Larranaga1993

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  • Title: EL HECHO URBANO ANTIGUO EN EUSKAL HERRIA Y EN SU ENTORNO CIRCUMPIRENAICO. APUNTES Y CONSIDERACIONES
  • Koldo Larrañaga Elorza(1993)
  • Cuadernos de Sección. Historia-Geografí­a 21, pp. 11-42.
  • ISBN: 84-87471-49-8. Donostia: Eusko Ikaskuntza

No es un casual que, al hablar de los comienzos del hecho urbano en el paí­s y en el inmediato entorno circumpirenaico, hayamos de remontarnos al perí­odo antiguo*. Urbano, urbanismo, urbanización son, en efecto, palabras que derivan del lat. urbs, y es bien sabido que lo que significa la urbs como modelo concreto de ordenación del espacio y de la convivencia entre los hombres asomó por estos pagos —lo mismo que el nombre— al socaire de la pax romana. Cabe hablar ciertamente de una etapa previa, en la que grupos humanos que poco tení­an que ver con la ciudad del Lacio apuntan en estado embrionario ciertos elementos constructivos y de ordenación del espacio comunitario habitado, que resultan caracterí­sticos del hecho urbano clásico n1. Sólo que tales elementos no sólo cobran desarrollos más plenos en la etapa romana, sino que —según se señala luego— serán integrados en un sistema nuevo de convivencia, que rebasa los primitivos planteamientos de la solidaridad tribal y/o étnica, para fundarse en el reconocimiento de los derechos y obligaciones de la persona individual respecto del Estado supraétnico.

Es un hecho que el poderí­o polí­tico de Roma y su modelo colonial se sustentan en buena medida en la operatividad y eficacia de un tejido urbano que cumple las funciones de mediación jerárquica entre la metrópoli y los territorios de anexión, desempeñando, más en concreto, las tareas de control y de exacción fiscal, que todo sistema colonial comporta. Es por eso que Roma, sobre todo en los tiempos de expansión y afirmación de su imperio colonial, promueve de forma consciente la constitución o consolidación de núcleos urbanos que puedan ser vistos y sentidos en cierta manera por la población autóctona como el reflejo de la grandeza de la Urbe lejana y como detentora de sus poderes de disuasión y/o coacción sobre los dí­scolos o renuentes.

Pero es un hecho también que Roma, por razones fáciles de entender, no propicia cualquier tipo de aglomeración humana o de urbanismo, sino el que, adecuándose a ciertos principios constitutivos, sirve al mejor logro de los objetivos que le asigna en el diseño de su polí­tica colonial. Viene ello a decir que Roma, en los territorios de anexión, impulsa tan sólo un cierto modelo urbanizador, al tiempo que puede obstaculizar o mirar con prevención otro tipo de aglomeraciones humanas que se ajustan a patrones distintos de los clásicos.

Interesa, por lo mismo, que, como paso previo a la consideración de la obra urbanizadora de Roma en el área, digamos algo sobre los parámetros en que se inscribe la misma, es decir, de la función que cumple la urbs o civitas en el diseño de la polí­tica colonial de la gran dominadora de pueblos.

La civitas, como elemento básico ordenador del espacio provincial en el sistema colonial romano

Es sabido que el elemento más perdurable y esencial de la administración romana en el marco provincial es la civitas, entendida ésta en su vieja acepción de unidad territorial en lo jurí­dico, económico y religioso, que se constituye por una aglomeración urbana y el ámbito territorial de su pertenencia.

De hecho, es a través de la civitas —y haciendo ahora abstracción de las peculiaridades que en lo jurí­dico puede originariamente recubrir dicho término— como la administración romana formaliza sus relaciones con cada uno de sus súbditos provinciales, siendo la pertenencia a la civitas —o, si se prefiere, el disfrute de la misma— lo operativo en las relaciones de ámbito público, tanto si ello se materializa o concreta a tí­tulo individual —caso de los ciudadanos de estatuto privilegiado, romano o itálico—, como a través de unidades gentilicias suprafamiliares —que puede ser el caso de las personas de condición peregrina, cuando menos allí­ donde las estructuras gentilicias resultan todaví­a operativas—.

Según esto, y como primer paso para hacer efectiva su dominación en un área —tras la conquista o sumisión de la misma—, Roma tiende por lo común a reordenarla administrativamente, creando en ella unidades territoriales claramente delimitadas, denominadas civitates o populi n2, unidades territoriales que son las que asumen cara a la autoridad colonial la responsabilidad polí­tica, policial y fiscal del territorium correspondiente. Para los grupos étnicos que ignoren a la sazón otras formas de organización social que las ancestrales de tipo gentilicio, ello puede significar un cambio importante, ya que, aun cuando no se los obligue a ignorar los viejos lazos de cohesión basados en la consanguidad real o ficticia, habrán de tomar en lo futuro en cuenta otros que remiten a una unidad administrativa —la civitas o el populus— que los relaciona con el Estado romano.

Ahora bien, si apenas caben dudas sobre el hecho en sí­ e incluso sobre los fines que persigue la administración romana cuando procede a la territorialización de unas formací­ones sociales basadas anteriormente en la solidaridad gentilicia, no pasa lo mismo cuando de lo que se trata es de atinar con los criterios que inspiran la delimitación concreta de las mismas en el área. A la verdad, nuestra información no parece igualmente precisa a este respecto para una u otra vertiente del eje pirenaicoó; pero de una primera y elemental observación parece concluirse, sin mayor riesgo de error, que la extensión media a asignar a los supuestos populi o civitates del área cispirenaica —ó8 civitates o poleis, limitándonos a sumar las que asigna PTOLOMEO a Autrigones, Berones, Caristios, Várdulos y Vascones4— resulta comparativamente muy inferior a la que cabe documentar para las doce novempopulanas de la Notitia provinciarum et civitatum Galliae n5.

Cabe, por otro lado, conocer con bastante aproximación —-sobre la base de la documentación disponible— el proceso de configuración de las unidades territoriales o civitates de la vertiente transpirenaica. Los “más de veinte pueblos, pequeños y poco conocidos”, de que habla ESTRABON en los dí­as de Augusto n6; pueblos que llegan a sumar hasta veintiocho en PLINIO, que escribe unas décadas después7, y que probablemente superan la treintena en la realidad n8, son encuadrados administrativamente desde principios del Imperio —tal vez por Augusto mismo— en nueve populi, que son los que a la postre darán nombre a la Novempopulania.

Así­ —y por razones puramente administrativas, por lo que cabe sospechar—, desaparecen del mapa polí­tico de la Aquitania augustea Onobrisates, Cocosates, Onesii, Sybillates, Sotiates y, sin duda, otros, todos lo cuales, por fuerza o por grado, son anexionados al territorio acrecido de los nuevos novem populi n9.

Más difí­cil resulta, en todo caso, seguir ese proceso de constitución de las unidades territoriales en el área cispirenaica. Digamos, ante todo, que aquí­, según queda consignado, son mucho más numerosas las unidades poblacionales que son calificadas en las fuentes como oppida, civitates o populi. Tenemos, así­, que en PLINIO se cuentan no menos de diez comunidades —según atribuciones n10— entre las de estatuto privilegiado o estipendiarias a referir a los Vascones n11, cinco civitates (sic) para los Carietes y Vennenses, 10 civitates para los Autrigones n12, un par de ellas para los Berones 13 y hasta catorce populi para los Várdulos n14.

En PTOLOMEO se contabilizan a su vez siete póleis y Flaviobriga para los Autrigones n15, tres póleis para los Berones n16, tres para los Caristii17, siete póleis más Menosca para los Várdulos18 y dieciséis póleis para los Vascones n19.

De lo que, aun dejando de lado los problemas interpretativos que plantean las variaciones de cifras que se observan entre uno y otro autor n20, habrí­a que concluir, o que la administración romana sigue criterios harto diversos en unas zonas y otras al proceder a la delimitación de las civitites o populi —lo que, sin duda, responde a la verdad, en la medida en que resulta igualmente diversa la realidad socioeconómica de base a encuadrar administrativamente21—, o que la significación de términos como civitas o pólis y populus no es tan precisa como se pretende a veces en el uso que hacen de ellos los autores clásicos más citados al respecto22.

Lo que sea de ello, en una zona como la de los Astures, caracterizada por la operatividad o vigencia que revela en ella el ordenamiento social gentilicio aun bien entrada la etapa colonial, parece ser la unidad de segundo nivel o la gens la que se ofrece sirviendo de base a la delimitación de la civitas, la que en cualquier caso puede ver redondeados sus lí­mites por la anexión o supeditación de otras gentes de supuesta menor importancia2ó.

Algo por el estilo parece también poder documentarse, según lo dicho arriba, en el área transpirenaica en que, empero, no resulta posible detectar, a la luz de la documentación hoy disponible, los elementos de un sistema gentilicio ordenado en gentes, fracciones y subfracciones24, como el que se documenta para el área cántabro-astur y, de forma menos plena, para el territorio de Autrigones, Caristios, Várdulos o Vascones n25

Según la praxis administrativa romana, a la delimitación inicial de unidades territoriales celulares seguirá por lo común la elevación al rango de capital de uno de los asentamientos urbanos o de aldea de que consta la civitas recién constituida (presumiblemente, del que mejores concreciones urbaní­sticas ofrece). Ello supone que los demás, que ignoran quizá hasta la fecha toda forma de articulación jerárquica entre los mismos, se verán reducidos al rango de vici o aldeas, dependientes de aquél, que dará cobijo, por su parte, a los cargos representativos de la civitas y albergará, por otro lado, los lugares de reunión y culto oficial, acordes a su nuevo rango.

No sin relación con ello, según parece, en áreas de fuerte implantación romana la nueva unidad administrativa llega a ser conocida a veces, no por el nombre de la unidad étnica de la que surge, sino por el de ese núcleo capital.

Mas, para destruir o debilitar la operatividad de las viejas formas de cohesión social basadas en la solidaridad étnica, no basta a la administración romana con crear civitates a remitir a una precisa circunscripción territorial, a la que en todo caso se asigna un núcleo capital. Se le hace también preciso dotarlas de una adecuada organización interior, para poder contar en ellas con interlocutores eficaces en sus relaciones con la población indí­gena sometida.

Esas funciones de mediación (y dirección de la comunidad local) serán confiadas con el mejor criterio por la administración a la clase dirigente indí­gena, por cuya aculturación e integración en el sistema provincial la vemos interesarse ya desde época republicana26.

La vida de la civitas girará, así­, en torno de unas cien familias, de extracción local por lo común, cuyos miembros varones integrarán en calidad de consejeros —decuriones— el senado o curia local, disputándose el desempeño de sus cargos y magistraturas mediante pago —si preciso— de cuantiosas sumas y contribuyendo eventualmente al adecentamiento y embellecimiento de la capital con obras que perpetúen la memoria nominis.

Mas todo eso implica que el sistema socioeconómico de la civitas habrá de ser reordenado de forma tal, que haga viable la constitución de una suficientemente poderosa oligarquí­a local, y el que esa élite dirigente, no obstante vivir en la capital, pueda sacar del territorium de la civitas, mediante los adecuados mecanismos de apropiación, los cuantiosos ingresos que el mantenimiento de una posición de prestigio dentro de la misma supone.

Lo que dicho en otras palabras significa que no sólo habrán de aceptarse las formas de propiedad privada y de propiedad del Estado —coexistiendo sin duda con otras de propiedad comunitaria—, sino también las de la explotación absentista y, en general, el régimen de rentas.

Élite dirigente indígena

No hará falta insistir en la importancia que tiene para el éxito y la estabilidad del sistema provincial la integración —en el mismo— de esa élite dirigente indí­gena, pieza esencial, si la hay, de todo el entramado colonial: con ello no sólo se acelera la disgregación y quiebra de las viejas formas de cohesión social, sino que se propicia también una eventual convergencia de intereses entre aquélla y la administración contra las capas bajas de la población local, de lo que el dispositivo de dominación sólo puede resultar fortalecido. Lo que, en todo caso, quedarí­a por determinar es el éxito que acompaña a la administración colonial en sus esfuerzos por hacer realidad en el área esas normas de acción polí­tica y, sobre todo, en lo que hace a la configuración y mentalización de las élites dirigentes locales.

Digamos en este punto, para empezar, que apenas sabemos nada de la situación de partida: es decir, dando por probado que se halla estratificada la sociedad prerromana del área, en qué medida y a partir de qué criterios de diferenciación lo está. Es cierto que no falta en este punto alguna noticia de prí­ncipes o régulos, referida a zonas de presumible fuerte penetración céltica en la vertiente transpirenaica27; sólo que la misma no parece ayudar mucho a desvelar el significado de un tí­tulo así­ en términos de relaciones sociales para la misma zona en que se documenta.

Por el resto sólo pueden sernos de utilidad aquí­ las genéricas informaciones de ESTRABON sobre los pueblos del Norte de la Pení­nsula Ibérica28, que tampoco ayudan gran cosa a desvelar las incógnitas en ese sentido29. Así­ las cosas, resta aún por saber si está justificado hablar, en relación a las formaciones sociales prerromanas del área, de la existencia —en el seno de las mismas— de una clase dirigente local, que quepa imaginar detentando grandes extensiones del primitivo territorio comunitario o grandes rebaños que viven sobre el mismo.

Presumiblemente, en ese aspecto —como en otros de la evolución cultural del área— la realidad hubo de ser varia y contrastante en unas zonas respecto de otras: unas —las de la lí­nea del Ebro y las más periféricas de la Aquitania etnográfica—, más expuestas a las solicitaciones e influencias celtibéricas o celtizantes, respectivamente, hubieron de vivir en la fase prerromana tensiones innovadoras, que otras, más interiores, ignoran seguramente hasta el perí­odo colonial romano.

Ni sabemos mucho más sobre lo que pasa después. Interesa, de todas formas, recoger aquí­ lo que, referido al Noroeste ibérico, ha subrayado recientemente H. GALSTERER, a saber, el sorprendente déficit de élite dirigente local que, comparativamente al Sudeste, se hace notar en el mismo: déficit que se verí­a presumiblemente agravado, según él, por la tendencia que los miembros de las nacientes aristocracias locales habrí­an mostrado a abandonar la localidad natal para establecerse en zonas más civilizadas del Sudeste y sobre todo en sus grandes ciudades litorales, en las que, tras el vací­o social y financiero producido en ellas a raí­z del trasplante a la Urbe de no pocas de las grandes familias elevadas por Flavios y Antoninos al rango senatorial, hubieron de ofrecérseles mejores expectativas de promoción social y de éxito en el cursus honorum30.

Sólo que ese déficit, más tal vez que a una supuesta pobreza del área, que habrí­a malogrado el desarrollo de una nutrida aristocracia urbana en la misma31, parece obedecer a una insuficiente transformación de las primitivas estructuras socioeconómicas, principalmente en lo que hace al régimen de propiedad. Esa insuficiencia de transformación —y la consiguiente insuficiente promoción de una élite directora local, según la precisa el sistema colonial— viene a ser, a nuestro entender, una de las claves explicativas del desigual éxito que conocen los esfuerzos del gobierno imperial en orden a la homogeneización del espacio administrativo, y que se traduce, con mayor o menor justeza, en el éxito igualmente desigual de su polí­tica urbanizadora y municipalizadora en unas zonas y otras: éxito desigual y fracaso relativo también, sin duda, puesto de manifiesto justamente por el alarmante bajo nivel de densidad urbana y municipal, que registra el área al final del perí­odo colonial romano32.

Y es que, en la medida en que cumple los prerrequisitos ya mentados de adecuar el ordenamiento socioeconómico y las formas organizativas de la civitas al modelo romano, una comunidad peregrina —o, si se prefiere, la oligarquí­a que la controla localmente— hallará el camino más expedito para poder promocionarse jurí­dicamente y llegar al prestigiado rango municipal.

Esto resulta especialmente verdad en lo que hace al lado cispirenaico, donde desde Vespasiano —y como es sabido33— gozan de especiales facilidades los Hispani para acceder a la civitas romana.

Algunos datos sobre la polí­tica poblacionista y urbanizadora seguida por Roma en el área

Repasando la historia romana del área, resulta relativamente fácil dar con noticias —literarias o de otro tipo— que hablan de la polí­tica urbanizadora seguida por la potencia colonial en la misma. Ahora bien, por polí­tica urbanizadora entendemos aquí­ las actuaciones que protagoniza en orden a promover la agrupación de la población dispersa en núcleos que se erigen según ciertos criterios técnico-constructivos, y que, sobre eso, se ajustan en su régimen interior a un preciso modelo organizativo.

Hay noticias de fundaciones romanas de ciudades en el área. Las hay también de destrucciones de castros u oppida, o de reducciones de las poblaciones respectivas a otros lugares de asiento.

La arqueologí­a, por su parte, se encarga de evidenciar que no pocas veces el poblamiento romano se limita a desarrollar en el llano, a los pies del viejo oppidum erguido en lo alto, algunos nuevos ensanches, que se inspiran —eso sí­— en un nuevo concepto de urbanismo.

Escuetas referencias literarias y epigráficas más los resultados que van arrojando las campañas de excavación sirven, por otro lado, para dejar en claro lo que el dí­a a dí­a de los largos siglos de la pax romana —condicionado en todo caso por los azares de la coyuntura socio-económica general y los virajes que se producen en la polí­tica imperial— suponen en el área para el devenir del hecho urbano, que de resultas conocerá en esos siglos momentos de expansión junto a otros de recesión o estancamiento.

Hay noticias, en fin, sobre que, bien avanzado el perí­odo bajoimperial, ciertos núcleos urbanos se rodean de murallas, lo que, unido a lo que por otros medios conocemos sobre los males que aquejan a la sazón a la economí­a de mercado y a la sociedad romana en general, nos pone en la pista de las transformaciones que se irán operando en la ciudad tardoantigua. Etc.

Las nuevas relativas a fundaciones, destrucciones de castros u oppida y reconversión de los mismos por influencia romana, remiten por lo común a los dí­as de la conquista del área o a la fase inmediatamente subsiguiente de ordenación y puesta en valor de los territorios recién anexionados, y en ambos supuestos hay que pensar que los hechos pobladores a que se refieren tienen por objeto afianzar y dar cobertura logí­stica y humana a los avances realizados o en curso.

Graccurris

Sabemos, así­, que en el año 178, en plena fase de asentamiento del dominio romano en el área del Ebro medio n34, Tiberio Sempronio Graco funda Graccurris n35 en términos de la actual Alfaro y, de creerle a FESTO n36, sobre un viejo poblado indí­gena, de nombre Ilurcis.

Se habrí­a tratado del primer núcleo urbano al que un general romano, a imitación de Alejandro y otros monarcas helení­sticos, impone su nombre. Pero, al margen de eso, interesa llamar la atención sobre la significación polí­tica de la fundación de Graccurris por Sempronio Grato.

Magní­ficamente situada en la orilla derecha del Ebro —entre la zona ribereña de Tudela y la riojana de Calagurris—, la nueva fundación, junto a objetivos estratégicos de control de rutas37 habrí­a también respondido a la intención de crear nuevas solidaridades en el área, dando cobijo a una doble comunidad: la vieja, representada por los indí­genas pobladores de la antigua Ilurcis (?), y la nueva, integrada por los colonos, no se sabe si celtí­beros o itálicos n38.

Es posible igualmente —se piensa— que, con vistas a acelerar el proceso de fusión de ambas comunidades, Tib. Sempronio Graco proceda a distribuir lotes de tierra entre los pobladores, lo mismo que hace en otras partes49.

Otras noticias de hechos pobladores remiten a los dí­as de las guerras civiles romanas. Sabemos de dos fundaciones de gran significación, que tienen lugar durante la guerra sertoriana (c. 81/72 a. de C.), y que sugieren un nuevo sesgo en la actitud de la administración romana respecto de zonas del área más bien marginales hasta esa fecha.

Una es la de Pompaelo n40 sobre un viejo poblado indí­gena, a relacionar, al parecer, con la ceca que en esa zona acuña moneda con la inscripción barskunes41: la nueva fundación se asienta estratégicamente en un alto, sobre el Arga, dominando la ruta que a través del saltus vascón conduce a la Aquitania n42.

Otro es la fundación de Lugdunum Convenarum o Convenae al otro lado del Pirineo (el actual Saint-Bertrand-de-Comminges, en Haute-Garonne): ubicado en un alto igualmente estratégico a la entrada de los pasos del Pirineo Central y en los confines del paí­s de los Tecfosages, parece reunir, entre otros, los restos del ejército sertoriano definitivamente derrotado43, entre los que probablemente se cuentan algunos Vascones, Jacetanos u Oscenses44.

¿Un reforzamiento del dispositivo táctico de seguridad del Estado romano frente a un saltus siempre problemático, para lo que se hace avanzar la vanguardia colonizadora al umbral o incluso al interior del mismo45?

No faltan indicios que empujen a pensar así­. Entre las razones que apunta CÉSAR como justificativas de su posterior ocupación de la Aquitania46 habla de acciones de pillaje y rapiñas, con que los Aquitanos habrí­an castigado a las tropas senatoriales en ocasión en que éstas, hostigadas por los sertorianos, intentaban reganar sus bases a través de los Pirineos y la plana aquitana.

La respuesta a esos desmanes vendrí­a dada de forma provisional por Pompeyo, una vez conclusa la guerra sertoriana, y habrí­a consistido en la instalación —el 72 a. de C.— de una base militar romana sobre el emplazamiento del oppidum tectosage de Lugdunum.

En todo caso esa fundación, como la pompeyana —cispirenaica— de Pompaelo, viene por las trazas inspirada por una alta intención polí­tico-estratégica: asegurar con gente incondicional las rutas y los altos valles de los Pirineos Centrales para el mejor éxito de los intereses romanos, que desde ahí­ pueden por añadidura controlar las rutas Este-Oeste que bordean la cadena.

Hay noticias de otras fundaciones —aunque no quizá tan sonadas— que cabe relacionar con esta primera etapa de toma de contacto del Estado romano con el área. Se tratarí­a, en todo caso, de fundaciones de nada dudosa intención pacificadora/dominadora, y que han de ser interpretadas en el marco de las acciones que emprende la administración militar con vistas al ordenamiento y puesta en valor de un espacio recién conquistado y que no dejarí­a de proporcionarle motivos de preocupación hasta los dí­as de las guerras cántabras.

Imus Pyrenaeus

A esa función pacificadora —léase, de control del territorio mediante la ostentación de la fuerza— responde según todos los visos la fundación de Imus Pyrenaeus, asiento de un pequeño destacamento militar sobre el emplazamiento del actual Donazaharre (Saint-Jeanle-Vieux), y llamado a ser etapa en la ví­a Burdigala a Asturica y lugar de encuentro para transacciones comerciales al pie del puerto de Ibañeta n47.

Ni parecen ser otras las intenciones que inspiran la fundación de Beneharnum sobre el emplazamiento del actual Lescar bearnés, fundación llamada a mayores destinos y que puede muy bien cumplir funciones militares y de vigilancia, además de las de ser statio y forum, en otro punto crucial del sistema de comunicaciones del área: justo a las puertas del otro paso pirenaico, el de place::Somport]] 48

Serí­a ingenuo pensar que el desarrollo de las así­ llamadas guerras cántabras (c. 38/15 a. de C.) pudiera no suponer para el área —plenamente complicada, al menos por vecindad y por elementales razones logí­sticas, en el largo proceso bélico— nuevos episodios de ocupación, destrucción o refundación de núcleos poblados, los que, de no ir descaminadas nuestras conjeturas, se ordenarí­an a estrechar por mar y tierra el cerco estratégico frente al reducto cántabro-astur.

Digamos, ante todo, que hoy por hoy no parece tan seguro que en esos enfrentamientos —conocidos por reducción como guerras cántabras, sin duda por coincidir sus momentos más dramáticos con los de la fase cántabro-astur— el área, y sobre todo su porción más occidental, jugase el papel pasivo que vení­a asignándole de un tiempo a esta parte la tradición historiográfica.

Mas, dejando eso a un lado y ciñéndonos al tema del posible reflejo de ese largo proceso bélico en la transformación de las estructuras poblacionales del área, cabe, al menos, hablar de ciertos indicios que dan pie a pensar.

Abandono de castros

Quedan, así­, por precisar las razones que determinan el abandono de asentamientos indí­genas como los de Kutzemendi (Olárizu), Castro de Lastra (Caranca), Henayo (Alegrí­a de Alava), Peñas de Oro (Murguí­a), La Custodia (Viana), etc. —situados todos ellos en altos y evidenciando fuertes preocupaciones defensivas— en un horizonte cronológico de problemática determinación hoy por hoy n49, pero que no parece alejarse demasiado de los dí­as en que Augusto obliga a los Cántabros a abandonar sus reductos de montaña y a fijarse en el llano 50.

¿No serí­an esos abandonos seguidos de actos pobladores en el llano, cuya traza evanescente habrí­a que buscar quizá entre los nombres de las poblaciones del área, cuya noticia llega hasta nosotros a través de los textos de Plinio, Ptolomeo o los Itinerarios?

Lo que sea de ello, de lo que no cabe dudar es de que la presencia del colonizador va a resultar consolidada en toda el área con ocasión del reforzamiento del dispositivo militar, los trasiegos de tropas y los preparativos logí­sticos, a que da lugar el ataque y cerco —por mar y tierra— del territorio cántabro-astur.

Ahora bien, la presencia de Roma en un enclave colonial tiende a traducirse a no tardar, como es sabido, en una más o menos consistente trama urbana. Y, a falta de testimonios más explí­citos, tenemos un sí­ntoma sobre lo que aquí­ pasa en concreto: es ahora, según parece, cuando la administración romana toma en serio la construcción de calzadas en la zona51, datando de ese tiempo, por lo que se estima, la construcción de la que desde la costa mediterránea y por Caesaraugusta llega, Ebro arriba, hasta las cercaní­as del reducto cántabro-astur, y de la que arranca —cuando menos, en el área aquí­ contemplada— un doble ramal con prolongación hasta el litoral cantábrico: el de Pompaelo-Oeasson, de que dan fe ESTRABON n52 y repetidos vestigios epigráficos presuntamente relacionados con él53; y el que conduce al Portus [S]amanum —la futura Flaviobriga—, documentado asimismo epigráficamente, al menos de los dí­as de Tiberio54.

Pero sobre eso el final de las guerras cántabras y los dí­as del gobierno de Augusto y de sus inmediatos sucesores significan para el área en conjunto una profunda reordenación del espacio sociopolí­tico y administrativo55, en la que, frente a las pautas de ordenamiento ancestrales, se afirmará el prestigio de la urbs como instancia jerárquica superior y modelo a seguir de organización de la convivencia.

Como expresión más señalada del nuevo estado de cosas, cabe reseñar aquí­, en lo que respecta al solar histórico vasco, la adscripción de los varios pueblos, de asiento en él, a circunscripciones administrativas o jurí­dicas distintas, que por su nombre hacen referencia a ciudades más o menos lejanas y de prestigio más o menos consolidado.

Así­, en la porción peninsular, englobada en la provincia Tarraconense, Jacetanos, Vascones y Berones son adscritos al conventus jurí­dico de Caesaraugusta, y al de Clunia los Autrigones, Caristios y Várdulos56.

En la porción continental, a su vez, la originaria Aquitania etnográfica de los dí­as de la conquista —recompuesta con la anexión de Lactorates, Convenae y Consoranni— es subsumida en la gran Aquitania augustea que se extiende de los Pirineos al Loira e incluye dentro de un mismo distrito administrativo a los Aquitani originarios —que luego serán conocidos como Novem Populi— y a los galos o Keltai asentados entre el Loira y Garona n57.

Pero lo más llamativo desde nuestro punto de vista es que desde principios del Imperio, si no ya desde los dí­as mismos de Augusto, de los “más de veinte pueblos, pequeños y poco conocidos”, que habí­a oí­do ESTRABON poblaban el área58, más de la mitad —los considerados poco relevantes o sin una aglomeración capaz de acceder a una vida urbana y municipal— son eliminados administrativamente y reducidos a depender de alguno de los otros nueve pueblos, que cuentan, en cambio, con un núcleo de cierta importancia y son constituidos en civitates organizadas a la romana.

Tras el reinado de Augusto y a lo largo del Imperio el área, por fuerza o de grado, se verá abocada a un horizonte en que el hecho urbano latino-mediterráneo —como modelo de poblamiento y sistema de convivencia social— se constituirá en paradigma o referente fundamental.

Desde la instauración de la pax, en efecto, el contingente militar de asiento en la zona será objeto de progresivas reducciones, mientras crece en contrapartida el peso de la ciudad como instrumento de control del hinterland aldeano. Será la urbs la que en adelante se encargue de la operación de englobar a aquél en las tareas de sostenimiento y defensa del orden establecido, y la que por otro lado y a tales efectos cumpla la tarea de dinamizar el proceso de integración de las comunidades peregrinas en las formas sociales y organizativas romanas —proceso que, como se sabe, será impulsado conscientemente por la administración, sobre todo desde los Flavios, mediante una serie de medidas que buscan la captación de la clase dirigente indí­gena, a la que, a cambio de su participación en las tareas administrativas, se facilita el acceso a la ciudadaní­a romana plena y a las varias instancias del poder local y provincial (a recordar el edicto de latinidad de Vespasiano (69-79) otorgando a tí­tulo individual el ius Latii a los Hispanos de condición libre59 y la célebre constitutio Antoniniana de 212, que concede a ciudadaní­a romana a todos los súbditos libres del Imperio60)—

En lo sucesivo podrá el desarrollo de las estructuras urbanas conocer aquí­, como por el resto, altibajos y oscilaciones en razón de coyunturas económicas mejores o peores y de diversos avatares polí­ticos, de carácter general, y tropezar incluso con peculiares dificultades de í­ndole social y cultural —de raí­z más regional y/o local—, que obrarán como rémora para el normal desenvolvimiento de las actividades en que funda su ser el hecho urbano; pero ello no empece para que la etapa colonial romana haya de ser considerada en general como la de la iniciación plena del área en esa fundamental experiencia cultural que constituye la convivencia social en un marco urbano.

La ciudad dominadora

La ciudad, en efecto, servida por un eficaz trazado viario, afirmará sobre el entorno campesino su acción dominadora y de aculturación a partir de núcleos de mayor o menor brillo cultural y empaque edilicio — Tolosa, Lugdunum Convenarum, Lactora, Aquis Tarbellicis o Burdigala, en la vertiente norpirenaica; Tarraco, Caesaraugusta, Osca, Calagurris, Pompaelo, etc., en la peninsular—, y esta experiencia resultará decisiva para la historia posterior del área, a despecho de las dificultades que el hecho urbano habrá de conocer en la misma desde el Bajo Imperio como reflejo de la crisis general del Estado romano, ante todo, por las tendencias a la autarquí­a y al aislacionismo en lo económico, que se afirman a la sazón, en segundo lugar, y, en fin, por las turbaciones que se suceden en cadena desde el s. V con las invasiones, las revueltas bagáudicas y, en general durante la Antigí¼edad Tardí­a, con la creciente marea del sustrato vascón renaciente.

Las huellas del urbanismo romano en el área

El testimonio de la Arqueologí­a

La polí­tica poblacionista y urbanizadora de Roma en el área se expresa en actuaciones de diferente tipo. Es obvio, según queda apuntado más arriba, que la misma no se agota en las fundaciones de í­ndole o vocación urbana, que podrí­amos considerar como de nueva planta.

La dialéctica de la guerra o los imperativos de polí­tica colonial pueden en algunos momentos aconsejar la destrucción de núcleos preexistentes y su sustitución por otros —no muy alejados quizá de aquéllos, pero que se situarán por lo común en el llano y responderán en todo caso a nuevos criterios urbaní­sticos y polí­ticos—; pueden aconsejar también la reconversión del viejo poblado étnico en función de esos criterios; etc..

En cualquier caso, Roma, tras la anexión de los diversos territorios, va a tener que afrontar el problema de esos castros u oppida de cultura celtibérica y/o hallstáttica, que en el inmediato perí­odo precolonial llegan a dominar, por las trazas, la vida de amplias zonas del lado meridional y de alguna que otra del lado aquitano61.

Los recelos de la administración colonial se justificarí­an en el hecho de que son tales castros y oppida los que en la fase de la conquista protagonizan por lo general el movimiento de resistencia al invasor62 y en que por el prestigio de su acrópolis y de su santuario continúan siendo, en todo caso, para el indí­gena el sí­mbolo del pasado gentilicio independiente y, como tal, desde el punto de vista de la administración, focos eventuales de nuevas tensiones insurgentes.

Ahora bien, las soluciones que adopta Roma con vistas a atajar los peligros que puedan seguí­rsele de tales oppida, pueden ser varias —no sin relación, presumiblemente, con el partido que toma o el papel que juega cada cual en los dí­as de la conquista—:

a) puede el oppidum ser eliminado sin más, siendo en consecuencia obligados sus antiguos moradores a hallar acomodo en otros asentamientos en el llano63;

b) respetando el primitivo poblado indí­gena erguido en el alto, puede hacer Roma surgir en el llano, al pie del mismo, otro concebido según criterios polí­ticos y urbaní­sticos nuevos, el que, por el brillo del nuevo cuadro de civilización material que despliega, sirva a contrarrestar el prestigio del viejo oppidum en sus connotaciones étnicas y sacrales;

c) puede Roma aprovechar el primitivo enclave, pero transformando previsiblemente su configuración urbaní­stica y regulando, por supuesto, su desenvolvimiento interior en mayor o menor medida, según conveniencias;

d) en fin, puede Roma, al menos en principio —y en razón de un foedus, por conveniencias, etc. —, respetar la fisonomí­a y el régimen interior de un antiguo castro, etc.

Lo que en todo caso puede resultar más difí­cil, en el estado actual de las investigaciones arqueológicas, es precisar la solución que se aplica en cada caso y/o en términos percentuales.

Tenemos casos de poblados —La Hoya en Laguardia n64; Peña del Saco en Fitero65; La Custodia en Viana n66; Castro de Lastra en Caranca n67; o Peñas de Oro en Zuya n68— que parece dejan de ser habitados coincidiendo con los primeros tiempos de la dominación romana n69.

Empero, en otros -como los de Monte Cantabria n70 y Libia de los Berones71; Arkiz, en Trespuentes72; Pamplona73; Santacara74 liurcis, cerca de Alfaro75; la Salionca y Tritium76 autrigonas; Portus (S)amanum, en Castro Urdiales77; Elimberris, en Auch78; Lactora, en la actual Lectoure79,o el oppidum tectosage de St.-Bertrand-de-Commirges80— el primitivo asentamiento indí­gena —que puede seguir habitado con sus santuarios y monumentos, construidos quizá ahora en material duro y a la romana— ve surgir a sus pies o al lado nuevas barriadas que en algunos casos serán conocidas con nuevas denominaciones conmemorativas (v. g., Pompaelo para la fundación pompeyana en territorio vascónico81, Graccurris para Ilurcis 82, Flaviobriga para el Portus [S)amanum 8ó o Lugdunum Convenarum para la fundación pompeyana al pie del oppidum tectosage de Saint-Bertrandde-Comminges84) y que en todo caso se ajustarán a nuevos conceptos polí­ticos y urbaní­sticos, inspirados en el synoikismos latino-mediterráneo; en algún caso —como el de Calagurris Nassica, que rubrica también su nueva etapa social y jurí­dica añadiendo al viejo nombre ibero85 el calificativo de lulia— la nueva fundación parece alzarse sobre el solar del primitivo oppidum tras la aniquilación y el abandono temporal del mismo86; en fin, no faltan casos —como los de Castro de Carasta87, Berbeia88,Saint-Lézer (el castrum Bigorra de la Notitia Provinciarum)89, etc.— en que el viejo poblado indí­gena, sin sustanciales alteraciones —al parecer— en su tradicional fisonomí­a étnica y urbaní­stica, prolonga su existencia en un largo horizonte de más o menos remisa y superficial aculturación, hasta alcanzar en algunos casos el Alto Medioevo.

Pero, junto a los ensanches nuevos que vienen a animar o transformar la vida de los asentamientos protohistóricos, están las realizaciones urbaní­sticas de nueva planta, que con designios muy concretos de í­ndole polí­tico-administrativa y económica promueve el colonizador romano en el llano.

Así­ nace en el área aquitana más inmediata Aquis Tarbellicis 90, que une al atractivo de sus aguas medicinales91 el de ser punto de encuentro de importantí­simas rutas92 y su privilegiada situación sobre el Adour, al contacto de las Landas y de la Chalosse; así­ nace también Benehamum (actual Lescar)9ó, justo en el pie-de-monte pirenaico y en otro punto crucial del sistema de comunicaciones de la época94 y Elusa que lo hace en un llano sobre la Gélise, no muy lejos, por lo que parece, del oppidum que daba cobijo a los Elusates que hicieron frente a Crassus95;o Tarba, en el territorio de los Bigerriones, que deberá su relativa fortuna urbana a su mercado sobre un vado del Adour en un medio de no escasas posibilidades agropecuarias96.

Para el lado cispirenaico tenemos el caso de la Vareia tardorrepublicana e imperial, extendida justo a la desembocadura del Iregua, en la orilla derecha del Ebro, a cierta distancia de la Varia o Vareia, validissima urbs de los Berones, de que habla Livio97, y que hay que identificar, según todas las trazas, con el asentamiento indí­gena del Monte Cantabria, junto a Logroño, de que tratamos más arriba98.

Y cabrí­a todaví­a pensar en toda una serie de pequeños asentamientos, inmersos en el mundo rural, que a lo largo de los caminos o en puntos estratégicos de aquél, cumplen las funciones de ordenación del inmediato espacio polí­tico-administrativo y económico. Se trata, en todo caso, de asentamientos —nuevos o transformados— en los que lo urbano diferencial viene significado no tanto por lo aparatoso de sus concreciones arquitectónico-urbaní­sticas —foros, basí­licas, termas, etc., que puede haberlos y se documentan en mayor o menor medida—, cuanto por las funciones de tipo polí­tico-administrativo, económico o estratégico, a las que nos hemos referido, y entre las que se cuenta, sin duda, la de ofrecer un adecuado marco de reunión y de transacciones a la comunidad aldeana.

De tales enclaves urbanos —o, si se prefiere, semiurbanos— podemos hallar alguna traza en los documentos viarios o en la obra de PTOLOMEO, en los que, junto a poblaciones de cierta entidad y de nombre más o menos conocido, no dejan de citarse otras —póleis, mansiones— que presumiblemente habrá que incluir en esta categorí­a: Uxama Barca, Deobriga, Vindeleia, etc., entre los Autrigones99; Suestasium o Tullica, entre los Caristios100; Gebala, Gabalaeca, Tullonium, Alba, etc., entre los Várdulos101; Oiason, Iturissa, Bituris, Andelos, Nemanturista, etc., entre los Vascones102; Imus Pyrenaeus, Forum Ligneum, Aspaluca..., en la vertiente transpirenaica:

De hecho, los trabajos llevados a cabo en estaciones arqueológicas que cabe identificar con cierta seguridad con algunas de esas mansiones —así­, las de Andelos 103, Imus Pyrenaeus 104, Oeasson 105 y, por lo que parece, Uxama Barca106, Iturissa 107 y Suestasium 108— han llevado a la constatación de estructuras arquitectónicas y urbaní­sticas o a la detección de otros indicios, que no parecen corresponder a un marco referencial estrictamente rural, sino que se inscribirí­an en lo que venimos calificando como urbano o semiurbano 109.

Noticias sobre promoción jurí­dica de ciertas comunidades urbanas

Para redondear un poco esas someras noticias sobre la acción urbanizadora desplegada por Roma en el área, podemos aún echar mano de las que han llegado hasta nosotros sobre la condición jurí­dica de ciertos enclaves urbanos, noticias que, a la luz de lo que decí­amos arriba sobre la función que cumple la civitas en la polí­tica colonial romana, resultan en cierta medida expresivas de los avances que el hecho urbano conoce en aquélla durante la etapa contemplada.

Conviene recordar al respecto, antes de pasar adelante, que son varias las situaciones de tipo jurí­dico-institucional, que del hecho de la ocupación o de la sumisión pueden resultar para las varias comunidades urbanas o de aldea, englobadas en una misma circunscripción provincial.

Comunidades peregrinas

Están, ante todo, las comunidades peregrinas, es decir, aquéllas que ante la administración colonial pasan como gentes extrañas al pueblo y al derecho romanos, aunque, dentro del grupo y por razones que no es del caso precisar aquí­, pueden darse situaciones harto diversas en lo fiscal y en cuanto a régimen interior (en una gradación de situaciones más o menos desventajosas, se habla de civitates stipendiariae —las más del área—, liberae, liberae et inmunes —de que no hay trazas en la misma— y foederatae, de las que puede darse alguna).

Pero un régimen de ocupación colonial supone que junto a la mayorí­a de la población indí­gena sojuzgada se constituyan tarde o temprano enclaves más o menos numerosos, que reúnan a las familias y grupos representativos de los intereses de la metrópoli.

Es así­ como en el área, junto a las comunidades de condición peregrina, existen otras de orí­genes diversos, que desde un principio o a lo largo de su historia colonial llegan a documentar un estatuto privilegiado. En ese grupo de comunidades privilegiadas unas lo son de modo más pleno, por hallarse formalmente constituidas como agrupaciones de ciudadanos romanos de pleno derecho —coloniae y municipia civium Romanorum— ; y otras de modo menos pleno, porque su estatuto jurí­dico remite al de los ciudadanos de derecho latino.

Hay que pensar que las más de las comunidades urbanas o de aldea del área se desenvuelven en los primeros tiempos y hasta bien entrada la etapa altoimperial en la situación de stipendiariae.

En PLINIO hallamos referencia explí­cita a no pocos pueblos o civitates del área —Andelonenses, Aracelitani, Bursaonenses, Calagurritani Fibularenses, Carenses, Iluberitani, lacetani, Libienses, Pompelonenses, Segienses— que, en el último tercio del s. I, se cuentan aún entre las estipendiarias110, si bien alguna de ellas —caso de Pompaelo 111 señaladamente— no tardará en documentarse como municipio.

Pensamos, de todas formas, que lo explí­cito de la referencia pliniana añade más bien poco en este punto, ya que, según lo dicho, es con mucho mayorí­a la que se halla en esa más desventajosa situación de estipendiaria, y la presunción parece estar justamente a favor de la condición de tal de todas aquéllas cuyo estatuto jurí­dico superior no viene avalado por referencias explí­citas en ese sentido.

Lo que, empero, no debe ser razón para que pensemos que, pues se las trata como estipendiarias, debe de ser, por eso mismo, nulo o más bien escaso el nivel de adaptación de tales comunidades a las formas de ordenamiento de los municipios romanos o latinos; ya que, entre las que —al parecer— nunca llegan a rebasar ese nivel jurí­dico inferior, las hay que documentan magistrados duunvirales u otras figuras administrativas (aediles, quaestores, etc.) caracterí­sticas de las comunidades de rango superior, amén de realizaciones urbaní­sticas de mayores o menores vuelos, pero que se inscriben de lleno dentro de lo que entendemos como urbanismo latino-mediterráneo. í‰ste es el caso de las más de las civitates novempopulanas, según se estima112, y en concreto el de Aquis Tarbellicis11ó, Iluro114, Lactora115 y los Consoranni116; ése, en lo que hace a la porción cispirenaica, el caso de Andelos117, de Cara118 y presumiblemente también de Tritium119.

Comunidades privilegiadas

Pero, como dicho, hay casos de comunidades privilegiadas. Sabemos, así­, de algunas que llegan a gozar del estatuto de colonias, aunque se trate en realidad de colonias titulares: así­, Lugdunum Convenarum 120 que recibe el tí­tulo entre 100/1ó0 d. de C., bajo Trajano probablemente121; asimismo, Elusa122 que lo recibe presumiblemente de Severo Alejandro (222-234)123.

Hay dudas, por otro lado, en lo que respecta a la Flaviobrica colonia que cita PLINIO124, y que hay que situar, por las trazas, en el actual Castro Urdiales125.

Mientras unos relacionan su fundación con una deductio civium romanorum126 —con lo que tendrí­amos una colonia real—, no falta autor que, a partir del nombre de Flaviobrica, se sienta tentado a ver en ella una fundación peregrina 127.Lo que sea de esto, sabemos de otras ciudades del área, que en fecha más o menos temprana llegan a gozar del estatuto privilegiado de municipia civium romanorum.

Entre las que nombra PLINIO128, tenemos las de los Calagurritani Nassci129, Oscenses y Turiassonenses, a las que es posible que en época posterior se agregue alguna más.

En fin, entre los municipios de derecho latino se cuentan, en la vertiente cispirenaica, las ciudades de Cascantum, Ergavica y Graccurris130, que documenta ya PLINIO131, además de Pompaelo132 y, según creen algunos, Tritium Magallum1óó, que acreditarí­an con posterioridad tal estatuto; y, en el lado norpirenaico, los Ausci134 y Convenae135, que lo hacen desde la más temprana etapa altoimperial136.

La repartición espacial de las evidencias del hecho urbano romano

Si visualizamos en un mapa los datos expuestos bajos los epí­grafes anteriores, observaremos que cabe distinguir en el área como tres zonas bastante bien diferenciadas en cuanto a las evidencias o vestigios que arrojan en lo que hace al hecho urbano romano:

Zona cispirenaica privilegiada

A) Hay una zona más bien privilegiada en la porción cispirenaica del área: la de la banda meridional al Sur de Pamplona poco más o menos, que forman los valles abiertos del Ebro y de sus afluentes principales. Dentro de esa banda, significada en general como más privilegiada, la porción que registra una mayor densidad del hecho urbano romano se extiende en la lí­nea del Ebro y del curso bajo de sus afluentes Arga y Aragón: Cascantum, Graccurris, Calagurris Nassica, Cara, Los Bañales (Uncastillo), Andelos, Vareia, Tritium..., y, algo más al Norte, en el umbral mismo del saltus vascón, Pompaelo137.

Se trata de una zona que conoce ya en la fase prerromana una cierta experiencia urbanizadora por influencia indoeuropea y celtibérica138, y en ella la obra del colonizador romano se significará, ante todo, por favorecer y forzar aun el proceso de concentración de la población dispersa, pero activando, por otro lado, la transformación de la primitiva aglomeración indí­gena, basada — según se estima— en el parentesco o en la solidaridad étnica, en otra de nuevo cuño, que se inspira en el synoikismos mediterráneo, y arranca del reconocimiento de unos derechos y de una propiedad individuales139.

Como expresión de esta voluntad transformadora, se documenta en la zona un número relativamente significativo de poblaciones que con el paso de los años acceden al estatuto municipal.

Pero, aparte las localidades que se documentan como municipios de derecho latino o romano pleno —centradas básicamente en esa lí­nea del Ebro, que conoce, según se sabe, una importante afluencia de elementos itálicos ya en los dí­as de la conquista—, no cabrí­a en este contexto olvidar otras que en PTOLOMEO se citan como póleis mesogeí­oi de Autrigones, Berones, Caristios, Várdulos y Vascones140, y que cabrí­a muy bien interpretar como expresión de los esfuerzos de la administración imperial — a partir, sobre todo, de los Flavios— por encuadrar administrativamente las comunidades indí­genas dispersas: se tratarí­a, por lo que parece, de darles un aspecto municipal a tales circunscripciones, destacando en ellas un pequeño núcleo (pólis o civitas) de escasa concreción urbaní­stica y que presumiblemente no llega nunca a gozar de un estatuto jurí­dico privilegiado, pero que ostenta a efectos administrativos la capitalidad de la respectiva unidad territorial y puede, sobre eso, reunir una mí­nima área de servicios (foro, santuario, termas quizá...).

Vertiente novempopulana

B) En la vertiente novempopulana resulta privilegiada la plana que se extiende en amplios valles y terrazas a lo largo del Garona y del Adour y de sus afluentes principales — Save, Gers, Baise, etc.—.

En todo caso y como en el lado cispirenaico, ese urbanismo revierte por lo general, para ampliarlo y/o transformarlo, sobre el de los primitivos asentamientos del tiempo de la independencia aquitana. Algunas de esas capitales más activas — las de los Convenae, Ausci o Lactorates, por ejemplo— verán durante la pax desarrollarse a los pies de la primitiva acrópolis (que se mantiene en el alto con sus santuarios, monumentos y alineamientos de casas, construidos ahora en piedra y ladrillo) nuevos ensanches que se extienden en el llano.

Hay también fundaciones en nuevos emplazamientos —las de Elusa, Aquis Tarbellicis, Tarba, probablemente Beneharnum—, erigidas también éstas en el llano, y que, como las anteriores, obedecen a los nuevos criterios urbaní­sticos y de ordenamiento sociopolí­tico, que preconiza la administración.

No hará falta insistir, por otro lado, en que estos núcleos urbanos (que en el mejor de los casos —Lugdunum Convenarum— y en los dí­as de su máxima prosperidad no llegan a reunir más allá de los 7.000 a 10.000 moradores, y que en otros casos señalados —los de Elimberris y Lactora— podrí­an tal vez congregar de unos 5.000 a 10.000 n141) representan, según lo dicho, el esfuerzo del colonizador por fijar y encuadrar administrativamente a las primitivas formaciones indí­genas de base étnica, ofreciéndoles en los mismos como un trasunto de las ventajas y de la superioridad del “modo de vida romano“ n142

Lo que sea de ello, el hecho es que estas aglomeraciones novempopulanas verán desplegarse en su contexto urbano —y como en un deliberado intento por igualar o superar la aureola sacral del viejo oppidum de los dí­as de la independencia—, el mismo aparato de edificios públicos más o menos suntuosos (foros, templos, basí­licas, plazas porticadas, complejos termales y hasta teatros y circos en algún caso) que nos es dado observar en otros escenarios imperiales, y que en las postrimerí­as del perí­odo colonial doce de tales núcleos urbanos —cabezas de otras tantas civitates n143— verán realzado su brillo secular con el que resulta de albergar a la iglesia madre de la diócesis respectiva144.

En fin, las fuentes epigráficas y literarias permiten documentar, en relación con estas realizaciones urbaní­sticas, parecidas evidencias del avance municipalizador, que las que nos eran dadas contemplar en el área cispirenaica: Lugdunum Convenarum y Elusa, colonias romanas; Ausci y Convenae, de derecho latino desde los más tempranos dí­as altoimperiales; Aquis Tarbellicis, Iluro, Lactora y los Consoranni, documentando la presencia de magistrados duunvirales u otras instancias administrativas caracterí­sticas de los municipios latinos o romanos. Y a través de las fuentes epigráficas cabe aún hallar las trazas de un embrión de administración local en los cantones o pagi, que vemos gobernados por magistri como el de la inscripción de Hasparren n145.

Cabeceras y altos valles

C) Entre esas zonas de manifestación más plena del hecho urbano romano, se extiende otra —la de las cabeceras y altos valles de los grandes sistemas fluviales a una y otra vertiente de la cadena pirenaica, la de los valles que se encajonan a lo largo de los afluentes menos importantes y, en general, la de los valles que vierten al Cantábrico— en que resulta más bien decepcionante, al término de la etapa colonial romana, el balance del proceso urbanizador.

No es sólo que el solar vascón —así­ como el de Várdulos, Caristios y Autrigones— sea pobre en asentamientos urbanos al Norte de una lí­nea que podrí­a pasar por Pompaelo en el primer caso, y por la divisoria de aguas cantábrico-mediterránea —en último extremo— para los otros, como dan a entender ya de alguna manera las nóminas de poblaciones que se documentan en los autores clásicos; es que los mismos ensayos urbanizadores que protagoniza Roma en la zona se ven a la larga condenados al fracaso, según parecen dar a entender las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en determinados emplazamientos, y corrobora por otro lado la posterior historia urbana (?) del área.

Es el caso -para ceñirnos a los que por lo menos han podido ser fehacientemente relacionados con localidades actuales sobre la base de evidencias arqueológicas a referir de forma inequí­voca a lo urbano romano, ni perder el tiempo con los que como Iturissa, Morogi, Menosca o Vesperies sólo son conocidos por una o dos menciones literarias146— de Oeasson147, Imus Pyrenaeus148 o Flaviobriga149, que, tras un perí­odo de cierto florecimiento —en relación, por lo que cabe suponer, con empresas de explotaciones mineras, a inscribir en los buenos momentos altoimperiales—, parecen abocados inexorablemente, a despecho de alguna que otra ulterior referencia en las fuentes150, a una oscura historia de empobrecimiento progresivo y de retorno a lo ancestral indí­gena.

Ni parece ser muy distinto el caso de Lapurdum que, si ha arrojado evidencias de importantes estructuras constructivas de carácter militar, a referir al perí­odo colonial romano151 y ha sido, por otro lado, objeto de diversas menciones literarias (una de las cuales parece caracterizarla como cabeza de civitas152), parece condenada a no ser por mucho tiempo sino “un fuerte destinado a contener a los Vascones”, sin auténtica proyección urbana y urbanizadora153.

No es que falten, por lo demás, en el área significativos vestigios de poblamiento o de presencia romanos; pero tales, que ni por su densidad, ni por su entidad relativa —salvo quizá los del litoral caristio en torno a la rí­a de Guernica, en que se documenta además un significativo topónimo: Forua154— permitan avanzar fundadamente —entretanto no se produzcan nuevos hallazgos que signifiquen un cambio en el estado de la cuestión— la hipótesis de un desarrollo urbano equiparable siquiera al nada boyante de los mencionados Oeasson o Flaviobriga.

Epí­logo: las mutaciones de la ciudad tardoantigua

Los acontecimientos sociopolí­ticos de los decenios centrales y de la segunda mitad del s. V, que culminan con el fin del poder romano en Occidente, van a imprimir un giro y ritmo irreversibles a toda una serie de procesos de tipo socioeconómico, polí­tico y cultural, que apuntan y se afirman en décadas anteriores, y que cabe estimar, por otro lado, parejos y sincrónicos del de desmantelamiento del aparato de poder romano y, desde luego, marcando de forma inexorable el futuro de la ciudad antigua.

La contracción de la actividad económica, evidente —según se sabe— desde el Bajo Imperio, se agudiza aún más por efecto de las destrucciones y de la sicosis de desbandada que provocan las invasiones y correrí­as de los Bárbaros, en un primer momento, y las revueltas bagaudes o el enfrentamiento suevo-visigodo, después.

Cabe hablar, al respecto, de una reducción considerable de la producción agrí­cola, al verse afectada la propiedad fundiaria tanto por las revueltas sociales de la época como por los sucesivos procesos de asentamiento godo en Novempopulania y en la Pení­nsula.

La desintegración de la parte occidental de Romania en regna germánicos traerá, luego, como resultado el que las fortunas fundiarias senatoriales se vean obligadas a circunscribirse al interior de cada uno de los nuevos espacios polí­ticos. De todo ello no debe, empero, colegirse que la gran propiedad, si bien regionalizada y aun maltratada, resulte afectada por igual en todas partes y todos los casos.

Junto a lugares más castigados, hay otros —menos consistentemente afectados, sin duda, por los trastornos de los primeros tiempos de las invasiones, o los de las subsiguientes revueltas bagáudicas—, en que la gran propiedad acierta a sobreponerse a esos eventuales desastres iniciales, y logra asegurar la continuidad del antiguo orden socioeconómico en las nuevas y cambiantes circunstancias polí­ticas.

Aún dirí­amos más. En momentos de debilidad de los poderes centrales, como los que se suceden a lo largo del s. V y hasta la consolidación plena de las nuevas formaciones estatales, la nobleza latifundista arraigada en ciertas zonas del área va a ver de hecho acrecidas sus posibilidades de acción en la esfera polí­tica mediante el control de los circuitos de acceso a los nuevos prestigios en alza —los de comes y episcopus—, y en cualquier caso va a poder consolidar su dominación económica y extraeconómica sobre el campesino, marcando —por lo que parece— “el camino hacia una protofeudalización del Estado” y, cuando menos, hacia su más pleno protagonismo polí­tico.

Pero, en todo caso, será el ámbito urbano el que con mucho resultará más afectado por las circunstancias a que aludí­amos al principio de este epí­grafe.

Cabe, así­, pensar que acaben resintiéndose en todo caso155 y en no pocos vean contraí­do su radio de acción a un ámbito estrictamente local o comarcal las estructuras artesanales y de mercado, que, afirmadas al calor de la pax romana, logran mantenerse —aunque disminuidas— hasta esas alturas del Tardo Imperio.

Escasean, por supuesto, en el área las noticias sobre obras públicas, cuyo brillo y significación viene ya desmereciendo o apagándose a lo largo del Bajo Imperio: no las hay sobre obras de construcción o reparación de ví­as, y sólo alguna —filtrada a duras penas de ciertos textos hagiográficos156— sobre lo que se estima como actividad edilicia de nuevo cuño, y se reduce a la erección —con materiales de derribo de los viejos monumentos a menudo— de lugares de culto cristiano o de algún complejo catedralicio en la capital de una citas157.

Pero es que es el mismo viejo prestigio de la urbe —del municipio romano como entidad aglutinadora y centro de poder—, o, si se quiere, la continuidad misma del hecho urbano romano —con sus instituciones más caracterí­sticas y sus cuadros de oficiales y funcionarios—, el que por obra de esos factores y de la creciente ineficacia del aparato administrativo y de poder del Estado va a ser puesto seriamente en entredicho.

Parece justificado hablar, en ese sentido, de estancamiento e incluso de un sensible retroceso del hecho urbano en toda el área más inmediata al paí­s, tanto al Norte158 como al Sur de los Pirineos159.

Se trata, más en concreto, del área sobre la que se proyectará en lo inmediato la sombra de la dominación vascona, en la que se malogran a la postre, por las trazas, no pocos ensayos urbanizadores protagonizados por Roma en el perí­odo altoimperial —los casos de Cara, Veleia, Flaviobriga, Suestatium, Gebala... y otros núcleos, asignados por Ptolomeo y Plinio a Vascones, Várdulos, etc., y de los que no se vuelve a oí­r hablar para nada en las fuentes n160— apenas logran mantenerse en una vida harto difí­cil y laboriosa otros enclaves, que vuelven a nombrarse alguna vez —Lapurdum, Vareia, Libia, Tritium, Cascantum 161—; y sólo unos pocos —Calagurris, Turiasso, Beneharnum, Aquis Tarbellicis, quizá Pompaelo162: situados unos en la periferia del paí­s, otros en ejes cruciales del sistema de comunicaciones entre Hispania y Aquitania, y convertidos todos en hora más o menos temprana en sedes de otros tantos obispados— puede decirse que corren una mejor suerte y mantienen en alguna medida el prestigio y los modos de la ciudad antigua.

La que, por otro lado, ha de ser vista en plena fase de transformación o adecuación de sus estructuras internas a los condicionamientos de la nueva hora en lo socioecómico, polí­tico y religioso163.

En esos momentos de crisis de las instituciones tradicionales, y de progresivo oscurecimiento de las magistraturas que ostentaban en lo antiguo la representación local del poder soberano, serán, así­, dos nuevas figuras o instituciones —el comes ciuitatis, en representación del poder polí­tico, y el episcopus, como máxima instancia de la Iglesia local— los que asuman en lo fundamental la tarea de asegurar en alguna medida la continuidad de la ciudad antigua en sus rasgos más definitorios y en su función primordial: la de constituir en todo momento para la población dispersa de la civitas —que acude a ella por razones de negocios, recreo o devoción- un reclamo y un hito, ante todo, por el brillo mundano de sus viejas realizaciones urbaní­sticas (foros, termas, circos, murallas...) y el prestigio renovado de las que promueve el evergetismo de inspiración cristiana (el complejo catedralicio y los santuarios o monasterios suburbanos); pero también un adecuado lugar de encuentro, provisto de los servicios administrativos y de culto indispensables, y un lugar de refugio para todos —con su arx o recinto amurallado— en los momentos de peligro o alarma.

Ahora bien, si la aparición del comes —con sus poderes omní­modos sobre el territorio de la civitas— parece responder a una necesidad de centralización del ejercicio de la autoridad por el máximo titular de la misma (emperador, rey) en momentos en que empiezan a fallar los eslabones intermedios tradicionales, el alza fulgurante del episcopus —la excepcional acumulación de responsabilidades de representación y gestión de los intereses de la comunidad local en el mismo164— vendrí­a a ser un poco el reflejo de la evolución tardoimperial de las formas mentales, evolución que caracterizarí­a una incontenible demanda de lo religioso sentido como salida al sobresaltado clima de inseguridad, condicionado por los males de la hora.

En fin, la fragmentación del espacio económico, que se sigue de la contracción de la economí­a de mercado y del repliegue progresivo de la sociedad sobre la tierra, acaba, a la postre, induciendo la atrofia de los factores de cohesión del espacio polí­tico, y su creciente ineficacia frente a los de disgregación; lo que, en los momentos de descontrol que siguen al hundimiento del orden romano y en la medida en que tales fermentos disgregadores tardan en ser neutralizados por una consciente y sistemática acción centrí­peta, da lugar a situaciones de indefinición, e incluso de fragmentación del espacio polí­tico.

Ello contribuirá a hacer más dramática e insondable, si cabe, la situación de aislamiento y desamparo, a que se verá abocada la ciudad en medio del campo, al faltarle la suficiente cobertura del aparato estatal para poder seguir desempeñando en beneficio propio y del erario público las funciones de mediación que tradicionalmente solí­a entre la administración y el hinterland aldeano, y que constituí­an en buena medida la base de su prestigio y fortuna.

NOTAS

  • ABREVIATURAS M U :

“AEA” = “Archivo Español de Arqueologí­a” (Madrid).

“Bulletin...Gers” = “Bulletin de la Société archéologique, historique, littéraire et scientifique du Gers” (Auch).

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“Chiron” = “Chiron. Mitteilungen der Kommission fí¼r alte Geschichte und Epigraphik des deutschen archí¤ologischen Instituts”

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[ ] CNA = [ ] Congreso Nacional de Arqueologí­a.

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IRR = J. C. ELORZA; M. L. ALBERTOS; A. GONZALEZ: inscripciones romanas en la Rioja, Logroño 1980.

“NAH” = “Noticiario Arqueológico Hispánico” (Madrid).

“PV” = “Prí­ncipe de Viana. Organo oficial de la Institución [Prí­ncipe de Viana]” (Pamplona).

“RPB” = “Revue de Pau et du Béarn” (Pau).

n1 Cfr. J. CARO BAROJA: Organización social de los pueblos del norte de la Pení­nsula ibérica en la antigí¼edad, en ID.: Sobre historia y etnografia vasca. Estudios vascos, t. IX, San Sebastián 1982, ó5-1ó4, aquí­ pp. 99-1ó4, y, en punto al synoikismos, pp. 126-1ó0 concretamente. Avisamos de una vez por todas al lector que en la elaboración de este trabajo nos hemos valido en buena medida de los materiales allegados para nuestro libro Euskal Herria y su entorno circumpirenaico en la Antigí¼edad, que verá la luz en breve, y en el que podrá hallar a satisfacción las referencias documentales y bibliográficas, acreditativas de cuanto consignamos aquí­ en punto a los hechos generales de historia antigua o a los que, sin incidir en el hecho urbano, afectan más en particular al mismo perí­odo del área contemplada.

En tanto se retrase la publicación de la obra citada, puede ser de utilidad manejar -aunque con las debidas cautelas- la versión euskérica de la misma, que en una deficiente edición de la firma Kriselu vio la luz pública bajo el tí­tulo de Euskal Herria Antzinatean: materiale eta agiriak (Donostia 1988, ó92 pp.).

n2 V. al caso las interesantes observaciones de H. GALSTERER: Bemerkungen zur integration vorrí¶mischer Beví¶ikerungen auf der iberischen Halbinsel, en Actas del II Coloquio sobre lenguas y culturas prerromanas de la Pení­nsula ibérica. Tí¼bingen 1976, Salamanca 1979, pp. 45ó-64, aquí­ 455-7. Lo que, empero, no debe interpretarse como que tales grupos ignoren a la sazón todo tipo de fijación o relación con un territorio, delimitado en la forma que sea: ESTRABON (ó, ó, 7) se refiere, de hecho, a la costumbre de los pueblos norpeninsulares, de lapidara los parricidas fuera de los lí­mites de su territorio (literalmente, “fuera de las montañas y los rí­os”). Cfr. J. CARO BAROJA: Organización social..., pp. 68-71,

n3 No se olvide que para la vertiente norpirenaica los viejos lí­mites de las civitates novempopulanas se mantuvieron intactos —salvo retoques— en los de las circunscripciones episcopales de la Antigüedad Tardí­a y de la Alta Edad Media.

n4 Geogr., 2, 6, 7-10. 5ó. 55. 65-67.

n5 XIV

n6 4, 2, 1.

n7 Nat. hist., 4, 108.

n8 A notar, con M. LAEROUSSE (La Gascogne avant la Gascogne, en M. BORDES [di.]: Histoire de la Gascogne dí¨s origines í nos jours, Roanne 1977, pp. 11-54, aquí­ 14), que entre las comunidades nombradas por Plinio algunas se subdividen aún. Es el caso de los Oscidates, entre los que los Montani, explicitados por aquél, se distinguen presumiblemente de otros que habitan en el llano y no se citan. A notar, luego, que algunos de los pueblos —los Tarbelli quabuorsignani o los Cocosates sexsignani— aparecen como agrupaciones de gentes o populi diversos.

Pasando a interpretar la mención pliniana de unos Tarbelli quattuorsignani (documentados también en CIL II 3876, en que es cuestión de un Val. Muntanus Tarbellus III Signanus), alguno ha creí­do plausible hablar de “un véritable groupement fédéral rassemblant les tribus des pays de I’Adour”, cuya iniciativa habrí­a correspondido naturalmente a los Tarbelli (v. M. BATS: Lueurs nouvelles sur Beneharnum-Lesear í l'époque gallo-romaine, en “Revue de Pau et du Béarn” ó, 1975, 25-ó7, aquí­ p. 25). Ahora bien, al tratar de identificar a los cuatro pueblos que habrí­a comprendido la supuesta confederación tarbélica, suele citarse a los Aquenses, Tarusates, Benamenses o lluronenses que ignora Plinio (a no ser que a los Venami que nombra entre Cocosates Sexsignani y Onobrisates haya que identificarlos con los Benarni o Benarnenses). Hay que señalar, empero, que Cí‰SAR distingue claramente, por lo que parece, a los Tarbelli y Tarusates (así­ como a Bigerriones y Sibuzates, para referirnos a otras unidades étnicas del área), justo en los dí­as de la conquista (De bel. gal., ó, 27, 1-2).

n9 Sólo que algunas de las unidades étnicas agregadas inicialmente a esos Novem populi, con el tiempo se revelarán de una originalidad y personalidad lo suficientemente poderosa como para levantar cabeza en el Bajo Imperio y conseguir se les reconozca personalidad jurí­dica diferenciada. Así­ se explica que en la citada Notitia proinciarum, de fines del s. IV, en vez de nueve se asignen doce civitates a la Novempopulania, siendo las nuevas las de los Benarnenses, lluronenses y Vasates (XIV). V. al respecto M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. 26 y, sobre todo, J.-F. BLADí‰: Géographie politique du Sud-ouest de la Gaule pendant la domination romaine, Toulouse 189ó, 116 pp., cuyos puntos de vista, empero, difieren de los apuntados en algunos extremos. Para BLADí‰, en la reforma administrativa de Augusto del año 27 a. de C., “la vieja Aquitania autónoma, acrecida con los territorios de los Convenae y de los Consoranni, desgajados a la sazón de la Provincia romana [Narbonense]“, habrí­a resultado dividida en los cuatro grandes municipios de Convenae, Ausci, Tarbelli y Vasates, y sólo con posterioridad —“seIon toute vraisemblance”, bajo los gobiernos de Aureliano y Probo+ se habrí­a producido el aumento de seis [sic] a nueve, antes de la reforma del Imperio por Diocleciano (Ibid., part. pp. 18s). Sólo que a uno no le parecen del todo convincentes las razones en que basa el autor una tal conclusión, y que se limitan al hecho de que sólo de esas civitates es cuestión (¡pero no de todas en todos!) en Estrabón, Plinio, Mela y Ptolomeo. Sin olvidar que en Plinio se nombran también diversos otros populi, a situar sin lugar a dudas en la Aquitania etnográfica...

n10 La reserva viene obligada por el hecho de que ni Plinio explicita la pertenencia étnica de las comunidades a que nos referimos, ni resulta fácil en todos los casos subsanar esa laguna a partir de fuentes complementarias. Ello hace que los autores se dividan también en sus opiniones, como en el caso de llursenses, liuberitani o Ergavicenses (junto a la Ergavica celtí­bera, PTOLOMEO documenta también una Ergavica o Ergavia vascona [v. Geogr., 2, 6, 58 y 67]).

n11 Nat hist, ó, 24; 4, 110.

n12 Ibid., ó, 26

n13 Ibid., ó, 24 (Libienses); ó, 21 (Vareia). Pero en ningún caso se refiere Plinio a los Berones.

n14 Ibid., ó, 26. No sabrí­amos asegurar que entre esos 14 populi vengan incluidos los oppida de Morogi, Menosca, Vesperies y Flaviobriga o Portus (S)amanum, que PLINIO parece asignar a los Várdulos en el litoral (Nat hisi., 4, 110; item ibid., ó, 24, al final).

n15 Geogr,, 2, 6, 7 y 5ó.

n16Ibid., 2, 6, 55

n17ibid., 2, 6, 65

n18ibid., 2, 6, 9 y 66.

n19 Ibid., 2, 6, 10 y 67

n20 V. al respecto H. GALSTERER: Bemerkungen..., pp. 458s.

n21 Es evidente que los criterios a aplicar no pueden ser los mismos en el área del Ebro, de fuerte implantación de la cultura así­ llamada celtibérica y en la que un cierto proceso “urbanizador” está en marcha ya antes de que se haga efectiva en la zona la dominación romana, que en zonas más septentrionales, que se revelan en un estadio notablemente diferente de civilización en los comienzos de la colonización romana. V. en este punto G. PEREIRA MENAUT: La formación histórica de los pueblos del Norte de Hispania. El caso de Gallaecia como paradigma, en “Veleia” 1, 1984, 271-87, part. pp. 272-8 y en general todo el artí­culo, en que se critica del concepto de romanización, excesivamente cómodo y simplista, que ha privado a menudo entre historiadores, e insiste, por su parte, en el hecho de los distintos modelos de colonización, que aplica la administración romana en los varios frentes, condicionada por el distinto punto de partida que representa cada zona en sus determinismos fí­sicos y en su pasado humano.

n22 De lo que en todo caso no cabe dudar es de que resulta muy problemático inferir razonablemente conclusiones sobre el nivel de asimilación de una realidad social dada a las formas culturales romanas a partir de lo que autores como Plinio y Ptolomeo puedan decirnos sobre el número de populi y civitates o póieis a adscribir a un grupo étnico. Y ello por la simple razón de que no es fácil deslindar en ese tipo de informaciones lo que más bien es proyección de la voluntad de integración o del esfuerzo ordenador de la administración romana, y lo que, al contrario, es reflejo de la realidad indí­gena en sus contenidos precisos. Piénsese, al respecto, en la tupida red de póieis o civitates con que Ptolomeo esmalta el territorio de Vascones, Várdulos, Caristios y Autrigones, o en las 5 y 10 civitates que asigna Plinio a Carietes y Vennenses, por un lado, y a los Autrigones, por otro. A la postre, el que en Plinio o Ptolomeo una comunidad aparezca como populus o civitas puede ser tanto la expresión de un cambio real en el sistema de relaciones sociales de las familias e individuos que la integran, como el sí­ntoma de lo que la administración colonial quiere que sea, aunque de hecho apenas se haya alterado para los afectados el contenido de dichas relaciones. Cfr. J. MANGAS: La sociedad de la Hispania romana, en España romana (218 a. de J. C. 414 de J. C.), t. II de Historia de España fundada por R. MENí‰NDEZ PIDAL y dirigida por J. M. JOVER ZAMORA, Madrid 1982, v. II, pp. ó-81, aquí­ 49-51.

n23 Cfr. J. SANTOS YANGUAS: Comunidades indí­genas y administración romana en el Noroeste hispánico, [Bilbao] 1985, p. ó9.

n24 Cfr. J. CARO BAROJA: Los Vascones y sus vecinos. Estudios vascos, XIII, S. Sebastián 1985, pp. 147s.

n25 Cfr. J. CARO BAROJA: ibid.; ID.: Organización social..., pp. 49-52; v., en fin, la hipótesis de ordenación romana de la Ilanada alavesa en civitates, que formula J. SANTOS YANGUAS: Conquista y ordenación del territorio de Alava por los romanos en época altoimperial, en La Formación de Alava. 650 aniversario del Pacto de Arriaga (1óó2-1982). Congreso de Estudios Históricos, Vitoria 1985, t. I, pp. 447-66, aquí­ 456-461, para cuyo correcto enjuiciamiento no cabrí­a, empero, olvidar las reservas que opone H. GALSTERER a un uso indiscriminado de los datos proporcionados a este respecto por la obra geográfica de Ptolomeo (Bemerkungen..., p. 458).

n26 Cfr. PLUTARCO: Sert., 14 (referido a la academia sertoriana de Osca). En otros contextos, v. TACITO: Ann., ó, 4ó, 1; ID.: Agric., 21, 2.

n27 V., primero, Cí‰SAR: De bel. gal., 4, 12, 4, en que habla de un jefe aquitano, de nombre Piso, cuyo abuelo habrí­a sido rey (que viene a ser, según todas las trazas, el de los Lactoraies que cita, sin nombrarlo, DIODORO DE SICILIA [ó4, ó6]: venido a Roma, se habrí­a instruido en las letras latinas y, vuelto a su paí­s, habrí­a reinado por gracia del Senado, manteniendo hasta el fin su lealtad al pueblo romano). El mismo César (ibid., ó, 22) habla también de Adiatunnus, un jefe que detentaba la cúspide del poder entre los Sotiates, y se hací­a rodear de una guardia de 600 soldurii. Derrotado por Craso, Adiatunnus o Adietuanus fue perdonado, conservó su realeza y obtuvo el privilegio de acuñar moneda. Así­ lo revelan diversas piezas de bronce plateadas, halladas en Lectoure, Auch, Vic-Fezensac, Aire-surI’Adour y aun en Vieille-Toulouse, piezas que llevan su nombre —Adietvanvs rex— encuadrando una cabeza esquematizada por cinco glóbuos virgulados (copiada de las monedas de plata de los Elusates), y al reverso el nombre del pueblo —Sotiota—, acompañado de la imagen de una loba, que simboliza aquí­ a Roma (cfr. G. SAVES: Les deux monnaies des Sotiates trouvées í Vic-Fesenzac, en “Revue de Comminges” 88, 1975, 4ó-5; M. LABROUSSE: La Gascogne..., pp. 22s).

n28 ó, ó, 7-8; ó, 4, 16-19

n29 Cfr. al respecto J. CARO BAROJA: Los pueblos del Norte de la Pení­nsula ibérica (Análisis histórico-cultural), S. Sebas tián 197ó, pp. 66s: item J. SANTOS YANGUAS: Comunidades..., pp. 48-50, en que se hallarán más referencias.

n30 Bemerkungen..., pp. 460s. Hay noticias de gentes del área que llegan a la sazón al flaminato de la provincia: v. CIL ll 4227, 42ó4, 4245 [= G.-ALFOLDI: Flamines Provinciae Hispaniae Citerioris, Madrid 197ó, nn. 42, 51 y 6ó]; CIL XIII 412. Sabemos también de dos flaminicae—Carense, una (CIL II 4242); Pompelonense, la otra (CIL II 4246)—.

n31 Cfr. H. GALSTERER: Bemerkungen..., p. 461

n32 V. los mapas que incluye al final de su obra H. GALSTERER: Untersuchungen zum rí¶mischen Stí¤dtewesen auf der iberischen Haibinsel, Berlin 1971, Desde ciertas ópticas tal vez no parezca tan convincente —e incluso ni siquiera correcto- eso de hablar de fracaso relativo y de alarmante bajo nivel de densidad urbana y municipal, prefiriéndose en todo caso hablar de modelos distintos de actuación colonizadora y aculturadora, en función de las espacializaciones —si vale la palabra— que atribuye a las varias áreas la administración imperial, atenta —como no podí­a menos de ser— a los condicionamientos fí­sicos y a los de la historia más o menos reciente de los grupos humanos que las poblaban (cf. en este sentido G. PEREIRA MENAUT: La formación hislórica..., passim; B. GALSTERER-KROLL: Zum ‘ius Latii' in den keltischen Provinzen des Imperium Romanum, en “Chiron” ó, 197ó, 277-ó06). Pero, fracaso relativo o distinto modelo de actuación aculturadora, no podemos menos de subrayar un hecho: el de que hacia fines del Imperio el área circumpirenaica ofrecí­a todaví­a el espectáculo de zonas que, como el saltus Vasconum descrito en la correspondencia de Ausonio y Paulino, se debatí­an en los márgenes de la sociedad romana y en los antí­podas de lo que para los espí­ritus sensibles constituí­a la cifra de la romanitas-civilitas clásica (v. AUSONIO: Epist. 29, part. vv. 50-61 y Epist. 31 (PAULINI Epist. X), vv. 202-259). Ciertos autores se han excedido sin duda al interpretar estos pasajes. Así­, J. FONTAINE se ha visto obligado a matizar los comentarios —generalizadores en exceso— de J. M. Blázquez y A. Barbero-M. Vigil sobre el estado de prostración de algunas ciudades del valle del Ebro (Romanité et hispanité dans la littérature hispano-romaine des IVe et Ve sií¨cles, en Assimilation et résistence í la culture greco-romaine dans le monde ancien. Travaux du Vie Congrí¨s international d’études classiques, Bucarest-Paris 1976, pp. ó01-22, p. ó06 nota 14; v. item J. ARCE: El último siglo de la España romana: 284-409, Madrid 1982, pp. 86.90), v J. ARCE por su parte, ha insistido en la necesidad de no perder de vista el carácter retórico y tópico del discurso de los correspondientes sobre los Vascones (La “Notitia dignitatum” et l’armée romaine dans la “diocesis Hispaniarum”, en “Chiron” 10, 1980, 59ó-608, p. 602 y n. 24). En realidad, en los pasajes aducidos sólo llerda es descrita de modo explí­cito en ruinas o en estado de abandono; sólo que el leitmotiv de esas partes de la correspondencia entre los amigos no parece ser sino el de contraponer la brillantez de expresiones de la vida romana de las grandes urbes iberas y galas o de ciertos ambientes selectos de la campiña circundante, a la mí­sera realidad que les es dado observar en algunas ciudades y ambientes campestres del mundo circumpirenaico: entre las primeras se citan llerda, Calagurris y Bilbilis; por lo que hace a los segundos, además de los Vascones, es cuestión de Boii, Bigerri, Vasates o del vicus Condatinus... En lo que toca más concretamente a Calagurris, v. U. ESPINOSA: Calagurris lulia, Logroño 1984, pp. 194-20ó y más adelante.

n33 Cfr. PLINIO: Nat. hist., ó, ó0. V., empero, las reservas de B. GALSTERER-KROLL en la n. 59.???

34 Sobre logros y lí­mites de esta primera etapa de penetración de Roma en el valle del Ebro, v. N. DUPRE: La place de la vallée de I’Ebre dans l'Espagne romaine. Recherches de géographie historique, en “Mélanges de la Casa Velázquez” 9, 197ó, 1óó-75, aquí­ pp, 147-52; ID.: Les villes ibero-romaines de la Vallée de l‘Ebre du IIe sií¨cle avant J. C. au milleu du Ier sií¨cle aprí¨s J. C., en “Caesarodunum” 20, 1985, 281-91.

n35 T. LIVIO: Per., 41.

36 97 M.

37 V. al respecto J. A. HERNANDEZ VERA - P. CASADO LOPEZ: Graccurris: la primera fundación romana en el valle del Ebro, en Symposion de ciudades augusteas. Zaragoza 29 septiembre 2 octubre 1976, 2 vv., [Zaragoza 1976], ll, pp. 2ó-9.

n38 Según H. GALSTERER (Untersuchungen..., p. 16), Graccurris habrí­a surgido como una simple fundación peregrina, contradiciendo en ello lo que otros estudiosos españoles (A. BELTRAN: El rí­o Ebro en la Antiguedad clásica, en “Caesaraugusta” 17-18, 1961, 65-79, aquí­ p. 78: A. GARCIA Y BELLIDO: Las colonias romanas de Hispania, en “Anuario de Historia del Derecho Español” 29, 1959, 447-517 pp. 448s) habí­an sugerido sobre posibles estatutos privilegiados de la misma. V. ibid., p. 1ó. Se ha hablado a veces de aportes humanos de componente fundamental osco-umbra en el área del Ebro (v. R. MENí‰NDEZ PIDAL: Orí­genes del español. Estado lingí¼istico de la Pení­nsula ibérica hasta el siglo XI, Madrid 1964, pp. ó00-6. 460s), aportes que habrí­an hallado cobijo en la nueva fundación (v. J. J. SAYAS: El poblamiento romano en el área de los Vascones, en “Veleia” 1, 1984, 289-ó10, aquí­ pp. 297. ó02s).

n39. Cfr. APIANO: iber. 4ó. Sobre supuestos restos de una centuriatio en las inmediaciones de Alfaro, cfr. J. GOMEZPANTOJA: Sobre un posible catastro romano en el lí­mite navarro-riojano, en ”PV” ó8, 1977, 42ó-óó.

n40 Cfr. ESTRABON ó, 4, 10, a relacionar al parecer, con SALUSTIO: Chist., 2, 9ó y PLUTARCO: Sert., 21 y Pomp., 19. Para H. GALSTERER (Untersuchungen..., p. 16) se habrí­a tratado de fundación peregrina, e. d., para gentes sin un estatuto privilegiado. —Sobre Interpretación del nombre de Pompaelo, que, según Estrabón en el pasaje cit., vendrí­a a significar algo así­ “como ciudad de Pompeyo”, pero en el que las modernas investigaciones estiman poder distinguir un elemento -iLu o -iLun, a referir al ibérico -iltu o -iltun (?) y/o al euskérico que, con variantes dialectales, se usa hoy mismo con significado de ciudad o poblado—, v. J. UNTERMANN: Pompaelo, en “Beitrí¤ge zur Namenforschung” 11, 1976, 121. ó5; A. TOVAR: El nombre de Pamplona, en “Fontes Linguae Vasconum” 25, 1977, 5-8; J. DE Hoz: El euskera y las lenguas vecinas antes de la romanización, en Euskal linguistika eta literatura: bide berriak, Bilbao 1981, 27-56, aquí­ pp. 45s.

n41 Cfr. al respecto M. A. MEZQUIRIZ: La excavación estratigráfica de Pompaelo. I. Campaña de 1956, Pamplona 1958, p. 10; ID.: Pompaelo II, Pamplona 1978, pp. ó7-9. —Sobre la problemática suscitada en punto a la interpretación de la leyenda monetal y su relación supuesta con el etnónimo vascones, v. J. UNTERMANN: Zu keltiberischen Mí¼nzlegenden, en “AEA” 45/47, 1972/1974, 469--76; A. TOVAR: Notas lingí¼isticas sobre monedas ibéricas, en Actas del II Coloquio sobre lenguas..., pp. 47ó-89, más precis. 47ó-5; J. DE Hoz: El euskera y las lenguas..., pp. 44s.

n42 Lo que no quiere decir que a la sazón esa ruta fuese operativa para los Romanos. V. al respecto R. í‰TIENNE: Les passages transpyrénéens dans l‘Antíquité. Leur histoire jusqu’en 25 av. J. C., en Actes du IIe Congrí¨s International d’études Pyrénéennes. Luchon-Pau, 21-25sept 1954, Toulouse 1957, pp. 91-108, aquí­ 10ó.

n43 Cfr. ESTRABON 4, 2, 1. Más explí­cito, el testimonio tardí­o de S. JERONIMO: Adv. Vigil., 4, que calca ISIDORO: Etymol, 9, 2, 107. La interpretación etimológico-histórica de Estrabón y de Jerónimo no deja, empero, de suscitar objeciones a los lingí¼istas (cfr. R. MAY: Saint-Bertrand-de-Comminges (Antique Lugdunum Convenarum), Le point sur les connaissances, (Toulouse?) 1986, pp. 40s).

n44 La hipótesis vendrí­a sugerida, no tanto por el referido testimonio isidoriano (Etym., 9, 2, 107) -que alude explí­citamente a los Vascones como moradores de la nueva fundación—, cuanto por el hecho de los apoyos que encontró en esos pueblos la causa sertoriana. Cfr. A. TOVAR — J. M. BLAZQUEZ: Historia de la Hispania Romana. La Pení­nsula ibérica desde 218 a. C. hasta el siglo V, Madrid 1975, p. 94.

n45 No habrí­a duda para A. BARBERO — M. VIGIL (Sobre los orí­genes sociales de la Reconquista: Cántabros y Vascones desde fines del imperio Romano hasta la invasión musulmana, en IID.: Sobre los orí­genes sociales de la Reconquista, Barcelona 1974, pp, 1ó-10ó, aquí­ 90s). V., de todos modos, A. GARCIA BELLIDO: Del carácter militar activo de las colonias romanas de la Lusitania y regiones inmediatas, en “Trabalhos de Antropologia e Etnologia” 17, 1959, 299ss.

n46 De b. gal., ó, 20, 1

n47 Cfr. J.-L. TOBIE: La tour d’Urkulu (province de Navarre), un trophée tour pyrénéen? Essai d’interprétation, en “Bulletin de la Société des Sciences, Lettres et Arts de Bayonne” 1976, 4ó-62. Otras referencias, en n. 104.

n48 V. referencias de la n. 9ó.

n49 En algunos casos sí­ parece poder establecerse cierta simultaneidad entre abandono de los castros y el desarrollo de las operaciones conducentes a la solución del problema cántabro. M. L. ALBERTOS parece afirmarlo para el caso de los Castros de Lastra, identificado por ella con la Uxama Ibarca prerromana (A propósito de la ciudad autrigona de Vxama Barca, en “EAA” 9, 1978, 281-91, concret. 289). V. también F. SAENZ DE URTURI: Avance de las excavaciones arqueológicas de “Los Castros de Lastra” (Caranca, Alava), en XIV CNA, Zaragoza 1977, pp. 6óó-7 y part. 6ó7; J. M. SOLANA: Autrigonia romana, zona de contacto Castilla-Vasconia, Valladolid 1978, p. 40ó. Estimamos, empero, que la cuestión dista bastante de que se halle suficientemente explorada, en lo que, por supuesto, habrá que reservar a los arqueólogos la última palabra.

50 Cfr. FLORO: Epit., 2, óó, 59-60. Algo por el estilo debió darse en el área aquitana tras su pacificación. Como escribe J.-J. HATI, desde Augusto y en toda la Galia se produce un traslado sistemático de las capitales de civitates desde su primitivo emplazamiento en el oppidum —santuario y refugio de los dí­as de la independencia— a un nuevo asentamiento situado en el llano (Histoire de la Gaule romaine [120 av. J.-C. 451 ap. J.-C.], Paris1959, p. 91). í‰ste fue en concreto el caso de Beneharnum, Augusta Auscorum o Elimberris, Lactora y quizá de Lugdunum Convenarum.

51 Cfr. ESTRABON ó, ó, 8

52 ó, 4, 10

53 Cfr. IRMN 1-2 y núm. 19 de G. FATAS M. A MARTIN BUENO: Epigrafí­a romana de Zaragoza y su provincia, Zaragoza 1977.

54 Cfr. CIL II 488ó = ILER 19ó6 e ILER 19ó7.

55 Cfr. ESTRABON ó, ó, 8; ó, 4, 20; 4, 1, 1; DION CASIO 5ó, 12, 5

56 Cfr. PLINIO: Nat. hist., ó, 18; ó, 24 y 26.

57 Cfr. ESTRABON 4, 1, 1 y 4, 2, 1-ó; PLINIO: Nat. hist, ó, 29, 1; ó, ó0, 4; 4, 108-109

58 4, 2, 1. De ellos sólo cita tres: Convenae, Ausci y Tarbelli. Otros, en PLINIO: Nat. hist., 4, 108.

59 Cfr. PLINIO: Nat hist., ó, ó0. Según B. GALSTERER-KRí–LL, la concesión del ius Latii afecta directamente al miembro individual de una comunidad, el que puede —mediante el ejercicio de las magistraturas anuales— devenir civis Romanus, y no a la comunidad en la que vive, que puede no acceder nunca —y éste parece ser por lo general el caso— al rango de municipium o de colonia. “Ein direkter Zusammenhang zwischen ius Latii und der Erhebung zu einem Municipium oder einer Kolonie rí¶mischen Rechts ist nicht festzustellen” (Zum ‘ius Latii‘..., p. ó05).

60 Papyrus Giessen, 40

61 Cfr. J. M. APELLANIL: El Grupo de Los Husos durante la Prehistoria con cerámica en el Paí­s Vasco, en “EAA” 7, 1974, 7-409, aquí­ pp. ó5ó-5; M. LABROUSSE: La Gascogne..., pp. 12s y 16-19.

62 CESAR: De bel. gal., ó, 21 y ó, 2ó, 6-7.

63 Ese tipo de soluciones sugieren ESTRABON ó, ó, 5; FLORO: Epit, 2, óó o DION CASIO 54, 11, 5

64 Cfr. A. LLANOS: Un ejemplo de hábitat prerromano en el Alto Ebro. El poblado de “La Hoya” (Laguardia-Alava), en Symposion de ciudades augusteas..., v.II, pp. 15-22.

65 Cfr. B. TARACENA L. VAZQUEZ DE PARGA: Excavaciones en Navarra. IV: El poblado celtibérico de Fitero, en “PV” 7, 1946, 225-41; A. CASTIELLA: La Edad del Hierro en Navarra y Rioja, Pamplona 1977, pp. 169-8ó.

66 V. J. C. LABEAGA: Amuletos mágicos y téseras de hospitalidad en yacimientos arqueológicos de Viana, en [Ier] CGHN, v. Il, pp, 45ó-464; A. CASTIELLA: Estratigrafí­a en el poblado de la Edad del Hierro de La Custodia, Viana (Navarra), en “NAH. Prehistoria” 4, 1975, 199-227, aquí­ pp. 169-8ó; ID.: La Edad del Hierro..., pp. 62-84.

67 Cfr. F. SAENZ DE URTURI Avance de las excavaciones arqueológicas de ‘Los Castros..., p. 6ó7

68 Cfr. J. M. APELLANIZ: interpretación de la secuencia cultural y cronológica del castro de Las Peñas de Oro (Zuya, Alava), en “Munibe” 26, 1974, ó-26, aquí­ pp. 25s.

69 Nótese que subrayamos ex professo lo de coincidiendo. ¿Cabe de ahí­ argí¼ir una relación de causa a efecto? Apenas habrí­a dudas para algunos: cfr. J. M. SOLANA: Autrigonia..., pp. 40ós: menos afirmativo, R. LOZA: La incorporación al mundo romano, en Alava en sus manos, t. ó, Vitoria 198ó, pp. 56s.

70 A identificar presumiblemente con la Vareia —validissima urbs—, de que habla LIVIO, referido al territorio berón (Fragm. 91); v. item ESTRABON ó, 4, 12 (escribe Ouaria) y PLINIO (Nat. hist, ó, 21). Cfr. C. Pí‰REZ M. A. VILLACAMPA J. M. PASCUAL: El yacimiento arqueológico de Monte Cantabria (Logroño), en “Cuadernos de Investigación. Geografí­a e Historia” 5, 1979, ó9-90; J. M. PASCUAL J. M. GAJATE: Sobre la ciudad berona de Varia, en [II] Coloquio sobre historia de la Rioja. Logroño, 2-4 de octubre de 1985, Logroño 1986, pp. 11ó-7; A. CASTIELLA: La Edad del Hierro..., pp. 105-7.

71 Cfr. A. MARCOS Pous: Trabajos arqueológicos en la Libia de los Berones (Herramélluri, Logroño). Con una colaboración de A. C y M.C. MOOLESTINA ZALDUMBIDE, Logroño 1979, part. pp. 87-12ó.

72 A referir, según todas las trazas, a los Velienses de los Caristios (v. PLINIO: Nat. hist., ó, 26) o a la Veleia que documenta PTOLOMEO entre las póleis de éstos (Geogr., 2, 6, 64 [65]). En todo caso, el oppidum indí­gena, prendido del espolón de Arkiz sobre el rí­o Zadorra, verá desarrollarse al lado un nuevo y espacioso poblado romano. Cfr. G. NIETO: El oppidum de Iruna (Alava), Madrid 1958, pp. 225s; A. LLANOS: Urbanismo y arquitectura en poblados alaveses de la Edad del Hierro, en “EAA” 6, 1974, 101-46, concret. pp. 1ó5s.

73 V. primero referencias de las nn. 40-41. V. luego M. A. MEZQUIRIZ: Algunas aportaciones al urbanismo de Pompaelo, en Symposion..., Il, 189-9ó, aquí­ p. 191; ID.: Hallazgos prerromanos en Pamplona, en XIII CNA, Zaragoza 1975, 729. ó6: A. CASTIELLA: La Edad del Hierro..., pp. 1ó-7.

74 Cfr. M. A. MEZQUIRIZ: Primera campaña de excavaciones en Santacara, en “PV” ó6, 1975, 8ó-109, part. p. 84; ID.: Cerámica prerromana hallada en las excavaciones de Santacara (Navarra), en XIV CNA, Zaragoza 1977, 599-604; A. CASTIELLA: La Edad del Hierro..., pp. 122-7.

75 V. referencias de las nn. ó5-ó9.

76 Cfr., por lo que hace a la primera, J. M. SOLANA: Autrigonia..., pp. 4ó6-47; en cuanto al Tritium autrigón, J. PASSINI: El conjunto urbano de Tritium Autrigonum, en “Gerión” 5, 1987, 281-87.

77 Cfr. PLINIO: Nat. hist., 4, 110. V., luego, J. M. SOLANA: Flaviobriga (Castro Urdiales), Santander 1977, p. 59. -Sobre vestigios romanos en el lugar, v. la o. c. de J. M. SOLANA.

78 El ensanche —que se extiende poco más o menos bajo el solar de los actuales quartiers de Garros y Matalin— busca las suaves terrazas de la orilla derecha del Gers, al pie del viejo oppidum erguido en lo alto sobre la ribera izquierda iv. M. LABROUSSE: Inscription romaine découverte í l’hí´pital d’Auch, en “Bulletin...Gers” (Auch) 55, 1954, ó47-65, aquí­ ó49 y ó54; A. Pí‰Rí‰: Les sites d’Elimberris et d’Augusta Auscorum, en “Bulletin...Gers” 65, 1964, ó72-82). Sobre el complejo urbano antiguo, v., además de los citados, M. CANTET A. Pí‰Rí‰: Fouilles gallo-romaines í MathalinAuch, en “Bulletin...Gers” 65, 1964, 1ó9-58; 67, 1966, 449-58; IID.: Regards sur Augusta-Auscorum: les égouts de la ville antique, en “Bulletin...Gers” 70, 1969; A. Pí‰Rí‰ D. FERRY: Regards dans Augusta Auscorum. La tranchée de la rue d’Assas, en “Bulletin...Gers” 81, 1980, 178-85. Sobre el acueducto que surtí­a de agua a Elimberris, cfr. M LABROUSSE en “Gallia” 9, 1951, 1ó6 (ulterior información bibliográfica, en los citados o en M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. 5ó).

79 Aquí­ el ensanche —que se proyecta í peu prí¨s sobre el emplazamiento del actual quartier de Pradoulin— aprovecha los últimos desniveles de la colina hasta la orilla del Gers, al pie del oppidum indí­gena de los Lactorates (v. M. LARRIEU-DULER: Les origines de Lectoure, en Histoire de Lectoure, [Auch] 1972, pp. 9-ó2, aquí­ 9-18). Sobre el complejo urbano antiguo, v., además del o. c. de M. LARRIEU-DULER (copiosas referencias bibliográficas en p. ó2), los informes que sobre los resultados de las excavaciones llevadas a cabo en el quarlier de Pradoulin ha ido menudeando M. LABROUSSE en la revista “Gallia”: 5, 1947, 476s; 7, 1949, 1ó8; 24, 1966, 4óós; 26, 1968, 542; ó2, 1974, 479; ó4, 1976, 485s; ó6, 1978, 41ós; ó8, 1980, 490s.

80 Cfr. R. LIZOP: Histoire de deux cités gallo-romaines. Les Convenae et les Consoranni [Comminges et Couserans), Toulouse 19ó1, pp. 5-19 y SS.; A. GRENIER: Manuel d’archéologie gallo-romaine, t. II/2, Paris 19ó4, pp. 674-6. El ensanche se aprovecha de las terrazas glaciares del Garona tendidas al pie del espolón rocoso sobre el que se asienta el actual Saint-Bertrand-de-Comminges, ocupado antes, como dicho, por un oppidum de Volcos Tectosages. Se trata del conjunto mejor conocido del área: v. B. SAPENE: Saint-Bertrand-de-Comminges, Lugdunum Convenarum (H.-G.), Toulouse 1966; ID. en “Revue de Comminges” 70, 1957, 97-111 (sobre el anfiteatro de Lugdunum Convenarum); M. BAILHACHE: Contribution í l’étude de l’aqueduc gallo-romain de Saint-Bertrand-de-Comminges, en “Gallia” ó0, 1972, 167-98; un excelente resumen de los diversos aspectos que configuran el urbanismo romano de Lugdunum Convenarum, en A. GRENIER: Manuel d’archéologie..., III, pp. ó27-41, 496-505, 5ó7-40, í´48-50, 808-14; IV, pp. 276-88; v. asimismo R. MAY: Saint-Bertrand-de-Comminges.... pp. 71-1ó9.

81 Cfr. n. 40.

82 V. nn. ó5-ó6. —Sobre etimologí­a de Graccurris, v. J. DE Hoz: El euskera y las lenguas..., p. 46.

83 Cfr. PLINIO: Nat. hist., 4, 110.

84 Cfr. n. 4ó.

85 Sobre origen y significado de los cognomina Nas[s]ica y lulia, v. U. ESPINOSA: Calagurris Julia..., pp. 8ó-7.

86 Cfr. SALUSTIO: Hist., ó, 86-87; FLORO: Epit., ó, 22, 9; OROSIO 5, 2ó, 14. V. por otro lado J. GOMEZ PANTOJA: La ciudad romana de Calahorra, en Symposion..., ll, 185-8; M. MARTIN BUENO M. L. CANCELA: Arqueologí­a clásica de Calahorra y su entorno, en Calahorra. Bimilenario de su fundación. Actas del I Symposium de historia de Calahorra, Madrid, 1984 pp. 77-91, part. 8ó-86; U. ESPINOSA: Calagurrk Julia..., pp. 111-26.

87 Cfr. F. SAENZ DE URTURI: Problemas en torno a la II Edad del Hierro en Alava, en XIII CNA, Zaragoza 1975, pp. pp. 6óó-7; ID.: Punta de lanza damasquinada en plata, de Carasta (Alava), en “EAA” 9, 1978, 27ó-80.

88 Cfr. J. A. AGORRETA A. LLANOS J. M. APí‰LLANIZ J. FARIí‘A: Castro de Berbeia (Barrio-Alava). Memoria de excavaciones. Campaña de 1972, en “EAA” 8, 1975, 221-92, aquí­ pp. 290s.

89 Cfr. R. COQUEREL: Saint-Lézer, ville ibero-romaine, en Bigorre et France méridionale. Actes du XIIIe Congrí¨s d’études de la Fédération des Sociétés académiques et savantes du Languedoc, Pyrénées, Gascogne, Tarbes 1957, 6ó-7; ID.: Recherches archéologiques sur les vestiges antiques de Saint-Lézer (H.-P,), en “Ogam” 16, 1964, 5ó-76.

90 ¿Sobre un pequeño poblado preexistente? Así­ da a entender CH. HIGOUNET: s. v. Daxen A. BAUDRILLART, A. VOGT, U. ROUZIES, R. AUBERT (dirs.): Dictionnaire d’Histoire et de Géographie ecclésiastique, 14, Paris 1960, c. 127. V., sin embargo, M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. ó1 y, sobre todo, B. WAUTIER: Dax souterrain, en Les Landes d’hier [et ’aujourd’hui, Capbreton 19801, pp. 186-91, aquí­ 186s. Sobre el complejo urbano antiguo, v. referencias de la n. siguiente.

91 Sobre vestigios de complejos termales en Dax, v. B. WAUTIER M. GAUTHIER: Découverte de l’état romain de la Fontaine Chaude de Dax, en [Les] Landes dans l‘histoire. Centénaire de la Société de Borda (1876-1975). Fédération historique du Sud-Ouest. Actes du XXVIIIe Congrí¨s d’í‰tudes Régionales tenu í Mont-de-Marsan et Dax les 24 et 25 Avril 1976, [Dax:] Société de Borda, 1978, pp. 87-110; B. WAUTIER: Premiers résultats des fouilles de l’llot Central í Dax (1978-1979), en “Bulletin de la Société de Borda” (Dax) 104, 1979, 227-55; “Gallia” 21, 196ó, ó51; ó5, 1977, 465s; ó7, 1979, 514s; ó9, 1981, ó94s; en fin, A. GRENIER: Manuel..., t. 4/2, Paris 1960, pp. 414-7.

92 Cfr. Itiner, Anton., Wess. 455, 10; 456, 6; 457, ó.

9ó V. texto relativo a la n. 48. Además, M. BATS —J.-L. TOBIE: Les établissements urbains d’lmus Pyrenaeus (SaintJean-le-Vieux) et de Benehamum (Lesear), en “RPB” 4, 1976, 5-12; M. BATS: Lueurs nouvelles..., part. pp. 12-14; J.-L. TOBIE: Le Pays Basque Nord et la romanisation (Ier siécle avant J.-C. lóe sií¨cle aprí¨s J.-C.), en “Bulletin du Musée Basque” n. 95, 1982, 1-ó6, aquí­ pp. 15-19.

94 Cfr. Itiner. Anton., Wess. 452,6 - 45ó,ó.

95 Cfr. Cí‰SAR: De bel. gal., ó, 27, 1. Cfr. E. HOUTH en F. LOT: Recherches sur la population et la superficie des cités remontant í la période gallo-romaine, t. III, Paris 195ó, pp. 5-ó0. Sobre evidencias de urbanismo altoimperial en la capital de la civitas, v., además, las referencias que recoge M. LABROUSSE en La Gascogne..., p. 5ó.

96 Cfr. R. COQUEAEL: Les découvertes archéologiques de Tarbes (H.P), en “Ogam” 20, 1968, 201-72; ID.: Le centre urbain antique de Tarbes, en L’Urbanisation de I’Aquitaine = Fédération Historique du Sud-Ouest Actes du XXVIIe Congrí¨s d’í‰tudes Régionales. Pau, les 26-27 avril 1975, Pau 1975, pp. 1ó-ó4; E. PEYROUZET: Un bigourdan des temps mérovingiens: le monétaire Taurecus, en “Bulletin de la Société de Sciences, Lettres et Arts de Pau”, 4. sér., 7, 1972, 79-9ó, pp. 79-81; F. LOT: Recherches..., III, pp. 281-ó01, que firma E. HOUTH. Según las conclusiones a que llega R. COQUEREL, no hay dudas de que hubiera un hábitat, por muy modesto que fuese él, con anterioridad a la intervención romana (Le centre urbain..., pp. ó1 y óó).

97 V. supra n. 70

98 Sobre el tema, aparte los trabajos que se referencian en n. 70, v.. J. M. PASCUAL - U. ESPINOSA: Aportación al estudio de las ví­as romanas en el Ebro medio. Desembocaduras del Iregua y del Leza, en “Berceo” n. 101, 1981, 69-88, p. 70 n. 5 y pp. 14s n. 16.; J. M. PASCUAL: La cronologí­a de Varea (Varea, Logroño), en “Cuadernos de Investigación. Historia” 9, 198ó, fasc. 1, pp, 127-ó4; P. GALVí‰: Excavaciones arqueológicas en Varea...; P. GALVí‰ S. ANDRí‰S: Excavaciones arqueológicas en Varea. Tercera campana, en “Cuadernos de investigación. Historia”, t. IX fasc. 1,198ó, 107-19; IID. Hallazgos numismáticos en el yacimiento romano de Varea, en Calahorra..., pp. 69-76.

99 PTOLOMEO: Geogr., 2, 6, 5ó.

100 ibid., 2, 6, 65

101 Ibid., 2, 6, 66

102 Ibid., 2, 6, 10 y 67.

10ó A la luz de los últimos hallazgos, Andelos —a situar en el término municipal de Mendigorrí­a (Nav.)— se está configurando como el enclave de cierta importancia, que daban a suponer las referencias al mismo en PLINIO (Nat hist., ó, 24) y PTOLOMEO (Geogr., 2, 6, 66). Nuevos e importantes testimonios de actividad edilicia, a situar en época de los Antoninos, y una nueva inscripción de notable importancia, la de la placa de bronce dedicada a Apolo Augusto por los aediles Sempronius Carus y Lucretius Martialis (cfr. M. A. MEZQUIRIZ: Placa de bronce con inscripción procedente de Andelos, en Trabajos de Arqueologí­a Navarra 14, 1985, 185s), vienen a añadirse a lo ya conocido (v., sobre todo, en B. TARACENA: Excavaciones en Navarra. Vol. l (1942-1946), Pamplona 1947, pp. 12ós, epí­grafes 2-4 de la colección del autor) y a subrayar el carácter urbano del viejo enclave vascón sobre el que ulteriores excavaciones ya previstas pueden arrojar luces decisivas. A la luz del último epí­grafe hallado, Andelos, si no como de rango municipal (nótese que no es raro el caso de ciudades estipendiarias que documentan la presencia de aediles, quaestores o quinquennales [v. H. GALSTERER: Untersuchungen..., p. 2]), se ofrece cuando menos copiando en alguno de sus rasgos el ordenamiento municipal romano. En cuanto a los citados testimonios de actividad edilicia, señalemos aquí­ lo que los últimos hallazgos han revelado sobre el abastecimiento de agua de Andelos y su sistema hidráulico: presa de recogida de aguas de Iturranduz, gran depósito regulador, acueducto sobre arcadas y presunto castellum aquae... (v. M. A. MEZQUIRIZ en Comentarios al estudio conjunto sobre la presa romana de Consuegra, en “Revista de Obras Públicas” marzo 1984, 194-9, pp. 194-9; M. A. MEZQUIRIZ M. UNZU: De hidráulica romana: el abastecimiento de agua a la ciudad romana de Andelos, en TAN /7, Pamplona 1988, 2ó7-66). Otras referencias en M. A. MEZQUIRIZ: Pavimentos decorados hallados en Andelos, en TAN/5 Pamplona 1986, 2ó7-49; ID.: Mosaico báquico hallado en Andelos, en “Revista de Arqueologí­a” 8, n. 77, sept. 1987, pp. 59-61.; ID.: La ciudad de Andelos. Secuencia estratigráfica y evolución cronológica, en [ler] CGHN, v. II, pp. 517-ó0; ID.: Pavimento de ‘opus signinum” con inscripción ibérica en Andelos, en TAN /10, Pamplona 1991-1992, ó65s; ID.: La ciudad romana de Andelos (Mendigorrí­a), ibid., p. 4ó9, etc.

104 Sobre Imus Pyrenaeus, v. n. 47. Además, J. L. TOBIE: Imus Pyrenaeus et le Pays de Cize. Contribution í I’étude d’un passage pyrénéenn dans I’antiquité, Bordeaux 1971, 115 pp. policop.; ID.: La Mansio d’lmus Pyrenaeus (SaintJean-le-Vieux, Pyr.-Atl.). Apport í l’étude des relations transpyrénéennes sous l’empire romain, en [II] Semana internacional de Antropologí­a Vasca, Bilbao 197ó, pp. 421-ó4, part. 425-ó0; ID.: Le Pays Basque Nord..., part. pp. 914 y 27-ó6; M. BATS 4.-L. TOBIE: Les établissements urbains..., aquí­ pp. 8-10. V. n. siguiente.

105 En lo que respecta a Oeasson, v. J. RODRIGUEZ SALIS J.-L. TOBIE: Terra sigillata de Irún, en “Munibe” 2ó, 1971, 187-221; J. LOMAS: Excavaciones en Santa Marí­a del Juncal, lrún [Guipúzcoa], en ”NAH” 16, 1971, ó99-42ó; I. BARANDIARAN: Irún romano, en “Munibe” 25 197ó, 19-28; ID.: Notas para el estudio de la romanización en Guipúzcoa, en XII CNA, Zaragoza 197ó, 5ó7-52; ID.: Guipúzcoa en la Edad Antigua. Protohistoria y romanización, 2. ed., [San Sebastián] 1976, pp. 7ó-91; I. BARANDIARAN M. A. MARTIN J. RODRIGUEZ SALIS: Necrópolis de Santa Elena, Irún (Guipúzcoa), en “NAH” 5, 1977, 269-74; M. A. MEZQUIRIZ: Notas sobre arqueologí­a submarina en el Cantábrico, en “Munibe” 16, 1964, 24-41; ID.: Un kalathos ibérico, hallazgo submarino en Fuenterrabí­a (Guipúzcoa), en XI CNA, Zaragoza 1970, 515-7, etc. Un resumen de lo aparecido hasta ahora en el Bajo Bidasoa, en M. ESTEBAN DELGADO: El Paí­s Vasco atlántico en época romana, San Sebastián 1990, pp. 85-92., pp. 277-96. A señalar que la relativa fortuna urbana de Imus Pyrenaeus y Oeasson está condicionada en buena medida a los azares de actividad de las zonas mineras en que se inscriben (Arditurri, Banca, Baigorri, etc.), si bien tampoco cabrí­a olvidar su condición de mansiones y, en el caso de Oeasson en particular —y según van poniendo de relieve las crecientes evidencias de infraestructuras portuarias que van apareciendo en las inmediaciones de la iglesia de Sta. Marí­a de Juncal de Irún—, la de ser puerto de mar en la conclusión de una ví­a (sobre el trazado de ésta, v. M. ESTEBAN DELGADO: o. c., 85-92).

106 Lo que sea de la supuesta ceca de Uxama Barca, a la que habrí­a que adscribir diversas emisiones de moneda en lengua celtibérica y escritura ibérica, contamos con al menos dos textos epigráficos en que se hace referencia a la citas como elemento de identificación personal. Cfr. al respecto M. L. ALBERTOS: A propósito de la ciudad autrigona de Vxama Barca, en “EAA” 9, 1978, 281-91. Los restos del asentamiento romano —en el llano, “próximo a una calzada”— habrí­a que situar, en opinión de la autora, en el término llamado “El Manzanal”, correspondiente al pueblo de Osma de Valdegoví­a.

107 Cfr. M. UNZU URMENETA M. J. PEREX: Notas sobre la posible localización de Iturissa (Espinal-Navarra), en [Ier] CGHN, v. ll, pp. 55ó-562; M. J. PEREX M. UNZU URMENETA  : Resumen de las campanas 1986-1987. Emplazamiento de Iturissa, Mansio en la ví­a de Astorga a Burdeos, en TAN /7, 1988, óó5-9; M. J. PEREX: Notas sobre la calzada romana entre Pompaelo e Iturissa (Navarra), en XVIII CNA, Zaragoza 1987, pp. 805-1ó.

108 Las importantes evidencias constructivas que van arrojando los trabajos arqueológicos en curso en el yacimiento alavés de Arcaya han llevado a R. LOZA (Arcaya, una mansión en la calzada, en Museo de Arqueologí­a de Alava, Vitoria 198ó, pp. 161-9) a sugerir la atribución de las mismas a la mansio de Suessatio o Suestassio, que viene documentada en el Itin. Ant. (Wess. 454, 9) y en PTOLOMEO (Geogr., 2, 6, 65). Con ello viene a contradecir lo que vení­an diciendo otros sobre localización de ésta en Armentia u otros lugares próximos (cfr., por ej., C. SANCHEZ ALBORNOZ: De Birovesca a Suessatio (19ó1), en ID.:Vascos y navarros en su primera historia, Madrid 2. ed. 1976, pp. 6ó-8). -Sobre el yacimiento de Arcaya, cfr. P. CIPRí‰S: Marcas y grafitos aparecidos en la terra sigillata hispánica procedente del yacimiento romano de Arcaya (Alava), en “Veleia” 1, 1984, 19ó-216; ID.: La terra sigillata del yacimienfo romano de Arcaya, Vitoria 1987.

109 Cfr. G.-CH. PICARD: La romanisation des campagnes gauloises, en Atti del Colloquio sul tema: La Gallia Romana, promosso dall‘Accademia Nazionale dei Lincei in collaborazione con l‘í‰cole Franí§aise de Rome. Roma 1971, Roma 197ó, pp. 1ó9-50.

110 Nat. hist, ó, 24

111 V. infra n. 1ó2

112 Cfr. M. LAEROUSSE: La Gascogne..., p. 26, para quien las más de las civitates novempopulanas no debieron de superar nunca el rango inferior de civitates stipendiariae; v. asimismo 8. GALSTERER-KRí–LL: Zum ‘ius Latii’..., concret. pp. ó00s quien advierte, referida sobre todo al área céltica, que de ciertas atestaciones de magistrados duunvirales, como las que se recogen en las nn. siguientes, no debiera concluirse sin más que las capitales de los distritos correspondientes gozasen a la sazón del rango jurí­dico de colonias o municipios.

11ó Quienes detectaban trazas de magistrados duumvirales entre los Tarbelli (v. O. HIRSCHFELD: CIL XIII, p. 52) remití­an a CIL XIII 412 —la célebre inscripción de Hasparren, en que Verus se documenta como flamen, duumvir, quaestor y magister pagi— y CIL XIII 407 —epí­grafe miliario hallado en la cima de la Peña d’Escot, en que se habla de los trabajos de reparación de la ví­a, que preside L(ucius) Valerius Ver(a)nus Germ(a)nus o -anianus) como duumvir de su citas-. Pero una nueva interpretación de este último epí­grafe, desarrollada por G. Fabre (v. referencia en J.-L. TOBIE: Le Pays Basque..., p. 20 n. 29), permitirí­a remitirlo a la citas lluro documentada en el miliario de Urdos (cfr. CIL XIII 8894). Sobre evidencias de urbanismo romano en la capital de los Tarbelli, v. referencias de las nn. 90-91.

114 Cfr. CIL XIII 407 y lo que en punto a su interpretación se dice en la n. anterior

115 Cfr. CIL XIII 511, que habla de un ordo Lactoratium. Un texto epigráfico, a datar de los dí­as de Trajano (CIL V 875), habla también de un procurator Provinciarum Lugduniensis et Aquitanicae item Lactorae, que vigilarí­a, desde sus oficinas de esta última localidad, la percepción de los impuestos entre los pueblos al Sur del Garona (v. al respecto O. HIRSCHFELD: CIL XIII, pp. 54 y 65). En fin, cuando se trata de recoger los indicios delatores del camino realizado por Lactora en orden a atemperar su ordenamiento interior y sus formas de vida a las de un municipio romano, no cabe olvidar la serie de veintidós altares taurobólicos y criobólicos, localizada en Lectoure (CIL XIII 504.525), “una de las más bellas y completas de todo el mundo romano” (cfr. M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. 46). Sobre evidencias de urbanismo romano en la capital de los Lactorates, v. referencias de la n. 79.

116 Cfr. CIL XIII 9, que documenta la presencia de duoviri entre los Consoranni (v. comentario de O. HIRSCHFELD: ibid., p. ó).

117 Aquí­ hay que hacer referencia a la inscripción de la placa de bronce dedicada a Apolo Augusto por los aediles Sempronius Carus y Lucretius Martialis (cfr. M. A. MEZQUIRIZ: Placa de bronce...). Sobre vestigios de urbanismo romano en Andelos, v. referencias de la n. 10ó.

118 En el caso de Cara, nada sabemos de atestaciones de magistrados duunvirales o de otros cargos caracterí­sticos de los municipios latinos o romanos. Lo que no es óbice para que lo traigamos aquí­ como expresivo de esas comunidades urbanas que, si no obtienen -que sepamos- un estatuto privilegiado, no por eso dejan de evidenciar menos el camino hecho para adecuar su organización interior a las formas de tales municipios. Ante todo, hay una serie de epí­grafes miliarios (cfr. CIL Il 4906 y L’ Année Epigraphique 1971, 201 [intento de restitución por J. GOMEZ-PANTOJA: Nuevas inscripciones romanas..., 24-6]) que relacionan a Cara como punto de partida de una ví­a, y han aparecido justamente en las cercaní­as de Santacara (v. C. CASTILLO, J. GOMEZ-PANTOJA, M. D. MAULEON: IRMN, pp. 15 y 42). No falta, por otro lado, un testimonio epigráfico que habla de una flamí­nica carense (CIL II 4242). Sobre vestigios de urbanismo romano en Cara -que acaso no ha deparado aún las evidencias de estructuras urbanas, que hacen esperar las no pocas referencias tanto literarias como epigráficas que subrayan su antigua importancia (v. A. BALIL: La arquitectura..., pp. 119 y 124)—, v. en la n. 74.

119 V. infra n. 1ó1.

120 Cfr. ILTG 59; PTOLOMEO: Geogr., 2, 7, 22 (1ó). En ESTRABON (4, 2, 2) figura todaví­a como de derecho latino.

121 Cfr. P. WUILLEUMIER: ILTG p. 18, donde se hallarán las referencias bibliográficas pertinentes; añádase R. MAY: Saint-Bertrand-de-Comminges..., pp. ó6s. Sobre evidencias de urbanismo romano en Lugdunum C., v. referencias de la n. 80.

122 Cfr. ClL XIII 546. A señalar, en cambio, que Elusa es ignorada del todo por Estrabón y Ptolomeo

12ó Cfr. O. HIRSCHFELD: CIL XIII, p. 72. La atribución del tí­tulo a Severo Alejandro no pasa de ser una plausible conjetura, y se basa en el hecho de que se documentan en la civitas dos epí­grafes (v. CIL XIII 544 y 545) dedicados por los Elusates a Severo Alejandro y a su madre. Señalaremos, en fin, que en el citado CIL XIII 546 y en CIL XIII 548 se habla, además, del ordo decurional en relación con Elusa, y en éste último, de duumviros. Sobre vestigios de urbanismo romano en Elusa, v. referencias de la n. 95.

124 Nat. hist., 4, 110

125 Sobre vestigios de urbanismo romano en el lugar, v. referencia de la n. 77 ó8 EL HECHO URBANO ANTIGUO EN EUSKAL HERRIA Y EN SU ENTORNO CIRCUMPIRENAICO

126 Cfr., por ej., A. GARCIA Y BELLIDO: Las colonias romanas..., pp. 505s

127 Cfr. H. GALSTERER: Untersuchungen..., p. 48 nota 87.

128 Nat. hist., ó, 24

129 Sobre evidencias de urbanismo romano en Calagurris, v. referencias de la n. 86

1ó0 Sobre vestigios de urbanismo romano en Alfaro (Graccurris), v., además de las referencias de las nn. ó7 y ó9, J. C. HERRERA BELLED: Las contramarcas de la ceca de Graccurris, en [II] Coloquio sobre historia de La Rioja..., pp. 18ó92.

1ó1 PLINIO: Nat. hist., ó, 24.

1ó2 Cfr. ClL II 2960. Según señala H. GALSTERER (Untersuchungen..., p. 2 nota 1ó), el hecho de que una comunidad urbana —como Pompaelo en la inscripción cit— documente magistrados duunvirales o illlviri es suficiente indicio (“Regei” ohne Ausnahme) en Hispania para suponerle un estatuto privilegiado. Lo que no valdrí­a, emparo, para otros ámbitos, pues que B. GALSTERER-KRí–LL señala la presencia de duoviri en civitates del área céltica no constituidas en municipios o colonias de derecho latino, aunque sus moradores gocen a tí­tulo individual de la ciudadaní­a latina (Zum ‘ius Lati”..., pp. 281, 284s, 289, 299-ó01...). Sobre vestigios de urbanismo romano en Pompaelo, v. referencias de la n. 7ó.

1óó V. al respecto U. ESPINOSA A. Pí‰REZ RODRIGUEZ: Trintium Magallum..., part. p. 77-85. Se remiten a CIL ll 2892, que hace referencia a un gramático asalariado por la respublica Tritiensium, y, sobre todo, a CIL ll 4227, referido al flamen Titus Mamilius Silo cuyo cursus honorum señala que, antes de acceder al flaminato, habí­a desempeñado todos los cargas en su república (omni[bus] honorib[us] in R[e] P[ublica] sua functo...). Conviene observar, empero, que la fórmula omnibus honoribus in r, p. sua functus puede encontrarse en el cursus honorum de magistrados de civitates que nunca accedieron al rango municipal, al decir de B. GALSTERER-KRí–LL (Zum ‘ius Lati..', pp. 298s, ó04). En todo caso, los epí­grafes a que se remiten U. Espinosa y A. Pérez han de ser interpretados a la luz de lo que por otras ví­as conocemos sobre Tritium —que, no se olvide, ha arrojado sobre la quincena de inscripciones en su suelo, de las que cinco referidas a soldados de la Legio VII Gemina (v. al caso M. NAVARRO : Una guarnición de la Legión VII Gémina en Tritium Magallum, en “Caesaraugusta” 66-67, 1989-1990, 217-25)— y, sobre todo, a la luz de lo que las modernas investigaciones van revelando sobre los talleres riojanos de producción de sigillata hispánica, de los que uno de los más renombrados y cuya actividad se prolonga desde la segunda mitad del s. I hasta el IV inclusive, se localiza justamente en Tricio y su entorno inmediato (v. T. GARABITO: Los alfares romanos riojanos. Producción y comercialización, Madrid 1978; L. C. JUAN TOVAR: Los altares de cerámica sigilata en la Pení­nsula Ibérica, en “Revista de Arqueologí­a” 5, 1984, n. 44, pp. ó2-45; U. ESPINOSA: Riqueza mobiliaria y promoción polí­tica: los Mamilli en Tritium Magallum, en “Gerion” 1988, 26ó-71; E. W. HALEY: Roman elite involvement in commerce: the case of the spanish TT. Marnilli, en “AEA” 61, 1988, 141-56; T. GARABITO; M. E. SOLOVERA; D. PRADALES: El alfarero Segius Tritiensis, en “Gerión”, Anejos II: Estudios sobre la Antigí¼edad en homenaje al profesor Santiago Montero Diez, Madrid 1989, pp. 441-59). La promoción jurí­dica de Tritium Magallum se inscribirí­a en el marco de las profundas transformaciones que en lo socioeconómico experimenta la localidad riojana al calor de los intereses que suscita la industria alfarera, una de cuyas consecuencias inmediatas vendrí­a a ser la inmigración de gentes vinculadas a la misma, algunas del Sur de la Galia. Sobre vestigios de urbanismo romano, v. U. ESPINOSA-A. Pí‰REZ RODRIGUEZ: Tritium Magallum..., part. pp. 74s.

1ó4 Cfr. ESTRABON 4, 2, 2. Sobre vestigios de urbanismo en Elimberris (Auch), v. supra n. 78

1ó5 Cfr. ESTRABON 4, 2, 2. Referencias sobre vestigios de urbanismo romano en Lugdunum Convenarum, en n. 80

1ó6 Sobre casos de otras civitates novempopulanas que documentan duunviros u otras magistraturas caracterí­sticas de los municipios latinos o romanos, v. lo que decimos supra nn. 112-116, referido a Aquis Tarbellicis, lluro, Lactora y los Consoranni

1ó7 Cfr. J. CARO BAROJA: Los vascones..., pp. ó5-51; J. J. SAYAS: Consideraciones históricas sobre Vasconia en época bajoimperial, en [La] Formación de Alava..., t. I, pp. 481-510, aquí­ 491s y, sobre todo, nn. 5ós; ID.: El poblamiento romano.. part. pp. ó00-ó. Etc.

1ó8 Cfr. A. CASTIELLA: La Edad del Hierro...; A. LLANOS: Urbanismo y arquitectura en el primer milenio antes de Cristo, en [El] Hábitat en la historia de Euskadi, Bilbao 1981, pp. 49-7ó; J. J. SAYAS: El poblamiento romano..., pp. 289-94, en quienes cabe encontrar ulteriores referencias bibliográficas.

1ó9 Cfr. H. BELLEN: s. v. Synoikismos, en K. ZIEGLER, W. SONTHEIMER u. H. GAERTNER (eds): Der kleine Pauly. Lexikon der Antike, auf der Grundlage von Pauly’s Realencyclopadie der classischen Altertumswissenschaff unter, Mitwirkung zahlreicher Fachgelehrter bearbeitet und herausgegeben von —, 2. ed., Mí¼nchen 1979, t. V, CC. 457s. V. luego J. CARO BAROJA: Organización social..., pp. 99-105 y 126-ó0.

140 Geogr., 2, 6, 5ó, 55, 65-67.

141 Para el caso de Lugdunum Convenarum, v. R. MAY: Saint-Bertrand-de-Comminges..., p. 4ó; por el resto, M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. óó.

142 V. al respecto el artí­culo de G.-CH. PICARD: La romanisation...

14ó Cfr. la Notitia Provinciarum et civitatum Galiae, 14, y las suscripciones del sí­nodo de Agde de 506 (edic de C. MUNIER en CC, series latina, t. 148, pp. 21ós).

144 La excepción parece ser la civitas Tarba, en que el oppidum de Saint-Lézer —el castrum Bigorra de la Notitia Provinciarum citada (14, 11)— retiene, como en los viejos tiempos, frente a la capital polí­tica y administrativa de la civitas, sus preminencias de orden religioso (cfr. E. PEYROUZET: Un bigourdan..., part. pp. 79-86).

145 V., por ej., CIL XIII 5 y 412. V., respecto de éste —el célebre epí­grafe de Hasparren—, J. CARO BAROJA: Estudios vascos, S. Sebastián 197ó, p. 299. El magister pagi serí­a uno de los poseedores más distinguidos de los fundi y villae que se repartí­an el territorio de un valle, entendido como circunscripción tí­picamente rural.

146 Cfr. PLINIO: Nat. hist., 4, 110; PTOLOMEO: Geogr., 2, 6, 9. Por lo que respecta a Iturissa, v., de todas formas, las referencias de la n. 107.

147 V. I. BARANDIARAN: Guipúzcoa..., pp. 89 y 114s; J. RODRIGUEZ SALIS J.-L. TOBIE: Terra sigillata..., pp. 205. No parece descabellado relacionar el declive urbano de Oeasson con el agotamiento de los yacimientos de galena de Arditurri, que era, por las trazas, lo único que interesaba al colonizador romano (v. F. GASCUE: Los trabajos mineros romanos de Ardilurri[Oyarzun], en “Revista Internacional de Estudios Vascos” 2, 1908, 465-7ó., aquí­ pp. 468s).

148 Cfr. M. BATS - J.-L. TOBIE: Les étabiissements..., p. 10; J.-L. TOBIE: La “Mansio”..., pp. 4ó0s; ID.: Le Pays Baque..., p. ó5. También aquí­ parece posible relacionar el declive de Imus Pyrenaeus a partir de finales del s. ll con la baja de actividad o el abandono de las explotaciones mineras de Banca y Baigorri.

149 Cfr. J. M. SOLANA: Autrigonia.... pp. 458s

150 Es el caso de Oeasson que vuelve a citar el ANONIMO DE RAVENA por dos veces: como punto terminal de una ví­a que recorre la fachada atlántico-cantábrica (IV, 4ó), y como punto de arranque de otra que a través de Alantune y Alba enlaza con la Ab Asturica-Burdigalam del Itin. Ant. (IV, 45). En ambos casos aparece, empero, como Ossaron.

151 Cfr. A. BLANCHET: Les enceintes romaines de la Gaule, Paris 1907, pp. 192-4; A. GRENIER: Manuel d’archéologie..., t. I, Paris 19ó1, p. 425, etc. Habrí­a que relacionar tales obras de fortificación con lo que a fines del s. IV revela la Notitia dignitatum (Occ. XLII, 19) sobre presencia de una cohorte —la Novempopulana— destacada en Laburdo.

152 V. el texto del tratado de Andelot de 587 (GREGORIO DE TOURS: Hist Franc., IX, 20). Hay otra referencia -no en exceso significativa- de SID. APOLINAR, en que alude a las “lucustae Lapurdenses” (Episl VIII, 12 7).

15ó Cfr. M. ROUCHE: L’Aquitaine des Wisigofhs aux Arabes (418-781). Naissance d’une région, Paris 1979, pp. 88s (v., sobre todo, n. 18 en pp. 504s) y 272. El autor, que arguye entre otras cosas la ausencia de sede episcopal en Lapurdum, estima “purement fictive” una civitas que habrí­a tenido su capital en dicho emplazamiento.

154 Cfr. L. MICHELENA: Apellidos..., n. 246. V., en cualquier caso, A. RODRIGUEZ COLMENERO M. C. CARREí‘O: Epigrafí­a vizcaina. Revisión, nuevas aportaciones e interpretación histórica, en “Kobie” n. 11, 1981, 81-1ó7, aquí­ pp. 81 y 142s, en que, refiriéndose a la zona de Forua, se pronuncian por la existencia en la misma de “un núcleo romano de relativa importancia”; sólo que, según se expresan más adelante, “resulta sospechoso [...] que las únicas muestras epigráficas recogidas en el lugar pertenezcan al siglo I y primeros años del segundo”, lo que, según ellos, serí­a el indicio de que el impulso urbanizador de los Flavios apenas tuvo continuidad en la zona. Sobre los trabajos en curso en Foruade momento, con resultados que no parecen imponer cambios sustanciales en la valoración global del complejo arqueológico-, v. informes de las sucesivas campañas en los números correspondientes de Arkeoikuska. Investigación arqueológica (Vitoria ): así­, de 1984 (pp. 66-8), 1989 (pp. 66s) y 1990 (pp. 51s); v. item M. UNZUETA A. MARTINEZ SALCEDO: Avance de la II campaña de excavaciones en el yacimiento romano de Forua (año 1984), en “Kobie” n. 14, serie Paleoantropologí­a, 1984, 557s.

155 J. ARCE insiste sobre la necesidad de matizar cierto tipo de literatura apocalí­ptica en punto a los desastres de la época de las invasiones (El último siglo de la España romana: 284-409, Madrid 1982, pp. 162, 164). Pero aún así­ no parece que nuestra afirmación —referida concretamente a un área en que el posible efecto desestabilizador de las invasiones se verá doblado por el de la subsiguiente agitación bagaude— pueda en modo alguno ser tachada de aventurada. V., concretamente, para el caso novempopulano M. LABROUSSE: La Gascogne..., p. 50.

150 Cfr., por ej., PRUDENCIO: Perist,, I, 7-12 y VIII; GREGORIO DE TOURS: in gl. mart., 11 y 7ó; ID.: In gl. confes., 48-50, 8ó.

157 Sobre las expresiones —siquiera literarias— de ese urbanismo tardoantiguo, y concretamente en el área novempopulana, v. M. LABROUSSE: La Gascogne..., pp. 49s y, sobre todo, M. ROUCHE: L’Aquitaine..., pp. 268-77, con las pertinentes referencias bibliográficas; para el lado cispirenaico, v. L. A. GARCIA MORENO: La cristianización de la topografí­a de las ciudades de la Pení­nsula ibérica durante la Antigí¼edad tardí­a, en “AEA” 50-51, 1977-1978, ó11-21; para Calagurris, U. ESPINOSA: Calagurris..., pp. 222-6.

158 Cfr. M. ROUCHE: L’Aquitaine..., pp. 261-8, que insiste, empero, en que hay que matizar ciertas afirmaciones excesivamente generalizadoras, y prefiere hablar de cambios o transformaciones en el hecho urbano antiguo, más que de decadencia o extinción; v. item M. LABROUSSE: La Gascogne..., pp. 49s.

159 Cfr. C. SANCHEZ ALBORNOZ: Ruina y extinción del municipio romano en España e instituciones que lo reemplazan, Buenos Aires 194ó; J. M. LACARRA: Panorama de la historia urbana en la Pení­nsula Ibérica desde el siglo V al X, en Settimane di Studio del Centro italiano di Studi sull'Alto Medioevo, Spoleto 1959, pp. ó19-415. V., en fin, A. BARBEROM. VIGIL: Sobre los orí­genes..., pp. 90-2.

160 Si se hace abstracción, claro, de las fantasmales apariciones de algunas viejas mansiones en el Anónimo de Ravena : caso de Cara, bajo la forma Carta en el trazado de una ví­a de Caesaraugusta a Iturisa (IV, 4ó); o de Veleia, bajo la forma Belegia, en una larga ruta de Ossaron (la vieja Oeasson) a Emerita Augusta (IV, 45). Sobre Ossaron, v. n. 150.

161 Por lo que hace a Lapurdum, v. nn. 152s. Las otras localidades vienen citadas en la carta del papa Hilario al arzo bispo Ascanio de Tarraco (ed. E. FLOREZ: España Sagrada, t. 25, Madrid 1859, pp. 196-8)..

162 Apenas cabrí­an dudas para el caso de Calagurris, documentada como ciudad episcopal y punto de peregrinaciones desde fines del s. IV (cfr., por ej., PRUDENCIO: Perist,, I, 7-21; VIII; XI, 2, 127 y 179), y que, según todas las trazas —y no obstante las sombras que parece proyectar sobre su auténtica dimensión urbana la correspondencia poética de Ausonio y Paulino (v. AUSONIO: Epist. 29, part. vv. 56-59 y Epist ó1 (PAULINI Epist X), vv. 221.2ó1...)—, acierta a mantener su rango en las décadas siguientes (v. el dossier relativo al affaire del obispo Silvano en E. FLOREZ: España Sagrada, 25, Madrid 1859, pp. 192-200; v. luego K. LARRAí‘AGA ELORZA: En torno al caso del obispo Silvano de Calagurris. Consideraciones sobre el estado de la Iglesia del alto y medio Ebro a fines del imperio, en “Veleia” 6, 1989, 171-191) y durante el perí­odo visigótico (v. M. V. ESCRIBANO: La iglesia calagurritana entre ca. 457-465. El caso del obispo Silvano, en Calahorra..., pp. 265-72; U. ESPINOSA: Calagurris..., pp. 259-ó10, etc.). Tampoco cabrí­an excesivas dudas para el caso de Turiasso que, documentada como sede episcopal desde el 449 (v. HIDACIO 141), es mentada en la citada epí­stola del papa Hilario al arzobispo Ascanio, y durante el perí­odo visigodo se señala entre las ciudades de rango episcopal (cfr. BRAULIO: Vita S. Emiliani, 12; item las firmas de los Concilios Visigóticos V, VI, XIII, etc., de Toledo). Tampoco habrí­a que apurar en exceso los términos en el caso de Aquis Tarbellicis y tal vez de Beneharnum, al documentarse uno y otro como sedes episcopales desde el concilio de Agde de 506, ser mencionado el segundo de ellos en el tratado de Andelot de 578 (v. n. 152) y continuar luego figurando —con cierta regularidad, Aquis; menos, Beneharnum— en las suscripciones de los concilios galos (cfr. L. DUCHESNE: Fastes épiscopaux de l’ancienne Gaule, t. II, 2. ed., Paris 1910, pp. 97 [Dax] y 100 [Lescar]). Las dudas sobre Pompaelo obedecen sobre todo a su situación en el corazón mismo del movimiento insurreccional bagáudico y a lo tardí­o y esporádico (¿atí­pico también?) de su acreditación como sede episcopal (v. al respecto J. M. LACARRA: Historia polí­tica del Reino de Navarra desde sus orí­genes hasta su incorporación a Castilla, v. I., Pamplona 1972, p. 26 y, sobre todo, A. BARBERO — M. VIGIL: Sobre los orí­genes..., p. 79). Sobre el tema de las confinidades y discontinuidades en el hecho urbano de época tardí­a del área vascona, cfr. J. CARO BAROJA: Los vascones..., pp. 109-12.

16ó Sobre tales transformaciones de la ciudad en la Antigí¼edad tardí­a, si bien referidas a un lapso temporal más amplio que el aquí­ contemplado, v. M. ROUCHE: L’Aquitaine..., pp. 261-8 y nn. pp. 614-20, en que se hallarán referencias bibliográficas pertinentes. Rouche, en su examen pormenorizado del caso aquitano, insiste sobre todo en la consideración de los elementos que permiten hablar, según él, de la esencial continuidad del hecho urbano antiguo en sus rasgos más definitorios (instituciones municipales, y un entorno monumental de mayor o menor empaque como marco para el desempeño de las funciones o profesiones más intimamente ligadas al hecho urbano). Lo que no obsta a que, en una consideración del fenómeno a escala más reducida, pase a poner de relieve las sensibles diferencias que se hacen notar entre áreas y áreas de la Aquitania, y a que, refiriéndose concretamente a la zona entre el Garona y los Pirineos, se vea obligado a reconocer que el balance de las ciudades que en la misma aseguran su pervivencia altomedieval es catastrófico (sic) (ibid., p. 276). Sobre las transformaciones sufridas por la ciudad tardoimperial en las Galias bajo influencia cristiana, v. í‰. GRIFFE: La Gaule chrétienne í l’époque romaine, III: La cité chrétienne, Paris 1965. Sobre ciertos aspectos de la evolución ideológica subyacente al nuevo concepto de urbanismo tardoimperial -tal como pueden ser objetivados a través del análisis de un poeta ligado al ámbito vascón-, v. G. GARCIA HERRERO: Del municipio pagano al municipio cristiano. Rasgos en las obras de Aurelio Prudencio, en Calahorra..., pp. 217-24 (el autor insiste en la incidencia que las nuevas coordenadas ideológicas de inspiración cristiana habrí­an tenido sobre una serie de actividades netamente urbanas y comunitarias —cultos paganos, juegos circenses, representaciones teatrales, baños públicos, etc., de inmemorial tradición urbano-romana— que serán en general relegadas en la nueva situación, barridas por la ascendente marea de una nueva sensibilidad religiosa, vuelta hacia lo escatológico, y que insiste consecuentemente en el valor del ascetismo y de la renuncia a los placeres y ventajas materiales —incluidas las que comporta la vida comunitaria en el marco de la urbe— como forma de catarsis contra el contagio del mal) (v. sobre todo esto, además, M. MARTIN CAMINO: Los espectáculos públicos en la Calahorra de Prudencio, en Calahorra..., pp. 225-ó6 y A. YELO TEMPLADO: El ascetismo en la Calahorra de Prudencio, en Calahorra..., pp. 27ó.6.).

164 En el área son conocidos los casos de Silvano de Calagurris (v. U. ESPINOSA: Calagurris..., pp. 291-ó01) y de Orientius, de la civitas Ausciorum (v. M. ROUCHE: L’Aquitaine..., p. ó1).

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