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EL SIGLO IX: LA PERIFERIA DE AL- ÁNDALUS COMO SISTEMA

Este breve episodio nos sirve de bisagra en nuestra argumentación. En el siglo viii hemos podido apreciar que el contacto con el islam y la influencia de este en aspectos tan cruciales como los ritos funerarios hacen desvanecerse la imagen de una cápsula del tiempo hispano-goda y sugieren un mundo de relaciones que solo podemos entrever. A lo largo del ix, desvanecida la presencia carolingia, y al mismo tiempo que se afirman los Íñigo como dirigentes de Pamplona y los Banu Qasi como linaje principal del Ebro, las fuentes nos permiten detectar toda una serie de mecanismos que hacen de la noción de periferia de Al-Ándalus algo mucho más específico que una mera posición geográfica.


n31 Sobre el efímero condado carolingio de Pamplona, v. J. M. Lacarra: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 52-56; Á. J. Martín Duque: «El reino de Pamplona», o. cit., 95-97.


Circulación de riquezas y actividad guerrera

En los últimos años, una vigorosa corriente de investigación sobre las sociedades altomedievales europeas, con un fuerte componente antropológico, ha puesto de relieve la función de los bienes de lujo, de su posesión, su atesoramiento, su enajenación, como elementos de definición del estatus aristocrático, y por ende como vectores de jerarquización y competencia sociales. n32 La vinculación de esto con la guerra es patente. Como ha sintetizado recientemente J. P. Devroey, la hueste es el capítulo mayor de consumo y destrucción de bienes por el poder real y la aristocracia en época carolingia. Es también fuente de riqueza, en la medida en que añade el fruto de la rapiña exterior a la renta fundiaria del interior —muy débil esta última en nuestra región, como se apuntará más abajo—, y genera mecanismos de transferencia de riquezas y por tanto de cohesión y organización jerárquica entre todos los estratos sociales que aportan combatientes. n33

La España cristiana En La órbita de Córdoba

En la mayor parte de las sociedades occidentales de este periodo, la participación en este flujo de bienes depende de la posición que cada cual ocupa en la construcción política carolingia. La España cristiana, en cambio, forma parte de un sistema cuyo centro es el poder omeya. Además del florecimiento artesanal y mercantil de Al- Ándalus, el emirato mismo es un formidable proveedor de riquezas, especialmente de tejidos de lujo y de metales preciosos, sea o no en forma de moneda. Se trata de bienes cuyo valor intrínseco se desdobla en una función simbólica, en la medida en que hacen visible la posición que ocupan sus poseedores en la arquitectura política andalusí. n34 Lejos de detenerse en las fronteras septentrionales, su difusión alcanza las sociedades cristianas que forman la periferia última del sistema.

n32 Les transferts patrimoniaux en Europe occidentale, viiie-xe siècle. Actes de la table ronde de Rome, 1999 Roma, 1999 (Mélanges de l’École Française de Rome: 111/2). Véase en particular la introducción por R. Le Jan, así como el sitio del Lamop: <http://lamop.univ-paris1.fr/lamop/LAMOP/lamopIV.htm>.

n33 J. P. Devroey: «Une société en expansion? Entre Seine et Rhin à la lu- mière des polyptyques carolingiens (780-920)», en Movimientos migratorios, asentamientos y expansión (siglos viii-xi). En el centenario del profesor José María Lacarra (1907-2007). XXXIV Semana de Estudios Medievales de Estella, julio 2007, Pamplona, 2008, 231-261: 249. 34 E. Manzano Moreno: Conquistadores..., o. cit., 445 y ss.

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La abundancia de objetos preciosos y tejidos de calidad de origen andalusí, así como el uso corriente de préstamos árabes para referirse a ellos, son bien conocidos a cualquier historiador familiarizado con la documentación altomedieval de la España cristiana. n35 De hecho, diversos mecanismos aseguran la llegada de productos de lujo al norte cristiano, tanto en las buenas coyunturas militares como, subrayémoslo, en las malas. Cuando Al-Ándalus se muestra debilitado, el pillaje y la toma de rehenes resultan muy productivos. H. Grassotti recogió los casos más notables, y por ende los que merecieron la atención de los cronistas: el botín capturado por Alfonso II en Lisboa, con una parte del cual obsequió a Carlomagno; las mujeres y los niños vendidos tras la toma de Coria y Talamanca en el 860; los cuatro mil cautivos que Ordoño II arranca de Évora; la espectacular suma de monedas de oro (100 000 sueldos según la Crónica albeldense) que Alfonso III se embolsa como rescate por Hasim ibn Abd al-Aziz, favorito del emir; las mujeres, niños y el inmenso «auri et argenti sericorum ornamentorum pondere» que Ordoño II obtiene en Alhange; el botín de Simancas y Alhandega que según los Anales castellanos primeros enriqueció Galicia, Castilla, Álava y Pamplona. n36 Cuando tales oportunidades desaparecen, sigue existiendo la posibilidad de acceder a pagos y a botín a través de la colaboración con algún bando en los enfrentamientos internos de Al-Ándalus, o simplemente de servir como auxiliares en el ejército de Córdoba. De lo primero veremos varios ejemplos en relación a navarros y aragoneses, y podemos recordar la participación de navarros y castellanos en las tropas de Galib. n37 De lo segundo, la campaña de Santiago de Compostela de Almanzor, que evocaremos enseguida, es sin duda el caso más espectacular. Como resultado, la redistribución de estos bienes resulta ser un atributo fundamental del poder político.

n35 L. Serrano-Piedecasas: «Elementos para una historia de la manufactura textil andalusí (siglos ix-xii)», Studia Historica. Historia Medieval, 4 (1986), 205-227.

n36 H. Grassotti: «Para la historia del botín y de las parias en León y Castilla», Cuadernos de Historia de España, 39-40 (1964), 43-132: 48-50. 37 J. M. Ruiz Asencio: «Campañas de Almanzor contra el reino de León (981-986)», Anuario de Estudios Medievales, 5 (1968), 31-64: 47; L. Bariani: Almanzor, San Sebastián, 2003, 210.

En este mismo sentido, no por bien sabido es menos importante el hecho de que las formaciones políticas cristianas no emiten moneda hasta bien entrado el siglo xi. La normalidad catalana con respecto a Occidente se convierte en excepción al sur del Pirineo. En efecto, tras la circulación corriente de numerario árabe durante el siglo viii, y el periodo de débil emisión local de monedas de Carlomagno, Luis el Piadoso y Carlos el Calvo, la afirmación de las familias condales se traduce en auto- nomía monetaria.38 De Pallars a Galicia la moneda se usa, pero no se acuña. Circulan los dírhams andalusíes según muestra la documentación escrita y los —raros, eso sí— hallazgos de tesoros.39 Salvo que se pretenda que los reyes de Oviedo o Pamplona o los condes ga- llegos o castellanos ignoran el poder político, simbólico y económico que confiere el control de la moneda, o se recurra a una vaga noción de pobreza de la que solo se libraría Cataluña, la explicación más verosímil es que, en lo que respecta a los gobernantes, el control y redis- tribución de la moneda que llega del emirato cumple satisfactoriamente funciones semejantes a las que en otras partes tiene la emisión de moneda propia. Naturalmente, nada de esto ocurre sin contrapar- tidas: Al-Ándalus se cobra todo lo que transfiere y, posiblemente hasta la fitna del califato, con intereses. En tributos, en botín y quizá, sobre todo, en cautivos. Las tierras de los infieles del norte se presentan en de- terminadas épocas como inmensos campos de caza de esclavos, que afluyen a millares a Córdoba en los años gloriosos de Almanzor.40 Pero esto es parte del juego.

n38 M. Crusafont: Història de la moneda catalana, Barcelona, 1996, 51-58.

n39 A. Canto: «La moneda hispanoárabe y su circulación por Navarra», en La moneda en Navarra, Pamplona, 2001, 73-82; C. Sánchez-Albornoz: «Moneda de cambio y moneda de cuenta en el reino asturleonés», en ídem: Viejos y nuevos estudios sobre las instituciones medievales españolas, Madrid, 1976; t. 2, 855-883: 864.

n40 L. Bariani: Almanzor, o. cit., 225.

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Circulación de riqueza en el Pirineo y en el Ebro

Si ajustamos ahora el enfoque a la región que nos interesa, podemos ver que también a esta escala se producen movimientos y acumulación significativas de riquezas. En el 898, el Banu Qasi Lubb ibn Muhammad libera a su prisionero Al-Tawil y le permite mantener el gobierno de la ciudad de Huesca, a cambio de la suma de 100 000 dinares, la mitad de los cuales es inmediatamente abonada en «monedas, bridas, sillas de montar, espadas y otros bienes». n41 En el 875, el padre de Lubb se había hecho compensar la cesión de Zaragoza al emir en 15 000 dinares. n42 Esto da idea del volumen de fortuna acumulado en la fitna del emirato por los cabecillas de las fronteras, en buena medida gracias al bloqueo de los tributos que hubieran debido ir a parar a Córdoba. n43 Por su parte, en el 859-860, el rescate de García Íñiguez de manos de los normandos se saldó también con la entrega de rehenes como garantía del pago de una magna suma de monedas que Ibn Hayyan cifra en el poco creíble, por elevado, montante de 70 000. n44

De Navarra, de San Andrés de Ordoiz en Estella proviene uno de los tesoros de moneda emiral más importantes de la España cristiana. Se trata de 205 dírhams, es decir monedas de plata, correspondientes a un siglo de emisiones del emirato independiente (del 782-783 al 883-884 o quizá 893), si bien tres cuartas partes corresponden a los gobiernos de Abd al-Rahmán II (822-852) y Muhammad I (852-886).45 Los jefes guerreros van al combate haciendo ostentación de sus bienes preciosos, los cuales servirán de botín al enemigo si las cosas se tuercen. Se ha visto en la ostentación de los guerreros un rasgo del carácter segmentario de las sociedades europeas altomedievales, como medios de cohesión de sus clientelas y por ende del conjunto del ejército n46 —es decir, de los hombres libres—. La humillante derrota infligida por los leoneses obliga a Musa ibn Musa a abandonar en el campamento levantado en Monte Laturce numeroso material bélico y los regalos que había recibido de Carlos el Calvo. n47

n41 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., 396. n42 Ibídem. n43 Ibídem.

n44 J. M. Lacarra: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 68.

n45 A. Canto: «La moneda hispanoárabe...», o. cit., 77-78.

n46 R. Le Jan: La société du haut Moyen Âge (vie-ixe siècle), París, 2003, 282.

n47 Crónica de Alfonso III, 26, en Crónicas asturianas, intr. y ed. crítica J. Gil, trad. y notas J. L. Moralejo, estudio preliminar J. I. Ruiz de la Peña, Oviedo, 1985.

Probablemente algunas de las tiendas mismas eran objetos de lujo, como muestran otras referencias de fuentes musulmanas n48 o el pabellón mirae pulchritudinis con que Alfonso II obsequia a Carlomagno. n49 Botín de guerra parecen en opinión de todos quienes se han ocupado de la noticia las dos monturas con sillas y frenos de plata, la loriga con collar de oro, las tiendas, las armas y los eunucos que Sancho Garcés I da a Leire en el 918, tras abundantes y victoriosas correrías en tierra andalusí. n50 Dos años después, la derrota navarro-leonesa de Muez es coronada con la toma de bagajes, tiendas, joyas y más de mil caballos en los cuarteles cristianos. n51

A la escala gigantesca que cabía esperar, participa de esta práctica la armada califal. El ejército de Almanzor era una temible máquina militar, pero también un fastuoso tesoro andante: la parada con que concluye la campaña de Santiago de Compostela y el reparto de miles de piezas de seda entre quienes se habían distinguido en ella difícilmente encontraría parangón en el Occidente cristiano. n52

Nuestro conocimiento de la actividad bélica en la región en los siglos viii y ix depende fundamentalmente de las fuentes árabes. A partir de los años treinta del siglo ix las informaciones son más abundantes, pero no porque los cristianos del Pirineo occidental despierten un interés especial, sino por su papel de aliados, comparsas o enemigos de los Banu Qasi, que son quienes realmente atraen la atención de los cronistas. n53 La consecuencia de esto es clara: cualquier otra iniciativa militar, sea de alguna dimensión o de simple depredación, tiene pocas probabilidades de llegar al registro escrito.

n48 E. García Gómez: «Crónica arqueológica de la España musulmana: armas, banderas, tiendas de campaña, monturas y correos en los Anales de Al-Hakam II por Isa Razi», Al Ándalus, 32 (1967), 163-179: 169-170.

n49 Einhardi Annales, año 798: mgh, ss, i.

n50 La noticia debió de conservarse en algún texto hoy perdido para ser introducida luego en un documento rehecho en el siglo xi; v. L. J. Fortún: Leire, un señorío monástico en Navarra (siglos ix-xix), Pamplona, 1993, 86.

n51 A. Cañada Juste: «Revisión de la campaña de Muez. Año 920», Príncipe de Viana, 46 (1985), 117-143: 122

n52 M. Fernández: «La expedición de Almanzor a Santiago de Compostela», Cuadernos de Historia de España, 13 (1967), 345-363.

n53 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., pássim.

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Si se recuerda además que durante mucho tiempo se ha hecho pivotar la historia de la región sobre un díptico compuesto por Íñigos y Banu Qasi y se ha pensado que estos últimos dominaron la escena desde la conquista árabe, se comprenderá el sesgo que ha adquirido la presentación de las acciones guerreras navarras. Sería el resultado de una opción estratégica muy duradera, fundada en la conjunción de intereses con los Banu Qasi. Esta opción solo habría estado amenazada brevemente por los carolingios y sus partidarios, y no sería reemplazada hasta la segunda mitad del ix por un progresivo acercamiento a Oviedo. Sin embargo, si tenemos en mente los vacíos de información que marcan el tiempo en que los Banu Qasi no merecen aparecer en las crónicas árabes, un repaso de aquellos acontecimientos de que tenemos noticia puede sugerir que los navarros tienden a guerrear en todos los conflictos de la región —y de más allá— en que pueden hacerlo.

La guerra presenta una geografía asimétrica: no parece haber problema para reclutar cristianos en las disensiones entre dirigentes de Al-Ándalus, pero antes del siglo x no hay noticia de intervención musulmana destinada a zanjar disputas entre cristianos, cosa que, por otro lado, no deja de recordar el medio siglo anterior a la conquista islámica, cuando los vascones parecen también implicarse en todas las conspiraciones de la aristocracia provincial. n54

A título meramente ilustrativo, es posible que los navarros hubieran colaborado con Alfonso II frente al ejército emiral en el 795.55 En el 804 entran en una coalición con gentes de Álava, Castilla, Amaya y los cerretanos para combatir a Amrus, amil de la Marca Superior enfrentado a los Banu Qasi —a un miembro de cuya familia los de Pamplona han asesinado a traición cinco años antes. En el 842 combaten junto con los Banu Qasi a Harit ibn Bazi, visir del emir, lo que les cuesta sufrir dos ataques de la armada cordobesa. En el 854 hay noticias de que colaboran con Ordoño de Asturias en su acción de socorro a las gentes de Toledo —lo que les habría enfrentado a Musa ibn Musa—, n56 aunque en el 851 no están a su lado en la batalla de Albelda, mucho más cercana. n57

n54 J. J. Larrea: La Navarre du ive au xiie siècle..., o. cit., 152-160.

n55 J. M. Lacarra: «Las relaciones entre el reino de Asturias...», o. cit., 226-227; ídem: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 42.

n56 Las noticias son tardías y debidas a Ibn al-Atir y a Ibn Jaldún: J. M. Lacarra: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 67.

En el 860 el aliado vuelve a ser Ordoño y el resultado es otra expedición emiral de castigo. Diez años después, los encontramos al lado de los cerretanos en apoyo de la rebelión de Amrus ibn Amr de Huesca contra el emir. n58 En fin, como veremos más adelante, hay combatientes de prestigio reconocido en la región, n59 así como clientelas militares bien cohesionadas. n60 Es de todo punto probable que los grandes acontecimientos que recogen los cronistas tengan lugar sobre un fondo de cabalgadas, pillajes y agresiones de menor intensidad, pero relativamente habituales. No hay que olvidar tampoco la acusación de bandolerismo referida a los navarros que encontramos en Al-Himyari y que este achaca a la pobreza del país. Es este un rasgo compartido con otras sociedades de frontera, tanto cristianas n61 como musulmanas: la cuestión jurídica relativa al botín obtenido por cristianos andalusíes sobre cristianos del norte, sin acompañamiento de musulmanes, habla de la autonomía de las comunidades de frontera a escala local y regional. n62

n57 El único nombre propio que recoge la Crónica de Alfonso III (o. cit., 26) al lado del de Musa es el de su yerno García. Si bien esto evidentemente no implica la participación de los de Pamplona, sí apunta hacia la presencia de al menos alguno de los ashab que veremos más abajo. Da la impresión de que los de Pamplona, sin ser ajenos del todo a los acontecimientos, quedan a la espera de ver cómo se resuelve el enfrentamiento entre Ordoño y Musa ibn Musa para decidir su nuevo aliado. Tal y como lo narra la Crónica de Alfonso III (25), la rebelión de los alaveses que estalla al inicio del reinado de Ordoño I parece coordinada con Musa ibn Musa, que ataca a los leoneses en cuanto llegan a la zona. Vista la relación de los pamploneses con el Banu Qasi y su condición de vecinos de los alaveses, cuesta creer que se mantuvieran al margen. Tras asegurarse el control de Álava, Ordoño marcha a Albelda a combatir al Banu Qasi, y a derrotarle según las fuentes cristianas. Sin que participen los pamploneses, pero con García al lado de Musa. Solo después de esto vemos con claridad a los navarros al lado de León.

n58 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., 300.

n59 Así Sancho, caballero de Pamplona, Saltan, caballero de los «machus» en el relato que Ibn Hayyan hace de la batalla de Wadi Arun en el 816 (E. Lévi-Provençal, E. García Gómez, «Textos inéditos del Muqtabis...», o. cit., 297, o Fortún Íñiguez en el pasaje del mismo historiador que reproducimos más abajo).

n60 Véase más abajo el pasaje de Ibn Hayyan relativo a los acontecimientos del 843.

n61 E. Manzano: La frontera de Al-Ándalus en época de los omeyas, Madrid, 1991, 174-175; I. García Izquierdo: El valle del Riaza. Procesos de articulación del territorio en la Alta Edad Media, trabajo de suficiencia investigadora, Universidad de Burgos, 2007, 157 y ss.

n62 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., 197.

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Gentes y territorios del Pirineo occidental

La guerra no afecta solo al territorio de Pamplona, naturalmente. Hablar de la actividad guerrera de los navarros nos ha llevado ya a mencionar a otros grupos de la región, como los cerretanos. Antes de examinar de qué modo la guerra y el pacto generan mecanismos de articulación regional y política, convendrá detenernos a presentar las principales gentes que componen el mosaico —o avispero, según para quién y cuándo— del Pirineo occidental y el valle del Ebro.

Lo que más nos interesa es la dinámica de las relaciones entre las piezas del mosaico. Aproximarnos a su descripción casi equivale más a presentar una problemática que a trazar un mapa. Tal cosa no es sorprendente: ya antes de la conquista islámica, el modo en que las tradiciones hispanogótica y merovingia venían tratando a Vasconia y los vascones era un juego complejo de artificios literarios e intencionalidad política llenos de trampas para el historiador. Piénsese, por ejemplo, en el éxito del etnónimo Vaccei, que, tras siglos sin designar a ningún ser viviente, fue resucitado por Isidoro a partir de materiales tan dispares como el epistolario de san Jerónimo y una inexistente ciudad de Vacca para aplicarlo a los vascones.

De aquí saltó al repertorio de autores del norte y del sur del Pirineo, como el anónimo de la Crónica mozárabe del 754 o el monje Baudemundo que compuso la Vita amandi. n63 No sorprende, pues, que, en la zona que ahora nos ocupa, un mera enumeración de grupos y territorios entresacados de las fuentes de los siglos viii y ix no genere ninguna imagen coherente, porque cada una de ellas combina denominaciones territoriales y etnónimos que solo tienen sentido en su sistema de referencias. Así, por ejemplo, los Anales de Lorsch establecen una interesante gradación entre el Garona y el territorio de Pamplona.

n63 J. J. Larrea: «Aux origines d’un mythe historiographique: l’identité bas- que au Haut Moyen Âge», en M. Banniard (dir.): Langages et peuples d’Europe. Cristallisation des identités romanes et germaniques (viie-xie siècles), Toulouse- Conques 1997, Toulouse, 2002, 129-156, esp. 147-151.

Hay vascones a ambos lados de los montes, pero los francos distinguen los de la Vasconia cispirenaica —la Gascuña posterior— de los del sur del Pirineo, a los que llaman hispanovascones. n64 Pensamos que esto viene a traducir los dos sentidos del etnónimo vasco en la geografía política carolingia. Por un lado, como muestra luminosamente la presentación del niño Ludovico Pío, rey de Aquitania, en Paderborn en el 785, vestido y armado al modo de los vascos, se percibe una nítida imagen étnica, al menos en el sentido virgiliano de lengua, hábito, vestidos y armas, n65 de la población o —quizá más bien— de los grupos dirigentes de ambos lados del Pirineo. n66 Por otro, hay una realidad política y territorial cual es el levantisco ducado de Vasconia que forma parte del reino. Franqueados los montes, el añadido hispano traduce la continuidad de lo primero, y el fin de lo segundo. Y una vez salidos de los valles que descienden de Roncesvalles, la posesión de Pamplona es el rasgo fundamental de un tercer grupo, el de los navarros.

Es elocuente la comparación con las crónicas asturianas, que también emplean el término vasco, pero dentro de un sistema de combinación de etnónimos y territorios completamente distinto. Aquí depende del carácter del discurso: cuando se trata de trazar el mapa de los confines orientales, de explicar el refugio del joven Alfonso II entre sus parientes maternos o de referirse a la defensa del reino por sus condes, nos encontramos con Álava (Alb., xv, 13; Rot. y Seb., 14 y 19). Pero si el tono cambia y se trata de aplastar las revueltas alavesas, en el 757 o en el 850 (Alb., xv, 12; Rot., 16, 25; Seb., 16, 25), entonces Álava desaparece y salen a la palestra los mismos vascones cuya derrota a manos de Gundemaro, Suintila y Wamba se recuerda en las mismas crónicas (Alb., xiv, 23, 25, 30; Rot., 1; Seb., 1). n67


n64 Annales laurissenses, año 778: mgh, ss, i.

n65 En la célebre frase que abre el desfile de los vencidos de Roma: «Incedunt victae longo ordine gentes, / quam variae linguis, habitu tam vestis et armis» (Aen. 8, 722-723); v. F. Christ: Die römische Weltherrschaft in der antiken Dichtung, Suttgart/Berlín, 1938, 32.

n66 La noticia de la Vita Hludovici, dentro de un análisis global de la función de las marcas de identidad, en W. Pohl: «Telling the Difference: Signs of Ethnic Identity», en W. Pohl, H. Reimitz (dirs.): Strategies of Distinction. The Construction of Ethnic Communities, 300-800, Leiden, 1998, 17-69: 45. n67 Ed. cit. supra nota 48.

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Desde el lado árabe, Ibn Hayyan, por ejemplo, emplea un esquema, digamos, jerárquico. La referencia fundamental es Pamplona: territorio, gentes, emires, notables de Pamplona. n68 La etiqueta étnica queda subordinada a esto y es mucho menos utilizada. Como para los francos y los asturianos, los más cercanos a él son vascones: n69 García Íñiguez es emir de Pamplona, pero también emir de los vascones. n70 No hay lugar para navarro, y es para los más lejanos para quienes ha de emplear un término diferente. Lo que los carolingios llaman vascones, son galescos para Ibn Hayyan y otros autores árabes. De hecho, Al-Himyari sitúa a Dax como capital de los «gilikiyun». n71

En cambio, probablemente por la ausencia de una referencia territorial tan marcada como Pamplona, un nombre de grupo y su derivado son los únicos empleados por las fuentes árabes para referirse a los vecinos orientales de los navarros: s.rtaniyyun y s.rtaniyah, es decir, cerretanos y Cerretania. El origen es la antigua Cerretania, que designaría en la Antigüedad un amplísimo territorio en el Pirineo central, desde el entorno de la Cerdaña actual —que hereda el corónimo— hasta los valles navarros orientales. Su aparición en las crónicas musulmanas tanto en el entorno de la pre-Cataluña como en la vecindad de Pamplona, ha llevado a diversos especialistas a proponer alguna forma de escisión histórica entre cerretanos orientales y occidentales, quizá por las propias campañas árabes en los valles de Sobrarbe y Ribagorza. n72

En el Pirineo occidental, el término parece hacer relación a gentes del norte del río Aragón, es decir, de los valles entre Salazar en Navarra y Hecho en Huesca. Es muy probable que sea en este entorno donde se gesta el condado de Aragón.

n68 Falta, eso sí, la mención de la ciudad misma de Pamplona: J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., 219.

n69 Según D. Bramon («S.r.taniyah, “Terra dels ceretans” a les fonts àrabs», en Medievalis historia pyrenaica, Gerona, 2005, 133-149: 135), el al-basqunis de los autores árabes no es un gentilicio, para el que cabría esperar al-basquni- yyun, sino un indicativo de la lengua, al-basqiya.

n70 Véase un ejemplo en el texto reproducido más abajo.

n71 J. M. Lacarra: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 54.

n72 Á. J. Martín Duque: «Los “cerretanos” en los orígenes del reino de Pamplona», en Miscelánea José M. Lacarra. Estudios de Historia Medieval, Zaragoza, 1968, 15-23; R. Martí: «Territoris en transició al Pirineu medieval (segles v-x)», en Actes del 3r Curs d’Arqueologia d’Andorra, Andorra la Vella, 1995, 37-83: 47-64; D. Bramon: «S.r.taniyah...», o. cit.

Cerretanos, pamploneses o navarros, gentes de la Navarra atlántica y pirenaica bajo la etiqueta de vascones o gascones, más alaveses y castellanos en los vecinos dominios de los reyes de Oviedo, componen un arco que del Pirineo central al alto Ebro cierra el extremo noroccidental de la Marca Superior de Al-Ándalus. A ellos cabe aún añadir algún territorio situado en la permeable frontera del emirato y condenado a cierta penumbra por su escaso peso y por su integración posterior en el reino de Pamplona. Es el caso de Deyo, en la actual Tierra Estella. n73 Se trata de uno de los territorios que un célebre pasaje de las crónicas de Alfonso III (Rot. y Alb., 14) sitúa, al mismo nivel que Álava o Pamplona, entre los poseídos por sus habitantes a mediados del siglo viii. Después el silencio de las fuentes es absoluto, hasta que en el contexto de las tensiones surgidas en tiempo de la fitna del emirato y del afianzamiento del Banu Qasi Muhammad ibn Lubb en la Navarra meridional actual, se nos dice que este recibe de su tío el castillo de San Esteban de Deyo. San Esteban no figuraba hasta entonces entre las fortalezas controladas por los Banu Qasi. Tras la conquista navarra, poco después del 907, algunos indicios apuntan a que este territorio venía manteniendo con anterioridad cierto grado de autonomía en el confín de la Marca Superior. Los navarros lo distinguen de Pamplona: en tiempo de la minoría de García Sánchez, en el 928, este y el hermano del rey difunto, Jimeno Garcés, reinan «en Pamplona y en Deyo», del mismo modo que el obispo Galindo lo es «en Pamplona y en Deyo y en el castillo de San Esteban».n74 Más tarde, el escueto relato de las hazañas de Sancho Garcés I compuesto en el último cuarto del siglo x individualiza con claridad la «terra Degensis cum oppidis» entre las conquistas. n75 Por otro lado, el monasterio de Irache, situado a los pies de San Esteban, ha conservado un único documento del siglo x. n76

n73 La discusión sobre la autonomía y las vinculaciones de Deyo es antigua: J. M. Lacarra: «Las relaciones entre el reino de Asturias...», o. cit., 221, con re- ferencia a las propuestas anteriores de Jaurgain, Barrau-Dihigo y Balparda.

n74 A. Ubieto: Cartulario de San Juan de la Peña, Valencia, 1962, núm. 14. n75 Infra nota 129.

n76 J. M. Lacarra: Colección diplomática de Irache. i. 958-1222, Zaragoza, 1965, núm. 1. Se trata del documento que abre el becerro de Irache. Está fechado en el 928, pero tanto J. M. Lacarra como A. Ubieto creían que el copista no distinguió la X aspada y que la data correcta es 958. Sin duda es la presencia del obispo Valentín en la cláusula regnante, junto a García Sánchez I y la reina Toda, lo que les llevó a proponer tal corrección, ya que Galindo ocupa la sede pamplonesa hasta el 938. No es este el lugar para tratar esta cuestión, pero quizá convenga señalar que la anexión inmediata de la tierra de Deyo a la diócesis de Pamplona está lejos de ser evidente. Por otro lado, este documento tiene elementos conexos con un texto albeldense (A. Ubieto: Cartulario de Albelda, Valencia, 1960, núm. 24) en el que también figuran en la cláusula regnante García Sánchez y su madre, la reina Toda, y en el que se especifica además que Toda gobierna Deyo y Lizarrara —donde más adelante surgirá Estella—. También este está datado en 928 y su fecha corregida en 958 por A. Ubieto.

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El nombre del abad, Theudano, y los de dos de los tres monjes que suscriben la donación, Juan, Adoleo y Abzecri, contrastan fuertemente con la onomástica navarra y dirigen la mirada más bien hacia los ambientes mozárabes de Rioja, n77 donde comunidades cristianas cohesionadas y vigorosas se han mantenido a lo largo de todo el periodo emiral. n78

La guerra y el tributo como mecanismos de articulación territorial y política

Cuando las tropas de Córdoba se enfrentan a las de la región, las fuentes musulmanas dejan ver tres niveles de articulación en las últimas. n79

  1. El primero y más amplio es la coalición, solo de cristianos o de cristianos unidos a algún rebelde o notable musulmán: pamploneses, alaveses, cerretanos, gascones, Banu Qasi, Amrus ibn Amr de Huesca...
  2. El segundo corresponde a cada uno de estos componentes de las coaliciones. Para nombrarlo se emplea el término ahl («ahl Banbaluna», «ahl Alava-al-Qila»), el mismo que en los conflictos internos musulmanes se aplica a las gentes de las ciudades, «ahl al-madina», es decir, a colectivos articulados y jerarquizados de autonomía política y militar variable.
  3. El tercero se refiere a la organización interna de cada ahl, y el vocablo clave es ashab: se trata de clientelas de guerreros lideradas por notables.

n77 En A. Ubieto: Cartulario de Albelda, o. cit., núm. 23, hay dos testigos de nombre Abcichri o Abcicri, de los que el primero es presbítero. El documento está fechado, como el de Irache, en el 928, y su editor lo corrige una vez más en 958. En el 1061 (ibídem, núm. 41) se menciona también un Abcecri de Alesanco en referencia a una donación efectuada en el pasado.

n78 L. J. Fortún sugiere la conexión de Irache con el foco monástico riojano, de raíces hispano-godas o mozárabes, y señala también como indicio el ca- rácter gótico del nombre (Gran enciclopedia de Navarra, voz «Irache»). Sobre las comunidades cristianas de Rioja, en último lugar J. J. Larrea: «Obispos efímeros, comunidades y homicidio en la Rioja Alta en los siglos x y xi», Brocar (en prensa).

n79 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., pássim.

Va de suyo que el poder político es indisociable del lugar que se ocupe en cada uno de estos niveles. A escala regional, Pamplona parece disfrutar desde temprano de una posición clave en el Pirineo, como eslabón entre las agrupaciones de cristianos y sus aliados musulmanes.

En los enfrentamientos entre el gobernador Amrus y la coalición de castellanos, alaveses, cerretanos y pamploneses, con los Banu Qasi, es significativo que en el 804 sea en la fortaleza navarra de Sajrat Qays, en alguna parte sobre el río Arga, donde se custodie al hijo de Amrus tras su captura. En los particularmente violentos años 841 a 844, las expediciones encabezadas por Abd al-Rahmán II atacan sistemáticamente el territorio de Pamplona, lo que evidencia que los navarros son los aliados principales de los Banu Qasi, y que en torno a ellos se agrupan cerretanos, gascones, alaveses y castellanos. A su vez, dentro de ahl Banbaluna, los Íñigo aparecen inequívocamente como jefes desde los años cuarenta del siglo ix, tanto en las fuentes árabes como en los escasos textos cristianos. Su control de una línea vital que une Al-Ándalus con el último ashab del Pirineo a través de la actividad guerrera y el reparto de sus frutos es sin ninguna duda uno de los componentes mayores de un liderazgo tanto interno como regional. Ahora bien, conviene pensar en términos de tensión y juego de equilibrios, más que en una jerarquía bien asentada.

En lo que se refiere a las coaliciones cristianas, no es difícil ver que la preeminencia pamplonesa es muy desigual. Su ascendiente no puede ser el mismo sobre los cerretanos, que solo aparecen en las fuentes combatiendo al lado de los pamploneses, que sobre Álava y Castilla, cuyos condes dependen de los reyes de Oviedo y cuya capacidad de intervención militar en el Ebro es notable desde mediados del siglo ix.

Asimismo, el control de las clientelas militares tiene mucho que ver con los resultados de la guerra. En julio del 843 el emir Abd al-Rahmán II entró con su ejército en tierra de Pamplona y aplastó a navarros y Banu Qasi, y a los sirtaníes, gascones, alaveses y castellanos que se les habían unido.

p295

El relato de Ibn Hayyan es del mayor interés: En este año hizo el emir Abd al-Rahmán su segunda campaña contra Pamplona [...]. Penetró en tierras de Pamplona y las taló. Para oponerse a las algaras de su caballería salieron Musa ibn Musa y su aliado Garsiya ibn Wannaqo, emir de los baskunis (aunque otros dicen que el que salió con Musa fue Furtun ibn Wannaqo, que era su hermano por parte de madre), con los contingentes nutridos que pudieron reunir entre los pamploneses, los sarataniyyin, los yilliquiyyin, las gentes de Álaba y Al-Qila, y otros. El encuentro tuvo lugar a fines de sawwal, y el combate, que fue muy reñido entre los musulmanes y ellos, duró todo el día, hasta que por fin Dios concedió la victoria a los musulmanes, y la más cruel derrota se abatió sobre sus enemigos. Murieron muchos de estos, entre ellos el hermano del ily, Furtun ibn Wannaqo (que era, sin contradictor posible, el mejor caballero de Pamplona, y el que mayor daño hacía a los musulmanes), junto con un grupo (alrededor de 115 caballeros) de sus guerreros, de los de su aliado Musa ibn Musa y de los cristianos más esforzados y valientes. Musa ibn Musa quedó derribado de su caballo y escapó por su pie, sin que se supiera su pa- radero. El ily Ibn Wannaqo y su hijo Galind huyeron heridos. El emir Abd al-Rahmán envió a Córdoba las cabezas de Furtun y de otros de los muertos famosos. Un grupo de las principales gentes de Pamplona se pasaron al emir Abd al-Rahmán pidiendo el amán: figuraba entre ellos Balask ibn Garsiya con 60 de sus hombres. Los musulmanes se ensañaron por tierras de Pam- plona, corriéndola y talándola, y tras de ganar mucho botín, se volvieron victoriosos y con honra. n80

Bajo el mando de un emir de los vascos, jefes de prestigio militar reconocido por ambos bandos dirigen grupos de combatientes en la batalla y en la derrota. Esta es la imagen de las tropas navarras que ofrece Ibn Hayyan.

n80 E. Lévi-Provençal, E. García Gómez: «Textos inéditos del Muqtabis...», o. cit., 301-303.

La petición de paz separada que hace Velasco Garcés con sesenta hombres de su ashab muestra las respetables dimensiones que pueden alcanzar estas clientelas, pero sobre todo pone en evidencia que el juego de equilibrios puede hacerse añicos cuando alguno de sus componentes es demasiado fuerte o demasiado débil. Y que cuando quiebra la cohesión interna, las miradas se vuelven hacia el lado andalusí. No en vano, pacto y tributo son el reverso de la guerra.

Pamplona firmó su pacto de capitulación antes del 718. No sin momentos de ruptura y de campañas musulmanas de sumisión, las fuentes escritas y el reciente descubrimiento de la necrópolis islámica evidencian que durante largos periodos se dio un equilibro estable entre la presencia islámica y los ámbitos de autonomía de que necesariamente hubieron de gozar los dirigentes pamploneses para que tal equilibrio se mantuviera. Síntoma de ello, lo vimos más arriba, es la actitud que parece desprenderse de la actitud de Carlomagno hacia Pamplona en su regreso de Zaragoza. Que en estas condiciones los grupos dirigentes de Pamplona desempeñaran un papel de eslabón entre Al-Ándalus y otras gentes de la región no parece demasiado aventurado.

En el siglo ix, desaparecida ya la guarnición musulmana de Pamplona —quizá desde el efímero episodio carolingio—, el tributo sigue teniendo una virtualidad articuladora en la zona. Vemos así que en la paz acordada por el emir con Íñigo Arista en el 843, una vez restablecida por la fuerza la autoridad del primero en la zona, se indica que también entraba en tal paz un dirigente de los cerretanos, Garsia al-Sirtan. Se establece, pues, una jerarquía con respecto al pacto, en el que los de Pamplona actúan como interlocutores principales, y, cabe suponer después, como responsables del pago del tributo al que los cerretanos han de hacer su aportación. En fin, el pacto tiene una vocación formalizadora reflejada en una terminología y unas categorías precisas. El que acabamos de mencionar se materializa en la entrega de 700 dinares anuales en concepto de yizya, es decir, del impuesto que pagan todos los cristianos de Al-Ándalus en tanto que dimmíes y que implica por parte de los de Pamplona el reconocimiento de la soberanía islámica sobre su territorio, tal y como ocurría en el siglo viii. n81

n81 J. M. Lacarra: Historia política del reino de Navarra..., o. cit., 40; Á. J. Martín Duque: «El reino de Pamplona», o. cit., 54, 96.

p296

En efecto, como muestra J. Lorenzo, desde el punto de vista de Córdoba, los navarros están en una condición intermedia entre los rebeldes, es decir, los Banu Qasi, miembros de la comunidad islámica sublevados, y los extranjeros, alaveses o castellanos que dependen de otro soberano.

Los dirigentes navarros son tratados de bárbaros, ily, es decir, miembros de comunidades que los navarros habitan zonas marginales de Dar al-Islam, pero que no son suficientemente civilizados para profesar el islam, teniendo la oportunidad de hacerlo. El estudio sistemático de las denominaciones utilizadas por Ibn Hayyan en el Muqtabis II para referirse a los gobernantes cristianos, hecha por este autor, resulta muy elocuente: el emperador de Bizancio, Carlomagno, Ludovico Pío, los reyes de Oviedo son, salvo raras y en cada caso minoritarias excepciones, tratados de muluk, ‘rey’, o de su equivalente peyorativo, tagiya, ‘tirano’. En cambio, los gobernantes de Pamplona son, salvo una excepción, calificados de ily, ‘bárbaro’ según acabamos de ver, sahib o amir, categorías estas indicativas de un rango inferior al de muluk, ‘soberano’. n82

n82 J. Lorenzo: La dawla de los Banu Qasi..., o. cit., 239-245.

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