Echenique2012

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Tabla de contenidos

1.

El euskera es la única lengua que ha perdurado tras la romanización del espacio europeo, última fase del proceso de indoeuropeización de Occidente; por ello, hablar del influjo que la lengua vasca ha podido tener en las lenguas romances y, a su vez, recibir de ellas, equivale a trazar su historia desde períodos documentados, así como su supervivencia hasta el momento actual.

Con la llegada de la lengua latina los hablantes de las diferentes lenguas prerromanas cambiaron su código lingüístico en favor del latín, a excepción del espacio lingüísticamente vasco que, si bien adoptó el latín parcialmente, no llegó a perder la lengua originaria, que se ha mantenido hasta el día de hoy, bien es verdad que tras haber sufrido un proceso de compresión progresiva.

El euskera sobrevivió a la latinización justamente en un área colindante e incluso conviviente con aquella otra en la que después se formó el castellano, así como también el riojano, el navarro, el aragonés, el catalán, el gascón y el occitano; el francés pasó a ser lengua de contacto con el vasco a partir del siglo XVI, pues antes de esa fecha no existía al otro lado de los Pirineos sino el occitano con sus variantes.

Hoy, el euskera recubre un espacio sociolingüísticamente complejo a uno y otro lado de la frontera franco-española, en la que hay varias lenguas en contacto: castellano en el lado peninsular, así como francés y occitano (gascón) en el continental, pero, hasta donde nos es dado remontarnos en el pasado, la zona de habla vasca es resultado de un proceso de regresión continuada, pues su espacio ha venido comprimiéndose más y más con el paso del tiempo, lo que ha marcado notablemente su historia lingüística. Constituye un hecho sobresaliente, en todo caso, que losindicios de la lengua vasca en el pasado aparezcan siempre en compañía de testimonios de otras lenguas, nunca en solitario.

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En este mismo sentido, y entrando de lleno en el tema que nos ocupa en este trabajo, podemos constatar que la recuperación de una parte del pasado de la lengua vasca ha sido posible gracias al elemento latino-románico inserto en ella.

En efecto, la huella latina y románica en el euskara ha resultado siempre de gran interés filológico, pues permite reconstrui raspectos de la propia evolución histórica y dialectal del ámbito vasco o, lo que es lo mismo, proporciona herramientas filológicas precisas y fehacientes para cubrir, con testimonios susceptibles de ser analizados por el método comparativo, lo que sin ellos sería un gran vacío documental histórico y lingüístico. Como dejó bien sentado Luis Michelena en su extensa obra, el mundo latino, lejos de ser contemplado como un elemento devastador del euskera, es justamente el factor que permite ir reconstruyendo su evolución gracias a la asimilación contrastada de latinismos y romanismos procedentes de su contacto multisecular.

Es hecho hoy sabido y reconocido que el contacto de lenguas comporta una influencia mutua de los sistemas que participan en él; de hecho, las diferencias tipológicas tan profundas entre euskera y románico no han impedido su afectación recíproca en una historia lingüística que ha compartido el mismo espacio geográfico.Cabe suponer que el influjo entre el vasco y elmundo latino-románico comenzó dentro de los límites de la propia lengua vasca desde el momento mismo en que ambos entraron en contacto y que su impronta se propagó, después, a lo largo de los siglos y hasta la actualidad, paralelamente a las vicisitudes históricas que ha conocido su implicación recíproca.

Al mismo tiempo, es necesario tener en cuenta que cuanto hoy sabemos sobre la romanización del Norte peninsular, muestra con claridad una incidencia de la lengua y cultura latinas notablemente mayor y más importante de la que se había venido suponiendo hasta ahora (A. Ibáñez 2009), lo que abre expectativas de interés para el área vasca, espacio ciertamente escaso en documentación, pero al que, a la vista de las extraordinarias muestras de romanización encontradas recientemente, habría que tratar de poner “voz” (esto es, lengua concreta) en los sucesivos poblamientos descubiertos en la actual costa guipuzcoana. De hecho, hoy sabemos que la cornisa cantábrica fue zona de confluencia de dos corrientes colonizadoras, a saber: una que, procedente del Mediterráneo, penetraba en la Península remontando el curso del Ebro hacia su nacimiento, y otra que, desde la Aquitania, llegó al País Vasco con rumbo al Noroeste peninsular; sobre esta última tenemos hoy más e interesantes muestras.

Las formas de habla traídas durante la conquista romana del valle del Ebro, sumamente variadas, se fusionaron nivelando y simplificando la variación, con resultados no siempre coincidentes con los de la lengua estándar aún incipiente (R. Penny 2000, passim), sin olvidar los consiguientes “islotes escapados a la nivelación idiomática” que indicó ya S. Mariner (1960 [1999]) y recordó D. Catalán (1974: 160). Lo realmente importante de esta nueva panorámica es que permite tender un puente en el continuum de hechos románicos norteños.

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Joan Corominas, a su vez, estuvo siempre atento, a lo largo de su extensa obra dedicada al dominio iberorrománico, a toda cuestión que admitiera la posibilidad de establecer relación entre el espacio catalán y la lengua vasca(Echenique2008a).

Tal interés se centró fundamentalmente en el campo de la Onomástica y de la Etimología; a través del estudio de ambas disciplinas fue reconstruyendo el pasado pirenaico, separando cuidadosamente las capas lingüísticas que pertenecían a una u otra lengua, en estrecha conexión con el conocimiento derivado de los hechos histórico-lingüísticos. De esta forma llegó a determinar para una época remota la existencia de una lengua afín al vasco (vascónica o vascoide, si no estrictamente vasca), que se habría extendido a lo largo de los Pirineos y habría llegado prácticamente hasta el Mediterráneo. Esta hipótesis ha tenido gran repercusión en la Filología Hispánica, que se ha visto por ello obligada a dirigir la mirada hacia el adstrato-sustrato vasco de las áreas navarra, aragonesa y buena parte de la catalana; en todo ello, junto a trabajos de estudiosos como R. Menéndez Pidal o L. Michelena, encuentran su germen estudios de mayor actualización como los debidos a J. Gorrochategui (1995) para época prelatina o latina, o a F. González Ollé (2004) o X. Terrado (2002) para el tiempo históricamente romance.

2.

Hablar del contacto de los romances hispánicos con la lengua vasca en el momento de su emergencia es, en realidad, asomarse a la reconstrucción del proceso de dialectalización romance y dialectalización vasca simultáneo en el tiempo. No es ello tarea fácil, pues la documentación con la que cuenta el mundo románico en sus orígenes es difusa, y la lengua vasca, por su parte, tan solo puede ser delineada en época protorrománica a través de testimonios dispersos n1.

Documento de interés en este sentido es el texto riojano de la Regla de San Benito, Libellus a regula sancti Benedicti subtractus, texto copiado en un códice riojano en el año 976 en pergamino de baja calidad por Eneco Garseani, que contiene una adaptación hispana de la Regla benedictina para un monasterio femenino de Nájera, junto con el comentario de Esmaragdo a la Regla de San Benito y dos capítulos relativos a la tradición monacal hispana n2. Es uno de los pocos códices riojanos de datación segura, lo que permite reconstruir el entorno histórico con precisión, y su excepcionalidad le ha valido importantes estudios, entre los que destacan los debidos a Bishko, Linage Conde, Carrera de la Red y Ruiz Asencio (Echenique y García Hernández 2012).

n1 Recordemos que Luis Michelena denominó Textos arcaicos vascos a los testimonios de la lengua vasca anteriores a su eclosión escrita a partir del siglo XVI. Para el contacto de euskera y románico en la protohistoria hispánica véase Echenique en prensa.

n2 Cuenta con la edición reciente de Ruiz Asencio (en García Turza 2002: 175-20).

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Este texto es muestra de la combinación de material europeizante con tradición monástica hispánica, así como también ejemplo de síntesis en la que confluyen tradiciones discursivas varias (Echenique y García-Hernández 2012).

Constatamos que, en efecto, reúne una serie de características que afectan de lleno al proceso de emergencia castellana, emergencia que, por añadidura, se encuentra en un solar en el que se hablaba lengua vasca en el pasado (en el momento en que se escribe el texto), al tiempo que responde a la tradición monástica, filón aún sin explotar en su totalidad, que con seguridad encierra muchas de las claves de la emergencia románica.

En este texto riojano de la Regla de San Benito hay suficientes indicios para pensar en una lengua vasca de fondo, como es el colofón debido a Eneco Garseani n3 y otros (Echenique y García Hernández 2012), de entre los cuales quiero recordar la existencia de palabras latinas que han sido adaptadas por el euskera en su léxico básico y han pervivido hasta el día de hoy, alguna de las cuales muestra una trayectoria interesante en el mundo vasco-románico, como he estudiado en otro lugar (Echenique 2005 y 2008b). Así sucede con la presencia en el Libellus de soror (> vasc. serora), vIrgIne (> vasc. birgina), InfernuM (> vasc. inpernu, infernu), saecuLa (> vasc. sekula), caeLuM (> vasc. zeru), cruce (> vasc. gurutze), DIaboLus (> vasc. deabru), Doctore (> vasc. dotore), angeLus (> vasc. aingeru), corpus (> vasc. gorputz), pecatus (> vasc. pekatu), honore (> vasc. ohore), epIscopu (> vasc. apezpiku, ipizpiku...), que son muestra de la nómina de latinismos que tendrán larga vida en euskera, con variantes formales específicas que denotan evolución fonética propia dentro del euskera, como sucede, por ejemplo, en el caso de apostoLus (>vasc. apostolu, apostulu, aprostu, apostru y derivados como apostolugoa, apostolutza, apostolutasun, apostolutar, apostoluar, apostoldar, apostoluzko, apostolotu n4).

Siguiendo la estela de la idea de Koldo Mitxelena mencionada más arriba, la asimilación contrastada de latinismos y romanismos procedentes de su contacto multisecular nos permite ir reconstruyendo aspectos de la propia evolución del euskera.

Si tenemos en cuenta que el léxico nuclear de una lengua puede estar constituido por palabras que no necesariamente han de ser patrimoniales, la palabra latina o románica que pasó a formar parte del léxico nuclear del euskera adquirió vida propia en ese ámbito, ámbito que era dialectal, de ahí que evolucionara como lo hacía el dialecto vasco correspondiente. Caro Baroja nos enseñó que el arado existía entre los vascos antes de la romanización (ligado a la cultura celta, de lo cual hay nutridos testimonios lingüísticos y antropológicos), lo que no fue óbice para que la lengua vasca incorporara el nombre latino cuLter, que es el significante que nos ha llegado hasta el día de hoy como golde ‘arado’ y sus variantes, junto a un gran número de derivados n5.

n3 Es general la aceptación de que Eneco esla variante vasca de Íñigo.

n4 V. Diccionario general Vasco /Orotariko Euskal Hiztegia DGV / OEH, s.v.

n5 Véase el Diccionario General Vasco (DGV) de Luis Michelena, s.v. golde.

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Voya retomar hoy algunas reflexiones, extensibles a muchas otras en aspectos generales, en torno a la voz serora, utilizada hoy tanto en dialectos vascos de zona francesa como española, que en el Norte ha heredado de forma general el valor de ‘monja’ ya conocido en el latín vulgar, mientras que en los dialectos del Sur ha desarrollado con mayor homogeneidad otras acepciones(‘solterona que sirve en la iglesia, mujer del sacristán’) n6; se usa también al hablar en castellano, si bien sólo en zona de habla vasca. En opinión de Corominas-Pascual, “es palabra no románica sino vasca” (DCECH, s. v. sor), precisión que resulta muy conveniente.

En todas las lenguas, en efecto, la existencia de derivados propios a partir de una voz de origen foráneo es muestra de la vitalidad que ha acompañado a su integración dentro del campo léxico del sistema receptor; pues bien, la voz latina SOROR, que ha dado lugar a la presencia en todos los dialectos vascos de la voz serora y sus variantes, ha originado también nuevos signos de ella derivados que hoy están vivos en la lengua: ya Azkue (1969 [1906]) documentaba las voces serorategi ‘beaterio’, ‘ancient convent’, ‘habitación de la que cuida la Iglesia’ ‘maison de la vieille fille employée dansl’église’, así como serorego ‘cargo de la sacristana, emploi de la sacristaine’, y hoy es general en el País Vasco el rótulo seroraetxe en la casa de la serora, voces que acompañan a la realidad social a la que serora alude y que, en todo caso, pertenecen (una vez más) a un ámbito religioso-eclesial (Echenique 2005). Por su parte, el correspondiente tomo del Diccionario general Vasco / Orotariko Euskal Hiztegia (DGV / OEH) documenta (s.v.serora, serore, sorore) abundantes derivados, como seroragai, seroragaitegi, seroragun-serorego, serorantza, seroraondo, seroratasun, serorategi, seroratu, seroratzaile-serorazale, seroretxe, serora-etxe, y hasta un diminutivo norteño seroraño ‘soeurette’.

Es muy exacta la apreciación de Corominas y Pascual según la cual serora es palabra no románica, sino vasca, cuya /–a/ final muestra el deseo de marcar el género femenino mediante un procedimiento gramatical románico, aunque no sea sino por los derivados que tiene en euskera, cosa que no sucede en romance peninsular n7.

n6 El vasco moja, monja ‘monja’ es préstamo reciente (v. Diccionario general Vasco /Orotariko Euskal Hiztegia DGV / OEH, s.v.)

n7 En CORDE encontramos documentación de la voz serora en textos castellanos, pero no hay derivados; tampoco los hemos encontrado en diccionarios o materiales de otro tipo; sólo registramos un derivado seroría en la Corografía de Larramendi, que es, a todas luces, un cultismo. Peillen (1998), a su vez, en el trabajo general que dedica a interferencias vascorománicas, no incluye la voz serora entre los vasquismos documentados en Berceo.

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Por lo que se refiere a los descendientes de soror en la toponimia pirenaica volcada hacia la Península, Corominas (en su Diccionari Etimològic i Complementari de la Llengua Catalana, DECLCat, s. v. sor) ofrece valiosas observaciones: “Es Tres Serús és el nom que donen a Gavarnia als Tres Bordons, tres estrelles de la constel.lació d’Orion (ALGc., V, 1094); …hi ha una Roca de la Seró al.ludint a una monja penintent de vida eremítica, en el vessant NO. del Montsec d’Ager…; Pic de las Serous 2371 alt. a l’alta vall d’Aspa. …a l’Alt Aragó queda Las tres Sorores, com a nom indígena del Mont Perdut i el seus tres cims, i com a nom el monestir de Las Serors (>La Serós, Santa Cruz de La Serós, prop de Jaca)”.

Hay una confluencia pirenaica, románica en este caso, que no nos debe hacer olvidar el contacto con la lengua vasca, cuya persistencia a lo largo de los Pirineos en época tardomedieval es bien conocida; todo ello, a su vez, ilustra el trasvase de dicho contacto a las manifestaciones lingüísticas de hechos histórico-culturales vinculados al establecimiento de la vida monástica en torno a los Pirineos. En realidad, serora podría ser considerada en la lengua vasca como una forma hipercaracterizada, si el contacto vasco-románico no hubiera impregnado de forma considerable en su dimensión histórica el espacio lingüístico circumpirenaico.

3.

La continuidad o discontinuidad que cabe observar entre el latín y las lenguas románicas no encuentran, por lo que hoy sabemos, acomodo fácil en el desarrollo progresivo de esquemas evolutivos, sino en la creación de estructuras discursivas estables, lo que también es aplicable al dominio de trasvase del latín al euskera; por esta senda deberían tener continuidad en el futuro trabajos tan importantes como el de Segura y Etxebarria (2004 [1997]).

Este proceso era seguramente paralelo a otro de reflexión consciente que se fue generando en todo el territorio neolatino medieval y que consistió en considerar a las variedades vernáculas como portadoras de una gramática propia que no era una transposición, más o menos original, más o menos dependiente, de la tradición latina. Otro tanto sucede con la lengua vasca a partir del siglo XVI, en que el vascuence trata de ser considerado lengua portadora de una gramática propia e independiente del románico; es, de todas maneras, en el siglo XVIII cuando se consolida el estudio gramatical y lexicográfico de la lengua vasca, que arranca, bien es verdad, en el XVI.

Si en el mundo románico la fuerte superposición cultural del latín debió ser causa del retraso en la aparición de gramáticas de las lenguas hasta entonces vernáculas(a diferencia de lo sucedido en el mundo céltico, en el que la actividad gramatical del antiguo irlandés cuenta con muestras desde el siglo VII, frente a la tradición gramaticográfica romance que, en tierra occitana, da muestras espléndidas ya en el siglo XIII), no deja de ser sintomático que el euskera cree su escrituralidad a partir,sobre todo (aunque no exclusivamente) de traducciones de la Biblia, y no hay que olvidar que la traducción es una forma de contacto lingüístico.

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Aunque también es muy sintomático que el primer texto totalmente escrito en euskera (Linguae Vasconum Primitiae, de Bernart Dechepare) sea un texto muy rico en matices, con un conjunto importante de indicaciones o restricciones específicas, de estrategias discursivas en definitiva, que el autor introduce en él para que puedan ser procesadas e interpretadas por el receptor en lengua vasca.

La distribución dialectal vasca general, por su parte, es bien conocida desde tiempo atrás; al no haber existido una lengua vasca codificada para la totalidad de sus hablantes hasta fines del siglo XX, los textos escritos que desde el siglo XVI en adelante se conservan han dejado valioso testimonio de sus diferentes y variados dialectos durante varios siglos.

Aparte el componente glosográfico, las referencias al léxico del vascuence en el Fuero General de Navarra, la documentación de monasterios como Irache, Leire y demás actividad lexicográfica durante la Edad Media en los que nos es dado observar casos de equivalencia en el léxico vasco y románico, hoy es conocida la existencia de diccionarios históricos de la lengua vasca de donde se ha extraído la información pertinente y bien contrastada para reconstruir la historia del léxico vasco en el conjunto de su implantación geográfica, y en ocasiones también social, a través de los tiempos. Esta línea de investigación, de matriz micheleniana, está impulsada por el deseo de indagar en la historia de la lengua vasca, como consecuencia natural de su motivación primera, en tanto que la parte no vasca en el estudio de estos diccionarios ha sido considerada, en el mejor de los casos, como tarea secundaria, si bien hay excepciones de interés que habría que ir integrando en un estudio más sistemático n8; por alguna causa aún no bien determinada, la tradición hispánica no les ha prestado la atención que cabría otorgarles.

4.

Por otra parte, así como la teoría ha enriquecido considerablemente en los últimos tiempos el cultivo de la disciplina lexicográfica, también es relativamente nueva la reflexión lingüística aplicada a la fraseología, es decir, la fraseografía, que está contribuyendo a dotar de gran altura teórica a la inserción lexicográfica de unidades fraseológicas en todo tiempo, lo que tiene su trascendencia para el ámbito de vasco y románico.

Me sumo plenamente a la reflexión que García-Page hace al hablar de las variantes fraseológicas cuando afirma que deben estar previstas, codificadas, fijadas de antemano, destacando que “la variación (autorizada)[sic] es, pues, predecible”; añade que, por esa razón, las variantes están fijadas en la memoria colectiva y “suelen aparecer registradas en los diccionarios” n9.

n8 V., por poner algún ejemplo, la referencia a la estela de C. Oudin en la lexicografía vasca (Kerejeta 1991), deudor, a su vez, de Covarrubias (Lépinette 1992) o el contraste con Autoridades en el Trilingüe de Larramendi (Urgell 1999).

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Concuerdo plenamente con esta aseveración y veo en ella el fundamento básico para considerar necesario extraer la información que proporcionan los diccionarios históricos de todo tipo, entre ellos los bilingües y trilingües que contienen al español junto con el vasco. Si esta idea adquiere elsuficiente relieve,será pilar de importancia para investigaciones futuras en el ámbito lexicográfico castellano y también vasco-románico n10, y, si a esta consideración se suma la luz que los datos procedentes de la lexicografía pueden aportar al campo de las combinaciones pluriverbales,se verá que estamos ante un haz de intereses filológicos de implicación múltiple. No en vano toda labor lexicográfica es consecuencia de profunda reflexión sobre cada uno de los elementos insertos en el diccionario.

Podemos citar algún caso en proceso de fraseologización. Hoy, la lexicalización es total en la voz adiós, si bien todavía en el Diccionario panhispánico de dudas (s. v.) se dice que en algunos lugares de América se utiliza la grafía a Dios n11, lo que equivale a decir que está sentida como unidad pluriverbal. En Landuchio, donde resulta llamativa la reducción de la entrada Dios, diosa, dioses en comparación con Nebrija, se lematiza en la voz Dios, al igual que en el Trilingüe de Larramendi, que ofrece la misma simplificación en relación con Autoridades, que sigue el mismo criterio lematizador; Pierre d’Urte, en cambio,registra adios, adiós, adiu n12, sin indicio de pluriverbalidad. La voz, de gran relieve pragmático, juntamente con las variantes adio, ario y adiu, ha tenido gran fortuna en el léxico vasco y seguramente ha sido recogida en sus diccionarios a partir de tradiciones lexicográficas diferentes n13, sobre todo lo cual vamos sabiendo algo más ahora (Mac Donald 2007).

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7.

Volviendo al texto riojano de la Regla de San Benito y tomando en consideración la concepción de Johannes Kabatek (2008, 9) sobre el desarrollo de la noción de tradición discursiva observamos que los textos escritos tienen también una tradición o “segunda historicidad”. Esto es particularmente ejemplar en el caso del Libellus, que se realiza remitiendo a otros textos ya producidos, al acervo cultural y a la memoria discursiva. Si a ello añadimos la consideración de que “no hay una –y una sola-- gramática representativa de cada lengua y cada época” (Kabatek 2008: 8),tal vez la frontera latina y románica pueda enriquecerse con la aportación de la lengua vasca. Es de esperar que el papel derivado de la práctica de la traducción, entendida como translatio “entre el texto latino fuente y el texto romance” (Castillo y López 2010: 8) a lo largo de la Edad Media, aporte aún mucha luz en años venideros, sea el latín u otra lengua el texto fuente.

Este contacto vasco-románico, en cualquier caso, no se resolvió en todos los casos en un proceso de sustitución del euskera por el latín y romance, como otros más concretos (así, el descrito por Michelena 1963: 78 para lugares como Puente la Reina, para el que hay datos históricos de reconstrucción pretérita), pues la pervivencia de préstamos latinos o románicos en el euskera actual, con sus propias variantes vascas y gran número de derivados, así como de unidades fraseológicas, prueban la vitalidad que estas voces han tenido y tienen hasta el día de hoy en ámbito vasco.

En la época originaria del contacto vasco-románico, más que de un proceso de criollización (con aparición de modalidades de cruce), tal como se ha estudiado para las lenguas románicas, podría hablarse con más propiedad de solapamiento de uno o dos procesos de dialectalización, a saber, el proceso latino de fragmentación y posiblemente también el del euskera. Y tales procesos, además, debieron producirse probablemente al mismo tiempo, lo que no deja de resultar admirable. Podríamos definir este territorio, por lo tanto, como un espacio “transnacional” n17 caracterizado por la existencia de una lengua antigua que no es neolatina, ni siquiera indoeuropea, que seguramente ha constituido durante largo tiempo un verdadero “espacio comunicativo” n18 con independencia de la configuración política en la que ha permanecido inserto.

La historiografía vascorománica, por lo tanto, no es simplemente la suma de vasco + románico, sino la derivada del solapamiento experimentado por la implicación comunicativa habida en un territorio en el que se hablan variaslenguas desde hace largo tiempo, una de las cuales, el euskera, abarca la extensión que han tenido y tienen otras varias románicas desde el momento mismo de su emergencia a partir del latín.

n17 V. Krefeld (2007: 67-69).

n18 Ibídem.

En tiempos históricos más cercanos, la complejidad de ese espacio comunicativo se ha caracterizado por la presencia de una lengua, el vascuence, en territorio geográfico correspondiente a dos naciones diferentes, España y Francia,las cuales tienen, a su vez, sus lenguas oficiales(español y francés)junto a otras reconocidas en grado y cronología diversos en territorios parciales.

No hay frontera lingüística en área euskérica en la actualidad, así como tampoco ha existido en el pasado, allí donde la hay o la ha habido entre variedades romances. Por lo tanto, el concepto de frontera lingüística en área vasco-románica queda solapado, y lo hace en forma múltiple y de manera muy compleja desde una perspectiva de lenguas en contacto, por la presencia del euskera junto al gascón, francés y castellano, en la actualidad, y del gascón, occitano, navarro, aragonés y catalán, en el pasado; y en esa(s) frontera(s) hay que incluir también la lengua latina en una doble dimensión: la que afecta, de un lado, al elemento latino-románico de estrato antiguo inserto en los diferentes dialectos vascos, con soluciones propias así mismo diversas (González Ollé 2004 y Echenique 2008b), y al latín como elemento cultural de primer orden, a la par que fuente de enriquecimiento para los escritores vascos ante la falta de recurso a un modelo antiguo propio, de otra.

En relación con esto último es importante recordar que, en el proceso de creación de tradiciones discursivas en lengua vasca, el latín está presente de forma notable en escritores vascos de los siglos XVI y XVII como Bernard Dechepare19, Johannes Leizarraga, Joannes de Etcheberri o Juan de Tartas, en los que encontramos profusión de latinismos como infidelitate, creatione, scriptura al lado de otras voces latinas o romances que presentan una mayor integración histórica vasco-románica, como es el caso de sperança, scribatu ‘escribir’ y un largo etcétera n20.

Cuando se acometió, pues, la empresa de crear tales tradiciones discursivas en lengua escrita, impulsada en buena medida por la Reforma, la lengua vasca carecía de modelos culturales propios sobre los cuales forjarse, pues hasta entonces se había movido en el contexto de la cultura oral, donde hubo antes, y habrá después, larga tradición; así se explica que la lengua escrita trataría de constituirse mirando a modelos latinos y románicos, utilizando la scripta románica, primero navarra y gascona, así como también castellana y francesa más tarde. La Reforma no triunfó en territorio vasco, pero dio lugar, como contrapartida, a la preocupación del clero católico por catequizar a los feligreses en lengua vulgar, lo que explica la proliferación de catecismos en vascuence o bilingües.

Por otra parte, la recuperación reciente de textos (Gómez y Urgell 2010) ha desembocado en un reajuste de reconstrucción de dialectos vascos en la antigüedad, que aún necesitará de mayor indagación.

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8.

La reconstrucción del protovasco tal como se está llevando a cabo en la actualidad permitirá llegar a establecer con más precisión la impronta legada al castellano por el euskera. También es importante tener en cuenta la repercusión de los textos escritos recuperados en época reciente, vascos o vasco-románicos, que ha desembocado en un reajuste de la reconstrucción de los propios dialectos vascos en el pasado. El contacto del euskera con las lenguas románicas en la Lexicografía es, asimismo, fuente de interés para la lingüística vasco-románica desde el siglo XVI en adelante; y, por su parte, la Fraseología y Fraseografía vasco-románicas permite hoy ahondar especulativamente en esa relación. En definitiva, el avance experimentado en los últimos tiempos por la Filología vasca, de una parte, y por la Filología románica, sobre todo hispánica, de otra, proporciona nuevos materiales para el estudio lingüístico vasco-románico, ámbito de gran riqueza social e histórica.

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