LarreaConde2007

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Del Pirineo a Tobía

El pueblo de Tobía se encuentra aguas arriba del río Najerilla, recostado en las estribaciones de la Sierra de La Demanda. Desde el punto de vista de su presencia en las fuentes, su obispado es probablemente el más efímero de la España cristiana. Hay otras referencias únicas a obispos en las regiones cercanas de Álava o Cantabria, pero no a sedes. Y sin embargo, su aparición no tiene lugar en una oscura donación o en la críptica referencia a la consagración de una humilde iglesia. Figura en la noticia de algo que hubo de tener realce y eco, puesto que se trató de la consagración de tres obispos para el reino de Pamplona que acababa de ampliarse con la conquista de la Rioja Alta y la incorporación de Aragón. La paradoja no carece de interés.

El texto en cuestión es la segunda entrada de una pequeña nómina y obituario de obispos que rigieron la sede de Pamplona en tiempo de Sancho Garcés I y de sus sucesores, incluida en el Códice de Roda. Forma parte pues de los que J.M. Lacarra llamó “textos navarros” de este códice, es decir de materiales literarios e historiográficos guardados o producidos en el entorno de la corte real de Nájera a finales del siglo X. Como en la genealogías del mismo rotense, el autor ha preferido dejar en blanco las fechas que ignora –que son casi todas– a inventarlas. La entrada que nos interesa es la del obispo Galindo.


n1. Este artículo forma parte del Proyecto de Investigación “La apropiación del territorio: lógica comunitaria y conflicto entre los siglos VIII y X”, financiado por el MEC (HUM 2007- 62038/HIST). En buena medida complementa el análisis político y geoestratégico propuesto por David Peterson en este mismo número.

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Es la más rica en informaciones, pero una rotura en el pergamino impide la lectura del comienzo de algunas líneas. He aquí el texto de ésta y de la anterior, según la transcripción de J.M. Lacarra n2:

[ ] VIII. Mense decembrio, obiit famulus Dei Basilius episcopus et quiescit in Illerde.

[ ]X. successit post eum Galindus episcopus XL etatis sue anno et ordinatis

[ ] II episcopis, id est, Sisuldus episcopus Calagorriensis, Teudericus episcopus Tubiensis [ ]us episcopus Sisabensis.

La X que sigue visible a la derecha de la rotura debe corresponder a la Era de 960, pues el obispo Galindo figura en un documento de Siresa de 922 y Basilio gobierna aún la diócesis en 921 n3.

La explicación en vigor sigue siendo la que propuso A. Ubieto en 1954 n4. La rapidísima expansión del reino en tiempos de Sancho Garcés reclamaba una reorganización paralela en el ámbito eclesiástico, cuyo gobierno seguía dependiendo de un solo obispado, el de Pamplona. La ordenación de tres obispos sería en realidad el acto fundador de tres diócesis: Aragón con sede en Sasabe, Calahorra y Tobía.

La primera sería de nuevo cuño, pues hasta entonces, conjeturaba Ubieto, los valles del primitivo Aragón habrían dependido del obispado pamplonés. La segunda sería naturalmente la restauración de la vieja sede visigoda de Calahorra, de la que no se tienen noticias desde la mención del obispo Recaredo en 812 ¿Y la tercera? Ubieto se limita a decir que Tobía y Calahorra debieron fundirse pronto en la sede de Nájera-Calahorra. J.M. Lacarra, que en 1945 ni siquiera estaba seguro de la idenficación con Tobía n5, y J. Goñi, admitieron después la tesis de Ubieto, con dos matices.

En Tobía quizá se trataba de restaurar la diócesis de Oca –pensaba Lacarra–, y en cualquier caso, los dos obispados riojanos no prosperaron y acabaron fundiéndose en el de Nájera n6. Más recientemente, A.J. Martín Duque mantiene la interpretación general relativa a la creación de tres nuevas sedes acordes con la ampliación del reino.


n2. LACARRA, J.M., "Textos navarros del Códice de Roda", Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón 1 (1945) 193-283: p. 262-265.

n3. GOÑI, G., Historia de los obispos de Pamplona. S. IV-XIII, Pamplona, 1979, p. 92-95.

n4. UBIETO, A., "Las diócesis navarro-aragonesas durante los siglos IX y X", en: A. Ubieto, Trabajos de investigación, Valencia, 1972, p. 31-51.

n5. LACARRA, "Roda" (cit. n. 2) p. 264.

n6. LACARRA, J.M., Historia política del reino de Navarra desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, Pamplona, 1973, t. 1, p. 170-171; GOÑI, Obispos (cit. n. 3) p. 95. Sigue a ambos E. SAÍNZ RIPA, Sedes episcopales de la Rioja. Siglos IV-XIII, Logroño, 1994, p. 172-173.

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Tobía se explica como la instauración de una nueva sede que responde al crecimiento urbano habido en Nájera bajo dominación musulmana y que se instala “con centro al principio en un lugar simbólico, Tobía, pero referido al cabo de muy poco tiempo a la nueva civitas organizadora en el plano socio-económico del territorium Nagerense”7. Qué relación pudiera tener Tobía con Oca, que ni siquiera estaba en territorio del rey de Pamplona, o por qué se crea una sede para Nájera y se establece en Tobía, o qué valor simbólico tiene esta localidad, es cosa que no se ha explicado. La incomodidad con respecto a la aparición de Tobía en esta triple ordenación no ha hecho sino crecer con el paso de los años. Sólo en la última obra de síntesis de F.J. Fernández Conde se sugiere una explicación más vinculada a la realidad previa de los territorios incorporados que a una creación ex novo decidida por los pamploneses8. No es menor la incomodidad que produce un examen de la cronología. Puesto que un obispo Ferriolo efectúa una cesión de derechos en el valle de Echo a favor de S. Pedro de Siresa en 922, y lo hace en presencia del obispo Galindo de Pamplona9, la creación de sedes habría tenido que hacerse en el mismo 922, entre el acceso de Galindo a la cátedra y el acto de Siresa. Ahora bien, la toma definitiva de Nájera por Ordoño II de León no se produce hasta 923 y lo más probable es que pasara a manos navarras sólo tras la muerte del leonés en 92410. En tales circunstancias, no es imposible que Galindo de Pamplona consagre un prelado para Calahorra en previsión de su conquista por los navarros, pero extraña mucho que consagre un obispo cuya sede es una aldea situada no ya bajo control musulmán, sino en la zona de conquista de los aliados leoneses. Pensamos sin embargo que es justamente en la cronología donde asoma el hilo que quizá permita ir desenredando la madeja. El documento que limita la triple consagración a unos meses de 922 es la ya citada noticia de Aragón11. No es una noticia cualquiera: es la que se escogió para abrir el cartulario de Siresa. Se trata de un pequeñísimo cartulario en letra visigótica hoy desaparecido OBISPOS EFÍMEROS, COMUNIDADES Y HOMICIDIO EN LA RIOJA ALTA EN LOS SIGLOS X Y XI BROCAR, 31 (2007) 177-199 179 7. MARTÍN DUQUE, A.J., "El reino de Pamplona ", en: J.M. Jover (ed.), La España cristiana de los siglos VIII al XI. Los núcleos pirenaicos (718-1035). Navarra, Aragón, Cataluña (Historia de España Menéndez Pidal, 7/2) Madrid, 1999, p. 114 y 242. 8. FERNÁNDEZ CONDE, F.J., La religiosidad medieval en España. Alta Edad Media (siglos VII-X), Oviedo, 2008, p. 137. En lo que se refiere al obispado de Aragón, sin embargo, el autor enfoca más bien la problemática en la relación entre los obispados aragoneses altomedievales y la antigua sede de Huesca y acepta la idea de Ubieto que hace depender los valles del primitivo Aragón del obispado de Pamplona (op. cit., p. 141). 9. UBIETO, A., Cartulario de Siresa, Valencia, 1960, nº 6. 10. GARCÍA DE CORTÁZAR, J.A., “¿Ocupación o dominación cristiana de la rioja en los años 920 a 925” , en: J.A. Sesma (coord.), Historia de la ciudad de Logroño, Logroño, 1994, p. 59-62: p. 62; MARTÍN DUQUE, "Pamplona" (cit. n. 7) p. 115. Véase la contribución de D. Peterson en este número. 11. Conviene aquí recordar que la historia eclesiástica de Aragón en este período ha sido prácticamente abandonada por la investigación reciente: LALIENA, C., "Problemas historiográficos de la Alta Edad Media aragonesa: una revisión crítica", Argensola 113 (2003) 13-35.

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n90. UBIETO, CAlbelda, nº 60.

n91. UBIETO, SMC I, nº 67 y 145; LEDESMA, SMC II, nº 107.

n92. GARCÍA DE CORTÁZAR J.Á., “La consolidación del dominio mental y físico del espacio riojano dentro del reino de Navarra entre 1016 y 1076” , en: Logroño (cit. n. 10) p. 93-129: p. 115-117.

Conclusión

El estudio del complejo territorial de Tobía –obispado, monasterios, comunidad– permite establecer algunos jalones de una trayectoria que arroja luz sobre el funcionamiento de este tipo de territorios en períodos de transición. Si la explicación del efímero obispado tobiense sólo resulta verosímil, en nuestra opinión, a partir de la existencia bajo el emirato de comunidades cristianas bien vertebradas y bien arraigadas en lo que será incorporado al reino de Pamplona en 923, los rasgos del monasterio de San Cristóbal en tiempo de Sancho el Mayor desvelan una implantación social y espacial vieja de algunas generaciones.

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Al final de esta línea hallamos comunidades que han estado al margen de la actividad de los grupos dirigentes de la España cristiana hasta su conquista y que tampoco parecen haber sufrido mayores impulsos transformadores por influencia de un poder islámico cuya penetración en la zona es débil. Nos remiten pues a dinámicas sociales y territoriales de un pasado difícil de precisar más allá de hablar de tardoantiguo o postvisigodo.

La potencia de santuarios y reliquias como factor de cohesión es difícilmente discutible en un espacio donde las tumbas de San Prudencio, Santa Coloma y San Millán pueden visitarse prácticamente en una sola jornada a pie. Tampoco lo es su imbricación con una organización territorial en la que están orgánicamente unidos un espacio de hábitat y cultivos en que ambos muestran aún vestigios de movilidad, y un espacio de monte en el que hemos puesto preferentemente nuestra atención.

En efecto, el monte es un ámbito privilegiado para la vertebración política. En primer lugar, por su propio funcionamiento. Es un espacio exterior a la aldea sobre el que las comunidades ejercen un control mutuo constante, espoleado por el valor de sus recursos económicos y cuya materialización se renueva año a año con los desplazamientos de temporada del ganado n93. Es decir, se trata de un territorio sobre el que se ejerce un juego de tensiones, de litigios y acuerdos, y sobre todo de mecanismos de contrapeso que preservan su carácter de espacio ajeno a la apropiación individual y sometido al control de todos. Lo cual es la definición misma del espacio público. Pero obsérvese bien que puede subsistir sin que exista necesariamente un poder superior al de la comunidad de pastos. Puede pues funcionar como elemento cohesionador de un territorio y de un conjunto de comunidades en períodos de transición.

En segundo lugar, por el filtro socioeconómico y jurídico que genera. Puesto que está vinculado a la vecindad, sólo los posesores de solares tienen derechos de explotación, lo que excluye a la población servil o dependiente –rasgo por otro lado común al conjunto de Occidente. Sobre esta igualdad jurídica, se da sin duda un aprovechamiento desigual de los recursos silvopastoriles. Recordemos las disensiones que se producen en la comunidad de Pazuengos en relación a la estrategia a seguir frente a San Millán. Muy probablemente es la franja superior de las comunidades la que llega a poseer grandes rebaños y por ende a controlar la comunidad de pastos n94. Es decir, el grupo de familias que funcionan como engranaje entre el poder político y el medio local. En 923 esta zona pasa a manos del reino de Pamplona. Una vez más podemos invocar el paralelismo con los símbolos de lo sagrado.

n93. En general, creemos que la flexibilidad del paisaje agrario al que hemos aludido más arriba, que implica la posibilidad de intensificar su explotación sin cambios en las formas de apropiación del territorio, y su vinculación orgánica con el espacio de montes, matiza la comprensión del crecimiento agrario en términos de una cierta competencia entre usos agrícolas y ganaderos: cf. MARTÍN VISO, I., Poblamiento y estructuras sociales en el norte de la Península Ibérica. Siglos VI-XIII, Salamanca, 2000, p. 166 sq.

n94. Cf. VIADER, “Maisons” (cit. n. 80).

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Tan verosímil es el papel de reliquias como las de Santa Coloma, San Prudencio o San Millán en la cohesión interna de la comunidad bajo un poder no cristiano, como difícilmente discutible a un rey o a un conde su condición de protector de la Iglesia, sea enriqueciendo San Millán, sea asumiendo el patronato sobre Santa Coloma, sea vinculando San Prudencio a San Martín de Albelda. Tampoco es discutible su atributo como garante de la paz entre comunidades, lo que hace del monte el espacio en el que se solapan las dinámicas comunitarias supralocales y el poder real, con el añadido de que resulta especialmente eficaz, porque se vincula con una de las claves de arco de la apropiación del territorio. El homicidio pro termino viene así a formalizar y al tiempo a hacer visible uno de los modos en que se ha concretado esta articulación con el poder político.

Nótese en fin que de la caracterización del espacio de monte que hemos resumido en el párrafo anterior a la noción de fisco sólo va un tenue paso conceptual: se podría decir que sólo falta la presencia y la voluntad política de un rey. En este sentido, quizá estas páginas sobre Tobía y sus alrededores contribuyan a salvar la distancia que se deja ver entre quienes, estudiando la arquitectura política y territorial en tiempos de transición, han puesto el énfasis en las realidades comunitarias frente a quienes han privilegiado la materialización del fisco como instrumento del poder n95.

n95. Pensamos en particular en el sur del condado de Castilla, entre el Arlanza y el Duero. J. Escalona es posiblemente quien más énfasis ha puesto en el papel organizador de los que él llama territorios menores, en su estudio minucioso y en su comprensión a partir de las realidades locales. Subrayaremos aquí que también este autor atribuye un papel considerable a montes y dehesas en la articulación de estas comunidades con los poderes exteriores, y en particular con el condal (ESCALONA, J., Sociedad y territorio en la Alta Edad Media castellana. La formación del alfoz de Lara, Oxford, 2002, p. 87 sq.). Por su parte, E. Pastor ha enfocado en su análisis el modo en que la noción de fisco se materializa en el dominio condal sobre los espacios silvopastoriles (PASTOR, E., Castilla en el tránsito de la Antigüedad al feudalismo. Poblamiento, poder político y estructura social. Del Arlanza al Duero (siglos VII-XI), Valladolid, 1996, p. 159 sq.).

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