Laliena1993

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Sancho el Mayor y su tiempo

Hace ya bastante tiempo que el reinado de Sancho III el Mayor es con- siderado un período clave en la interpretación de las transformaciones del panorama político de los reinos hispanocristianos en la Alta Edad Media. Aunque es dudoso que esta perspectiva fuera compartida por sus suceso- res de fines del siglo XI', el afán de los historiadores por remontar los orí- genes ha desembocado con frecuencia en este monarca, antes del cual la pobreza de la documentación apenas permite profundizar en la investigación. La desintegración del califato cordobés, que convirtió a cristianos y musulmanes en mutuos espectadores de sus respectivas turbulencias inter- nas, favorece este atractivo, puesto que al permitir a Sancho III intervenir en todos los problemas de los principados vecinos le convierte en sujeto de discusión de uno de los problemas centrales de la historiografía españo- la de mediados de este siglo: la unidad hispana frente a la evidencia de su pluralidad de estados. Incluso aunque este planteamiento adquiera hoy perspectivas muy diferentes y los historiadores que lo defendían gocen de un crédito limitado, lo cierto es que han transmitido la imagen de rey fun- dador asociada a Sancho III que conservamos sin casi discusión.

En consonancia con esta concepción del monarca navarro, existe un razonable volumen de estudios de su reinado que suelen incidir en aspec- tos muy similares, aunque con amplias diferencias de matiz2, que por tan- to, pueden considerarse como cuestiones incorporadas más o menos defi- nitivamente a nuestros conocimientos.

1. La primera de ellas es el relativo pacifismo mostrado por Sancho III ante los musulmanes. Los avances territoriales son mínimos y tienen un carácter de rectificaciones fronterizas. La gran época de la reconquista está todavía por comenzar n3.

2. Las relaciones de Navarra con Castilla -desde 1019- y con León -des- de 1028- se definen por la aspiración de Sancho de ampliar su dominación en los territorios occidentales, dominación que tiene un muy limitado eco militar y es el resultado de procesos de convergencia de las aristocracias regionales en torno a un rey fuerte, con alianzas prestigiosas y capacitado para repartir beneficios. La insistencia de A. Ubieto en la caracterización como feudales -en el sentido de feudovasalláticas- de las vinculaciones entre los grandes magnates -incluídos el conde castellano y el rey leonés- y Sancho el Mayor, es probablemente correcta en líneas generales n4.


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3. Parecidas discusiones han suscitado los nexos con Gascuria y el con- dado de Barcelona, a partir de suscripciones documentales en las que el rey afirma su dominio en estas tierras. Con ellas, ^nicamente puede pen- sarse en la posibilidad de la existencia de acuerdos con sus gobernantes que justificaban esta prepotencia cancilleresca, más efectivos, en todo caso, los establecidos con el principado gascón5.

4. La división del reino en 1035 es otro de los problemas que suele explicarse con dificultad. A. Ubieto ha insistido con vigor en la continui- dad de la potestas regalis en manos de García de Nájera, que equivale a la pervivencia de la unidad, sólo rota por los enfrentamientos entre los her- manos desde 1038. La entrega a Fernando del condado de Castilla era una concesión inevitable a la tradición independiente castellana, que se conso- lidó tras el acceso al trono leonés del nuevo rey, en pie de igualdad desde entonces con su hermano. Las donaciones a Ramiro y Gonzalo afectaban sólo a una participación en "los bienes, rentas y derechos del padre", sin incluir soberanía alguna6. Recientemente, A.W. Lewis ha resaltado la incomprensión de los historiadores hacia estas prácticas que parecen debi- litar las monarquías, y ha serialado que, por el contrario, estas divisiones son un elemento fundamental de la sucesión del rey y se explican en fun- ción de las estructuras de la familia real, que no son divergentes respecto a las de las grandes familias nobiliarias o principescas'. Tampoco creo que deba caber ninguna duda de que concesiones como la efectuada a Ramiro, y que está perfectamente documentada, implicaban el ejercicio de un poder independiente, al margen de los problemas de las titulaciones en las incipientes cancillerías.

5. Sancho III disfruta también de un razonable crédito como reorgani- zador de los monasterios de su reino. El eje de la reforma consistió en la introducción de la regla benedictina, probablemente hacia 1025-1028, sugerida por los contactos establecidos por el soberano con santuarios del sur de Francia y, en especial, con Cluny, lo que no significa un nexo direc- to entre los monasterios regulados y el ordo cluniacense8.

6. Lo cual nos lleva a un último aspecto general: Sancho III impulsa una "europeización" de su reino, es decir, es el primer monarca del que tenemos indicios de relaciones con principes ultrapirenaicos; adopta modelos de organización del poder europeos -"feudales"-; y se comporta con la iglesia navarro-aragonesa de acuerdo a criterios semejantes a los de otros dirigentes políticos contemporáneos suyos. Su propio hijo, García, peregrina a Roma, en la línea de Roberto II o Guillermo de Aquitania, por citar sólo dos ejemplos9. No es mucho para treinta arios de un reinado desarrollado a lo largo de una etapa que se intuye densa en transformaciones sociales, como es la pri- mera parte del siglo XI. Este trabajo pretende ampliar esta serie de proble- mas con una chestión crucial: las relaciones entre el rey y el grupo dirigente nobiliario'°. Más exactamente, cómo se transforma la élite aristocrática navarro-aragonesa, cuáles son las causas del cambio y cuál es su imbrica- ción en el gran despliegue de la nobleza feudal que sigue al ario Mil.

Fidelidades vasalláticas: la aparicion de las honores

La suscripción en los documentos reales por algunos miembros de la aristocracia es un hecho diplomático conocido desde hace tiempo y cuyas implicaciones institucionales fueron sistematizadas por J.M. Lacarra en 1968, sin que las aportaciones puntuales posteriores hayan revisado el valioso esquema trazado por este autor ". Estas suscripciones se caracteri- zan por indicar explícitamente la honor que posee cada uno de estos per- sonajes, adscrita a un castillo o un fisco real, un dominio del rey. La fór- mula habitual es, como muestra un texto de 1033, Furtunius Sangez in Fal- zes; Garsea Furtuniones in Funis; Eximino Garcez in Uno castello...., aun- que son posibles otras, como dominator o incluso senior Semeno Gar- cez de Sos et de Boltania Bono Patre de Naiera, etcétera". En expresión de J.M. Lacarra, la honor es "una concesión beneficiaria típica de Aragón y de Navarra en sentido técnico, es un bien entregado por el rey para la prestación de servicios nobiliarios"". A pesar de las reticencias del voca- bulario, parece claro que es un concepto razonablemente equivalente al de feudo. Las implicaciones de una definición de este tipo serán examina- das más adelante, puesto que inicialmente conviene analizar el momento de la aparición de este modelo de relación entre los seniores y el rey, que gira alrededor de estos beneficios.

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Esta cronología sólo puede ser establecida a partir de los documentos elaborados en la cancillería real, lo que plantea buen n ^mero de dificulta- des. La primera de ellas es la carencia de una edición fiable de las actas de Sancho el Mayor. Además, las conclusiones dependen mucho de argumen- tos establecidos a partir de usos diplomáticos, que son siempre desespe- rantemente parcos y ambiguos.

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Las relaciones ultrapirenaicas de Sancho el Mayor

La argumentación desarrollada en los párrafos anteriores sugiere que el desarrollo del sistema de honores en Navarra y Aragón es resultado de una estrategia compartida por Sancho III y un puriado de sus magnates, que les lleva a asimilar fórmulas de recompensa vasallática tal y como se estaban configurando en algunos principados francos. Quizá convenga insistir en que, en principio, esto no supone una disolución del poder p^blico, que tampoco implica una señorialización de las comunidades campesinas -que se retrasa hasta 1100, como mínimo-, y que la estructura de esta sociedad hispanocristiana se adecuaba sin dificultad especial al impulso jerarquizador que se le imponía. Esta asimilación de carácter europeo ha sido generalmente reconocida", aunque sin precisar sus térmi- nos: desde J. Pérez de Urbel, todos los historiadores citan las alusiones de Ademar de Chabannes, Ra^l Glaber y Jotsaldo, que ponen de relieve las relaciones de Sancho III con Guillermo de Aquitania, Roberto el Piadoso y Odilón de Cluny. Una revisión de estos contactos, insertándolos en la compleja coyuntura del inicio del siglo XI, puede ofrecer una nueva pers- pectiva de los problemas que planteamos.

Ademar de Chabannes describe, en el Libro tercero de su Crónica, cómo fue descubierta en Saint Jean-d'Angély, en Saintonge, la cabeza de San Juan Bautista, reliquia naturalmente, muy prestigiosa. Guillermo el Grande, al regreso -dice- de pasar la Pascua en Roma, ordenó que la pieza fuera exhibida, lo que trajo consigo "que acudieran el rey Roberto y la rei- na, el rey de Navarra, el duque de Gascuria, Sancho, Eudes de Champaria, condes y principes, con obispos, abades y toda la nobleza de sus tierras"". La importancia del acontecimiento hizo que incluso el abad Josfredo de San Marcial de Limoges y el obispo de esta ciudad, Geraldo, se desplaza- ran con los restos de los santos Marcial y Esteban para honrar la nueva reliquia. Las festividades religiosas se celebraron en octubre y culminaron con las donaciones efectuadas por los monarcas: Roberto II ofreció un espléndido plato de oro y Sancho III entregó suficiente plata para cubrir el relicario. Excepto para Roberto y Guillermo de Aquitania, no tenemos una garantía completa de que los demás principes coincidieran en el transcur- so de su peregrinación, pero la probabilidad es bastante alta;. de hecho, más que para exaltar el hallazgo de una reliquia que el propio Ademar considera dudosa, la reunión tiene el aspecto de una verdadera cumbre política que involucra a tres de los más grandes principados franceses de la época y a sus aliados, que distaban de ser insignificantes: el duque gascón dominaba desde las fronteras de Toulouse hasta Burdeos y Sancho el Mayor, de Ribagorza a Castilla. Con todo, los protagonistas eran, sin duda, el rey de Francia y el duque de Aquitania, alrededor de los cuales se alineaban Eudes II de Blois-Champaria, que era un aliado tradicional del soberano capeto, mientras podemos considerar que Sancho-Guillermo de Gascuria y, en menor medida, Sancho III se situaban en la esfera de Gui- llermo el Grande. Es importante, por lo que sugiere, la ausencia de un enemigo encarnizado de los condes de Blois y Poitiers, como era Fulco Nerra, conde de Anjou, a pesar de su relación con la dinastía real. Es difí- cil creer que esta asamblea no tuviera implicaciones políticas, especial- mente respecto a los intereses del rey francés en el Midi, que están siendo paulatinamente reivindicados por C. Lauranson-Rosaz". Para situar mejor el entramado de cuestiones que se anudan en torno a esta peregrinación, es necesario intentar fijar su cronología, en absoluto clara hasta el momento. C. Pfister fue el primero en serialar la fecha de 1010, que, por ser la adoptada por el editor de la crónica de Ademar, se ha convertido en la más frecuentemente seguida. El fundamento para esta atribución, sin embargo, parece muy escaso", por lo que se han sucedido las hipótesis tampoco demasiado contrastadas: A. Richard se decanta por 1014, al igual que P. Boissonade, mientras F. Brisset lo hace por 101652. La presencia del obispo de Limoges, Geraldo, consagrado el 19.XI.1012 y fallecido entre ocho y diez arios después -1020/1022-, ofrece un primer abanico de fechas que puede concretarse mucho más si atendemos a la mención de Eudes II como conde de Champaria, puesto que, si bien este personaje es conde de Blois desde 1004, sólo adquiere el grupo de condados asociado al de Tro- yes que le calificaba como tal en 1019.

Finalmente, el itinerario de Roberto II, que le lleva desde la cuaresma de este año hasta semana santa del siguiente en una majestuosa peregrinación por diversos santuarios meridionalesm, obliga a proponer el otoño de 1020 como la fecha más pro- bable para el encuentro entre los principes de la Francia occidental y San- cho III. De nuevo 1020, un momento de inflexión en las aspiraciones de los estratos nobiliarios feudales por consolidar su independencia en todo el Midi francés y Cataluña. Independencia construída en abierta rebelión contra los principes territoriales y en resuelta competencia interna, en medio de una violencia que reconocía pocos frenos. Entre ellos, la Paz de Dios, iniciada a fines del siglo X, y promovida por Guillermo de Aquitania desde 1011/1014, cuando reune un concilio en Poitiers para "restaurar la paz y la justicia" que, ante todo, intenta desviar en su favor las iniciativas episcopales para coartar la agresividad de su propia nobleza. Hacia 1021/1022, Roberto II se encamina decididamente por la misma via, pues- to que un concilio reunido en Verdun-sur-le-Doubs, que cuenta con la participación de obispos fieles al rey, así como todo el episcopado borgo- ñón, sanciona la Paz de Dios. Al ario siguiente, el propio monarca encabe- za una asamblea en Compiegne para hacer jurar los acuerdos de este con- cilio".

Las entrevistas celebradas en Saint Jean-d'Angély se situan justamente en esta encrucijada. En ella confluyen las tentativas de los grandes princi- pes por evitar la disgregación de sus dominios a manos de una nobleza combativa y profundamente motivada, con las pretensiones de imponer proyectos dinásticos que extendieran los marcos de actuación a que se veían confinados desde el siglo X los más poderosos dirigentes del reino. Ninguno de estos proyectos, sin embargo, tenía viabilidad sin contar con la benevolencia de un episcopado que era virtualmente independiente en amplias regiones y el ^nico refugio de la autoridad p^blica en otras, así como de Cluny, que promovía una reforma monástica abiertamente enfrentada con buena parte de los obispos. La Paz de Dios se convirtió en el centro de la controversia.

Es evidente que Roberto el Piadoso, que durante un año había viajado por los territorios meridionales de santuario en santuario, era consciente que la ampliación de su influencia en ellos dependía de la fidelidad que fuera capaz de recabar en los principes -la mayoría tan debilitados como Guillermo de Aquitania- y en el atractivo que la figura real pudiera des- pertar en capas populares más o menos extensas56. Helgaud de Fleury pre- senta la imagen de un rey santo que practica la caridad ritual y cura mila- grosamente a los enfermos, un rey que venera los cultos emblemáticos de gentes que ven en ellos elementos de identidad importantes. Esta imagen no es ^nicamente una construcción retórica del biógrafo del monarca; de hecho, se acomoda bien a las necesidades de unas sociedades campesinas severamente castigadas por la difusa violencia de los feudales". Es posible que, como subraya C. Lauranson-Rosaz, esta peregrinación desdoblada en recorrido político constituyera un fracaso, pero, si mi razonamiento es correcto, la reunión en torno a la reliquia del Bautista suponía un intento paralelo al anterior por atraerse la lealtad de los dirigentes aquitanos e hispanos. Por tanto, la alianza forjada con Sancho el Mayor se sit^a en el extremo opuesto de la admiración campesina y forma parte de un comple- jo dispositivo político.

En este contexto hay que colocar los pretiosis muneribus, los regalos que periódicamente -cada ario, enviados mediante legaciones, dice Ade- mar de Chabannes- intercambiaba Sancho III con Guillermo de Aquitania58; y los obsequios que ofrecía a Roberto el Piadoso, al que - seg^n indica Ra^l Glaber- pedía auxilio, se sobreentiende que para sus empresas contra los musulmanes 59. Este tipo de presentes corresponden a donativos que ensalzan a quien los entrega y crean una reciprocidad en aquel que los recibe: son el sello de lazos escasamente concretos, de rela- ciones de buena voluntad, de fidelidades reciprocas, que difunden una aureola de prestigio en torno a los monarcas, como reflejan los propios cronistas6°. Objetos preciosos, plata y oro, que no son donados gratuita- mente y tampoco son efímeros dispendios: detrás de ellos hay soberanos que diserian complejos proyectos de poder y para los que ning ^n compañero de viaje es innecesario. Por sí mismos, muestran el mutuo atractivo que revestían los contactos y, en el caso del monarca navarro y su séquito aristocrático, una cierta fascinación por un modelo de realeza más elabo- rado y que adopta contenidos ideológicos cada vez más ricos".

Fuera cual fuera el grado de primacía que intentase conseguir Roberto II en el Midi, era sólo una de las expectativas con las que jugaba en el amplio tablero francés y para las que contaba con los acuerdos alcanzados con los principes que controlaban las tierras meridionales, incluído Sancho el Mayor. Desde comienzos de siglo aspiraba a imponerse en Borgoña, lo que consigue efectivamente en 1016, momento en el que nombra duque a su segundo hijo, Enrique". Asentar su poder en esta región se convierte en un objetivo político fundamental, para el que tiene que contar inexcu- sablemente con Cluny que, dirigido por Odilón, pugna por imponer su concepción de la reforma monástica y, en este momento, por difundir la Paz de Dios para apaciguar las violencias y depredaciones que están sufriendo la abadía y sus dependencias. No es extraño que Roberto el Pia- doso se coloque al frente del movimiento de paz y que los obispos que le son fieles lo intenten imponer en el Norte de Francia. Alrededor de la Paz se tejen complicados argumentos que tienden a reforzar el poder de los principes territoriales en detrimento de los barones, al mismo tiempo que la expansión de su dominación política.

El duque de Aquitania tiene también, hacia 1020-1024, designios pro- pios para los que cuenta con el apoyo de sus aliados, de los que le son pró- ximos como el duque de Gascuña, los que lo son menos, como Sancho III, y sobre todo, con el del rey. Guillermo quería recoger la corona de Italia, contestada a los emperadores alemanes, especialmente a Enrique II, que muere en 1024, por una nobleza italiana que aspiraba a hacer "del estado una institución irrelevante"". Un ario tardó en disiparse este suerio que tuvo la virtud de reagrupar a los señores del norte de Francia en las filas del rey, ante la amenaza que suponía el engrandecimiento del duque aqui- tano.

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Ninguna de estas pretensiones disfrutaba de validez sin el consenti- miento de Cluny y de su abad, Odilón, que estaba edificando la congrega- ción cluniacense en torno a estos años. Por eso Roberto II, tras la asam- blea de Compiegne, reunió a sus obispos a principios de 1024 en Héry (Borgoria) y preparó un concilio de paz para fines de ario en Orléans, siempre bajo una inspiración cluniacense, lo que provoca un enfrenta- miento cada vez menos disimulado con los obispos del Norte de Francia, cuyos portavoces son Gerard de Cambrai y Adalberón de Laón 64. En esta peculiar coyuntura se cierra el círculo de las alianzas que Sancho el Mayor había preparado desde 1020.

Odilón mismo, arios después, se refería a estas relaciones como una indissolubili familiaritate et societate, lo que es suficiente para considerar que no se trata de contactos eventuales y carentes de otro significado que el puramente piadoso. A la muerte de Sancho III, el abad se dirigió a Ramiro I y a García de Nájera para recordarles el afecto de su padre por Cluny e intentar renovar la familiaritas y la fidelitas ofrendada por aqué165. La interpretación de los beneficia et copiosa munera donados por el sobe- rano navarro a la abadía, que atestigua Jotsaldo, es similar a los regalos que cambiaba regularmente con Guillermo de Aquitania o Roberto II, si bien la contrapartida de los monjes estaba compuesta de "oraciones y sufragios"". Sin embargo, estas generosidades no tuvieron, con toda pro- babilidad, ni la continuidad ni el carácter que adquirió el censo anual ofre- cido por Fernando I de Castilla-León desde mediados de siglo: en una generación, el prestigio de Cluny había crecido mucho y la situación peninsular era muy diferente de la de 1020-1025. Sancho III participaba en la ordenación de las alianzas europeas de manera periférica en una época muy concreta y en ellas Cluny era un factor más, circunstancias que no son extrapolables a lo sucedido treinta arios después.

En general, se suele fechar con posterioridad a 1025 el establecimiento de estos vínculos, puesto que es por entonces cuando se piensa que San- cho III reclamó la presencia de algunos monjes cluniacenses, de probable origen hispano, dirigidos por un abad Paterno, que se convirtió en cabeza del monasterio aragonés de San Juan de la Peña. Las discusiones sobre la reforma de los centros monacales navarro-aragoneses se extiende desde hace tiempo y no parece haber concluído, pero creo que se puede dar por seguro que Paterno es abad en San Juan de la Peria desde 1024" y que poco tiempo después, quizá en 1025, se introdujo en él la reforma benedic- tina de inspiración cluniacense". Es difícil saber si el monasterio pinatense fue el ^nico que experimentó esta renovación, puesto que referencias semejantes en Leire se presentan sobre documentos sustancialmente alte- rados, así como también cuál fue el grado de continuidad de estos cambios". En cualquier caso, Sancho III era un benefactor espléndido de Cluny y se alineaba en las filas de los defensores de los monjes negros jun- to con Roberto el Piadoso y Guillermo de Aquitania, signo de la coheren- cia de las alianzas gestadas en Saint Jean-d'Angély.

La aproximación al orden cluniacense no carece de interés desde la perspectiva fundamental de este trabajo, que pretende constatar la apro- piación de modelos feudovasalláticos por parte de la clase dirigente del reino. D. Barthélemy ha mostrado la profunda homogeneidad de los com- portamientos de la nobleza y de los monjes, especialmente los negros, tan- to en la jerarquización -son los grandes principes los fundadores de los monasterios de mayor empaque, mientras los castellanos crean cenobios de segundo orden, pronto convertidos en prioratos-, como en la distribu- ción geográfica, en la sociología del reclutamiento o en la adopción de rituales extraídos de la floración de las fidelidades laicas. Esto no escapa- ba a los contemporáneos, como Adalberón, que criticaban ferozmente al "rey Odilón", que se comportaba como tal y recibía la encomendación de sus monjes como si fueran milites". La pléyade de monasterios exentos que se sometían al abad de Cluny mediante gestos cumplimentados por sus propios abades e incluso por los monjes, era ya hacia los arios 1020 un calco de la nueva distribución de los poderes laicos, organizados alrededor de castillos cuyos seriores afianzaban su independencia a la vez que reor- denaban una pirámide de fidelidades cada vez más jerarquizada. El mode- lo cluniacense y su similitud con la articulación de la sociedad caballeresca era tanto más legible por el entorno de Sancho el Mayor cuanto que el escaso desarrollo de las ciudades del reino navarro habia reducido al míni- mo la autonomía de los obispos y la competencia que podía presentar la autoridad episcopal como modelo alternativo. Rey, seniores y monjes, la élite aristocrática del reino de Sancho el Mayor seguía atentamente, en el primer cuarto del siglo XI, las transfor- maciones que sacudían el mundo europeo y adaptaba con fluidez los ele- mentos institucionales que podían contribuir a cimentar su poder sobre los grupos campesinos y a desplegar su cultura guerrera.

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