pp. 303-316.




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Luego Pelayo, según las crónicas de Alfonso III, inició en Asturias la rebelión contra los musulmanes, que dominaban España, y les venció en una memorable batalla que significó el origen del Astororum Regnum n10 n11.



n10

Hecho que pasó desapercibido para la Crónica Mozárabe (LÓPEZ PEREIRA, J. E. Crónica mozárabe de 754. Edición crítica y traducción. Zaragoza, 1980), lo cual es bien significativo.

Pero también fue un episodio minusvalorado en las tradiciones árabes, en agudo contraste con el altísimo papel que otorgó a Covadonga la Crónica de Alfonso III.

Es bien conocida la displicencia árabe hacia la acción de Pelayo y sus “treinta asnos salvajes”: Ajbar Machmu’a (ed. y traducción de E. Lafuente), pp. 38-39; IBN IDARI. AlBayan al Mugrib (reed. F. Fernández González), p. 49, que sitúa los hechos en la cuarta década del siglo VIII; asimismo Al Maqqari, siguiendo a Ibn Hayyan, citado en E. Lafuente, Colección de obras arábigas de Historia y Geografía de la RAH. Madrid, I, 1867, apéndice, pp. 198-199, 230; e igualmente, del mismo Al Maqqari, recogiendo una tradición de Al-Razi, trad. M. Antuña, citado en SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Fuentes de la historia hispano-musulmana del siglo VIII. Mendoza, 1942, p. 232.

n11

Expresión de la Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 1.


El ideario de restauración del orden godo n12, así como el sentido religioso de la lucha, presentada como guerra entre el pueblo cristiano y los musulmanes, la forma de rebelión explícita y el contenido providencialista de la victoria como juicio de Dios n13, son ideas que se presentan abiertamente.


n12

Hay dos argumentos esenciales de esta parte del discurso.

Por un lado, la estirpe regia goda de Pelayo, con pequeños matices según las versiones respecto a los entronques familiares, Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 33, XVa 1; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb., § 6 y 8.

Por otro lado, la expresa voluntad de Pelayo, manifestada en su diálogo con Oppa y también en la interpretación de la crónica sobre el significado de la victoria en la “salvación de España”, la restauración del ejército godo y la Iglesia, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb., § 9 y 11.


A pesar de este discurso, el texto reconocía también que la realidad emergente, el “reino de los astures” n14, nacía como algo nuevo aunque con voluntad de recuperación del reino cristiano perdido.

Sorprendentemente no se cita en ese pasaje –aunque sí en otras partes insertas en la Albeldense n15 – el lugar y los episodios de Covadonga y, de la mítica batalla, apenas se alude al monte que se derrumba en la Liébana.


n15

En la Nomina regum catolicorum legionensium, dentro de la Crónica Albeldense, § XVa 1, se dice que Pelayo se adentró en las montañas y en la roca y peña de Auseva: sub rupe et antrum de Aseuba, o de Aguseba en otra redacción de ese mismo pasaje.


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Es en la Crónica de Alfonso III donde ya se especifican más ampliamente otros detalles bien conocidos sobre Covadonga y Pelayo.

Dado que la prioridad aquí es el discurso territorial de la cronística, no podemos entrar ahora en los pormenores de estos episodios n16 tan trascendentales en el devenir histórico.


n16

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 8 a 11; Seb. § 8 a 11.

Hay algunas variantes en las dos versiones de la crónica: Pelayo era un godo -espatario de Vitiza y Rodrigo en la Rotense, hijo del duque Fávila y de linaje real en la versión ovetense- refugiado en Asturias cuando los musulmanes ocuparon España; la elección de Pelayo por estos refugiados godos como su príncipe –principem elegerunt–, según la versión ovetense, o bien la elección no por los godos sino por los astures que logró reunir antes Pelayo, convertido ya en líder, cerca del monte Auseva -

Ille quidem montana potens, quantoscumque ad concilium proterantes inuenit, secum adiuncxit adque ad montem magnum, cui nomen est Aseuua, ascendit et in latere montis antrum quod sciebat tutissimmum se contulit; ex qua spelunca magna flubius egreditur nomine Enna. Qui per omnes Astores mandatum dirigens, in unum colecti sunt et sibi Pelagium principem elegerunt

-, según la Rotense; el confuso ultraje de la hermana de Pelayo por el musulmán Munuza, episodio personal que omite la versión ovetense¸ que sólo menciona motivos patrióticos y religiosos; la llegada a Asturias de un enorme ejército musulmán, que la rotense cifraba en 187.000 hombres, dirigidos por Alkama; la traición de Oppa, hijo de Vitiza y metropolitano –de Toledo en la Rotense, de Sevilla en la ad Sebastianum–, que se alió con los musulmanes y quiso sin éxito la rendición de Pelayo; la negativa de éste, que apela a una misión predestinada a la salvación de España y la reparación del orden godo, en ambas versiones –Hispanie salus et gotorum gentis exercitus reparatus– y que incluían además la explícita recuperación de la Iglesia y el pueblo cristiano –recuperatione ecclesie seu gentis et regni uenturam expectamus–; la batalla de Covadonga, con la milagrosa victoria cristiana: las piedras que salían de las catapultas musulmanas, al llegar a la cueva de Santa María de Covadonga, recaían sobre los musulmanes, pereciendo 124.000 allí mismo, y un segundo milagro por el que los 63.000 musulmanes restantes que huyeron por las montañas del nacimiento del Deva perecieron cerca de Cosgaya en una avalancha de piedras al ser arrojados y sepultados en ese río, como iudicio Domini; la huida y –según la versión ovetense– muerte de Munuza –delegado musulmán en Gijón–, que dejó desarticulado el poder musulmán del norte, comenzando la restauración de la tierra y las iglesias –populator patria, restauratur ecclesiae–; la llegada por entonces a Asturias, según la rotense, de Alfonso, hijo de Pedro, el duque de los Cántabros, ex regni prosapiem, y su enlace con la hija de Pelayo, Ermesinda; finalmente, la muerte de Pelayo, en Cangas, según la rotense



Quedémonos tan sólo con la evidencia de cómo en la cronística asturiana el sitio de Covadonga, hacia 722 n17, más allá de la polémica verosimilitud de los hechos –que unos consideran creíbles en lo esencial n18 y otros indudable exageración o incluso mera leyenda 19–, constituye el equivalente del mito de origen, el imaginario geográfico seminal del Reino de Asturias.



Se acepta generalmente esta fecha, si bien la justificación de la misma no se apoya en pruebas apodícticas. Vid. SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 97-155.

n18

Algo que obsesionó a Sánchez-Albornoz, que básicamente dio fiabilidad al relato cronístico, afanándose por demostrar que, más allá de algunas exageraciones –sobre el número de víctimas, por ejemplo– las crónicas son esencialmente creíbles, incluso intentando demostrar en una hermosa excursión montañera de 1929 cuál pudo ser el camino exacto de la retirada de los musulmanes tras la derrota, algo que en lo que afecta a los macizos occidental y central de los Picos de Europa no especifican las crónicas.

Vid. los apartados “El relato de Alfonso III sobre Covadonga” y “A través de los Picos de Europa” de SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 41-76 y 157-170.

n19

De origen incierto, eso sí.

Menéndez Pidal supuso que hubo un relato poético, en latín, versificado y épico, independiente de la cronística y de otras tradiciones orales, si bien la versión ad Sebastianum habría suprimido aspectos más legendarios y personales –hermana de Pelayo– y de corte más aventurero relativos a Pelayo antes de su elección, MENÉNDEZ PIDAL, R. La épica medieval española.



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Pero era también un espacio concreto asociado a una primera sede regia, la de Cangas de Onís n20, y que, como tal localización y comarca n21, se identifica con los primeros tiempos del Reino de Asturias.



n20

Primum in Asturias Pelagius rg. in Canicas an. XVIIII, Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 1.

La rotense indica también que murió en Cangas, localización que omite la ovetense, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb., § 11.

La inscripción de Favila que puede verse en la iglesia restaurada de Cangas de Onís es prueba de la importancia de este lugar por entonces: la rotense destaca que Favila construyó una bella basílica dedicada a Santa Cruz, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 12.

En cambio, la ovetense reserva los elogios edilicios regios a las construcciones ovetenses de Alfonso II y sus sucesores. Fruela I también murió en Cangas, según la Albeldense, Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 4.

n21

No sólo Cangas, sino otros lugares citados en las crónicas –Brez, río Piloña, Olalías– ubican la geografía nuclear del reino en el interior de lo que hoy día se conoce como Oriente de Asturias. Cfr. referencias en SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 171-181.



Al describir la derrota de los musulmanes y la muerte de Munuza tras los episodios de Covadonga, la Crónica de Alfonso III ad Sebastianum sugiere que Pelayo y los suyos consiguieron que no hubiera musulmanes desde las montañas cantábricas hasta el mar, pues así debe interpretarse el pasaje ita ut ne unus quidem Caldeorum intra Pirinei portus remaneret n22.

Esta información de la versión ad Sebastianum u ovetense parece querer subrayar la identidad cristiana ya con Pelayo, su inequívoca voluntad de reconquista, de un espacio que incluía desde la Cordillera al mar.

El relato ovetense subraya estos confines del espacio recién conquistado, que sin embargo no se halla en la versión rotense, menos comprometida con la delimitación geográfica de la más temprana patria del reino astur.

El desalojo espacial y sistemático de los musulmanes habría comenzado, por tanto, ya en tiempos de Pelayo.

El reino “cristiano” reconquistado de Asturias, con un territorio todavía no bien definido pero ya sí reconocido, se habría puesto en marcha.

La noción de un territorio propio, el de la patria asturiana, que sería el primer espacio “organizado” n23, se apunta como uno de los grandes pilares del ideario sobre la primera geografía política del reino, la de Pelayo, según las crónicas asturianas.


Los otros dos ya han sido citados: el protagonismo de Covadonga como mito de origen; y la mención al núcleo astur de Cangas como ámbito geográfico único de resistencia frente a los musulmanes.

El recorrido imaginario que habrían construido las crónicas es bien claro al atribuir un sentido lineal al auge de la monarquía astur: el núcleo de resistencia inicial o de Primorias triunfa en Covadonga y luego se expande por el espacio de Asturias.

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Luego, tras Pelayo n24 y su sucesor Favila n25, vuelve a resultar decisiva la información que ofrecen las crónicas asturianas sobre el reinado de Alfonso I. Representa ya la continuidad de la estirpe de Pedro de Cantabria y su unión con la descendencia de Pelayo n26.


n24

Contrasta con la trascendencia del personaje en la cronística cristiana el escaso interés que despertó Pelayo en las crónicas musulmanas. Cf. nota 10.

n25

Las crónicas señalan su muerte causada por un oso y la construcción –hacia 737– de la iglesia de Santa Cruz en Cangas, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 12; Albeldense, § XV, 2.

n26

Cf. los trabajos de Barrau-Dihigo, Sánchez Albornoz, A. Dacosta, Besga o Ruiz de la Peña citados antes.

Asimismo, recientemente, ESCALONA, J. “Family Memories: Inventing Alfonso I of Asturias”. En Building legitimacy. Political Discourses and Forms of Legitimation in Medieval Societies. Leiden-Boston, 2004, pp. 223-262.



Destacan sus conquistas, que llegarían hasta la cuenca del Duero, con la mención expresa de una treintena de localidades conquistadas n27.

Pero además menciona el otro gran eje de su expansión.

En efecto, ofrece la primera descripción de las regiones incorporadas al Reino de Asturias, que según la crónica “se poblarían” en el reinado de Alfonso I.

Pelayo había organizado ya el primer espacio asturiano desde Cangas, populatur patria.

La progresión alcanza ya con Alfonso I una escala inusitada.

Es esta la situación que procede ahora analizar.

Según la Rotense:

Eo tempore populatur Asturias, Primorias, Liuena, Transmera, Subporta, Carrantia, Bardulies qui nunc uocitatur Castella et pars maritimam Gallecie; Alaba namque, Bizcai, Aizone et Urdunia a suis reperitur semper esse possessas, sicut Pampilonia degius est atque Berroza n28.

Apenas hay diferencias con la versión ovetense. Aparte de la mención a Asturias n29, la historiografía contemporánea apenas encuentra dudas en alguna de las denominaciones. Primorias se ha venido identificando con la región inicial del reino, las primeras zonas, lo que se correspondería con el área de Cangas, aunque no se pueda precisar más n30.



n29

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Seb. § 14. La única variación significativa es la desaparición en esta última versión del emblemático nombre de Asturias.

Se ha solido interpretar el hecho como fruto de la voluntad del copista erudito de la versión ovetense de no incluir como “parte” de un reino algo que se quería presentar como el “todo”, el reino en sí mismo.

El propio texto de la Rotense podría dar a entender que Asturias no era un territorio del reino sino el reino mismo.

n30

Identificación que se acepta desde el estudio de BARRAU-DIHIGO, L. “Recherches sur l’histoire politique du royaume”, p. 144.

Incluso cabe la posibilidad de que se entendiera como una realidad única y no doble lo que la Rotense denomina Asturias primorias o “Asturias primeriza”.




Creo que se puede interpretar sin duda la Crónica de Alfonso III en este pasaje –algo que la Albendense omite– en el sentido de que, además de Asturias Primorias, los espacios de Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulias n31, o la Galicia marítima n32, se encuadraban ya en el interior del Reino de Asturias: eo tempore populatur o populantur.


n31

Liébana y Trasmiera, así como Sopuerta y Carranza, no presentan duda alguna según la geografía que hoy resulta familiar.

Bardulias es identificado con el viejo solar de Castilla, del Ebro a la Cordillera, identificación de topónimos que la propia crónica sugiere; de la vieja denominación etnicista de “territorio de los várdulos”, pueblo prerromano, se habría pasado al gentilicio correspondiente y luego cambiado este por Castilla, el corónimo coetáneo a la redacción de la crónica.

Vid. infra, donde se habla de algunas de estas regiones ya al margen del célebre pasaje de las conquistas de Alfonso I.

n32

Habría algunas dudas más sobre “la parte marítima de Galicia”, sobre si se refiere a la costa cantábrica o la atlántica, teniendo en cuenta además que Lugo y Tuy se citan entre las treinta ciudades “conquistadas” –pero no todavía pobladas– junto a las del Duero y Alto Ebro.

La Crónica de Alfonso III, en su versión rotense, señala que Galicia se pobló hasta el río Miño en época de Fuela I, mientras que la Crónica Albeldense menciona que Tuy se pobló en época de Ordoño I. Textos en Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 16; Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 11.


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Cualquiera que sea el sentido que queramos dar a la expresión populare, ya sea “organizar” o “repoblar” en sentido estricto n33, lo incontrovertible es la idea de pertenencia explícita de estas regiones al Reino de Asturias.


Sería la primera descripción de las regiones que componían el reino n34.


n33

Como es bien sabido, desde Menéndez Pidal el término populare se considera que puede significar “organizar” en un sentido más general; MENÉNDEZ PIDAL, R. “Repoblación y tradición en la cuenca del Duero”. En Enciclopedia Lingüística Hispánica, I. Madrid, 1960, pp. XXIV-LVII.

n34

Esto es lo relevante del texto.

Otra cuestión sería la de los contingentes poblacionales que en estas regiones, en un grado que desconocemos, podrían haber experimentado ciertas alteraciones debidas a esta reciente pertenencia: aunque el concepto repoblar no se deba interpretar en sentido estricto demográfico, no es menos cierto que las crónicas insinúan un cierto trasvase de gentes hacia esos territorios.

Sería en realidad una segunda oleada, ya que la primera se habría producido tras la invasión musulmana.

Cuando los árabes conquistaron Hispania, unos pocos godos fueron a Francia, pero la maxima uero pars in patria Asturiensium intrauerunt –entre ellos Pelayo–, dice la versión ovetense, lo que sugiere una migración en tierra asturiana como fugitivos, una idea que parece haber incorporado la versión ovetense para reforzar la legitimidad goticista de la primera Asturias, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Seb. § 8.

Por lo que respecta ya al reinado de Alfonso I, inmediatamente antes de la relación de las comarcas del reino, y tras el pasaje de las conquistas del monarca en la cuenca del Duero, la crónica dice Christianos autem secum ad patriam ducens, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 13.

Se puede interpretar que Alfonso I llevó cristianos de las áreas de conquista –cuenca del Duero– hasta el interior del reino, de la patria, y no es difícil enlazar esta noción –pero no lo hace expresamente el cronista– con la de que por entonces se “poblaron” Liébana, Primorias, etc.



Antes de fijar la mirada en los territorios integrantes del reino, debe destacarse cómo la cronística astur claramente los contrapone a las tierras externas al mismo.

Estas últimas, desde Álava hasta Pamplona y Berroza, son consideradas por el cronista como a suis reperitur semper esse possessas, es decir, como aquellas de las que siempre se ha sabido que se habían organizado a suis, por ellas mismas.

Esto quiere decir que a estas zonas al este de Álava y del Nervión –ya que Sopuerta y Carranza sí habrían sido repobladas–, la expansión de Alfonso I no había llegado.

Se insinúa por tanto una especie de límite momentáneo por el este entre los dominios netos del Reino de Asturias y una constelación de territorios no controlados por él.

La historiografía ha interpretado con sentido que estos territorios estarían habitados por vascos o navarros.

No deja de ser en todo caso significativo que el cronista omita cualquier referencia concreta a los dominadores en este pasaje, prueba quizá del afán de resaltar la alteridad e insignificancia de lo que quedaba “fuera” de la monarquía.

Algunos de estos espacios no son de fácil identificación, como es el caso de Aizone y Berroza de la crónica, identificándose aquél generalmente con Ayala y el segundo con Berrueza, valle occidental navarro.

Dudas hay también sobre la mención a Deius, o Deyo, que en caso de constituir un área concreta n35, se ubicaría al suroeste de Pamplona.

Por su parte, ni Orduña, ni Pamplona, ni Álava n36 ni Vizcaya –al este del Nervión y al norte de Orduña, con personalidad propia– presentan problemas para su identificación, si bien es complicado fijar sus límites en aquella época, en concreto los límites de Álava y Vizcaya n37.

Los cronistas no volverán a mencionar ya Ayala, Vizcaya, Orduña, Berrueza y Pamplona en relación con acciones de la monarquía astur.

Tan sólo Álava entrará en la órbita del Reino de Asturias en acontecimientos referidos a reinados posteriores.

En cuanto a las comarcas expresamente integradas o pobladas en la relación de Alfonso I, las de Trasmiera, Sopuerta y Carranza parecen haberse igualmente esfumado y prácticamente de Primorias n38 y Liébana n39 puede casi decirse lo mismo.

En cambio, Asturias, Cantabria, Galicia, la citada Álava y Bardulias-Castilla han de centrar un poco más nuestra atención.



n35

Barrau-Dihigo llegó a suponer que no sería más que una locución de enlace en el texto.

Así lo tienen en cuenta los editores (J. Gil y J. L. Moralejo) responsables del texto latino y la traducción en la edición de la Universidad de Oviedo, Crónicas Asturianas, pp. 132-133, 208-209.

n36

Aunque no sería en la época de Alfonso I lo que hoy se considera exactamente Álava, pues el pasaje sobre conquistas de Alfonso I habla de una Uelegia Alabense, núcleo cercano a la futura ciudad de Vitoria. Cf. infra. De ser congruente la Rot. y Seb. § 13 y la Rot. y Seb. § 14 esa Álava a suis reperitur, controlada por sus habitantes, no se correspondería con la actual, sino con una realidad más septentrional al norte de Veleia cuando menos, al norte de la Llanada Alavesa.

También quedaría fuera del espacio alabense Ayala, de ser correcta, como suele pensarse, la identificación de este valle y comarca con el Aizone o Aione de que habla Rot. y Seb. 14, también independiente.

De manera que si excluimos la Llanada, Valdegovía –que sería primitiva Castilla–, y tenemos en cuenta que Vizcaya, Berrueza y Orduña eran espacios propios, el resultado sería una Álava más pequeña y probablemente más septentrional que la actual.

n37

Vid. nota anterior. Además, entre otros, GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “El espacio cántabro-castellano y alavés en la época de Alfonso II el Casto”. Cuadernos de Historia de España, 1997, vol. LXXIV, pp. 101-120; ÍDEM (entre otros). Vizcaya en la Edad Media. Evolución demográfica, económica, social y política de la comunidad vizcaína medieval, I. San Sebastián, p. 1985; MARTÍNEZ DÍEZ, G. Álava Medieval. Vitoria, 1974; BESGA MARROQUÍN, A. Domuit Vascones. El País Vasco durante la época de los reinos germánicos. La era de la independencia (siglos V-VIII). Bilbao, 2001; ÍDEM. “El Reino de Asturias y las Vascongadas”. En La época de la monarquía asturiana. Oviedo, 2002, pp. 391-414; GARCÍA CAMINO, I. Arqueología y Poblamiento en Bizkaia, siglos VI-XII. La configuración de la sociedad feudal. Bilbao, 1966.

Respecto a Álava, en la narración de las populationes de Alfonso I aparece al margen del Reino.

Pero ya en época de Fruela I se destaca su posible integración, cf. nota 90.

n38

En Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 23 se cita cuando habla de la guerra entre Nepociano y Ramiro I, al decir que el primero huyó tras la derrota en Narcea y fue apresado en Primorias por dos condes, Escipión y Sonna, y cegado.

n39

Además de ser una de las comarcas pobladas por Alfonso I, Liébana se cita en las Crónicas Asturianas sólo en relación con Pelayo, como ubicación, concretamente en el Deva, en que fueron aplastados los musulmanes que huían tras la batalla de Covadonga (Alb. § XV, 1; Rot. y Seb. 10, en este caso se dice territorium libanensum).


p54

Antes quizá debe valorarse qué significa en términos generales la aparición de los citados espacios regionales del reinado de Alfonso I en las crónicas asturianas, incluso esos que sólo aparecen una sola vez.

¿Hay novedad en el discurso espacial referido a las regiones de Alfonso I? Es difícil responder a esta pregunta.

Hace más de treinta años Barbero y Vigil, que curiosamente sostuvieron que hubo un corte con el orden político godo, sugirieron la continuidad de estructuras sociales entre el primer reino astur y los tiempos precedentes.

Aparte de las conquistas n40, estos autores se fijaron en cómo se describían estas regiones septentrionales desde la Liébana al territorio vascón.

Afirmaron a propósito de los territorios del norte que no había ciudades, sino valles.


Y que sus gentes, esto es, vascones independientes y pobladores de los valles cantábricos o del Alto Ebro, se limitaban a atacar fortalezas y plazas fuertes del sur de las montañas, esto es, las localidades controladas por árabes o sin control efectivo n41.

Haciendo caso omiso de que en el más genuino espacio vascón la crónica cita Pamplona, que no es un valle precisamente, esencialmente así interpretaban Barbero y Vigil el pasaje citado de las regiones de Alfonso I: un espacio norteño, habitado por vascones o pueblos cántabro-astures y organizado en valles gentilicios, que se limitaba a seguir defendiendo su propio estilo de vida, también ahora frente a las pretensiones de los nuevos recién llegados a la Meseta, los árabes.

Esencialmente Barbero y Vigil vieron la geografía norteña del siglo VIII como la del siglo VII o aún la anterior.

Ciertamente es una perspectiva que ha gozado de fuerte reconocimiento académico n42.


n40

Entendieron, desde luego, que la treintena de localidades supuestamente conquistadas por Alfonso I en la Meseta no eran sino las endémicas vicisitudes en el limes entre el norte cantábrico estructuralmente resistente y las tierras llanas del Duero, éstas sí, sometidas sucesivamente por romanos, visigodos y árabes. Vid. el epígrafe siguiente, sobre “la frontera”.

n41

BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, pp. 86-87.

n42

El pasado gentilicio que atribuyeron a la cornisa cantábrica Barbero y Vigil todavía en los comienzos del reino astur es cierto que ha sido impugnado por la historiografía actual, al igual que su insistencia en la nula romanización de los territorios cántabro-astures, o su idea de limes visigodo frente a los pueblos del norte.

Pero también los estudios del medievalismo reciente sobre los espacios septentrionales altomedievales han podido rescatar la fuerza de las comunidades de valle y los arcaísmos sociales en las comunidades rurales y en la organización del espacio norteño hasta fechas avanzadas.

Todos estos aspectos son bien conocidos y canalizan hoy día un acerado debate sobre la génesis del feudalismo y sobre las dosis de romanización, goticismo e indigenismo que tuvieron las sociedades altomedievales, de las cuales ha sido precisamente la organización de los espacios septentrionales la que ha generado más polémica.

No entramos en ello. Vid. al respecto BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista; ÍDEM. La formación del feudalismo en la Península Ibérica; BESGA MARROQUÍN, A. Consideraciones sobre la situación política de los pueblos del Norte de España durante la época visigoda del reino de Toledo. Bilbao, 1983; ÍDEM. “La formación de la peculiaridad vasca. Cántabros y vascos entre el siglo I a. C. y el IX d. C.”. Letras de Deusto, 1994, vol. 24, n.º 65, pp. 147-172; Astures. Pueblos y culturas en la frontera del Imperio Romano. Gijón, 1995; NOVO GUISÁN, J. M. Los pueblos vasco-cantábricos y galaicos en la Antigüedad tardía, siglos III-IX. Alcalá de Henares, 1992; DIEGO SANTOS, F. Historia de Asturias. 3. Asturias romana y visigoda. Salinas, 1977; GONZÁLEZ, M.ª C. Los Astures y los Cántabros Vadinienses. Problemas y perspectivas de análisis de las sociedades indígenas de la Hispania indoeuropea. Vitoria, 1997; GONZÁLEZ, M.ª C. y SANTOS, J. (eds.). Las estructuras sociales indígenas del Norte de la Península Ibérica. Revisiones de Historia Antigua I. Vitoria, 1994; SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, vol I; GONZÁLEZ ECHEGARAY, J. Cantabria en la transición al medievo. Los siglos oscuros, IV-IX. Santander, 1998; LORING, M.ª I. Cantabria en la Alta Edad Media. Organización eclesiástica y relaciones sociales. Madrid, 1988; MÍNGUEZ, J. M.ª “Sociedad esclavista y sociedad gentilicia en la formación del feudalismo asturleonés”. En «Romanización» y «Reconquista» en la Península Ibérica. Nuevas perspectivas. Salamanca, 1998, pp. 283-302; MENÉNDEZ BUEYES, L. R. Reflexiones críticas sobre el origen del Reino de Asturias; PASTOR DÍAZ DE GARAYO, E. Castilla en el tránsito de la Antigüedad al Feudalismo. Poblamiento, poder político y estructura social del Arlanza al Duero (siglos VII-XI). Valladolid, 1996


p55

Pero centrando la cuestión en el texto cronístico, a mí me parece muy novedosa la geografía del Reino Astur descrita en las crónicas de Alfonso III en comparación con el pasado.

Se aprecia, por ejemplo, que aunque no desaparecen del todo las denominaciones gentilicias, la realidad que pretendían representar los cronistas de Alfonso III dista de la que había sido habitual entre los visigodos, aunque lógicamente las crónicas se insertan en una tradición previa n43: la monarquía visigoda se había relacionado antes con astures, cántabros, vascones y, aún más, en la tradición de herencia todavía más antigua, los anteriores escritores de la geografía de Hispania habían hablado además de caristios, autrigones, várdulos y otros pueblos septentrionales n44.

El devenir histórico del poder de Toledo habría semánticamente desnaturalizado las menciones étnicas de estos últimos, llegando a afectar incluso a los cántabros, pero la franja de tierra situada entre la Cordillera y el Cantábrico había sido descrita en los textos del siglo VII todavía esencialmente como un combinado de pueblos, hostiles además, y desvinculados de la monarquía visigoda.

Las Crónicas Asturianas, herederas aún de la tradición goda, en sus capítulos sobre el reino de Toledo, recogían rutinariamente las luchas de éste frente a astures y vascones n45.

Sin embargo, al describir las áreas interiores que pobló Alfonso I, las crónicas ofrecen ya un conjunto inédito de territorios o grandes comarcas, Liébana, Trasmiera, Carranza, etc., como hemos visto, y no sólo de pueblos o etnias.

Aunque el cambio no sea total, ya que las denominaciones étnicas no quedarán totalmente fuera de los textos –ni de los de la época de Alfonso III ni de los posteriores– sí merece la pena subrayar este nuevo significado territorial, al concebirse el Reino de Asturias no como el estado toledano, que luchaba en sus confines norteños con etnias rebeldes, sino como un estado que no se dedicaba a someter “pueblos” sino que iba incorporando y organizando “territorios”, algunos también totalmente nuevos en la propia denominación.

En todo caso, la geografía norteña del reino astur, incluyendo también los reinados posteriores al de Alfonso I, no se limita a la creación de la patria asturiana por Pelayo ni a estos célebres pasajes citados de la Rot. y Seb. 14.

En realidad, se describe un reino plurirregional n46.

n46

Otro ejemplo de esta composición territorial múltiple se aprecia en 842, al morir Alfonso II.

La crónica dice que Ramiro fue apoyado por gallegos, mientras que a Nepociano, su rival y luego perdedor, le apoyaron asturianos y vascones; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 23.

p56

No olvidemos que de lo que se está hablando es de a percepción que se tenía hacia 883 de reinados de los antepasados de Alfonso III, algunos ya alejados en el tiempo.

Ello se sobreponía a la innegable huella de una fuerte herencia toponímica y léxica extraída de los textos tardoantiguos y visigodos, condicionante pero no obstáculo para afirmar a la vez la profunda innovación del discurso espacial que contienen los textos asturianos.

Además de los nombres nuevos de regiones, se desprende ya una determinada locacionalidad compuesta por varios círculos según el grado de integración en el reino: el círculo nuclear sería el representado por Asturias, que se ha desplegado por encima de una Cantabria que parece diluirse drásticamente; otro círculo comprendería tanto la periferia de Bardulias o Castilla del Ebro, región nueva, como las periferias de Galicia, que estrenaba papel como subordinada a Asturias, y también la de los vascones occidentales, espacios más difíciles de integrar pero al alcance de la influencia del reino; habría un tercer círculo, que es considerado externo, y que vendría representado por los vascones orientales, fuera del reino, pero por otra parte por los espacios fronterizos del Duero, estos últimos inicialmente tampoco controlados por la monarquía astur, pero que se irán incorporando más adelante.

De estos últimos se habla en el epígrafe siguiente, como “frontera” con los musulmanes. Veamos ahora los demás.

Todo lo relacionado con Asturias aparece, en efecto, como referencia central del discurso territorial.

Ya hemos indicado que incluso la versión ovetense prescinde de esta denominación en el relato de las repoblaciones de Alfonso I.

Asturias es el origen y da nombre al reino, Astororum regnum.

Pero, dado que a la vez es una región concreta del mismo, los cronistas no pueden soslayarlo y lo que hacen es sugerir que es el área más importante. Se aprecia que Asturias ha subido de rango respecto a su posición en la época visigoda.

En la descripción De terra et partibus que constituye el lib. XIV de las Etimologías, para hacer entender qué era una región en el mundo, San Isidoro ponía, entre otros, el ejemplo hispánico.

Asturias y Cantabria, decía, eran regiones dentro de la provincia de Galicia: regiones partes sunt provinciarum [...] sicut in Gallicia Cantabria, Asturia n47.

En esto parece que San Isidoro seguía a Orosio y no deja de ser un cliché.

Al parecer, y según estudios recientes, en el reino visigodo, la región, que podía ser también una referencia geográfica, como entidad administrativa era un escalón intermedio entre el territorium y la provincia, algo así como el antiguo conventus romano n48.

n48

Obviamente, como localidades de referencia habría que hablar de oppida y, al frente de un territorio, de civitas.

Las cosas cambiarán en el Reino de Asturias: Galicia será “provincia” del Astororum Regnum.

p57

Durante la época visigoda, Asturias no había alcanzado una posición relevante.

Las dificultades de integración de los astures en el reino visigodo es un aspecto que forma parte de la conciencia histórica de los autores hispanovisigodos y que la cronística de Alfonso III incorpora también a su visión del pasado del reino toledano.

Isidoro de Sevilla había hablado de las rebeliones de los astures en la época de Sisebuto n49, dificultades que también se reconocieron en el reinado de Wamba y que la Historia Wambae de Julián de Toledo habría difundido entre los autores cristianos.

Los cronistas de la corte ovetense reflejaron esta tradición toledana de lucha contra los astures al referirse a este periodo visigodo n50.

Y sin embargo cambiaron el tono al referirse ya al Reino de Asturias.

El reajuste del discurso es rotundo respecto al pasado godo: primero porque Asturias era presentada como una región histórica debió ser con una identidad, hasta el punto de que si los musulmanes establecieron en ella sus gobernadores –Munuza en Gijón– porque era ya una entidad previa, lo que ha llevado a algunos autores a defender la existencia en el norte de la Hispania visigoda de un tardío ducado de Asturias n51, paralelo al ducado de Cantabria, este sí algo más reconocido por los historiadores; segundo, porque Asturias desde la invasión musulmana habría sido refugio del más ilustre de los godos emigrados, Pelayo, donde encontró además el apoyo bien de los godos exiliados con él, bien de los naturales de la región, los astures n52, de modo que Asturias es convertida por la cronística astur en un territorio que previamente habría formado parte del reino visigodo y que, tras la invasión, resistía y se rebelaba frente a los musulmanes; tercero, porque Asturias era la primera patria de Pelayo, quien la convirtió en tierra libre de musulmanes hasta la Cordillera tras expulsar al gobernador Munuza 53, como dijimos; cuarto, al servir de reclamo para que el representante del otro centro de poder norteño reconocido en las crónicas asturianas, el del dux Pedro de Cantabria, a través de su hijo Alfonso, se acabara adhiriendo al de la propia Asturias y Pelayo 54; y quinto, al ser Asturias, como decimos, epicentro ya del reino en expansión bajo Alfonso I.


n51

Puede encontrarse comentario de este posible distrito en GARCÍA MORENO, L. A. “Estudios sobre la organización administrativa del Reino de Toledo”. Anuario de Historia del Derecho Español, 1974, vol. XLIV, pp. 134 y ss.; MARTIN, C. La géographie du pouvoir, pp. 75-76.

El principal argumento para defender que llegó a haber un ducado o regio administrativa de Asturias es precisamente la cronística astur.

Pero debió ser un distrito nuevo y tardío y siempre una porción de la provincia, de rango menor que ésta: dice al respecto Céline Martin que si los musulmanes hubiesen respetado las circunscripciones tradicionales visigodas del siglo VII el gobernador se habría instalado en Astorga; si lo hizo en Gijón es porque la región de Asturias sería algo diferenciado de los territorios al sur de la Cordillera y por tanto sería necesario servirse de un centro, en este caso la antigua civitas de Gijón, apto para la dominación de una región específica.

Este podía ser el sentido de la nueva región de Asturias, que respetaron los musulmanes, MARTIN, C. Ibídem, pp. 76-77.

No obstante, hay que considerar que en la lógica del discurso de la cronística de Alfonso III el espaldarazo a Asturias como zona sobre la que Munuza gobernaba, refugio de Pelayo y región inicial de la monarquía, no requiere reconocer el paso previo de la tardía provincia norteña visigoda.

Asturias simplemente es el escenario necesario para el despegue de la monarquía asturiana.

n52

Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 1; Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 8. También la Albeldense, al referirse todavía a las postrimerías visigodas, al hablar de la expulsión de Pelayo de la ciudad de Toledo, atribuía a los astures la futurible condición de rebeldes contra los musulmanes: Pelagium... qui postea Sarracenis cum astures reuellauit, Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 33.


Después se sigue hablando de Asturias en situaciones posteriores n55, sin que sepamos nunca cuáles son sus límites oriental y occidental –al sur, obviamente la Cordillera–, pero el cambio esencial del discurso se puede dar por concluido tan sólo considerando estos cinco pasos supuestamente aplicados al breve lapso entre la invasión musulmana y las campañas de Alfonso I.

En un intervalo cortísimo de tiempo la Asturias periférica del reino godo, mal definida administrativamente y habitada por inquietas gentes que las fuentes toledanas presentan como recelosas para los reyes godos, habría sido convertida en el centro geográfico y semántico del nuevo reino.

Al final, la centralidad asturiana termina complementándose con el refuerzo de una auténtica capital del reino. Será Oviedo, tras suceder a Cangas y Pravia n56.

La fijación de la corte en Oviedo, en época de Alfonso II, obedece a razones variadas, entre ellas las de tipo estratégico, la facilidad de comunicaciones y la ubicación en áreas largamente controladas por los dirigentes del reino.

p59

Pero interesa destacar que en el discurso cronístico Oviedo responde plenamente al perfil de “nueva Toledo”, de urbs regia o sedes regia: omnemque Gotorum ordinem, sicuti Toleto fuerat, tam in eclesia quam palatio in Ouetao cuncta statuit n57.

Además de esta proclama, la materialización del orden godo restaurado en Oviedo se expresa en otros aspectos: las alusiones al trono o solio que correspondía a Alfonso II por su padre, unción regia incluida; la mención al círculo cortesano; y la construcción de edificios áulicos en la ciudad misma o en sus afueras –varias iglesias y palacios: nam et regalia palatia, balnea, triclinia uel domata atque pretoria construxit decora et omnia regni utensilia fabrefecit pulcherrima–, destacando la catedralicia San Salvador, las desaparecidas San Tirso y Santa María y la de Santullano o San Julián de los Prados.

Tal dotación Ramiro I la incrementó en la falda del Naranco, y luego la siguió ampliando Alfonso III –omnia templa domini restaurantur et ciuitas in Ouetao cum regias aulas hedificantur–.

Finalmente, como otro índice de la capitalidad, se debe mencionar Oviedo como lugar de enterramiento de los reyes, sirviendo la basílica llamada de Santa María de panteón a Alfonso II, Wikipedia:Ramiro I y Wikipedia:Ordoño I.

Cuando menos, desde la fijación de la capital en Oviedo, la monarquía, como lo prueba el arte asturiano, quizá el Testamentum de 812 –aunque no se considere un diploma de esa fecha–, las prácticas de la corte y otros indicadores, como han subrayado Ruiz de la Peña, Bango Torviso y otros autores, respira goticismo por los cuatro costados n58.


n58

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 19, 21, 22, 23, 24, 28; Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 10, 12.

En otro pasaje de esta crónica que describe las sedes episcopales hacia 882 se cita el obispo Hermenegildo como titular de la regiamque sedem (Albeldense (ed. J. Gil), § XII).

Aún se está lejos, no obstante, de las fabulosas ensoñaciones algunos siglos posteriores de querer hacer de un Oviedo sin pasado nada menos que un obispado muy antiguo –heredero de Lugo desde el s. V, según las falsificaciones de Pelayo de Oviedo y del tardío Liber Testamentorum, que estudiara Fernández Conde– y sede, además de antigua, con aspiraciones metropolitanas.

La mención a la sede ovetense era, por el contrario, todavía discreta en la cronística asturiana, pero aun así es importante porque refuerza en el discurso de estas crónicas el papel de capitalidad que en el lado civil le viene dado a la ciudad por su condición de ubs regia.

Documentalmente, el célebre Testamentum de Alfonso II de 812 –aunque se discute la autenticidad plena– sería la primera constatación de la sede ovetense, FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur (718-910). Oviedo, 1949-1951, 2 vols., I, doc. 24.

La onomástica, el estilo literario y jurídico del documento, así como, por otra parte, la epigrafía ovetense, su arquitectura, el estatus episcopal y la expresa condición de capital con sus palatia, hacen de Oviedo ya en esa época la representación de la nueva Toledo y al reino asturiano continuador inequívoco del visigodo. Vid., al respecto, BANGO TORVISO, I. “L’Ordo Gothorum et sa survivance dans l’Espagne du Haut Moyen Âge”. Revue de l’Art, 1985, vol. 170, pp. 9-20; ÍDEM. “Alfonso II y Santullano”. En Arte prerrománico y románico en Asturias. Villaviciosa, 1988, pp. 207-239, entre otros; GARCÍA DE CASTRO, C. Arqueología Cristiana de la Alta Edad Media en Asturias. Oviedo, 1995; TORRENTE FERNÁNDEZ, I. “Sedes regias de la monarquía asturiana”. En LORING, M.ª I. (ed.). Historia social. Pensamiento historiográfico y Edad Media. Homenaje a A. Barbero de Aguilera. Madrid, 1997, pp. 575-591; ÍDEM. “Goticismo astur e ideología política”. En La época de la monarquía asturiana. Oviedo, 2002, pp. 295-315; CALLEJA PUERTA, M. y BELTRÁN SUÁREZ, S. “El espacio centro-oriental de Asturias”, pp. 95-97 y 103-104; DESWARTE, T. De la destruction à la restauration, pp. 70-81; RUIZ DE LA PEÑA, J. I. “La realeza asturiana y la formulación del poder regio”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 163-201.


p60

Todo ello es concomitante con el espacio específicamente “asturiano” dentro del “Reino de Asturias”, que parece condensar en la cronística el cenit del poder.

Respecto a Cantabria, de destino bien diferente, todo indica que el silencio de las crónicas asturianas en lo referente al relato del periodo astur n59, con la notable excepción de la llegada a Asturias del hijo del dux Wikipedia:Pedro de Cantabria en época de Pelayo, a quien se habría unido n60, no sólo tenía una intencionalidad, difícil de no apreciar como voluntad de postergación de lo cántabro frente a Asturias, sino que venía a rematar una cierta tradición textual e histórica.


n59

Aparte de la mención a Alfonso I (cf. nota siguiente), hay otros dos pasajes en las Crónicas Asturianas donde se habla de los cántabros o Cantabria, pero no se refieren al Reino de Asturias.

Por un lado, las luchas de Wamba contra los vascones, en los confines de Cantabria: feroces uascones in finibus Cantabrie perdomuit, Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 30, que recoge noticias visigodas. Cantabria sería en el siglo VII, pues, una especie de frontera administrativa entre pueblos vascones rebeldes y el interior del reino godo.

La crónica no especifica si los vascones están fuera del distrito de Cantabria o si pertenecena su periferia más incontrolada. La otra mención no referida al Reino Astur es una noticia de historia navarra incorporada a la crónica asturiana con posterioridad: la noticia de que Sancho Garcés I a principios del X conquistó algunos núcleos del Ebro “en Cantabria” –cepit per Cantabriam a Nagerense urbe usque ad Tudelam omnia castra–, Ibid. § XX, 1.

Obviamente en este caso es algo al margen de los cronistas asturianos, un Initium regnum Pampilonam, que se incorporó más tarde.

Lo señala J. Gil en la introducción a la edición que estamos utilizando de las crónicas asturianas, Crónicas Asturianas, cit., p. 104.



En efecto, se acabará completando el declive de Cantabria como territorio identificado y como etnónimo o adjetivo gentilicio.

Los cántabros habían sido un pueblo casi mítico que luchó contra la ocupación romana.

La mención a los cántabros como pueblo costero y vecino de várdulos aparece en las fuentes que narraban todavía las invasiones del siglo V, como se comprueba todavía en la crónica de Wikipedia:Idacio.

Ahora bien, es difícil saber qué ocurrió más tarde, ya en época visigoda.

Pero la información es tan escasa que los procesos de fondo y la misma identificación geográfica de Cantabria están sometidos a teorías muy dispares.

Parece que ya no es tan clara su identificación con los espacios trasmontanos-marítimos.

De hacer caso a la crónica del Wikipedia:Pseudo Fredegario Cantabria sería una provincia dependiente de los francos n61 y probablemente debe encuadrarse en la tradición de escritores de la Galia merovingia –el propio Wikipedia:Gregorio de Tours–, para los que esa parte de Hispania que llamaban Cantabria comenzaría en el litoral mismo.

Mientras que los cronistas hispánicos de los siglos VI y VII resaltan los esfuerzos del estado visigodo ya desde el siglo VI para someter a los cántabros, asociados a veces a los vascones en su rechazo a la imposición del poder territorial toledano: Wikipedia:Juan de Biclaro, coetáneo de los hechos, narraba la expedición de Leovigildo contra los cántabros en 574, dejando constancia de la toma de Amaya, probable centro de poder, por lo que se trataría de pueblos al sur de la Cordillera n62.

p61

Más tarde De Origine gothorum de San Isidoro de Sevilla comenta sucintamente la toma de Cantabria como conquista visigoda n63 y, cuando habla de las expediciones norteñas de Sisebuto las dice dirigidas contra los astures n64, no contra los cántabros –el Pseudo Fredegario sí atribuía esta orientación, en cambio, suponiendo a los cántabros tributarios de los francos hasta que Sisebuto somete Cantabria a los visigodos en 613–, mientras que, por su parte, el obispo de Zaragoza, Wikipedia:Braulio, en su Vita sancti Emiliani incluye un ambiente de agresividad asociado con los cántabros y sus rebeliones n65, en un escenario que se ubica esencialmente en el Alto Ebro.



n64

Contra los astures y contra los rucones, pueblo asentado en la cosa vasca y aledaños.

San Isidoro dice que Sisebuto luchó contra ambos pueblos, Las Historias de los Godos, § 61, p. 272; y § 62, p. 276, mencionando que ruccones superauit.

Recogerá estas noticias sobre luchas de Sisebuto contra astures y rucones, que se habían rebelado en las montañas, la Albeldense (ed. J. Gil), § XIV, 24.

n65

Vita Sancti Emiliani, (ed. L. Vázquez de Parga). Madrid, 1943, p. 34. Vid. CASTELLANOS, S. “Problemas metodológicos en la investigación de la ocupación del territorio durante la Antigüedad Tardía: el caso del alto Ebro y la aportación de la Vitae Sancti Aemiliani”. Brocar, 1995, vol. 19, pp. 27- 48; ÍDEM. Poder social, aristocracias y hombre santo en la Hispania visigoda. La Vita Aemiliani de Braulio de Zaragoza. Logroño, 1998.

Vid. referencias en nota 68. Asimismo LARRAÑAGA, K. “El pasaje del Pseudo-Fredegario sobre el dux Francio de Cantabria y otros indicios de naturaleza textual y onomástica sobre la presencia franca tardo-antigua al sur de los Pirineos”. AEA, 1993, pp. 177-206. Y LÓPEZ MELERO, R. “Una rendición vascona en la Historia regis Wambae de Julián de Toledo”. En SÁEZ, P. y ORDÓÑEZ, S. (eds.). Homenaje al Prof. Presedo. Sevilla, 1994, pp. 837-849.



Las menciones posteriores más interesantes corresponden ya a la cronística asturiana, en concreto la ya mencionada lucha de Wamba contra los vascones “en los confines de Cantabria” n66.

La ambigüedad y parquedad de tales testimonios ha dejado mucha libertad para las interpretaciones acerca de la ubicación de Cantabria.

La teoría de mayor alcance la formularon Barbero y Vigil hace varias décadas n67: hasta el siglo VI, los cántabros, como los vascones, habrían continuado sus luchas para mantener su independencia; desde el siglo VII, ya con el poder visigodo concretado en el limes contra ambos pueblos, los cántabros dejan de aparecer como enemigos de los visigodos, salvo en las fuentes francas, donde se mantuvo la tradición; los cántabros habrían sido desplazados por los astures y de hecho en lo que había sido en la antigüedad Cantabria romana –Alto Sella y Picos de Europa– fue precisamente donde sus habitantes, los que luego formaron el núcleo de resistencia de Pelayo, fueron llamados astures y dieron este nombre al reino.

Los territorios de la antigua Cantabria perderían su nombre y lo que en la Antigüedad romana habían sido áreas claramente cántabras, como las –más tarde llamadas– Asturias de Santillana y la Trasmiera, habían quedado enclavadas desde principios de la Reconquista en “Asturias”.

Probablemente haya que restar fuerza a dos argumentos importantes de estas opiniones: que en algún momento hubo un desplazamiento real de pueblos cántabros –vadinienses– por astures en el oriente de la actual Asturias y zona de Santillana, si se entiende por tal desplazamiento físico y real y no sólo semántico; y por otro lado, que el llamado inicio de la “Reconquista” fue un episodio de continuidad con las seculares luchas de los irredentos pueblos trasmontanos, cántabro-vascones.

Esto puede ser discutible, sí, y también es posible establecer conjeturas sobre la verdadera ubicación de la Cantabria, en época visigoda y posteriormente n68.


n68

Menéndez Pidal, al que en esto reconocen Barbero y Vigil, sitúa en el área riojana esta Cantabria visigoda, y es desde luego la región donde la cronística plenomedieval la ubica (la Estoria de España dice que era de Sancho el Mayor “el ducado de Cantabria, que es tierra de Logronno [...] et era en Castiella esse ducado”, EE o PCG, ed. Menéndez Pidal, p. 473); BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, p. 88, que sitúan la provincia visigoda de Cantabria en el “territorio fronterizo que iba desde Amaya hasta el Ebro en la Rioja”.

Si nos fijamos en el cronista que pudo conocer estas regiones mejor y sobre el terreno, es decir, Rodrigo Jiménez de Rada, encontramos claramente como sitúa para la Alta Edad Media Cantabria en la zona riojana, con capital en Nájera, como área de confluencia de intereses navarros y castellanos, y sin que haya supuesto un cambio con respecto de la denominación más antigua de la región, Historia De Rebus Hispanie (ed. J. Fernández Valverde) en Corpus Christianorum. Continuatio Mediavalis. Turnhout, 1987, vol. 72, Lib. II, cap. XIIII, lib. III, caps. III y IIII, lib. V, caps. XXII, XXV (esp.) y XXVI, Lib. VI, cap. XII, entre otros.

Pero hay autores que defienden que la Cantabria visigoda, más en consonancia con la pervivencia de la región de los antiguos cántabros, era la Cantabria costera, muy semejante a la región actual (González Echegaray, Besga Marroquín), sin que falten autores que han supuesto una identificación con el núcleo vascón navarro, o quienes piensan que la Cantabria visigoda era la de los habitantes de la Cordillera Cantábrica, pero no los de la franja litoral, que serían ruccones (como defiende J. J. García González).

Se trata, en todo caso, de conjeturas, puesto que las fuentes no permiten extraer conclusiones apodícticas. Pueden verse algunas referencias sobre la posible geografía de Cantabria: títulos de la nota 65. Además, SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 248-249; GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. “Incorporación de la Cantabria romana al estado visigodo”. Cuadernos Burgaleses de Historia Medieval, 1995, vol. 2, pp. 169- 230; ÍDEM. “La Cantabria trasmontana en épocas romana y visigoda: perspectivas ecosistémicas”. En GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. y FERNÁNDEZ DE MATA, I. Estudios sobre la transición al feudalismo en Cantabria y la cuenca del Duero. Burgos, 1999, pp. 9-35; LORING GARCÍA, M.ª I. Cantabria en la Alta Edad Media; GONZÁLEZ ECHEGARAY, J. “La ‘nota de Cantabria’ del códice emilianense 39 y las citas medievales de Cantabria”. Altamira, 1976-1977, vol. XL, pp. 61-94, quien niega que hubiese un desplazamiento antes del siglo VII del nombre de Cantabria hacia La Rioja, situación y ubicación –localidad de Cantabria, junto a Logroño– que cree muy posterior, del siglo X o aun después; ÍDEM. Cantabria en la transición al medievo. Los siglos oscuros, IV-IX. Santander, 1998; CASTELLANOS, S. “Consideraciones en torno al poblamiento rural del actual territorio riojano durante la Antigüedad tardía”. En VII Semana de Estudios Medievales. Nájera, pp. 331-342; VAN DEN EYDE CERUTI, E. “El tránsito a la Edad Media”. En Historia de Cantabria, I. Santander, 1985, pp. 277-286; BESGA MARROQUÍN, A. Orígenes hispano-godos del Reino de Asturias, pp. 137-152; ISLA, A. “Los astures: el populus y la populatio”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 17- 42.



Pero de lo que no hay duda es de la práctica extinción de Cantabria en las fuentes en la transición entre el reino de Toledo y el de Asturias.

p63

Habiendo sido la provincia clave del norte –bajo un dux–, a Cantabria le debería haber correspondido un papel mucho más notorio.

Sin embargo, reforzando el silencio de los cronistas hispánicos del siglo VII o acentuándolo deliberadamente aún más, de lo que nos hablan los cronistas asturianos es de Asturias como cuna única del Reino, olvidando que tan fundador pudo ser del mismo en realidad el “cántabro” Alfonso I como Pelayo, y por otro lado, que de lo que hablan las crónicas es ya de unos espacios que, sospechosamente, pensamos que bien pudieron ubicarse en el solar de la antigua Cantabria, o incluso más bien en sus márgenes septentrionales.

Al citar áreas en los confines norteños de Cantabria, del Ebro hacia el norte, y omitir la mención al espacio visigodo propiamente así llamado, pero todavía incapaz de ser objeto de una populatio por Alfonso I, se establecería un finiquito del otrora brillante territorio: en su parte sur, de Amaya al Ebro riojano, la recuperación de la Cantabria visigoda aún peligraba por la presencia musulmana y era imposible poblarla; y, hacia sus confines norteños, del Ebro la Cordillera y de ésta al Cantábrico, nacían nuevos espacios con nuevos nombres.

En efecto, las menciones de las crónicas a espacios de vieja raigambre autrigona ubicados al oeste de la actual Vizcaya, esto es, Carranza, Sopuerta –que no pertenecían al espacio vascón– o la Trasmiera, si se quiere pensar que en estas regiones litorales se extendió en algún momento la influencia cántabra, o muy especialmente Bardulias, ya al sur de la Cordillera, no harían sino venir a sustituir el espacio geohistórico que siglos atrás había correspondido a Cantabria.

E incluso las Primorias, que también antaño fueron ocupadas por cántabros vadinienses y en su franja costera –de la Sierra de Cuera al mar– por orgenomescos.

Todo esto fue territorio étnico de los cántabros antiguos.

Y el área de Amaya-Alto Ebro, territorio administrativo de la Cantabria visigoda.

Pero tanto una como otra realidad se habían ya apagado.

Los territorios nuevos de los que hablan las crónicas se representan como comarcas o regiones del Reino Astur, ya nunca de Cantabria ni menos aún territorios de los cántabros.

De modo que podría sugerirse que la memoria de Cantabria y sus confines, con una situación estratégica que no pudo reproducir su identidad, acabó convergiendo con la deliberada voluntad cronística de oscurecer a la altura del siglo IX el papel de Cantabria frente al de Asturias.

El ciclo de la Cantabria histórica se extingue, pues, en el discurso cronístico y es sustituido por una nueva representación de espacios pertenecientes al multirregional Astororum Regnum.

Ciertamente el caso de Bardulias o Bardulia es el más sintomático, puesto que donde sitúan los cronistas este espacio, en el siglo IX llamado ya Castilla –qui nunc uocitatur Castella–, debió haberse extendido, como acabamos de sugerir, una parte de los confines de la antes llamada Cantabria, concretamente los que miraban desde las fortalezas de Amaya-Mave-Victoriaco y la línea del Ebro hacia las tierras del norte.

Los indicios para identificar el solar originario castellano interesaron hace tiempo a los autores, ya al margen del problema etimológico de saber si el nombre “Castilla” deriva del árabe Al-quilé –“los castillos”– o bien de la voz latina castella, en todo caso un corónimo muy ligado a la abundancia de fortificaciones.

Aparte de las fuentes narrativas, algunos documentos n69 han permitido la identificación de Castella Vetula o la Castilla del Ebro.

Ya Sánchez-Albornoz situó esta Castilla incipiente en un área concreta: valles de Mena, de Losa, de Sotoscueva, comarca de Valpuesta-Valdegovía y quizá norte de la Bureba y Montes Obarenes n70.


n69

El primero, muy notable, es uno del 800 en que el abad Vitulo, en su actividad repobladora, cita Taranco in territorio Mene y funda una iglesia in civitate de Area Patriniani, in territorio Castelle, Cartulario de San Millán de la Cogolla (759-1076) (ed. A. Ubieto Arteta). Valencia, 1976, doc. 2.

Aunque puede haber variaciones según los autores, suele identificarse Area Patriniani con la de los interfluvios de los ríos Nela, Trueba y Losa. Vid. referencias bibliográficas en nota siguiente.

n70

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 593-601, III, pp. 927-932, retomando el trabajo anterior llamado “El nombre de Castilla”. Interesan también otros estudios: GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “El espacio cántabro-castellano y alavés”; PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla. Madrid, 1969-70, 3 vols., I, esp. caps. IV-VII, pp. 89-219; PASTOR DÍAZ DE GARAYO, E. Castilla en el tránsito de la Antigüedad al Feudalismo, pp. 119-124; MARTÍN VISO, I. “Poder político y estructura social en la Castilla altomedieval: el condado de Lantarón (ss. VIII-XI)”. En IGLESIA, J. I. de la (coord.). Los espacios de poder en la España medieval. XII Semana de Estudios Medievales. Logroño, 2002, pp. 533-552; GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. “La Castilla del Ebro”. En GARCÍA GONZÁLEZ, J. J. y LECANDA, J. A. (coords.). Introducción a la historia de Castilla. Burgos, 2001, pp. 23-102, entre otros; CADIÑANOS LÓPEZ-QUINTANA, A. Los orígenes de Castilla (una interpretación). Burgos, 2002.

n71

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 14. Utiliza también este término la Crónica de Alfonso III cuando, al referirse para el año 842-843 a la sucesión de Ramiro I, en el momento en que a éste le corresponde ocupar el trono, se dice que se encontraba ausente de la corte al hallarse in Barduliensem prouinciam, donde había ido a buscar esposa, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 23.


Debe observarse que Castilla es la única área regional del reino asturiano desplegada ya a mediados del VIII al sur de la Cordillera.

En este sentido es una especie de “marca” hacia el sur y hacia sus flancos, cuyos límites, en tanto que frontera en sí misma, se acabarán solapando con la auténtica “frontera”, la de la cuenca del Duero.

En el siguiente epígrafe se habla de ello.

La cronística asturiana entiende el área castellana primitiva como parte integrante del reino y la considera una de sus provincias o territorios interiores.

Pero además se muestra impecable en la utilización de los términos geográficos con un intencionado sentido evolutivo.

Utiliza Bardulias como nombre de la zona “en el pasado” del reino astur, previo al reinado de Alfonso III, cuando se escribe la crónica n71, pero ya se emplea abiertamente el nombre de Castilla al narrar la historia de este último reinado.

El discurso territorial nuevo frente a las viejas nomenclaturas superadas y renovadas.

Con la novedad notable, además, de que, para este periodo, de c. 883, se reconocen entidades territoriales menores nuevas y concretas: la Albeldense habla de Diego, hijo de Rodrigo, conde de Castilla, uno de los territorios o condados que había en el reino n72.

La documentación del IX anterior a la fecha de la redacción de las Crónicas Asturianas registra como comites in Castella la noticia de Rodrigo y su hijo Diego Rodríguez n73.

p65

Los jefes castellanos, seguramente ya supracomarcales pero convergentes con una atomización del poder que no reflejan los cronistas asturianos n74, estarían desempeñando en este espacio periférico del reino, al sur de la Cordillera y de la depresión vasca, un papel esencial, el de baluarte guerrero, junto con las poblaciones rurales, puesto que esta zona estaba expuesta a las aceifas musulmanas sistemáticamente.

Tierra de varios condes, de muchos castillos y de muchas batallas, seguramente.

Especialmente en el periodo 791-883 hubo aceifas musulmanas de forma recurrente sobre el territorio casi indiferenciado de Álava-Al Quilé n75.


n73

El conde Rodrigo se documenta, a veces con el calificativo de regnante ... in Castella en 853, 855, 862, 867 y 873 y es el conde al que la cronística atribuye la repoblación de Amaya en 860.

El conde Diego Rodríguez, su hijo, se menciona en dudosos diplomas de 869 y 871 y es el repoblador de Burgos de 884.

Referencias en FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur, I, docs. 55, 56, 61, 77, y II, doc. 104; Cartulario de San Millán de la Cogolla, docs. 9 y 10. Vid. PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla, I, pp. 178-181; MARTÍNEZ DÍEZ, G. “Los condados altomedievales: Castilla, Monzón y Carrión”. En Actas III Curso Cultura Medieval. Repoblación y Reconquista (Aguilar de Campoo, 1991). Madrid, 1993, pp. 115-125, esp. p. 116; ESTEPA DÍEZ, C. “El poder regio y los territorios”, pp. 458-462.

n74

Cf. nota anterior. La pluralidad de jefaturas irá apareciendo en la documentación castellana del X.

Pero también hay indicios para la época asturleonesa, aparte de la cronística. Sánchez-Albornoz fue quien primero se dio cuenta de ello.

Testimonios de Ibn Idari y otros mencionan que en la batalla de La Morcuera de 865 se citan cuatro jefes diferenciados en lo que sería Castilla: Rodrigo en Castilla y Álava, Ordoño en Oca, Gonzalo en Burgos y Gómez en Mijangos.

Podrían ser condes. Para describir la campaña musulmana algo anterior, de 863, las noticias de Ibn Al Atir, Ibn Idari y Al-Nuwayri dicen que los musulmanes, en algún desfiladero sin concretar –¿Pancorbo?, ¿Hoz de Morcuera?– derrotaron a “19 condes” castellanos.

Está indicando una percepción literaria de atomización de las jefaturas territoriales castellanas, que significativamente es la tesis de los estudiosos actuales.

Vid. SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, III, pp. 333, 339-362 (“La campaña de Morcuera”, como tituló un artículo en 1948, que ahí revisa), 885-946 (que titula y revisa también como “Alfonso III y el particularismo castellano”). Pérez de Urbel sugiere que esos 19 no serían condes, sino jefes o tenentes de fortalezas, por debajo del conde Rodrigo, PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla, I, p. 183.

n76

Señala Céline Martin: “le territoire de l’ancien royaume seueve, qui s’etendait sur une grande parte de la Gallecia romaine, jusqu’au fleuve Sella, et sur le nord de la Lusitanie”, MARTIN, C. La géographie du pouvoir, pp. 92-93.

n77

Un área de fuerte continuidad con el pasado y un espacio importante en el Reino de Asturias como aglutinante de intereses y de relaciones que iban más allá de una episódica provincia periférica.

Sobre esa realidad gallega hay algunos trabajos. Entre los últimos, pueden verse los de BALIÑAS, C. “De Covadonga a Compostela: Galicia en el marco de la construcción del Reino de Asturias”.

En La época de la monarquía asturiana, pp. 267-389; y PORTELA, E. “Galicia y los reyes de Oviedo”. Ibídem, pp. 351-365.


Bardulias, luego Castilla, es sin duda un espacio progresivamente destacado en el Reino Astur, pero todavía marginal y periférico en éste, además de amenazado, como se acaba de indicar.

Esta condición periférica respecto del centro político asturiano es igualmente atribuible a otras dos grandes zonas cuya integración en el reino es reconocida, y subrayada, pero con una especificidad: la mención a rebeliones.

Se trata de Galicia y de los territorios vascones occidentales, o alaveses.

Por lo que respecta a Galicia había tenido una personalidad propia dentro del reino visigodo, una región individualizada por su pasado suevo, hasta su integración en el reino de Toledo en época de Leovigildo, pero al fin y al cabo fue siempre considerada una enorme referencia territorial y que englobaba a la propia Asturias n76.

Y sin embargo, las referencias de la cronística asturiana, minusvalorando la potente realidad regional gallega n77, son bastante diferentes a las del pasado visigodo.

La historiografía asturiana de Oviedo prefirió omitir los efectos que probablemente desde principios del IX tendría la inventio del hallazgo del sepulcro del apóstol Santiago n78, omisión que favorecería la concentración de toda la atención simbólica en Asturias y sus reyes y no en una región que era pieza clave del Reino n79 pero que se quería presentar como centrífuga y repoblada por éste 80.

Las crónicas resaltan que Galicia fue objeto de repoblaciones por parte de los primeros reyes astures, con la repoblación de su pars maritima en época de Alfonso I n81 y la llegada al Miño en época de Fruela I n82.

Se destaca también que se trataba de una provincia del Reino n83.

Y finalmente se menciona que las rebeliones contra la monarquía fueron sofocadas. Esto sería una constante de la imagen de Galicia en las crónicas desde Fruela I hasta el comienzo del reinado de Alfonso III n84.

En cuanto a Vasconia y los vascones, sin duda la cronística asturiana hereda una tradición visigoda llena de prevención hacia esta parte de la península.

Los ecos de las noticias del Biclarense señalando que Leovigildo ocupó Victoriaco y el territorio vascón, de Julián de Toledo dejando constancia de la destrucción de los castros vascones por Wamba o de San Isidoro dando cuenta de las luchas de Sisebuto contra los ruccones y de Suintila contra los vascones n85, que eran sin duda informaciones que habían difundido la idea de que los vascones eran un pueblo hostil y “feroz” con el que los reyes de Toledo habían luchado hasta la época de don Rodrigo n86, no se apagaron en los siglos VIII y IX.

Es posible que hubiera en época hispanovisigoda un trasfondo histórico que justificase esta representación del enemigo vascón desde un prisma de honda alteridad, cuestión en la que no podemos entrar n87, pero esencialmente el resultado que nos interesa es que, junto a una nueva realidad de espacios fragmentados n88, el cliché viejo de los vascones rebeldes]] y de difícil asimilación fue también incorporado por la cronística astur, otro ejemplo de doble discurso territorial.

Lo adoptó al narrar la historia del siglo VII, donde los cronistas ovetenses siguieron a los visigodos n89.

Y el cliché también se mantuvo al subrayar ya para el Reino de Asturias las dificultades de integración en éste.

Los cronistas no sólo no ofrecen ningún atisbo de una posible existencia de focos vascones de resistencia antiislámica –de los pirenaicos habría alguna infomación, pero se silencia–, dejando todo el protagonismo de esta resistencia al Reino de Asturias, sino que además gustan afirmar que a menudo los reyes asturianos tuvieron que someter a los vascones.

La rebeldía de éstos se compadecía bien con el antiguo cliché de la ferocitas vascona y era indicio de la vinculación al Reino, a partir de cierto momento al menos.

Por las referencias textuales se entiende que los vascones a los que aluden las crónicas como vinculados al Reino de Asturias se corresponden con la zona de Álava.

Y en este sentido, las noticias que se ofrecen del reinado de Fruela I son doblemente importantes, puesto que se insinúa que, al sofocarse una rebelión vascona, se consolida su pertenencia al Reino, lo que aún no ocurría en época de Alfonso I –cuando los alaveses se regían “por sí mismos”–, mientras que, cuando se cita la unión de Fruela con la vascona Munia, estirpe de la que nacerá Alfonso II, se está reforzando, siquiera en términos simbólicos, una típica vía de integración de un territorio en el reino consistente en la unión de un rey o príncipe con una mujer de otra parte, que quedaba así aliada o más apegada al reino n90.

Álava y/o los vascones aparecen otra ve en la cronística asturiana en algunos otros episodios de los reinados de Alfonso II, Ramiro I y Ordoño I n91.

Pero es en la narración sobre Alfonso III, coetánea de este reinado, donde aparece ya una innovación con el desdoblamiento de un discurso territorial sobre esta zona: permanece el cliché de los vascones rebeldes –a los que Alfonso III tuvo que someter en dos ocasiones–, esto es, el estereotipo casi legendario, el de la Vasconia antigua y hostil, pero por otra parte emerge la mención concreta a Vela o Wikipedia:Vígila Jiménez y al condado de Álava, que junto con el de Castilla, revelan una entidad nueva que la corte ovetense tenía ante sus propios ojos y que era una realidad administrativa n92, nada legendaria, sino una forma de organizarse territorialmente el reino asturleonés hacia 883, cuando se escribía la crónica n93.

Estas eran las piezas esenciales de los territorios norteños del Reino de Asturias, tal como son presentados por la cronística de la época de Alfonso III.

Era un discurso sobre las zonas del norte donde se perciben las huellas de la geografía visigoda, pero a partir de esta base hemos notado que la cronística reordena dicha geografía: hace brotar denominaciones de regiones totalmente nuevas, sin pasado visigodo; olvida algunas antiguas; amplifica el significado territorial de la Asturias trasmontana; recorta el prestigio anterior de Cantabria y Galicia; e incluso en relación con los territorios vascones, pese a que siguen encuadrados en viejos clichés, presenta una posición de previsible hegemonía del Reino de Oviedo sobre ellos, en concreto sobre la parte occidental o alavesa.

El discurso territorial de las crónicas del siglo IX presenta, por tanto, novedades frente al pasado.

Nos preguntaremos en un trabajo futuro si hubo un cambio de discurso en los cronistas posteriores, de los siglos X-XIII, sobre estos espacios norteños.

Pero ahora veamos lo que escribió la historiografía astur acerca de las áreas en las que tuvo que guerrear la realeza asturiana, los espacios que tuvo que arrebatar a los musulmanes, o defender frente a ellos, es decir, las regiones que fue preciso conquistar, no sólo habitar pacíficamente.

REPRESENTACIONES DE LA FRONTERA. LOS ESPACIOS MERIDIONALES DEL REINO

El relato, sucintamente

Con una Asturias ya libre de musulmanes en época de Pelayo n94, el patrón de expansión que proponen las Crónicas es claro, pero no podremos hablar propiamente de frontera si no es en relación con las vastas tierras al sur de las montañas.

La gran tarea de superar esta línea correspondió ya a Alfonso I. Además de tomar León y Astorga, la crónica señala la expansión cristiana por Tierra de Campos hasta el Duero: Urbes quoque Legionem atque Asturicam ab inimicis possessas uictor inuasit. Campos quem dicunt Goticos usque ad flumen Dorium eremauit et Christianorum regnum extendit n95.

Por su parte, la Crónica de Alfonso III, aparte de la populatio de regiones del reino, como ya se indicó 96, señala mucho más explícitamente que Alfonso I, con su hermano Fruela: Multas ciuitates bellando cepit, id est, Lucum, Tudem, Potugalem, Anegiam, Bracaram metropolitanam, Uiseo, Flavias, Letesma, Salamantica, Numantia que nunc uocitatur Zamora, Abela, Astorica, Legionem, Septemmanca, Saldania, Amaia, Secobia, Oxoma, Septempuplica, Arganza, Clunia, Mabe, Auca, Miranda, Reuendeca, Carbonarica, Abeica, Cinasaria et Alesanzo seu castris cum uillis et uiculis suis, omnes quoque Arabes gladio interficiens, Christianos autem secum ad patriam ducens n97.

Todos estos núcleos, que se identifican sin demasiados problemas n98, fueron tomados bellando cepit, dice la Crónica de Alfonso III.


n98

Se pueden identificar prácticamente todas las ciudades de esa relación: Lugo, Tuy, Oporto, Braga, Viseo, Chaves, Ledesma, Salamanca, Zamora –antes llamada Numancia, según esta versión–, Ávila, Astorga, León, Simancas, Saldaña, Amaya, Segovia, Osma, Sepúlveda, Coruña del Conde, Mave, Oca,Miranda, Cenicero –en La Rioja–, Alesanco, igualmente en esa región, cerca del Ebro.

La versión ad Sebastianum recoge prácticamente las mismas aunque con alguna variante: incluye la ciudad de Agata; prescinde ya de la legendaria atribución a Zamora del nombre de Numancia; menciona una Uelegia Alabense; e incluye el riojano Briones o Brunes, Ibídem, Seb. § 13.

En una u otra versión hay algunas ciudades de identificación dudosa: Anegiam, que sólo se cita en la versión rotense y que se trataría de una localidad al norte de Portugal; Arganza, que aparece en las dos versiones, podría ser la localidad soriana de ese nombre; Reuedeneca o Revenga, que también está en las dos versiones de la Crónica, ofrece también dudas, ya que hay más de una localidad de ese nombre en Burgos y Palencia, si bien se suele considerar que se trataría de una localidad cercana al Ebro y al límite con Álava, que podría ser el área de Valpuesta y Valdegovía; Carbonarica, que se supone una localidad en la comarca de Miranda de Ebro; Abeica estaría en el área riojano-alavesa también; Agata sólo aparece en la versión ovetense, al igual que Uelegia Alabense, localidad ésta que suele identificarse con la Iruña alavense, en plena Llanada.

En general, se aceptan como válidas las identificiones que sugirieron GARCÍA VILLADA, Z. Crónica de Alfonso III. Madrid, 1918; y SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 229-230, con un mapa, unas páginas antes, sobre estas localizaciones.

Vid. asimismo las identificaciones de BONNAZ, Y. Chroniques Asturiennes (fin IX siècle). Paris, 1987, pp. 164 y ss.; y GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “El espacio cántabro-castellano y alavés”, p. 117 n.


Ello contrasta con las regiones norteñas desde Bardulias a la Galicia marítima, que, según se dice, populantur, fueron repobladas.

p71

Tras Alfonso I tardará mucho tiempo en mostrar la cronística asturiana iniciativas de avance territorial. Durante los reinados siguientes apenas se describen, y muy escuetamente, épocas de paz y apenas algunas victorias frente a los musulmanes, esporádicas y efectuadas en tierra propia ante incursiones del enemigo.

De Fruela I se destaca que tuvo muchas victorias –uictorias multas fecit, dice la rotense, o uictorias egit, en la Albeldense–, pero con detalle sólo se menciona una de ellas sobre los musulmanes en el lugar de Pontubio, en Galicia. Aurelio tuvo paz con los musulmanes –Prelia nulla gessit, cum caldeis pacem abuit–, al igual que Silo –cum ismaelites pacem habuit– y tan sólo la Albeldense cita una acción acaecida en el reinado de Wikipedia:Bermudo I, una batalla en Burbia, en el Alto Bierzo n99.


El largo reinado de Alfonso II se presenta muy opaco en la evocación de acciones militares.

Éstas se conocen gracias a las crónicas musulmanas y afectaron sobre todo a una zona que las fuentes musulmanas llaman Alaba wa-al-Quilá, que se suele traducir por “Álava y los castillos” o “Álava y Castilla”.

El texto de las crónicas árabes y la crítica histórica, en especial Sánchez-Albornoz y los arabistas –desde LéviProvençal– han dado credibilidad a las fuentes musulmanas que, aunque posteriores, permiten identificar cerca de una veintena de ataques en época de Alfonso II n100.

p72

Y sin embargo el relato cristiano del reinado apenas cita alguna acción, significativamente victoriosa –que a su vez las fuentes musulmanas silencian–, y calla las demás: victoria de Alfonso II en Lodos o Lutos, en Asturias, en el tercer año de su reinado; dos victorias en Galicia en el trigésimo año del reinado, una contra un ejército musulmán en el lugar de Narón y otra contra otro en el río Anceo; finalmente, al final del reinado, victoria también en Galicia contra un caudillo militar, Mahamud, que primero fue acogido por el rey y luego luchó él, hecho que termina en victoria de Alfonso II n101.

Siempre, en cualquier caso, las victorias reseñadas de Alfonso II fueron acciones acaecidas en el propio Reino de Asturias, sin constatarse ningún avance territorial en la Meseta.

Con respecto a las guerras y conquistas de Ramiro I la cronística de Alfonso III se muestra muy parca, destacando que venció a los musulmanes en las dos ocasiones en que se enfrentó a ellos n102.

En cambio Wikipedia:Ordoño I es protagonista del relato cronístico por haber repoblado cuatro ciudades que “permanecían desiertas”, León, Astorga, Amaya y Tuy, así como multaque et alia castra, en expresión de la Albeldense n103.

Pero también por sus guerras frecuentes: por haber vencido a los musulmanes en numerosas batallas, por haber derrotado a Muza y los Bani Qasi en Albelda–Laturce n104, desactivando el poderoso enclave regional de esta estirpe muladí en el Ebro y, ya en expediciones más lejanas, por haber hecho la guerra, con éxito momentáneo al menos, al sur de la Cordillera Central n105.

n105

Con respecto a esto último se cuenta la conquista –preliando cepit– por el rey Ordoño de Coria con su reyezuelo Zeiti y de Talamanca con su homólogo Mozeror, que parecen haber formado parte de multas et alias ciuitates ubicadas en áreas controladas por los musulmanes, ya en la cuenca del Tajo: multas et alias ciuitates iam sepe dictus Hordonius rex preliando cepit, id est, ciuitatem Cauriensem cum regem suum nomine Zeiti, aliam uero consimilem eius ciuitatem Talamanca cum rege suo nomine Muzeor, C. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 27, semejante en Seb. § 27. La Albeldense menciona la conquista de Talamanca, Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 11.


Y ya en relación con el último monarca del Reino de Asturias, Alfonso III, en cuyo entorno se gestaron las crónicas, hay que distinguir entre las dos obras.

La Crónica de Alfonso III excluye ya los hechos correspondientes a este monarca, destacando únicamente la rotense su acceso al trono tras Ordoño I.

p73

Por el contrario, la Albendense dedica la parte más extensa de la obra precisamente al relato pormenorizado del reinado de Alfonso III desde su comienzo en 866 hasta 882-883, ofreciendo una visión muy cercana y directa del pasado más inmediato y del “presente”, siendo así que la descripción detallada y concreta de los hechos del reinado tal como se estaban produciendo en aquellos momentos contrasta con el relato más genérico que se ofrece de los anteriores.

En estos pasajes de la Albendense n106 se narran fundamentalmente los hechos bélicos –en especial los victoriosos– protagonizados por el monarca hasta 883, así como algunas acciones ligadas al control de determinadas poblaciones y zonas: ataque infructuoso de una hueste musulmana que entró en tierra de León guiada por Al Mundir, hijo de Abderramán II, antes de 868; derrota por las mismas fechas de otra hueste musulmana en el Bierzo; expedición cristiana con la toma de Deza y Atienza; ataque contra Coimbra, que pobló con gallegos; destrucción de Coria, Idanha y confines de Lusitania hasta Mérida y hasta el mar; victoria masiva sobre los musulmanes en Polvoraria o Polvorosa, en el curso bajo del Órbigo, en 878, y más tarde nuevas escaramuzas cerca de León, cuenca del Esla; expedición de castigo en los confines de Mérida y el Tajo, con llegada en 881 hasta el área del Guadiana y Monte Oxifer; defensa frente a ataques cordobeses en la zona de Cellorigo, Pancorbo y Castrojeriz en 882 y de nuevo en 883; aceifas musulmanas en 883 en la zona del Cea, Sollanzo, Coyanza y luego destrucción de Sahagún por los musulmanes; restauración de las sedes y ciudades de Braga, Oporto, Eminio –luego ya Coimbra–, Viseo y Lamego.

n106

Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 12 y 13. La crónica de Sampiro ofrece noticias de algunos de estos episodios, sobre todo los ataques de Almundir a León y el Bierzo, los ataques a León y Astorga y la batalla de la Polvorosa, Sampiro (ed. Pérez de Urbel), § 1, p. 277, § 5, pp. 282-283.

Estos acontecimientos narrados en las crónicas –y otros coetáneos– han sido abundantemente estudiados por los historiadores, en especial por Sánchez-Albornoz, que ha dedicado muchísimas páginas a ellos, SÁNCHEZALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, III, esp. pp. 607-624 y 685-745; asimismo es interesante la síntesis que hace GARCÍA TORAÑO, P. Historia del Reino de Asturias, pp. 288-306.

Las crónicas cesan la narración hacia 883. Fenómenos como las repoblaciones de Cea, Sollanzo, Simancas, Dueñas, Tierra de Campos o Zamora y otros hechos bélicos correspondientes a 883-910, de los que dio cuenta Sampiro a principios del XI, no se incluyen en las Crónicas Asturianas, por tanto han de quedar también fuera de cualquier análisis del discurso territorial referido a éstas.

En cualquier caso, las crónicas asturianas brindan numerosos episodios susceptibles de ser interpretados en relación a la visión sobre la expansión del Reino al sur de la Cordillera.

Algunas consideraciones sobre la frontera meridional del Reino de Asturias

El relato cronístico, en especial el de las campañas de Alfonso I, como es sabido, ha dado lugar al tema del «desierto estratégico del Duero».

La expresión nace con Herculano y, más adelante, Sánchez-Albornoz la convirtió en uno de esos grandes ejes de su interpretación de la Historia de España. Sánchez-Albornoz, aunque tuvo también en cuenta otras causas n107 hizo recaer en el traslado de población efectuado por Alfonso I la piedra angular de su tesis.


n107

Entre ellas, causas internas de las poblaciones musulmanas: dificultades económicas, rebeliones beréberes en el noroeste de la Península hacia 740-741, con el abandono musulmán de estas zonas, desde Galicia hasta la Cordillera Central.

En definitiva, un conjunto de factores que permitieron que Alfonso I aprovechara «la gran coyuntura», SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 224-225 y 239-255. También en su Despoblación y repoblación del valle del Duero. Buenos Aires, 1966.

Interesan también, entre otros, MANZANO, E. La frontera de Al-Andalus en la época Omeya. Madrid, 1992, así como MAÍLLO SALGADO, F. “Sobre la presencia de los muslimes en Castilla la Vieja en las Edades Medias”. En Actas III Curso Cultura Medieval. Repoblación y Reconquista (Aguilar de Campoo, 1991). Madrid, 1993, pp. 17-22; ÍDEM. “El Reino de Asturias desde la perspectiva de las fuentes árabes”. En La época de la monarquía asturiana. Oviedo, 2002, pp. 229-249.

En cuanto a las fuentes árabes es clara la conciencia de revueltas internas de 740, desalojo musulmán del cuadrante noroeste peninsular, pero también de la lucha de Pelayo y los “gallegos”, cuya resistencia se confunde y continúa con la de Alfonso I-Fruela de 750.

De modo que los musulmanes incluían estas acciones cristianas como un factor más del repliegue a mediados del VIII hacia la cuenca del Tajo, abandonando el norte: Ajbar Machmu’a, pp. 48 y 66; IBN IDARI. Al-Bayan al Mugrib (reed. F. Fernández González), p. 58; IBN JALDÚN, “Kitab al-Ibar” (trad. O. A. Machado), p. 149; quizá el texto más expresivo es el de Ibn Al Atir, en Al- Kamil, que atribuye más que a Alfonso I a Fruela I el éxito militar de los “gallegos”: “expulsó a los musulmanes de las plazas fronterizas y se apoderó de Lugo, Oporto, Salamanca, Zamora, Ávila, Segovia y Castilla”, trad. francés de E. FAGNAN. Annales du Mahgreb et de l’Espagne, p. 104.



El largo libro sobre esta cuestión n108 ha sido de obligada cita –aunque no siempre lo han leído los medievalistas que han hablado de él– en una polémica recurrente en nuestro medievalismo.

Por archiconocida, prescindimos de pronunciarnos sobre la materia al menos en los registros en los que suele plantearse: los argumentos albornocianos para demostrar la debilidad demográfica de la cuenca del Duero –la despoblación en sentido extremo no se defiende–; o, por el contrario, con muchos más partidarios, la defensa de que en la cuenca del Duero hubo una continuidad y consistencia poblacional, tal como se comprueba a través del registro material, del poblamiento constatado documentalmente –con presuras y transacciones varias– y de la propia exégesis textual.

La posición de consistencia poblacional se halla originalmente tanto en el pensamiento de Barbero y Vigil como en la lectura que Menéndez Pidal hizo del término populare como “organizar” más que repoblar en sentido estricto n109.

Al margen de estos debates, planteados a partir de cuestiones demográficas, arqueológicas, toponímicas y de historia rural, nos centraremos en lo que aquí interesa, la imagen de la frontera trazada por la cronística asturiana, sobre todo en relación con la cuenca del Duero.

Desde las campañas de Alfonso I n110 hasta las de Alfonso III, que se acaban de mencionar, las cuestiones que nos plantearemos son las siguientes: primero, el problema de la credibilidad del relato; en segundo lugar, la originalidad de su contenido; y finalmente, la imagen implícita de “frontera” que dibujan los textos.

p75

Respecto a lo primero, el parámetro de la credibilidad, hay que decir que se ha resaltado por parte de algunos autores su inverosimilitud.

En especial la detallada lista de núcleos conquistados por Alfonso I ha sido muy cuestionada.

Barbero y Vigil han sido los más fervientes defensores de la tesis que podríamos llamar escéptica y que en general hacen extensiva a su lectura de la Crónica de Alfonso III en conjunto n111.

Según ellos, la realidad que tendrían presente los redactores de la crónica –Barbero y Vigil hablan de “fabulación”, “ficción”, etc.– sería la de Alfonso III o, poco antes, la de Ordoño I, cuando el reino de Asturias habría conquistado las ciudades del Duero y fue entonces cuando se recurrió a la ficción de suponer que tales tierras del Duero estaban desocupadas desde que Alfonso I trasladara un siglo o más antes la población al abrigo de las montañas cantábricas.

Para estos autores, por el contrario, las poblaciones del Duero habrían continuado existiendo en ese intervalo n112.


Esta tesis escéptica cuenta con algunos antecedentes significativos n113.

La tesis tiene su contrapunto en las opiniones que otorgan credibilidad al texto asturiano.

Los más acérrimos defensores de esta postura han sido Sánchez-Albornoz y, recientemente, Besga Marroquín.

La suposición de que la Crónica de Alfonso III se basaba en un texto perdido del siglo VIII, por tanto cercano a los hechos, la concordancia con sucesos narrados por los textos musulmanes, la comprobación documental de las repoblaciones de ciudades y determinadas áreas que se hallaban en la segunda mitad del siglo IX todavía despobladas –por tanto, en algún momento se habrían abandonado– son, entre otros, argumentos que Sánchez-Albornoz desarrolló ampliamente.

Además de ser claves en sus célebres tesis sobre la despoblación del Duero, lo cierto es que las conquistas de Alfonso I que detalla la Crónica de Alfonso III fueron, para el historiador abulense, no sólo algo real, sino también trascendental en la historia del Reino y de la Reconquista n114.

De modo que la cuestión de la credibilidad está sometida a una controversia sobre la naturaleza de las fuentes. Problema complejo y de enfoque, imposible de dilucidar ahora.

Un segundo aspecto importante relativo a la expansión al sur de la Cordillera sería el referido al grado de continuidad respecto del pasado.

La descripción de localidades conquistadas por Alfonso I es elocuente y necesario punto de partida de cualquier reflexión sobre el espacio meridional del reino.

Pero podemos valorar si tal descripción es original. Se conoce por las fuentes visigodas la geografía del siglo VII.

Pero las crónicas asturianas están escritas hacia 883 n115 y describen una situación, la de mediados del VIII, que quedaba ya algo lejos.

En consecuencia, podemos preguntarnos cuánto hay en los textos conservados de una recogida inocente de hechos y situaciones 150 años anteriores a la redacción y que, aunque reales en su momento, es cierto que habrían podido desvirtuarse en el camino; cuánto hay de deliberada reconstrucción ex post facto de la situación del siglo VIII por parte de los cronistas de Alfonso III gracias al aporte de materiales referentes al reino visigodo, cuyas fuentes conocía la corte ovetense y que aplicó inercialmente a una época pasadano muy bien conocida; y cuánto hay finalmente de recreación fantástica de lo que debió ser para los cronistas de Alfonso III el Reino de Asturias en época de Alfonso I, a tenor del devenir posterior y de la memoria sólo parcialmente conocida del pasado.

Es muy difícil precisar cada proporción y dosis concreta de todo ello a partir de la mera hermenéutica de los textos, pero es prácticamente lo único que hay para ese periodo.

Las crónicas mencionan expresamente 29 localidades, en la rotense, y 31 en la ovetense n116.

El texto deja entrever que no era una relación completa. En efecto, hace una distinción n117.

Esa treintena de localidades merecen aparecer en él con sus nombres propios y son llamadas «ciudades» –ciuitates bellando cepit–, pero el resto no es citado de forma específica: seu castris cum uillis et uiculis suis.

Parece que la distinción civitas/castrum/villa/vico tiene un sentido jerárquico.

Pero, ¿es congruente? Y, por otra parte, ¿forma parte del léxico del siglo VII o tardorromano, o es más bien algo propio del VIII, que es el tiempo que describe, o del IX, cuando se redacta?

Responderíamos que hay algo de todo ello, pero la utilización de los términos es en general imprecisa.

p77

C. Estepa se percató hace ya tiempo de que esa relación de localidades se refería a centros administrativos, de modo que este papel podían desempeñarlo núcleos llamados civitates o castra, señalando al respecto que el léxico era cambiante y que, de algún modo podría encuadrarse en una transición entre el mundo antiguo y el feudal: algunos centros administrativos antiguos, función que antes y todavía en cierto modo en época visigoda se consideraban civitates, fueron sustituidos y complementados por otras localidades, en especial los centros fortificados o castra, que convivieron con aquéllos; por otro lado, estarían surgiendo centros de poder feudal, con proyección sobre un territorio, y estos nuevos centros habrían acelerado el proceso por el que las civitates habrían perdido su significado romano y tardorromano n118.

Esto explicaría por ejemplo que de la treintena de localidades llamadas civitates sólo once eran obispados en la época visigoda –Lugo, Astorga, Salamanca, Braga, Tuy, Oporto, Viseo, Oca, Osma, Segovia y Ávila–, si bien otros habían sido cecas y centros de cierto relieve en esa época –León, Saldaña, Chaves, Mave y Zamora fueron cecas en época visigoda–, por lo que coexistirían centros de rango antiguo, todavía recordado, y jerarquías más recientes n119.


n119

Basándose en ello, Barbero y Vigil destacaban, por tanto, una cierta continuidad entre los núcleos visigodos y los de Alfonso I, conectando el argumento con su idea de que la invasión árabe no interrumpió la vida anterior en lo esencial, BARBERO, A. y VIGIL, M. La formación del feudalismo en la Península Ibérica, pp. 220, 224.

Si la continuidad de algunos núcleos con el pasado hispanovisigodo –sedes y cecas– es uno de los argumentos claves en la interpretación de estos autores en relación con las conquistas de Alfonso I, el otro sería la inclusión en la lista de varios núcleos que se ubicaban en el limes con los pueblos del norte, como sería el caso de Saldaña, Amaya, Mave, Oca, Veleia y las localides en torno a Miranda y Logroño, Ibídem, p. 223. Esto lo explican también BARBERO, A. y VIGIL, M. Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, pp. 82-83.

En la Crónica de Alfonso III se habría difuminado ya el significado estricto de la noción de civitas como ciudad episcopal. Con las viejas civitates, que aún pesaban en la memoria del rango, competían nuevos centros.

Los lugares fortificados fueron considerados enclaves de primer rango y a ellos se aplicaba la más prestigiosa denominación de civitates.

Pero a la vez era un signo de los tiempos el auge del castrum como centro jerárquico del territorio, en un siglo como el IX.

Podían depender de ellos los uillis et uiculis suis, como señala la crónica.

Es probable además que en la cronística la voz castrum contenga otros ingredientes además del propio del castillo, como se comprueba en los mismos textos.

Así, al referirse al asalto musulmán al castro de Sollanzo o Sublantium hacia c. 883, lo que se describe es un centro de población con áreas de viviendas –momentáneamente abandonadas, eso sí, como acción de guerra–, y no sólo la fortaleza misma: ad ipsum castum peruenit [...] sed nichil in ipso castro preter uacuas domos inuenit n120.

La importancia de estos centros ha sido resaltada por el medievalismo actual, desde la arqueología y el análisis documental, que subraya hoy día el papel de los castra y en general los asentamientos en alto como pieza indudable de la estructura territorial.

Pero en concreto y en lo referente a fortalezas desde las que se ejercía una cierta función administrativa, sobre un pequeño territorio o suburbio, hoy se sabe que en la época asturleonesa, cuando se redactan las crónicas asturianas, varios de estos centros –algunos llamados civitates, otros castra– se desplegaban por los espacios que precisamente se estaban incorporando al Reino.

De algunos de estos centros hablan, además de los documentos, las propias crónicas, las ovetenses n121 o ya la de Sampiro, al referirse a las últimas décadas del reinado de Alfonso III.

En concreto, Sampiro menciona Cea y Sublantium hasta culminar con el control de centros cercanos al Duero, como Zamora o Simancas, que tendrían relieve previo, y Toro o Dueñas, que no lo tendrían n122.

Y, fuera ya del periodo asturleonés, se llegaría al control del Duero por los castellanos.

La emergencia de todos estos centros territoriales, de gran porvenir n123 aunque quizá todavía no materializados como alfoces propiamente dichos desde los que se administraría un territorium n124, no es objeto de atención en las Crónicas Asturianas.


n121

Es sobre todo en los pasajes de la Albeldense referidos a los años c. 882-c. 883 donde más repetidamente se mencionan los castros: Castrojeriz, Tudela, Cellorigo, Pancorbo, Valtierra, Coyanza, Viguera, Santa Cristina, Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 12, 13.

Por otro lado la escasa documentación de la época, coetánea de las crónicas o poco posterior, revela también que los castra pueden incluir casas, iglesias, rentas, villas y bienes rústicos, que son objeto de frecuentes transacciones.

Así pueden verse en los diplomas de la época referencias a castros gallegos y asturianos, pero ya concretamente en tierras de la cuenca del Duero se documentan también algunos leoneses, como los de Bergidum (centro alto de Ventosa), Castrodueña, Alcoba, Monzón, Sublantium-Sollanzo y Coyanza, algunos incluso con territorium o suburbium adscrito a ellos, como puede verse en documentos del Reino de Asturias de 775, 818, 854, 857, 885, 905, 909, FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur, I, docs. 9, 28, 60, 64; II, docs. 133, 175, entre otros; o en la documentación de la Catedral leonesa con datos de 904, 909, SÁEZ, E. Colección documental del Archivo de la Catedral de león (775-1230). I (775-952). León, 1987, docs. 17 y 24.

Vid. títulos de nota 123.

n122

Cea y Sollanzo en Sampiro (ed. Pérez de Urbel), § 1, p. 276; Zamora, Simancas, Toro y Dueñas, Ibídem, § 14, p. 305. Zamora pudo repoblarse hacia 893 (según ibn Hayyan) o hacia 899 según Sampiro.

Las otras localidades del Duero, como Toro, Simancas y Dueñas, por entonces. En los diplomas Zamora y su territorium es citada por primera vez en 907 y Dueñas unos años después, vid. FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur, II, doc. 189; REGLERO DE LA FUENTE, C. M. “La ocupación de la cuenca del Duero leonesa por rel reino astur”. En FERNÁNDEZ CONDE, F. J. (ed.). La época de Alfonso III y San Salvador de Valdediós. Oviedo, 1994, pp. 127-150; MAÍLLO SALGADO, F. Zamora y los zamoranos en las fuentes arábigas medievales. Salamanca, 1990. Asimismo MARTÍN VISO, I. Fragmentos del Leviatán. La articulación política del espacio zamorano en la Alta Edad Media. Zamora, 2002.

n123

Los centros castellanos son mejor conocidos y su importancia se ve subrayada porque se piensa que el ejercicio del poder, en una situación de presencia tibia de la monarquía, recaía en esa región en una constelación de centros que acabaron formando a mediados del siglo X el Condado de Castilla: territorios de Losa, Mena, quizá Mijangos, Tedeja o Valdegovía, castillos de Pancorbo, Cellorigo, Amaya, Lantarón, Cerezo, Oca, Ubierna, Castrojeriz o Burgos, quizá Lara –ya con gran presencia en el siglo X– son algunos de ellos.

Pero también hacia el área leonesa, aparte de las grandes urbes de Astorga o León, se desplegarían algunos centros ya en época de Alfonso III: Saldaña, Monzón, Cea, Sollanzo o Sublantium, Coyanza, Gordón, Grajal, Melgar, Ventosa en el Bierzo o Bergidum, entre otros (cf. nota 121).

Interesa sobre el vocabulario histórico, entre otros, NOVO GUISÁN, J. M. De Hidacio a Sampiro.

Vid. asimismo ESTEPA DÍEZ, C. “El alfoz castellano en los siglos IX al XII”. En la España Medieval, 1984, vol. IV pp. 305-341; ÍDEM. “El poder regio y los territorios”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 451-467; MARTÍN VISO, I. “Pervivencia y transformación de los sistemas castrales en la formación del feudalismo en la Castilla del Ebro”. En ÁLVAREZ BORGE, I. (coord.). Comunidades locales y poderes feudales en la Edad Media. Logroño, 2001, pp. 257-288; ÍDEM. “Poder político y estructura social en la Castilla altomedieval: el condado de Lantarón (ss. viii-xi)”. En IGLESIA, J. I. de la (coord.). Los espacios de poder en la España medieval (Actas Congreso de Nájera, 1991). Logroño, 2002, pp. 533-552; MARTÍNEZ SOPENA, P. Tierra de Campos occidental. Poblamiento, poder y comunidad del siglo X al XIII. Valladolid, 1985; MARTÍNEZ DÍEZ, G. Pueblos y alfoces burgaleses de la repoblación. Valladolid, 1987; GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J. A. Fortificaciones y feudalismo en el origen y formación del reino leonés (ss. IX-XIII). Valladolid, 1995; ESCALONA, J. Sociedad y Territorio en la Alta Edad Media Castellana. La formación del alfoz de Lara, Oxford, 2002; BOHIGAS ROLDÁN, R.; LECANDA, J. A. y RUIZ VÉLEZ, I. “Tedeja y el control político del territorio del norte burgalés en época tardorromana, visigótica, alto y plenomedieval”. En Actas del V Congreso de Arqueología Medieval Española, I. Valladolid, 2000, pp. 49-56; BOHIGAS ROLDÁN, R.; CAMPILLO, J. y CHURRUCA, J. A. “Carta Arqueológica de la Provincia de Burgos. Partidos judiciales de Sedano y Villarcayo”. Kobie (Bilbao), 1998, vol. XIV, pp. 7-38; PASTOR DÍAZ DE GARAYO, E. Castilla en el tránsito de la Antigüedad al Feudalismo; SÁNCHEZ BADIOLA, J. J. La configuración de un sistema de poblamiento y organización del espacio: el territorio de León (siglos IX-XI). León, 2002; GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “Estructuras de poder y el poblamiento en el solar de la monarquía asturiana (años 711-910)”. En La época de la monarquía asturiana, pp. 415-450. Vid. además los títulos citados en nota 145.


Éstas sólo destacan, como hemos dicho, ciertas civitates con nombres propios, citan de forma vaga los castra –que pueden ser tardoantiguos o feudales– y apenas se mencionan los condados.

No hay que olvidar que la cronística astur es heredera de la tradición antigua e hispanovisigoda y que aún no se había librado de los rangos antiguos.

Por eso la vieja geografía, las antiguas civitates, coexisten en el discurso territorial con la irrupción de los nuevos centros fortificados. Las denominaciones de los núcleos que aparecen en el texto de las crónicas representa una especie de compromiso léxico, no expurgado, entre códigos toponímicos antiguos y medievales.

Y entiendo que también puede ser una mixtura el sentido territorial de los comites que aparecen en la cronística, sin haber depurado los escritores de la corte ovetense el léxico institucional.

Así por ejemplo, es posible que los duobus comitibus, Scipione uidelicet et Sonnane, que hacia 843 apresaron en Primorias al usurpador Nepociano, así como quizá el comite Pedro que defiende la costa gallega de los normandos en el reinado de Ordoño I, respondan a una noción de delegación territorial del poder inscrita en la tradición de los condes de palacio de la monarquía visigoda, encuadrada en el poder público dependiente de la corte, mientras que los condes Vela o Vígila de Álava y Diego de Castilla, que actúan hacia 883 conteniendo a los musulmanes en Castilla n125, respondan a nuevas pautas de gestión territorial, ya típicamente altomedievales, nominalmente aún concebidos los condados como delegaciones de la corte ovetense, aunque en la práctica resultado de la condensación de poderes autónomos que más tarde gestará el Condado de Castilla.

En todo caso sería, como ocurre con las civitates y castros, la misma hibridación entre conceptos territoriales de tipo antiguo-hispanogodo y los nuevos moldes de control territorial n126 que se estarían fraguando a mediados del reinado de Alfonso III.

n126

No obstante, no logro encajar con estas pautas, creo que válidas para la cuenca del Duero, las alusiones –en las conquistas de Alfonso I– a ciertos lugares situados en torno al Ebro: Miranda, Reuendeca, Carbonarica, Abeica, Cinasaria, Alesanzo y Briones.

Son demasiadas localidades ubicadas en un pequeño espacio geográfico, sin rango antiguo y sin motivos para equipararse en la relación de Rot. Seb. 13 a sitios como Salamanca, Ávila, León, etc.

La explicación es que podría ser fruto de una relación contingente y coetánea muy ligada a luchas del momento en que se escribe la Crónica, c. 883, en el área riojana, o alto-astellana, y que se aplicarían con extraño sentido retrospectivo a las acciones de vaciamiento de mediados del VIII, sin compadecerse bien con el doctrinarismo toponímico que regía esta revisión y que vale para otros topónimos de jerarquía contrastada. O también que se subrayaba un singular limes castellano-alavés que a la vez supusiese la ficción de una extinción programada de ciertas partes aledañas del antiguo ducado de Cantabria, con el objeto de vampirizar la secular identidad de éste y su disolución en el Reino de Asturias.

En todo caso es algo oscuro que no podemos fácilmente interpretar.

p80

Además de los problemas de credibilidad y originalidad-novedad de los núcleos de la Meseta, decíamos que hay un tercer aspecto de la expansión de la monarquía hacia el sur que podría plantearse ya en relación con las conquistas de Alfonso I y que continúa después: en efecto, ¿qué clase de “frontera” dibujan estos?

El pasaje clave es aquél con el que zanja la Crónica de Alfonso III el relato de las campañas de Alfonso I: omnes quoque Arabes gladio interficiens, Christianos autem secum ad patriam ducens n127, que literalmente sugiere que fueron matados los árabes por la espada y que fueron llevados los cristianos a la “patria”.

Pero hay que entender el pasaje a partir de una cierta unidad de discurso que se deriva de la redacción de las crónicas en época de Alfonso III.

Los cronistas han intentado reconstruir así una historia de vaciamiento previo de estas regiones desde la invasión musulmana: las crónicas mencionan que hubo migración de godos hacia Asturias tras la caída del reino visigodo y luego el ya citado pasaje referido a Alfonso I.

Pero no hay que fijarse sólo en la información de la Crónica de Alfonso III.

Recordemos que la Albeldense, menos minuciosa en la cita de localidades, es más expresiva en destacar dos de las acciones de Alfonso I en la cuenca del Duero: conquista –aunque no repoblación– de Astorga y León, por tanto recuperación de plazas a costa del enemigo musulmán, que las perdía así, y conversión en yermas de las tierras entre estas urbes y el Duero n128.

Todo ello se escribía en un momento, c. 883, en que, desde hacía algunas décadas, se estaba repoblando la zona del Duero y por eso se recomponía el pasado de estas tierras presentándolo como estratégicamente vaciado por Alfonso I siglo y medio antes.

En efecto, el dibujo que de la cuenca del Duero ofrecen las crónicas entre las conquistas de Alfonso I y los últimos hechos narrados parte de la idea de que ninguna autoridad musulmana existía en estas tierras.

En las crónicas se habla de ejércitos musulmanes que, para atacar Galicia, León, Castilla-Álava, etc., salieron de Toledo, de Talavera, de Córdoba, entre otros sitios.

p81

Pero nunca se dice que los ejércitos musulmanes partieran de enclaves de la cuenca del Duero, de tierras zamoranas, salmantinas, segovianas o abulenses.

No digamos ya tierras burgalesas o leonesas.

Al valle del Duero acudían sólo a saquear.

Y cuando los musulmanes presentan batalla en tierra propia lo hacen en áreas del Ebro y en las transierras del Sistema Central, y se mencionan Deza, Atienza, Coria, Talamanca y otras ubicaciones aún más meridionales n129.

Los estudios de los especialistas en historia de Al-Andalus han señalado que difícilmente la influencia musulmana se extendía en esta época al norte de la Cordillera Central n130.

Pues bien, los textos asturianos serían coincidentes con esta imagen.

Así pues, para atacar a los cristianos los musulmanes aparecen atravesando el inmenso espacio del Duero, pero no lo defienden como suyo.

Es más, para los cronistas asturianos –a diferencia de las regiones del norte, pero incluso la de Bardulias/Castilla– la inmensa región del Duero no tenía ni nombre, era apenas el recuerdo de vagos territorios –Campos Góticos– y sobre todo una constelación de civitates, castra y vici.

Dado que tampoco puede constatarse una dominación cristiana en estas zonas, ni tampoco menciones a población residente cuando se van repoblando, ya en la segunda mitad del IX, lo que se perfila en los textos asturianos entre la Cordillera y la cuenca meridional del Duero durante largo tiempo es un gran país sin estado.

La función de “desierto estratégico”, de “tierra de nadie”, como defendiera sobre todo Sánchez-Albornoz, no carece en modo alguno de fundamento.

Pero no por falta de población sino por falta de administración.

Pero a los cronistas les cuesta concebir un país sin estado, sin autoridades y sin límites determinados.

Y como no lo conciben, no lo describen ni lo nombran. Las Crónicas Asturianas ocultan el hecho de que la Meseta Norte, si se exceptúan quizá unos años tras la invasión musulmana, nunca perteneció a Al-Andalus.

Es cierto que los efectos de la llegada inicial de los musulmanes sí son tenidos en cuenta, con un posible efecto vaciador provocado por la invasión de 711-714 en tierras de la Meseta n131.


n130

Vid. supra, nota 107. Recientemente, MAÍLLO, F. De la desaparición de Al-Andalus. Madrid, 2004, p. 30.

Pero podemos citar al más clásico y respetado de los arabistas: en la época en que Abderramán I llega al poder, época de Alfonso I pues, la frontera para los musulmanes “debía pasar un poco al norte de Coimbra, Coria, Talavera y Toledo, antes de subir hacia Guadalajara, Tudela y Pamplona”, LÉVIPROVENÇAL, É. España musulmana, p. 44.

Quizá para los cristianos aún no, pero para los musulmanes el tugur o marca fronteriza sí era una lanzadera para realizar correrías y saqueos.

n131

La Crónica de Alfonso III hablaba de aristocracia goda que se refugió entonces en Asturias, entre ellos Pelayo, Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Seb. § 8.

Y la Crónica Mozárabe de 754, quizá un tanto retóricamente, menciona gentes que huyendo del terror de la invasión musulmana ad montana temti iterum effugientes, Crónica mozárabe de 754, ed. López Pereira, cit., p. 72.

Pero nunca se podrá conocer el posible peso de refugiados meseteños en las montañas cantábricas con la invasión. Ni en el plano demográfico ni en el plano intelectual, por cierto.

El monacato lebaniego, creado desde áreas más meridionales, por ejemplo, o las tradiciones escritas de la Asturias y la Cantabria trasmontanas, podrían estar apoyados en este trasvase sur/norte de gentes ya en el siglo VIII para poner a salvo los valores godos, y no habría que recurrir en ese caso al mozarabismo del IX para explicar la temprana y fuerte irrupción cultural visigoda en el incipiente Reino Astur.

Interesan al respecto SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 263-269.

Y recientemente DÍAZ Y DÍAZ, M. C. Asturias en el siglo VIII. La cultura literaria.

Y los estudios de Isidro Bango, claro está, sobre el arte asturiano.


p82

Pero el desastre de los musulmanes en Poitiers en 732 y su desgaste en el Ródano en 734, la rebelión beréber y su persecución en 741, que supone su abandono del noroeste peninsular n132, y ya luego la posible incidencia de las aceifas musulmanas en el valle del Duero, tal como podía ser percibido hacia 883, quedan escamoteados en el discurso de la cronística asturiana.

Este es unilateral al trasladar a mediados del VIII y a una acción regia n133 la causa de un vaciamiento del IX que era multifactorial y, de paso, se acomoda bien a un ideario patriótico que prefiere ensalzar las victorias propias y ocultar los desastres causados por el enemigo.

Este fin propagandístico y cristianocéntrico explicaría también la ocultación de las numerosas aceifas musulmanas en tierras de la Meseta o incluso más al norte, realizadas sobre todo entre 791-883. No suelen recoger las campañas musulmanas las crónicas asturianas, salvo excepciones puntuales.

Pero gracias a las crónicas árabes se sabe que, aunque hubo alguna anterior –767, 783 n134– fueron sobre todo muy abundantes las aceifas durante el reinado de Alfonso II n135.

Tuvieron lugar especialmente en tierras de la Meseta y Alto Ebro en los años 791, 792, 794, 796, 801, 803, 806, 808, 811-812, 816, 823, 825, 826, 837, 838, 839, 840 y 842 n136.


n133

La de las mencionadas campañas de Alfonso I (Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. y Seb. § 13; Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 3).

Tampoco hay ningún argumento en las Crónicas Asturianas que justifique por qué fue preferible en época de Alfonso I replegarse con la población a la retaguardia del reino, dejando un espacio vacío, y no en cambio defenderlo mediante poblaciones asentadas en los núcleos más expuestos, como precisamente se estaba haciendo en la época de redacción de las crónicas.

No basta con suponer que eran necesarias las gentes de la Meseta para acometer a mediados del VIII las repoblaciones del norte, el porqué éstas serían prioritarias y tampoco podemos pensar que el efecto tan singular en la evolución de la reconquista que supuso el desierto organizativo, como glacis o “cordón sanitario” entre musulmanes y cristianos, pudiera ser ya entonces –sea la época de Alfonso I, sea la de Alfonso III– intuido como gran arte de guerra.

Sí pudo querer verlo así Sánchez-Albornoz hace medio siglo, pero es más dudoso que tal clarividencia geoestratégica formara parte de las habilidades de estado de los primeros monarcas asturianos.

n134

767: campaña contra Álava, Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, cit. (reed. F. Fernández González), p.81; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 111; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, p. 9. 783: nueva campaña musulmana en sitios sin precisar, Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 133.

n135

Pese al silencio de los textos cristianos. Apenas hablan de Lutos y Narón-Anceo, cf. supra. Asimismo, SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 491-508.

n136

791-792: derrota cristiana en Burbia y ataque a Álava, Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), pp. 93-94; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, pp. 143-144; Ibn Jaldún, Kitab al-Ibar (trad. O. A. Machado). Cuadernos de Historia de España, 1947, vol. VII, p. 139. 794: derrota musulmana de Lutos y campañas contra Álava: Ibn Al-Atir, Al-Kamil, (ed. Fagnan), Annales, p. 150; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, pp. 121-122. 796: nuevas incursiones musulmanas, sin precisar geográficamente, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), pp. 24-25; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), pp. 101-102; Ibn Al-Atir, Al-Kamil, (ed. Fagnan), Annales, pp. 154-155; Ibn Jaldún, Kitab al-Ibar (trad. O. A. Machado), p. 141; Al-Nuwayri,Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, pp. 24-25. 801: campañas contra Álava y Castilla y derrota en Conchas de Arganzón, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 37. 803: campañas contra Álava y Castilla, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 38. 806: campañas contra Álava y Castilla, hasta Herrera de Pisuerga, según los Anales Compostelanos, sin referencia en fuentes árabes. 808: campañas contra Galicia: Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), pp. 47-48. 811-812: campaña de Al-Hakam contra los cristianos, Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), p. 106. 816: campaña de Abd al-Karim, batalla de Wadi Arun, en tierras alavesas, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 54; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), pp. 107-108; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, pp. 179-180; Ibn Jaldún, Kitab alIbar (trad. O. A. Machado), pp. 144-145; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, p. 35. 823: campaña contra Álava y Castilla, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 282; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), p. 116; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 198; Ibn Jaldún, Kitab al-Ibar (trad. O. A. Machado), p. 149; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, p. 38. 825: campañas contra Álava y Castilla, entre otros sitios, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), pp. 284-285; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), p.117; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, pp. 200-201; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, p. 38. 826: campaña contra Mena y Castilla, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 285. 837-838: campañas contra Galicia y otras partes, AlMuqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 292; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), p. 119. 838: ataques a Álava y Castilla, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 292; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 211. 839: campaña en Álava, Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), p. 119; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 211; Ibn Jaldún, Kitab al-Ibar (trad. O. A. Machado), p. 150. 840: campaña de Abderramán II en Galicia y otras partes, Ibn Hayyan, Al-Muqtabis II-1 (ed. de Zaragoza, 2001), p. 293; Ibn Idari, Al-Bayan al Mugrib, (reed. F. Fernández González), pp. 119-120; Ibn Al-Atir, Al-Kamil (ed. Fagnan), Annales, p. 212; Ibn Jaldún, Kitab al-Ibar (trad. O. A. Machado), p. 151; Al-Nuwayri, Nihayat al-Arab (ed. M. Gaspar Remiro), I, p. 41. Pueden verse referencias y comentarios en SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Orígenes de la nación española, II, pp. 509-551, 577-592, 603-621 y 667-696; LÉVI-PROVENÇAL, É. España musulmana, esp. pp. 91-144.


Se han documentado también aceifas en los reinados de Ramiro I y Ordoño I: 845-846, 848, 850, 851, 855-856, 863 y 865, con la célebre batalla de La Morcuera, y 866 n137.

Y ya en el reinado de Alfonso III hubo ataques en 867, 869, 878 y otra oleada en los años 882-883, estas últimas ya con registro cristiano en la Albeldense n138.

p83

Por otra parte, observamos que en la imagen que transmiten las crónicas asturianas este inmenso país sin estado, aunque se dibuja sin control musulmán ni cristiano, no se presenta como un espacio en construcción, elástico y estructuralmente permeable n139.

Hoy sabemos que la frontera fue construida por iniciativas poliédricas de múltiples actores sociales, en el marco de una pluralidad de poderes no estrictamente monárquicos y como fruto de la interacción con la situación de los musulmanes.

Sin embargo, las crónicas asturianas no sólo no tienen en cuenta para perfilar el vaciamiento del valle del Duero los factores internos de Al-Andalus n140 ni las interacciones de los grupos sociales, ni los efectos de las devastaciones periódicas, sino que tampoco percibían el espacio como esa tierra abierta, sin verdadero limes político, que probablemente era, y por ello no lograron sustraerse de una visión de la frontera de corte lineal.

En ella sólo las iniciativas oficiales computaban en los cambios de estatus de los lugares, sólo grandes hechos se reseñaban y en ella estar “dentro” o “fuera” de unos determinados límites aparece como algo sustantivo, real.

Los avances cristianos se exponen como algo concreto y rectilíneo, no como piezasblábiles de un espacio indeterminado sometido a razzias sistemáticas.

De modo que el progreso de los cristianos habría ido reduciendo en grandes ciclos los confines de ese país sin estado, que aparece como objeto de unos pocos estrechamientos sucesivos.

El discurso cronístico se muestra así congruente: Alfonso I dejó desiertas las ciudades y enclaves del Duero; Ordoño I alcanzó en su avance –pobló = organizó, incorporó al reino de forma efectiva– la línea de Tuy/Astorga/León/Amaya, que consiste en esas ciudades y “multa et alia castra”, por lo que se describe un alcance general en esa latitud; Alfonso III avanzaba en tierras portuguesas hacia el sur, defendía su vulnerable flanco de la futura Castilla Vetula y, además de lanzar ataques en terreno del enemigo, buscaba ampliar la frontera en la línea misma del Duero, hasta recuperar las viejas ciudades desiertas de Alfonso I n141.

En definitiva, un progreso supuestamente lineal para una frontera que no lo era.

Un discurso nítido para reflejar un espacio difuso cuya verdadera identidad no logra, por ello, aprehender.

p85

En este avance de la frontera hasta el Duero, tal como se presenta en el discurso territorial cronístico, podemos observar finalmente que hay una escala o gradación de varias situaciones, que se adjudica ya a Alfonso I y sus célebres conquistas: devastar un núcleo en tierra enemiga, destruirlo, pero sin ninguna intención de ocuparlo; yermar, en este caso como destrucción transitoria para incorporar posteriormente una determinada localidad o zona, tal como dice la Albeldense que hizo Alfonso I con las tierras de Campos Góticos hasta el Duero y que quizá se sugiere también con la idea de traslado de población de esos sitios hacia el norte; conquistar –bellando cepit–, en el sentido de recuperar por las armas una localidad, ganarla al enemigo, como señala la Crónica de Alfonso III a propósito de la treintena de localidades de Alfonso I; y finalmente, ya para cerrar el ciclo de conquistas y desalojos, acometer la populatio, que significa repoblar y sobre todo ese sentido que se ha explicado de “organizar”, como se ha visto que el propio Alfonso I hizo en las zonas norteñas, pero que después se aplicará ya específicamente a ciudades, y no sólo a regiones.

Esta gradación afecta a las acciones ofensivas cristianas.

Lógicamente, debe además añadirse una quinta situación, la reacción de defensa, podríamos decir, ante los ataques enemigos al propio territorio, cuya huella –o silencio– en el discurso cronístico debe también considerarse.

La populatio es, naturalmente, el punto más intenso y último de la citada gradación que se aplica a la expansión en el valle del Duero.

En el discurso cronístico siempre se atribuye el protagonismo de la repoblación a los reyes n142.

Y siempre hay silencios, quizá elocuentes, sobre los avances que la tenaz y otrora minúscula Castilla llevó a cabo hacia el sur, con el control de las tierras de Grañón, Oca, Lara, Castrojeriz y Burgos entre 867 y 884, este último ya fuera del alcance cronológico de la cronística ovetense. Y tampoco se informa apenas de cómo se realizó en concreto la repoblación de otros núcleos que sí fueron registrados. De cómo repobló Ordoño I las civitates desertas de Tuy, Astorga –hacia 854–, León –hacia 856 con antecedentes– y Amaya –hacia 860–, dice la Crónica de Alfonso III, en su versión rotense, que muris circumdedit, portas in altitudinem posuit, populo partim ex suis, partim ex Spania aduenientibus n143.

Expreso reconocimiento al papel de los emigrantes del sur n144 y que puede considerarse complemento de la expansión que se estaba efectuando desde el norte.

Hacia 883, cuando se redactan las crónicas, los cristianos, a través de la ocupación de los campos, las aldeas y también sus civitates y castra desestructurados, estaban organizando intensamente el valle del Duero n145, hasta hacía poco un país sin estado.


n142

Sabemos, sin embargo, que ciertos personajes tuvieron en realidad un relieve importante.

Por ejemplo, el conde Gatón en la repoblación de Astorga, donde llevó a cabo la población de Bergidum (cf. infra, nota 145).

Pero no reflejan esto las crónicas asturianas.

Es significativo que los Anales Castellanos Primeros, de claro enfoque “castellanista”, citan a personajes condales junto a los monarcas ovetenses en la repoblación de Amaya en tiempos de Ordoño I o la de Burgos y Ubierna en tiempos de Alfonso III, otorgando protagonismo para los condes Rodrigo –repuebla Amaya en 860– y Diego –Burgos y Ubierna hacia 884– respectivamente: in era DCCCLX VVIII populavit Rudericus commes Amaya [...] in era DCCCCXX populavit Didacus commes Burgus et Auvirna, si bien en este caso se dice que el conde Diego actuó pro iussionem domno Adefonso, Anales Castellanos Primeros (ed. Gómez Moreno), p. 23. Vid. PÉREZ DE URBEL, J. El Condado de Castilla.

Los Anales Castellanos Segundos, bastante posteriores, ya no mencionan que Diego repobló Burgos y Ubierna “por orden de” Alfonso III, Anales Castellanos Segundos (ed. Gómez Moreno), ibídem, p. 26.

n143

Cr. Alfonso III (ed. J. Gil), Rot. § 25. Dos atributos interesantes de la populatio, pues: el cuidado en las defensas materiales de las urbes y el hecho de que los reyes se sirven para repoblar de poblaciones norteñas y también de gentes venidas de la España andalusí, ex Hispania.

La ovetense no detalla, sólo dice que el rey repopulauit estas cuatro ciudades.

Otra referencia a repoblación de ciudades se da en la Albeldense en relación con ciudades a propósito de Coimbra: Alfonso III destruye Coimbra y luego la repuebla con gallegos, gallecis postea populauit, Albeldense (ed. J. Gil), § XV, 12.

n144

Que se ejemplifica bien en el protagonismo –más cultural que demográfico– que la historiografía actual atribuye a los mozárabes y que las crónicas musulmanas también reconocen: un cronista árabe que cita a Al-Razi dice que Zamora fue repoblada por Alfonso III, que la construyó, la urbanizó y la pobló con cristianos, destacando al respecto el papel de los procedentes de Toledo; texto citado en GÓMEZ MORENO, M. Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX a XI. Granada, 1998 (ed. facs. 1919, prólogo de I. Bango Torviso), p. 107.

n145

Aparte de la mención cronística (Cr. Alfonso III, ed. J. Gil, Rot. y Seb. § 23; Albeldense, ed. J. Gil, XV, 11) la documentación permite saber que Astorga se estaba repoblando hacia 854, FLORIANO, A. C. Diplomática española del periodo astur, I, n.º 60.

Otro interesante documento de 878 menciona que unas décadas antes para repoblar Astorga, todo ello bajo la dirección del conde Gatón –que actuaría en nombre de Ordoño I– fue la población de Bergidum la que acudió a poblar la ciudad: quando populus de Bergido cum illorum comité Gaton exierunt pro Astorica populare, Ibídem, II, n.º 120. León lo habría repoblado Ordoño I (Anales Castellanos Primeros, p. 23) y su sede estaría en pie casi inmediatamente, pues en 854 su obispo Frunimio aparece en la documentación del monasterio de Otero de Dueñas y en 860 y 873 en la de la Catedral de León, SER, G. del. Colección diplomática de Santa María de Otero de las Dueñas (León), 854-1037. Salamanca, 1994, ap. doc. 1a; Colección documental del Archivo de la Catedral de León I, docs. 2 y 5. Las poblaciones de Cea y Sollanzo, aunque no son mencionadas como repoblaciones en las Crónicas Asturianas, Sampiro sí las considera repobladas en los primeros años de Alfonso III, como hemos dicho, Sampiro (ed. Pérez de Urbel), § 1, p. 276.

Paralelamente a la repoblación de estos centros jerárquicos habría que mencionar las noticias sobre presuras, donaciones de villae ad populandum y otros numerosos indicios de la repoblación en el ámbito rural de la cuenca del Duero, en cuya problemática no nos detenemos.

Véanse al respecto, entre otros, los estudios de Reglero de la Fuente, Díez Herrera o M.ª C. Rodríguez González-M. Durany incluidos en el volumen colectivo La época de Alfonso III y San Salvador de Valdediós (ed. F. J. Fernández Conde). Oviedo, 1994; así como MÍNGUEZ, J. M.ª “Innovación y pervivencia en la colonización del valle del Duero”.

En Despoblación y colonización del valle del Duero. Siglos VIII-XX. León, 1995, pp. 45-79; GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. “Las formas de organización social del espacio del valle del Duero en la Alta Edad Media: de la espontaneidad al control feudal”. En Ibídem, pp. 11-44; ÍDEM. “Estructuras de poder y el poblamiento en el solar de la monarquía asturiana”; PEÑA BOCOS, E. “Las presuras y la repoblacion del valle del Duero. Algunas cuestiones en torno a la atribución y organización social del espacio castellano en el siglo IX”. En Repoblación y reconquista (Actas III Curso Cultura Medieval). Aguilar de Campoo, 1993, pp. 249-259; GUTIÉRREZ GONZÁLEZ, J. A. “El Páramo leonés entre la Antigüedad y la alta Edad Media”. Studia Historica. Historia Medieval, 1996, vol. 14, pp. 47-96; MARTÍN VISO, I. Poblamiento y estructuras sociales en el norte de la Península Ibérica, siglos VI-XIII. Salamanca, 2000; ÍDEM. Fragmentos del Leviatán; DÍEZ HERRERA, C. “La organización social del espacio entre la cordillera cantábrica y el Duero en los siglos VIII al XI: una propuesta de análisis como sociedad de frontera”. En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.). Del Cantábrico al Duero. Trece estudios sobre organización social del espacio. Santander, 1999, pp. 123-155. Y, lógicamente, SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. Despoblación y repoblación del valle del Duero.


El alcance territorial de la expansión del reino, unido a la crisis de Al-Andalus, debió insuflar sin duda un aire de optimismo.

El optimismo residía de igual forma en los textos. La vieja herida de la pérdida de España parecía poder pronto superarse.

Y el profetismo de las crónicas n146, que había explicado también esta pérdida, renacía ahora pero con sentido inverso.

La parte final de la Albendense, precisamente en los pasajes considerados y llamados por la crítica Crónica Profética –cuya adherencia por otra parte al resto del cuerpo de la Albeldense se podría discutir– aporta el vaticinio radiante de la derrota previsible de los musulmanes.

Se llega a profetizar que Alfonso III proximiori tempore in omni Spanie predicetur regnaturus n147.

Para conseguirlo luchaban los cristianos, encarnizadamente, día y noche: sarraceni euocati Spanias occupant regnumque gothorum capiunt, quem aduc usque ex parte pertinaciter possedunt. Et cum eis Christiani die noctuque bella iniunt et cotidie confligunt n148.

La restauración, el orden cristiano recuperado, la reconquista, por qué no, vendría tras el sacrificio.

Este mensaje de anhelo de victoria final sólo se entiende en una coyuntura favorable a los cristianos.

El devenir de los acontecimientos complicó enormemente, como es sabido, la culminación de tales expectativas.

Pero el mensaje profético de triunfo final, que se diluirá o simplemente desaparecerá en los textos cronísticos futuros, queda en las Crónicas Asturianas no ya sólo como vestigio de un doctrinarismo historiográfico propio de la ideología isidoriana-ovetense de estos textos, sino también como testigo de una esperanza realista de victoria sobre el enemigo que, a la postre, sólo pudo realizarse muchos siglos después.

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