Echenique2008

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  • Title: Léxico vasco y latino-románico en contacto
  • María Teresa Echenique Elizondo
  • Localización: Oihenart: cuadernos de lengua y literatura, ISSN 1137-4454, Nº. 23, 2008 (Ejemplar dedicado a: Segundas Jornadas de Lingüísticas Vasco-Románica: Nuevos Estudios) , págs. 61-75

La situación de contacto lingüístico que rodea al mundo euskérico pretérito se nos aparece como hecho habitual y confiere a la convivencia de lenguas especial valor como motor del cambio en área euskérica; desde este punto de vista, la conjunción de la perspectiva geolingüística con la cronolingüística en el estudio del contacto vasco-románico (que el presente trabajo pretende analizar en el léxico), podrían permitirnos recuperar fronteras dialectales mejor definidas en el pasado, que habrían podido ir borrándose en el transcurso del tiempo.

Palabras Clave: Contacto vasco-románico. Relaciones léxicas. Léxico vasco. Léxico romance.

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Tabla de contenidos

EL CONTACTO VASCO-LATINO-ROMÁNICO EN EL MARCO DE LA DIALECTOLOGÍA PLURIDIMENSIONAL

Citaré para comenzar palabras esenciales de Antonio Tovar (publicadas póstumamente, y aún hoy llenas de sentido filológico), uno de los maestros sobre los cuales se sustenta el estudio vascológico en particular, así como el de la tipología lingüística en general:

Además del cuerpo propiamente dicho de las lenguas, tenemos palabras que pasan de un idioma a otro; elementos que indican así, no la identidad de una lengua, sino sus relaciones con otras lenguas n2. Estas palabras son valiosos indicios de hechos histórico-culturales (A. Tovar 1997, 44).


Esta reflexión adquiere dimensiones de gran trascendencia cuando reparamos en que los indicios de la lengua vasca en el pasado aparecen siempre en compañía de testimonios de otras lenguas, nunca en solitario (por lo que sabemos hasta ahora). La situación de contacto lingüístico que rodea al mundo euskérico pretérito, pues, se nos aparece como hecho habitual y confiere al contacto lingüístico especial valor como motor del cambio en área euskérica, todo lo cual dota de pleno sentido a la afirmación según la cual:

Un plurilingüismo colectivo y constante conduce a que se enraícen en un idioma variantes que proceden, como consecuencia de un continuo cambio de código, de una o varias lenguas en contacto (O. Winkelmann 1996, 343).

La Dialectología pluridimensional nos ha enseñado a considerar el contacto entre variedades lingüísticas como principio activador de influencias mutuas n3; la conjunción de la perspectiva geolingüística con la cronolingüística en el estudio del contacto vasco-románico (que el presente trabajo pretende analizar en el léxico), podrían permitirnos recuperar fronteras dialectales mejor definidas en el pasado, que habrían podido ir borrándose en el transcurso del tiempo como consecuencia de corrientes migratorias y culturales posteriores.

n3. “Únicamente quien sueñe aún con dialectos puros negará que hay que documentar no sólo la coexistencia de lenguas y variedades sino también la mutua influencia que ejercen unas sobre otras” (Thun y Radtke 1996, 38).

Parece ser una constante del comportamiento humano la necesidad que las comunidades lingüísticas o los grupos existentes en el seno de una comunidad de habla sienten de diferenciarse lingüísticamente unos de otros, paralelamente al proceso complementario de adaptación lingüística del individuo al grupo, otra constante de la conducta humana.

En el espacio europeo medieval podemos distinguir (W. van Hoecke 2002, 148 y ss.): un espacio románico que conocemos como Romania propiamente dicha por derivar directamente del latín ahí asentado, un espacio germánico que invadía el Norte de Europa y abarcaba variantes escandinavas, alemanas, neerlandesas y anglosajonas, y un espacio céltico en parte de las Islas Británicas en que la lengua celta se mantuvo no sin dificultad.

Por lo que concierne a nuestra geografía había hacia fines de la Edad Media en la Península Ibérica: un espacio catalán (estrechamente vinculado al occitano) de excepcional importancia en la época medieval, en contacto desde el origen con el gascón; el gallego-portugués como koiné literaria de la lengua poética; el castellano, que adquirió la condición de lengua de cultura en sentido pleno ya desde el siglo XIII; el espacio asturiano, mejor astur-leonés, con sus propios monumentos escritos, y no digamos el aragonés, y hasta el navarro como variedad independiente, tal como ha sido dibujado por González Ollé y la larga nómina de trabajos (propios y ajenos) a los que su investigación ha dado lugar, más el mozárabe (denominación que puede servir para la modalidad toledana y la derivada de ella), el romandalusí (Corriente 2004, 186-87), el árabe, el latín y el hebreo, por lo menos. Hay incluso muestras de la lengua vasca en forma residual (dos de las Glosas Emilianenses están escritas en vascuence), pues, de las lenguas y culturas anteriores a la romanización lingüística, esto es, al latín (la lengua tartesia con su cultura, el ibérico, el celtibérico, el o las lenguas célticas del Noroeste, más otras lenguas de colonización como el griego), había desaparecido todo menos el vasco, portador de una literatura oral desde antiguo, si bien de su cultura escrita sólo tendremos producción continuada a partir del siglo XVI en adelante.

No sorprende, en esta panorámica, que el latín se hubiera erigido en modelo de cultura común, estrictamente reservada, eso sí, a una élite letrada. Las lenguas vernáculas, que dieron lugar a las diferentes scriptae medievales, fueron convirtiéndose en lengua nacionales por procesos vinculados a factores políticos e históricos, lo que favorecía el paso a rango de norma de una variedad o fenómeno lingüístico determinado dentro de un conjunto de posibilidades; todo ello venía propiciado por un deseo creciente, bien conocido, de revalorización de las lenguas vulgares. No hay que olvidar, en todo caso, que el latín se había apropiado del carácter sagrado de la expresión divina al familiarizarse la idea de que la lengua hablada por Jesucristo había sido el latín (van Huytfange 2003, 5).

A partir del siglo XI la emergencia de las lenguas vulgares dio lugar al desarrollo de lenguas vernáculas escritas, más o menos uniformes, en toda Europa occidental.

El sistema feudal, propiciador de una parcelación límite del Estado, lo dividía en gran número de entidades territoriales, cuya configuración cambiaba continuamente. La sociedad medieval se caracterizaba por una fragmentación extrema en comunidades rurales aisladas y replegadas sobre sí mismas, que formaban, juntamente con las aglomeraciones urbanas, las células básicas de la organización socio-económica, política y religiosa de la época. Desde el punto de vista lingüístico, esa parcelación se tradujo en una desmembración interna de las lenguas, que terminaron por ofrecer tantas hablas locales como comunidades rurales.

Estos patois serían las unidades dialectales de base para van Hoecke (2003, 158), al tiempo que la estandarización, de forma complementaria, conduciría al proceso de unificación de tales unidades en un conjunto superior, en tanto el latín funcionaba como koiné.

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De hecho las lenguas vernáculas conservaban el sentimiento de afinidad genética que las unía a la lengua latina dentro del espacio geográfico conocido con el nombre de Romania, donde las variedades neolatinas han conocido a lo largo del tiempo momentos más o menos acentuados de relatinización; se sentía también la afinidad cultural con el latín en el mundo germánico o céltico, y, entre nosotros, sucedía otro tanto en el ámbito vasco, que, carente de otros modelos, ha recurrido históricamente al latín como patrón cultural. Hay que intentar reconstruir la gestación de tales hechos en área de contacto vasco-románico, que se adapta bien a la noción de adstrato, o de sustrato en aquellas zonas pirenaicas en que el vascuence histórico se perdió pronto, sin olvidar que la impronta ejercida por el euskera en todos estos casos ha afectado a ambas vertientes de los Pirineos.

Ahora bien, como ha recordado recientemente González Ollé (2004: 242), la configuración de la totalidad de los posibles límites del vasco en época antigua no está atestiguada de modo simultáneo, por lo que la reconstrucción de tal extensión en el pasado sigue estando basada en meras hipótesis, que mantendrán su validez en tanto en cuanto no aparezcan testimonios que la refuten.

Habría que tener en cuenta, en todo caso, diferentes trayectorias geográficas en la constitución de los hechos lingüísticos en tal espacio:

1)este-oeste, como consecuencia del mismo proceso romanizador de Hispania a partir de Ampurias y remontando el Ebro hasta su nacimiento;

2)norte-sur y sur-norte, debido a la comunicación transpirenaica en época pasada;

3)la comunicación por vía marítima, sobre la que queda mucho por indagar, y

4)la trayectoria oeste-este de los hechos lingüísticos reclamada por González Ollé n4 sobre la base de circunstancias históricas de mayor modernidad.

n4. “Reitero aquí una insinuación formulada en otra ocasión. La diferenciación vigente en la historiografía entre las modalidades lingüísticas de Navarra, Rioja y Aragón, que alienta estudios sobre sus coincidencias y diferencias en época actual, probablemente debería rehacerse a favor de un área de oeste a este sobre el eje marcado por el río Ebro, desde su entrada en Rioja, si no antes, hasta Zaragoza. Este planteamiento daría más exacta cuenta de una amplia área regional, pero la proyección norte-sur, origen de numerosos enfoques sobre actividades peninsulares de todo orden, a causa de la dirección marcada por la Reconquista, resulta difícil de evitar por su arraigada tradicionalidad” (González Ollé 2004: 233).

Por otra parte, conviene no olvidar que, en el pasado, la lengua vasca se extendía ampliamente hacia los Pirineos centrales y orientales; la incorporación sucesiva de latinismos y romanismos al euskera es buena muestra del contacto vasco-latino-románico en todas las épocas.

Tales préstamos, pues, deben ser considerados así mismo parte constitutiva, en forma de esmaltaciones visibles en el también continuum vasco, del continuum románico pirenaico superpuesto y conviviente con el euskera, con la particularidad añadida de que no siempre hay frontera lingüística en área euskérica (ni siquiera en la actualidad) allí donde hay o ha habido frontera lingüística entre variedades romances.

Por lo tanto, el concepto de frontera lingüística en área vasco-románica se solapa en forma múltiple y de manera muy compleja por la presencia del vasco, junto al gascón, francés y castellano, en la actualidad, y del gascón, occitano, navarro, aragonés y (al menos en parte) catalán, en el pasado; y en esa(s) frontera(s) hay que incluir también el elemento latino-románico inserto en los diferentes dialectos vascos, con sus soluciones así mismo diversas, que permiten seguir dibujando de manera ininterrumpida el continuum románico peninsular y continental.

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VASCO Y LATINO-ROMÁNICO EN EL CONTACTO LÉXICO. COGNADOS VASCOROMÁNICOS

Tras todo lo expuesto anteriormente, podemos pasar a ocuparnos de la realidad concreta del contacto vasco-latino-románico en el caso del léxico, si bien me fijaré solamente en la integración de léxico de origen latino o románico en el vasco, y no en la asimilación inversa, esto es, la recepción de voces vascas en ámbito románico; es esta última otra forma de estudiar las relaciones entre ambos mundos a la que no voy a dedicar mi atención en el día de hoy, aunque sí lo he hecho en otras ocasiones y desearía seguir haciéndolo en el futuro.

El intercambio de elementos lingüísticos entre dos comunidades de habla o dos lenguas históricas suele tener una repercusión especial en el campo del léxico como consecuencia del contacto sociocultural n5, que se acrecienta en los casos en que la duración del contacto es prolongada; el vasco-románico es ejemplo que supera con creces otras situaciones de adstrato, como las experimentadas, por ejemplo, por el español o el portugués en tierras americanas.

Es general que por cognados n6 se entienda las formas, palabras u otros elementos lingüísticos de una o varias lenguas diferentes que remiten a un origen común, sin que sea condición necesaria que tales lenguas estén emparentadas n7; lo importante en todo caso es “la unidad originaria de dos o más términos entre los que se establece una cierta ecuación o concordancia” n8.

n5. Dejo de lado la aparición en la lengua vasca de rasgos morfológicos para la distinción de género, ausentes en la gramática propia: así, errege ‘rey’ frente a erregina ‘reina’, como consecuencia de su origen a partir del latín REGE y REGINA, respectivamente, así como otros efectos gramaticales de transferencia; me parece interesante, en todo caso, traer a colación el recordatorio que Martin Haase (1994, 174) hace justamente respecto del contacto de vasco y románico, al afirmar que los efectos del contacto entre lenguas comienzan en el léxico y a partir de ahí pueden ir afectando progresivamente a la gramática, (“Lexikoaren eremuan hasten da kontaktuaren eragina eta gero eta gehiago lortzen du gramatikaren eremua”), lo que tiene aplicación muy exacta a nuestro dominio.

n6. Inglés cognates.

n7. Debe entenderse esto en el sentido genealógico del término, tal como apunta Michelena (1998 [1963]:16-17). Es también lo que se desprende de trabajos generales de carácter diacrónico, como muestra la siguiente cita: “Words or other linguistic entities that we can trace to a common source we call cognates” (Lehmann 1992:120). Con mucha más razón hay que hacer esta consideración ahora que se ha superado el concepto simplificado de árbol genealógico, pues, conforme se ha ido desarrollando la noción de variación, así como constatando la realidad del contacto entre lenguas y modalidades internas, ya no cabe imaginar al árbol genealógico como ente solitario, sino entrecruzando sus ramas con las de árboles que pueden pertenecer a la misma o a otras familias. Digamos al paso que, en realidad, las críticas que hoy se vienen haciendo no afectan tanto al concepto de árbol genealógico en sí mismo, sino a su concepción erróneamente realista. Las palabras de Luis Michelena sobre esta cuestión son contundentes y mantienen en el momento actual todo su valor: “...un árbol genealógico no es –en la genealogía, su país natal—ningún árbol que crezca aislado o asociado a otros: es un simple diagrama en el que conforme a ciertas convenciones se representan en un plano algunas de las relaciones de parentesco entre determinados individuos haciendo abstracción de otras muchas que o no se conocen o no interesa en aquel momento conocer. Nadie puede esperar hallar en el árbol genealógico la imagen acabada del proceso de diversificación de las lenguas reales, como nadie puede esperar obtener fruta o leña del árbol de Porfirio: ese árbol no es más que un diagrama de la aplicación del método comparativo a la reconstrucción de familias de lenguas” (Michelena 1998 [1963]: 80); véase ahora Lüdtke (2005: 7-9).

n8. Michelena (1998 [1963]: 75); así queda también subrayado en la cita de Lehmann de la nota anterior.

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Son bien conocidos los cognados de lenguas tan distantes como beréber y románico, por poner un ejemplo de variedades muy distanciadas geográfica y tipológicamente, estudiados por Hugo Schuchardt y la romanística clásica. En el caso de cognados que pertenecen al ámbito vasco-románico, sus coincidencias se deben, sin lugar a dudas, a circunstancias de confluencia histórica, y no a la mera casualidad, aunque no siempre es fácil determinar si se trata propiamente de formas heredadas, de préstamos, o de ambas cosas a un tiempo (que, claro está, habría que diferenciar, en lo posible, caso por caso), dada la amplitud temporal ya mencionada del contacto vasco-latino-románico, unida a una posible discontinuidad, así como al elevado número de derivados que las voces de origen latino y románico han originado en vasco.

Lo que resulta relevante, en todo caso, es la prolongación en espacio vasco (hasta el día de hoy, en su mayor parte) de voces latinas y románicas, a veces con mayor vitalidad y productividad que en el propio campo románico.

Los préstamos latinos, pues, se han integrado en la lengua vasca y han pasado a formar parte de su inventario léxico, prueba de lo cual es que en muchos casos hayan sufrido la evolución propia de las tendencias evolutivas del euskera.

Lo más característico de los resultados surgidos básicamente de la secuencia formada por autores tales como Julio Caro Baroja, Joan Corominas, Luis Michelena o Fernando González Ollé es la negación rotunda de que, en la larga trayectoria emprendida conjuntamente por ambos mundos se haya producido en momento alguno la fusión total de vasco y románico n9. Sí es posible, en cambio, rastrear influencias recíprocas, a veces muy profundas, de un campo sobre el otro, así como estudiar la incidencia del continuum vasco sobre el continuum románico, y del románico sobre el vasco, en los ejes temporal, geográfico y social. Anticiparé que, en nuestro caso, más que de un proceso de criollización (con simplificación de variantes), lo que se perfila en este contacto es un alto polimorfismo en ambos campos.

Está claro, a la vista del gran número de préstamos latinos y románicos, y sin perder de vista su gran productividad en el euskera, que vasco y románico desarrollaron abundantes isoglosas léxicas comunes.

Sin embargo, aún hoy nos falta el estudio de su conformación, de su cartografía; ello requiere aplicación y sosiego, y su elaboración debería ser, en mi opinión, semejante a como Michelena entendía la labor de “reconstrucción comparativa” n10, a saber, como tarea lenta y limitada, sin grandes miras en apariencia, pero sólida y generadora de resultados firmes.

n8. Michelena (1998 [1963]: 75); así queda también subrayado en la cita de Lehmann de la nota anterior.

n9. No me parece acertado, por lo tanto, hablar de “el vascorrománico” como entidad lingüística independiente y desearía aclarar que nunca he hecho afirmación semejante, tal como parece desprenderse de alguna referencia equivocada a mis trabajos, sino de contacto vasco-románico, en alusión a la larga y prolongada convivencia de los dos ámbitos lingüísticos bien diferenciados, en el pasado, y hoy día.

n10. (Michelena 1998 [1963]: 82).

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Por otra parte, aunque la meta-reconstrucción fuera objeto de cierta crítica por Michelena en su tiempo, quizá no debiera serlo ya en el momento actual de la lingüística.

Los préstamos vasco-románicos dan pie a la idea de que pudo haber habido relación más estrecha entre vasco y románico en unos puntos concretos del continuum que en otros, de tal manera que, una vez recibido el léxico latino o románico por una modalidad vasca, probablemente con una implicación grande de los dos sistemas (sin duda a través de individuos bilingües, por lo menos; seguramente trilingües o, simplemente, multilingües), como he defendido desde 1984, algunas variedades vascas pudieron mantener más contacto con el latín o el romance que otras.

Quizá, incluso, pudo llegar a darse el caso de que el latín, al propagarse, hubiera ido formando un continuum más homogéneo que el del euskera, aunque no fuera más que por el contingente de población que ello entrañaba, mejor conocido que el vascónico y pirenaico en general, y teniendo en cuenta de cualquier modo que el euskera contaba solamente con el registro oral, en tanto el latín tenía también escritura.

No hay que olvidar, además, que, entre ambos, se incluían otras lenguas, ya que no eran las únicas existentes en el espacio geográfico compartido; quién sabe si el latín, como lengua general que iba implantándose progresivamente, no iba sustituyendo al vasco antiguo en el papel de lengua general pirenaica en el pasado.

(META)RECONSTRUCCIÓN HISTÓRICO-LINGÜÍSTICA. ¿DIALECTALIZACIÓN O CRIOLLIZACIÓN?

Este contacto, de todas maneras, no se resolvió en todos los casos en un proceso de sustitución del euskera por el latín y romance, como el descrito por Michelena (1998 /1963:78) para lugares como Puente la Reina, para el que hay datos históricos de reconstrucción pretérita, pues la pervivencia de préstamos latinos o románicos en el euskera actual, con sus propias variantes vascas y gran número de derivados, prueban la vitalidad que estas voces han tenido y tienen hasta el día de hoy en ámbito vasco.

Más que de un proceso de criollización (con aparición de modalidades de cruce), tal como se ha estudiado para las lenguas románicas, podría hablarse, mejor, del solapamiento de uno o dos procesos de dialectalización, a saber, el proceso latino de fragmentación y posiblemente también el del euskera.

Tomando en consideración la complejidad de estos hechos, no haría falta pensar en discontinuidad temporal del contacto vasco-románico (como propone González Ollé [2004], en el sentido de que habría un primer contacto que no llegó a cristalizar en una continuidad lingüística y, al cabo del tiempo, un segundo contacto ya más estable e, incluso, definitivo), sino que los elementos latinos o románicos asimilados por el vasco evolucionaban en unas modalidades al margen de otras (vascas y, probablemente, también románicas, aunque no necesariamente tendría que haber sido así en todos los casos).

Estas consideraciones, de todas formas, sólo pueden entenderse en el marco de una concepción pluridimensional de la Dialectología.

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Cabe también la posibilidad de interpretar estos hechos considerando que, en una situación de bilingüismo continuada y prolongada, una palabra que se trasvasa de una lengua a la otra no es propiamente un préstamo: en algunos hablantes, la voz se asigna a los dos campos léxicos de ambas lenguas, mientras que, en otros, sólo al de una de ellas n11; además, el trasvase no tiene por qué ser lineal en sí mismo, sino que puede ser discontinuo en cada punto de habla.

Quizá por ello discrepo de Michelena cuando afirma que el hablante bilingüe asigna sin dificultad las palabras a una u otra lengua (Michelena 1998 [1963]:79-79), poniéndose a sí mismo como ejemplo de distinción al intentar reconstruir el contacto habido en el pasado y haciendo ello extensivo a los bilingües por él encuestados.

Esto es muy válido en términos generales, no lo pongo en duda, pero roza situaciones límite en los casos en que hay una adopción “total” o profunda.

Como señalé en su día (Echenique 1997 [1995]) el propio Michelena incluye apopilo ‘inquilino’ en el lexicón vasco, mientras que, en mi sentir, pertenecería al románico; bien es verdad que con ello Michelena no hace sino aplicar rigurosamente el criterio utilizado para considerar “vascas” las voces n12, pero no deja de resultar curioso que, en otra entrada del DGV como es la voz platillo, se le asigne simple y llanamente la equivalencia castellana platillo n13.

En el caso de contacto vasco-románico, el proceso de intercambio de vocablos de una lengua a la otra no constituyó seguramente una simple sustitución de significantes; quizá fuera así en los primeros préstamos, que quedan claramente catalogados como latinismos tempranos, pero, después, las variantes vascas iban surgiendo al mismo tiempo y en el mismo momento en que también las variantes románicas estaban en proceso de emergencia. Sería un caso de dialectalización doble simultánea o solapada; no de criollización, porque, si hay soluciones románicas diferentes y soluciones vascas también diversas de un mismo étimo, quiere decir que hay dos procesos de dialectalización en marcha: ¿o se trata de un único proceso?

Si tenemos en cuenta que el léxico nuclear de una lengua puede estar constituido por palabras que no necesariamente han de ser patrimoniales, la palabra latina o románica que pasó a formar parte del léxico nuclear del euskera adquirió vida propia en ese ámbito, ámbito que era dialectal, de ahí que evolucionara como lo hacía el dialecto vasco correspondiente.

Caro Baroja nos enseñó que el arado existía entre los vascos antes de la romanización (ligado a la cultura celta, de lo cual hay nutridos testimonios lingüísticos y antropológicos), lo que no fue óbice para que la lengua vasca incorporara el nombre latino CULTER, que es el significante que nos ha llegado hasta el día de hoy como golde ‘arado’ y sus variantes, junto a un gran número de derivados n14.


n11. La lingüística cognitiva tendría mucho que aportar aquí.

n12. Es decir, considerar vascas aquellas que sencillamente han sido usadas por los vascos a lo largo del tiempo, independientemente de su procedencia.

n13. Véase más adelante, n. 20.

n14. Véase el Diccionario General Vasco (DGV) de Luis Michelena, s.v. golde.

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IMPLICACIONES VASCO-ROMÁNICAS EN EL LÉXICO

Además de estas consideraciones generales, repasaré algunos casos concretos que pueden servir para ilustrar cuanto he expuesto hasta aquí. Desde tiempo atrás se han señalado préstamos latinos antiguos en euskera, que ahora vuelven a recibir un tratamiento actualizado como latinismos tempranos en González Ollé (2004: 264-267), como he recordado más arriba.

Su antigüedad resulta evidente desde un punto de vista formal y se corrobora, además, porque han sufrido la evolución común a palabras vascas coetáneas, como en su día fue estudiado por Luis Michelena (31985 [1960]): ohore ‘honor’ (=HONORE) n15, ahate ‘pato’ (=ANATE), errota ‘rueda’ (=ROTA),bake ‘paz’ (=PACE), piku ‘higo’ (=FICV) n16.

Además de estos hechos más o menos sabidos, quisiera atraer la atención hacia una perspectiva que aún no ha sido tenida en cuenta suficientemente y que se concreta en la consideración de que las variantes vascas de algunas voces de origen latino-románico ofrecen soluciones que abarcan el abanico patrimonial romance casi en su totalidad, lo que nos muestra que estamos ante una constelación léxica resultante de la confluencia vasco-románica, en la que el vascuence contiene a veces prácticamente todos los resultados románicos circunvecinos, en tanto que, al mismo tiempo, presenta otros que le son propios y solo euskéricos (Echenique 1997); están aún por extraer, a mi juicio, las consecuencias de los préstamos latino-románicos del vasco y su evolución en las variedades dialectales vascas, que pueden ofrecer gran interés para ambos campos de estudio. Otro tanto sucede con los arabismos n17.

En ambos casos, además, las voces latinas y románicas han manifestado su frecuencia de uso en la lengua con la creación de numerosos derivados, dando con ello muestras de gran productividad, lo que equivale a decir que se trataba de uso real y efectivo en la comunicación.

En ocasiones precedentes me he ocupado de voces vascas de origen latinorománico como apopilo ‘inquilino’ =PUPILLU, ganbara ‘desván’ =CAMMARA o serora ‘solterona que cuida la iglesia’ =SORORE (Echenique 1997 [1995], 2002 y 2004, respectivamente), entre otras n18.

n15. La adaptación de la palabra latina HONORE al euskera es tan antigua que ya un escritor vasco del siglo XVII como Tartas la traduce de nuevo al euskera: templum honoris se vierte al euskera, en la obra de Tartas, como ohorezko templia, como señalé en otro lugar (Echenique, 1997 [1992]), lo que permite hablar de una doble latinización en la lengua vasca: una primera que corresponde a la etapa de contacto real habido entre los hablantes de ambos sistemas, que estaría reflejada en este ejemplo por la voz vasca ohore y sus preciosas variantes uhure, onore, ore, onure (v. DGV, s.v. ohore), y otra posterior de carácter culto a través del latín humanista de índole fundamentalmente escrita. Es muy curiosa, por otra parte, la vacilación de género que honore ofrece en el Léxico Hispánico Primitivo (LHP) (s. v. honore) en San Juan de la Peña.

n16. Cada una de ellas con sus respectivas variantes, v. DGV, s. v.

n17. Los arabismos en vasco constituyen un capítulo de interés en sí mismo: véase en el DGV la documentación vasca para el caso de azukre, sukre y sus variantes. A ello he dedicado algunas precisiones en otro lugar (Echenique 2002), que sería necesario ampliar considerablemente. Habría que contrastar, por otro lado, los arabismos del vasco con los que se registran en el Léxico Hispánico Primitivo (LHP), teniendo en cuenta que en la edición actual de esta obra no están agrupadas en un mismo lema las voces que remiten a un étimo común.

n18. También en estos casos sería de gran interés ofrecer el contraste cartografiado de las variantes románicas y vascas.

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No son casos aislados, dado que la lista de romanismos de la lengua vasca con abundante derivación (lo que muestra su vitalidad en el euskera) pertenecientes a este ámbito es notable en todos sus dialectos y muestra su antigüedad al tiempo que contrasta en ocasiones con la parquedad de derivados que presenta en romance.

Así sucede, por poner un ejemplo, con vasco apostolu, apostolo, apóstol, apostulu, apostru, aprostu (v. DGV, s. v. apostolu), cuya variante apostru se encuentra documentada en un texto navarro del siglo XIV, lo que nos habla de la existencia de un derivado patrimonial al lado de los probables latinismos o cultismos, a los que se podría objetar si su pertenencia correspondía al ámbito hablado o escrito; digamos que la lengua hablada en los sermones de la iglesia, entonces y después, no deja de ser lengua hablada.

Apostolo aparece en textos vascos alto-navarros y aezcoanos, y en algunos guipuzcoanos. Casualmente, el CORDE recoge para el ámbito castellano su doble ocurrencia en los Milagros de Berceo. No hay ningún caso de apostolu o apostulu. En la tradición textual de la lengua vasca destaca la larga nómina de derivados propios (algunos con abundante documentación, como es el caso de apostolugoa, apostolutza, apostolutasun ‘cualidad, dignidad de apóstol, apostolado’; véase la magnífica nómina de ejemplos bien documentados que ofrece el DGV) que contrasta con la parquedad de los mismos en románico, tal como puede comprobarse en el DCECH, s. v. apóstol, a pesar de que los sermones debieron ser tan numerosos en ámbito vasco como castellano.

Las variantes vascas de algunas voces de origen latino-románico ofrecen prácticamente todo el abanico patrimonial romance, como es el caso ya mencionado de apostolu, lo que nos muestra que estamos ante una constelación léxica resultado, una vez más, de la confluencia vasco-románica, en la que el vascuence aglutina a veces todas las variantes románicas circunvecinas, en tanto que presenta, al mismo tiempo, otras que le son propias y solo euskéricas (Echenique 1997).

n18. También en estos casos sería de gran interés ofrecer el contraste cartografiado de las variantes románicas y vascas.

p71 Dejo para ocasión posterior el ejemplo de latinismo temprano gatilu = CATILLU, ‘plato’ y ‘taza’, esto es, ‘escudilla’ con sus variantes materiales n19; precisamente en el Lexicon totius latinitaits de Forcellini (apud Agud 1980: 226) se documenta catinus para Hispania con el valor de ‘vasilla, bote, olla’ n20.

Son, así mismo, valiosos los casos de kaiola =CAVEOLA y sus variantes kaloia, gaiola, jaiola, kagiola, galoi, kaxola, kattola, kabiola, gabiola n21 o ditare y sus variantes (titare, ditari, titara, titere, titera, tutare n22, así como los derivados procedentes del latín DIGITALE: ditarekada, titarakada, ditaretara, ditaretaraka, ditaretraka n23.

Digamos de paso que gatilu, ditare o kaiola no debieron de entrar en euskera a través del latín eclesiástico (como con toda seguridad sucedió con apostolu), sino del latín hablado por los colonizadores n24.

n19. Sería muy interesante estudiar la repercusión que en el empleo de esta voz tuvo sin duda la adopción de platillo, voz que se inserta en euskera como diminutivo de plato seguramente después de que katilu pasara a designar ‘taza’ o ‘cuenco’ (aparece en DGV como voz vasca, que en esta magna obra equivale, como ya he dicho, a voz usada por los vascos independientemente de su carácter patrimonial o foráneo. En la misma obra, y por la misma razón, se da la paradoja de que la voz platillo se explica simplemente como ‘platillo’, aunque existe la variante platillu con otra acepción y también se documenta el diminutivo propiamente vasco platertxo (diminutivo del así mismo romanismo plater ‘plato’) y, lo que es de gran valor para las correspondencias vasco-románicas, pero queda para otro momento, platiña; hay también en euskera platxo, que Urte (apud DGV) remite a catillus (lo que no puede ser de mayor interés si tenemos en cuenta la existencia de chato en español y portugués procedentes de latín PLATTU); las resonancias del platel ‘plato pequeño’ nebrisense, con las correspondencias latinas PATELLA y CATILLUS reaparecen en Autoridades, anotando que “trahen esta voz Nebrixa y el P. Alcalá en sus Vocabularios; pero no tiene uso”; en una de las varias acepciones que Autoridades registra para platillo encontramos nuevas implicaciones del ámbito monástico, que nos conducen a la historia de serora, entre otras voces. En fin, no puedo dejar de señalar ahora al menos que Corominas, en su DECLCat, s.v. plat dice que “Platillo [es] castellanismo tolerable (1596) si és que encara hi ha cuineres o dames que es dignin fer-ne!” [sic], al tiempo que documenta también para el catalán plàtara, plàtera y platera.

n20. V. DGV, s.v. gatilu.

n21. V. DGV s.v. kaiola.

n22. V. DGV, s. v. ditare.

n23. Véase también Corominas, DECLcat, s.v. dit.

n24. En investigaciones arqueológicas recientes en la zona guipuzcoana de Zarauz-Getaria (probable enclave que en los clásicos recibe el nombre de Menosca) se han encontrado cientos de escudillas romanas con claros indicios de haber sido usadas diariamente.

Si nos fijamos en un ejemplo correspondiente ya a época de emergencia románica, como los derivados de RANCURA, comprobamos la existencia en vasco de arrangura y sus variantes errenkura, arrenkura, arrankura, arrengura, arrunkura, errangura, errengura, arrainkura, arrinkura = RANCURA n25, frente al románico rancura, arrancura, rangura, ranqura, rencura.

Es importante tener en cuenta también el contraste en los derivados, tanto los derivados vascos como los románicos; por ejemplo, en euskera hay arranguros, arrankuros ‘cuidadoso’, paralelos a los románicos como rancoroso, rancuroso, rancuros ‘demandante’ ‘querelloso’. En DGV se dice que la voz es préstamo romance en euskera, y el DCECH recoge al mismo tiempo las formas gasconas arrancure y arrencure (s. v. rancio), lo que hace presumir que un análisis detallado de esta voz presentaría posibilidades aún no tenidas en consideración. Agud examina la voz vasca arrancura con gran detalle y, siguiendo a Corominas, piensa que ha entrado en euskera, bien del español antiguo rancura, rencura, bien del bearnés rancura, rencura; como he indicado en otro lugar (Echenique 2002: 460) y repito ahora, parece haber cierta inercia en atribuir al gascón buena parte de lo que podría también recibir explicación o, al menos, apoyo, a partir del romance navarro, donde la voz está ampliamente documentada n26.

n26. González Ollé, por ejemplo (1999: 808) documenta rancura con valor de ‘querella’ ‘demanda judicial’, así como rencor con valor de ‘queja, querella’, o en Saralegui (1977: 81) se documenta rangura; v. también Peillen (1995:66), etc. Es voz de gran presencia en el mundo románico medieval.

Sobre la importancia que la distribución dialectal de la lengua vasca tiene a la hora de reconstruir la vía de penetración de los préstamos de origen latino o románico he hecho ya algunas consideraciones en otro lugar (Echenique 2002 y 2005).

p72

Volveré a recordar que el País Vasco es un cruce de caminos desde época muy antigua; sus territorios históricos, por otra parte, han tenido vinculaciones lingüísticas diversas en el pasado: además de la separación obvia entre el norte, ligado a la Galorromania y a sus diversas variedades románicas según las etapas históricas, y el sur, inmerso en territorio hispánico, hay que tener en cuenta que, una vez que Guipúzcoa emerge para la historia, muestra una estrecha relación con Navarra y Aragón, mientras que el área vizcaína ha tenido relaciones históricas más antiguas con Castilla, lo que podría explicar el carácter tan distinto del léxico románico actual en Vizcaya, de un lado, y en Guipúzcoa, del otro.

Por ello, la delimitación de un espacio románico como el romance navarro es fundamental y seguramente están aún por extraer todas las consecuencias de orden lingüístico, también léxico, de su papel desempeñado como puente entre castellano y aragonés, por el lado español, y el gascón-provenzal y francés, por la vertiente continental n27.

Es probable que el espacio navarro (en sus dos caras, a saber, románica y vasca, que son complementarias) haya sido el verdadero núcleo de comunicación en el cruce de caminos.

DESIDERATA

Tras lo expuesto hasta aquí, añadiré que, en el campo concreto del léxico, ha habido trabajos dedicados al trasvase de voces latinas y románicas a la lengua vasca, así como también a la dirección inversa (del vascuence al romance) n28, pese a lo cual no se ha emprendido, hasta el presente, el cotejo topográfico sistemático de las variantes dialectales vascas procedentes de préstamos latinorománicos con sus respectivos cognados documentados para los diferentes dominios romances. Bien es verdad que hasta el día de hoy no ha habido herramientas metodológicas suficientes para llevar a cabo un estudio de estas características, pero ahora disponemos ya de datos generales, bien sistematizados, para emprender una tarea tal, de la que se derivarían progresos muy considerables que nos permitirían abordar en su conjunto el estudio de isoglosas léxicas vasco-románicas en euskera.

n27. Sería muy interesante contrastar sistemáticamente las correspondencias navarras de las voces que Peillen (1998) aporta en su trabajo como procedentes del gascón.

n28. Véase un planteamiento general en Echenique (2002).

Una tarea tal haría posible llevar a cabo las siguientes tareas:

a) Permitiría contrastar con gran evidencia la inserción diatópica de latinismos y romanismos en el vasco, lo que, unido a la documentación procedente de ámbito románico en su amplia gama, proporcionaría la base adecuada para consideraciones más generales.

b) Facilitaría el establecimiento de las vías de penetración de latinismos y romanismos en el euskera, tanto en cada caso concreto como en la totalidad del legado latino y neolatino.

c) También podrían determinarse con mayor alcance las áreas de recepción de tales voces, de nuevo tanto por igual en cada caso individual como en el conjunto de los préstamos de origen vasco-románico.

d) A la vista de los datos, podrían estudiarse las características formales que han acompañado en todo tiempo a la adopción de latinismos y romanismos en las diferentes áreas dialectales vascas, introduciendo consideraciones que la fonología diacrónica perfiló en su día para llegar a establecer la cronología relativa de la cadena histórico-lingüística y que Michelena utilizó a fondo en la elaboración de su Fonética Histórica Vasca.

e) Habría que tener en cuenta la realidad que subyace en lo que González Ollé (2004: 267) ha llamado “difusión interdialectal de determinados préstamos, que puede distorsionar su aparente localización originaria” y que, quizá, podría hacerse extensiva a la difusión interdialectal de cada préstamo, y no sólo a la de determinados préstamos. Contamos ahora con datos y herramientas suficientes para ello.

f) Todo ello permitiría analizar en detalle sus conexiones con otros ámbitos románicos, especialmente con los pirenaicos, aunque no solamente con ellos, pues las relaciones del área vasca hacia otros espacios románicos han tenido lugar también por vía marítima en tiempos históricos29.

g) No habría que desperdiciar la ocasión de analizar conjuntamente los cognados que remiten a un origen común árabe.

h) Finalmente, sobre la base de todo ello podría delimitarse la antigüedad o juventud de los préstamos e, incluso, sería posible conocer mejor la continuidad o discontinuidad del contacto vasco-latino-románico, esto es, la posibilidad de que hayan existido etapas de contacto vasco-latino-románico de diferente intensidad y quizá en momentos diversos, tal como ha sugerido González Ollé (2004) con argumentación muy ajustada a los testimonios y datos históricos, a la par que lingüísticos, que tenemos.

Todo lo dicho hoy aquí debe sentar las bases para la triple tarea que aún queda por hacer, para época ya románica, en área de confluencia de modalidades románicas con el vasco en la antigüedad pirenaica, a saber: establecer los límites geográficos de esas modalidades en las varias etapas históricas, describir la diacronía de las variantes registradas en el DGV, así como la doble (o triple) diatopía vasco-latino-románica en cada uno de los casos de préstamo lingüístico.

n29. En concreto, el conocimiento exhaustivo de las variantes vascas permitiría establecer conexiones con el ámbito astur-leonés, gallego y portugués (v. Iribarren 2004 y Echenique 2007), con mayor solidez de la lograda hasta el presente.

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