Jimeno1999

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Este artículo analiza el sedimento cultural de la Vasconia altomedieval. La irrupción musulmana en la segunda década del siglo VIII conoció dos siglos después una reconquista que culminaría con la recuperación de antiguos dominios vascones y nuevas tierras, con la consiguiente expansión de su cultura por la actual Rioja y extremo nororiental burgalés. El siglo X trajo el nacimiento de las lenguas romances. El mosaico cultural de Vasconia se enriqueció a partir de finales del siglo XI con gentes y lenguas francas y gasconas, elemento este último ya conocido en Bayona. Aquella sociedad multiétnica y pluricultural se completó con el elemento judío.

Como colofón a su convulsa tardoantigüedad, Vasconia penetró en los umbrales de la edad media protagonizando un alzamiento contra el rey godo Rodrigo, momento aprovechado por los musulmanes enviados por el gobernador de Ifriquiyya Musa ibn Nusayr y dirigidos por Tariq ibn Ziyad para atravesar el Estrecho de Gibraltar y comenzar la conquista de la Europa cristiana (711).

  • Vaconia tiene convulsa tardoantigüedad
  • Vasconia penetra en umbrales de edad media con alzamiento contra rey godo Rodrigo
  • El gobernador de Ifriquiyya Musa ibn Nusayr ordena a Tariq ibn Ziyad atravesar el Estrecho de Gibraltar y comenzar la conquista de la Europa cristiana.
  • Todo esto ocurre en 711

Adueñados los árabes para el 714 de la práctica totalidad del antiguo dominio hispano-godo y truncada la expansión de los invasores en Poitiers (732), las fronteras entre las dos grandes civilizaciones del mundo occidental quedaron establecidas por unos siglos en los rebordes montañosos del norte peninsular.

Desde ese momento la realidad cultural vascónica sufrió una importante mutación caracterizada por la ocupación musulmana de la porción meridional de la actual Navarra y la configuración paulatina de unos espacios de poder cristiano que no llegaron a articular una entidad histórica compacta, aspectos analizados por Ángel Martín Duque en el capítulo anterior.

Tampoco existió una unidad territorial ni de gobierno personal en la organización eclesiástica, donde las fronteras territoriales políticas se diluían en un panorama diocesano que en los siglos bajomedievales acabó dividiendo a los guipuzcoanos entre Pamplona, Bayona y Calahorra, a los navarros entre Pamplona, Bayona, Calahorra, Tarazona y Zaragoza, y a los vizcaínos y alaveses entre Calahorra y Burgos. Los territorios de la Vasconia septentrional estuvieron a su vez repartidos entre las diócesis de Bayona, Dax y Olorón.

Esta Vasconia altomedieval, heterogénea en lo político y en lo eclesiástico, partía de un sedimiento cultural compartido, para cuyo análisis carecemos de fuentes propias fidedignas, como ya lo recordó J.M. Lacarra, viéndonos en la necesidad de tener que acudir a fuentes narrativas escritas por gentes foráneas, nula o escasamente conocedoras de la cultura, concretamente de la lengua, y de la vida en el interior del país.

Aquel oscuro panorama comenzó a cambiar a partir del siglo IX y fundamentalmente con el nacimiento del reino de Pamplona (905). En los territorios norpirenaicos el letargo de las fuentes se extendió algún siglo más.

El siglo X marcó el inicio de la reconquista, que culminaría con la recuperación de antiguos dominios vascones y nuevas tierras, con la consiguiente expansión de su cultura por la actual Rioja y extremo nororiental burgalés. Aquella centuria conoció el nacimiento de las lenguas romances, precedentes del actual castellano.

El mosaico cultural de Vasconia se enriqueció a partir de finales del siglo XI con gentes y lenguas francas y gasconas, elemento este último ya conocido en algunas zonas de Labourd, singularmente en Bayona.

Con la riqueza de los burgueses llegaron los judíos -anteriormente ya asentados en el dominio musulmán-, completando así una sociedad multiétnica y pluricultural, a la que se unió a partir de 1154 la presencia inglesa en la comarca de Lapurdum.

UN PUEBLO DE BÁRBARO LENGUAJE

El clérigo francés Aimeric Picaud elaboraba hacia el año 1139 el quinto libro del Liber Sancti Jacobi,una guía para los peregrinos franceses que seguían el Camino de Santiago.

Esta obra, reflejo de su experiencia personal y erudito saber, incluía la descripción del tránsito del peregrino de Parthenay-le-Vieux por las tierras de habla vasca hacia 1132.

Su relato narra los atropellos a los que eran sometidos los peregrinos por los lugareños de ambas vertientes del Pirineo, fruto sin duda de la paupérrima economía de la región, y las escenas rudas y poco ortodoxas, comunes por otra parte a toda la sociedad rural de la época.

Aquellas gentes de lengua bárbara, es decir, no románica, eran parecidas en todo, salvo en el color de la piel, más clara en los vascli del norte, a diferencia de los navarri del sur.

Los navarros mantenían rasgos morales depravados en algunas de sus regiones como Bizkaia y Álava.

Picaud, además de describir una realidad étnico-cultural, mostraba una diferenciación social del territorio, tornándose sus palabras en halagos al referirse a los núcleos burgueses francos insertados entre los navarros.

Esta percepción foránea recogía el temprano etnónimo de Nabarrus o Navarrus, dándole un significado social equivalente al arator, tal y como lo percibieron sutilmente los analistas carolingios a finales del siglo VIII.

A mediados de la siguiente centuria aquella realidad social de los navarrise refería también a su universo lingüístico, como lo reflejan los dos duces Navarrorum que comparecieron ante Carlos el Calvo y que representarían a pamploneses y gascones de análoga base socio-lingüística.

La acepción francesa [terra] Navarra acabó como indicador del espacio político pamplonés, pasando el corónimo hacia finales del siglo XI al territorio controlado por la monarquía y los obispos de Pamplona, donde hacia 1162 y bajo Sancho el Sabio se adoptaría como denominación definitiva del reino.

El carácter étnico-social y lingüístico de los habitantes de la vieja Iruñea bautizaría a su vez a la ciudad de la Navarrería, cuando ésta tuvo que diferenciarse del nuevo burgo de San Cernin a finales del siglo XI y luego de la población de San Nicolás.

Durante los siglos XII y XIII navarro equivalía a euskaldún.

Lo hemos visto en Aimeric Picaud, pero la equivalencia se observa también en una concordia sobre bustalizas, en la que los jefes de los pastores de ganado son llamados en lingua navarrorum, Unamaizter et Buruzagi (1167).

Durante esta época el gentilicio navarro entrañaba también connotaciones lingüísticas en textos de aforamiento de villas, algo que tendría su equivalente siglos después en el Fuero General, donde navarro y vascongado aparecerán como términos equivalentes ("Dice navarro gaizes berme; dice bascongado erret bide").

Esa misma concordancia debía subyacer en la mentalidad de algunos pobladores de la Ribera en el siglo XIII, cuando los de Peralta decían que García Elihart y Sancia Zuria -de indicadores personales eminentemente vascongados- venían de Navarra.

De la misma manera, Tudela envió mensajeros a Teobaldo I, citándolos como los homes que fueron a Navarra.

Desde los "scriptoria" monásticos y regios también consideraban al euskera rusticum vocabulum (1045), lingua vulgalis (1051) o vulgare eloquium.

En aquellos receptáculos de la cultura latina se desarrollaban los saberes del mundo cristiano europeo-occidental.

Por su parte, el elemento poblacional más numeroso vivía en un universo monolingüe vasco.

Así lo vio el cronista musulmán, Al-Himyari, que en su descripción de la campaña de Abd al-Rahmán III contra Banbaluna (924), dibujaba un paisaje de altas montañas y valles profundos, donde habitaban gentes pobres y subalimentadas.

La mayoría de ellos hablaba vasco (bashkunis), lo que les hacía incomprensibles.

En aquel siglo X emergía con fuerza el romance, heredero del latín y localizado en la zona suroccidental del reino, los cursos bajos del Ega, Arga y Aragón, y en una estrecha franja desde Cáseda hasta el entorno legerense.

Esta nueva lengua fue ganando terreno al vascuence.

En el siglo XIII todavía eran vascohablantes las localidades de la Valdorba, Carcastillo, Murillo el Fruto y Ujué.

LA CULTURA DE LAS ELITES

Aquella Vasconia cristiana y monolingüe cuya lengua natural y entonces mayoritaria era el vascuence y en una pequeña porción de su territorio el romance, se completaba con el bilingüismo o multilingüismo de las minorías letradas, conocedoras del latín. La lengua universal de la iglesia desembocaría más adelante en los romances como lenguas de la administración y literarias. El vascuence tendría que esperar hasta el siglo XVI para que comenzara, salvo raras excepciones en anotaciones a documentos medievales y toponímicos, su andadura como lengua escrita. El latín y los romances fueron por lo tanto las lenguas del saber, de las minorías cultas y de la administración oficial, tanto civil como eclesiástica. Pero aquellos grupos también debían de conocer la lengua de los collazos y siervos. Apenas conservamos testimonios altomedievales, aunque sabemos que a partir del siglo XIII eran al parecer vascongados prelados como el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada y empleados de la corte real.


En los siglos altomedievales los focos del saber de la Europa occidental estaban circunscritos a los centros monásticos. En los cenobios de Vasconia asistimos a un aparente mono-lingüismo latino, convertido en bilingüismo latino-romance a partir del siglo X, aunque este panorama en modo alguno significase un desconocimiento de la lengua de la tierra que los albergaba. El mismo entorno legerense, cuna del romance navarro, muestra, a través de su documentación del siglo XII el conocimiento de la lingua navarrorum. De su presencia no pueden sustraerse voces y frases intercaladas en el texto de algunos documentos. Dos centurias atrás se escribieron en el monasterio de San Millán de la Cogolla (La Rioja) unas frases al margen de un libro de predicación (izioqui dugu; guec ajutu ez dugu). Estas glosas, de las que se han ofrecido diferentes versiones, reflejan la existencia de una comunidad de miembros vascohablantes en este centro monástico de la órbita pamplonesa, igualmente necesitada de acompañar el texto latino del códice con su correspondiente versión romance.

Aquellos espacios de piedad se constituían en los auténticos focos irradiadores de la denominada cultura intelectual. Aunque el fenómeno monástico fue transformándose a lo largo de los siglos altomedievales, continuó invariable su influyente monopolio en la posesión del legado cultural occidental. En el año 848, como consecuencia de su frustrado intento de adentrarse en las Galias, San Eulogio visitó, en compañía del obispo Teodemundo, diferentes monasterios de la Navarra oriental, algunos tan adentrados en la cordillera pirenaica como Igal y Urdaspal. Estos primeros testimonios reveladores de una intensa vida religiosa no eran fruto de una política carolingia que ya se hacía notar al sur de los Pirineos, sino de iniciativas indígenas depositarias de la tradición hispano-goda. Tres años después el prelado cordobés remitió al obispo Guilesindo de Pamplona una carta en la que agradecía sus atenciones y a la que acompañaba, por medio de un hijo de Eneko Arista, las reliquias de San Zoilo y San Acisclo. Sabemos que el santo andaluz quedó admirado de la rica biblioteca legerense, donde encontró desde una Historia del falso profeta Mahoma hasta autores como San Agustín, Virgilio, Juvenal, Horacio, Porfirio, Adhelelmo y Avenio.

Desde que Carlomagno revitalizara el monacato y, fundamentalmente desde que el consejero monástico de Luis el Piadoso, San Benito de Aniano (+821) difundiera la regla benedictina en el imperio franco, aquel código fue penetrando en las tierras cispirenaicas. La difusión de la religión no conocía fronteras, siendo muestra de ello el papel desempeñado por la clerecía francesa al sur de los Pirineos desde Cataluña a Navarra. Pero la influencia meridional también se hizo notar en la otra vertiente, como se atestigua a través de la devoción a los santos mártires de Zaragoza y Tarragona en el País Vasco septentrional, existiendo cinco iglesias dedicadas a San Vicente, dos a Santa Engracia y una a Santa Eulalia y San Fructuoso respectivamente.

Los círculos monásticos eran fundados o sostenidos por los propios monarcas, cuya importancia debió ser mucho mayor de lo que puede confirmarse documentalmente. Es ilustrativo que los centros visitados por San Eulogio de Córdoba en el siglo IX, anteriores, por tanto, a la creación de la monarquía pamplonesa, reaparezcan posteriormente dentro del dominio regio. Los soberanos acostumbraron visitar con mayor o menor asiduidad los santuarios más prestigiosos, con inevitable influencia dentro de la religiosidad popular. En la alta edad media el pueblo veía al rey imbuido de un carisma religioso. El soberano pamplonés, imaginariamente elegido por el Altísimo como su vicario, realizaba donaciones y favores a monasterios, incentivando la emulación de otros seniores. El papel de los reyes fue igualmente fundamental en el encargo y sostenimiento económico de diversas empresas artísticas a partir del siglo X, de mayor o menor importancia según el reinado, destacando en todo caso las relacionadas con los monasterios de fundación y protección regia, focos principales de producción artística.

La monarquía pamplonesa se asentó sobre unas bases o principios intelectuales en los que se reflejaba la memoria histórica propia, plasmada en el llamado Códice Vigilano o Albeldense y, sobre todo, en el Códice Rotense, elaborados en el último cuarto del siglo X. Este segundo aglutina textos propios y foráneos articulando, como se ha afirmado recientemente, un proyecto intelectual coherente y de clara intencionalidad política. Descendiendo de lo universal a lo local, la epístola del emperador Honorio a su milicia de Pamplona (c. 418) constituye el texto propio más antiguo conservado y transmitido por las sucesivas generaciones hasta su inclusión en el códice. El primer texto de elaboración propia fue el elogio de Pamplona (De laude Pampilone), reflejo del profundo sedimento cultural y religioso de la ciudad. Fue redactado seguramente en el mismo siglo X por los recopiladores del Rotense. La naciente monarquía pamplonesa se valdría del texto para reafirmar su identidad, en definitiva, empleando una fórmula propagandística similar a la utilizada por los elogios del régimen político-eclesiástico gestado en torno a Pavía y Milán en los siglos altome-dievales. Textos como el De laude son comunes a toda la Europa occidental, teniendo su origen en la antigüedad y perviviendo a lo largo de los siglos medievales. Estas glosas ensalzadoras culminaban con la apoteosis de la estirpe regia, plasmada en las Genealogías de Roda, recopiladas por voluntad de Sancho Garcés II (970-994), y de las que habla A. Martín Duque en el estudio anterior. A manera de apéndice, los últimos folios del códice recogían noticias sobre los últimos Banu Qasi, la lista de los años de reinado y fallecimiento del círculo familiar de los primeros reyes, una copia aislada de la adición pamplonesa a la Crónica Albedense, y un obituario de los prelados pamploneses del siglo X hasta Sisebuto. Cierra el repertorio el epitalamio de la fabulosa reina Leodegundia, excusa poética para volver a ensalzar Pamplona.

Los monarcas navarros tuvieron que esperar hasta finales del siglo XII o principios del XIII para contar con un nuevo texto de corte histórico propio. El Cronicón Villarense o Liber regum, redactado en romance navarro-aragonés, desciende del escenario universal cristiano al acontecer peninsular, para finalmente recalar en lo navarro, y narrar sucintamente los acontecimientos regios desde Eneko Arista hasta Sancho el Mayor.

Al no constituir reinos específicos, el resto de Vasconia carecía en esta época de unos textos elaborados para el ensalzamiento de un ambicioso proyecto político. Igualmente paupérrima se muestra la producción literaria, inexistente en estos territorios y muy escasa en Navarra. Pese a constatar documental e iconográficamente la presencia de juglares en el viejo reino, carecemos nuevamente de literatura propia hasta el denominado Cantar de Roncesvalles, conservado incompleto y redactado en romance navarro. Aunque su letra es de principios del siglo XIV, este centenar de versos, elaborado bajo influencia jacobea pero desvinculada de la Chanson francesa, podría datarse en el primer tercio del siglo XIII.

LA DESIGUAL CRISTIANIZACIÓN DEL TERRITORIO

Si algo caracteriza a las elites altomedievales vascas es su profundo sedimento cristiano. Sin embargo, al descender a los sustratos populares el panorama religioso adquiere otras formas. Durante muchos años y guiándose por unos criterios excesivamente etnologicistas, grandes investigadores contemporáneos como J.M. Barandiaran y M. Lekuona supusieron una cristianización tardía del País Vasco. Con criterios más actualizados y sólidos, a partir fundamentalmente de A.E. de Mañaricúa, se ha venido sosteniendo que la evangelización vasca se desarrollaba cronológicamente paralela al resto de los territorios vecinos, extremo que debe admitirse en lo relativo al denominado ager, pero que debe de retrasarse en los lugares escasamente romanizados. Incluso se llegó a ver en la lengua vasca el motivo del retraso de la implantación del cristianismo en la tierra vascónica, lo que no parece admisible, si atendemos a los paralelismos en otras zonas del Imperio. Evidentemente, la cristianización de las zonas rurales, y aún urbanas entre las colectividades monolingües, debió de realizarse en euskera, aunque esta lengua no fuera utilizada en la liturgia. Los términos latinos cristianos más arcaicos del vascuence se remontan al siglo III. El cristianismo se propagó a través de las ciudades, por lo que su proceso de implantación es paralelo al fenómeno de la romanización. Así, la nueva religión no encontraba inicialmente un territorio propicio en las zonas escasamente romanizadas y, en cambio, se difundía rápidamente donde existía una impronta cultural romana. Pese a existir una sede episcopal en Pamplona antes de acabar el siglo IV y estar el cristianismo plenamente establecido en las zonas romanizadas de Navarra, Álava, y probablemente en núcleos costeros importantes como Oiasso, la Vasconia politeísta de los confines montañosos continuaba sin recibir noticias del Dios de los cristianos. La inexistencia de un potente grupo social aculturizado catequizador supuso que aquellos rudos pastores y recolectores continuaran en su singular universo sacral durante varios siglos.

La frustrada evangelización de los idólatras vascones llevada a cabo por San Amando por los años veinte o treinta del siglo VII es un acontecimiento apócrifo sobradamente analizado por la historiografía, aunque su trasfondo bien podría haberse correspondido con la realidad. La elaboración de la narración biográfica parece situarse en el siglo VIII, época en que hubo mucho interés en recopilar las actividades misioneras de frecuente inspiración pontificia, cronológicamente coincidentes con la evangelización de los pueblos germánicos. Más adelante, en el 816 los autores árabes informan de un combate entre las fuerzas del emir contra el señor de Pamplona Velasco, quien contó con la ayuda asturiana y la participación de los machus, gentes todavía paganas de los espacios interiores.

Las tierras montaraces septentrionales conocieron un proceso similar. Dependientes en los primeros siglos cristianos de la diócesis de Dax, ésta sufriría una desmembración de su porción meridional, naciendo lo más tardíamente hacia el 830 el nuevo obispado de Bayona, fruto de la existencia del reino carolingio de Aquitania, según parecen demostrar las últimas investigaciones. Por otra parte, al igual que ocurre con San Fermín y Pamplona, las vidas de los santos evangelizadores San Amando, Santa Rictrudis y San León forman parte de la elaboración apócrifa y legendaria. Los escritores carolingios consideraban paganas estas tierras durante los siglos VII al IX, si bien desde aquella época iría introduciéndose la nueva religión conforme aumentaban las relaciones entre las clases dirigentes aquitana y vascona. El fraccionamiento de la diócesis de Dax habría sido resultado de un proceso de evangelización de los valles vascos. Mientras este obispado guardaba casi enteramente el país de Mixa y Ostabaret, la nueva sede bayonesa extendía su jurisdicción por todo Labourd e, incluso, al suroeste de los Pirineos.

Debemos considerar que en el siglo IX la masa popular vascona estaría bautizada y, por ello, cristianizada, aunque conservando todavía un fuerte componente paganizante anterior concretado en un sincretismo religioso, hecho que parece constatarse a través de las fuentes árabes cuando emplean el apelativo machus ('idólatras'). Para aquella época muchos monasterios situados en lugares estratégicos como Leire desempeñarían un papel importante en la cristianización del territorio. La documentación de este cenobio presenta una concentración clara de bienes en la denominada Navarra primordial, demostrando que la comarca estaba fuertemente cristianizada. En cambio, sobre las comunicaciones del norte se observa un auténtico mutismo documental. El hecho de que la documentación del monasterio legerense, el más importante de Vasconia entre los siglos XI-XII, no mencione vías de comunicación al norte de Ultzama, lleva a pensar en una escasa labor evangelizadora hacia latitudes septentrionales desde los centros monásticos, fenómeno cuya explicación ha de buscarse en la escasez del poblamiento de la vertiente atlántica y en la adscripción de estos valles al obispado de Bayona.

En esta realidad se enmarcan los datos ofrecidos por las últimas investigaciones arqueológicas, que constatan prácticas rituales paganas consistentes en la incineración y ofrendas monetales tanto en Iparralde (túmulos de Ahiga, Biskartxu, Sohandi y Urdanarre), como en Gipuzkoa, en el alto de la ermita de San Martín de Iraurgi (Azkoitia). Se han obtenido cronologías a través de la termoluminiscencia y del carbono 14. Los testimonios norpirenaicos ofrecen unas fechas que, en algunos casos, alcanzan las postrimerías del primer milenio y aún después, y la guipuzcoana se sitúa en los siglos VII y VIII. En efecto, la política repobladora y de construcción de caminos por las montañas vascas comenzaría en el siglo X y se extendería en algunos casos hasta finales del XII. Hasta entonces habían permanecido prácticamente aislados y sin núcleos urbanos próximos, por lo que sus gentes vivían en un estadio cultural distinto al de los territorios circundantes. El Camino de Santiago supuso un fuerte impulso de la infraestructura viaria, adecentándose calzadas, construyendo puentes y dotando al país de una red de ermitas, habilitadas como albergues u hospitales para peregrinos. En este punto hay que recordar las descripciones del peregrino francés Aimeric Picaud en el siglo XII cuando describía a los vascos de ambas vertienes del Pirineo como un pueblo rudo y de costumbres bárbaras. Aunque añadía que los navarros, etnónimo que, como hemos visto, englobaba también a vizcaínos y alaveses, acudían a la iglesia para hacer una ofrenda a Dios en pan, vino, trigo u otra especie. Esta realidad plenamente cristianizada hasta en los lugares más remotos pervivió hasta las primeras décadas del siglo XX en un universo sincrético de creencias y ritos, que no por ello descristianizado.


LOS SEGUIDORES DE ALLAH

Cuando Musa ibn Nusayr alcanzó con su ejército las orillas del Ebro (714) el comes hispano-godo Casius decidió abrazar el Islam, convirtiéndose en cabeza de una dinastía, los Banu Qasi, que mantendría bajo su gobierno las tierras del Ebro Central.

El territorio pamplonés supo mantener su especificidad jurídica, económica, social y cultural gracias a un compromiso de pago tributario, roto en los momentos de debilidad de los musulmanes.

Cuando se restablecía el poder de los seguidores de Allah tras las consiguientes incursiones en el corazón de Pamplona, retornaba la situación tradicional.

Las expediciones musulmanas alcanzaron también tierras alavesas y, por supuesto, tuvieron que cruzar Vasconia al lanzar su proyecto expansivo continental frustrado en Poitiers.

La cultura musulmana apenas dejó poso alguno sobre el territorio reconquistado en el siglo X.

La expansión máxima de los Banu Qasi alcanzó por unos años el estratégico castillo de Deyo, sin que ello hubiera supuesto una merma de la idiosincrasia local.

Lugares como Arróniz, Allo, Lazagurría o Mendavia al oeste, o Tafalla, San Martín de Unx, Olite, Beire, Pitillas, Santacara, Mélida, o Carcastillo al este, indican un sustrato cultural vasco al sur de la frontera entre los poderes cristiano y musulmán.

Conviviendo con esta realidad, el legado árabe también dejó su huella en el territorio, bautizando algunos lugares como Azagra (de al sajra, la peña').

La reconquista continuó de manera desigual en el tiempo. La centuria que discurre entre Sancho el Mayor y la muerte de Pedro I (1004-1104) conoció el avance cristiano desde Funes hasta Arguedas.

Alfonso I (1104-1134) culminaba el proceso recuperando las tierras de la Ribera tudelana, que pasaron en adelante a ser cristianas y lingüísticamente romances, si bien manteniendo todavía buena parte de la población musulmana, agrupada tras los consiguientes pactos en comunidades o morerías diferenciadas.

Tudelano contemporáneo era el prestigioso poeta árabe Abul Abbas al-Tutilí (+1126), autor de numerosas jarchas.

Los mudéjares mantuvieron sus bienes, costumbres y prácticas religiosas.

La capitulación de Alfonso el Batallador disponía que, pasado un año, los musulmanes debían evacuar el recinto urbano para trasladarse a un barrio extramural, aislados de la población cristiana.

Existieron morerías en Tudela, Corella, Cascante, Cadreita, Arguedas, Valtierra, Murillo de las Limas, Murchante, Monteagudo, Pedriz, Barillas, Ablitas, Vierlas, Fontellas, Ribaforada y Cortes.

Posteriormente aquellos musulmanes navarros se nutrieron en algunos casos de modestos aportes debidos a correligionarios emigrados de Al-Andalus.

La mayor parte de los mudéjares se dedicaron, como en época bajomedieval, a las labores del campo, algunos incluso en tierras de su propiedad.

Los había también artesanos y dedicados a otros oficios.

RECONQUISTA Y REPOBLACIÓN VASCÓNICA

La reconquista protagonizada por los vascos contra el Islam -si bien llevada a cabo desde entidades políticas diferenciadas pero unidas bajo un ideal común-, conllevó una política de repoblaciones que trajo consigo la extensión de indicadores euskéricos.

Entre todos los topónimos destacan los alusivos al definitivo etnónimo navarro en sus variantes fonéticas de Navarr- y Nafarr-.

El elemento navarro que participó en el despliegue hacia la zona aragonesa dejó su huella en Navarrete (Teruel), situado junto a Calamocha y cuyo nombre sugiere la presencia de navarros en las tareas repobladoras de la comarca, acaso en la segunda mitad del siglo XII.

Quizá sea anterior al bautismo poblacional la advocación de la iglesia de San Miguel de los Navarros, extramuros de Zaragoza, título otorgado al ser ocupada esta ciudad por Alfonso I el Batallador (1118).

En la actual provincia de Zaragoza, Herrera de los Navarros, comarca de Cariñena, y Villar de los Navarros, junto al límite provincial con Teruel, revelan quizá la intervención de grupos compactos de navarros en las tareas repobladoras en el período indicado o quizá algo antes.

Navarros debieron de ser los pobladores de la villa de Navarrete, también denominada Navarretejo, en la comarca alavesa de Bernedo, que hasta 1463 formó parte del reino de Navarra.

En Álava se localizan también Navaridas, en la comarca de Laguardia, Napardi, y Nafarrate, quizá 'puerta de Navarra', en el término municipal de Villarreal.

Campesinos navarros colonizarían coetáneamente Navarrete, sobre el Camino de Santiago, en la actual provincia de La Rioja, a unos 10 km al suroeste de Logroño, y con fuero otorgado por el monarca castellano Alfonso VIII (1195).

La tarea repobladora también llevó a los navarros a otros puntos de la geografía hispánica. Igualmente frecuentes resultan los topónimos derivados de vascones/gascones y vizcaínos, muy especialmente en tierras castellano-leonesas.

Fue precisamente en la repoblación riojana y burgalesa nororiental donde el elemento vasco poseyó una presencia decisiva según lo atestigua la toponimia.

Si atendemos a la concentración de topónimos euskéricos, la emigración se extendió más hacia la zona riojano-burgalesa del Ebro, singularmente en torno a las cuencas de los ríos Zamaca, Oja, Tirón y Arlanzón.

Esta realidad motivó que Aimeric Picaud considerase los burgaleses montes de Oca que separan las cuencas de los ríos Oca y Arlanzón, como frontera navarra, es decir, vascongada.

La Rioja media y, sobre todo, la oriental, poseen una menor concentración de topónimos vascos.

Aquel elemento vascohablante estaba llamado a desaparecer ante el pujante romance, aunque todavía en la primera mitad del siglo XIII pervivían residuos de aquella realidad.

Son conocidas las expresiones vascas como Don Bildur utilizadas por el poeta Gonzalo de Berceo en su obra.

El último valle riojano en perder la lengua fue Ojacastro.

Este territorio montañoso situado en la ribera izquierda del río Oja formaba hacia 1239 un microuniverso lingüístico atestiguado por la sentencia que reconocía a los vecinos de la localidad el derecho a ser escuchados en vascuence ante el Merino Mayor de Castilla.

  • Valle riojano Ojacastro formaba hacia 1239 un un microuniverso lingüístico
  • Sentencia que reconocía a los vecinos de Ojacastro el derecho a ser escuchados en vascuence ante el Merino Mayor de Castilla.


Aunque desvinculada de la empresa reconquistadora, en época de Alfonso I (739-757) existió una repoblación en la comarca vizcaína de las Encartaciones, cuyo elemento vasco se atestigua a través de la rica toponimia y antroponimia que, a lo largo de los últimos siglos medievales, sufriría un paulatino retroceso en favor del romance en su zona occidental, mientras que en su franja oriental se mantendría hasta entrada la edad contemporánea.

NUEVAS CULTURAS FORÁNEAS

Europa experimentó a partir del siglo XI una expansión demográfica y económica que tuvo su reflejo inmediato en el desarrollo urbano. En Vasconia florecieron numerosas villas desde finales de aquella centuria. El asentamiento de grupos ultrapirenaicos supuso un nuevo aporte socio-cultural concretado en los núcleos francígenas del Camino de Santiago y en los burgos gascones del litoral cantábrico. Importaban nuevos modos de vida, actividades económicas, devociones, cultos religiosos y lenguas. La llegada de los nuevos elementos poblacionales supuso para la población autóctona una revolución urbana, cuyo rasgo común fue su constitución en una nueva clase social, la burguesía, formada por hombres jurídicamente libres y económicamente independientes, dedicados especialmente a actividades industriales y comerciales. Ubicada en los centros urbanos, la burguesía se desvinculaba de los lazos señoriales, estando organizada de manera autónoma. Aquellos municipios constituían núcleos de vida con organización propia e incluso, con un derecho particular recogido en los fueros municipales.

El aporte francígena en Navarra

La colonización franca de Vasconia se centró fundamentalmente en Navarra. Sancho Ramírez extendía el fuero jaqués al reino de Pamplona, iniciando en las últimas décadas del siglo XI una política de atracción de pobladores ultrapirenaicos, basada en la potenciación demográfica, económica, social y religiosa de sus dominios, muy especialmente en torno a las poblaciones del Camino de Santiago, cuando las peregrinaciones compostelanas estaban desarrolladas plenamente en el Occidente europeo, fenómeno que fue aumentando conforme avanzaba la edad media. El concepto franco se refería al carácter étnico del habitante del nuevo burgo, si bien pronto se generalizó y pasó a designar también una condición social diferenciada de la nobleza de sangre y del campesinado.

El auge de las vías jacobeas que surcaban el territorio supuso un auténtico motor comercial y la apertura de nuevos horizontes hacia Europa. El ramal principal, heredero de la antigua ab Asturica Burdigalam, atravesaba Pamplona para seguir camino hacia tierras riojanas a partir del siglo X, aunque recientes análisis de los testimonios advocacionales jacobeos han demostrado la continuidad en el uso del ramal que seguía por el corredor del Arakil y tierras alavesas. Otra de las vías más transitadas fue la denominada jaquesa, que entraba en Navarra tras atravesar la Canal de Berdún, uniéndose a la ruta principal en el término de Obanos, para entrar inmediatamente en Puente la Reina. A lo largo de estas arterias Sancho Ramírez, acorde con el signo de los tiempos, llevó a cabo un cambio radical en el sistema poblacional del reino pamplonés. Repitió la experiencia del fuero de Jaca en poblaciones como Estella (c. 1084) y poco después en Sangüesa, Puente la Reina o Monreal. Veamos, por su importancia, el caso de los francos pamploneses.

La llegada de Pedro de Andouque o Roda a la silla episcopal supuso un impulso en el proceso repoblador de la capital del reino. La condición de señorío episcopal impedía cualquier proyecto repoblador de la monarquía en Pamplona, por lo que la transformación del pequeño núcleo campesino en una ciudad de francos tuvo que venir de la mano del obispo. A la vieja ciudad de la Navarrería se le unieron dos nuevos núcleos de pobladores extranjeros, el Burgo de San Cernin y la Población de San Nicolás, esta última con un componente mixto. En los siglos sucesivos tuvieron que convivir tres conjuntos urbanos cuyo origen étnico, organización jurídica, municipal y eclesiástica poseían características peculiares. A finales del siglo XI se instalaron en la capital del reino los primeros pobladores francos, estando para 1100 agrupados en el Burgo Nuevo, en torno a la iglesia de San Saturnino. Al igual que los de Estella, estos repobladores provenían de las tres rutas de peregrinación unidas en Ostabat (Baja Navarra). Su onomástica evoca las regiones de Provenza, Languedoc, Gascuña, Limousin, Poitou, Turena y Normandía.

La Población de San Nicolás tuvo su origen hacia mediados del siglo XII, si bien no aparece documentada hasta 1177. Estos nuevos francos tuvieron que convivir con navarros de condición no servil en un terreno que era propiedad del arcediano de la Tabla de la catedral, por lo que los nuevos vecinos debían abonarle un censo anual por la ocupación del solar. Posteriormente, en la extremidad de San Saturnino fue alzada la iglesia de San Lorenzo, configurándose en torno a ella la Pobla Nova del Mercat, aunque parece que en su población predominaba el elemento autóctono. Con la llegada de los francos asistimos a una gran revolución lingüística. Se impuso un lenguaje de estirpe occitana utilizado por los comerciantes, una koiné o hibridación resultado de la minimización de dificultades particulares, que se conservó al amparo del vascuence, aunque se demostró indefenso ante el romance navarro cuando las barreras legales y sociales que protegían a los francos fueron desapareciendo. Estas oleadas de lengua extraña procedentes del norte del Pirineo no supusieron retroceso alguno de la lengua de los nativos. El componente lingüísticamente vascongado era elevado en San Nicolás y privativo de la Navarrería y los arrabales. Pero ni siquiera el hermético Burgo pudo escapar a la simbiosis con el elemento circundante, teniendo ambos que convivir en el abastecimiento de los mercados y diferentes labores. La situación geohistórica de Vitoria pudiera haber sido susceptible de albergar un núcleo franco similar al pamplonés, pero su repoblación no se realizó con elementos extrapeninsulares, sino con pobladores alaveses y probablemente navarros, y acaso de otras regiones peninsulares. La fundación de la villa obedecía a un proyecto regio para fortalecer su poder frente a los señores rurales de la tierra alavesa circundante. Quizás sería esa una de las razones por las que Sancho el Sabio otorgó el fuero de Logroño, añadiéndole algunas normas de carácter local.


Gascones norpirenaicos

La romanizada Bayona adoptó el latín como lengua propia, dando paso al gascón bayonés en un proceso similar al del romance peninsular. Extramuros, los pescadores de la costa siguieron ajenos a este proceso, conservando sus viejas costumbres y su euskera laburdino. Confirma la importancia de la lengua gascona su utilización en la redacción del fuero de Bayona en el siglo XIII. Este gascón bayonés es una variedad de la llamada langue d'oc, teniendo rasgos dialécticos diferenciados.

Algún autor ha querido ver un divorcio entre las comunidades vasca y gascona, acabando Bayona como un cuerpo extraño dentro del área laburdina. Pero realmente el gascón bayonés, al igual que le ocurría al franco del Burgo de San Cernin, también se veía obligado a convivir con el euskera, siquiera como vehículo de comunicación con estas gentes extramurales. Finalmente la lengua gascona bayonesa se extendió por los alrededores hasta Biarritz y el norte de Baja Navarra.

El mosaico cultural de la Vasconia norpirenaica se completó con la introducción del poder anglo-normando en Labourd. A mediados del siglo XII la hija y heredera del Duque de Aquitania, Leonor, se divorció del soberano francés Luis VII. En 1154 contrajo matrimonio con Enrique Plantagenet, conde de Anjou, duque de Normandía y rey de Inglaterra, motivando con ello la entrada de Aquitania y de Bayona en la órbita inglesa, y abriendo un período de ambiciones francesas por el nuevo dominio inglés, que no culminaría hasta ser incorporada por Carlos VII a la Corona francesa (1453). Sin embargo aquel nuevo elemento cultural apenas dejó poso en el territorio, que se mantenía vascongado, gascón o mixto.

Gascones en Gipuzkoa

El aporte ultrapirenaico guipuzcoano vino de la mano de los gascones bayoneses, integrantes mayoritarios del nuevo proyecto mercantil donostiarra gestado en 1180. Expulsados quizás por los anglo-normandos y atraídos por sus capacidades comerciales y para asentar el poder navarro en esta zona guipuzcoana, estos gascones poseyeron una legislación propia que primaba sus actividades mercantiles. Su éxito les haría extenderse posteriormente a otras villas circundantes, singularmente a Hondarribia. En los primeros siglos de la villa donostiarra, los gascones dominaron el gobierno local, formando un grupo cerrado de espaldas a los habitantes autóctonos. Entre aquellos pioneros del desarrollo local destacaron los Mans, convertidos en la oligarquía preponderante a lo largo de los siglos sucesivos. En San Sebastián coexistían gascones y euskaldunes, predominando este segundo elemento en zonas como el Antiguo, solar del primitivo núcleo poblacional gestado en torno al monasterio de San Sebastián. Desde el principio los asentamientos gascones de Donostia y Hondarribia influyeron considerablemente sobre el resto de habitantes de la tierra guipuzcoana, ya que estas dos villas tenían cierta dependencia del sector primario, ofreciendo como contrapartida los más variados productos de importación. A su vez, esta interdependencia provocó un paulatino mestizaje que en épocas posteriores acabaría diluyendo la singularidad gascona. Como los vecinos de los burgos navarros, aquellos gascones guipuzcoanos empleaban su lengua particular, en este caso el gascón bayonés, vehículo de relaciones comerciales entre los mercaderes del Urumea al Adour. La capital guipuzcoana conservó de manera residual este patrimonio lingüístico hasta comienzos del siglo XX, conservándose en la toponimia urbana indicadores tan significativos como Urgull, Miramón, Mompás, Ayete, Morláns, Ulía o Polloe, y antropónimos como Laffitte, Gamón, Brunet o Lafón. El gascón donostiarra, bien conocido desde el siglo XIV al XVII por sus documentos administrativos, se adscribe a la familia de los scripta bearneses, en contraposición a los scripta tolosanos propios de los francos de Navarra.

El elemento judío

Con los burgueses llegó la riqueza y con ésta los judíos. Existía sin embargo una comunidad judía importante en la Navarra musulmana, ya que los seguidores de Allah favorecieron su asentamiento. Con la conquista del Batallador la floreciente judería tudelana huyó temerosa, regresando al poco tiempo con la concesión del fuero. La ciudad ribera se convertía a partir de entonces en uno de los focos más importantes del judaismo de Vasconia y en referencia indiscutible para el judaísmo occidental altomedieval, naciendo en ella prestigiosos escritores como Yehudá ha-Leví (c. 1070-1141), Abraham ben Meír ibn 'Ezra (1089­1164) y Benjamín de Tudela (1130-1173). Los tres destacaron por su formación y proyección internacional, muy singularmente Benjamín de Tudela, cuyo libro de viajes fue ampliamente difundido durante varios siglos. La albala tudelana poseyó otras juderías en Caparroso, Cadreita, Valtierra, Arguedas, Corella, Cintruénigo, Cascante y Cortes.

El impulso urbanizador en torno al Camino de Santiago trajo consigo nuevas implantaciones de comunidades judías vinculadas al fenómeno repoblador. Desde finales del siglo XI la comunidad hebrea del barrio estellés de Elgacena aparecía diferenciada del núcleo cristiano, tal y como ocurrió en las otras juderías de Vasconia. Su exitosa experiencia animó al obispo, deseoso de incrementar la población de sus dominios, a instalarlos en Pamplona y Huarte, siendo autorizado por el monarca y otorgando a los futuros moradores el mismo régimen que gozaba la aljama estellesa (1154). La judería de la capital estaba situada en el ámbito de la Navarrería y, al igual que la de Estella, sufrió un gran crecimiento durante estos siglos. Otras juderías localizadas en la ruta jacobea fueron las de Sangüesa, Monreal, Puente la Reina, Los Arcos y Viana. Nuevas poblaciones recibirían en época bajomedieval asentamientos judíos.

En el siglo XIII los encontramos en Álava, instalados en núcleos vinculados a las rutas comerciales. En esta centuria existían juderías en las poblaciones de Antoñana, Antenaza, Barrio-Espejo, Berantevilla, Caicedo Yuso, El Villar, Estavillo, Fontecha, Guevara, Labastida, Laguardia (reino de Navarra), Mendoza, Morillas, Ocio, Peñacerrada, Puentelarrá, Salinas de Añana, Salinillas de Buradón, Salvatierra, Santa Cruz de Campezo y, como aljama más destacada, Vitoria, donde se constata la presencia hebrea inmediatamente después de la fundación de la villa (1181). Como en Pamplona, la capital alavesa contó con su judería, que en este caso dio nombre a una calle. Otras aljamas se unirían a esta relación posteriormente. El resto de territorios vascos conocieron la implantación judía a partir de los últimos siglos medievales, encontrándolos en Balmaseda y Abadiano (Bizkaia), Arrasate/Mondragón y Segura (Gipuzkoa) y, en los albores de la modernidad, en varios lugares del País Vasco norpirenaico.

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