MolinaGomez2006

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  • Recorrido por la geografía del monacato rupestre cristiano: Una interpretación histórica
  • José Antonio Molina Gómez
  • Antigüedad y cristianismo: Monografías históricas sobre la Antigüedad tardía, ISSN 0214-7165, Nº 23, 2006 (Ejemplar dedicado a: Espacio y tiempo en la percepción de la antigüedad tardía: homenaje al profesor Antonino González Blanco, "In maturitate aetatis ad prudentiam" / coord. por Maria Elena Conde Guerri, Rafael González Fernández, Alejandro Egea Vivancos), ISBN 84-8371-667-4, págs. 649-676

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El fenómeno rupestre se da en todo el orbe cristiano antiguo, abarcando una gran variedad geográfica que va desde los desiertos de Siria, Líbano, Palestina y Egipto hasta Etiopía, y las regiones montañosas de Anatolia, Armenia, Grecia, la Europa balcánica, central, danubiana y mediterránea. Los monasterios y eremitorios rupestres responden además a una cronología no siempre fácil de determinar que va desde el siglo III hasta la actualidad pues no son pocos los santuarios en cueva y monasterios aún activos hoy día fundados en la Antigüedad Tardía, en la Edad Media e incluso en época moderna ya que en muchos casos se aprecia una tradición antigua permanentemente renovada.

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Al principio el modo de vida anacorético bebía directamente en los ejemplos bíblicos de Elías, Juan y el propio Jesús, después se extendió como un reguero de pólvora la fama de Antonio Abad, el monje egipcio convertido en modelo de ascesis en el siglo IV por Atanasio de Alejandría autor de Vita Antonii n3. El fenómeno del monacato rupestre, anacorético y cenobítico, se hizo general en todo el mundo cristiano antiguo y medieval. No sólo es un hecho bien conocido en Siria, Líbano y Egipto, también se extendió por Anatolia y Armenia, Grecia y los Balcanes, Rumania, Europa central, Italia, Galia y España.

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En Egipto nació y vivió san Antonio de la Tebaida que incluso antes de su muerte en el siglo IV se había convertido en el mejor modelo de la vida ascética. La vida solitaria en cuevas y abrigos rocosos, o en tumba abandonadas ya era conocida en Egipto incluso antes de que Antonio comenzara su vida religiosa. No es de extrañar por tanto que Egipto haya sido considerado durante mucho tiempo la patria del monacato, si bien es verdad que las manifestaciones anacoréticas debieron ser casi simultáneas en Egipto y Siria, y es un hecho que los ejemplos más antiguos de cuevas empleadas en el culto cristiano proceden de Palestina.

Es precisamente en Egipto, en el desierto de Esna, donde encontramos un impresionante complejo monástico enteramente subterráneo fechado en el siglo VI y compuesto por varios eremitorios, que fueron estudiados en los años sesenta por el instituto francés de arqueología oriental en El Cairo, si bien fueron «descubiertos» mucho antes en 1895 por saqueadores clandestinos que buscando «tesoros» descubrieron a pocos kilómetros al oeste de la aldea de Esna algunos de estos edifi cios subterráneos de grandes dimensiones18. Estos edifi cios eran en realidad eremitorios tallados en el declive meridional de las colinas de Esna, protegidos del viento y la arena del desierto por la cumbre de las mismas. La orientación de los edifi cios es muy variable y depende de la inclina- ción de la colina, las escaleras de acceso están en la parte sur del edifi cio, su pendiente está en sentido contrario al viento dominante (del norte). El número de las habitaciones subterráneas varía de un eremitorio a otro. Suele haber un gran patio que capta la luz, alrededor del cual van las habitaciones (fi g. 6). Se trata de un verdadero complejo monástico tallado en el suelo desértico, con escaleras de entrada, patios para captar luz alrededor de los cuales se disponen las habitaciones, oratorios, cocinas, hornos de pan, almacenes y anexos. Las escaleras de entrada, que debieron tener un sencillo muro de ladrillo marcando el límite exterior, se abrían paso a la entrada del eremitorio protegido por una puerta, estas escaleras se internan el suelo abriéndose entre paredes excavadas verticalmente pero muy irregulares, enlucidas de blanco y también de tierra negra. El interior está pintado de color y decorado con cruces. Las paredes laterales tienen nichos en todos los niveles, ventanas y puertas protegidas por pequeños umbrales o por pequeños muros semicirculares o geométricos (fi g. 7). El oratorio, la parte más grande del ere- mitorio, es el recinto más especializado y diferenciado de los eremitorios junto con la cocina. Generalmente los oratorios tienen forma trapezoidal, a veces rectangular. Sus paredes aparecen provistas de nichos; el muro oriental por necesidades litúrgicas tiene un nicho axial grande y otros laterales más pequeños, en las demás paredes también hay nichos pero de una forma más irregular (fi g. 8). Por otra parte las cocinas estaban bien cuidadas y equipadas, provistas de nichos, recipientes cerámicos y con vasos incrustados. Los eremitorios de Esna son muy ricos en documentos epigráfi cos, y aportan sobre todo un buen repertorio de nombres propios, aparecen tanto nombres de mártires y santos, como nombres de ocupantes de las ermitas del lugar. Esto denota un elevado grado de cultura letrada, pues la epigrafía conservada contiene también citas de los apophtegmata y de la Biblia, además hay jaculatorias, como las que se escriben en los nichos invocado a la Trinidad, santos y mártires.

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Aparte de los nombres hay grafi tos con dibujos, que confi rman el aspecto exterior de los mon- jes transmitido por las fuentes egipcias: los monjes apenas estaban provistos de una túnica sin mangas, sus miembros eran delgados, llevaban largas barbas, además aparecen con los brazos en alto para la oración. Todo ello es comprensible si tenemos en cuenta que la disciplina ascética consideraba el cuidado personal como una desviación peligrosa y que el descuido en la propia higiene es una forma más de ascesis. Además de las imágenes de los monjes hay otro tipo de decoración a base de cruces, representaciones de palomas, pavos reales, y de otros animales, e incluso escenas de lucha y danza.

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En la Península Ibérica existen también importantes eremitorios medievales relativamente bien conocidos20. Pero el fenómeno de la «piedad rupestre» llegó a la Península ya en época tardorromana. En este sentido son muy importantes los estudios dirigidos por el prof. A. Gon- zález Blanco sobre la Cueva de la Camareta (Albacete), un eremitorio de época visigoda que pervivió bajo dominación musulmana21. La cueva de la Camareta se encuentra en el relieve de la Loma del Espinar, desde donde se ve el embalse del Camarillas sobre el río Mundo. Lo in- teresante de esta cueva es que ha aparecido epigrafía latina y árabe. Los epígrafes latinos en la Camareta han sido estudiados por I. Velázquez22. Las inscripciones son innegablemente cristinas y recuerdan las existentes en las catacumbas que era esgrafi adas por sus visitantes como prueba de veneración a los mártires de una manera formularia y repetitiva. Gracias a las inscripciones del eremitorio conocemos los nombres propios de personas que estuvieron en la cueva (Cila, Asturius, Serpensius). Además de las inscripciones, hay una decoración existente en crismones, cruces, pentalfas, etc. El eremitorio pervivió como tal durante la dominación musulmana, como prueban las inscripciones árabes estudiadas por I. Bejarano, en donde se constata el término rabit, «ermitaño», lo que hace pensar que la cueva pudo haber sido lugar eventual de recogimiento de algún solitario u hombre santo n23.

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El recorrido que hemos seguido nos ha llevado por paisajes, climas, grupos étnicos y lin- güísticos muy diferentes üísticos muy diferentes üí a través de numerosas regiones del cristianismo antiguo y medieval. El fenómeno de la piedad rupestre se extiende desde los paisajes bíblicos de Palestina y los desiertos de Siria, Líbano, Egipto y al sur por las castigadas tierras de Etiopía, hasta Ucrania y Armenia en sus confi nes orientales, pasando por las regiones de Anatolia hacia Grecia y los Balcanes para llegar a Rumania. Siguiendo el Danubio aguas arriba vemos de nuevo cómo fl orece el monacato rupestre en Bulgaria y Croacia. Alemania, Austria y Suiza albergan asi- mismo santuarios rupestres. El monacato rupestre se encuentra presente también en la Europa mediterránea con los señeros ejemplos de su límite occidental en Italia y España, pero también en las islas mediterráneas de Malta, Creta y las islas del Egeo. Las distintas denominaciones de los eremitorios revelan la gran amplitud del monacato rupestre: topónimos de origen turco, armenio, griego, romano (o neolatino), paleoeslavo, árabe, germano aparecen en los repertorios de iglesias rupestres. Esta variedad se aprecia asimismo en la epigrafía de los eremitorios y en la lengua hablada por las comunidades originarias (griega, copta, latina, armenia, eslava). El fenómeno de la religiosidad en cueva está prácticamente presente en todo el primitivo orbe cristiano extendiéndose desde los tempranos orígenes de la piedad rupestre en cuevas palestinas relacionadas con el nacimiento, muerte y resurrección de Cristo. La sacralidad ancestral de sacralidad ancestral de sacralidad ancestral las cuevas y su clara vinculación con los cultos paganos parece que en no pocos casos esti- muló a los ascetas a vivir en ellas o a sacralizarlas, ya que las cuevas ejercen en la literatura monástica la misma fascinación que los templos paganos abandonados o el desierto poblado de demonios. En este sentido son evidentes todavía en época romana los intentos de polemizar con el mitraismo, la otra antigua «religión de la cueva». Es algo que se palpa en los escritores cristianos primitivos a la hora de interpretar las profecías del nacimiento de Jesús en una gruta de la que brota una corriente de agua.

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