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RESUMEN: El objetivo de este trabajo es el estudio del espacio fronterizo entre Álava, Guipúzcoa y Navarra en los siglos finales de la Edad Media. En particular a través del análisis del bandidaje, de las sucesivas reorganizaciones del espacio fronterizo, la presión de los linajes sobre el campesinado y los enfrentamientos internobiliarios.

Palabras clave: Frontera. Bandidaje. Nobleza. Álava. Guipúzcoa. Navarra.

El estudio de la frontera y, en particular, sobre la dinámica línea divisoria que separó el espacio controlado por los reinos cristianos del dominado por los musulmanes hasta la conquista del reino nazarí de Granada en 1492, es uno de los temas ineludibles del medievalismo peninsular n3. Ahora bien, hubo otras fronteras: aquéllas que delimitaban el territorio de los distintos reinos hispanos. Este trabajo pretende acercarse a una de ellas: la que separaba Álava y Guipúzcoa de Navarra, a la que las autoridades del reino pirenaico, desde principios del siglo XIV, denominaron la frontera de los malfechores n4.

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Esta frontera, durante el siglo XX, suscitó el interés de distintos estudiosos cuyos trabajos se centraron sobre todo en la narración de los hechos violentos acaecidos en ella y en los aspectos jurídicos y político administrativos n5.

Aprovechando los resultados obtenidos en esas aproximaciones, pretendemos progresar en el conocimiento de los aspectos sociales del problema mediante del análisis, entre otras, de cuestiones como la reorganización del espacio fronterizo, la presión de los linajes sobre el campesinado o los enfrentamientos internobiliarios.

Todo ello en un amplio periodo cronológico que se inicia a partir de la definitiva incorporación de las tierras alavesas y guipuzcoanas al reino de Castilla en 1200 y concluye con la definitiva conquista del viejo reino de Navarra en 1521. Un tiempo durante el cual la importancia estratégica de la frontera entre ambos reinos sufrirá profundas transformaciones.

Disponemos para ello de un bloque de información relativamente abundante pero desigualmente repartida. El grueso de la documentación procede de los fondos de la sección de Comptos del Archivo General de Navarra. Estos textos, por un lado, iluminan con exquisita profusión de detalles sobre el bandidaje fronterizo que ejercen los malfechores alaveses y guipuzcoanos en tierras de las merindades de Pamplona –igualmente llamada de las Montañas– y Estella y sobre la represión que del mismo realizan las autoridades navarras.

Pero también, por otra parte, ilustran acerca de otras cuestiones como son la extensión de la red clientelar de la monarquía pamplonesa sobre la nobleza alavesa y guipuzcoana o las migraciones temporales de artesanos y transportistas guipuzcoanos al territorio del viejo reino n6.

Respecto al lado castellano de la frontera, en los últimos años se ha realizado un notable esfuerzo de recuperación de textos y documentos referidos a los territorios alavés y guipuzcoano hasta el momento dispersos en distintos archivos nacionales, provinciales y locales n7.

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Este segundo grupo de informaciones, esencialmente de naturaleza judicial y municipal, permitirá completar nuestro enfoque más allá de la reiteración de actos violentos que en muchas ocasiones se desprende de la documentación navarra. Estas fuentes se complementan con las informaciones que nos proporciona Lope García de Salazar en su Libro de las buenas andanças e fortunas sobre los linajes de la frontera n8.

LA DELIMITACIÓN DE LA FRONTERA DURANTE EL SIGLO XIII

La frontera de los malhechores empezó a gestarse a partir de la conquista castellana del Duranguesado, de Álava y de Guipúzcoa en 1199-1200 n9.

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En el lado castellano, la nueva organización del espacio fronterizo se inició tempranamente, en paralelo a la de la costa. Alfonso VIII, en 1203, concedió el fuero de San Sebastián a Fuenterrabía, creando un nuevo concejo en este rincón oriental guipuzcoano n10. Unos años más tarde, aunque en fecha desconocida, el propio rey, creará otro concejo en el valle de Oyarzun que se regirá también por el fuero de la primera villa guipuzcoana n11.

Ahora bien, las actuaciones más relevantes en cuanto a la organización de la frontera con el reino navarro se desarrollan durante la segunda mitad del siglo XIII. Esta actuación se concretó en la concesión por Alfonso X el Sabio de varios fueros a poblaciones ya existentes ubicadas en la frontera durante el año 1256. De norte a sur, estas fueron las siguientes: Tolosa y Segura, en territorio guipuzcoano, y Salvatierra, Contrasta y Santa Cruz de Campezo, en tierras alavesas.

Más tarde, en 1268, dará fuero a Villafranca de Ordizia n12. Resulta evidente la voluntad política del monarca de ordenar de nuevo, en función de la frontera, los espacios y las gentes que los habitaban. Una nueva ordenación que pretendía consolidar la línea divisoria entre los reinos, concentrando a las gentes en núcleos amurallados desde los que se garantizaba la seguridad de los habitantes del entorno y la defensa del territorio, al tiempo que se organizaba la vida social, económica, jurídica y política de esos espacios fronterizos.

Finalmente, junto a esta red de villas, la frontera castellana se apoyó sobre algunos castillos: los de Beloaga –entre San Sebastián y Fuenterrabía– y Mendikute –en las proximidades de Tolosa–. Todo parece indicar, pese a que apenas tenemos noticias documentales y son muy parcas las arqueológicas, que ya existían en torno a 1200, aunque su importancia –medida en términos de control del espacio fronterizo– nunca fue excesiva: Mendikute, por ejemplo, se abandonó durante el siglo XIV n13.

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En el lado navarro, durante el siglo XIII, no se observa un esfuerzo similar al castellano en la ordenación del territorio fronterizo. La defensa de este espacio estaba asignada a un grupo de castillos que, de norte a sur, eran los siguientes: Gorriti, Ausa n14, Ataun n15, Irurita y Orzorroz, a los que hay que añadir una torre de madera en Leiza n16, todos ellos frente a Guipúzcoa, y Artajo, en Améscoa, y las cuevas de Lana frente a Álava.

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Todos ellos están documentados como fortalezas navarras en la primera mitad del siglo XIII. En algunos casos, las tempranas menciones documentales nos animan a asegurar su existencia antes de 1200 –Irurita y Gorriti– mientras que, en otros –Ataun–, está atestiguada arqueológicamente desde el siglo anterior n17.

Con todo, si hemos apuntado la aparente debilidad de los castillos del lado castellano de la frontera, para las fortalezas del lado navarro podemos ir más allá y realizar una estimación de los efectivos teóricos que debían constituir su guarnición en función de las rentas asignadas por la monarquía según los comptos de 1259 y 1266, primeros registros de cuentas de la administración navarra conservados.

Los castillos de Ausa y Ataun debían de defenderse conjuntamente con 20 hombres, Orzórroz no necesitaría más de 8 soldados para su guarda, los de Gorriti e Irurita estarían defendidos por 10 hombres cada uno –Artajo presumiblemente también–, mientras que las cuevas de Lana dispondrían de tan solo 6 soldados n18.

Estas reducidas guarniciones ordinarias se solían suplementar en periodos de crisis con refuerzos de alguna que otra decena más de combatientes. Es evidente que la defensa estática de la frontera estaba encomendada en ambos reinos a fuerzas insuficientes.

En paralelo a esta inicial ordenación del espacio y de las gentes a uno y otro lado de la frontera entre ambos reinos, encontramos las primeras manifestaciones del fenómeno que determinará el devenir de la frontera hasta el punto de darle nombre.

Nos referimos al problema del bandidaje fronterizo. El primer texto referente a los efectos del bandolerismo es de 1261 n19. En ese año, representantes de Álava, Guipúzcoa y Navarra, se reunieron para evaluar los daños que las gentes de la frontera habían recibido de sus vecinos. De forma paradójica, en esta ocasión, se han conservado en exclusiva las quejas presentadas por guipuzcoanos y alaveses que, sin embargo, desde finales del siglo XIII aparecen sistemáticamente como los agresores. El documento, aunque breve, nos anticipa claramente la naturaleza de las depredaciones fronterizas: el grueso de los delitos lo constituye el robo de ganado –mayoritariamente vacas y, en menor medida, cerdos–, asaltos a arrieros y prisiones con rescate: “et prisieron dos omnes, et con los omnes et con esto todo alçaronse en el castieillo de Gorriti, et los omnes redemieronlos por quatrocientos sueldos de sanchetes”.

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Este documento, pese a su brevedad, no es sino la punta del iceberg. La ordenación de la frontera durante este siglo no fue sino una quimera. Las medidas adoptadas para asegurar la paz y el orden se mostraron ineficaces tal y como demuestra hasta la saciedad la documentación navarra conservada desde finales del siglo XIII.

LOS MALHECHORES DE LA FRONTERA: BANDIDAJE Y VIOLENCIA (1290-1350)

El bandidaje caracteriza el final del siglo XIII y la primera mitad del siglo XIV en la frontera de Álava, Guipúzcoa y Navarra. Las fuentes nos muestran de forma abrumadora expediciones de saqueo y campañas de represión que se extienden desde el Bidasoa hasta la Sierra de Codés. La narración de estos acontecimientos supondría la repetición ad nauseam de cabalgadas, latrocinios, asesinatos, abigeato, persecuciones de la justicia, ejecuciones y otros hechos violentos que resulta imposible reproducir n20.

Para observar la peligrosa realidad de la frontera hemos elegido por una parte mostrar, a través de los registros de los merinos navarros de las Montañas y de Estella, la actividad acaecida durante un año en los confines de los tres territorios y, por otra, el modus operandi de dos bandas de malhechores –una navarra y otra guipuzcoana– que actuaron en la década de los años cuarenta del siglo XIV.

El año que tomamos como ejemplo es 1306 n21. Las cuentas de los merinos nos hablan de quince ataques sufridos por el reino pirenaico. En diez ocasiones la agresión partió de Guipúzcoa, en otras cuatro de Álava y, además, bandidos de ambos territorios realizaron un ataque conjunto. Los asaltos se repartieron de forma desigual a lo largo de la frontera: en la zona más septentrional se produjeron dos incursiones, en Sumbilla y Beinza-Labayen; en el sector central –donde coincide la frontera de los tres territorios– se concentró el grueso de las acciones depredatorias, ocho ataques que afectaron a las tierras de Aranaz, mayoritariamente, y de la Burunda; finalmente el sector meridional fue objeto de tres incursiones, dos en las Améscoas y una en Zúñiga. Además, tienen lugar otros dos ataques en localizaciones sin determinar del reino.

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Estas incursiones provocaron la reacción de las autoridades navarras, cuyos agentes –los merinos de las Montañas y de Estella– emprendieron la persecución de los agresores con suerte varia. En unas ocasiones recuperaron los bienes robados y, en otras, el lance acabó trágicamente, como en la emboscada que costó la vida al merino de las Montañas, Diego Sánchez de Gárriz, y a su hijo n22. Además, los merinos realizaron trece acciones específicas para la captura de bandidos, sin que mediara ataque previo.

Sabemos que, de ellas, tres penetraron en territorio guipuzcoano, otra en territorio alavés y dos tuvieron lugar en Navarra, ignorando el escenario de las restantes. La acción de los merinos podía ser también meramente disuasoria; en dos ocasiones su presencia en el lugar amenazado de la frontera sirvió para evitar la incursión: en la Burunda, ante el peligro de una incursión alavesa, y en el valle de Santesteban de Lerín por el temor a un ataque desde Labourd. Finalmente cabe reseñar como, en cuatro ocasiones, los merinos acudieron a Eznate –en la frontera entre Álava y Navarra– para entrevistarse con autoridades castellanas n23.

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En el año 1349, Juan de Rouvray, merino de Estella, desarticuló una de las bandas que actuaba en el sector central de la frontera, el corredor de la Barranca o Sakana: los conocidos como malfechores d’Arbiçu y sus cómplices guipuzcoanos.

Gracias a la encuesta llevada a cabo a consecuencia de esta actuación, podemos reconstruir el modus operandi de un grupo de bandoleros n24. Éstos se reúnen en dos bandas, la de los guipuzcoanos, que se encuentra bajo la protección de Lope García de Murua, señor de Lazcano, y la de los navarros, a cuyo frente se halla García López de Arbizu, actuando los miembros de ambas de común acuerdo en numerosas ocasiones. Las depredaciones de la banda tienen como escenario principal las tierras de la Burunda, Aranaz y Araquil.

El segundo espacio sobre el que ejercen sus rapiñas es la Sierra de Andía y las Cinco Villas de Goñi. Finalmente, algunas de sus incursiones llegaron a penetrar muy al interior en la merindad de Estella alcanzando Cirauqui y Aguilar de Codés.

La banda navarra parece estar constituida por entre catorce y veinte individuos, que según indican los testigos, no oviendo dinerada de renta, viven del pillaje bajo el mando de García López de Arbizu y anteriormente de su padre Lope Ibáñez.

El número de los malhechores guipuzcoanos que denuncian los testigos de 1349 es de cuarenta; no obstante, en ocasiones, el contingente es más reducido n25. No es posible asegurar el origen social de todos los miembros de ambas bandas, pero sí señalar que en sus filas figuran miembros de las familias nobles, como el hermano y el sobrino del señor de Lazcano, y, además, otros escuderos. Un reducido grupo de actores, cuyo éxito depende también del establecimiento de una sólida red de colaboradores. Miembros destacados de la misma son un grupo de clérigos de algunas aldeas de Goñi y la Sakana entre los que se encuentran el capellán de Munárriz, el párroco de Bacaicoa y sus respectivos familiares.

Aún más, cabe suponer que las gentes de Bacaicoa y de Ciordia son en buena medida cómplices, o al menos testigos pasivos, de las acciones de pillaje. Esta pasividad podría deberse a un clima de miedo provocado por las acciones violentas de nuestros protagonistas, realizadas, como declara una víctima, seyendo delant todo el concejo de Bacaycua, a plan meyo dia n26.

No menos importante para las bandas eran sus vinculaciones con la nobleza de ambos lados de la frontera. Si en el caso guipuzcoano el patronazgo corresponde inequívocamente al señor de Lazcano –que incluso toma parte en algunas operaciones n27–, en el caso navarro, los protectores de la banda son Gil García de Yániz, “el Joven” –hijo del lugarteniente de Gobernador del reino–, y Álvaro Vélaz de Medrano, también hijo de otro ricohombre n28.

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El modus operandi de las bandas daba preferencia a la acción nocturna, aunque no despreciaban actuar a la luz del día. Sustraído el botín era transportado a lugares seguros: la torre de García López de Arbizu, la casa que éste poseía en Lizarraga de Ergoyena, la casa del capellán de Munárriz y la del párroco de Bacaicoa. Desde ellas una parte del botín era transportado a Guipúzcoa.

El principal objeto del pillaje era el ganado: vacuno procedente de la Burunda, Aranaz y Araquil, ovino exclusivamente de Goñi y equino de todos los territorios. Las presas podían suponer centenares de cabezas n29.

Los viandantes que transitaban por el camino real entre Pamplona y Vitoria o entre Pamplona y los puertos del Cantábrico también eran víctimas de los salteadores n30. Los bandidos tampoco despreciaban el pillaje por menudo, llegando a sustraer botines nimios de las casas: “me foradó la mi casa e me furtó un tocino”.

Finalmente, comunidades enteras podían ser sometidas a exacciones arbitrarias: “enbiaron sus moços de Garcia Dodor e de Garci Lopiz al conçejo de Echerri, que les enbiasen vino para yantar. E que l’mandaron dos carabidos de vino” n31.

El destino de lo sustraído nos sitúa ante el problema del reparto del botín. Los protectores de los bandidos se quedan con la parte del león. Así, García López de Arbizu, se reservaba un porcentaje del saqueo que normalmente suponía el 50%: “et de toda la ganancia que eyllos fazen destos robos, dan la meatat a Garci Lopiz d’Arbiçu los que son sus compaynones” n32. Una parte del botín, especialmente cuando se trataba de ganado, era consumido inmediatamente por los propios ladrones. Otra parte era rescatada por sus antiguos propietarios mediante el pago de la correspondiente cantidad en dinero n33. Finalmente, buena parte del botín se vendía, utilizándose procedimientos que trataban de encubrir el origen ilegal de lo vendido con el fin de lograr rápidamente un blanqueo de beneficios n34.

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Las acciones de pillaje, que incluían agresiones violentas e incluso asesinatos, crearon un clima de temor, de miedo, en las comarcas afectadas más frecuentemente por tales depredaciones. Este clima se traducía en una suerte de ley del silencio que contribuía a la impunidad con la que parecían actuar las bandas de uno y otro lado de la frontera. Así lo manifestaban, por ejemplo, los campesinos de Goñi: “que de ninguna cosa que perdamos en toda nuestra comarqua, non lo osamos dezir nin nos osamos quereyllar, por miedo que nos den fuego una noche en nuestras casas, que ayamos peor de quanto no avemos” n35.

Abundan en ese sentido otras informaciones como la impunidad del asalto a un viandante en Bacaicoa –en realidad un miembro de la comitiva del merino de las Montañas– en pleno día, delante de todo el concejo, sin que nadie tratara de impedir semejante atropello n36. Pero, además, el desvalimiento y frustración de las víctimas se reforzaría por su conocimiento de algunos hechos de gran relieve: por ejemplo, todos sabían que el líder de la banda navarra, García López de Arbizu, tomaba parte en las expediciones que el merino, como agente responsable del orden público en la merindad de las Montañas, llevaba a cabo contra los bandoleros guipuzcoanos, es decir, quien colaboraba en el mantenimiento del orden público en una de las zonas más afectadas por el pillaje era el jefe de una de las bandas de ladrones n37.

Más aún, finalmente, la operación de policía que da origen a la encuesta que nos ha permitido realizar estos comentarios, no fue realizada por el merino de las Montañas sino por el de Estella, quien a su vez fue amenazado por miembros de la alta nobleza navarra protectores de los bandidos.

En ocasiones los ataques de los guipuzcoanos contra los navarros eran incluso legales. Esto se producía cuando estallaban las guerras entre los reinos de Castilla y Navarra, como sucedió en 1335 al asaltar los Lazcano y los Oñaz los castillos de Ataun y de Ausa n38.

Los acontecimientos de este año permiten asomarnos a otro aspecto de las relaciones fronterizas: los nobles guipuzcoanos son titulares de tierras, hombres y derechos en el reino pirenaico. Se trataría de miembros del linaje de los Guevara n39.

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Por una parte, nos encontraríamos al alcaide del castillo de Ausa, Pedro Ladrón de Guevara. La caída de la fortaleza en manos guipuzcoanas supuso la confiscación del patrimonio navarro del alcaide, que se hallaba disperso por Ihaben, el monte de Magi, Latasa, Etxaleku y Udabe y compuesto por heredades, collazos, un molino y palacios con su torre n40. Por otra, la línea principal del linaje, la de los señores de Oñate, tenía derechos en la frontera del Bidasoa. Juan Vélez de Guevara, hermano del Pariente Mayor, obtuvo el embargo a su favor de la villa de Lesaca en 1351, mientras que Beltrán Vélez, el hermano mayor, poseía señorío y collazos en las villas de Bera, Goizueta y Arano y los montes y bustalizas de Anizlarrea n41.

El bandidaje no es la única forma de expresión violenta que sacude la sociedad fronteriza en estos años. El clima de inestabilidad se manifiesta en otros conflictos que conviven y a veces se superponen al pillaje. En primer lugar, nos encontraríamos con la presión que los nobles ejercen sobre los pequeños hidalgos y campesinos, ejemplificada en la demanda de las aldeas de Ocáriz y Munáin para integrarse en la jurisdicción de la villa de Salvatierra en 1289 n42.

En segundo lugar, los señores aprovechaban la situación fronteriza para intentar apropiarse de las posesiones de instituciones eclesiásticas del reino vecino. En 1330, el hospital de Roncesvalles consiguió recuperar sus derechos sobre el monte de Andaza, que Gil López de Oñaz y otros hidalgos guipuzcoanos le habían usurpado n43.

Un tercer nivel de conflicto se manifiesta en los enfrentamientos entre los linajes y las villas, como vendría a representar el que se solventó –tras incidentes que causaron varias muertes en ambas partes– en 1299/1309 entre el señor de Lastaola y la villa de Fuenterrabía n44. Con todo, las gentes de las villas no solo eran víctimas, también podían ser depredadores: es conocido que los habitantes de San Sebastián y Fuenterrabía se habían dedicado a realizar, en torno a 1323, talas ilegales en los bosques del rey de Navarra, llevándose la madera hasta el puerto francés de La Rochelle n45.

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Finalmente, en estos años tuvieron lugar también los primeros conflictos entre los linajes en la zona de la frontera. En el lado guipuzcoano, el vado de Usúrbil fue escenario de dos combates que dejaron como resultado la muerte del oñacino Martín López de Murua, en uno, y las graves heridas sufridas por el gamboíno Ochoa López de Balda, en el otro n46; en el lado navarro, los linajes de Alzate y Ezpeleta fueron obligados a firmar treguas en 1337 por la administración real navarra n47. En ocasiones, la lucha de bandos se solapaba con las actuaciones de represión del bandidaje: el señor de Oñate –Beltrán Ibáñez de Guevara–, como merino mayor de Guipúzcoa, acudió en 1330 en ayuda de los navarros que atacaban la fortaleza de los Lazcano y, a su vez, fue apoyado por el merino navarro de las Montañas contra los Oñaz, a los que cercó en Hernani en 133248. Los dos linajes atacados pertenecían al bando oñacino, mientras que los Guevara militaban en el gamboíno.

Frente a las distintas expresiones de la violencia fronteriza, el sistema defensivo creado durante el siglo XIII se mostró claramente ineficaz. La red castral navarra no sólo no detenía a los incursores alaveses o guipuzcoanos, sino que la escasa entidad defensiva de las fortalezas las convertía en blancos relativamente fáciles incluso para fuerzas tan poco sofisticadas como las de los linajes guipuzcoanos. En varias ocasiones los bandidos fueron capaces de apoderarse de ellas. Uno de los episodios emblemáticos de la frontera de los malhechores fue la captura del castillo de Gorriti en 1321 y la sonora derrota de la fuerza navarra encargada de recuperarlo en Beotíbar.

Unos años más tarde, en 1335, los castillos de Ausa y Ataun fueron tomados por los Lazcano y los Oñaz n49. Junto a esta ineficaz defensa estática, existían también las fuerzas móviles con las que los merinos acudían a repeler las incursiones de los bandidos transfronterizos y perseguían a los delincuentes incluso fuera del reino.

Estos contingentes podían incrementarse según la emergencia desde varias decenas de hombres hasta por encima de un centenar, superando el millar en las operaciones más importantes.

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Las operaciones de represión del bandidaje son tan numerosas o más que las incursiones, por tanto, solo mencionaremos aquéllas que por su importancia supusieron la movilización de “pequeños ejércitos”: la expedición de Beotíbar en 1321, a cuyo frente se situó el propio gobernador del reino y que se saldó con una espectacular derrota que costó la vida a Martín de Aibar, alférez del reino, a Juan López de Urroz, merino de las Montañas, y a Drieu de Saint-Pol, merino de Estella, y se convirtió en el tema de un cantar en euskera n50.

Las otras dos grandes operaciones fueron el ataque navarro contra Lazcano en 1330 –esta vez un éxito– y el asedio de los Oñaz en Hernani en 1332 n51.

El problema de estas operaciones fue que, a pesar del éxito que coronó muchas de ellas con la recuperación del botín e incluso la muerte de parte de los bandidos n52, la frecuencia de los ataques no disminuía. Se ganaban batallas, pero no se estaba ganando la guerra.

Debido a las mencionadas insuficiencias de la red castral se procedió a la reorganización de distintos sectores de la frontera. En Navarra se apuntaló, en primer lugar, uno de los sectores más castigados: la tierra de Aranaz. En 1312 se fundó la bastida de Echarri-Aranaz “que [...] es en frontera de los malfechores” n53.

Poco tiempo después, en 1317, se decidió actuar en el sector meridional con la creación de una villa en San Cristóbal de Berrueza n54.

Por las mismas fechas, en Álava, se procedía igualmente a una operación muy similar, se trataba de la fundación de la villa de San Vicente de Arana durante el reinado de Fernando IV n55.

En Guipúzcoa, también durante aquellos años –en 1320–, se fundaba la villa de Rentería, en el territorio del concejo de Oyarzun n56.

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Un elemento clave para garantizar la paz en la frontera era la colaboración entre las autoridades de uno y otro lado de la misma. Esta colaboración se manifestó en las operaciones militares conjuntas llevadas a cabo por el merino de las Montañas y el merino mayor de Guipúzcoa en 1330 y 1332, pero también en la constitución de hermandades que agrupaban a villas y territorios de ambos reinos.

Una de las primeras de las que tenemos noticia se concertó en 1293 entre la villa alavesa de Salvatierra y los lugares navarros de Aranarache, Eulate, Larraona y las siete villas de Améscoa n57.

Pero la más importante de este periodo fue la que se estableció en 1329. Este año la villa guipuzcoana de Segura solicitó a las autoridades navarras la creación de una hermandad por cinco años a la que, poco después, también pidieron adherirse los concejos de San Sebastián, Fuenterrabía y Tolosa. Fue la que las fuentes navarras denominan “hermandad de los hipuzcoanos e de los navarros” n58.

En sus primeros momentos la hermandad pareció cumplir sus objetivos. En el mismo año de su creación, el merino de las Montañas –“de miedo que se deshiciese la dicta hermandad”– apresó al navarro Martín López de Alzate que había robado cincuenta cerdos y dado muerte a un hombre en Guipúzcoa.

Todavía al año siguiente, el citado merino, recaudaba los ingresos de un tributo creado para sostener la hermandad; sin embargo, en los años posteriores su eficacia disminuyó y el estallido de la guerra entre Navarra y Castilla en 1335 vendría a suponer el golpe de gracia a esta fase de cooperación n59.

Más allá del pillaje, de la violencia o de la represión del bandidaje, la frontera tiene otras derivaciones que, al menos, es necesario esbozar. Por una parte, los puertos guipuzcoanos del Cantábrico eran la puerta natural de salida de las exportaciones navarras al noroeste de Europa. Para garantizar su acceso a estos embarcaderos, los comerciantes navarros procuraron obtener privilegios de los reyes de Castilla, ya desde mediados del siglo XIII, que aseguraban el transporte de sus mercancías hasta los puertos de San Sebastián y, especialmente, Fuenterrabía n60.

Por otra, en el lado guipuzcoano, las elites de las villas, apelando a la ubicación de estas en territorio fronterizo y a los peligros inherentes que de ella se derivaban, consiguieron privilegios de exención tributaria, temporales o definitivos, que no eran sino el inicio de un proceso que se prolongará durante la segunda mitad del siglo XIV n61.

VASALLOS Y MERCENARIOS AL SERVICIO DEL REY DE NAVARRA (1350-1400)

Los años centrales del siglo XIV vieron un giro radical en la política navarra con respecto a la frontera. Ante la ineficacia del sistema defensivo y de la represión para poner fin al bandidaje, se planteó un vuelco sustancial en las relaciones con los linajes fronterizos alaveses y guipuzcoanos: se trataba de convertir al ladrón en el guardián.

El recurso empleado para ello fue convertir a los Parientes Mayores y escuderos en vasallos del rey de Navarra.

Por una parte, en 1350, los cuatro principales escuderos oñacinos del este de Guipúzcoa –Lope García de Murua, señor de Lazcano, Martín López de Murua, Martín Gil de Oñaz, señor de Larrea, y Ochoa Martínez de Berástegui– y cinco escuderos alaveses –Fernando López de Alda, Pedro Ruiz de Alda, Juan Pérez de Lecea, Corbarán de Lecea y Juan Martínez de Araya– prestaron homenaje a Carlos II de Évreux a cambio de una renta anual global de novecientas libras en el caso de los guipuzcoanos y de sesenta y cinco libras en el de los alaveses.

Por otra parte, en 1351, el monarca pamplonés reforzó su relación con el caudillo gamboíno Beltrán Vélez de Guevara, señor de Oñate, cuando éste se convirtió en su vasallo a cambio de las aldeas navarras de Riezu, Oco y Etayo.

Ya desde este mismo año, los nobles guipuzcoanos alistaron tropas para servir a su nuevo señor en Gascuña.

El éxito del reclutamiento fue tal que, además de los vasallos de 1350, otros once capitanes guipuzcoanos aprestaron sus compañías para combatir bajo estandartes navarros62. En 1364 un segundo grupo de escuderos guipuzcoanos entró en la nómina de vasallos del soberano navarro.

En su mayor parte, se trataba de miembros de la familia de los Urquiola a los que se unían algunos Murua, habiendo sido varios de ellos mercenarios al servicio del Évreux en años anteriores. La vinculación de varios de estos escuderos con su nuevo señor se estrechó tanto que llegaron a instalarse en Navarra recibiendo propiedades en Huarte-Araquil y Echarri-Aranaz n63.

Estas operaciones se tradujeron en una progresiva pacificación de la frontera. Las incursiones no desaparecieron inmediatamente, pero se rarificaron durante la década de los años cincuenta: adviértase que a ambos lados existía un stock de combatientes que tanto podían buscar su empleo al servicio de un noble, como dedicarse al bandidaje en caso de no disponer de señor n64.

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El nuevo sistema permitía, además, penalizar de forma rápida y eficaz los actos de pillaje descontando de la renta entregada a los distintos escuderos el valor de lo sustraído por sus gentes: “Item, al thesorero, los quoales eyll rebatio a Lope Garcia de Lazcano del dono que eyll recibe del seynor rey, por dos buyes del seynor rey que eran por tirar la carreta de Echerri, los quoales leuaron furtados de Echerri los compayneros del dicho Lope Garcia, XII libras X sueldos” n65.

En paralelo, la administración real navarra procedió a una nueva reorganización de la frontera. En primer lugar se revitalizó, en 1351, la bastida de Echarri-Aranaz: la villa recibió nuevas franquicias, se redujo la pecha anual que debía entregar al rey y se levantó una torre a cuyo frente se situó un alcaide real66. Pocos años después, en 1355, el infante Luis, Gobernador del reino, procedió a fortificar los otros sectores más amenazados por los malhechores: las tierras de Araquil y Burunda. En el primero, con la villa de Huarte-Araquil y en el segundo con las de Villafuerte y Villadefensa. El proyecto fracasó parcialmente, las dos pueblas de la Burunda no tuvieron continuidad, mientras que Huarte-Araquil salió adelante con muchas dificultades.

Las informaciones procedentes tanto de la refundación de Echarri-Aranaz como del levantamiento de Huarte-Araquil nos hablan de los obstáculos que experimentaron ambas localidades en sus orígenes, con atención a un especial problema: la resistencia de los habitantes de la zona a abandonar sus lugares de habitación e instalarse en la villa n67.

En aquellos mismos años, la corona navarra reforzó su posición en la frontera del Bidasoa, donde, como se ha indicado, a mediados del siglo XIV los Guevara y los Corbarán de Lehet disputaban por el control de la zona. En 1354 el rey Carlos II se apoderó de Lesaca –y presumiblemente también entonces de Bera–, operación que contó con el apoyo de algunos vecinos.

Al poco tiempo, el peaje real establecido en Santesteban de Lerín había sido trasladado a Lesaca y a Bera. No obstante, la anexión debió de hacerse de manera un tanto forzada y en años posteriores Carlos II indemnizó a los antiguos señores en disputa: Beltrán Vélez de Guevara recibió en 1363 el molino, casa y heredades del rey en San Cristobal de Berrueza, mientras que Urraca Corbarán de Lehet fue compensada en 1366 con las pechas de Andosilla, acción que el Évreux realizó “en descargo de su conciencia” n68.

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El sistema de represión del bandidaje también fue reorganizado con la división de la frontera de la merindad de las Montañas en tres partidas, al frente de cada una de las cuales se hallaba un merino: Echarri-Aranaz al sur, Larraun en el centro, y Lesaca y Bera en el extremo septentrional n69. El énfasis se ponía en la defensa móvil frente a la escasa efectividad de las defensas estáticas de los castillos n70.

En los años sesenta del siglo XIV, la dinámica de la frontera se vio afectada por el desarrollo de la guerra civil castellana. El aparente triunfo de Enrique de Trastámara en 1366 provocó, por una parte, la defección del señor de Oñate que, a consecuencia de ello, perdió todas sus posesiones en Navarra.

Por otra, tanto Navarra como la Gascuña inglesa se unieron para sostener la causa de Pedro I. Este apoyo se plasmó en el Tratado de Libourne por el cual el rey Cruel cedía Vizcaya al príncipe Negro y Álava, Guipúzcoa y Logroño a Carlos II de Navarra n71.

Las tropas inglesas, gasconas y navarras derrotarán a las fuerzas franco-castellanas en Nájera en 1367, restableciendo a Pedro I en el trono castellano.

Al año siguiente, en 1368, el monarca navarro procedió a tomar posesión de las tierras que le había concedido el Tratado de Libourne.

Con esta anexión parecía encontrarse la solución definitiva al problema de la frontera de los malhechores. La integración de Guipúzcoa en el ámbito de soberanía navarro se acompañó de la extensión de la red clientelar del monarca Évreux entre la nobleza del territorio.

El señor de Oñate volvió a la fidelidad de Carlos II, paso que dieron también buena parte de los escuderos oñacinos de la frontera –Berástegui, San Millán, Murua, etc.– capitaneados por Pedro López de Murua, señor de Amézqueta, que recibió el oficio de merino y capitán en Guipúzcoa entre San Sebastián y el puerto de San Adrián.

En el sector septentrional el principal valedor de la causa navarra fue Ayoro de Ugarte, que fue beneficiado con el cargo de capitán en toda la tierra de Oyarzun y en Rentería hasta San Sebastián.

La administración navarra no consiguió, sin embargo, el apoyo del principal caudillo oñacino,Miguel López de Murua, señor de Lazcano n72.

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En este mismo año, Carlos II promovió la creación de una Hermandad que agrupó los recién conquistados territorios de Álava y Guipúzcoa con los valles más occidentales de las merindades de las Montañas y Estella del viejo reino.

La Hermandad nació con un claro objetivo: el mantenimiento del orden y de la paz pública, para lo cual las diferentes villas, hermandades y valles debían contribuir con contingentes armados que llegaron a alcanzar la suma de 1.820 hombres n73.

No obstante, el triunfo Trastámara en Castilla socavó la posición navarra en Álava y Guipúzcoa. La primera defección la protagonizó, de nuevo, en 1369, Beltrán Vélez de Guevara, señor de Oñate n74.

Finalmente, en 1373, la sentencia arbitral del cardenal Guy de Boulogne devolvió la situación al statu quo ante, retornando Álava y Guipúzcoa a la corona castellana n75.

Estos años no pasaron sin enfrentamientos violentos. En fechas anteriores a 1375, se produjeron luchas entre las gentes de Echarri-Aranaz, Arbizu y Lacunza, del lado navarro, y el linaje de Lazcano, del guipuzcoano.

Estos combates causaron muertes entre ambas partes y, en especial, la de Fernando López, hermano del señor de Lazcano.

Sin embargo, el nuevo clima de paz inaugurado con la sentencia arbitral de 1373 evitó la espiral de venganzas que podía haber ensangrentado nuevamente la frontera. Los monarcas de ambos reinos impusieron en 1375 una tregua y paz perpetua entre ambas partes que sólo se quebró con el estallido de la guerra entre los dos reinos en 1378-1379 n76.

En ocasiones el mantenimiento de la paz se vio amenazado. En 1388 por los hijos del difunto Fernando López de Lazcano y en 1400 por los hijos de otros escuderos guipuzcoanos fallecidos con aquél, que se negaban a respetar la tregua alegando que esta se había firmado cuando eran menores de edad y habían desafiado a los navarros de Aranaz.

En ambos casos el rey de Castilla intervino para evitar que estallara la violencia obligando a los retadores a acatar y firmar las treguas de 1375 n77.

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La participación en la guerra civil castellana y en las campañas del rey de Navarra no monopolizó el comportamiento violento de los linajes de la frontera y de sus gentes.

Si el saqueo fronterizo se había mitigado aparentemente, no sucedía lo mismo en el interior de Guipúzcoa, donde los Lazcano y los Amézqueta –además de otras familias– eran acusados en 1378 de amparar a los escuderos andariegos que infestaban los caminos despojando a los viajeros n78.

Los conflictos entre la nobleza comenzaron a trascender la frontera de los reinos como el que enfrentó en 1369 al labortano –pero vasallo de Carlos de Évreux– Sancho, señor de Saint-Pée, con el navarro señor de Ezpeleta en 1369 y que se saldó con la muerte del primero.

La venganza no se hizo esperar: la hija del difunto contrajo matrimonio con Pedro López de Murua, señor de Amézqueta, “la mejor lança de Gujpuscoa”, que vengó a su suegro dando muerte a Beltze de Ezpeleta n79.

Se inauguraba así una nueva época en la que tanto los matrimonios como los enfrentamientos entre linajes trascendían más allá de la frontera de los respectivos territorios.

Por lo que se refiere a empresas más pacíficas, los mercaderes navarros siguieron tratando de garantizar su acceso a los puertos del Cantábrico, obteniendo del monarca castellano en 1351 el privilegio de cargar mercancías en San Sebastián n80 o estableciendo acuerdos con el concejo de Fuenterrabía en 1365.

Este convenio nos muestra la preocupación navarra por mejorar la ruta del Bidasoa con diversos expedientes como la puesta a punto de los caminos, la construcción de un puente en Endarlatza, el levantamiento de un almacén de mercancías en la frontera, etcétera.

Incluso se llegó a planear la posibilidad de hacer navegable el Bidasoa hasta la frontera navarra81. Este espíritu de colaboración entre ambos reinos se manifestó también en la demarcación de los límites entre Guipúzcoa y Navarra en 1392. De este mismo año es también la mención a otra hermandad entre guipuzcoanos y navarros que parecía seguir funcionando todavía en 1404 n82.

Finalmente, resulta de interés destacar la cascada de privilegios de exención fiscal obtenidos por las villas guipuzcoanas en general y por las de la frontera en particular.

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El proceso se había iniciado durante la primera mitad del siglo, pero es desde los años setenta del siglo XIV cuando se ponen las bases del camino que recorrieron las gentes de las villas guipuzcoanas hacia la exención, pilar sobre el que, más tarde entre otros, se apoyará la generalización de la hidalguía.

El proceso estuvo plagado de avances y retrocesos pero, en esos años, se desarrolló desde las villas guipuzcoanas una auténtica ofensiva n83: a Segura, por ejemplo, se le eximió de todo pecho e de todo pedido e de fonsado e de fonsadera, e de servicio e de moneda e de monedas e de yantar e de yantares e de todos los otros pechos e tributos [...] salvo las alcabalas n84, una evidencia más de la privilegiada posición que desde el punto de vista fiscal fueron alcanzando las villas castellanas de la frontera n85. Con todo, el fenómeno no es exclusivamente guipuzcoano.

Algunas villas navarras de la frontera –Bera y Lesaca–, también se beneficiaron de su ubicación para obtener privilegios en 1402 n86.

EL RECRUDECIMIENTO DE LA GUERRA PRIVADA (1400-1450)

Lo más relevante de la primera mitad del siglo XV es la extraordinaria extensión, sin precedentes, de la guerra privada. Aunque los monarcas de ambos reinos tratan de poner coto a la violencia ordenando treguas entre los linajes, su labor se reveló prácticamente imposible.

En esta época, los conflictos internobiliarios, que hasta el momento no parecían superar el ámbito local, comienzan a implicar cada vez más a un mayor número de linajes. Linajes que ya no sólo proceden del mismo reino sino también de territorios situados al otro lado de las fronteras merced a las estrategias matrimoniales de los Parientes Mayores.

Después del enlace pionero entre los Amézqueta y los Saint-Pée, la frontera navarro-guipuzcoano-labortana fue escenario de la unión entre Oger de Amézqueta y la heredera de Lazcano –antes de 1404–, de Juan de Amézqueta con Isabel de Beaumont –hija de Carlos, alférez de Navarra y señor de Guiche y Curton en Labourd– en 1413, de Juan de Gamboa con la heredera del solar navarro de Alzate –entre 1428 y 1439– y entre el navarro-labortano Juan, señor de Urtubia, y una hija de Juan López de Lazcano, antes de 1448 n87.

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Para estas fechas ya se había consumado otra unión: la de los Lazcano con la casa alavesa de Gauna, señores de Arana: en 1427 las gentes de la localidad navarra de Larraona declaraban que “lo que mas los agrauia et faze passar mal que estan a hun quart de legoa de Contrasta et passan muy mal con el seynnor de Lazquano et con sus gentes, que non son buenament seynnores de sus casas” n88.

Los viejos hábitos de los bandidos guipuzcoanos no acababan de desaparecer.

Pero en aquellos años los linajes se entregaron también a otras prácticas mucho menos afectuosas. A partir de la segunda década del siglo XV la documentación muestra una extraordinaria efervescencia de los enfrentamientos internobiliarios en la frontera entre Guipúzcoa, Navarra y Labourd.

Aunque pueda resultar fatigoso para el lector, merece la pena detallar de forma breve la maraña de conflictos entre los diferentes linajes. Por ejemplo, entre abril y julio de 1410 tenemos noticia de pugnas y treguas entre los Amézqueta/Saint-Pée, Lazcano y Eraso, circunstancias que no debían de haber cambiado sustancialmente ya que, en enero y abril de 1411, el monarca navarro envió cartas de inhibición al señor de Saint-Pée y a los linajes de Alzate, Zabaleta y Eraso.

La situación en la frontera debía ser especialmente tensa, ya que en mayo de ese año se esperaba un ataque de los labortanos –sin duda los Amézqueta/Saint-Pée– y los Lazcano contra la villa navarra de Lecumberri, aunque finalmente se logró establecer una tregua entre los Eraso y los Amézqueta/Saint-Pée.

En julio de 1411 se manifestó de nuevo un problema recurrente en la frontera: la venganza por los oñacinos muertos antes de la tregua de 1375 ya señalada. Los descendientes de los fallecidos desafiaron a las gentes de las localidades navarras de Echarri-Aranaz, Arbizu, Lacunza, Lizarraga-Goicoa, Lizarraga-Bengoa, Torrano y Unanua, desafío que se encuentra posiblemente en el origen de la carta enviada por Juan II de Castilla en 1412 para poner fin a la violencia en la frontera.

Esta violencia llegó a cobrarse la vida de algunos significados banderizos. El año 1413 presenció dos importantes combates: en el primero de ellos los Amézqueta/ Saint-Pée derrotaron a los Alzate dando muerte al cabeza de linaje y su hijo, mientras que en el segundo, una rama secundaria de los Gamboa instalada en el noreste de Guipúzcoa abatió a los Ugarte del valle de Oyarzun, resultando muerto su líder Martín Sánchez de Ugarte.

Las pérdidas sufridas el año anterior no arredraron a los contendientes; en mayo de 1414 los Alzate desafiaron al linaje de Lizarazu, pero en julio ya se había establecido una paz entre Alzate, Zabaleta y Lizarazu. La tregua apenas duró porque en agosto vuelven a mencionarse las luchas entre los Alzate y Zabaleta de una parte y los Lizarazu, Vergara y Amézqueta/Saint-Pée de la otra. Al mes siguiente, el conflicto se había extendido y el linaje guipuzcoano de Alzaga aparecía como aliado de Alzate y Zabaleta.

Tras una década de paz, volvieron a desencadenarse hostilidades entre los Amézqueta/Saint-Pée y los Alzate en 1424.

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Es posible que este conflicto pueda corresponderse con el encuentro que nos narra Lope García de Salazar en el que los Amézqueta/Saint-Pée derrotaron a los Gamboa, que se habían hecho con la herencia de Alzate por matrimonio. La violencia entre los linajes parecía no agotarse nunca, los Alzate se enfrentaban con los Zabaleta en 1428-1429, mientras que en 1436 los Amézqueta/Saint-Pée se encontraban en disensiones y debates con los Bértiz.

Todavía en 1447 y 1448 los linajes oñacinos guipuzcoanos de la frontera sufrieron el ataque de los gamboínos, consiguiendo rechazar los asaltos contra las torres de Berástegui y San Millán gracias a la ayuda de los señores de Lazcano y Urtubia. Los acontecimientos de estos dos últimos años no pueden desligarse del clímax de la guerra privada que sacude a Vizcaya y Guipúzcoa culminando en el emblemático episodio de la quema de Mondragón n89.

Los matrimonios transfronterizos no sólo se vieron acompañados por la violencia. También se abrieron nuevas posibilidades en las nuevas tierras para los cabezas de linaje.

El ejemplo más sobresaliente sería, sin duda alguna, el de los Amézqueta/Saint-Pée. Juan de Amézqueta, señor de Saint-Pée], fue nombrado baile de Hastingues por el rey de Inglaterra, en 1411, y preboste de Dax, en 1416, habiendo casado con los navarros Beaumont, otra familia con importantes intereses en la Gascuña inglesa. La fidelidad anglófila de los Amézqueta se prolongó en su hijo bastardo, Oger, que ostentó los citados cargos y, además, fue baile de Labourd en 1442 por el duque de Gloucester n90.

En la primera mitad del siglo XV, la frontera se vio también agitada por conflictos que enfrentaron a los reinos de Castilla y Navarra con sus secuelas de saqueos, incendios y destrucciones.

En otra paradoja transfronteriza, el soberano navarro, Juan II, era también miembro de una rama colateral de la casa real castellana y las tres guerras en que se vio envuelta Navarra –en 1429-1430, 1444 y 1448– se debieron a la implicación del rey Juan en la política del vecino reino. Estos enfrentamientos vieron la generalización en el lado navarro de la frontera de un sistema de defensa eventual que se basaba en la multiplicación de pequeñas fortalezas habilitadas como tales sólo en los momentos de conflicto.

En este sistema, se situaba una pequeña guarnición en las torres de las iglesias, que eran reforzadas con obras eventuales como empalizadas, cadalsos, parapetos de tierra, etcétera. Estas fortalezas no se confiaron a alcaides, sino a capitanes que se encargaban de su defensa mientras durara la guerra o la situación de peligro n91.

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Durante estos años se reforzó también la posición de los cabezas de linaje de la frontera alavesa y guipuzcoana. En primer lugar podemos observar como aquellos pequeños linajes de escuderos que a mediados del siglo XIV poseían autonomía suficiente como para entrar en tratos individuales con el rey de Navarra, ahora forman parte de las clientelas de los Parientes Mayores.

Un buen ejemplo lo proporcionan los escuderos de la familia Urquiola que, mientras en 1364 se hicieron vasallos del rey de Navarra, en 1426 aparecían al servicio de Juan López de Lazcano desafiando a varios vecinos de la villa vizcaína de Durango n92. En segundo lugar, los Parientes procuraron aumentar sus ingresos utilizando distintos expedientes, como la usurpación de rentas y bienes eclesiásticos n93 o la imposición a las comunidades campesinas de una suerte de monopolio sobre los molinos n94.

En algunos casos esta usurpación era consecuencia directa de la coyuntura fronteriza, como cuando en 1430 los vecinos de Ataun entregaron al señor de Lazcano el patronato y diezmos de su iglesia en recompensa por haberles defendido de las agresiones navarras: el año anterior había estallado una guerra entre Castilla y Navarra n95.

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Los puertos del Cantábrico seguían atrayendo el interés de los mercaderes navarros, que periódicamente buscaban la garantía de la monarquía castellana para poder acceder a ellos, como nos indica el privilegio que obtuvieron en 1401 para utilizar el puerto de Pasajes en Villanueva de Oyarzun (Rentería) n96.

La documentación de la primera mitad del siglo XV nos permite ponernos en contacto con otro aspecto de la frontera: la frontera era permeable para los linajes –que combaten, saquean o se casan a través de ella– y para los comerciantes, pero también para la gente común que ganaba su sustento emigrando estacionalmente para trabajar fuera de su territorio, un fenómeno bien estudiado para el siglo XVI n97. Podemos observar a guipuzcoanos que son propietarios de ferrerías n98 o molinos n99 en Navarra o que talan madera allí n100; que trabajan como albañiles, carpinteros y maestros de obras en diferentes construcciones en el viejo reino101, incluso en castillos reales n102, o a mulateros que llevan vino a Guipúzcoa n103 o hierro y sardinas al interior n104.

LA DESACTIVACIÓN DE LA FRONTERA DE LOS MALFECHORES (1450-1521)

En los años centrales del siglo XV una serie de acontecimientos provocó profundos cambios en la situación fronteriza entre Álava, Guipúzcoa y Navarra.

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En 1449 se inició la definitiva ofensiva francesa contra Gascuña: los Urtubia, Amézqueta/Saint-Pée y sus parientes navarros, los Beaumont, intentaron defender la soberanía inglesa en Labourd que, finalmente, colapsó con la capitulación de Bayona en 1451 en uno de los últimos episodios de la guerra de los Cien Años n105.

Durante esos años estalló la guerra civil en el reino de Navarra entre el rey Juan II y su hijo Carlos, príncipe de Viana.

La guerra supuso la fractura de la sociedad aristocrática navarra alineada en dos bandos: el agramontés, que apoyaba al rey, y el beamontés, favorable al príncipe. La adscripción de los linajes a uno u otro bando se realizó en muchos casos en función de las alianzas y enemistades forjadas en las generaciones anteriores.

Por lo que se refiere a los nobles de la frontera, en la facción agramontesa militaron los Alzate, Bértiz, Ciordia, Eraso, Ezpeleta, Zozaya, Vergara y Arbizu, mientras que en la beamontesa se integraron los Amézqueta/Saint-Pée, Urtubia, Zabaleta y Lizarazu.

Al parecer la zona fronteriza, en particular la merindad de las Montañas, quedó en manos del príncipe, del que el señor de Zabaleta era, desde septiembre de 1451, capitán de la fortaleza de Goizueta y de la comarca de Cinco Villas de Lesaca y Bera, aunque ese mismo año existían guarniciones agramontesas en las torres de Eraso, Murguindueta (Araquil), Ciordia y el castillo de Garaño n106.

n198

El desencadenamiento de la guerra dio al traste con la relativa calma que se había alcanzado en la frontera después de 1350. Un texto de 1452 es sumamente revelador. Ese año, Luis de Beaumont, lugarteniente general del príncipe, escribió a Ochoa López de Zabaleta, su capitán en Goizueta y las Cinco Villas de Lesaca y Bera, reprochándole que sus tropas se dedicaban al robo tanto de ganado como a los viandantes en los caminos públicos, mientras que eran incapaces de reprimir las correrías que sus enemigos agramonteses realizaban en la misma zona, lo que comprometía el prestigio de la causa beamontesa en el área n107.

La necesidad de mantener y aprovisionar los contingentes armados, conjugada con la inestabilidad y falta de autoridad creados por la contienda, hizo aparecer nuevamente en la frontera las exacciones violentas de la época más intensa del bandidaje, ejercidas por ambos contendientes. Un primer intento de arreglo del conflicto con la concordia de Barcelona de 1460 hizo someterse a los partidarios del príncipe. La paz fue breve y su fin trajo un realineamiento de algunos linajes en la zona del Bidasoa: en los primeros meses de 1461, cuando se reiniciaron las hostilidades, los Zabaleta no se unieron a la rebelión beamontesa y permanecieron leales a Juan II n108. La inestabilidad de la zona durante aquellos años inspiró nuevos intentos de revitalizar la Hermandad transfronteriza, con el fin de garantizar el tráfico de mercancías, en 1466 y 1468 n109.

En 1469 se reanudaron las hostilidades entre agramonteses y beamonteses.

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De nuevo, la zona fronteriza fue escenario de rapiñas y depredaciones de las que fueron víctimas también los vecinos guipuzcoanos, hasta tal punto que Enrique IV de Castilla permitió en 1471 a las gentes de Guipúzcoa tomarse la justicia por su mano n110. El año 1469 fue testigo, además, de otro cambio de adscripción cuando María, heredera de Urtubia, contrajo matrimonio con el agramontés Rodrigo de Gamboa, enlazando así los linajes de Urtubia y Alzate n111. La intermitente recurrencia de una guerra que parecía no tener fin favoreció el fortalecimiento de los linajes a costa del poder de la monarquía –entiéndase cualquiera de los dos contendientes por el trono–, que debía ser generosa para mantener la fidelidad de sus combatientes n112.

Este fortalecimiento de los linajes queda patente en el convenio y alianza que en 1474 acordaron los Saint-Pée con los Zabaleta, Vergara, Subiza, Zozaya, Bértiz y las villas de Lesaca, Echalar, Aranaz y Yanci. En este acuerdo, todos los demás reconocían la autoridad de los Saint-Pée, cuyo partido se comprometen a seguir: “de tener la via opinión e partido que el dicho señor de Sant-Per tiene [...] et de lo ayudar e socorrer en todas et quoantas veces por el dicho señor et parientes de Sant-Per sean requeridas” por un periodo de diez años. La unión de los linajes debía tener primacía incluso sobre las órdenes de los soberanos de Francia y Navarra: “aunque por su señor natural fuesen ynividos a no ir, no cesaran de yr con el dicho señor de SantPer y sus parientes” n113.

Es sumamente interesante observar como de entre los linajes firmantes del acuerdo los Saint-Pée habían sido siempre beamonteses, los Zabaleta habían oscilado entre ambos bandos, mientras que los demás siempre habían sido agramonteses. Los grandes ausentes del convenio en la región eran los tradicionales rivales de los Zabaleta, los Alzate, y la villa de Bera donde estos residían.

Estos ejemplos nos muestran la imagen opuesta de Guipúzcoa, donde desde 1456 se asiste a una reafirmación del poder real y de la Hermandad en detrimento de los linajes.

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En Navarra, por el contrario, con un poder real débil, son los linajes quienes toman en sus manos el control de la situación: la violencia estalla periódicamente, incluso cuando la cuestión dinástica –detonante del conflicto– parece hallarse en vías de solución.

El punto de inflexión para la pacificación de Guipúzcoa fue el destierro en 1457 de los cabezas de linaje a diferentes puntos de la frontera con el reino nazarí de Granada y otros lugares.

La reacción antibanderiza había comenzado pocos años antes como respuesta a la conmoción causada por los sucesos de Mondragón, progresando durante los años siguientes hasta provocar la unión de los Parientes Mayores de los dos bandos –oñacino y gamboíno– para desafiar en 1456 a los dirigentes de las villas más beligerantes de la Hermandad. Desgraciadamente para los banderizos, Enrique IV tomó partido por la Hermandad guipuzcoana.

El regreso de los Parientes Mayores se produjo en 1460. El rey les obligó entonces a prestarle un pleito-homenaje que asegurara su sumisión a la paz y justicia públicas representadas por la Hermandad. Se trata, sin duda, del momento de mayor debilidad de los Parientes.

Las tradicionales bases de control sobre los hombres –bandos, treguas y encomendaciones– fueron prohibidas. El alejamiento de los cabezas de linaje fue aprovechado, además, por las gentes de la Hermandad, siguiendo las instrucciones del monarca, para derribar los símbolos de su poder: sus casas torre n114. Esta debilidad de los Parientes se plasmó también en su escasa intervención en el conflicto civil navarro, a pesar de los vínculos que les unían a las partes enfrentadas. Una de las escasas noticias nos habla tan solo de cómo el lugar de Larraona, en Améscoa Baja, fue prevenido en 1452 de un posible ataque del señor de Lazcano desde su villa alavesa de Contrasta n115. Tal vez fueron efectivas las inhibiciones lanzadas por los monarcas castellanos para intervenir en el conflicto navarro en 1468 y 1494 n116.

Tan sólo algunos miembros secundarios de los linajes parecieron implicarse en la guerra, como Pedro de Lazcano, uno de los capitanes del príncipe de Viana en 1455, o el bastardo de Lazcano en las tropas del conde de Lerín que saquearon Olite en 1495 n117.

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El único enfrentamiento de importancia en el lado castellano de la frontera se produjo en 1479, cuando tropas de la Hermandad de Álava, del señor de Ayala y del señor de Oñate dieron muerte a Juan López de Lazcano y quemaron la torre en la que se encontraba en su villa de Contrast n118.

El último cuarto del siglo XV fue testigo de profundas alteraciones en el devenir de la frontera. El principal elemento de cambio fue la irrupción con fuerza en el campo de un nuevo jugador: la corona francesa, que había reemplazado a los ingleses en el dominio de Gascuña.

Este hecho se producía, además, en un momento en el que otro de los jugadores, el reino de Navarra, se hallaba desagarrado por un conflicto civil intermitente.

En 1476 un ejército francés cruzó el Bidasoa y asedió la villa de Fuenterrabía.

Este acontecimiento manifestaba un cambio radical: la frontera con Navarra veía reducida su importancia estratégica en favor de la frontera con el reino de Francia.

Como ponía de manifiesto un memorial navarro redactado este mismo año, Guipúzcoa se convertía en la defensa avanzada del reino de Castilla n119. La importancia estratégica de la frontera del Bidasoa no hizo sino incrementarse con la conquista castellana de Navarra entre 1512 y 1521 n120.

Tras la definitiva incorporación del viejo reino al bloque de dominios de la Monarquía Católica, el eje Bidasoa-Pirineo se convirtió en la línea de defensa de sus territorios peninsulares frente al reino de Francia. A partir de entonces se definió una nueva línea fortificada que descansaba sobre las plazas de San Sebastián, Fuenterrabía y Pamplona, en el lado peninsular, y de Bayonne y Saint-Jean-Pied-de-Port, en el continental.

La redefinición estratégica que supuso la conquista castellana de Navarra no implicó la desaparición de la frontera entre ambos reinos: la unión fue puramente dinástica y Navarra continuó como un reino diferenciado, manteniendo sus propias instituciones, hasta el definitivo éxito del régimen liberal con la Constitución de 1837 y la Ley Paccionada de 1841.

Los acontecimientos de 1476 en la frontera del Bidasoa nos permiten observar el nuevo destino que se abría para los Parientes Mayores. La “nueva” frontera sigue siendo de gran importancia para ellos, pero no como agentes independientes sino firmemente integrados en el aparato de la Monarquía Católica.

Tras el regreso del destierro, su nuevo papel se hace evidente en la citada defensa de Fuenterrabía, en la batalla de Velate, durante la conquista de Navarra en 1512, o en la defensa de la frontera del Bidasoa y de Pamplona frente al último intento de los monarcas navarros –con el apoyo francés– por recuperar su reino en 1520-1521.

Pero, en este papel de defensores de la frontera no estaban solos, debían compartir protagonismo con la Hermandad, cuya aportación en número de hombres armados era considerablemente superior. El fortalecimiento del poder de la monarquía castellana y de las Hermandades de Guipúzcoa y de Álava se tradujo también en un mayor control sobre el espacio fronterizo y una más precisa delimitación del mismo.

Así, en 1489 y 1498, comisarios de ambos reinos realizaron la delimitación de sus correspondientes territorios, que todavía entre 1519 y 1523 se estaban amojonando n121. También se incrementó el control sobre el tráfico comercial a través de la frontera con la creación de nuevas aduanillas que impidiesen a los transportistas eludir el pago de derechos en los viejos establecimientos aduaneros n122.

CONCLUSIONES

La frontera es ante todo el límite entre dos jurisdicciones, la demarcación entre dos espacios de poder, entre dos espacios políticos, los reinos de Castilla y de Navarra.

Pero más allá de lo estrictamente jurisdiccional, la frontera se muestra extraordinariamente permeable. Permeable para aquellos que la cruzan para ganar su sustento: transportistas y comerciantes que llevan sus mercancías a los puertos del Cantábrico o a la Ribera tudelana, artesanos que trabajan estacionalmente a ambos lados de la frontera –mazoneros, carpinteros, canteros, ferrones, etcétera– o ganaderos que comparten los pastos veraniegos de altura en Aralar, Urbasa o Encía.

Permeable también para los nobles que se casan y se enfrentan más allá de los estrechos límites de su esfera de influencia local.

Permeable, finalmente, para las bandas de saqueadores que se aprovechaban de la impunidad que les ofrecía el refugio en una jurisdicción diferente a aquella en la que cometían sus crímenes y tropelías. Es posiblemente este último aspecto el que más llegó a marcar el devenir de la vida fronteriza, hasta el punto de bautizar a la propia frontera como la frontera de los malfechores.

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El progresivo incremento del poder de la monarquía castellana en la zona fronteriza se manifestó en un más firme control sobre el territorio guipuzcoano, que marchó de la mano de la consolidación de la Hermandad General, y la conquista del reino de Navarra. De ello se derivaron dos consecuencias.

La primera fue la pérdida de importancia estratégica de la vieja frontera frente a la creciente amenaza francesa en la frontera del Bidasoa.

La segunda, una actitud menos permisiva en las relaciones cotidianas transfonterizas en el nuevo escenario estratégico. Si lo largo del trabajo hemos visto a los nobles de la zona jugar a tres bandas, en matrimonios, servicios o conflictos, todo ello se acabó como nos demuestra lo acontecido al señor de SaintPée y Amézqueta –en Labourd y Guipúzcoa, respectivamente– entre el final del siglo XV y el inicio del XVI.

En 1509 emprendió un pleito con el concejo guipuzcoano de Leaburu a cuenta de su molino de Mahala, no habiendo podido hacerlo hasta entonces porque “ha abido en los dichos tiempos en la dicha provinçia de Guipuzcoa guerras e diferencias asy entre los caballeros e bandos della como con los reynos de Francia e de Navarra e que asy ha seydo publico e notorio que los sennores e duennos de la dicha casa de Mahala dexaron de cobrar por cabsa dello” n123.

Si hay un fenómeno que ha aflorado a lo largo del estudio, éste ha sido el de la violencia y su vinculación con los linajes de la nobleza local. En el origen de la relación entre violencia y linajes podemos situar la escasa entidad de los patrimonios de una muy numerosa pequeña nobleza abocada a una competición creciente entre sus propios miembros y con las villas. Claro ejemplo de estos pequeños linajes de escuderos serían aquellos que tanto en Álava como en Guipúzcoa se hicieron vasallos del rey de Navarra en la segunda mitad del siglo XIV.

Gentes como los Lecea, algunos Murua o los Urquiola, para los cuales un feudo de bolsa y unas exiguas propiedades podían ser atractivo suficiente para abandonar su solar de origen e instalarse el viejo reino. La escasez del patrimonio y la competición entre los linajes obligaban a éstos a mantener un séquito armado que había que sostener con unos recursos limitados. La solución más sencilla era lograr que la propia comitiva se autofinanciase a través del saqueo y la depredación de las gentes que habitaban o transitaban los territorios fronterizos y sus aledaños.

La violencia fronteriza, combinada con un poder real débil, lejano o ausente, permitió el fortalecimiento de algunos linajes que acabarían consolidando su poder e influencia sobre el resto. Este refuerzo de los linajes dominantes se hizo especialmente patente en Guipúzcoa durante la primera mitad del siglo XV y en Navarra durante la segunda mitad del mismo siglo, coincidiendo con la guerra civil. Guevara, Lazcano o Amézqueta/Saint-Pée figuraron entre los más beneficiados.

Los Guevara extendieron su dominio durante la segunda mitad del siglo XIV por la Llanada oriental alavesa, reemplazando a los pequeños linajes de escuderos que en la primera mitad de aquel siglo practicaban el bandidaje fronterizo y a mediados del mismo se habían hecho vasallos del rey de Navarra. Algo muy parecido sucedió en tierras guipuzcoanas con los Lazcano y aquellas familias de escuderos que en la segunda mitad del siglo XIV habían gozado de autonomía suficiente para tratar individualmente con la monarquía pamplonesa –los Urquiola– y que habían pasado a formar parte de las clientelas del linaje de Lazcano para 1426.

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En el norte de Navarra esta situación quedaría ejemplificada por el acuerdo que en 1474 firmaron los Saint-Pée con los Zabaleta, Vergara, Subiza, Zozaya y Bértiz y las villas de Lesaca, Echalar, Aranaz y Yanci, que dejaba de manifiesto la posición dominante de los primeros.

Pero la consolidación de estos linajes dominantes no se hizo solo a costa de las familias de pequeños escuderos. También alcanzó a las comunidades campesinas o a las entidades eclesiásticas. Amparándose en un clima de violencia y miedo que ellos mismos contribuían a generar, fueron imponiendo el monopolio sobre los molinos, se apoderaron de patronatos y diezmos eclesiásticos, se adueñaron de espacios ganaderos y forestales, estableciendo una suerte de señorío, no sancionado por ninguna merced real, a través de figuras como la encomendación tal y como, por ejemplo, hicieron los señores de Murguía con las gentes de Astigarraga n124.

Esta situación de dominio basado en la coacción la ilustra perfectamente la declaración de uno de los parroquianos de Cestona en el pleito que enfrentaba en 1486 a la villa con el linaje de Iraeta en torno a los derechos de patronato sobre la iglesia: non queria aver question con la casa de Yraeta e que con lo poco que tenia se queria pasar que el gran can solia dar gran ladrido n125.

El poder de los linajes declinó de forma paralela al fortalecimiento del poder real. En Guipúzcoa y Álava este declive fue de la mano de la consolidación de las respectivas hermandades provinciales, mientras que en el caso navarro hubo de esperar a que la conquista castellana del viejo reino y la política de atracción por Carlos V de los viejos linajes –tanto beamonteses como agramonteses– concluyeran con éxito n126. Esta pacificación coincidió con el cambio de la importancia estratégica de las zonas fronterizas: la frontera entre Castilla y Navarra perdía relevancia respecto a la frontera de ambos reinos con Francia n127.

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Pero tanto la vieja frontera de los malhechores como la nueva frontera con el reino francés ocuparon durante largo tiempo un lugar destacado en el universo ideológico de las gentes que habitaban aquellos territorios.

Todavía en 1518, en los memoriales del pleito que enfrentaba a los Parientes Mayores guipuzcoanos con la Provincia, la actuación de cada uno de los litigantes en la defensa de la frontera se convirtió en pieza fundamental del debate jurídico y político. Ambas partes hacían gala en ellos de la importancia de su contribución al mantenimiento de la línea fronteriza tanto frente a Navarra como a la Gascuña inglesa y Francia n128. La frontera fue también un referente a la hora de elaborar los orígenes míticos de los linajes, como quedó expresado rotundamente en la narración del nacimiento del linaje de Berástegui en 1535-1536. Según este relato, en tiempos remotos, los habitantes de Berástegui, Elduayen y Gaztelu sufrían los ataques de sus vecinos navarros de filiación gamboína –el señor de Eraso es citado expresamente– que les robaban y mataban, tanto a ellos como a sus ganados, hasta el punto de verse obligados a trabajar sus tierras armados. Para poner remedio a esta situación, acordaron entre ellos elegir a un individuo que les amparase y tuviese a su cargo defender la tierra. Se dirigieron para ello a la casería de Sagastiberri donde tanto el primer como el segundo hijo rechazaron la propuesta, que sí fue aceptada, finalmente, por el menor de los hermanos. Según la narración de alguno de los testigos, el más joven de Sagastiberri dio muerte en una celada junto a la herrería de la plaza de la localidad navarra de Leiza al responsable de las incursiones. El defensor de la tierra fue el antecesor de los señores de Berástegui, a quien, a cambio de su protección, los vecinos se comprometieron a entregarle tanto los diezmos como la renta de los molinos y los derechos sobre los ganados de Leizaran n129. Los paralelismos de esta leyenda con acontecimientos que hemos narrado no dejan de ser significativos.

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