CarriazoGomez2008

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Introducción: contexto histórico. La lengua vasca en La Rioja. Toponimia romana y toponimia de la repoblación

La extensión primitiva de la lengua vasca sigue siendo un misterio del que, como del origen del lenguaje, quizás fuera mejor no disertar entre lingüistas n1; no obstante, queremos hacer una breve referencia a la historia del vascuence medieval en el territorio de La Rioja como introducción al tema que aquí planteamos que es el Atauri de don Juan Díaz.

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Produce sorpresa, a fray Luis Villasante se la producía al menos, el hecho de que las primeras palabras escritas del vasco que han llegado hasta nosotros comparten página y códice con las primeras palabras del romance riojano medieval n2. No debería ser así si estuviera demostrado que la extensión medieval de las lenguas afines al vasco superaba los límites del territorio vascófono actual. Todos los autores recurren a la toponimia para corroborar esa afirmación n3, confiriendo al estudio de los nombres de lugar una capacidad de penetración en épocas prehistóricas que no se concede a ninguna otra rama de la lingüística histórica. Y sin embargo, ¿por qué los nombres de los lugares van a tener una mayor antigüedad que las denominaciones, digamos, de los vientos o de las plantas? ¿Por qué el topónimo o el antropónimo van a pertenecer a estratos lingüísticos anteriores a los que originan la anemonimia o la fitonimia? n4

Detrás de todos estos prejuicios está, sin duda, la teoría del sustrato lingüístico, pero nuestro objetivo aquí es otro. n2 El padre Villasante hablaba de «los textos vascos más antiguos que se conocen», frente a «los textos más antiguos de una lengua romance afín a la castellana» (Villasante 1979: 37); ¿por qué no, entonces, «una lengua no romance afín al vasco moderno»?

n3 «Los topónimos nos indican que bastante antes de la llegada de los romanos a la Península, la lengua vasca ocupaba un territorio extenso a ambos lados de los Pirineos, llegando por el sur hasta el Ebro y por el este hasta el Mediterráneo. No podemos saber si se trataba de una sola lengua o de una familia de lenguas, ni podemos juzgar sobre el grado de semejanza entre este protovasco y sus formas actuales; tampoco sabemos cuándo empezó la reducción de su territorio ni cuáles eran los límites a la llegada de los romanos. Contra lo que a veces se supone, no es cierto que los romanos encontrasen tal resistencia por parte de los vascos que no llegaran a penetrar en su territorio» (Siguán 1994: 147).

n4 En el caso del vascuence, además, resulta al contrario: «El estudio de la toponimia, de la toponomástica y de la misma lengua delata que la influencia romana en el país fue intensa» (Villasante 1979: 36).

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Muy relacionada con las teorías sustratísticas se encuentra la teoría del vascoiberismo, según Villasante: «defendida, aunque con modalidades particulares, por Humboldt, Fita, Cejador y Menéndez Pidal, y finalmente rechazada» n5. La supervivencia de la toponimia de tipo vasco fuera del territorio histórico del euskera no resultaría, entonces, un resto del sustrato vascoibérico, sino que podría tener otras causas; la principal, según señalan los medievalistas n6, las repoblaciones vasconas medievales, fundamentalmente en La Rioja, la Bureba y el norte de Palencia. Adónde nos lleva, entonces, todo este epítome de historia de la lengua vasca medieval: al análisis de los topónimos riojanos con el sufijo de origen vasco -uri (‘población, asentamiento’ < ¿ibérico ILI?) y en particular del antropónimo, riojano como veremos, Atauri, el de don Juan.


n5 «Hoy que se ha conseguido leer las inscripciones ibéricas, puede afirmarse que no hay parentesco ni afinidad entre ambas lenguas. Con todo, formas como Iliberis (cuya identidad con Iriberri parece innegable) están atestiguadas, como se sabe, en territorios bien distantes del vasco histórico. En las mismas inscripciones ibéricas existe algún otro nombre de aire vasco: Biosildun (Biotz illun), lagun, etc. El hecho podría explicarse suponiendo que el vasco convivía con el ibérico y que sólo este último poseía categoría de lengua escrita o literaria; o bien, que en un pasado remoto se habló el vasco, el cual luego fue suplantado por el ibérico, pero al naufragio de aquel sobrevivieron algunos restos o nombres. El área del ibérico fue el este y sur de España» (Villasante 1979: 30-31).

n6 «El territorio [las tierras ganadas en La Rioja por Sancho Garcés I (917)] no había llegado a islamizarse y probablemente tan solo algunos núcleos estratégicos –Calahorra, Viguera, Nájera, etc.–contarían con una población musulmana relativamente abundante, aparte de las guarniciones de sus castillos. Pero parece que una primera medida tomada por los nuevos ocupantes fue echar a estos musulmanes del territorio y asentar pobladores cristianos. Estos procedían de todos los territorios del rey de Pamplona. En la parte más occidental parece que hubo una colonización masiva de gentes procedentes de Álava, que al instalarse en valles cerrados por el Sur, como el de Ojacastro, quedaron relativamente aislados, lo que hizo que durante varios siglos el vascuence fuese allí la lengua habitual y más extendida que el romance entre el elemento rural» (José María Lacarra, Historia política del Reino de Navarra desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, Pamplona, 1972, I, 163 y ss. apud Irigoyen 1975: 165).

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Topónimos

Comienza nuestro viaje al sureste de la provincia de Álava, en Atauri, un pueblo perteneciente al Ayuntamiento Arraia- Maeztu:

Atauri es una villa milenaria. Se han encontrado restos de la Edad del Hierro y Bronce en el Monte del Fraile. En el siglo XI, aparece en la Reja de San Millán con el nombre de Atauri de Suso y Atauri de Yuso. Debido a su situación estratégica, fue asentamiento de los Reinos Navarros y Castellanos, y se cree que su castillo estuvo construido en lo alto del Monte del Fraile. Aparece en documentos del siglo XII y es nombrada en los Fueros dados por Sancho el Fuerte de Navarra a Larraun en 1192 y a Larraga en 1193. En el año 1199, Castilla la conquistó para su rey Alfonso VIII. En el año 1204 el rey castellano, en su testamento, promete a su muerte devolverlo a los monarcas navarros, al considerarlos sus legítimos dueños, junto con los castillos de Santa Cruz, Marañón, la villa fuerte de Antoñana y la puerta de Corres (Ayuntamiento Arraia-Maeztu).

Etimológicamente, Atauri puede provenir, o bien de ate con el significado de ‘puerta’ y ‘garganta o estrechura de un valle, desfiladero, paso, puerto’ (Guiter 1992: 1185) en composición con uri ‘pueblo, villa’, o bien de un antropónimo *ata, que podría estar relacionado con aita ‘señor’ en composición con uri. Si atendemos a la localización del pueblo, el topónimo hace alusión a su situación, como es habitual en la formación de las denominaciones de lugar, y Atauri, pues, vendría a significar ‘villa del desfiladero’:

Atauri se despliega a lo largo del desfiladero formado por los montes de Izquiz y los montes de Arboro y está dividida en dos barrios por el río Barrón y la carretera nacional Vitoria-Estella (Ayuntamiento Arraia- Maeztu).

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Ya en La Rioja, y a pocos kilómetros, dentro de la comarca de Haro, encontramos más topónimos que hacen referencia a construcciones o edificaciones propias de la población, como Cihuri, que proviene del vascuence zubi ‘puente’-uri, por lo que significa ‘villa del puente’ en referencia al puente sobre el río Tirón (García Sánchez 2007: 214); se documenta en el Cartulario de San Millán con las variantes Zufihuri (943, 1052, 1075), Zofihuri (1075) y Zufiror (1077) (Ortiz Trifol 1982: 66). En Ollauri, pueblo muy próximo a los límites de Álava y dentro de la comarca de Haro, algunos han querido ver una referencia al río que presta su nombre a toda La Rioja: Olla-uri ‘ciudad del Oja’, aunque el Oja vierte sus aguas al Tirón en Anguciana (entre Cihuri y la ermita de Atamauri), y, por tanto, no pasa por esta población, bañada por el río Zamaca. Además de esta, hay diversas teorías sobre su significado: «Alarcos lo interpreta como ‘ciudad de Olio’. En contra de esto Rittwagen piensa en ollo, ‘gallo’ y añade que el nombre de este pueblo proviene de una primitiva venta que tenía por insignia y veleta un gallo» (Ortiz Trifol 1982: 30). Por otro lado, el topónimo puede esconder el nombre de un señor: en el valle bajo de los ríos Oja y Tirón y sin salir de la comarca de Haro, se encuentra Ochánduri que proviene de Otxando-uri ‘la villa de Ochando’ (García Sánchez 2007: 134), aunque existen, de nuevo, diversas teorías: «Lecuona lo considera femenino de Ochoa. Alarcos piensa en ocho que en vasco significa ‘lobo’. Rittwagen lo interpreta como ‘villa fría’: otz, ‘frío’» (Ortiz Trifol 1982: 62). En el curso medio del río Tirón, y ya en la comarca de Santo Domingo de la Calzada, está Herramélluri «que puede proceder de Ramellu-uri ‘villa o ciudad de Ramellus’, con prótesis vocálica ante R-inicial, normal en vasco, o más probablemente, de uri y del nombre del señor alavés Herramel» (García Sánchez 2007: 134); está documentado en el Cartulario de San Millán, Herramellori (1063) y Herramelluri (1080), también en el Becerro de Valvanera aparece Herramelluri (1078 y 1110) –«La h se conserva en general en los escritos del X al XIII, pero hay casos en que aparece más tarde. En 1101 Erra Melluri es el pueblo de Ramellus o con la prótesis vascongada ante r inicial, Arramellus, nombre frecuente en lo antiguo» (Ortiz Trifol 1982: 29).

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La lista de lugares, sean pueblos o barrios, cuyo nombre contiene el elemento uri se extiende considerablemente en toda la Rioja Alta según documenta Merino Urrutia (1978: 59-64): Acachuri (Cuzcurrita de Río Tirón); Alcachuri (Fonzaleche); Arrauri, variante Arhauri (1104); Atamauri, variante Athumahuri (nombre de una ermita cercana a Anguciana en la ribera norte del Tirón, a cuyo cauce el Oja acaba de descargar sus aguas); Bardauri; Carranalluri; Coba Sauri; Marcuri, de Marcus; Motolluri, variante Mutilluri; Potanzuri (1184); Urturi (Haro); Semenuri (Mandicu), de Semenus ‘Jimeno’; Azuri, vega; Gallanzuri (Pazuengos);Matamanduri (Sajazarra); Bustuzuri (Santo Domingo de la Calzada); Semenuri (Cihuri) (1070); Munno-Falzahuri (1078), villa de Tirón Oja, de Munno Falza; Belascouri, Belascuri (1087), Blascuri de Velasco; Vermoduri, antiguo poblado no lejos de Cihuri, donde hubo un monasterio dependiente de Leire –en 1062 Sancho Fortuniones y su mujer ceden unos molinos en Vermeduhuri; Renduri (1052) (Alesanco); Nafasuri (Villarejo) «ad ribulum Lapaci postque ad basilicam Sante Teodosie… ad ribulum Coronie husque ad lumbum Carearetum e per candem viam usque ad Nafassuri…» (1071). Algunos de estos topónimos no han sobrevivido hasta la actualidad, como Nahárruri, Nahárruli o Nafárruri:

Este antiguo topónimo que aparece escrito con las distintas grafías que transcribo, designó a un antiguo poblado a las orillas del Oja, que debió ser fundado por un navarro en la época de la repoblación de esas tierras, a juzgar por el nombre. […] Manuel Lecuona comentó el topónimo Naharruri, y lo hace derivar de la radical árabe Nahar, río, que no me satisface.

El moderno nombre de Casalarreina se debe según la tradición a una gracia de la Reina Católica con motivo de la petición que le hicieron los vecinos del poblado en una de las visitas que hizo a los Condestables de Castilla, que tenían un Palacio en el lugar, de que aún quedan ruinas. La petición fue motivada porque a los oídos suyos no les sonaba bien el antiguo nombre, que pudo vivir mientras el vascuence fue lengua hablada, pero no después. (Merino Urrutia 1978: 58)

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Junto a este sufijo -uri, también aparece la variante -uli como en Galbárruli, población de la comarca de Haro, topónimo proveniente de «Galbarra-uli ‘villa de Galbarra’, donde Galbarra es un apodo (‘el Calvo’) a partir de galbar, con étimo en el latín caluus» (García Sánchez 2007: 134) que contiene un antropónimo, como hemos visto anteriormente en poblaciones como Ochánduri, Marcuri, Semenuri, Munno-Falzauri, Belascuri o Herramélluri.

Uri y el alomorfo uli son las formas características de Álava, Vizcaya y el valle de Lena en Navarra (además de La Rioja, como hemos visto), mientras que en la zona oriental, en Guipúzcoa y Navarra, se emplea otra variante en la toponimia: «iri ‘ciudad’, emparentado con el ibérico ili, está presente en Irún, Iruña, y quizás también en su correspondiente romance Pamplona, si realmente se encuentra la variante ili en Pompaelo, la forma latina a la que se remonta» (García Sánchez 2007: 198).

Antropónimos

El Atauri que nos ocupa en este trabajo es, en realidad, un antropónimo, nombre sin significación, sino con una mera función denominativa, «nacido por la necesidad de particularizar las diferentes versiones de una misma clase, especie o género de realidad » (Alcina y Blecua 1975: 502), en este caso la singular versión de la clase ‘ser humano’ que son todos los Atauris.

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Frente a los nombres de pila, «los llamados apellidos […] pueden tener una significación en coincidencia muchas veces con los nombres apelativos (Sastre, Pino, Conejos, Rojo, etc.) o formaciones sobre nombres de pila como Rodríguez, Ibáñez, López, Ruiz, etc.» (Alcina y Blecua 1975: 502). En virtud de estas coincidencias se distinguen distintas subclases de apellidos; sin duda los más frecuentes en español son los patronímicos («Fernández, de Fernando; Martínez, de Martín», DRAE 2001, s. v. patronímico) y los toponímicos, creados a partir del nombre de un lugar: Atauri, Carriazo, Burgos o Nájera. El origen histórico de los apellidos se remonta a la Edad Media, cuando se constata el uso de ambos tipos combinados: patronímico y toponímico (Ruy Díaz de Vivar), uso que se ha conservado hasta la actualidad: Juan Díaz de Atauri. El carácter toponímico de Atauri se prueba sincrónica y diacrónicamente. De un lado, como hemos visto, existe un municipio en la provincia de Álava con esta denominación y se da en español y en euskera un buen número de topónimos formados con el sufijo -uri, como también hemos comprobado en el apartado anterior de este trabajo. Históricamente, la constatación del carácter toponímico del apellido viene de su aparición en la documentación medieval.

Ángeles Líbano Zumalacárregui, en su Toponimia medieval del País Vasco (1995), incluye tres ejemplos de nuestro Atauri, donde al menos en dos casos puede identificarse el término como antropónimo. La más antigua aparición del topónimo corresponde al testamento real aludido en la página web del Ayuntamiento Arraia-Maeztu (Álava), mencionada en el apartado anterior, y recoge la función denominativa local del término:

EGO RESTITUAM REGI NAVARRE [VILLAM DE ANTONNANA ET CASTELLUM DE ATAURI ET PORTILLA DE CORTES (CORRES)

Balparda: Vizcaya y sus fueros, vol. 2, pág. 439, año 1204. «Testamento del rey don Alfonso VIII»

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Las otras dos documentaciones, del siglo XII, conservan la función denominativa común a todos los nombres propios, pero se emplean claramente para nombrar a personas, y no lugares:

DOMNUS MICHAEL DE ATAURI ARCHIPRESBITER ET DOMINUS ENECHUS FILIUS EIUS.

Rodríguez de Lama: C. D. M. Rioja, vol. 3, pág. 50, año 1179.

«Teresa, hija de Álvaro Álvarez de Guessal, hace donación de su casa» […]

ET CUM AGRO CUI FUIT DE DOMNO DIDACO DE ATAURI

Rodríguez de Lama: C. D. M. Rioja, vol 3, pág. 49, año 1179.

«Teresa, hija de Álvaro Álvarez de Guessal, hace donación de su casa»

No nos detendremos aquí en la feliz coincidencia que supone encontrarnos con un DOMNO DIDACO DE ATAURI que bien pudiera ser ya nuestro protagonista y homenajeado el señor Díaz de Atauri, porque nos interesa ir centrando el tema y fijar nuestra atención en el hecho, que no puede ser casual, de que estos dos ejemplos de Atauri, antropónimos toponímicos, aparecen en la Colección diplomática medieval de la Rioja (923-1225) (Rodríguez de Lama 1976). Así las cosas, podemos afirmar que, al menos con la documentación analizada por Líbano en su repertorio toponímico, el apelativo Atauri se usaba como apellido en La Rioja del siglo XII.

El territorio de la Rioja Alta está salpicado de topónimos de origen vasco, algunos muy similares en su estructura a nuestro Atauri, y parece que algo parecido se podría decir de los antropónimos.

No resulta extraño porque, según Manuel Alvar (1976: 20):

Hace mil años, todo el occidente de la provincia de Logroño no hablaba romance; y en esas tierras se alzaban o habían de alzarse tiempo después, cenobios y poblados en los que identificamos buena parte de las características de la región: Nájera, Berceo, San Millán de la Cogolla, Valvanera y, el más tardío, Santo Domingo de la Calzada.

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Alvar considera demostrada la pervivencia del euskera en la Rioja Alta gracias a una fazaña del siglo XIII recogida por J. J. Bautista Merino Urrutia: el alcalde de Ojacastro consigue del Merino mayor de Castilla, que se encontraba en Casalarreina, el reconocimiento del derecho de los habitantes de la villa a responder en vascuence a las acusaciones.

Alfonso Irigoyen utiliza el dato para fijar los límites occidentales del vascuence en la Baja Edad Media:

Ezin utz dezakegu aipatu gabe egintza jakingarri bat Merino Urrutia jaunak –egun gure artean dugu– XIII mendekoa bezala finkatu zuena. Marichalar y Manrique-ren Historia de la legislación-etik bildu eta jakinerazi zuen «fazaña» batean esaten denez Oiakastro-ko foruaren arabera bertakoek eskubidean zuten, kanpoko edo bertako bat beren arteko batekin demandan asten baldin bazen, auskaraz saiatzeko. Oiakastro, dakizuenez, ez dago hemendik urrun Oeste aldera (Irigoyen 1975:166)7.

n7 «José J. Bautista Merino Urrutia, El vascuence en la Rioja y Burgos, San Sebastián, 1962 , bigarren edizioa, 20-21 orr., Marichalar y Manrique-ren 273 orr. II t. 22. “De una fazanya de Don Morial Merino mayor, et del alcalle de Oia-Castro. Esto es por fazanya que el Alcalde de Oia-Castro mandó prendar D. Morial que era Merino de Castiella, porque juzgara que el ome de Oia-Castro si le demandase ome de fuera de la Villa o de la Villa que el recudiese en Bascuence. Et de si sopo don Morial en verdad, que tal fuero habían los de Oia-Castro, e mandol dexar e dexáronle luego, e que juzgase su fuero”» (Irigoyen 1975:166).

Traducción: «No podemos dejar de mencionar un acontecimiento interesante que el señor Merino Urrutia –actualmente lo tenemos entre nosotros– ha fijado como del siglo XIII. Como se dice en una “fazaña” tomada y dada a conocer en la Historia de la legislación de Marichalar y Manrique, según el fuero de Ojacastro sus habitantes tenían derecho a utilizar el euskera, si algún natural o foraneo interponía una demanda. Como sabéis, Ojacastro, no está lejos de aquí, hacia el oeste» [Nota: «José J. Bautista Merino Urrutia, El vascuence en la Rioja y Burgos, San Sebastián, 1962, segunda edición, páginas 20-21, Marichalar y Manrique, página 273, tomo II 22. “De una fazanya […] e que juzgase su fuero”»].

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El padre Villasante emplea esta fazaña para fijar los límites del vascuence medieval por el sur:

…por el sur, sabemos que en la Edad Media el vascuence llegó a hablarse en zonas que se hallan fuera de los límites de la Vasconia actual, por ejemplo en la Rioja y tierras de Burgos. El Sr. Merino Urrutia, en su estudio sobre el vascuence en el Valle de Ojacastro (Rioja Alta) dio a conocer un texto del siglo XIII, en que se nos dice que los habitantes de dicho valle tenían derecho, en los juicios, a prestar declaración en vascuence. «Con este testimonio reciben nueva luz las frases vascas de las Glosas Emilianenses, del monasterio de San Millán, y los vasquismos de Gonzalo de Berceo» (Fr. Ignacio Omaechevarría, O. F. M.) […] El Sr. Merino Urrutia llega a la conclusión de que los berones y turmódigos hablaron vascuence; la abundante toponimia vasca de la Rioja sería prueba de ello. Menéndez Pidal ha supuesto que los vacceos de Tierra de Campos debieron también hablar vascuence. Asimismo la Bureba, hasta las cercanías de Burgos, presenta múltiples indicios toponímicos vascos o vascoides (Villasante 1979: 32).

Estas palabras fueron pronunciadas en el claustro del Monasterio de Yuso, el 15 de junio de 1974, en una sesión extraordinaria de la Euskaltzaindia, por Alfonso Irigoyen como discurso de ingreso en la Institución. Fueron contestadas por el presidente de la Academia fray Luis Villasante. En el Monasterio de Yuso, junto a la Escalera Real, se conserva una placa conmemorativa del acto.

La extensión del vascuence al oeste del río Oja y al sur del Ebro en los siglos X-XIII parece, en cualquier caso, una cuestión de supervivencia milenaria, pues «estos sedimentos parecen anteriores a la repoblación vascona de La Rioja y Bureba en los siglos IX y X» (Villasante 1979: 32). Esta resistencia del vascuence en el alto Ebro, a más de probar la vascofonía de berones y turmódigos, supondría que desde la concesión en el 171 del título de ciudad protegida por Roma a Calahorra (desde el consulado de Publio Cornelio Escipión Nasica la ciudad del Cidacos se llamó Calagurris Nasica), la llegada de Escipión Emiliano a La Rioja (143-133 asedio de Numancia), o las exportaciones de cerámica manufacturada desde Tricio, citada por Ptolomeo, se había vivido en una situación de contacto lingüístico, más o menos diglósico o bilingüe según las épocas y situaciones, a la que no hay referencia alguna en los documentos de la Antigüedad clásica y la Baja Latinidad:

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Done Miliaren garaian alderdi hauetako lurretan bizi zen jendeak erabiltzen zuen hizkuntzaz, latinaz gainera, alegia, besterik erabiltzen bazen, izkribu zaherretan ez da ezer agertzen. Done Miliak, artzaina zen bera, ez omen zuen buruz ikasi VIII salmoraino doi doi baino, eta badirudi latina irakurtzea nekoso egiten zitzaiola. Erromatarren garaikorik ere ez dakigu zehatz eta mehatz (Irigoyen 1975:164) n8

A pesar de la falta de documentación, esta circunstancia por sí misma parece explicar, para algunos, la aparición de topónimos y antropónimos toponímicos vascos en la documentación medieval riojana sin necesidad de hacer referencia a la, sin embargo, esencial labor repobladora de navarros y alaveses en La Rioja asolada por Almanzor alrededor del año 1000 y pacificada por Sancho Garcés III, el Mayor, rey de Pamplona que se estableció en Nájera seguido, podemos suponer, de algunos de sus vasallos. Este último hecho, la repoblación navarra de La Rioja, sirve por sí mismo, no obstante la «indiscutible» y secular situación de contacto lingüístico vasco-romance, para explicar la abundancia de apellidos vascos en los documentos riojanos medievales. Merino Urrutia incluye en su La lengua vasca hablada en La Rioja y Burgos (1978: 80-85) un apéndice de apellidos de origen vasco recogidos en documentos medievales riojanos.

n8 Traducción: «En los documentos antiguos no hay referencia alguna a si en tiempos de San Millán se conocía otra lengua aparte de la utilizada por los habitantes de estas tierras, es decir, el latín. San Millán, que era pastor, solo debió de aprender de memoria, y a duras penas, hasta el salmo VIII, y parece ser que le resultaba muy trabajoso leer en latín. Tampoco tenemos conocimientos precisos de los tiempos de los romanos». Agradecemos a nuestra amiga, Miren Idirin, la inestimable ayuda que nos ha prestado con los textos en euskera.

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Entre los que menciona aparece un Abtaure (973), identificado como un antropónimo en el Cartulario de Albelda, que bien pudiera corresponder con nuestro Atauri.

La abundancia de antropónimos y de topónimos en La Rioja, sean de la época de la repoblación o anteriores (sólo los últimos) a la conquista romana, contrasta con el hecho constatado de la ausencia de vasquismos en el español de La Rioja. Una situación de contacto lingüístico, sea diglosia o bilingüismo, suele tener como consecuencia la adopción de vocabulario (cultismos en el primer caso o préstamos interlingüísticos en el segundo); sin embargo, según Alvar (1976: 26), el romance riojano no se caracteriza por la presencia de léxico vasco.

Entre los pocos elementos vascos abundantes en la documentación medieval riojana se encuentran las formas de tratamiento ander(a) ‘señora’ y aita ‘señor’, el cual se transformó de forma de tratamiento en nombre propio: En los documentos riojanos –por ejemplo– los tratamientos de respeto son con frecuencia de origen vasco. Se repiten hasta la saciedad eita (<eita, aita ‘padre’) y ander(a) ‘señora’. En cuanto a los testimonios del primero, son de señalar las formas Aita, que aparece en un documento de Valvanera […] y Eita, atestiguada con más frecuencia (Alvar 1976: 22-23 ). En uno de sus artículos sobre toponimia, Ramón Menéndez Pidal dedicó algunas páginas a la forma de tratamiento echa o eita en la documentación medieval castellana:

Se trata del vasco ibérico aita ‘padre’, usado como nombre personal. Es de suponer que el origen remoto de este uso esté en el empleo de tal nombre como título de respeto o de amor, al igual de otras expresiones cariñosas, frecuentemente acompañadas del posesivo mi con valor afectivo (Menéndez Pidal 1951: 5-6)9.

n9 «De igual modo, con el posesivo mi, se usaba otro nombre ibero-vasco, anai ‘hermano’, “Meo annaia senior Enneco Sangiç” […] formas que explican la abreviada en el nombre famoso “Minaya Alvar Fañez”» (Menéndez Pidal 1951: 6).

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¿Se podría conjeturar que es ese Aita/Eita antropónimo lo que tenemos detrás del primer elemento del término que nos ocupa: Ata-uri, y su variante Abtaure? Estaríamos entonces ante un antropónimo toponímico Atauri/Abtaure que correspondería con el patrón toponímico [antropónimo + -uri] constatado en Herramélluri, Ochánduri, Belascuri, Marcuri, Semenuri o Vermoduri.

Es posible que tras Abta en Abtaure se oculte el antropónimo Aita, que es precisamente el primer elemento en los topónimos Chamartín, Chaherrero o Chagarcía, según Menéndez Pidal (1951). En estos casos no estaríamos ante un antropónimo toponímico sino ante un topónimo derivado de un antropónimo, nacido a su vez como forma de tratamiento. Sin embargo, la existencia de un lugar llamado Atauri en Álava y de otros topónimos con el elemento sufijal -uri nos hace pensar que nos encontramos ante un nombre de lugar utilizado como apellido en la documentación riojana medieval.

Conclusiones

En su trabajo de 1951, Ramón Menéndez Pidal finaliza con estas palabras:

Como conclusión podemos notar que cuando fueron poblados Chamartín, Chagarcía, Hortumpascual y demás pueblos de este tipo de nombre, es decir, entre los siglos XI y XII, algunos vocablos vasco-ibéricos eran comprendidos en su significado, más o menos directamente, por la población de habla castellana; se usaban como expresiones de respeto o de afecto, unidos al posesivo, mi echa, ‘mi padre’; mi anaya, mi enaya, Minaya, ‘mi hermano’, lo mismo que se usaban los nombres románicos mi vida, mi sol, mi oro, lo mismo que un nombre árabe mi cid se usaba sabiendo, aun los que no hablaban árabe, que significaba ‘mi señor’. En el mapa que añado a la última edición de los Orígenes del Español, expreso mi opinión de que hasta el siglo X, y después, se hablaban lenguas vascongadas en las inmediaciones de Nájera, de Burgos, de Briviesca y de Villarcayo.

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Así se explica que, en la particularidad onomástica que tratamos, el influjo prerromano se muestra más íntimo y arraigado que el brillante influjo árabe (Menéndez Pidal 1951: 7). No cabe dudar del influjo sustratístico del euskera en las lenguas romances nacidas en territorios donde en la Antigüedad se hablaron lenguas vascónicas (principalmente navarro-riojano, castellano, aragonés y gascón). En las zonas donde se hablaron esos romances en la Edad Media es posible encontrar topónimos y antropónimos de origen éuscaro, cuya motivación semántica sólo puede ser conocida a través del análisis de esos términos desde la óptica de la lingüística histórica vasca. El análisis del topónimo alavés Atauri, y de su cognado el antropónimo riojano medieval, no puede sustraerse a esta evidencia. El análisis de la forma Atauri junto a otros topónimos con la misma estructura morfológica (antropónimo + uri), nos ha llevado a conjeturar que el primer elemento del término (ata-) pudiese corresponder con el nombre de varón medieval Eita o Echa, presente en otros nombres de lugar de la repoblación de los siglos XI y XII en tierras de Salamanca, Ávila y Segovia ( Chaherrero, Chagarcía…) Sin embargo, parece que el vasco ate ‘puerta, defiladero’ está detrás del Atauri alavés, que ha de ser forzosamente antecedente de nuestro antropónimo Atauri.

Ahora bien, no podemos sostener por ello que «hasta el siglo X, y después, se hablaban lenguas vascongadas en las inmediaciones de Nájera, de Burgos, de Briviesca y de Villarcayo» (Menéndez Pidal 1951); o que «el vascuence llegó a hablarse en zonas que se hallan fuera de los límites de la Vasconia actual, por ejemplo en la Rioja y tierras de Burgos» (Villasante 1979) o, lo que es aún más categórico, que: «hace mil años, todo el occidente de la provincia de Logroño no hablaba romance» (Alvar 1976). Ni la toponimia ni la antroponimia sirven para justificar tales afirmaciones, pues es relativamente factible que fuesen los repobladores quienes impusiesen los nombres vascos a los lugares y quienes, en su traslado al sur del Ebro, llevasen consigo sus apellidos y nombres de pila (Mitxelena 2001: passim).

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La idea de que los topónimos y antropónimos de origen vasco son prueba de que el vascuence es la más antigua lengua peninsular y, por tanto, lengua común a toda Iberia antes de la llegada de los romanos, se pierde en los orígenes míticos de la literatura española n10. En esta tradición se incardinan los intentos posteriores de demostrar la primitiva extensión del vascuence por el valle del Ebro, cuyos nombres más importantes son Guillermo Rittwagen11 y J. J. Bautista Merino Urrutia, quien concluye, a propósito de los topónimos riojanos en -uri:

En las cuencas bajas de los ríos Tirón y Oja al lado del elemento aborigen que habló vasco, se perciben algunos pueblos con nombres que dieron los repobladores foramontanos que entre los siglos IX y X descendieron de las montañas de la antigua Vardulia, y de las tierras que ocuparon los caristios, para asentarse en las que quedaron libres, cuando los árabes fueron hacia el sur. Estos hombres del norte se fueron estableciendo en las ricas vegas de los ríos citados, donde fundaron los poblados a los que daba con frecuencia su nombre y agregaban el sufijo vasco uri, y que han sido la base de alguno de los actuales municipios, que han conservado hasta hoy los nombres fundacionales.

Este sufijo uri, según la autorizada opinión de Caro Baroja, ya comentada, es de la época de los Autrigones, y es una prueba, según este autor, de la unidad lingüística de una gran faja que va desde Vizcaya hasta la Rioja Alta inclusive en aquella primitiva época. El mapa que he formado, basado en el del repetido autor, sirve para ver gráficamente la geografía de este sufijo. Pero al lado de este criterio debe considerarse que por lo menos cierto número de uri de la Rioja Alta que van unidos (sic) a nombres alaveses, deben (sic) ser de los repobladores posteriores. Compaginadas estas dos opiniones, habría que discriminar cuáles son los uri riojanos de una y otra época, para lo cual sería necesario hacer un estudio profundo de cada topónimo que figura en mi colección (Merino Urrutia 1978: 104 ).

n10 Baste recordar los Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra bascongada, compuestos por Balthasar de Echave, natural de la villa de Çumaya en la provincia de Guipuzcoa, y vezino de Mexico. Introdúcese la misma lengua, en forma de una matrona venerable y anciana, que se quexa, de que siendo ella la primera que se habló en España, y general en toda ella la ayan olvidado sus naturales, y admitido otras Estrangeras. Habla con las Provincias de Guipuzcoa y Vizcaya, que le han sido fieles, y algunas vezes con la misma España. México. Henrico Martínez, 1607.

n11 «Todos los de ambos lados del Ebro que se han interesado en el pasado histórico de la Rioja se han encontrado alguna vez con el nombre de Guillermo Rittwagen, probablemente el primero en escribir sobre los elementos vascos de los topónimos de esta comarca. Sin duda menos conocido que Juan Bautista Merino Urrutia, Rittwagen merece una nota, resaltando sus méritos en un campo apenas tocado hasta que, en el segundo decenio del siglo XX, publicó el fruto de sus investigaciones.» Henrike Knörr, «Guillermo Rittwagen» <http://www.errioxa.com/3_personajes/4_1_varios/rittwagen_ g.htm>

p85

Parece, en definitiva, estar bastante claro que los nombres vascos de lugar en la Rioja Alta tuvieron su origen en la repoblación, aunque el sufijo uri sea de época de los autrigones. La influencia vasca en el romance riojano, indudable, no precisa de una dilatada época de bilingüismo o diglosia difícil de demostrar documentalmente, porque la necesaria contigüidad geográfica y las vicisitudes históricas bastan para explicar ese influjo (Michelena Elissalt 1998: 10).

El Atauri antropónimo toponímico, igual que los actuales Cihuri, Ollauri, Herramélluri o el medieval Naharruri, nombre que fue de Casalarreina, se explican por el continuo trasiego de pueblos y gentes que, secularmente, ha tenido lugar a ambos lados del río Ebro, el río Vasco Hiberus del poeta latino Prudencio, nacido en Calagurris Nasica. Nadie, en nuestra opinión, ha descrito mejor este tráfico continuo de gentes y palabras que Antonio Llorente Maldonado al hablar de los años sesenta del siglo pasado en la región:


Al lado de los claros vasquismos del altorriojano se usan en la comarca una serie de palabras, vascas o no por su origen, pero que hoy son características de las provincias Vascongadas y se emplean normalmente en el castellano del País Vasco, sobre todo en Vizcaya y Guipúzcoa; estas palabras creo que, por lo menos en su mayor parte, son de importación tardía, es decir, reciente, en la Rioja Alta; como es bien sabido, el País Vasco ejerce una enorme y constante influencia sobre toda La Rioja y el Norte de Burgos, pero principalmente sobre la Rioja Alta, influencia debida, por un lado, a los muchos millares de vascos que veranean en los pueblecitos riojanos y a los casi tantos millares de vascongados que invaden la provincia de Logroño, año tras año, en agosto, septiembre y octubre, para la caza de la codorniz y de la paloma emigrante (incluso para la caza del jabalí, cada vez más abundante), y por otro, debida a la gran cantidad (millares también) de jóvenes riojanos que trabajan durante el año en Vitoria, Eibar, Bilbao y demás industriosas villas vascongadas, y que van a pasar sus vacaciones de verano y de Navidad a sus pueblos de origen, entre los cuales y el País Vasco tiene lugar un continuo trasiego de gentes y palabras (Llorente Maldonado 1965: 348).

p86

Esta descripción podría aplicarse sin casi alteración a la situación en la que vivimos en La Rioja al acercarse el final del primer decenio del siglo XXI y, quizás, pudiera decirse algo similar, mutatis mutandis, para La Rioja de finales del X, cuando se escribieron las glosas emilianenses. Quién sabe si por el contacto estrecho con la región (había hecho las encuestas dialectales para el ALPI) o si por alguna otra desconocida razón, Antonio Llorente se muestra mucho más prudente al pronunciarse sobre el pasado lingüístico medieval de La Rioja a propósito del vocabulario riojano:

En cuanto al léxico, el carácter híbrido del habla riojana es bien patente. Entre los componentes del léxico de la Rioja Alta merece especial mención el elemento vascuence, tanto el patrimonial como el recientemente incorporado, aunque el sustrato éuscaro no sea tan abundante como era de esperar, tratándose de una comarca que, según todos los indicios, habló vascuence hasta el siglo XIV. Algo tuvo que ocurrir creo, desde el punto de vista étnico, que explique esta radical castellanización del habla altorriojana. Si no ha sido así, hay que pensar que la presunta colonización vasca del occidente de Logroño y oriente de Burgos fue una colonización relativa, quizá una colonización puramente señorial como la colonización visigótica de nuestra Península o la colonización de los caballeros de la Orden Teutónica más allá del Elba (Llorente Maldonado 1965: 350).

p87

En definitiva, parece lo más prudente, como anunciábamos al empezar este trabajo, desamparar la cuestión de las lenguas prehistóricas, y el vascuence en La Rioja es una lengua prehistórica a pesar de las glosas emilianenses, escritura excepcional aislada en un contexto que, si fue, por fuerza tuvo que ser oral. Y ello a pesar de la toponimia de origen éuscaro, que nada viene a demostrar como hemos analizado; y a pesar de la abundancia de los antropónimos de origen vasco en la documentación riojana medieval, entre los cuales nuestro Atauri, el de don Juan Díaz. Tanto los topónimos como, desde luego, los antropónimos hallan explicación suficiente en la repoblación que siguió a la conquista navarra, sin necesidad de acudir, para probar su antigüedad, a mitos o leyendas que, por míticas y legendarias, son divertidas de leer, pero nada tienen que ver con la lingüística histórica.

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