Ceberio2009

De EsWiki

Tabla de contenidos

INTRODUCCIÓN

El macizo de Santiagomendi, situado en la orilla derecha del curso bajo del Urumea, es un conjunto de elevaciones de suave relieve. Las cimas principales que conforman este macizo son, además de la que acoge la ermita de Santiago (Santiagomendi), las de Agiñeta, Atxurromendi, Guardiako gaina y Malkarra (Elemazalka). El valle del Urumea presenta en este tramo un ambiente de media-baja montaña con numerosas colinas y lomas.

El macizo de Santiagomendi se encuentra delimitado al norte por un corredor natural que discurre entre el valle del Urumea y el del Oiartzun, al este por otro corredor que desde el anterior (Venta de Perurena) va a parar al río Urumea (barrio Epele de Hernani) y al oeste por el río Urumea.

La estratégica localización del emplazamiento queda reflejada en esta descripción de mediados del XIX acerca del dominio visual desde la cima: “desde la puerta de la ermita se distingue Andaya (terr. francés), la torre de Fuenterrabía, c. de San Sebastián, v. de Hernani, Oyarzun, Usurbil, Andoain, una grande extensión de mar y montes de Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya” (MADOZ, 1991: 26).

Debido a su excepcional ubicación y a la toponimia local, se ha asociado el oppidum várdulo de Morogi que cita Plinio el Viejo (Naturalis Historia IV.10), con el actual Murgia de Astigarraga, proponiéndose ya en 1926 como un lugar “apropiado para situar en él la mansión de un jefe várdulo primitivo”, señalándose que la cima de Santiagomendi reunía las condiciones “para ser utilizada como campo de refugio de una tribu en caso necesario” (VALLE LERSUNDI,1971: 436). n2

n2 Propuesta muy similar a la que con bastante posterioridad realizará J.M. de Barandiaran para el caso del castro de Intxur (BARANDIARAN, 1961: 24).

EL REGISTRO ARQUEOLÓGICO DEL ENTORNO DE SANTIAGOMENDI

LA INTERVENCIÓN ARQUEOLÓGICA DE 2006 Y 2007

p228


n12 El análisis de las bellotas realizado por el etnobotánico D. Pérez señala (aunque con las debidas reservas debido a su deficiente estado de conservación) que éstas estaban posiblemente secas cuando se quemaron, lo que implicaría que habrían sido recolectadas y almacenadas durante un tiempo.

Interpretación

La dispersión y variedad de los testimonios de actividades artesanales y productivas (horno, escorias, semillas o bellotas), de hábitat (áreas de ocupación), y funerarios (“cromlechs”) localizados en el macizo de Santiagomendi muestran la presencia continua de un grupo humano en el entorno a lo largo de la Edad del Hierro. El registro arqueológico insinúa una ocupación del espacio a través de pequeñas unidades de explotación, tal y como indicarían las diferentes concentraciones de materiales en el área y las características de las estructuras y materiales identificados.

Las características del entorno, con su potencialidad agrícola y ganadera, y el registro arqueológico, con muestras de agricultura y recolección, parecen sugerir la existencia de instalaciones agropecuarias, probablemente familiares, distribuidas por el entorno de Santiagomendi. Se trataría de unidades de explotación agropecuaria que tal vez presentarían pequeños cultivos para consumo humano y animal n13, y contarían además con importantes recursos procedentes de los bosques del lugar, como la bellota n14.

n13 Así lo sugieren la climatología, el tipo de suelos, y la actividad tradicional documentadas en la zona.

n14 La “bellota puede recolectarse a principios del otoño, ofreciendo cualidades nutritivas muy similares a las de los cereales”, “pudiendo uti- lizarse como alimento complementario de los cereales y legumbres” (PEÑALVER; SAN JOSÉ, 2003: 81).

La existencia de todos estos recursos permanentes, y los diferentes tipos de actividades productivas, de hábitat y funerarias identificadas, implican la existencia de un grupo de población estable que ocupa intensamente el espacio. La distribución de los restos señala tal vez un modelo de poblamiento agrupado en el entorno de Santiagomendi pero no concentrado en un punto concreto.

Si bien se trata de un emplazamiento en altura con una estratégica ubicación que presenta una cultura material similar a la de los poblados documentados en Gipuzkoa, el modelo de poblamiento documentado y la ausencia de sistema defensivo alguno impide considerar a Santiagomendi como un típico poblado fortificado de la Edad del Hierro n15.

n15 Así ha sido calificado en alguna ocasión (SAN JOSÉ, 2005: 67, 71).

p229

Aspecto de indudable interés resulta por otro lado, la localización en varios puntos del área de Santiagomendi de materiales propios de la Edad del Hierro con materiales hasta ahora exclusivos de yacimientos de época romana como son las cerámicas comunes no torneadas. Si se atiende a las cronologías que se manejan para los diferentes tipos cerámicos identificados (Edad del Hierro las modeladas, y II a.C.-I d.C. y época altoimperial para los dos tipos de “común no torneada”) parece lógico plantearse una continuidad en la ocupación protohistórica del lugar hasta al menos el siglo I d.C. (ESTEBAN; IZQUIERDO, 2006: 399 y ESTEBAN et alii , 2008: 198).

La existencia en el mismo área de excavación de contextos con materiales exclusivamente prehistóricos (cubetas y zanja de drenaje), la presencia en un mismo contexto de cerámicas del Hierro Final (modeladas y torneadas) y de época romana (comunes no torneadas), la ausencia de un contexto con materiales exclusivamente romanos y los indicios de reformas (restos de “cemento” reutilizados y cubetas posiblemente amortizadas a modo de basurero), sugieren una ocupación más allá del periodo puramente prehistórico. Teniendo en cuenta que las cerámicas modeladas prerromanas dominan entre el material arqueológico recuperado, y la más escasa pero representativa presencia de cerámicas comunes propias de época romana, es lógico plantear una continuidad en el uso del asentamiento durante algunos años tras la incorporación del territorio al ámbito económico-administrativo romano. La población protohistórica de Santiagomendi, manteniendo aún sus características, parece recibir nuevas influencias en el contexto del cambio de Era hasta que, en una fecha sin determinar, seguramente ya avanzado el siglo I d.C., el lugar deja de estar habitado.

SANTIAGOMENDI EN EL CONTEXTO HISTÓRICO-ARQUEOLÓGICO DE LA EDAD DEL HIERRO Y EL CAMBIO DE ERA

La simple observación de la distribución de los yacimientos protohistóricos identificados en Gipuzkoa ha llevado al planteamiento de la existencia de dos grupos humanos diferenciados que se asocian, uno a la zona oriental del territorio, caracterizada por la presencia de círculos de piedras o “cromlechs”, y el otro al resto del territorio caracterizado por la presencia de poblados fortificados (PEÑALVER, 2005: 309-315).

Santiagomendi resulta paradójico en éste sentido, ya que se da la circunstancia de que si bien existen “cromlechs” en el área, las características del emplazamiento y los materiales arqueológicos recuperados presentan claros paralelismos con los documentados en los poblados fortificados de Gipuzkoa. Esta situación ha sido solventada por los investigadores del periodo incluyendo a Santiagomendi entre los poblados fortificados (SAN JOSÉ, 2005: 67, 71) y citando únicamente el yacimiento de Boluntxo (Oiartzun) como hábitat asociado a los “cromlechs” (SAN JOSÉ, 2005: 68- 69 y PEÑALVER, 2005: 315), marginando en sus planteamientos el registro arqueológico que ellos mismos recogen: la existencia de los círculos de piedras de Arreginea y Ermañalde en el área (PEÑALVER, 2005: 43, 46-47).

Por ello, la documentación obtenida en Santiagomendi obliga a realizar una serie de consideraciones a la hipótesis que contrapone el territorio de los poblados fortificados con el de los “cromlechs”, que además asocia las citadas estructuras con el pastoreo y los vascones (PEÑALVER, 2005: 309-315).

La primera asociación entre los “cromlechs” y el pastoreo la formuló J.M. Barandiaran en 1953, afirmando que la “situación de los baratz o sepulturas de incineración en el territorio vasco –generalmente en pasturajes elevados- es indicio bastante seguro de que un gran sector de la población se dedicaba al pastoreo, practicando la trashumancia. El pastor de la edad del hierro siguió las de su antecesor eneolítico,...” (BARANDIARAN, 1978: 321-322). Si bien hace años que se viene rechazando dicha asociación (ANDRÉS, 1978 y 1990), algunos investigadores siguen planteándola, así Peñalver afirma que “parece lógico que algún tipo de relación tiene que existir entre esas rutas por las que a lo largo de amplios periodos se han movido, e incluso hoy se siguen moviendo los pastores con sus rebaños y los monumentos funerarios situados en sus proximidades”, matizando algo la afirmación al no considerar “obligada la relación absoluta y generalizada entre cromlechs y trashumancia de largo recorrido” (PEÑALVER, 2001: 67).

Dicha asociación entra en contradicción con los “cromlechs” y el poblamiento estable, basado probablemente en unidades de explotación agropecuarias, documentados en Santiagomendi. A este respecto resulta significativa la recuperación de semillas carbonizadas en el yacimiento, indicio claro de actividad agraria.

El caso es que no debe olvidarse que gran parte de los “cromlechs” conocidos se ubican en zonas actuales de pasto que según la documentación histórica y el registro arqueológico lo han sido tradicionalmente de bosque. De todas formas la ubicación en altura de los monumentos megalíticos únicamente hace evidente “que en la prehistoria las gentes se movían o vivían en torno a las zonas y rutas de más fácil comunicación que, en las zonas montañosas, son necesariamente las mismas” (ANDRÉS, 1978: 114). En este sentido, es habitual que los monumentos megalíticos jalonen vías de comunicación por las que han circulado históricamente los hombres con su mentalidad y cultura, favoreciendo el contacto entre diferentes grupos humanos, permitiendo la relación con el “exterior”, existiendo de hecho desde periodos anteriores al que nos ocupa numerosas pruebas de contactos peninsulares y transpirenaicos (ARMENDÁRIZ, 1997: 27) n16.

n16 Resultan interesantes a este respecto los planteamientos de T. Andrés acerca del fenómeno dolménico, cuando señala la “función simbólica” que presentarían los “puntos orográficos preeminentes” durante la prehistoria y la habitual “sacralización de accidentes naturales, en cuya nómina ríos y fuentes aparecen con frecuencia”, y considera “difícil de aceptar una coincidencia intencionada entre sepulcros y áreas de explotación económica”, “pues nunca se vivió en el lugar de los muertos, parajes sagrados, mágicos y prohibidos,... (ANDRÉS, 1990: 148).

Parece cobrar así mayor sentido el planteamiento de que las antiguas vías de comunicación debieron discurrir por los cordales montañosos, bajando sólo para cruzar los ríos a través de vados (LECUONA, 1964: 35) n17.

n17 “En las cadenas montañosas –en sus altas laderas- es donde el hombre, ya desde la prehistoria, trazó y abrió sus calzadas, vías de comunicación hoy ya medio olvidadas para la civilización de las “carreteras”, pero conocidas aún y recordadas por los contrabandistas y los guerrilleros... y por los gitanos y trashumantes, en quienes tiene que aprender no poco el historiador de las vías antiguas” (LECUONA, 1964: 34-35).

La existencia hasta hace relativamente pocos años de rutas de trashumancia “media” o transterminancia en el territorio, que lógicamente utilizaban esas antiguas vías de comunicación a través de los cordales montañosos, ha inducido a pensar a numerosos investigadores que este tipo de trashumancia existía desde la prehistoria, y que estaba por ello directamente relacionada con los monumentos megalíticos que las jalonan n18.

n18 Representativos son los mapas en que se representan las rutas de trashumancia en relación a los monumentos megalíticos (BARANDIARAN, 1973: 449 y ESTEBAN, 1990: 57-67).

Estas ideas tradicionalmente aceptadas en el territorio suponen en la práctica la utilización del modelo de trashumancia medieval y moderna para dar sentido al megalitismo, sin tener en cuenta las variaciones que desde el neolítico han sufrido el sistema productivo y el paisaje. De hecho, la trashumancia pastoril supone una gran especialización dentro de la economía productora (ANDRÉS, 1990: 149), es más, la trashumancia medieval sirve para la comercialización de lana a gran escala, necesitando una fuerte inversión, formando parte por ello de una economía compleja (MARTÍN DUQUE, 1999: 427). En este sentido, recientes estudios señalan que la trashumancia “media” entre la costa y las sierras interiores aparece en Gipuzkoa a partir del siglo XVI, dándose hasta ese momento los desplazamientos entre el fondo del valle y las cimas (ARAGÓN, 2002: 266).

La adscripción del fenómeno de los “cromlechs” a los vascones descritos por las fuentes clásicas asociadas a la presencia romana en el territorio, se apoya en la interpretación de los datos obtenidos del estudio petrográfico de muestras cerámicas provenientes de yacimientos arqueológicos protohistóricos de la zona y la distribución actual de los dialectos del euskera.

C. Olaetxea, basándose en la utilización de ofita como desgrasante en las pastas de cerámicas modeladas procedentes de 7 poblados de la cuenca de Pamplona y tres “cromlechs” pirenaicos n19, plantea que dichos yacimientos se correspondan con un “grupo humano que posteriormente las fuentes clásicas denominarán como vascones ” (OLAETXEA, 2000: 88, 90-91).

n19 Teniendo en cuenta que se conocen más de 1400 “cromlechs”, el estudio de las pastas cerámicas procedentes de 3 de ellos resulta demasiado limitado para poder realizar cualquier planteamiento en profundidad.

Se adscriben así a los vascones “cromlechs” y poblados fortificados, entrando en contradicción con la diferenciación que en Gipuzkoa se hace entre los supuestos territorios correspondientes a cada uno de dichos fenómenos. A pesar de ello, Peñalver utiliza dicha hipótesis como apoyo a la distinción que establece entre el área de “cromlechs” y el de poblados para el caso de Gipuzkoa, pues los cromlech de Oianleku Norte (Gipuzkoa) y Apatesaro Oeste y Sohandi (Baja Navarra) presentan fragmentos de cerámicas con desgrasantes diferentes a los de las cerámicas modeladas de los poblados fortificados guipuzcoanos de Intxur, Buruntza y Basagain (PEÑALVER, 2001: 70 y 2005: 315) n20. Cabe reseñar por otro lado, que siguiendo esas mismas fuentes clásicas que sirven de referencia a estas hipótesis, los dos “cromlechs” de la Baja Navarra, situados en la vertiente continental de los Pirineos, cabría asociarlos a los aquitanos y no a los vascones.

n20 Esta asociación del fenómeno megalítico de los “cromlechs” con los vascones, será utilizada por M. Urteaga para afirmar que frente a los vascones y los “cromlechs”, se situarían los caristios y várdulos, relacionados con el mundo celtibérico y los poblados fortificados (URTEAGA, 2002: 73- 74). Dichas consideraciones serán claramente expuestas por M. Almagro Gorbea, quien afirma que “Várdulos, Caristios, Autrigones y Berones son de clara estirpe indoeuropea, como indican los nombres de sus poblaciones y sus antropónimos y como confirma su etnogénesis, sus creencias y su organización social, mientras que Vascones y Aquitanos serían probablemente de estirpe éuscara”, aunque reconoce que “resulta difícil diferenciarlos unos y otros en sus formas culturales y en sus estructuras sociales e ideológicas, por su creciente celtización y aculturación hacia formas de vida cada vez más próximas a las urbanas” (ALMAGRO GORBEA, 2006: 357). M. Almagro considera a los Vascones como un pueblo no indoeuropeo de pastores que, “aislados en sus valles montañosos, debieron mantener formas de vida ancestrales al margen de la romanización”, cristianizándose “en los albores de la Edad Media, cuando muestran cierta tendencia a la unificación y debieron extenderse hacia el actual País Vasco” (ALMAGRO GORBEA, 2006: 358).

J. Caro Baroja ya puso en relación los límites dialectales del euskera con los supuestos límites de los pueblos citados por las fuentes grecolatinas (CARO BAROJA, 1977: 103). A este respecto, Peñalver afirma que “la interrupción radical de los cromlechs en el río Leizaran por el oeste y su extensión a partir de esa delimitación de forma uniforme hacia el este, nos parece que pudiera guardar relación con el territorio de los Bascones, con el cual coincidirá precisamente en ese límite occidental; así mismo, esa línea es la que separa dos formas dialectales del euskera” (PEÑALVER, 2005: 315).

La asociación de supuestos límites dialectales del euskera con los límites de los grupos humanos existentes en el territorio hace 2000 años resulta sin duda arriesgada, existiendo además propuestas de distribución dialectal más modernas y completas que la utilizada en dicha argumentación, el mapa de L.L. Bonaparte de 1863 (PEÑALVER, 2005: 314, 343). Es de reseñar que este planteamiento no contempla la evolución de un idioma como el euskera a lo largo de 2000 años, considerándolo en la práctica como un fósil inmutable (al menos en extensión) sin atender a los diferentes condicionantes culturales, políticos y socioeconómicos que han podido influir en sus características y extensión actuales, en la aparición de sus variantes, ni la evolución histórica de este extremo del Cantábrico oriental. A este respecto, y si bien la documentación histórico-arqueológica inicialmente es muy escasa, no disponiéndose de datos precisos de éste territorio hasta la Edad Media, se intuye un periodo de influencia franca hasta que en el siglo X la zona que nos ocupa es incorporada por el Reino de Pamplona, del que será “casualmente” su salida al mar. Por otro lado, la misma asociación entre un límite dialectal y el de un grupo humano determinado no está falta de discusión, ya que resulta difícil establecer límites físicos concretos a elementos tan permeables como éstos. Esto no deja de suponer un intento de traslado de nuestro concepto de frontera actual a un periodo en el que no existía. Precisamente, los límites territoriales que Caro Baroja establece asociando los límites dialectales y las fuentes clásicas (CARO BAROJA, 1977: 46, 103) no coinciden con los que Peñalver propone relacionando la distribución de los “cromlechs” con la misma distribución dialectal (PEÑALVER, 2005: 314, 315) y viceversa.

De aceptarse dichos planteamientos, y teniendo en cuenta la existencia de “cromlechs en el valle del Urumea, este espacio formaría parte del territorio de los vascones. Pero dicha afirmación no puede ser sostenida con el registro arqueológico actual (tal y como se observa en Santiagomendi) ni con la documentación escrita de la época, que al margen de la civitas vascona de Oiasso, cita la existencia en Gipuzkoa de núcleos asociados a los várdulos n21, algunos de los cuales (Morogi y Menosca) han sido recurrentemente identificados en el valle del Urumea, con San Sebastián, Hernani y Astigarraga (BARANDIARAN, 1976: 39-44 y ESTEBAN; IZQUIERDO,2006: 401-402). En otro orden de cosas, resulta paradójico que mientras en Gipuzkoa se diferencian un territorio caracterizado por la presencia de “cromlechs”, que queda separado por el río Leitzaran de otro caracterizado por los poblados fortificados (PEÑALVER, 2005: 315), en el País Vasco francés dichos fenómenos comparten básicamente el mismo espacio sin una delimitación clara (BLOT,1990: 183, 185). En este aspecto cabe reseñar las diferencias metodológicas existentes entre las investigaciones desarrolladas en los territorios que podrían arrojar luz al respecto (guipuzcoano, navarro y vascofrancés). Así, la franja septentrional de Navarra se caracteriza por la casi total ausencia de poblados fortificados n22, habiéndose desarrollado en la zona metodologías de prospección visual, muy limitadas por la escasa visibilidad del suelo (ARMENDÁRIZ, 2008: 68), que poco tienen que ver con la prospección con catas desarrollada en Gipuzkoa orientada a la localización del mismo tipo de yacimientos. Sin olvidar que dejan fuera del registro arqueológico aquellos yacimientos que no presentan estructuras en superficie.

n21 Plinio el Viejo cita los oppida várdulos de Morogi, Menosca y Vespries, además de Olarso Naturalis Historia ( IV.10).

n22 Recientemente la prensa ha informado de la localización de un posible “recinto fortificado de la Edad del Hierro” en Agiña (Lesaka) (Castillo, 2009). A partir de la identificación de un foso y un muro de importantes dimensiones que conforman un recinto, así como la localización de “instrumentos de sílex” y un botón de un uniforme napoleónico, los investigadores afirman que se trataba de una fortificación que ofrecía protección en casos de amenaza a la población que se distribuía en “pequeñas explotaciones por los valles de la zona”, siendo abandonada en el siglo I a. C. Teniendo en cuenta lo limitado de la información ofrecida así como la conocida utilización del lugar como posición fortificada en el XIX, deben tomarse las debidas reservas respecto a la adscripción e interpretación de los restos. Las mismas reservas cabría tener con respecto a algunos de los recintos fortificados identificados en el País Vasco francés, con los que precisamente comparan al recinto de Agiña los investigadores.

Si bien queda constatado lo limitado del registro arqueológico actual, J. Armendáriz plantea para Navarra la misma hipótesis que se establece para Gipuzkoa, diferenciando la Navarra septentrional con comunidades pastoriles asociadas a los “cromlechs”, frente al resto de Navarra con comunidades agrícolas asociadas a poblados(ARMENDÁRIZ, 2008: 183). Teniendo en cuenta que no existe ningún pueblo que presente unas características culturales o físicas únicas, existiendo numerosas posibles variantes (de idioma, socioeconómicas,…), y dada la complejidad en cuanto a diversidad de gentes y culturas en un mismo espacio que ofrece la Edad del Hierro n23, resulta enormemente arriesgada la identificación exclusiva de determinados elementos (como los “cromlechs”) con un grupo humano concreto, así como la asignación a éste de un territorio con límites específicos propios de organizaciones sociales más complejas. Además se han venido identificando los “cromlechs” con los vascones citados por los autores greco-latinos, a pesar de que dicho fenómeno no abarca todo el espacio que las citadas fuentes asignan a dichas gentes, localizándose también en parte de los territorios asignados a otros pueblos (como a los aquitanos y demás pueblos que se extendían por el Pirineo), sin que dicho fenómeno comprenda tampocoen su totalidad los territorios atribuidos a dichos grupos humanos.


n23 Las influencias culturales y movimientos migratorios en diferentes fases provocaron la coexistencia de varias culturas y grupos humanos con diferente nivel de desarrollo, produciéndose diferentes grados de transformación en las gentes que coexisten en el mismo territorio, con las consiguientes particularidades y similitudes entre individuos que comparten el mismo espacio. En este contexto resulta de interés: SAYAS, 1985-1986: 399-420. 24 Significativo resulta Estrabón y su comentario sobre las tribus del norte de la Península Ibérica (Geographiká III.3.7): “Así viven estos montañeses que, como dije, son los que habitan en el lado septentrional de Iberia; es decir, los Kallaikoi, Astoures y Kantabroi, hasta los Ouaskones y el Pyréne, todos los cuales tienen el mismo modo de vivir. Podría hacer la lista de estos pueblos más larga: pero renuncio a una descripción aburrida, pues a nadie le agradaría oir hablar de los pleútarioi, bardyétai, allotriges y otros nombres menos fáciles e insignificantes” (reproducido de ESTEBAN, 1990: 34).

A este respecto no debe olvidarse que estos pueblos son citados por individuos ajenos a los mismos, pertenecientes a una cultura diferente que a veces se fija con desprecio en las gentes que habitaban el territorio n24. En ese contexto es difícil que las fuentes greco-latinas conocieran con exactitud la realidad cultural y social de dichos pueblos, ignorando sus variantes internas así como las relaciones entre los mismos, aplicando sus propios conceptos y generalizaciones en sus descripciones. El hecho es que dichas fuentes, así como la arqueología indican que la civitas de Oiasso, en la desembocadura del Bidasoa y punto final de una calzada procedente de Tarraco, es el primer núcleo de la época romana en Gipuzkoa, siendo asociada desde su fundación a los vascones según se deduce de los textos de Estrabón (Geographiká III.3.7 y III.4.10), Plinio (Naturalis Historia IV.10) y Tolomeo (Geográphica libro II. IV).

Sin embargo ésta no es la primera señal de contacto del territorio con Roma ya que diferentes indicios sugieren que desde tiempo antes, con la presencia romana en los territorios cercanos,existieron algún tipo de influencias. Así se documentan en Gipuzkoa testimonios como la presen-cia en los poblados fortificados del valle del Oriade cerámicas de tipo “celtibérico” que parecen llegar “con la romanización” (OLAETXEA, 2000:93), los denarios localizados en Amalda (Zestoa)y Usategi (Ataun) correspondientes a depósitos monetarios creados con posterioridad a las guerras sertorianas (CEPEDA, 1997: 265-266), y la estela de Andrearriaga (Oiartzun) correspondiente a un ambiente indígena aquitano realizada probablemente “en los años inmediatos al advenimiento del imperio” (BARANDIARAN, 1976: 87-88). Estos datos son clara muestra de las influencias que recibe el territorio en fechas cercanas al cambio de Era, ya con la presencia romana en las proximidades.

Por ello, el hecho de que “ninguno de los poblados excavados hasta la fecha” haya “proporcionado hasta hoy elementos materiales relacionados con el mundo romano” (PEÑALVER;SAN JOSÉ: 2003: 82) debe ser tomado con las debidas reservas.

EL ENTORNO DE SANTIAGOMENDI Y EL BAJO URUMEA EN ÉPOCA ANTIGUA

ENSAYO DE RECONSTRUCCIÓN DE LA EVOLUCIÓN DEL POBLAMIENTO EN TORNO AL CAMBIO DE ERA

La adscripción del pasillo conformado por el bajo Bidasoa y la cuenca del Oiartzun, al conventus caesaragustanus y a los vascones respondería a dos razones concurrentes: con objeto de conceder una salida al mar al citado conventus, coincidiendo precisamente la creación de Oiasso con el establecimiento de los conventus hispanos por Augusto en torno al año 10 a.C.(OZCÁRIZ, 2006: 103) n25; y de cara a impedir la comunicación directa y con ello la ayuda que pudieran prestarse los cántabros y aquitanos contra Roma (ESTEBAN, 1990: 56 y SAYAS,1991-1992: 216-217). En ambos casos es probablemente adscrito a los vascones un espacio que era várdulo en origen (OZCÁRIZ, 2006: 103 ySAYAS, 1991-1992: 216-217). Sea como fuere, el control del territorio por parte de Roma desde al menos las fechas de la fundación del núcleo de Oiasso y la cercana existencia de dicha civitas, no fueron suficientes inicialmente para que el núcleo de Santiagomendi perdiese su carácter prerromano ni éste fuese alterado de manera reseñable. Y eso a pesar de que existían vías de comunicación naturales entre ambos núcleos e incluso una relación visual directa. La última fase de ocupación de Santiagomendi, que debió iniciarse durante los últimos siglos del milenio anterior al cambio de Era (entorno al II a.C.), muestra así indicios de perduración una vez superado el cambio de Era. Dinámica ésta ya identificada en territorios vecinos como Bizkaia, donde se dan casos de continuidad del poblamiento protohistórico hasta al menos el siglo I d.C., a pesar de la entrada del territorio en el ámbito romano, tal y como ocurriría en los castros Berreaga y Kosnoaga (UNZUETA,1996: 168).

Puede que éste sea el contexto general al que Plinio se refiere cuando cita los oppida várdulos de Morogi, Menosca y Vesperies y la civitas de Oiasso (Naturalis Historia IV.10). Es muy probable que los oppida citados por el autor se correspondan con elementos articuladores del espacio administrado por Roma, que no serían centros urbanos propiamente dichos, sino tal vez unidades administrativas compuestas por un territorio formado por varios asentamientos, alguno de los cuales tendría mayor relevancia n26.

n25 Los testimonios más antiguos de Oiasso, identificados en Sta. Mª del Juncal de Irun, corresponden a los años 15/12 anteriores a nuestra Era (IZQUIERDO, 1997: 391).

n26 Serían funciones equivalentes y en menor escala a las que Sayas menciona para las civitas en ámbitos poco alterados por la romanidad (SAYAS, 1991-1992: 194).

p234

En este sentido parece que Roma pudo aprovechar en un primer momento algunas de las entidades preexistentes atendiendo a las necesidades de explotación del territorio y de control e “integración de la población en la organización romana” n27. El asentamiento de Santiagomendi pudo cumplir dichas funciones. En el lugar se localizan importantes restos de un hábitat de la Edad del Hierro, los únicos localizados hasta el momento en el bajo Urumea, y en el que, al igual que se documenta en otros lugares (como los entornos de Zarautz y Azkoitia- Azpeitia), coinciden en el mismo espacio testimonios de época romana y prerromana n28.


n27 Tal y como se documenta en Asturias, donde además se produjo un enfrentamiento armado contra Roma (FERNÁNDEZ OCHOA, 2006: 284), y en el noroeste de la Península ibérica (BENDALA, et alii , 1987: 134-136).

n28 En el caso de Zarautz se han localizado restos de un hábitat de la Edad del Hierro, sobre el que se asienta un núcleo de época altoimperial (IBÁÑEZ, 2003: 41-42). En Azpeitia-Azkoitia se han localizado varios yacimientos de la Segunda Edad del Hierro como Munoaundi o la colina de Altamira (SAN JOSÉ, 2005: 71-72), elevación inmediata a la de San Martín de Iraurgi, en donde se localizó una necrópolis con cerámicas altoimperiales (ESTEBAN, 2004: 377).

n29 Al margen de que no existen indicios de destrucción, ya en el siglo II d.C. y en un contexto de desarrollo comercial y de nuevas fundaciones, no es probable que coincidieran las cerámicas modeladas prerromanas con las comunes romanas (al menos en la proporción documentada en Santiagomendi), algo propio de contactos iniciales

Estos yacimientos podrían ofrecer datos sobre el aprovechamiento que hizo la administración romana de realidades preexistentes para el control y explotación de sus dominios. Los oppida citados serían pues territorios en los que destacasen determinados asentamientos que fueron usados por Roma para la articulación del territorio en los momentos iniciales de su dominio.

Conforme avance el siglo Iº d.C., y gracias a las medidas adoptadas por la dinastía flavia a partir del 70 d.C. (concesión del ius latii a las provincias) en un contexto de tranquilidad en el Atlántico tras las intervenciones militares en Germania y Britannia , se dará una nueva dinámica de crecimiento general y cambio. Momento en el que los núcleos costeros del Cantábrico adquieren mayor relevancia y desarrollo en relación con el aumento del comercio en el Atlántico, como lo atestigua el crecimiento del puerto de Oiasso (URTEAGA, 2002: 75). Precisamente a la IIª mitad del siglo I d.C. corresponden los materiales más antiguos hallados en la bahía de La Concha (ESTEBAN; IZQUIERDO, 2006: 394 y 399).

Con el desarrollo definitivo de la vía marítima y las nuevas reformas que facilitan el desarrollo de las provincias, y en concreto de la costa cantábrica, el antiguo asentamiento del macizo de Santiagomendi pierde importancia y sentido en este contexto de nuevos intereses. Los datos arqueológicos no permiten identificar una ocupación del lugar más allá del Iº d.C., y el abandono no parece haber sido producido tras una destrucción n29. En este sentido en Asturias tampoco se aprecian indicios de destrucción como desencadenante del abandono de castros (FERNÁNDEZ OCHOA, 2006: 282). Precisamente se identifica una decadencia y abandono de numerosos castros astur-galaicos a finales del I d.C. en favor de zonas más bajas: muchos castros pierden sus funciones económicas y socio- políticas “porque nuevas formas de organización y nuevos incentivos económicos aparecieron en el horizonte cultural de la región” (BENDALA, alii et, 1987: 134), dándose una consolidación de la presencia romana con nuevos núcleos “como consecuencia del reagrupamiento de poblados dispersos o de traslados desde un castro próximo al llano” (FERNÁNDEZ OCHOA, 1993: 244).

El hecho de que los únicos restos adscribibles a fechas posteriores a la ocupación de Santiagomendi estén localizados por el momento en Donostia-San Sebastián, sugieren una sustitución como asentamiento principal del valle de dicho antiguo poblamiento, coincidiendo con el periodo de desarrollo del comercio en la cornisa cantábrica en época flavia, y mostrando los importantes cambios que, ahora sí, afectan a la población prerromana. En este sentido M. Esteban plantea un abandono de Santiagomendi en favor de las faldas de Urgull (ESTEBAN, 2008: 159). Hipótesis que representaría un proceso similar al documentado en el castro de La Campa Torres (Gijón), que es abandonado progresivamente a favor de un nuevo núcleo en el barrio de Cimadevilla (Gijón), cuyos niveles más antiguos son de mediados del I d.C., y que es el receptor “de la población y sobre todo de las funciones de castellum/opidum de la Campa Torres” (BENDALA,et alii, 1987: 134), pudiendo ser definido el nuevo emplazamiento como un vicus o aglomerado secundario (FERNÁNDEZ OCHOA, 2006: 282).

p235

Esta nueva distribución del poblamiento apreciable en el valle del Urumea, responde a que los lugares más valorados en esta nueva etapa no son tanto los núcleos de población situados en lugares altos, con un amplio control visual del entorno, y fácilmente defendibles como Santiagomendi, sino ubicaciones que respondan al renovado interés del estado romano en controlar y explotar un territorio, contexto en el que adquieren importancia el comercio y las comunicaciones en general.

En esta situación los puntos más valorados como lugar de emplazamiento en los territorios costeros son, lógicamente, los puertos naturales que ofrecen buenas condiciones de refugio a la vía marítima ahora en expansión, y que permiten además la salida de los productos del entorno (ESTEBAN, 2003: 15). Estos requisitos los cumple el asentamiento en la bahía de La Concha, que presenta un fondeadero protegido frente a los vientos dominantes en la zona (norte-noroeste), y un curso fluvial que per- mite el acceso al interior del territorio (ESTEBAN; IZQUIERDO, 2006: 401).

Si a las citadas buenas condiciones se les añaden los testimonios romanos al pie del monte Urgull y en la bahía de La Concha, la utilización del lugar es segura desde al menos época flavia (ESTEBAN; IZQUIERDO, 2006: 399). Observando éste hecho, los recursos que podría ofrecer el valle del Urumea (bosques, pesca,…), así como la existencia de un curso fluvial de importancia, se entiende que el bajo Urumea debió ser un lugar apreciado según los intereses romanos. Los testimonios en torno a la bahía de La Concha obligan a una valoración de conjunto del área del bajo Urumea en época imperial, ya que son los diferentes elementos del citado espacio los que en interacción debieron presentar un indudable interés de cara al comercio, explotación de recursos y control del territorio.

El fondeadero de la actual bahía de La Concha, protegido por los montes Igeldo, la isla de Santa Clara y el actual monte Urgull (unido al litoral a través de un istmo) ofrecería un magnífico refugio a la vía marítima que recorría toda la costa atlántica y en la que núcleos como Oiasso (Irun) y Flavióbriga (Castro Urdiales) ejercían de puntos principales más próximos. Las características del fondeadero permitirían el atraque de buques y la protección de éstos frente a los vientos dominantes norte-noroeste.

El río Urumea representaría una magnífica vía de comunicación fluvial con el interior. Su curso, navegable hasta hace relativamente poco tiempo, ha sido surcado por embarcaciones de pequeño calado al menos hasta Hernani n30. El vado de Ergobia (Astigarraga) es el primer vado en el Urumea, y el lugar donde coinciden la vía fluvial que es el río y una vía de comunicación natural terrestre que debió ser utilizada desde antiguo (LECUONA, 1964: 35-37 y BARRENA, 1991: 39-41). El punto es pues un cruce de caminos natural de indudable valor a lo largo de la Historia n31.

n30 R. Izaguirre recoge que “el Urumea era, aún en 1731, navegable hasta Fagollaga” (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 8).

n31 A este respecto, R. Izaguirre apunta que atendiendo a intereses comerciales, es especialmente valorable una ubicación “junto al vado, cerca de la desembocadura del río, en el paraje en que cesando éste de estar sometido a las influencias marítimas, puede ser franqueado con más comodidad”, relacionando la proximidad del vado de Ergobia con la posible ubicación de Morogi en Murgia (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 8)

Por otro lado, la cuenca del Urumea en sí misma, debió ofrecer recursos interesantes para Roma en relación a sus abundantes bosques y montes, además de los pesqueros. Estas características del bajo Urumea y la presencia de diferentes restos en Santiagomendi y el entorno de la bahía de La Concha, han suscitado diversas teorías en el intento de ubicar en el territorio uno de los oppida citados por Plinio. La última de las cuales propone diferentes posibilidades partiendo de la localización del término Morogi en el bajo Urumea, pudiendo corresponderse con Santiagomendi, con Urgull, o simplemente con un “territorio articulado por un núcleo de referencia, con lo cual podría estar refiriéndose en realidad al territorio del Bajo Urumea” (ESTEBAN; IZQUIERDO, 2006: 402). Sin entrar en el debate de localización de Morogi , dichas interesantes hipótesis obligan a realizar una serie de consideraciones.

Como se ha indicado, el Urumea debió ofrecer unas estimables condiciones según los intereses predominantes en época romana. En dicho contexto tendría lógica el abandono del antiguo poblamiento de Santiagomendi en favor de una localización más baja, tal vez en el entorno del actual núcleo de Astigarraga, situado en las faldas noroccidentales del macizo de Santiagomendi. En este lugar coincidirían, gracias al vado de Ergobia, una vía de comunicación natural terrestre que conecta los valles del Oria, el Urumea y el Oiartzun, y una vía fluvial navegable que desembocaba en un núcleo costero asociado a la ruta comercial marítima en expansión. El entorno de Ergobia debió desempeñar así un importante papel en la conexión entre el puerto situado en la actual Donostia y el interior, su territorio y ámbitode influencia. A este respecto conviene destacar que la importancia que parece que tuvo el lugar en la Edad Media, citado en alguna ocasión como “Astigarribia” n32 (REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, 2005), puede servir, con las debidas reservas, para caracterizar cómo pudo ser este lugaren época romana. Ambos periodos presentan fases con similitudes que pueden servir de ayuda: expansión comercial y desarrollo de las comunicaciones. El hecho es que en el contexto de la política de los reyes de Pamplona-Navarra en la zona del Urumea, el entorno adquirió importancia, apreciándose con posterioridad en Astigarraga (en el XIV) varios elementos bien definidos: una población en el cerro de Murgia, en cuya cima se ubicaban los señores del mismo nombre; la aldea de Santiago en la ladera de Santiagomendi, sobre el núcleo de Murgia; el barrio de Ergobia, junto al vado y puente del mismo nombre, y próximo a los núcleos de Santiago y Murgia; y las instalaciones portuarias n33 frente al cerro de Murgia, a los pies de la elevación de Mendiaundi. La situación medieval responde a la importancia que adquirió el Urumea para el Reino de Pamplona-Navarra. Como confirmación del valor del lugar, una familia de parientes mayores se asentará sobre la colina de Murgia ejerciendo sobre el área uno de los señoríos más importantes de la provincia. La población de Murgía, el barrio de Ergobia y su vado, así como el puerto quedarán bajo su dominio.


n32 Obsérvese la presencia del elemento – ibia (vado, zona de paso).

n33 En el lugar todavía se localizan nombres de caseríos claramente relacionados con el viejo puerto como Portuburu o Portutxo. En la escritura de concordia de 1382 entre los señores de Murguía y los vecinos de Astigarraga se cita el puerto (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 22).

n34 De las antiguas actividades desarrolladas queda muestra en la toponímia: Portutxo, Galtzaur, Ergobia,...

A pesar de que hasta el momento no existen datos arqueológicos que lo confirmen, la documentación medieval y la toponimia parecen señalar la relevancia de la zona en diferentes épocas n34. En cuanto a la ocupación del área en época antigua, parece difícil pensar que un entorno intensamente ocupado en la Edad del Hierro quede despoblado en época romana y vuelva a quedar ocupado de manera importante en el periodo medieval.

Si se tienen en cuenta las gentes que durante el milenio anterior habían ocupado el macizo de Santiagomendi es lógico pensar, dada la antigüedad e importancia de la ocupación del lugar, que la población preexistente se reubicara en el entorno del actual núcleo de Astigarraga, una ubicación que además de baja y más llana presenta excelentes condiciones.

En este punto, conviene volver sobre la población que debió existir en la misma costa, un núcleo secundario con respecto a la cercana que el registro arqueológico induce a ubicar en la Oiasso, y actual Parte Vieja donostiarra. El asentamiento en el tómbolo de Urgull, en uso desde época romana hasta la actualidad, ha estado ligado al comercio marítimo y fluvial y a las actividades pesqueras n35. El monte Urgull (a los pies del cual se sitúa la Parte Vieja donostiarra) fue en origen una isla, que debido a las corrientes marinas y los depósitos del río, fue convirtiéndose en un tómbolo n36, no pudiendo realizarse más actividades económicas que las anteriormente descritas. En esta situación, ha sido un núcleo dependiente de los recursos básicos que hasta el XIX aportaban los caseríos y núcleos cercanos en tierra firme. Es decir, la localización de un núcleo en la Parte Vieja exige asimismo la existencia en su entorno de otros núcleos para su desarrollo (tanto para los suministros de la población como para el comercio con el interior, base de su existencia inicial), lo que dota de mayor sentido a la hipótesis de la existencia de un asentamiento en la actual Astigarraga. Por otro lado, los primeros documentos medievales referentes a San Sebastián, que no el registro arqueológico actual, muestran que en la tierra firme inmediata hubo tradicionalmente población, en concreto en el actual barrio del Antiguo. Este núcleo, en torno al monasterio de San Sebastián, en plena vía de comunicación (tal y como sugiere la advocación), y a salvo de los vientos del norte-noroeste, presentaba en las cercanías el curso fluvial del Añorga n37, que siguiendo aguas arriba, y tras pasar la colina de Teresategi, permitía conectar en Lasarte la bahía de La Concha con el valle del Oria (ESTEBAN, 2005: 323), donde se habían ubicado numerosos poblados fortificados en la Edad del Hierro. Con estos datos y sin olvidar la presencia de “cromlechs” en el cercano monte Mendizorrotz, se puede plantear que tal vez en un lugar como el Antiguo se pudo ubicar también la población en época antigua, en relación o dando origen al núcleo en las faldas del monte Urgull.

n35 Incluso desde antes de la redacción del fuero en 1180, donde se recoge un “detallado arancel de pagos de derechos de hostalage”, ya que “los artículos mercantiles en tránsito por un lugar no pueden presumirse” (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 41).

n36 Izaguirre hace una interesante propuesta de descripción del proceso de conformación del tómbolo (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 30-39). Si bien el fuero de San Sebastián de 1180 especifica que la comunicación por tierra era posible, la zona del istmo debía resultar inundada periódicamente ya que durante siglos, existió a un lado de la lengua de arena el barrio de San Martín, y al otro el núcleo de San Sebastián, no existiendo construcciones en el arenal (IZAGUIRRE, [ca. 1933]: 41).

n37 Todavía existen en la zona topónimos como Portuetxe, situado en la vega de terrenos progresivamente ganados al agua, y que periódica mente se inundan.

CONSIDERACIONES FINALES

El completo registro arqueológico que ofrece el poblamiento de Santiagomendi constituye un testimonio excepcional para el conocimiento de la Edad del Hierro en Gipuzkoa. Las investigaciones en curso permiten el estudio del modelo de ocupación del espacio protohistórico y su evolución a lo largo del primer milenio antes de Cristo, y en concreto de la relación entre los modelos de asentamiento y funerarios. El asentamiento que nos ocupa ofrece la posibilidad de crear un modelo que pueda ser aplicado en otros yacimientos guipuzcoanos con cronologías similares, de cara fundamentalmente al estudio de las transformaciones que afectaron a la población protohistórica en la época romana.

Si bien los indicios sugieren la presencia de gentes en el lugar ya en el Calcolítico-Bronce, durante la Edad del Hierro se documenta una continuada e intensa ocupación del área basada probablemente en pequeñas explotaciones agropecuarias que no formaron, en lo que se aprecia, un núcleo compacto. En este aspecto, en Santiagomendi coexisten un poblamiento estable agrupado en el macizo y los círculos de piedras (“cromlechs”) de carácter funerario, lo que abre nuevas perspectivas para el estudio de la época y de dichos fenómenos más allá de algunos planteamientos actualmente en uso.

La última fase de ocupación documentada se sitúa a finales de la IIª Edad del Hierro y perdura al menos hasta el siglo I d.C., ofreciendo importantes datos sobre la población prerromana en el momento de entrada del territorio guipuzcoano en el ámbito romano. Así, muestra la existencia de un proceso más complejo que el simple abandono de todos los antiguos asentamientos protohistóricos con la incorporación del territorio al ámbito romano, produciéndose una pervivencia de algunos de ellos.

La intensidad que parece mantener la cultura indígena tras la incorporación a Roma del territorio, sugiere que Santiagomendi, un núcleo importante en el entorno del valle del Urumea, sigue en uso. Se trataría así de un aprovechamiento de la realidad preexistente dentro de la política inicial romana de control y explotación del territorio. En este sentido podría tratarse de uno de los oppida que las fuentes greco-latinas identifican en el territorio várdulo: Morogi. De esta manera, no se advierte un intento premeditado de aculturización y transformación de las realidades preexistentes con la llegada del dominio romano. Se trataría más bien de un simple control orientado a la explotación de un territorio y a la obtención de beneficios.

En época de la dinastía flavia se produce el incremento de la actividad comercial atlántica y con ella el desarrollo de núcleos costeros a la sombra de las rutas comerciales marítimas. El contexto general cambia de la simple explotación y control iniciales a un desarrollo de la actividad económica en general, apareciendo nuevos núcleos de población y aumentando el registro arqueológico.

El núcleo de Santiagomendi sería abandonado en favor de una ubicación acorde con los nuevos intereses económicos, en los que el comercio y las comunicaciones adquieren importancia, siendo tal vez el lugar elegido las faldas de Santiagomendi, en el entorno del actual municipio de Astigarraga.

Hechos relativos a à Ceberio2009 — Búsqueda de páginas similares con +.Ver como RDF
Creator Manuel Ceberio Rodríguez  +
Herramientas personales