Gorrochategui2011

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Tabla de contenidos

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Introducción

Los hallazgos epigráficos de Iruña-Veleia (campañas 2005 y 2006) constituyen, sin duda ninguna, el fraude arqueológico más singular --y en cierta medida, más espectacular-- realizado en España en los últimos decenios. Se me da la oportunidad de presentar brevemente los más aspectos más significativos de los hallazgos, antes de pasar a reflexionar sobre las características de esta falsificación, observando tanto los rasgos que se acomodan a patrones generales como aquellos que sean más singulares del caso n2.

Breve relato de los hallazgos, presentación y dictamen

El equipo de arqueólogos encargado de las excavaciones n3 de la ciudad romana de Veleia (actual descampado en Iruña de Oka, a 12 km de Vitoria) anunció en junio de 2006 el hallazgo de un gran número de epígrafes (unos 270 grafitos) de época romana, fechados con precisión a mediados del siglo III d. C., que hacían referencia a muchos temas de la vida cotidiana. El hallazgo, ocurrido en la campaña de 2005, era extraordinario porque en los grafitos se hacía referencia a:

  • aspectos de cultura literaria greco-romana: lista de escritores (figura 1), listas de dioses olímpicos (figura 2), motivos de la Eneida y otros textos de índole escolar, como abecedarios (figura 3), secuencias numerales, etc.;
  • aspectos de la historia romana: lista de los reyes de la Roma arcaica, lista de emperadores o personaje de la casa de Augusto (figura 4);
  • aspectos de la historia de Egipto: nombres de faraones famosos;
  • motivos cristianos extraordinarios, como un Calvario;
  • y, por último, muchos textos y dibujos que remitían a la vida cotidiana privada.

n2 A pesar de que he estado relacionado personalmente en el affaire muy directamente — el cual ha tenido una gran repercusión mediática especialmente en el País Vasco, aunque no tanto fuera de sus fronteras— , solamente he hablado en una ocasión ante un público especializado, concretamente en el Congreso K. Mitxelena del año 2007, cuando solamente conocía una parte limitada de los hallazgos vascos y muy escasa porción de los latinos. Tanto en aquella ocasión como en otras dos conferencias ante público no especializado, así como en los textos públicos redactados hasta ahora (la carta a la prensa local en noviembre de 2006, el texto de la ponencia en el Congreso Mitxelena citado, bajo el título de «Armas de la Filología» y el Dictamen a la Comisión Asesora de la Diputación Foral de Álava [DFA] en junio de 2008) tenía el objetivo de argumentar que se trataba de falsos, frente a la opinión «oficial» mantenida por los descubridores. Siento que en esta ocasión no tengo que batallar por demostrar la falsedad de las piezas, sino que se me ofrece una oportunidad para reflexionar, a partir de esta falsificación, sobre aspectos comunes al quehacer de los falsarios y los críticos. Debo mucho a la lectura de Grafton (2001)

n3 Las excavaciones del yacimiento, propiedad de la Diputación Foral de Álava, se llevaban a cabo por la empresa de arqueología Lurmen, cuya dirección recaía en Eliseo Gil (arqueólogo director) e Idoia Filloy (subdirectora).

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Lo más llamativo del hallazgo no venía tanto de la cantidad de grafitos sobre la actividad escolar y los temas culturales grecoromanos (para los que siempre se pueden aducir paralelos en algún lugar del Imperio, preferentemente en los óstraca egipcios, en el «libro del escolar» n4 o incluso en los Hermeneumata Pseudodositheana del siglo III d. C.), como de la presencia del Calvario, que adelantaba en varios siglos este tipo de iconografía — amén de justificar la presencia del cristianismo en la capital caristia— , y de la existencia de jeroglíficos y referencias a faraones egipcios. Los descubridores idearon un marco explicativo para todo este material: la existencia de un paedagogium privado en una casa pudiente al cuidado de un preceptor de origen egipcio que enseñaba letras y cultura greco-romana con unos pocos toques personales de su país natal.


n4 Papiro del siglo iii a. C. publicado por Guéraud; Jouguet (1938), tomado de Galé (1961). Entre la mucha bibliografía sobre el tema, ver Cribiore (1996).

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Pero lo que realmente provocó un interés excepcional en el País Vasco fue la filtración periodística de que en otro lugar del yacimiento, a pocos metros del paedagogium señalado, estaban apareciendo durante esa campaña de 2006 textos redactados en vascuence, que remitían a temas netamente cristianos y a otros de la vida privada. Estos no habían recibido por parte de los arqueólogos aún ninguna datación precisa, ya que la excavación se hallaba en curso, pero procedían con seguridad de estratos tardoantiguos; tampoco contaban en ese momento con analíticas de laboratorio, como era el caso de los hallazgos del año anterior. n5 En consecuencia, el equipo de arqueólogos aseguró que los hallazgos extraordinarios anunciados oficialmente (los del pedagogio) eran genuinos en razón a dos argumentos.

a) Procedían de una excavación arqueológica oficial, obtenidos de modo regular por arqueólogos profesionales a partir de un estrato arqueológico, que pudieron calificar de «cámara sellada» en virtud de ciertas características de los estratos, de modo que quedaba asegurada la datación y desechada la posibilidad de intrusión secundaria.
b) Las analíticas realizadas en diferentes laboratorios prestigiosos de Europa a determinadas piezas (fechación por C14, termoluminiscencia y análisis de pátinas de la cerámica) aseguraban que se trataba no solo de piezas — es decir soportes— antiguos, sino también de inscripciones coetáneas de los soportes.

Estos mismos argumentos fueron utilizados ampliamente en la declaración oficial del equipo de fecha 24 de noviembre de 2006 (ver anexo) para zanjar las dudas suscitadas durante ese verano por diversos especialistas y hechas públicas por mí en un escrito en la prensa local el 19 de noviembre de ese año. En esta ocasión las pruebas analíticas también validaban, según la declaración, la autenticidad de los epígrafes vascos.

Dada la polémica existente sobre la autenticidad de los hallazgos y estando en juego aspectos muy importantes que afectaban no solo al conocimiento adquirido de cuestiones históricas relacionadas con el cristianismo o las antigüedades egipcias, sino muy especialmente a la atestiguación de la lengua vasca en la antigüedad, unos 700 u 800 años antes de las famosas «glosas emilianenses», consideradas hasta la fecha como el testimonio más antiguo de unos cortos textos vascos, y en un territorio marcadamente occidental, la Diputación Foral de Álava (DFA) creó una comisión académica multidisciplinar con la finalidad de dictaminar sobre la autenticidad de los hallazgos.

Esta comisión, formada por arqueólogos, historiadores y filólogos especializados en epigrafía latina, por lingüistas históricos expertos en la historia y prehistoria de la lengua vasca, n6 así como por científicos especializados en física nuclear y química analítica, dictaminó en noviembre de 2008 que los denominados «grafitos extraordinarios» presentados en 2006 eran falsos.

n5 En una rueda de prensa precipitada convocada para confirmar la aparición de textos redactados en vascuence, en la que participé, pedimos seis meses de plazo para emitir nuestro primer informe razonado sobre los textos. Ver Barandiarán, Alberto. Veleia Afera, obra citada en n7.

n6 La comisión contó también con informes de prestigiosos especialistas externos sobre ciertos temas, como la estratigrafía arqueológica, la iconografía cristiana y los grafitos de tema egipcio y bíblico.

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Los arqueólogos de la comisión hallaron deficiencias en la interpretación de los estratos como «cámara sellada», no pudiendo descartar la existencia de deposiciones secundarias. Los científicos no pudieron certificar la autenticidad de las inscripciones; en cambio, fueron incapaces de disponer de las analíticas originales que supuestamente se habían hecho a las piezas; en otro tipo de analíticas susceptibles de realizar, el profesor Madariaga, químico analítico, llegó a la conclusión de que ciertas piezas mostraban una discontinuidad entre superficie y surco de la inscripción en el espectro de infrarrojos, aunque no pudo llegar a ninguna conclusión. Los informes epigráficos y lingüísticos fueron, sin embargo, coincidentes en concluir la falsedad de los textos.

Como consecuencia de los resultados de la comisión y ante la falta de explicación convincente por parte del arqueólogo responsable del yacimiento, la DFA le retiró el permiso de excavación e interpuso más tarde una querella por ataque al patrimonio arqueológico, que aún continúa en los juzgados de Vitoria.

En los últimos dos años el asunto está en vía judicial. El arqueólogo responsable mantiene la autenticidad de todos los hallazgos, ha reunido un cierto número de informes, tanto de epigrafistas como de lingüistas, que avalan su postura y ha concitado a su derredor una plataforma ciudadana partidaria de la autenticidad que solicita la realización de pruebas analíticas para zanjar la cuestión. n7

Características del fraude

Antes de entrar en la reflexión sobre los diferentes aspectos de este fraude contemporáneo, quiero dejar claro que el asunto concreto de la autoría es una cuestión estrictamente judicial, que quizá se resuelva o no en el curso de la vista — que en todo caso tiene que basarse en evidencias circunstanciales y declaraciones de imputados y testigos— , pero que en principio no tiene por qué contaminar en estos momentos las reflexiones de carácter general sobre los falsos en sí mismos y sobre su repercusión en las disciplinas históricas. Es decir, el que no se llegue a ninguna conclusión judicial sobre la autoría de los falsos no niega la existencia de los falsos, mientras que una resolución positiva sobre la autoría explicaría obviamente muchas claves de la propia falsificación.

n7 Los informes de la comisión fueron hechos públicos por la DFA a través de la siguiente dirección de Internet: http://www.alava.net/msginet2/Veleia. Los contrainformes de la empresa de arqueología Lurmen, responsable de las excavaciones, pueden ser consultados en: http://www.veleia.com/noticias_boletines. Un relato de los hallazgos y la polémica, escrito por un arqueólogo y con la ventaja de contar con opiniones independientes de las emitidas por la comisión (de arqueólogos e historiadores de Estados Unidos, por ejemplo) puede leerse en: Elkin, Mike. «The Veleia Affair», Archaeology, sept-oct. 2009. Un relato mucho más exhaustivo y detallado, de índole básicamente periodística, pero muy ilustrativo de las diversas posiciones ante los hallazgos, se debe a Barandiarán, Alberto. Veleia afera, Pamplona-Iruñea 2010. En él puede el lector hallar referencias a muchas declaraciones periodísticas y al papel de los foros de Internet.

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La esencia de todo fraude es la intención consciente de hacer pasar por auténtico y genuino un producto que no es sino una copia o remedo de la realidad ( mens rea); para ello debe adornarse de verosimilitud y credibilidad. Los motivos para el fraude pueden ser múltiples: desde los estrictamente económicos hasta los de enemistad personal, pasando por una amplia gama de razones relacionadas con la fama o el renombre profesional.

Motivos económicos son los más frecuentes. Normalmente consisten en piezas aisladas, que copian las características de otras genuinas lo más fielmente posible o que incluso en ocasiones las completan con algunos rasgos particulares que les aportan un valor añadido sobre otros especímenes análogos. La inscripción total o parcial en el llamado Osario de Santiago, que remite inequívocamente a «Santiago, hijo de José, hermano de Jesús», hace de un soporte genuino y valioso, pero relativamente frecuente, un unicum de valor incalculable.

Enemistad. Es el caso en que un colega pone en el horizonte profesional de otro algo para que pique y vea reducida su fama: así, John Payne Collier, autodidacta que se convirtió en una autoridad en los inicios del teatro inglés, utilizó un infolio de Shakespeare anotado por el antiguo corrector, que sus enemigos lograron demostrar que era falso y pudieron de este modo desacreditarlo; pero parece muy probable que el autor fue realmente sir Frederick Madden, conservador de manuscritos del Museo Británico (ver Grafton 2001, 53-54).

Renombre profesional. Es bastante frecuente el caso de científicos que falsifican pruebas para atribuirse un importante descubrimiento. Cabe pensar en el renombre — aunque sin dejar de lado el reto intelectual— como causa de la más que probable confección de la fascinante carta de Clemente de Alejandría a Teodoro donde cita dos fragmentos del Evangelio Secreto de San Marcos que usaban los carpocratianos para su secta, conservada en las hojas finales de la edición de las obras de Ignacio de Antioquía por Isaac Voss en 1646, que fue descubierta y estudiada por el erudito bíblico Morton Smitt (ver Ehrman 2009, 118-38).

Broma. Es el caso, por ejemplo, del descubrimiento de un manuscrito árabe en una mezquita marroquí que Coleman-Norton pudo contemplar durante la Segunda Guerra Mundial (Coleman-Norton, 1950): no le dio tiempo a fotografiarlo, dadas las circunstancias de guerra, pero sí a copiarlo. El texto continuaba el pasaje de Mateo 24, 48 ss, donde Jesús afirma que el mal siervo será condenado al lugar «donde habrá llanto y crujir de dientes». En la continuación uno de los discípulos duda y pregunta: «¿Qué sucederá con los que no tienen dientes?». Jesús le responde: «En verdad os digo, hombres de poca fe, que habrá dientes para todos». Él nunca reconoció la autoría del fragmento, pero el comentario es socarrón y parece que da a entender que es un «juego erudito» (Grafton 2001, 10-11).

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En la inmensa mayoría de estos casos se trata de piezas aisladas, en las que el falsario ha empleado mucho esfuerzo en recrear los detalles que hagan pasar su producto por genuino: es casi obligada la utilización de soporte antiguo (códice o libro auténtico, osario original) y se despliega una gran maestría en la recreación del lenguaje y la escritura de la época, así como en la formación de pátinas, etc.

Nuestro caso de Veleia es totalmente excepcional y, por ello, muy llamativo en principio. No estamos ante la falsificación de unas pocas piezas más o menos impactantes, sino ante una producción de falsos masiva, a gran escala. Como veremos, se ha cedido precisión en la recreación verosímil de los detalles históricos y filológicos para ganar credibilidad en la producción masiva. Todo el mundo puede concebir como posible la falsificación de algunas piezas, pero cuesta creer que el fraude haya sido masivo, de la misma manera que es más asumible el fraude de un empleado de banca que pensar que todo el sistema bancario está contaminado por prácticas fraudulentas generalizadas.

Los hallazgos deben poseer verosimilitud y credibilidad

En pos de la verosimilitud

El fundamento principal y primario para la verosimilitud proviene de los soportes mismos, ya que estos son auténticos sin duda alguna. En la mayoría de los casos se trata de trozos de sigillata hispánica altoimperial o tardía o de fragmentos de cerámica común, así como de vidrio antiguo. En unos pocos casos los epígrafes se hallan sobre hueso, de los que no hay razón para pensar que sean modernos (y cuya antigüedad puede datarse fácilmente mediante técnicas analíticas como las del C14).

El siguiente factor de verosimilitud es que se trata mayoritariamente de grafitos sobre material pobre, de los que se constata gran abundancia de ejemplares en muchos yacimientos romanos. No estamos ante importantes textos legales en bronce, ni ante láminas de oro o plata, sino ante deleznables trozos de cerámica con referencias a actividades de la vida cotidiana, aunque algunas piezas provoquen una fuerte conmoción por inesperadas.

Pero, a pesar de los indicios de verosimilitud, ciertas piezas son demasiado llamativas como para pasar desapercibidas y los mismos descubridores llaman la atención sobre su acusada excepcionalidad, para la cual tienen que ofrecer alguna explicación plausible. La explicación consiste en la articulación de un relato muy elaborado que dé cuenta de la totalidad del conjunto así como de los aspectos más estridentes del hallazgo, especialmente el material egipcio y el Calvario. Consiste, como dije antes, en la hipótesis del paedagogium al cuidado de un preceptor egipcio: se trata de explicar los contenidos relacionados con la enseñanza, los jeroglíficos y referencias egipcias, incluso la presencia de elementos cristianos poco ortodoxos (calvario con RIP, crucifixión de dioses paganos, impiedad contra dioses, quizá magia).

Y tan importante como los elementos activos o positivos de la verosimilitud, son los elementos pasivos o las defensas ante los ataques de inverosimilitud.

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Me parece que la principal defensa es la elección del siglo III d. C. para localizar cronológicamente los hallazgos. Sabemos que la mitad del siglo III es un periodo desconocido en muchos aspecos de la vida y la historia romanas en Occidente. Cae en picado la información epigráfica que tenemos de esa época, pero intuimos que debieron darse evoluciones sociales y culturales de envergadura: el cristianismo debió de expandirse, aunque no aflore hasta después de la instauración constantiniana; el sistema onomástico empezaría a simplificarse, porque ya en el siglo IV es diferente; seguro que el propio latín, por el aislamiento que supuso la crisis económica y la enorme inestabilidad política del siglo, evolucionó de modo perceptible en su vertiente hablada, aunque sus efectos no llegaron a escribirse; la escritura cursiva sufre una profunda remodelación que da paso ya, a comienzos del siglo IV, a la nueva cursiva romana. El siglo III d. C. es en muchos aspectos un misterio, un periodo oscuro. Es una elección inteligente ubicar un fraude en el siglo III d. C.

También ayuda el hecho de que el ambiente social al que remiten los textos sea uno eminentemente popular, con temas relacionados con la vida privada o con el aprendizaje escolar: casi todos los desvíos de la norma previamente conocida, que se detecten en los hallazgos, ya sea en cuestión lingüística o en aspectos iconográficos, podrán ser atribuidos a la natural expresión popular, no sujeta a las normas escritas del lenguaje culto o del arte oficial. Valga como ejemplo de uno de tantos grafitos populares el simpático dibujo de un perro con la expresión de su ladrido, VA VA, hallado en Périgueux (figura 5). n8

Con respecto a los textos en lengua vasca, cualquier momento de la antigüedad tardía es a priori inmune a ataques de inverosimilitud basados en paralelos, ya que estos ni siquiera existen. Ningún crítico puede aducir ningún documento concreto que contradiga la verosimilitud de lo hallado, ya que como todo el mundo sabe los primeos textos vascos son del siglo X; es más, a ojos no profesionales los mismos hallazgos se convierten, por su propia materialidad, en la prueba por antonomasia de la existencia del vasco antiguo y de sus características, una prueba más contundente que cualquier teoría o hipótesis reconstructiva basada en extrapolaciones racionales a partir de datos muy posteriores.

La credibilidad

La credibilidad, por su parte, se apoya en dos pilares muy consistentes. El primero y principal es ser el producto de una «excavación arqueológica» y descansar sobre el testimonio de los arqueólogos descubridores, que aseguran haber exhumado las piezas de estratos arqueológicos normales en el curso de una actividad acorde a procesos reglados de su ejercicio profesional.


n8 Bost; Fabre, 2001, 269-70. Interesante el comentario: «Nous avons retenu ce graffito pour son caractère insolite, puisque cette saynète, sans doute gravée par des enfants, livre un instantané de vie quotidienne dans Périgueux antique et offre aussi un autre témoignage de la langue parlée aux Ier-IIe siècles»

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En este sentido, los hallazgos de Iruña-Veleia se apartan sustancialmente de la mayoría de los fraudes arqueológicos, ya que estos suelen consistir en piezas aisladas que de repente surgen en el mercado de antigüedades, sin contar con un origen claro. Unos ejemplos típicos (por otro lado, contemporáneos de los nuestros) son los espectaculares hallazgos del Osario de Santiago, hermano de Jesús, y de la tabla de Joás rey de Judea, dados a conocer en 2002 y 2003, respectivamente. En nuestro ámbito hispano hay que señalar bastantes plomos ibéricos o bronces celtibéricos, como téseras de hospitalidad, que provienen de colecciones privadas. Pero el hecho de que nuestros textos de Iruña-Veleia procedan de una excavación les confiere prima facie una credibilidad total ante entendidos y profanos. Es tal la credibilidad que se le concede al producto de una excavación que en el caso de la mandíbula de Piltdown se inventó un yacimiento arqueológico completo para «justificar» a posteriori el hallazgo casual de la mandíbula. n9

El segundo pilar de la credibilidad descansa sobre el resultado de los «análisis de laboratorio» a que fueron sometidas las piezas: análisis de C14 sobre material orgánico, pruebas de termoluminiscencia sobre algunas cerámicas no grafitadas y sofisticadas analíticas de la pátina superficial de las cerámicas y de los surcos de las inscripciones mediante la medición de la tasa de cationes de determinados elementos.

n9 Es bien conocida la historia de los restos fósiles y arqueológicos de Piltdown (Sussex), hallados entre 1908 y 1915 por el erudito local Charles Dowson. Como pudo saberse bastante tiempo después, fabricó unos restos paleontológicos, uniendo un cráneo moderno y una mandíbula de mono, para crear una especie intermedia, un eslabón entre las dos especies. Lo relevante desde el punto de vista de la credibilidad está en que en primer lugar anunció el descubrimiento de fragmentos de un cráneo «que rivalizaría con el de Heidelberg», mediante carta a Woodward, y solo más tarde, ante cierto escepticismo, montó una excavación para hallar los complementos del producto final. Incluso, se las apañó para que «apareciera» la mandíbula ante testigos cualificados como el mismo Woodward y Teilhard de Chardin, y en campañas sucesivas más elementos del cráneo, como un canino, en manos de la esposa de Woodward.

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Como resultado de todos estos análisis quedaban demostradas la antigüedad de las piezas y la autenticidad de las inscripciones.

Ambos argumentos fueron resaltados explícitamente por los responsables de los descubrimientos en la nota oficial del 24 de noviembre de 2006, para acallar las críticas expuestas en la prensa. La declaración fue firmada entonces también por otros especialistas en arqueología, historia antigua y filología, cumpliéndose de este modo uno de los requisitos más habituales y buscados para el reforzamiento de la credibilidad: la aprobación de los hallazgos por especialistas de las disciplinas implicadas.

Se trata de un requisito fundamental para que el fraude ideado por el falsario pueda ser aceptado por la opinión pública, tanto más necesario cuanto menos credibilidad intrínseca posea el descubridor de los hallazgos: es decir, en el caso del Osario de Santiago, pieza aislada de origen controvertido y dada a conocer por un anticuario, fue absolutamente necesario que algunos investigadores del Geological Survey of Israel afirmaran su autenticidad, así como que ciertos especialistas como A. Lemaire dieran credibilidad al hallazgo (Lemaire, 2002). Pero incluso en nuestro caso de Veleia, donde la credibilidad mayor procedía de los dos pilares antes citados, los descubridores buscaron la aprobación de los académicos.

Porque es aquí donde se libra la primera batalla seria para el reconocimiento público. Y de una batalla táctica se trata, en la que el que defiende los hallazgos hará muestra de sus habilidades de seducción y el académico se verá condicionado por todos sus prejuicios ideológicos, científicos y personales. Los factores que intervienen pueden ser muy variados en cada caso, pero en el fondo, se reducen a la información parcial — a veces engañosa o tendenciosa— y al artificio que emplee el primero para velar aspectos cruciales del problema, por un lado, y a la ingenua credulidad o al deseo de creer (o para ser más crudo y siguiendo la máxima clásica de mundus vult decipi) de «ser engañado» que posean los académicos, por otro.

Más allá de ver, observar

Por muchas ganas que tenga el académico de creerse unos hallazgos que le den la razón en sus hipótesis (pongamos en mi caso y en el de H. Knörr, la presencia de lengua vasca en el territorio caristio, cuestión muy controvertida), no debe dejarse engatusar por el relato que se le presenta ni por las aparentes pruebas de autenticidad, sin antes someter los hallazgos a una crítica directamente proporcional a su carácter extraordinario; es decir, que cuanto menos esperados sean los hallazgos más severas deben ser las pruebas críticas.

El reto consiste en desvelar las triquiñuelas de la verosimilitud, prestando atención al mismo tiempo tanto al marco general en el que se inserta la impostura como a los detalles concretos, a veces insignificantes, que constituyen el terreno de la especialización.

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Como en el fondo se trata de una ficción, de un relato repleto de guiños que recrea con elementos conocidos un paisaje falso aunque verosímil, por lo general añorado por el destinatario, el crítico no debe dejarse envolver por los hilos del relato ni por la ilusión desplegada ante sus ojos. Debe prestar atención preferente al «marco general» en el que el falsario pretende colar su obra, ya que ese marco, tras una atenta observación, pasa a convertirse de soporte de la ilusión en delator de la impostura.

Un ejemplo de ello, central en nuestro caso, es la diferencia técnica entre los conceptos «óstracon» y «grafito». Estos últimos, inscritos habitualmente sobre vasijas o instrumentos varios, se han conservado en gran cantidad, frecuentemente fragmentados, en casi todos los yacimientos romanos. Los óstraca, es decir, textos escritos sobre trozos de cerámica rota reaprovechados como soporte de la escritura, son, en cambio, extremadamente raros en el Occidente del Imperio Romano y, cuando existen, se limitan a usos prácticos de la escritura (cuentas, recibos), redactados en el ámbito de la actividad artesanal. Para poner ejemplos comparativos, el tomo V del Corpus d’inscriptions romaines de Catalogne recoge 170 grafitos de toda Cataluña, pero ningún óstracon. Igualmente, el recentísimo dossier sobre los grafitos hallados durante diez años de excavación en la importante ciudad de Segóbriga recoge 243 grafitos y ningún óstracon (Abascal; Cebrián, 2007). No hacer, pues, esta distinción es abrir un portillo a que cuelen por meros grafitos, en principio esperables en un horizonte romano, epígrafes extremadamente raros como los óstraca. Y todos los hallazgos cuestionados de Iruña-Veleia son óstraca, no grafitos.

Otra cuestión de carácter general tiene que ver con el fenómeno de la escritura. La aparición de tal cantidad de textos vascos en un único yacimiento, sin que hasta el momento haya ningún otro testimonio procedente del amplio territorio donde presumiblemente se hablaba vasco en la antigüedad, especialmente en grandes ciudades como Pompaelo o Lugdunum Convenarum (actual Saint-Bertrand-de-Comminges) en Aquitania, nos sitúa frente al grave problema de tener que explicar, por un lado, la repentina y local aparición, no solo del hábito de la escritura en vasco, sino de una ortografía muy moderna, y, por otro, la total desaparición de la tradición escrita en los siglos posteriores medievales. Es decir, una cantidad tan abundante de textos en el ámbito privado sugiere que el hábito de la escritura — un fenómeno nada natural en sí mismo sino eminentemente cultural— , estaba ampliamente difundido entre los habitantes vascófonos de la zona, cuya pérdida total en los siglos altomedievales sería difícil de explicar.

Una característica común de todas las imposturas es su aplicación y empeño en la evocación de temas ya conocidos por la erudición estándar, proponiendo por lo general variantes de cierto impacto que alteran aspectos significativos del marco. En nuestro caso, los textos del ámbito religioso nos presentan un mundo cristiano con guiños a las persecuciones (martirios; figura 6), a las comunidades judeocristianas (Yahve), a ciertas posibles herejías cristianas (RIP) o a episodios de impiedad en la religión pagana tradicional (Júpiter asaeteado; figura 7).

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Todo es chocante, llamativo, impactante, pero en realidad comprendemos los mensajes, porque son datos que se inscriben en una historia conocida: sabemos que hubo persecuciones, que hubo relaciones estrechas y conflictivas entre judíos y cristianos, que hubo muchos modos de entender el mensaje de Cristo antes de que se impusiera la ortodoxia, que hubo magia; todos estos elementos son guiños hacia fenómenos que ya se conocen y que el espectador actual puede identificar. Además el falsario le proporciona a este un enorme aliciente al mezclar y alterar los elementos en un puzzle muy atractivo que se convierte en un juego intelectual para la explicación de cada pieza, atrapándolo en las redes del engaño.

Pero en realidad, ¿no deberíamos esperar en unos textos escritos por indígenas en su lengua vernácula la presencia de dioses indígenas, de elementos importantes de su religiosidad ancestral, de elementos inesperados, totalmente nuevos, que no hicieran referencia a nada conocido hasta el presente? Esta es la paradoja esencial de toda impostura: su pretensión de cambiar los cimientos de lo conocido, sin que en realidad aporte ningún conocimiento nuevo a la ciencia.

He manifestado varias veces que las contradicciones de carácter general, como las descritas y otras más (como que en el paedagogium no se explicara griego, o que no observemos el uso de la escritura cursiva, o el hecho mismo de grabar pequeños tejuelos, a veces minúsculos, para ejercicios escolares frente al uso corriente de las tabellae ceratae) son de capital importancia en la evaluación de los hallazgos, aunque las pruebas de la falsedad deban sustentarse en los detalles. En este sentido, el trabajo crítico consiste en desvelar las triquiñuelas de la verosimilitud, poniendo de manifiesto las contradicciones internas del material y los anacronismos de toda clase. Veamos algunos ejemplos en este sentido.

Primero. Ya he dicho que las piezas son óstraca, es decir, fragmentos cerámicos reaprovechados como soporte para la admisión de un texto o dibujo completo. Pero existen piezas que tienen aspecto de grafito, es decir presentan un texto o dibujo truncados con apariencia de fragmento, lo cual es lo normal en un grafito. Yo los he llamado «óstraca agrafitados». Las figuras 8 y 9 muestran este fenómeno; ¿cómo es posible que en los fragmentos adjuntos no sigan el texto o el dibujo?

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Segundo. Las letras pueden observarse desde dos puntos de vista: el de la forma propiamente dicha, que estudia la paleografía, y el de su función como grafema, es decir, como expresión gráfica de un fonema o sonido. La inspección paleográfica nos ofrece muchos ejemplos de inadecuación entre las letras grabadas y las registradas en centenares de documentos procedentes de la antigüedad romana. En mi informe a la comisión (y solo a título de ejemplo) hice mención de la M, pero un especialista podría poner objeciones prácticamente a todas las letras de los óstraca. Lo mismo se observa en uno de los pocos textos donde aparentemente tenemos un vocablo griego (φῶς) con φ abierta. Este anacronismo paleográfico se aprecia nítidamente en otros dos fenómenos: a) el empleo de sistema dual mayúscula - minúscula (Deidre; figura 10), y b) el empleo de signos de puntuación como comas, para separación de elementos internos de la frase, tal como se emplea en la actualidad (figura 6). Este último fenómeno toca ya a la función de los signos, no solo a su aspecto físico (raya en la parte inferior de la caja, ya de por sí diferente de la virgula), y nos introduce en el segundo apartado importante de la observación de las letras: en el de su condición de grafemas.

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En este sentido, existen grafías totalmente inesperadas, contradictorias con lo conocido y explicables solo como anacronismos gráficos. Así y solamente a título de ejemplo se encuentra Cayo con el problema que presenta la grafía Y (y también la C, porque esta solo se usaba en la abreviatura, nunca en el nombre extendido, que evidentemente era Gaius); Anquises o Aquiles con la grafía anacrónica QV por CH (figura 11); en los textos vascos encontramos el uso de Z ( zure, zutan, etc.), cuando en los epígrafes aquitanos se emplea siempre S, de modo acorde a los valores de las letras en el alfabeto latino, o el uso de K en la frase Neu Corne ezkon, en contradicción interna y con las normas gráficas latinas.

Tercero. Las pruebas lingüísticas. Consisten estas en hallar palabras o secuencias textuales que no solo sean inesperadas (lo cual sirve para la plausibilidad de la crítica, pero no supone ningún «jaque mate» como diría Rodríguez Colmenero), sino imposibles para la época propuesta, es decir para el siglo III d. C. La imposibilidad viene definida por el conocimiento asegurado por fuentes numerosas e independientes de que el estadio de evolución presentado por la palabra en cuestión no se alcanzó históricamente hasta fechas muy posteriores. Algunos defensores de los hallazgos reducen esta vía a límites ridículos cuando consideran imposibles solamente vocablos como «automóvil», «reloj» o «Coca-Cola». Los especialistas tienen, sin embargo, una gama amplia de recursos para identificar como tan imposibles para la época, es decir anacrónicos, otros muchos vocablos corrientes. Tengo que hacer aquí un recordatorio sobre la radical diferencia existente entre la filología latino-románica y la filología vasca para afrontar este cometido: aunque los fundamentos, las técnicas y los métodos sean exactamente los mismos para ambas, los datos son, sin embargo, muy diferentes.


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En el lado latino-románico existe una numerosa documentación latina sin solución de continuidad en cada uno de los romances, lo que proporciona al especialista mucha información de detalle sobre la evolución de los sonidos y las palabras. En el lado vasco se carece de datos sistemáticos y numerosos hasta prácticamente el siglo XVI. En definitiva no tenemos ninguna atestiguación de la lengua vasca en la antigüedad y solamente podemos hacer conjeturas (conjeturas fundadas, eso sí) sobre ciertos aspectos estructurales de la lengua para aquella época.

Entre estas conjeturas están la ausencia de artículo — y, de tenerlo o estar en camino de tenerlo, suposición sobre su aspecto fonético— y exactamente lo mismo para la presencia o no de la marca de ergativo y de otras marcas morfológicas nominales o verbales. En este sentido ya muy pronto comprobamos: a) la presencia de artículo tal como se conoce en vasco histórico; b) el incumplimiento de la ley de Aresti-Linschmann, tal como ocurre en la actualidad en dialectos occidentales, pero que era de obligado cumplimiento en el siglo XVI en todas partes; c) anacronismos fonéticos, como inexistencia de aspiración, probada en la antigüedad y edad media, en aquellos términos que la poseen en fechas históricas; d) anacronismos morfológicos, como el detectado en denoc zure naia n10; e) anacronismos semánticos, como el uso de lagun en el sentido de «amigo» en vez de «compañero».

Esta prueba se entenderá mejor con material no vasco, por las razones antes aludidas. La mayoría de los vocablos latinos presentan aspectos formales muy evolucionados. Así son esperables grafías como Eneas (por Aeneas) e incluso puede aceptarse un vocalismo - o- en vez de - u- en las desinencias de la segunda declinación, pero es muy chocante la pérdida de - s final de los nominativos: Baco por Bacchus, Vulcano por Vulcanus, cuando, en cambio, se ha mantenido en Venus. Este asunto podría llevar a cierta discusión entre los especialistas, porque se ha debatido mucho cuándo se colapsó realmente la declinación en el latín vulgar, y constituye una notable «defensa contra la acusación de inverosimilitud» para los defensores de la autenticidad, como he dicho anteriormente. Pero no hay ninguna duda de que formas de nominativo singular como Pluton (cuando no sea helenismo), Marte y sobre todo Varron (figura 8) (y en este orden de gradación creciente) son verdaderos anacronismos, es decir formas que no existieron hasta cerca de un millar de años más tarde, ya en el dominio lingüístico del hispano-romance.

n10 Aunque el texto grabado ofrezca una lectura aparente denos zure naia, la frase solo tiene sentido en vasco si se entiende como denoc zure naia «todos tu voluntad», que remite casi con seguridad a la frase del Padrenuestro faciat voluntas tua – ‘hágase tu voluntad’. Hay que tener en cuenta, a la hora de admitir esta interpretación, que en el material de Veleia tenemos: a) otra mención de la forma denos, en este caso en la frase ian ta edan denos que también adquiere sentido si se interpreta como ian ta edan denoc ‘comed y bebed todos’ —frase que con gran probabilidad remite a la fórmula de la comunión litúrgica— y b) el inicio del Padrenuestro: Geure ata sutan seraana, santu isan beti seure isena etor, que se asemeja a la forma canónica actual de la oración ( Gure aita zerueta zerana, santu izan bedi zure izena, etor [ bedi ...]) —con evidentes rasgos dialectales y modernos— y otros fragmentos menores de la misma oración.

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El mismo tipo de argumentos vale para el nombre irlandés de mujer Deidre, el cual no se documenta en esta forma hasta casi el siglo XX, siendo simplificación de la forma clásica Deirdre, la cual procede a su vez de la forma medieval Deirdriu, que consiste en la evolución específicamente irlandesa de una forma reconstruida * Derderiu para época antigua.

Los hallazgos de Iruña-Veleia, al ser tan numerosos, proporcionan muchos ejemplos de anacronismo, no solo lingüístico o epigráfico, sino cultural o histórico. La atestiguación de los nombres de las famosas reinas egipcias, Nefertiti y Nefertari,n11 a las que acompañan las menciones de los faraones Seti y Ramsés, constituyen un caso de ingenuidad tan acusada, que causa asombro imaginarse que el falsario hubiera podido concebir siquiera que esta impostura pudiera prosperar. En este sentido, entre los hallazgos, existen unas máximas o sentencias, como ciertas frases que inmediatamente recuerdan a Virgilio (omnia amor vincit) que a primera vista podrían encuadrarse en el marco de un paedagogium (la construcción de la verosimilitud); contamos con varios papiros procedentes de Egipto que nos muestran material escolar con variaa secuencia de las gnomai de Diógenes ordenadas alfabéticamente por la primera letra (Galé, 1961, 79ss). Ahora bien, sentencias como Si vis pacem para bellum que remite a Vegecio y sobre todo Ad Maiorem Gloriam Dei de la insignia jesuítica o el medieval Homo proponit sed Deus disponit, popularizado por Kempis, no solo son claros ejemplos de anacronismo, sino que además representan un comportamiento lingüístico contradictorio con el resto de la documentación latina de Iruña-Veleia: si en el resto de los datos observábamos evoluciones fonéticas y morfológicas que ocurrirán siglos más tarde (como la pérdida de las terminaciones flexivas), en estas máximas se conservan perfectamente las desinencias, incluso aquellas que sabemos que ya se habían perdido o estaban en camino de perderse, como la -m final del acusativo.

¿Qué pasa con la credibilidad?

Es claro que una crítica que ha puesto en evidencia no solo los trucos de la construcción de la verosimilitud histórica, sino también flagrantes anacronismos factuales, deja en entredicho muy seriamente el otro pilar fundamental en el que se apoyaba la autenticidad de los hallazgos: la credibilidad de la excavación y de las pruebas de validación presentadas por los arqueólogos.

n11 Es bien sabido que el nombre de la reina Nefertiti, esposa de Akenaton, solo se conoce a partir de los descubrimientos modernos. Por otro lado, los egiptólogos creen que la parte primera del nombre debía sonar en egipcio antiguo algo parecido a /Náfir-/, que en copto evolucionó a /Núfor-/ (cf. Onofre). La versión acadia de Nefertari sonaba «Naptera», según un documento singular hallado en la capital del reino hitita: una carta de la reina Nefertari con mensaje para la reina hitita Puduhepa (KBo 129+KBo XXIX 43).


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Ya no es suficiente con el testimonio de los descubridores, a pesar de tratarse de arqueólogos de profesión, sino que se exige que el peso de las objeciones sea contrarrestado con pruebas objetivas de naturaleza documental sobre el proceso de excavación o por cualquiera otra evidencia externa.

En este sentido, es decepcionante comprobar que los arqueólogos no pudieron identificar ningún óstracon extraordinario en el momento mismo de su exhumación, ni consiguientemente documentarlo mediante fotografías o testimonios independientes. Todos los grafitos aparecieron siempre, según testimonios directos, tras el proceso de lavado de los fragmentos, a veces semanas o meses más tarde. Solamente en el caso de la excavación de una tumba en uno de los sondeos extramuros a finales del verano de 2006 (cuando los responsables conocían perfectamente mi opinión sobre la falsedad de los hallazgos) se preocuparon de documentar fotográficamente el descubrimiento, pero sin que por las fotografías ni por los testimonios de los participantes se comprobara la existencia de inscripción alguna, hasta que esta apareciera tras el lavado del plato.

Como he dicho al comienzo, los responsables de la excavación, siendo conscientes de esta carencia inexcusable, se esforzaron en suplirla mediante la realización de numerosas y variadas pruebas de laboratorio. Aparte de las pruebas ordinarias en arqueología, como las que miden la antigüedad de los soportes orgánicos por C14 y de lo soportes cerámicos por termoluminiscencia, se realizaron en esta ocasión novedosos análisis de pátinas, coordinados por el físico nuclear Rubén Cerdán, que probaban la antigüedad de los textos y grabados. La cuestión es que la Comisión Científica Asesora de la DFA nunca pudo contar con los resultados originales de estos análisis, ya que el arqueólogo responsable solamente hizo entrega de un CD-ROM cuyo contenido era ininteligible para los científicos de la comisión. Este punto oscuro, cuyo carácter como prueba de credibilidad era crucial, solamente se desveló poco después de que los informes de la comisión se hubieran hecho públicos por la DFA. Salvador Cuesta, un Ayudante de laboratorio y habitual participante en los foros que seguían el asunto por Internet, se dio cuenta (observó atentamente el marco más allá de la mera lectura del contenido) de que ciertas gráficas correspondientes a los resultados analíticos presentados por R. Cerdán no correspondían a ningún análisis realizado a piezas reales, sino que eran gráficas copiadas del manual de instrucciones de un programa de análisis de una conocida empresa alemana. Dio cuenta de su hallazgo al Gobierno Vasco. La DFA, tras ponerse en contacto con los responsables de esa empresa, así como con los laboratorios franceses del CNRS donde supuestamente se habían realizado los análisis, comprobó que el informe de R. Cerdán era un completo engaño, pura invención adobada con gráficos especiosos pergeñada por un embaucador, de cuya falta de cualificación profesional y título académico se albergan fundadas sospechas.

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Conclusión

Tras los poderosos argumentos de orden histórico-cultural que avalan la falsedad de las piezas, la carencia de prueba analítica favorable a la autenticidad y el descalabro total de la credibilidad sobre las circunstancias del hallazgo y los procedimientos de validación llevados por los responsables, parecería que no debiera haber resquicio alguno a la duda. Sin embargo, cierta parte de la opinión pública vasca no se resigna a creer que se halla ante una falsificación y mantiene viva la esperanza de que los hallazgos, o al menos los que atañen a los textos vascos, sean auténticos. Se ha creado una plataforma ciudadana que trabaja intensamente en este sentido, manteniendo foros de Internet, organizando conferencias, convocando manifestaciones e involucrando a ciertos partidos políticos, con el acceso consiguiente a instituciones vascas, por ejemplo la Diputación de Álava o el Parlamento Vasco. Aunque parezca mentira, cuentan a su favor con algunos profesionales de cierto renombre en las letras vascas, pertenecientes a ámbitos diferentes de los de la antigüedad, habiéndose manifestado a su favor también no sé si especialistas pero cuando menos entendidos en epigrafía, ibérico, egiptología, etc.

El argumento principal de los que mantienen el rescoldo de la esperanza es, aparte de su voluntad de creer en unos materiales que por alguna razón para mí incomprensible, la idea de que la falsedad o autenticidad de unos hallazgos se decide en última instancia por argumentos «objetivos» de naturaleza analítica. Se trata de una opinión profundamente arraigada en la opinión pública, avalada por el enorme prestigio a que se han hecho acreedoras las ciencias experimentales gracias a sus espectaculares avances.

Como decía Grafton en su libro sobre los falsarios y los críticos, «cualquier falsario, por muy diestro que sea, imprime en ese pasado (que confía que aparezca genuino) los modelos y los matices característicos de la vida, el pensamiento y el lenguaje de su propia época. Todas las técnicas que utiliza, independientemente del impacto que puedan tener sobre su público inmediato, acabarán finalmente por revelar en grandes letras su impostura» (Grafton, 2001, 83). Así también, en nuestro caso, se ha querido colar por antiguo un material que refleja por todos sus poros los intereses y los modos de pensar y enjuiciar de nuestra sociedad moderna: a) se ha querido zanjar a través de estos hallazgos el debate historiográfico y científico sobre la presencia antigua del vasco en las actuales provincias vascas; b) se han pretendido ratificar epigráficamente datos conocidos por otras fuentes antiguas, como el nombre de la propia ciudad, Veleia, o la presencia de la Cohors Prima Gallica; c) han primado los contenidos relacionados con la vida cotidiana, antes que con cuestiones políticas, administrativas o de las elites, temas aquellos preferidos de un público profano o poco exigente; d) entre estos últimos, hay una dedicación especial a elementos que podrían servir de material a un diseño curricular de «cultura clásica», y e) los pilares de la credibilidad se sustentan más en el resultado de pruebas analíticas o de ciencias experimentales que en la congruencia de los detalles históricos, epigráficos y filológicos de los contenidos.

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Esta última característica se me aparece como uno de los rasgos más sobresalientes de esta falsificación: no tanto el hecho de que se haya recurrido al amparo de una confirmación experimental — cuestión absolutamente normal en el ejercicio ordinario de la arqueología, incluso ante materiales normales y esperados— , sino más bien a la convicción de que solamente las pruebas experimentales o de laboratorio son las únicas decisivas en un proceso de autentificación de material arqueológico. Con independencia de lo que los tribunales dictaminen acerca de la implicación de cada cual en la elaboración de los informes de laboratorio falsos, es un hecho muy revelador que dichos informes fueran presentados por los responsables, y asumidos por muchos especialistas, como prueba definitiva de autenticidad (ver comunicado del equipo oficial).

Valían más los «objetivos y científicos» resultados de unos análisis que las enormes objeciones histórico-filológicas que suscitaban los hallazgos. Para los responsables políticos, los gestores culturales de las diferentes administraciones, para la opinión pública general e, incluso, para bastantes especialistas en disciplinas humanísticas, los resultados de los análisis de laboratorio eran inapelables.

El tantas veces utilizado argumento de autoridad de siglos pasados ha sido trasferido modernamente al dictamen de las ciencias experimentales. n12 Incluso ahora y a pesar de que los informes de laboratorio firmados por R. Cerdán se han revelado falsos, los defensores de la autenticidad de las piezas vascas reclaman análisis de laboratorio como único argumento de autoridad y prueba definitiva para zanjar el asunto. El affaire del Osario de Santiago, tan similar al nuestro en tantos aspectos, nos revela, sin embargo, que los análisis de laboratorio son en ocasiones extremadamente lábiles y tan proclives a interpretaciones científicas diversas como puedan serlo los estudios humanísticos (ver Kalman, 2009).n13

n12. Vale la pena leer el comentario de Craddock (2009, 2-3) acerca del valor del trabajo de experto (en este caso, un historiador del arte) y del de los análisis de laboratorio: «Many of the authors of books on fakes and forgeries seem to take the view that scientific tests are fundamentally different in approach from those of the art historian and are somehow more reliable. In fact, the art historical/stylistic criteria are based on ordinary physical properties of color, texture, weight, dimensions, etc. that the art historian is mentally quantifying and comparing to a canon of genuine pieces. This is exactly the process carried out by the scientist, except that the information is often obtained using a piece of apparatus that produces the data as a Lumber. Part of the problem is that these numerical results are perceived by the non-scientist as being somehow sacrosanct and uncha-llengeable. The non-specialist usually lacks the knowledge to asses how meaningful the figures are, and also, very often, the qualifying data on accuracy, precision and detection limits which is necessary for this to be done is not provided. Even so it is not the numerical value itself of whatever parameter which condemns or authen-ticates the suspect piece, but rather the value judgment put upon it, based upon comparison with other pieces, which is exactly the same approach as that adopted by the art historian». No será ocioso señalar que en el estudio de estas piezas de Iruña-Veleia, además de los argumentos filológicos en sentido amplio, también prestamos atención a la inspección de fenómenos físicos relevantes, como la incisión de los trazos sobre las concreciones calcáreas de la cerámica, que se observan a simple vista en el óstracon de la figura 11.

n13. Otro ejemplo reseñable lo ofrecen los sucesivos análisis a favor y en contra de la autenticidad de la fí- bula prenestina. Mi opinión sobre ella y sobre el valor de la sucesión cronológica de las interpretaciones de los fenómenos implicados puede verse en Gorrochategui (2007, en prensa, § 7).

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El notable éxito de aceptación del fraude de Iruña-Veleia en amplios sectores de la opinión pública antes del dictamen de la comisión se debía al hecho crucial de que vendía un relato añorado ideológicamente por una parte de la opinión y, en todo caso, agradable e ilusionante para el conjunto de el a. Las evidentes carencias técnicas del fraude eran suplidas por la credibilidad profesional del equipo de arqueólogos, por la naturaleza masiva y popular de los hallazgos y por la autoridad de los análisis de laboratorio. Pero, antes incluso de que los análisis de laboratorio se revelaran falsos, la crítica histórica y filológica pudo dilucidar sin género de dudas la falsedad de casi la totalidad de los epígrafes en cuestión. Y dentro de la crítica incluyo a la filología vasca, que con menos armas que el resto de las filologías más ricas en historias documentadas pudo concluir igualmente la falsedad de los epígrafes vascos. Pero a nadie se le escapa que esta conclusión es ahora aceptada por la inmensa mayoría de la opinión pública vasca, gra- cias a que en el mismo lote fraudulento venían Calvarios con RIP, menciones de Nefertiti y extravagancias latinas como las apuntadas antes. No estoy en absoluto seguro de que la situación actual fuera la misma, si los fraudes se hubieran limitado solo a los esgrafiados vascos. n14 Y en este sentido las características del propio fraude en su conjunto, en especial su fuerte carácter naïf y exagerado, han sido sus principales obstáculos para que el núcleo de la falsificación vasca triunfara. Saber si todo ello es el resultado de un espíritu megalómano — que ha caído en las redes de su propia exageración— o una broma intelectual dosificada, en la que al final el propio falsario establece los límites del juego, solo podrá saberse cuando se esclarezcan los detalles de la autoría.

7. Bibliografía

Abascal, J. M.; Cebrián, R. 2007. «Grafitos cerámicos de Segobriga (1997-2006)» Lucentum, 26, 127-72.

Bost, J.-P.; Fabre, G. 2001. Inscriptions Latines d’Aquitaine: Pétrucores. Burdeos: De Boccard.

n14. Me parece que existen bastantes puntos en común en el trasfondo de esta falsificación veleyense y muchos de los hallazgos espectaculares de la arqueología bíblica en los últimos años. Son reveladoras las siguientes palabras de Y. Goren, profesor de arqueología de la Universidad de Tel-Aviv, que apunta certeramente a los fundamentos del fenómeno y reflexiona sobre los peligros, que como verdaderos caballos de Troya, se ciernen sobre la actividad académica responsable: «We biblical archaeologists must now decide whether we are ready to remain in this fools’ paradise or fight back in order to bring science back into our discipline. For my grandfather, who was a very orthodox Jew, the question whether there was a Temple in Jerusalem or not was completely irrelevant to the depth and sincerity of his faith. He never needed a dubious ostracon, written in dodgy biblical Hebrew and coated by a layer of modern lime and wax, to make his belief stronger. I am confi-dent that the discovery of the James ossuary has not served to bring more people into the belief in the historicity of the Gospels. Perhaps the opposite is true. But for those of us who care about the future and integrity of biblical archaeology and history, the Jerusalem syndrome in archaeology is a question of life and death — ei-ther we fight against it or we lose any trace of scientific dignity»

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Joan Carbonell Manils, Helena Gimeno Pascual y José Luis Moralejo Álvarez (eds.)

Coleman-Norton, P. 1950. «An amusing Agraphon», Catholic Biblical Quaterley, 12, 439-49.

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