MartinDuque1987

De EsWiki

p125

Tabla de contenidos

EL MARCO CRONOLOGICO

Bajo el enunciado «altomedieval» se ha acotado un segmento temporal bastante congruente de la trayectoria histórica de Navarra, el comprendido entre los años 711/714 y 1234, poco más de medio milenio, que en el presente caso no resulta en absoluto una disección meramente convencional, un artificio didáctico, aunque la explicación de ciertos procesos de larga duración exija lógicamente el solapamiento de temas reservados a las secciones «anti- gua», por un lado, y «bajomedieval» por otro. Entre las indicadas fechas, jalones capitales de referencia, existe una coherencia argumentai muy nítida dentro del espacio político y social que, tras dilatada gestación, fue coagulando y afirmándose hasta tomar el nombre y el sello histórico definitorios de Navarra.

En el punto de partida se sitúan los albores de la ocupación y la soberanía musulmanas del país y, pronto, los primeros conatos de resistencia u oposición cristianas al nuevo régimen, en ambos casos sobre una base de interrelaciones colectivas, cimentada por los vínculos de encomendación personal y ahormada para las acciones bélicas, como en casi toda la Cristiandad europeo-occidental de la época. El término del período señala la difuminación y la obligada renovación del motor «imaginario», el proyecto y los impulsos vitales que nutrieron y contribuyeron a vertebrar desde sus raíces la monarquía alumbrada en singular peripecia sobre la vertiente hispana del Pirinero occidental.

Se trata de coordenadas bastante precisas en el tiempo, y también en el espacio. En este último aspecto, el geográfico, las germinales proyecciones najerense, aragonesa y guipuzcoano-vizcaíno-alavesa del núcleo pamplonés, resultaron al cabo, desde el prisma de la historia, flecos o despliegues circunstanciales, desvaídos en un momento u otro. En 1234 se había cerrado de modo irreversible el círculo de convivencia y autogobierno propiamente navarro. Además de periféricos, los posteriores reajustes fueron de escasa cuan- tía relativa: la mínima ganancia de Fitero, algo más de 40 km.2, la pérdida de Laguardia, Bernedo y San Vicente de la Sonsierra, apenas 400 km. , el abandono final del tardío y precario apéndice de Ultrapuertos, casi 1.350 km.2


p131

EL CICLO PAMPLONÉS. LOS PRESUNTOS ORÍGENES

Existe un poderoso lastre de representaciones legendarias o simplistas de los antecedentes, las raíces y la génesis del reino de Navarra, como de otras formaciones políticas con tanta solera, acrisoladas por una larga historia. Cabe señalar a este respecto dos corrientes historiográficas principales. La más reciente, curiosamente, trata de establecer los precedentes remotos, en clave casi mágica o, en todo caso, romántica, desde la ecuación un tanto ingenua entre singularidad étnico-lingüística, supuestamente inmutable, y poder político propio, autogobierno ancestral. El tópico voluntarista de la atávica «independencia» de los vascones ha arraigado tanto que ha llegado a contagiar síntesis y estudios modernos muy estimables que han creído hallar las bases sociales de la reconquista en el supuesto «santuario» irreductible del Pirineo occidental hispano. Mas no se trata aquí de abordar críticamente la cuestión de la identidad de los Vascones aludidos en los textos de época romana e hispanovisigoda.

La segunda línea historiográfica es mucho más antigua y bastante más modesta. Se nutre de la tradición cronística medieval, engrosada más o menos retóricamente por la literatura renacentista, epirrenacentista y barroca hasta fundirse con la interpretación romántica. En su problemática redefinición del segundo tercio del siglo XIII la monarquía navarra o, mejor, su mínimo núcleo intelectual precisó arbitrar un digno rearme ideológico y, por tanto, historiográfico. Y hubo dos fórmulas, más o menos coetáneas.

p132

La «oficial» identificó genéricamente en su momento de arranque todos los reinos de la Hispania cristiana, los remitió paradigmáticamente a la elección del caudillo moderador -Pelayo, «el primer rey de España»- mediante concierto entre los caballeros alzados contra los moros en Asturias y «todas las montañas»; es la versión antepuesta luego como solemne pórtico a las compilaciones sucesivas del Fuero General. La fórmula «erudita», menos ingenua, se fraguó a comienzos del siglo XIII reforzando y maquillando cuanto cabía el esqueleto genealógico de los primeros monarcas conocidos y de su estirpe precursora. La nómina regia así preparada ha llegado con ciertos retoques hasta la actualidad. Contrastándola con los datos sueltos de algunos autores árabes, los historiadores -aficionados y también profesionales- han realizado auténticos juegos «malabares» -como los ha calificado no sin cierto humor el Prof. J.M. Lacarra n33- para determinar de una vez por todas la lista de los primeros «reyes» y recrear sus posibles gestas.

Cuando los guerreros de Tariq desembarcaron en la costa hispana del estrecho gibraltareño, el monarca Rodrigo parece que se hallaba combatiendo en la región de Pamplona, es decir, en el distrito -civitas o territorium- organizado desde la urbs y sede episcopal de Pamplona. ¿Trataba de sofocar una nueva rebelión, una manifestación más de la supuesta ferocitas endémica de los vascones? También es probable y resulta quizá más lógico pensar que Rodrigo intentaba someter uno de los polos donde, sobre todo en la antigua provincia Tarraconense, se sabe que se apoyaba la candidatura al trono hispanovisigodo de Aquila II, hijo de Vitiza. En consonancia con esta postura política, un index o comes de la zona (Casio) capituló ante Muza e incluso abrazó el Islam. Sus descendientes, los Banu Qasi, serían desde las riberas del Ebro y durante dos siglos los gendarmes de Córdoba en el tramo pirenaico- occidental de la frontera hispanomusulmana. Seguramente aquel Casio era el más notorio representante de la aristocracia regional, cabecilla de un clan cuyas raíces se hundían acaso en la antigüedad. Así lo sugieren algunos de los nombres de la descendencia familiar -Fortunios, Ennecos, Lopes-, como los de las ramas menores del mismo círculo nobiliario que señoreaban los bordes, menos prósperos, del Prepirineo hispano. Aunque sin necesidad de repudiar la fe cristiana, también estas estirpes menores cayeron sin duda en la órbita musulmana, en calidad de grupos excéntricos tributarios. Los Banu Qasi, sus distinguidos congéneres, sirvieron de eslabón y asimismo de pantalla entre esos seniores pamploneses y las autoridades cordobesas. Teóricamente la soberanía musulmana estuvo vigente sobre ellos hasta que se fracturó la bisagra de los Banu Qasi a comienzos del siglo X. Las actitudes díscolas y hasta las defecciones, siempre pasajeras, no pueden confundirse con movimientos conscientes de «liberación nacional». Se trata de comportamientos oportunistas de poderes locales que procuran explotar en beneficio propio las crisis de las distantes instancias supremas, economizando por ejemplo el tributo debido.

A estas rápidas acotaciones sobre las claves de la impantación musulmana en el territorio debe asociarse una valoración de los desafíos políticos e ideológicos del contorno cristiano interior y exterior. Son los puntos de reflexión que estimo decisivos para una revisión seria de la gestación o, mejor, los antecedentes del reino pamplonés.

p133

Está claro que el cristianismo de la minoría rectora, como de la masa de población, de los repliegues pirenaicos constituía terreno abonado para las incitaciones externas de signo también contrario al Islam. Desde estas premisas deben aquilatarse en sus justos términos las intervenciones francas: la episódica del año 778, y la más acuciante que hacia el 800 produjo la movilización general de la «marca» pirenaica. La propagación capilar de la idea de liberación cristiana y las acciones militares a corta distancia determinaron transferencias de la soberanía en toda la línea de contrafuertes hispanos de la cordillera. Mas en su tramo occidental el nuevo régimen, apenas preludiado, no sobrevivió al cambio de la coyuntura política operado hacia los años 816-824. Aquí la nobleza local -los «señores de la tierra y de la guerra»-, no obstante su sumisión temporal al monarca carolingio, tenía la cohesión y la flexibilidad convenientes para retornar -como en el 778- sin especiales convulsiones a la obediencia cordobesa. La tutela, sin duda interesada, de los muladíes Banu Qasi, enraizados en los primitivos territorio, de Calahorra y Tarazona -particularmente sobre el eje Nájera-Tudela- debió de mitigar la represión, incluso entre las filas del alto clero, y preservar la continuidad de los tradicionales circuitos de relación eclesiástica.

Otro estímulo periférico, más próximo e insistente, pudo operar a través del corredor alavés -tensa «marca» de guerreros y castillos n35-, desde la plataforma política e ideológica firmemente diseñada bajo Alfonso II en la cornisa cantábrica. Desde mediados del siglo IX, a la madeja de lazos de familia e intereses de los principes Pampilonenses se van añadiendo en enmarañada conjunción los hilos políticos con Oviedo.

n35. A. CAÑADA JUSTE, Alava frente el Islam, «La formación de Alava», II, Vitoria, 1985, p. 135-163.

Ambos retos, el franco-carolingio y el ovetense, debieron de engrosar y revitalizar el sedimento religioso del área pamplonesa y potenciar, sobre todo, las virtualidades de crecimiento militar y, por tanto, político de unas bases sociales apenas contaminadas en su estructura tradicional -de cuño romano o tardorromano- gracias a la capacidad de acomodación de sus minorías dirigentes. Se trataba de una colectividad, la de la «Navarra nuclear», de contextura muy arraigada, hereditariamente compartimentada y jerarquizada, trabada por los vínculos de linaje y de la encomendación y asentada sobre una economía señorial internamente compensada y, por esto mismo, generadora de continuos excedentes demográficos.

Sin caer en la trampa de los ya aludidos «malabarismos» genealógicos», cabe preguntarse si Iñigo Arista y, sobre todo, García Iñiguez, su hijo, y su nieto Fortún Garcés fueron efectivamente «reyes» o, mejor, tuvieron conciencia de estar gobernando un regnum. El territorio pamplonés apenas tenía las dimensiones de un condado franco. Y sin duda hubiese sido un condado de haber quedado definitivamente, como Urgel, Gerona o Barcelona, en la órbita carolingia. Aun recurriendo, como conviene hacer, a la historia comparada -piénsese, por ejemplo, en el caso coetáneo de Bretaña, «reino» frustrado-, es difícil concebir una micromonarquía pamplonesa anterior al siglo X.

p134

Tampoco se explica fácilmente que Pamplona no se soldara a la pujante monarquía asturleonesa de Alfonso III, predestinado «profeticamente» a reinar en toda Hispania.

El repaso detenido de las fuentes más seguras sugiere que el espacio soberano pamplonés advino en una especie de «epifanía» con Sancho Garcés I, y no como réplica antitética del reino ovetense, sino como complemento funcional y solidario del mismo n36. El plano de intersección y el foco de ignición tuvo que ser la terra Nagerensis, campo de batalla de cristianos y musulmanes, centro de convergencia y cooperación de los guerreros pamploneses y ovetenses, tumba de los Banu Qasi, y depósito generoso de tradiciones religiosas y culturales hispano-visigodas o mozárabes. El soporte y el proyecto «imaginarios» que informaron a ambos reinos coincidían en el vibrante mensaje de la «salvación» o reconstrucción de la Hispania «perdida», dentro además del contexto mental de la defensa y la dilatación de la Republica Christiana, el pueblo cristiano, que caracterizaba genéricamente a todas las monarquías del Occidente europeo. Así parecen acreditarlo los textos más próximos y fehacientes, fruto de las primeras auténticas reflexiones sobre el pasado y el presente del naciente reino de Pamplona.

INTERRELACION DINASTICA ENTRE LOS REINOS HISPANOCRISTIANOS

La identidad de su magno proyecto colectivo, una imagen común de la realeza y una estrecha compenetración familiar, hiperendogámica, explican, primero, la pervivencia -en ocasiones angustiosa- de las formaciones políticas, tiernas y fluidas todavía, de la banda septentrional de la Península ante la presión hegemónica del califato cordobés, casi irresistible en la segunda mitad del siglo X. Iguales supuestos pueden ayudar, sobre todo, a captar lógicamente las sucesivas reordenaciones y los reajustes territoriales de la Hispania cristiana desde el año 1000, más o menos, hasta el primer tercio del siglo XII.

El reinado y la sucesión de Sancho el Mayor quizá sólo se pueden entender desde la consistente articulación y los relevos casi automáticos del círculo familiar de una misma alcurnia de soberanos. En esta propia trama argumental deben descartarse bastantes enfoques conceptuales aducidos por una dialéctica historicopolítica tardía, que, por ejemplo, agigantó restrospectivamente la figura, sin duda señera, de aquel monarca pamplonés pintándolo como «emperador», «emperador vascón», para ensalzarlo, o bien como «antiemperador», para denigrarlo.

Tras Sancho el Mayor, la rama primogénita, la de García el de Nájera y Sancho el de Peñalén, encasillada, inmovilizada en su solar tradicional, sobre el vector Pamplona-Nájera, no encontró las oportunidades de liberación organizada de energías vitales que se ofrecieron, en cambio, a la línea del segundón Fernando en el dilatado horizonte de la cuenca del Duero, y a la del bastardo Ramiro oteando los somontanos y las fértiles riberas del Ebro central. El reconocimiento de Sancho Ramírez por los milites Pampilonenses y la atracción de los Alavenses por Alfonso VI, asentado también en el cantón najerense (1076), representan una especie de fórmula de concierto familiar que evitó crispaciones de los cuadros sociales al tener en cuenta la sensibiliad y las opciones de los linajes de mayor peso local. Sancho Ramírez aparece como rex Pampilonensium, «rey» o príncipe de los milites, de la aristocracia pamplonesa; y no como rex, sin más, o rex Pampilonensis, rey de Pamplona. Aquel matiz sugiere su elevación a manera de dux, príncipe o caudillo militar, más bien que conforme a la liturgia de un auténtico rex.

p135

La anomalía sucesoria que podía implicar la realeza de Sancho Ramírez sobre Pamplona, pues el «pariente mayor» legítimo de la dinastía era Alfonso VI, se intentó regularizar por una doble vía, a corto y a largo plazo. De momento, se escenificó la diferencia de rango familiar mediante el homenaje prestado a Alfonso VI por Sancho Ramírez en razón del ficticio «condado de Navarra» (1087). Adquiere entonces carta de ciudadanía el corónimo Navarra, atribuyéndole un contenido geográfico posiblemente inusitado hasta entonces; y se elude la referencia a Pamplona, acaso para salir al paso de cualquier especulación sobre el compromiso adquirido por los milites pamploneses con Sancho Ramírez. El azar brindó, poco más de veinte años después, ocasión de proceder a una combinación más ambiciosa, clara y terminante. Con el matrimonio de la reina Urraca y Alfonso I el Batallador pudo parecer que se cerraba o culminaba el ciclo de la ya tradicional endogamia de los soberanos hispano-cristianos, proclives siempre a renovar sus lazos de parentesco y preservar la unidad dinástica de acuerdo con los presupuestos que hermanaban a las dos formaciones monárquicas. Pero también el caso —la ruptura de las desafortunads nupcias- frustró el magno ensamblamiento político hispano-cristiano que había estado a punto de consumarse.

EL CICLO PROTONA VARRO

El «golpe de mano» de García Ramírez, en septiembre de 1134, su elevación como rex por los «barones» de Pamplona y las fuerzas nobiliarias de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, contribuyó a ir perfilando a lo largo de un siglo la singular fisonomía de Navarra, su entidad como regnum netamente diferenciado, su contorno geopolítico prácticamente acabado y con nombre propio, y la consolidación de sus fuerzas sociales, basada en el rescate imaginario de una identidad de origen presuntamente inviolable. Existía el precedente, no muy lejano, del alzamiento de Sancho Ramírez, también un hecho consumado, una fractura de la estricta legitimidad dinástica. Sin embargo ahora, con García Ramírez, no cabía contar con el respaldo o la aquiescencia de la Curia Romana. Por el contrario, durante más de dos generaciones la más alta instancia moral de la Cristiandad occidental iba a negar el título de rex tanto a García Ramírez como a su hijo y sucesor Sancho el Sabio; para ella uno y otro detentaban en precario poderes fácticos, un principado meramente militar, la investidura propia de un dux.

Se volvió entonces a recurrir a la modalidad del homenaje. Desde mayo de 1135 García Ramírez es rex, pero rey «vasallo del emperador», Alfonso VII, a quien debe y presta efectivamente en ocasiones auxilium et consilium, colaboración armada y asistencia palatina. También con el juego de las uniones matrimoniales se trató de reforzar el vínculo ritual, y abrir de esta suerte las expectativas de una ulterior normalización de la solidaridad dinástica.

p136

Bajo la envoltura feudovasallática, evidente recorte de las alas de la monarquia pamplonesa hacia el exterior, en particular hacia la lejana frontera con el Islam, se resintieron dentro las fidelidades, las relaciones de encomendación personal; y se volvió contra el propio García Ramírez el sistema que lo había convertido en monarca por acuerdo y voluntad de los «barones», la cúpula de la nobleza militar señorial del área conocida todavía con el nombre de Pamplona.

La quiebra del «imperio» castellano-leonés y la minoridad de Alfonso VIII propiciaron la aplicación metódica del programa político de Sancho el Sabio, cuya coherencia supone la presencia en su pequeña curia de algunos inteligentes consejeros. En primer término, se opera un giro total y muy sintomático en la noción y la imagen de la monarquía n37. Frente a la formulación del título de realeza que ponía el acento en el principatum sobre las personas, es decir los milites Pampilonenses, prevalece ahora la afirmación del dominatum, el señorío sobre la tierra. A los lazos de dependencia teóricamente contractual del fidelis, el vasallo, se superpone la condición del súbdito natural, determinada por el enraizamiento en un marco de soberanía geográficamente bien acotado. Desde el verano de 1162 el «rey de los Pamploneses» se convierte en «rey de Navarra».

Malogradas sus empresas bélicas, que buscaban rescatar el territorio «najerense», como avanzada necesaria para intentar quizá extender sobre el espinazo de la cordillera Ibérica una punta de lanza hasta la tierra de promisión de los confines sarracenos, Sancho el Sabio debió resignarse con potenciar internamente sus menguados dominios. Reforzó y amplió, primero, los núcleos de implantación burguesa, focos generadores de riqueza, «microrrepúblicas» urbanas dotadas de franquicia, libres, por tanto, de la presión y las punciones económicas de la nobleza señorial, y puestas bajo la jurisdicción directa del monarca. Ensayado ya con anterioridad, aunque por diversos condicionamientos, en el área pamplonesa, la Navarra nuclear, el modelo se aplicó ahora también en Guipúzcoa (San Sebastián) y Alava (Vitoria), como procedimiento para aproximar la realeza a aquella ancha franja o «marca» occidental, socialmente rezagada y coto casi exclusivo de unas castas nobiliarias de lealtad siempre dudosa. Por otra parte, el rey inauguró un método de actualización del régimen de explotación de los señoríos directos de la Corona, cuadros organizadores de una gran parte de la población rural, «villana», del sector propiamente navarro; ampliamente desarrollada por Sancho el Fuerte, esta política ensanchó y robusteció los pilares financieros de la monarquía. Finalmente, ante el cerco, más bien diplomático e intimidatorio, de los dos grandes reinos vecinos -que por lo demás se neutralizaban-, se explican las nuevas relaciones de parentesco anudadas por la familia regia con dinastías transpirenaicas: con la inglesa, que señoreaba el contiguo mosaico de feudos aquitano-gascones; y luego con la de los condes de Champaña. En ambos casos no deben olvidarse -como precedentes de una comunicación no olvidada- los antiguos nexos de sangre con los condes de Roucy, los de Perche y los monarcas sicilianos n38.

La trayectoria de Sancho el Fuerte se inicia con el despegue irreversible de Alava y Guipúzcoa; la resistencia del naciente núcleo urbano de Vitoria no valió para contrarrestar la infidelidad de la nobleza, pero la ulterior «colonización» castellana del territorio iba a acomodarse precisamente a las pautas marcadas por los monarcas navarros. Ni la animosa participación en la «cruzada» de Las Navas de Tolosa, ni la hábil inversión de los recursos económicos allegados con astucia, tenacidad y energía, bastaron a Sancho el Fuerte para convertir en realidad el acariciado designio de establecimiento de un frente propio con el Islam levantino, en el bajo Maestrazgo, y renovar así la intervención activa de Navarra en la tradicional empresa hispana de la reconquista n39. También se frustraron sus previsiones sucesorias, como último recurso para salvar el carácter genuino del reino, previsiones tan aleatorias como las basadas en el contrato de parentesco artificial con el monarca aragonés Jaime I el Conquistador; tampoco había prosperado su antecedente, el pacto suscrito en Vadoluengo un siglo atrás entre García Ramírez y Ramiro II. Quedaba un reino minúsculo, de silueta acabada, poco más de 12.000 km.2, aunque con fronteras bien dispuestas para la defensa, especialmente en su talón de Aquiles de la ribera tudelana n40. Pero lo protegían, sobre todo, precisamente sus mínimas dimensiones, sus limitados recursos, su nula peligrosidad para las poderosas formaciones políticas contiguas. Y la escasa extensión favoreció además la compenetración interna, los equilibrios de un tejido social sumamente compacto y acrisolado por una larga historia.

Con la desaparición de Sancho el Fuerte se desvaneció en cierto modo como proyecto operativo la referencia o vocación primigenia de la monarquía, bloqueada en su primitivo solar de origen, sin perspectivas de mayor despliegue territorial ni de generación de «nuevas Navarras» mediante la reconquista. Mas el signo matriz, compartido con los demás principados cristianos peninsulares, cifrado en la reedificación de Hispania, se perpetuó como cliché historiográfico; y sirvió como telón de fondo y tradición irrenunciable dentro de una concepción de la realeza que las fuerzas sociales iban a esgrimir con ardor ante el poder monárquico encarnado en sucesivas dinastías extranavarras. Partiendo probablemente de las reminiscencias que en la memoria colectiva pudo dejar el alzamiento de García Ramírez -o quizá ya de Sancho Ramírez- se retrotrajo imaginariamente al pasado más remoto posible, «cuando los moros conquistaron España», el nacimiento y el carácter presuntamente «pactado» de la monarquía y el compromiso sagrado del rey en orden a la conservación de unos «fueros», usos y costumbres, articulados teóricamente como molde paradigmático de convivencia, con consejo del papa y de los más acreditados juristas y previo convenio de los caballeros protagonistas de la primera resistencia al Islam n41. Sus descendientes, el círculo hereditario de la nobleza, desde la ancha base de los simples infanzones hasta la cúspide de los ricoshombres, trataban así de apuntalar y perpetuar su rancio ascendiente social, sus ventajas fiscales, sus oportunidades de acción política. Por extensión la joven burguesía de los «hombres de rúa» salvaguardaba sus «franquicias», su régimen peculiar y sus horizontes de prosperidad económica. Incluso para la población de condición social inferior, los villanos o «labradores» encelulados en señoríos, y también para las minorías étnico-religiosas albergadas en aljamas, el principio del respeto sagrado de los derechos adquiridos debía repercutir como freno o dique ante cualquier empeora- miento de las exacciones vigentes. En la señalada inflexión que marca el fallecimiento de Sancho el Fuerte cabe situar, pues, el esbozo de las notas diferenciales de la «navarridad» tardomedieval -y moderna-, la imagen de Navarra como comunidad histórica anclada ciertamente en sus inmemoriales raíces hispanas, pero dotada de un proyecto autóctono e intangible de convivencia, abierto exclusivamente en sus virtualidades de eventual «amejoramiento».

Hechos relativos a à MartinDuque1987 — Búsqueda de páginas similares con +.Ver como RDF
Count Conde Casio  +
Creator Ángel J. Martín Duque  +
Eparchy Obispado de Pamplona  +
Monarch Pelayo  +, Rodrigo  +, Aquila II  +, Vitiza  +, Iñigo Arista  +, García Iñiguez  +, Fortún Garcés  +, Alfonso III  +, Sancho Garcés I  +, Sancho el Mayor  +, García el de Nájera  +, Sancho el de Peñalén  +, Fernando I  +, Ramiro  +, Sancho Ramírez  +, Alfonso VI  +, Urraca  +, Alfonso I el Batallador  +, Sancho el Sabio  +, Alfonso VII  +, Sancho el Fuerte  +, Jaime I el Conquistador  +, García Ramírez  + y Ramiro II  +
Ruler Muza  +
Topic Singularidad étnico-lingüística  +, Poder político propio  +, Autogobierno ancestral  +, Atávica «independencia» de los vascones  +, «santuario» irreductible del Pirineo occidental hispano  +, Ferocitas endémica de los vascones  +, Banu Qasi  +, Intervenciones francas  +, Micromonarquía pamplonesa anterior al siglo X  +, Terra Nagerensis  +, Centro de convergencia y cooperación de los guerreros pamploneses y ovetenses  +, Tumba de los Banu Qasi  +, Compenetración familiar, hiperendogámica  +, Dilatado horizonte de la cuenca del Duero  +, Atracción de los Alavenses por Alfonso VI  +, Rex Pampilonensium  +, Elevación a manera de dux  +, Príncipe o caudillo militar  +, Ficticio «condado de Navarra» (1087)  + y Tradicional endogamia de los soberanos hispano-cristianos  +
Zite CañadaJuste1985  +
Herramientas personales