Grau2005

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Resumen

La ambigüedad y la indefinición de los textos clásicos al referirse a las etnias prerromanas han limitado las posibilidades de profundizar en el conocimiento de dichos pueblos. En el siguiente trabajo pretendemos aproximarnos a la cuestión a partir de la interpretación del registro arqueológico de los pueblos antiguos del área valenciana. Prestaremos especial atención al vínculo existente entre la identidad étnica y el surgimiento de entidades geopolíticas de carácter urbano. De esta manera, se analizaran los indicadores arqueológicos que puedan ayudar a delimitar estas unidades territoriales y aproximarnos a las sociedades que crearon los elementos distintivos con los que robustecer los estados emergentes.


Introducción

La identificación paleoetnológica de los distintos pueblos que habitaron la Península Ibérica y su adscripción geográfica ha sido un tema frecuente en los estudios de la Antigüedad, ya fuese abordada desde el campo de la Historia Antigua, ya desde la Arqueología. La extensa nómina de investigadores que han tratado la cuestión incluye autores como Schulten con las Fontes Hispaniae Antiquae (1922-52), Bosch-Gimpera (1932), Almagro Basch (1952) o García y Bellido (1978). Más recientemente Ruiz y Molinos (1992) o Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero (1992) enriquecen el panorama con novedosos enfoques.

Por regla general, los análisis realizados han incidido en la ubicación espacial de los pueblos antiguos a partir de las referencias literarias, tratando en ocasiones de trazar con una cierta precisión las áreas limítrofes a partir de indicadores arqueológicos. Esta línea de investigación asumía la primacía de los textos antiguos para la identificación y delimitación de los antiguos pueblos, quedando la arqueología reducida a un instrumento auxiliar cuya finalidad última era comprobar las menciones literarias o dotar de contenido la distribución regional de las antiguas etnias.

Buen ejemplo de este tipo de investigaciones en el ámbito oriental de la Península Ibérica es el trabajo de E. Llobregat Contestania Ibérica (1972), que supuso el primer estudio integral de la cultura ibérica de una región antigua. Este trabajo asumía en sus planteamientos que se podía rastrear una cultura arqueológica en una área mencionada por las fuentes clásicas.

Otro de los trabajos clásicos que partiendo de indicadores arqueológicos ha tratado de la delimitar un pueblo antiguo es el realizado por M. Almagro- Gorbea sobre la distribución de las cajas funerarias y las tumbas de cámara y su relación con los Bastetanos mencionados por las fuentes (Almagro- Gorbea 1982).

Más recientemente se han abordado estudios desde una óptica sensiblemente distinta. Si los trabajos mencionados anteriormente trataban de rastrear determinados rasgos de la cultura material que ayudasen a delimitar y definir grupos culturales antiguos, los nuevos análisis tratan de reconocer las formaciones socioeconómicas y las unidades políticas prerromanas para contrastarlas con las menciones de las fuentes y con los indicadores arqueológicos distintivos. Entre los estudios de este tipo cabría citar el realizado por C. Mata (2001) sobre la Edetania y los trabajos de F. Burillo sobre las etnias celtibéricas (1998, 2001). Mata ha señalado que el ordenamiento político no se realiza a partir de las amplias regiones citadas por los textos, sino a partir de la ciudad y el territorio que ésta articula. En el área edetana se reconocen tres unidades geopolíticas correspondientes a las ciudades de Kelin-Los Villares de Caudete de la Fuentes, Arse-Sagunto y Edeta-Liria. Esta última ciudad dará nombre a la amplia regio romana que posee un carácter geográfico, no político (Mata 2001: 164). En la misma línea de análisis, Burillo ofrece interesantes aportaciones para la definición y estudio de las etnias en su relación con la organización del territorio, planteando la evolución desde unidades tribales a estados en los que la ciudad es la responsable del ordenamiento político, incidiendo en la importancia de la estructura sociopolítica que subyace a las unidades étnicas (Burillo 1998: 144- 46).

Siguiendo los postulados de estos trabajos y las tendencias de la investigación reciente, nos proponemos revisar algunas cuestiones sobre los pueblos ibéricos del área oriental de la Península Ibérica, analizando como se organizaron los grupos humanos que habitaron la región y en busca de indicadores que puedan servirnos para delimitarlos e identificarlos. Para ello, primeramente realizaremos una revisión de las aportaciones teóricas a los estudios sobre grupos culturales y étnicos y, posteriormente, analizaremos la correlación entre las etnias mencionadas en las fuentes y la estructuración política de los pueblos ibéricos según se desprende del análisis arqueológico.

Conceptos y tendencias de la investigación sobre las etnias

Por regla general, el término etnia ha sido empleado en el mundo antiguo básicamente como sinónimo de pueblo, especialmente para referirse a la identidad cultural de los grupos humanos, sin las connotaciones raciales que suele adquirir la expresión en el lenguaje coloquial de la actualidad. Las definiciones de etnia se han centrado en describir grupos que compartieron, o que percibieron que tuvieron, una historia, mitología, sistema de creencias y cultura comunes, así como un lenguaje y un nombre de grupo unificado (Lomas 1997: 2).

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Los aspectos que pueden abordarse al analizar los grupos étnicos son muy variados, pudiendo reunirse en dos grupos temáticos; por una parte el análisis de los rasgos culturales y por otro la relación entre identidad étnica y estructura política. En relación con este último tema, se ha señalado que los rasgos de semejanza entre los miembros de una comunidad pueden ser fruto de una construcción activa para fomentar su auto-identificación como pueblo diferenciado de sus vecinos (Jones 1997: xiii). De esta forma, la construcción de la identidad adquiere un rol de gran importancia en los estados emergentes, ya que la creación de una identidad compartida puede ser una poderosa fuerza de cohesión social en un contexto de incremento del poder jerárquico en las relaciones entre individuos y grupos dentro de la sociedad (Herring 2000: 46). Esta dimensión política es la que nos interesa destacar en el presente trabajo, pues creemos que la existencia de un poder centralizado debió fomentar la creación o reinterpretación de elementos materiales, detectables por la arqueología, con los que reforzar la identidad común y sancionar los proyectos político- territoriales (Burillo 1997: 145). Etnicidad es, por consiguiente, un factor de unificación en una sociedad dividida que pudo utilizar una identidad y una herencia compartida para cimentar la relación entre los diferentes estamentos. De esta forma, el estudio de la identidad étnica se convierte en un importante instrumento para reconocer la organización política de los pueblos prerromanos.

La arqueología y la investigación de las etnias

El principio metodológico de que las culturas arqueológicas reflejan pueblos antiguos o grupos étnicos fue formulado a principios de siglo por el alemán G. Kossina, cuyos planteamientos fueron en parte retomados y articulados por G. Childe. La base de estas teorías se sustenta en el axioma de que ‘en todas las épocas, áreas culturales arqueológicas, claramente delineadas, coinciden con pueblos o tribus reconocibles’ (Childe 1956: 28 citado en Jones 1997: 16). Este planteamiento y los estudios a que dio lugar fueron severamente criticados durante la segunda mitad del s. XX, tanto desde el punto de vista teórico como metodológico.

En el primer caso, las críticas se referían a la ideología subyacente a este principio, ya que la consideración de que podemos identificar los grupos étnicos en el registro arqueológico fue animada por la necesidad de legitimar las raíces históricas en las nacientes identidades nacionales creadas en el s. XIX.

Desde el punto de vista metodológico, la correspondencia directa de elementos arqueológicos con un determinado pueblo fue rebatida aludiendo que la variación espacial del registro arqueológico podía deberse a diversas razones, como la especialización, rango, tamaño del grupo, las relaciones de intercambio, etc... Como resultado, la distribución arqueológica de materiales no crea conjuntos con claras líneas de dispersión, sino una gran variedad de patrones cruzados (Shennan 1989: 11-14).

La investigación reciente asume que la identificación de pueblos y etnias no puede basarse en la mera distribución y variación espacial de determinados elementos arqueológicos, ya que este tipo de aproximaciones permite la distinción de círculos o grupos culturales próximos que pueden coincidir o no con límites étnicos (Bradley 2000: 115).

Ello no implica que debamos renunciar al registro arqueológico para tratar de identificar y analizar los grupos culturales, pero más problemático es inferir que los conjuntos de elementos arqueológicos nos permitan la identificación directa de etnias o pueblos antiguos, pues es posible que también muestren otro tipo de identidades como género, grupo social, etc (Díaz-Andreu 1998: 212).

Con posterioridad a estos primeros planteamientos se produce la incorporación de la teoría antropológica en el discurso arqueológico. Los principales teóricos del estudio de la identidad étnica seleccionaron una serie de criterios que pudieran ayudar a definir un pueblo antiguo. Los factores esenciales de identificación son compartir un mismo territorio y un mismo lenguaje, poseer un descendiente común, ser una comunidad de costumbres y cultura, de creencias y religión, poseer un nombre que exprese la identidad del grupo y tener una conciencia de la propia identidad, con una historia compartida o un mito de origen del grupo (Smith 1986; Renfrew 1987: 216, 1996: 130; Hall 1997: 24-5).

Buena parte de estos rasgos son difíciles de rastrear, pero otros pueden ser objeto de análisis arqueológico, pues se acepta que las señas de identidad están ligadas a una práctica cultural que incluye la producción y uso de cultura material (Herring y Lomas 2000: 4).

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Entre los estudios de nuestro entorno que emplean factores semejantes para el análisis de las etnias encontramos el trabajo de F. Burillo, que propone la lengua, la religión, la economía, la cultura material o la estructura sociopolítica para identificar las etnias celtibéricas (Burillo 1998: 122- 144) o el trabajo de M. Downs que indaga en las diferencias entre bastetanos y turdetanos a partir de los patrones de asentamiento, distribución de bienes importados y locales, tipos de tumbas o formas lingüísticas (Downs 1998: 45). No obstante, el reconocimiento desde el punto de vista arqueológico no está exento de problemas (Pereira 1992) y requiere del análisis conjunto con otras fuentes como las menciones literarias o la información lingüística y epigráfica.

Las etnias antiguas y las fuentes literarias

El principal problema con el que nos encontramos al tratar de analizar las menciones de las etnias prerromanas en las fuentes es que nos encontramos con griegos y latinos hablando de la impresión que les producen pueblos ajenos a ellos. Nos encontramos con un grupo —grecolatino— hablando de otro —indígena— por lo que es difícil saber si las identidades que describen eran compartidas por ambas comunidades. Formulado en otros términos, el problema es decidir si las entidades descritas son una creación de la sociedad grecolatina o una construcción de la sociedad ibérica por sí misma, o lo que es más probable y problemático, una mezcla compleja de ideas de ambos. Como se ha señalado para el mundo itálico: ‘hay un serio problema metodológico en identificar una identidad percibida como propia en un contexto en el que la mayor parte del corpus está compuesto enteramente desde una perspectiva externa’ (Lomas 1997: 2). Un segundo problema surge al tratar de hacer coincidir dos fuentes de información diferentes: nos encontramos con un grupo documentado en los textos y un grupo que parece que tiene unas manifestaciones evidentes en el registro arqueológico, pero en ocasiones ambos no son sinónimos o pueden no coincidir exactamente. Ello es debido a que las narraciones antiguas no derivan de los propios protagonistas, sino de otro grupo ajeno, como ya hemos mencionado, y porque las referencias no suelen ser contemporáneas con los hechos que describen; en la mayor parte de los casos son descripciones tardías de lo que les pareció a los grecolatinos y no sabemos si coincidirían con lo que percibieron de ellos mismos los nativos. Su importancia recae en que nos ofrecen como se percibió a los ‘otros’, a un grupo diferente del propio.

Los pueblos del área oriental de la Península Ibérica

La información de las fuentes literarias

Los textos grecolatinos que se refieren al área de estudio son escasos y ofrecen una información muy vaga que únicamente nos permiten una localización geográfica de los antiguos pueblos ibéricos, sin que podamos reconocer rasgos de sus costumbres, cultura o estructura social.

Hace algunos años que L. Abad (1992) realizó la síntesis de las culturas ibéricas del área de estudio a partir de la información que proporcionaban las fuentes y desde entonces no ha habido mayores aportaciones al tema, salvo algunas modificaciones puntuales. Junto a este trabajo, Ruiz y Molinos en su obra sobre los iberos analizan algunos de los aspectos destacados de las fuentes, sobre todo incidiendo en las diferencias cronológicas y la evolución histórica que se pude deducir de la variación de los pueblos (Ruiz y Molinos 1992: 248-268). Los textos referidos a la región pueden dividirse en dos grandes conjuntos atendiendo a un criterio cronológico. Por una parte encontramos las fuentes más antiguas, basadas en las descripciones de Hecateo o Avieno, que describen los pueblos que ocupaban la zona entre los ss. VI y V a.C. Un segundo grupo de fuentes son de época imperial y se datan principalmente en el s. I d.C. (Abad 1992: 155- 162). Entre ambos márgenes cronológicos únicamente tenemos una serie de textos de Polibio que se refieren a eventos acaecidos a fines del s. III a. C. en el momento de contacto de Roma con la región y que tuvieron lugar principalmente en el entorno edetano, como la toma de Sagunto por Aníbal o las actuaciones del regulo Edecón. Existe otra serie de textos que se refieren a la fundación de Akra Leuke y a la muerte de Amílcar en las proximidades de Hélike, ciudades que tradicionalmente se han situado en el área alicantina, aunque sin ninguna base sólida (Abad y Abascal 1992).

Las fuentes más antiguas nos hablan de tres grandes grupos situados en el área oriental (Fig. 1, 1). Al sur, y lindando con los mastienos que se extendieron por la zona Oriental de Andalucía y las costas del Sudeste, se localizarían los gimnetas. Este pueblo ocuparía una zona que iría desde el Segura hasta el río Júcar. A partir de este río, llamado Sicano en las fuentes, se instalaría el pueblo con el mismo nombre y que ocuparía las comarcas centrales valencianas.

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A nuestro parecer, debemos mantener una cierta postura crítica ante estos planteamientos, ya que, por una parte, las fuentes no mencionan ningún criterio para la distinción de estos grupos y su identificación como entidades; por otra parte, entre ambos grupos existe un intervalo temporal de cinco siglos en los que es difícil suponer unas mismas bases étnicas y territoriales sin ningún tipo de evolución, cambio o desarrollo.

Bien es cierto que las escasas fuentes del periodo de la conquista romana citan la existencia de un rey Edecón y de la ciudad de Edeta, que sugieren la existencia de los edetanos ya en el s. III a.C., pero estas referencias deben circunscribirse al entorno de la ciudad de Edeta y no pueden trasladarse a un área geográfica mayor.

Un segundo tema de interés es la existencia de una posible jerarquía en las denominaciones étnicas. Se ha indicado la posible existencia de tres grandes grupos étnicos, iberos, mastienos y tartesios, que englobarían subunidades menores.

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De esta forma, con relación a los pueblos del área de estudio, hablaríamos de un grupo genérico de los iberos que estarían formados por los sicanos, esdetes y ilaragautas, mientras que los gimnetas habría que incluirlos entre los mastienos (Ruiz y Molinos 1992: 251).

En los textos tardíos también encontramos una división de los grandes grupos en otras entidades menores, pues junto a las regiones Edetania y Contestania, las mismas fuentes, en especial Plinio, señalan la existencia de diversos pueblos dentro de estas áreas territoriales; se trata de las agrupaciones en torno a ciudades, como los dianenses o saetabitani.

Por el momento, lo único que podemos suponer es la existencia de una división de grupos humanos que están asentados en amplios territorios durante época ibérica antigua y que aparentemente se mantendrían invariables en sus límites hasta constituir unas regiones romanas prácticamente coincidentes.

Pero ni las fuentes indican en que rasgos basan la identificación de estos pueblos, si son grupos culturales o políticos, ni cual pudo ser su desarrollo durante el lapso de cinco siglos que media entre ambas referencias textuales. En ese amplio intervalo de tiempo se desarrolla la mayor parte de la historia de los iberos, por lo que habrá que tratar de explicar la organización de los pueblos a partir de propuestas desarrolladas con la documentación arqueológica.

La documentación arqueológica

Entre la documentación arqueológica queremos destacar dos tipos de datos que a nuestro parecer son especialmente interesantes para el reconocimiento de los pueblos antiguos y sus señas de identidad.

En primer lugar queremos destacar la información proporcionada por la Arqueología del Paisaje, disciplina que ha proporcionado las bases para el conocimiento de los territorios en que se organizaba las poblaciones antiguas. A través del estudio de los patrones de asentamiento y la ordenación del espacio podemos reconocer las formas de organización política de las distintas comunidades, condición básica para la identificación de las etnias.

En segundo lugar, el análisis de la cultura material permite observar, cada vez con mayor grado de detalle, la existencia de una diversidad regional de los distintos pueblos más allá de los rasgos comunes a toda el área ibérica. En la actualidad se vislumbran elementos generados por los diferentes grupos ibéricos que podrían expresar rasgos de identidad étnica a partir de realizaciones materiales. H. Bonet ha realizado un estudio detallado sobre los elemento distintivos de contestanos y edetanos en un artículo reciente al que remitimos (Bonet, e.p.).

En este trabajo queremos destacar tres tipos de datos: 1) las evidencias del registro funerario, que nos muestra las costumbres religiosas con relación a la muerte: uno de los rasgos más profundos de la identidad como pueblo,

2) las evidencias epigráficas, que nos aproximan al ámbito lingüístico y

3) las cerámica figurada de prestigio, elemento que muestra la creación del imaginario propio, un universo artístico y temático vinculado a los signos de identidad de cada grupo, aunque con la utilización de determinados códigos comunes.

Análisis: entre pueblos ibéricos y regiones romanas

Como hemos visto en las páginas precedentes, los pueblos ibéricos del área valenciana se organizaban en territorios en torno a la ciudad, constituyendo pequeñas unidades étnicas que contaban con algunos rasgos identificativos como la producción cerámica de estilo propio.

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Asumiendo esta premisa, la pregunta que surgiría a continuación sería la siguiente: ¿Qué realidad muestran las amplias regiones de Edetania y Contestania? Como ya hemos indicado en páginas precedentes, C. Mata ha tratado de responder a dicha cuestión planteando que la denominación de Edetania englobaría dos conceptos distintos. Por una parte se referiría al territorio de la Edetania Ibérica correspondiente únicamente al valle del Turia y que orbitaría en torno a la ciudad de Edeta. La segunda acepción sería de carácter geográfico y haría referencia a un amplio espacio administrativo romano entre los ríos Palancia y Júcar que quedó registrada en las fuentes (Mata 2001: 264).

De esta forma, por lo que se refiere a época ibérica, el espacio político edetano se correspondería con un espacio étnico ocupado por un pueblo con identidad propia, con rasgos estatales en su organización política y que se distinguiría de sus vecinos a partir de unos límites territoriales y unas fronteras perfectamente definidas y defendidas (Bonet 1995; Mata 2001). Este pueblo contaría con elementos distintivos de cultura material, entre los que destacarían las cerámicas figuradas, una denominación común, el hábito epigráfico de los letreros pintados sobre cerámica y unas creencias religiosas que se manifiestan en la existencia de lugares de culto específicos como un templo urbano y las capillas domésticas (Mata 2001: 248-9). Es decir, la mayor parte de los rasgos definidores de la identidad étnica.

Edeta-Sant Miquel de Liria nos proporciona el ejemplo más claro de identificación de un espacio político correspondiente a un espacio étnico y es el único del área que posee un nombre otorgado por las fuentes. Pero este tipo de unidades geopolíticas podría reconocerse en otros territorios del País Valenciano, bien a partir del modelo mononuclear: Edeta, Kelin, Arse-Saguntum, bien a partir del modelo polinuclear jerarquizado, como la Serreta de Alcoi, Saiti o Ilici. En las comarcas en que existe un mayor conocimiento arqueológico se pueden reconocer rasgos semejantes de identidad étnica.

En el caso de la Serreta, además de las aludidas cerámicas figuradas encontraríamos las prácticas religiosas centralizadas en su santuario de carácter étnico-comarcal (Grau Mira 2000).

Desconocemos el nombre étnico de la mayor parte de estos pueblos, pero no es descabellado suponer que sería la ciudad la que otorgaría el nombre a los pobladores, como se manifiesta repetidamente en las fuentes de época imperial.

De admitir la correspondencia entre los espacios étnicos y los territorios urbanos que nos indica la arqueología, la pregunta que surge inmediatamente sería ¿Cómo y por qué se produjo la transposición de un nombre de un pequeño territorio a una unidad geográfica mayor?

O planteado en otras palabras ¿Por qué la Edetania ibérica dio nombre a la regio romana? ¿Pudo darse un caso semejante en la Contestania? La cuestión es de difícil respuesta con la escasa información disponible al respecto, no obstante, pueden realizarse algunas propuestas sobre el particular.

La denominación de la regio edetana permite reconocer el rol destacado de esta etnia en el área valenciana, papel principal que se constata en las fuentes referidas a la contienda bélica del 218 a.C. y que supuso el contacto de Roma con el mundo ibérico. Al respecto, A. Ruiz ha sugerido el patronazgo de Edecón sobre otros régulos de la zona basándose en su reiterada mención en los textos, en la entrega de rehenes de su familia y su posicionamiento en el bando romano durante la contienda. La mención explícita de que Edecón prometió a Escipión que todos los pueblos de más acá del Ebro se pondrían a su favor si liberaba a su familia (Polibio 10, 3-4) señala una verdadera ascendencia del señor de Edeta sobre los pueblos de la zona, posiblemente debida a pactos de clientela con sus vecinos (Ruiz 1998: 298). Otra muestra de una confederación de ciudades la ofrece el ejemplo de Culchas, señor de 28 y 17 ciudades en distintos momentos de su dominio (Ruiz 2000: 13-15). Este peso político, o al menos la importancia percibida por los romanos, pudo originar que los relatores latinos consideraran que todos los aliados eran en realidad una única etnia edetana, produciendo la extensión de la denominación sobre toda la región, más allá de la unidad política y étnica originaria. Es posible que en el periodo de confrontaciones producidas por las Guerras Púnicas y la posterior dominación romana se generase la necesidad de hacer frente a los enemigos, situación que favorecería la creación de alianzas de pueblos y una unión entre territorios liderada por Edecón, como alude el pasaje de Polibio.

Esta alianza intercomunitaria podría encontrarse avalada por los lazos de una antigua identidad étnica –¿Los esdetes?– que con el tiempo habría sido sustituida por las nuevas etnias secundarias basadas en los territorios de cada ciudad, generados a partir de época clásica.

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De esta forma se produciría un desarrollo circular desde una identidad amplia de carácter regional: los esdetes, que se descompone en pequeñas etnias secundarias agrupadas en torno a su ciudad y que ocupan cada uno de los valles de la región.

En un último paso, los momentos de crisis y enfrentamiento bélico motivarían que las etnias secundarias se unieran para hacer frente al peligro, recomponiéndose un viejo lazo de identidad común que debió permanecer visible en algunos rasgos culturales pero que había dejado de ser efectivo con la creación de los proyectos políticos estructurados en torno a la civitas.

De esta forma, en la época del contacto con Roma, a fines del s. III, los pueblos de Iberia se encontrarían agrupados en amplias federaciones de pueblos, quizás a partir de lazos de dependencia entre régulos y líderes de los diversos pueblos (Ruiz 1998: 298-99).

Es probable que los romanos confundieran estas agrupaciones con auténticas etnias y se valieran de ellas para realizar su distribución en regiones, pues además coincidían a grandes rasgos con los antiguos pueblos que citaban los autores de los ss. VI y V a.C. como Avieno o Hecateo.

El proceso descrito de activación de elementos culturales y étnicos preexistentes en momentos de crisis se constata en otras regiones del Mediterráneo. Entre los casos semejantes cabría citar la alusión a la identidad griega común, por encima de la autonomía política y los rasgos propios de identidad de las distintas polis, para hacer frente a la amenaza común de las Guerras Médicas (Hall 1991). Otro ejemplo de esta invocación a la identidad común lo ofrecen los umbros durante las Guerra Sociales en Italia Central, momento en que las distintas etnias: Plestios, Iguvinos, etc... esgrimen su sentimiento de pueblo umbro para sancionar la alianza en tiempos de guerra (Bradley 2000). El grupo étnico umbro será tomado como unidad en la posterior división territorial regional realizada por Augusto, en lo que podríamos ver un claro paralelismo con la división del área oriental de Iberia en las regiones de Edetania y Contestania.

De este modo, durante los primeros contactos con la Península, los romanos debieron encontrar unos pueblos organizados en torno a ciudades estados que constituían etnias secundarias-territoriales, posiblemente agrupadas en confederaciones o bajo la autoridad de un régulo, como muestra el texto de Polibio de la liga encabezada por Edecón o el referido a los dominios de Culchas.

Estas federaciones pudieron ser percibidas como unidades étnicas a los ojos de un ‘extranjero’ que pudo distinguir más fácilmente las agrupaciones que la constelación de pequeñas etnias, perfectamente reconocibles e identificables para los propios iberos, pero de difícil distinción para los romanos.

Estos grupos debieron servir de base en la posterior división romana en regiones con un carácter puramente geográfico. Las amplias regiones se adecuarían a una primera administración romana, mientras que los territorios ibéricos de carácter comarcal estarían más acordes con las demarcaciones de las ciudades que surgen posteriormente con el proceso de municipalización. Con el paso del tiempo los territoria de las ciudades constituirían la base administrativa del nuevo poder romano, vaciando de contenido a la regio y dejándola como una mera fosilización de lo que fue la percepción romana de la estructura indígena.

Las propuestas realizadas están amparadas principalmente en la información disponible para la Edetania, pues las fuentes literarias son mucho más parcas al referirse a la Contestania. En ésta no encontramos ni textos que se refieran a los acontecimientos del s. III a.C., ni un asentamiento homónimo, ni un régulo, ni una etnia secundaria que diera nombre a la regio romana, en un proceso de ampliación de la denominación particular a la amplia región como en el caso edetano. No obstante, la similitud de la configuración del paisaje en pequeñas unidades étnico-territoriales ibéricas nos permiten sugerir un proceso semejante.

Como hemos propuesto, la percepción romana de la identidad de los pueblos de la región tendría su punto fundamental en la primera impresión producida en el momento de las Guerras Púnicas, cuando pudieron promoverse agrupaciones entre distintas etnias amparadas en lazos de identidad antiguos ya superados por las nuevas circunstancias políticas que habrían promovido nuevas identidades.

Al respecto hay que recordar las menciones de un antiguo pueblo de los gimnetas en el área después conocida como Contestania. Esta etnia primitiva, que debió desintegrarse en multitud de unidades territoriales, pudo haber avalado una posible agregación posterior.

En resumidas cuentas, el estudio de la realidad que subyace a la descripción de las etnias ibéricas realizada por los escritores grecolatinos es un tema complejo y confuso. La escasez de los textos hace necesario que se realicen nuevas propuestas que puedan romper la situación de bloqueo en la que nos encontramos en la actualidad.

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Por nuestra parte hemos tratado de discernir entre las entidades culturales y políticas que pueden reconocerse en las evidencias arqueológicas y las mostradas por los textos. A nuestro parecer deben distinguirse varias agrupaciones entre los pueblos prerromanos de la zona, una primera asociación de grandes áreas culturales que son mencionadas como pueblos en las fuentes, avaladas por algunas evidencias arqueológicas.

En segundo lugar debemos mencionar las agrupaciones políticas en torno a ciudades estado que se consolidan hacia fines del s. III a.C. y que a nuestro parecer constituirían auténticas agrupaciones étnicas. Algunas de estas etnias dieron nombre a las regiones romanas que aparecen en los textos de época imperial, cuyo contenido fue principalmente geográfico y con el tiempo y las nuevas circunstancias históricas se despojaron de su contenido político original.

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