Besga2012/events/9

De EsWiki

note120 No es cierto que los que considera seguidores incondicionales de Caro Baroja nos hayamos limitado a acumular datos y aceptar literalmente las informaciones que ofrecen las fuentes, pues habría resultado imposible que de esa manera algunos de nuestros trabajos hubieran alcanzado una extensión que supera la de todos escritos de la teoría de los tópicos sobre los vascones. Sucede que M. Pozo confunde aceptar literalmente una noticia con partir del sentido literal de la noticia, que es el punto de partida obligado de todo análisis. Y no debe de tener claro el concepto de “acumulación”, pues de otra forma no se entiende, por ejemplo, cómo puede despachar como una acumulación de datos el análisis de cada noticia que realicé en Domuit Vascones. </note>

Por otra parte, es lógico que las informaciones se integren en un discurso, pues la Historia no debe ser una yuxtaposición de datos. Es lo que hace también M. Pozo, con la agravante de que es el propio discurso el que se impone a las fuentes, invirtiendo la lógica del proceso, pues es ese discurso su punto de partida.%p

note121 Las palabras son mías (Consideraciones…, p. 12). No entiendo cómo M. Pozo ha podido malinterpretar esa frase. Si no fuera suficientemente clara —que lo es—, el contexto le debería haber aclarado su significado (además, la frase constituye el comienzo de un párrafo en el que se desarrolla y explica la idea, y en el que se dice: “un exceso en la crítica de las fuentes para eliminar o transformar ese dato que no encaja es muy peligroso para todos nosotros, como historiadores, puesto que corremos el riesgo de quedarnos sin materia sobre la que trabajar, dado que no puede rechazar un dato de una fuente sin que se resienta la credibilidad en la misma”). </note>

Ese contexto era la crítica de la tesis de la independencia de cántabros y astures en época visigoda de Barbero y Vigil, fundamentada —como demostré— en una lectura creativa de las fuentes. El criterio reproducido por M. Pozo iba dirigido contra ese método, que ha sido fundamental en el desarrollo de la teoría indigenista del reino de Asturias, y formaba parte de un conjunto de principios. Los otros eran: “comentario y crítica de todas las argumentaciones de las que hemos tenido noticia”; “visión total del tema y argumentación minuciosa”; “encuadramiento de los datos en su contexto histórico”; y “preferencia por la solución más sencilla frente a la compleja” (Consideraciones…, pp. 11-13).%p

Dado que últimamente puede parecer que me dedico a dar lecciones de método, estimo conveniente reproducir el párrafo con el que introduje esos principios: “Tal vez parezca excesivo hablar de metodología, en cuanto que no se ha pretendido emplear ninguna técnica especial, sino que únicamente se han utilizado las reglas propias de la deducción. Por esta razón lo único que hay que destacar son los criterios que se han tenido presentes a lo largo de este análisis” (p. 11). En realidad, trataba simplemente de cumplir con uno de los requisitos exigibles, la presentación de la metodología, en una tesis de licenciatura. Agradezco a Salvador Ignacio Mariezkurrena el comentario elogioso de esa metodología (Seniores gothorum, pp. 296-298).%p

En todo caso, lo más importante es que, al condenar la frase que apostilla esta nota (no tiene otro sentido su reproducción), M. Pozo está reconociendo que, para corregir las fuentes, no es necesario disponer de “otros datos más fiables”. Esta confesión, en realidad, lo explica todo.%p

note122 En realidad, como reconoce M. Pozo, es una opinión, pues —como se verá— no consigue demostrar una acusación tan grave, que —por ello— también es una afirmación que requiere pruebas extraordinarias. Contra tal afirmación, tan falaz como injusta, baste decir ahora que si me he limitado a interpretar literalmente una noticia tan escueta, a acumular datos en un asunto en el que no los hay, y a escribir sin rigor y sin las más elementales prácticas de crítica de las fuentes, cabe deducir —y es lo que entenderá el lector que no conozca más elementos de juicio que los que le proporciona M. Pozo— que las diez páginas que he publicado sobre la campaña de Suintilla contra los vascones (Domuit Vascones, pp. 186-192 y 257-261) son completamente impertinentes.</note>

note123 Éste es, al parecer, el principio fundamental de la teoría de los tópicos sobre los vascones, cuya crítica dejo para más adelante. </note>

note124 No parece el título más adecuado para caracterizar lo escrito por san Isidoro de Sevilla sobre los vascones, pues no hizo ningún análisis histórico sobre este pueblo, sino que se limitó a dar tres noticias sobre ellos, en su crónica, y a explicar el origen del citado gentilicio, en Las Etimologías. El asunto tiene su importancia cuando lo que se pretende es establecer el verdadero significado de lo escrito por el obispo hispalense. Además, análisis o narración, lo importante es que M. Pozo no entra a analizar las noticias de la crónica de san Isidoro. </note>

note125 No sé a cuáles se refiere, porque a mí los que me vienen a la mente son los de J.J. Larrea, que —como hemos comprobado— convirtió a Isidoro de Sevilla en la clave de la argumentación de la teoría de los tópicos de los vascones.</note>

note126 La repetición de una afirmación no convierte a una opinión en una demostración</note>.

note127 En la nota correspondiente, M. Pozo escribe lo siguiente: “A propósito de este pasaje, LÓPEZ MELERO, R.: “Una deditio de los vascones”, Príncipe de Viana (Actas del I Congreso General de Historia Navarra), anejo 7 (1987), pp. 463-485 dedicó un trabajo monográfico a la figura de la deditio, siempre dentro de la concepción habitual sobre la barbarie vascona”. Nótese con qué facilidad —en realidad, es una petición de principio— se deshace de un estudio monográfico de 22 páginas de gran formato, que son muchas más que todas las que se han escrito sobre esta noticia del reinado de Suintilla en la línea de la teoría de los tópicos sobre los vascones, pese a ser la noticia más comentada en esa línea. Esto no significa que el estudio de R. López Melero no pueda ser criticado: yo lo he hecho, pero con argumentos (y referidos a ciertas partes). Sin embargo, resulta inadmisible proponer el estudio de R. López Melero como ejemplo de la construcción del discurso histórico sin tomar precaución alguna sin dar un argumento que avale un juicio tan errado como injusto. </note>

note128 En la nota correspondiente, reproduce un largo pasaje de Barbero y Vigil, que, pese a lo que pretende M. Pozo, es completamente irreprochable. Y les censura también porque ese pasaje “solamente contiene una nota a pie de página en la que se ofrece el texto de Isidoro de Sevilla en latín y señalan el lugar del que está recogido.” Pero M. Pozo, que tanta importancia da a la motivación de los autores antiguos en la crítica de los textos, no tiene en cuenta que Barbero y Vigil no hacían una historia de los vascones, ni planteaban una interpretación original de la campaña de Suintilla contra ellos, sino que la utilizaban como un elemento de juicio más en la teoría de los orígenes sociales de la Reconquista. Y lo más importante: que, en este caso, lo hicieron correctamente, pues nadie había planteado ninguna objeción a aquel estado de los conocimientos en el que se basó su interpretación.</note>

Pero lo más grave es que M. Pozo les acusa de hacer una interpretación literal de las informaciones proporcionadas por Isidoro, y, sin embargo, reconoce poco después que Barbero y Vigil consideraron que Isidoro de Sevilla exageró en su narración. El hecho es aún más grave si se tiene en cuenta que M. Pozo en ningún momento se va a dignar a explicarnos que hay de cierto y de falso en la noticia.%p

La nota finaliza con otro reproche: “En idénticos términos SAYAS, J.J.: “La actitud de los vascones frente al poder en época visigoda”, en Los vascos en la Antigüedad, Madrid, 1994, p. 446”. La verdad es que podría haber citado a otros muchos autores por los mismos motivos. Semejante unanimidad difícilmente puede ser consecuencia de una incompetencia generalizada.%p

note129 M. Pozo completa la frase con la siguiente nota: “«Este texto, que proclama una victoria tan rotunda como fácil (sobre los vascones), plantea problemas de credibilidad. Que bastara la aparición del rey con su ejército para que se rindieran unos vascones, que aprovechaban las grandes deficiencias del sistema defensivo visigodo, es perfectamente admisible, pero que esa rendición afectara a todos los vascones, que carecían de articulación política, no es verosímil y necesita de alguna prueba o argumentación para ser aceptada» (el subrayado es nuestro): Besga: Domuit Vascones…, p. 187”. No entiendo qué le parece mal en las frases que ha destacado. ¿Acaso piensa que el sistema visigodo defensivo no presentaba deficiencias? (la hipótesis de la existencia de un limes contra los vascones se encuentra abandonada: v. José Avelino Gutiérrez González, “Fortificaciones visigodas y conquista islámica del norte hispano (c.711)”). Y si no es así, ¿por qué habría que rechazar el testimonio contemporáneo de las incursiones de los vascones? Por otro lado, ¿estima que los vascones estaban articulados políticamente? No lo parece, a tenor de lo que escribe. Entonces, ¿qué hay de malo en deducir que lo que les ocurre a unos vascones (en este caso, los derrotados por Suintilla, que son los que han protagonizado la incursión) no tiene que afectar a todos, salvo prueba en sentido contrario?</note>

En todo caso, queda ya claro que no puede acusarme de haber interpretado literalmente las fuentes.%p

note130 De nuevo, un juicio de intenciones —elemento fundamental en la argumentación de M. Pozo— por todo argumento. Es lo que puede decirse de todos. También de M. Pozo. Y con más motivo aún, porque mientras yo intenté demostrar en una decena de páginas lo que afirmaba con argumentos (que, por cierto, no han sido criticados hasta la fecha), M. Pozo únicamente se limita a descalificar.</note>

El criterio que utilicé en el análisis de la campaña de Suintilla contra los vascones no fue un criterio de conveniencia. De hecho, no se me puede acusar de haber forzado la interpretación para que no contradijera mis tesis, dado que no es original. El criterio empleado es un criterio que puede considerarse científico: dadas las insuficiencias de las noticias, cada una debe analizarse teniendo en cuenta todas las demás, porque, como recordé, ab integro nascitur ordo (Domuit Vascones, pp. 31-32)%p. Y en ese análisis integral entran también las demostraciones de falsedad que se hayan hecho sobre los textos disponibles. Si no abordé la cuestión de la fiabilidad de la noticia de la campaña de Suintilla, es simplemente porque nadie había demostrado su falsedad (J.J. Larrea se había limitado a ir más lejos que los demás en la tesis de la exageración), que todavía no sólo está por demostrar, sino porque se ref un intento de demostración. %p

note131 Al menos, he tratado de justificar la existencia de una frontera. No conozco ningún estudio que haya intentado probar que toda Navarra seguía formando parte del territorio de los vascones (o que Pamplona controlaba la mayor parte de esa zona). Es algo que se da por hecho. Lo hizo ya Julio Caro Baroja: “La arruinada Pamplona estaba en sus manos [de los vascones], así como la zona montañosa de Navarra y Aragónque está al N. del Ebro [?]. Las líneas avanzadas de godos e hispanorromanos van a lo largo del mismo río por sus dos orillas” (“Los Pueblos del Norte”, p. 138; la afirmación contradice lo que ha escrito unas líneas más arriba: “Tengo como muy probable que la conservación de la vieja lengua prerromana en esta época se circunscribiera ya a la zona montuosa vagamente marcada por el Ravenate, y que los nombres de Vasconia y vascones contuvieran para los autores más primitivos de la Edad Media un sentido lingüístico. Para san Isidoro, el vascón es el habitante del monte, […] a denominación semejante no se le puede dar el sentido antiguo”). La idea de que toda Navarra formaba parte del territorio de los vascones es, pues, una creencia, que, a mi juicio, se basa en dos prejuicios, que también explican por qué la cuestión no se haya debatido:</note>

1) La influencia de la geografía actual, pese a que todos sabemos que no hay unidades de destino en lo universal. De hecho, la existencia de una provincia de Asturias ha propiciado que —también sin discusión— la geografía de los astures de la época de los reinos germánicos se haya reducido al territorio asturiano, que es sólo la quinta parte del que tuvieron en la Antigüedad (he tratado la cuestión, creo que por primera vez, en “La Asturias de los astures durante los siglos V-VII según las fuentes literarias de la época”, pp. 86 y 92-94, principalmente; compárense las enormes diferencias entre las fuentes sobre los astures y las de los vascones; para la comparación con las fuentes sobre los cántabros, v: J.R. Aja, M. Cisneros y J.L. Ramírez, Los cántabros en la Antigüedad).%p

2) La influencia de la geografía antigua. De hecho, se ha dudado más de la pertenencia de Vizcaya o Guipúzcoa al territorio de los vascones en la época de los reinos germánicos que de la del sur de Navarra. Pero ese argumento queda contrarrestado por el de la geografía de la época inmediatamente posterior a la de los reinos germánicos. Es más: la frontera musulmana en Navarra durante el siglo VIII se explica por la existencia de una frontera visigoda.%p

Esa geografía no demostrada de la Vasconia de los primeros siglos de la Edad Media es un fundamento esencial de la teoría de los tópicos sobre los vascones. La barbarie, la belicosidad y la independencia no pueden aplicarse a los habitantes del sur de Navarra (y de Calahorra, a la que también se ha seguido considerando vascona bastantes veces). Pero, para convertir esos caracteres en estereotipos, habría que probar antes que las fuentes se refieren a esas gentes.%p

De la misma manera, tampoco pueden utilizarse Navarra o el País Vasco-navarro como unidades para el estudio arqueológico, porque la extrapolación de los datos del sur al norte puede dar lugar a conclusiones equivocadas. Eso es —a mi entender— lo que ha sucedido con la siguiente afirmación de A. Azkarate: “Todos esos fenómenos, conocidos en el Occidente europeo, están siendo observados en nuestro entorno geográfico, que se nos presenta, cada vez más, como un espacio plenamente integrado en los parámetros socio-económicos de su entorno” (“Los Pirineos occidentales…”, p. 97). Pero los fenómenos aludidos (“disminución de los lugares de hábitat”, “evolución de los núcleos urbanos”, transformación de las villas y “asentamientos de menor entidad”) no puede acreditarlos en Vizcaya, Guipúzcoa o el Pirineo navarro (salvo el primero, que lo es aún en mayor medida en estos territorios, lo que no estimo que pueda interpretarse en el sentido apuntado por A. Azkarate). El diagnóstico de C. Wickham me parece mucho más acertado: “Aunque Vasconia no es un conjunto geográfico, ¿existe aún mínimamente como entidad independiente a nivel de la cultura material? Quizás no. La continuidad de la cultura material de Álava no es sólo con Navarra, sino también con el norte de Castilla y el sur de Cantabria, hablando en términos de regiones actuales. De manera parecida, es probable que el norte del País Vasco tuviese relación con el norte de Cantabria y el este de Asturias, así como con el suroeste de Francia. […] en general parece claro que dentro de la cultura material excavada en el norte de España, Vasconia tiende a estar entre las más simples, incluso en el sur. Los siglos VI y VII son mucho más simples que en otras partes de la España norteña, incluso las zonas más ricas de Álava y Navarra, tanto en castros como en villas, que en otras zonas perviven más allá del siglo V” (“Conclusiones”, pp. 87-88; los subrayados son míos). %p

note132 Se equivoca nuevamente M. Pozo: la independencia de los vascones (y, por tanto, la existencia de una frontera) no es una concepción previa, sino que es algo testimoniado por las fuentes, como lo demuestra el hecho de que se trata de la communis opinio entre los historiadores.</note>

La equivocación resulta más grave aún si se tiene en cuenta que es M. Pozo el que somete a las fuentes a una concepción previa sobre los vascones, que es la que le permite la impugnación. De hecho, no aporta en todo un artículo ni un solo argumento que cuestione la veracidad de algún detalle de alguna noticia. Lo único que realiza son juicios de intenciones, que sólo son opiniones.%p

note133 Por una vez, es cierta la acusación. Lo que sucede es que no veo las razones para la censura, ni M. Pozo las explicita, pues no indica qué fallo concreto cometí por semejante dejación. </note>

Como he señalado supra (n. 121), uno de los principios que sigo es la “preferencia por la solución más sencilla frente a la compleja”. san Isidoro escribió cuatro textos sobre los vascones y otra infinidad sobre innumerables pueblos. En principio, no tengo que preguntarme por qué escribió sobre cada uno de ellos, porque tampoco me lo pregunto con cada autor que ha escrito algo sobre un pueblo, puesto que, entre otras cosas, todavía estaría recOpilando información y no podría haber publicado nada. A no ser que se piense que estos escrúpulos sólo tienen sentido con los vascones. Pero pretender la existencia de una excepción vascona en la lectura de las fuentes me parece mucho peor.%p

Tres de las cuatro menciones de san Isidoro sobre los vascones son noticias de la Historia Gothorum; no veo motivos tampoco para establecer una excepción isidoriana y no considerar al obispo hispalense como un cronista más que trata de narrar unos hechos. El otro texto corresponde a Las Etimologías, y responde al deseo de dar una explicación del nombre de los vascones, como hizo con más de un centenar de gentilicios. No hay ninguna razón para suponer que para el obispo hispalense los vascones tuvieran un interés especial; y mucho menos para volver a suponer que ese supuesto interés convierte en sospechosas sus informaciones. Insisto: cuando se tiene una explicación suficiente y sencilla, no tiene sentido buscar otra más compleja, sobre todo cuando ésta se tiene que construir con suposiciones.%p

Y no tiene sentido también porque las noticias sobre los vascones no contienen nada que permitan sospechar de la solución sencilla. Las noticias de la Historia Gothorum no presentan nada que no se pueda encontrar en las otras crónicas. Y, aunque supusiéramos como J.J. Larrea que san Isidoro influyó en las crónicas posteriores, esto no explicaría el parecido, porque la historia de las incursiones de los vascones no comienza con el obispo hispalense. Tampoco hay nada inverosímil en dichas noticias que permita cuestionar su veracidad (no lo es que los vascones se rindieran cuando apareció el ejército del rey, porque siempre fueron derrotados por los ejércitos visigodos, lo que tampoco resulta sospechoso). Lo inverosímil es pretender que san Isidoro se está inventando una noticia, cuando sus lectores contemporáneos sabían lo que había pasado. Puestos a apostar, prefiero hacerlo por la fiabilidad de los historiadores, antiguos o contemporáneos, mientras no se demuestre lo contrario (y en el caso de san Isidoro, ningún especialista en su obra ha impugnado hasta la fecha ninguna de sus noticias sobre los vascones, lo que sí habría sido motivo para que me hubiera planteado por qué el obispo hispalense introduce a los vascones en su obra o el tratamiento que les otorga en la misma). No tengo otra forma de hacer Historia, que es lo que quiero, pues la historiografía, que sería lo único que podríamos hacer si no confiáramos en las fuentes, es un género menor y no me interesa. %p

Evidentemente, no lo entiende así M. Pozo. Pero por eso he hablado de la metodología de buscar tres pies al gato. Porque eso es un método basado en juicios de intenciones, muy difíciles de demostrar en cualquier caso, y que en la teoría de los tópicos de los vascones no se han demostrado. Y difícilmente se va a demostrar algo en ese sentido con descalificaciones sobre Caro Baroja y sus incondicionales seguidores, que ya implican un juicio de intenciones que hace desconfiar de ese método.%p

note134 ¿Con qué informaciones piensa M. Pozo que se puede estudiar el contexto político del año 621? De hecho, en las breves exposiciones sobre la campaña de Suintilla contra los vascones que loa, no se encuentra tampoco ese estudio. Es más: como se señaló, E. Moreno fechó en el 623 dicha campaña en las dos ocasiones que se ha referido a ella (v. supra n. 94), y eso no ha mermado la confianza que le merecen sus interpretaciones.</note>

¿Qué más se puede resaltar que el hecho de que ésa fue una campaña más contra los vascones en el primer año de un reinado, como lo fueron la inmensa mayoría? (Domuit Vascones, pp. 171-172, donde escribí: “Esta circunstancia, que difícilmente puede ser accidental, puede indicar que o bien los vascones aprovechaban la crisis que en un reino teóricamente electivo podía provocar la muerte del rey y la entronización del sucesor, o bien el nuevo monarca debía iniciar su mandato arreglando la situación de la frontera con los vascones, desatendida por su predecesor”). Eso es lo que hice. Y es algo que avala, por cierto, la veracidad de la noticia de Isidoro de Sevilla.%p

note135 Esto es una aberración intolerable por varias razones. Lo es porque resulta inaceptable que quien no ha hecho una crítica textual de ninguna noticia de la época de los reinos germánicos descalifique así el trabajo de quien, en el peor de los casos, lo ha intentado, sin señalar, al menos, un punto concreto en el que se ha equivocado. Lo es también porque no se puede acusar al mismo tiempo de tener una concepción previa que se impone a las fuentes y de hacer una lectura literal de las fuentes, que es lo contrario. Es más: al juicio de M. Pozo, se le puede aplicar el refrán de que “piensa el ladrón de que todos son de su misma condición”. Efectivamente, el que tiene una concepción previa de los vascones es él. Es lo único que justifica sus sospechas sobre la veracidad de los textos y le permite justificarlas mediante el recurso a los juicios de intenciones, y no por los procedimientos ordinarios (contradicciones e inverosimilitudes). La única diferencia —eso sí, grande— con los defensores de la teoría indigenista de los pueblos del norte de España (que está en los antípodas de la teoría de los tópicos sobre los vascones) es que éstos sólo se limitaron a acusar a sus contradictores de no hacer lectura crítica de las fuentes.</note>

note136 La frase cobra sentido con la nota que la apostilla: “Argumento al que ha recurrido, bien es cierto que en un trabajo de divulgación, Besga, A.: “La independencia de los vascones”, Historia 16, 314 (2002), p. 12: «Pues bien, el mayor sabio del siglo VII no acertó en una sola de sus informaciones. Y si san Isidoro, que tenía a los vascones enfrente y hablaba con los reyes que les combatían, no llegó a conocerles bien, se comprenderán las dificultades que tienen hoy los historiadores para hacerlo.»”</note>

Pero la reproducción de la frase, fuera de contexto y puesta por M. Pozo en otro, conduce a error. No me estaba refiriendo a las informaciones de la crónica de Isidoro, sino a su definición sobre los vascones en Las Etimologias, que es un texto de naturaleza muy distinta. Además, la frase se situaba en una introducción, cuya finalidad era explicar las dificultades que presenta la historia de los vascones en los primeros siglos de la Edad Media con unas fuentes como las que tenemos. En todo caso, la frase da cuenta del tipo de lectura literal de las fuentes que practico, aunque a estas alturas ya podemos ser conscientes de que M. Pozo llama “lectura literal de las fuentes” a cualquier interpretación basada en la documentación que no coincida con la suya.%p

No obstante, lo más importante es que la frase que apostilla esta nota —y cuya justificación es más que discutible— permite a M. Pozo dar un giro a su argumentación, que recuerda las maniobras de los prestidigitadores cuando desvían la atención del público para lograr sus propósitos. Efectivamente, a partir de esa frase, M. Pozo abandona la campaña de Suintilla contra los vascones —sin haberla comentado siquiera— para apuntarse una victoria tan fácil como estéril con una crítica de la explicación del nombre de los vascones redactada por san Isidoro, que no puede demostrar nada sobre la veracidad de las noticias de la Historia Gothorum, que es lo que verdaderamente interesa. Hecho esto, M. Pozo —como comprobaremos— regresa a la crónica de Isidoro de Sevilla, dando por demostrado lo que ni siquiera ha intentado demostrar.%p

note137 Dado que todavía no ha cambiado de tercio, ¿quiere hacernos creer M. Pozo que las informaciones cronísticas de san Isidoro, que son de las únicas de las que ha hablado hasta este momento, provienen de la erudición? La demasía se comenta por sí sola.</note>

note138 Montivagi es el único indicio que indica M. Pozo para impugnar la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones. Pero ese adjetivo no aparece en Las Etimologías, donde únicamente se dice que los vascones “habitan las extensas soledades de las cumbres de los montes Pirineos”, lo que no resulta sospechoso. Ni tampoco en los textos de san Jerónimo, que habrían inspirado a san Isidoro. Y aunque hubieran aparecido, no se demostraría nada sobre la veracidad de la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones.</note>

Aquí se podría dejar la cuestión, pues en esos términos fue planteada por M. Pozo. Bastaría destacar lo forzado del excursus del autor por el texto de Las Etimologías.%p

Pero el asunto no termina ahí, lo que demuestra el carácter forzado de ese excursus. Las sospechas que suscita montivagi están relacionadas con el empleo anterior por Venancioa Fortunato del adjetivo vagus referido a los vascones, que es lo que planteó J.J. Larrea (“Aux origines…”, pp. 144 y 148). Para este autor, “explicaciones de orden puramente literario dan cuenta de los adjetivos, expresiones e imágenes concedidos a Vasco de manera más satisfactoria y menos dependiente de coyunturas no verificables” (p. 131). Pero esto es tan fácil de afirmar como difícil de demostrar. Desde luego, no es más fácil de verificar el origen literario de una noticia sobre los vascones que su relación con la realidad. De hecho, es el principio que nos sirve para intentar hacer Historia. Y no cabe pensar que no rija en la historia de los vascones, cuando precisamente la teoría de los tópicos sobre los vascones aboga por eliminar su excepcionalidad.%p

En este caso, habría que probar: 1) que Venancioa Fortunato utilizó un adjetivo que no tenía ninguna relación con los vascones reales; 2) que Isidoro de Sevilla utilizó montivagi por la influencia del poeta franco, sin preocuparse si se correspondía con la realidad; y 3) que la utilización de ese adjetivo afecta a la credibilidad de la noticia (piénsese que hace una generación no se utilizaban palabras como, por ejemplo, “tardoantiguo”, “alteridad” o “gobernanza”: ¿quiere decir eso que los que las emplean ahora están copiando a quienes las pusieron de moda?) Todo ello sólo puede hacerse mediante supuestos. Y con ello, únicamente se habría resuelto un caso. Habría que solucionar muchísimos más, y no resulta razonable requerir constantemente la confianza del lector con soluciones tan forzadas.%p

Porque veamos: ¿es un error tan clamoroso llamar a los vascones “montivagi” como para sospechar de la veracidad del testimonio contemporáneo de san Isidoro? Hay que tener presente que el obispo hispalense no empleó ese adjetivo para denostar a los vascones, a los que —por cierto— nunca llamó “bárbaros”, “feroces” o “pérfidos”, que son las palabras que han suscitado las críticas de los que desconfían de la fiabilidad de los textos disponibles. san Isidoro introduce ese adjetivo para explicar la rendición de los vascones. Y el hecho y su explicación encajan en la historia conocida y resultan verosímiles. Los vascones fueron siempre derrotados en los llanos por los ejércitos visigodos; y es lógico que fuera así: su superioridad provenía de la sorpresa de sus ataques, y terminaba cuando el ejército real aparecía. En cambio, en los montes podían lograr victorias, como la conseguida en el 635 contra un ejército franco mandado por un duque, que fue completamente masacrado, o la obtenida en Roncesvalles sobre la retaguardia de Carlomagno, en la única batalla que perdió un ejército dirigido por él. Por cierto: me gustaría ver cómo se puede explicar estas dos noticias mediante la teoría de los tópicos de los vascones, cuyo silencio sobre éstas y otras noticias es muy elocuente. %p

Desde luego, no hay ninguna falsedad en la caracterización de los vascones como “montañeses.” Tampoco hay razones para considerar que el vagus sea un exceso inaceptable. Por una parte, las constantes incursiones de los vascones en los territorios vecinos son razón suficiente para justificar que los visigodos pudieran considerarles “montivagi”; en ese sentido ha interpretado el adjetivo Elena Torregaray Pagola: “san Isidoro les llama montivagi, es decir, que bajan de la montaña, causan estragos en las viñas, incendian las casas y cogen cautivos” (“Eginhardo, Suetonio y la perfidia de los vascones”, p. 446). Por otra parte, como reconoce M. Pozo, “los macizos montañosos nunca han acogido núcleos de población estable” (op. cit., 193); aunque eso lo escribió para justificar la escasez de hallazgos romanos en el mapa de Caro Baroja, sirve evidentemente para lo que nos interesa ahora. También, como no podía ser de otra manera, J.J. Larrea reconoció el carácter inestable del poblamiento de las montañas vasconas (La Navarre..., pp. 70, 79 y 121). E. Torregaray estima que el pasaje de la Vita Karoli imperatoris en el que Eginardojustifica que los francos no pudieron vengarse de la emboscada de Roncesvalles por la huida de los asaltantes (c. 9) testimonia que “para los francos eran [desconocidos] los centros de población o lugares fortificados localizados donde pudieran encontrar a los vascones” (ibid., p. 444). No hay razones, por tanto, para sospechar del empleo del adjetivo “montivagi” y, mucho menos, de la noticia en la que se halla. Y éste —repito— es el único argumento concreto enunciado por M. Pozo en la crítica de la noticia de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla.%p

note139 No lo dirá por mí, que soy el autor en el que ha centrado la crítica en lo que debería haber sido un análisis de la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones (v. Domuit Vascones, p. 483). No sé cuántos estudiosos de la materia de Vasconia habrán cometido ese fallo. Pero si algún investigador lo ha hecho, el asunto no tiene la importancia que M. Pozo le ha conferido. Ningún historiador ha dado crédito a la definición de san Isidoro, y, por tanto, ninguna conclusión equivocada sobre los vascones se ha deducido de ese documento. Además, el texto no dice nada sobre la barbarie de los vascones (ni sobre su independencia ni belicosidad), y, por tanto, tampoco tiene la importancia que necesita darle M. Pozo. De hecho, en un estudio sobre la barbarie de los vascones, es el único testimonio que entra a analizar.</note>

En todo caso, nótese que —otra vez— M. Pozo traza un cuadro terrible sobre la historiografía de los vascones en la época de los reinos germánicos. Lo que sucede es que la falta de precisión en la expresión, que me parece más importante que la metodología (v. supra n. 74), la pagamos los demás. %p

note140 Pero lo importante para lo que nos interesa ahora es que, pese a la copia, no hay nada sospechoso en la definición de san Isidoro. Nadie ha podido publicar nada en ese sentido. En conversación, se me ha respondido que el obispo hispalense trataba de justificar el dominio visigodo sobre la Vasconia peninsular. Pero ese supuesto entra en contradicción con la teoría de los tópicos sobre los vascones, porque en esta interpretación el dominio godo de ese territorio no está cuestionado y, por tanto, no debería haber necesidad de justificarlo. Por otra parte, no se entiende cómo el texto de san Isidoro puede justificar ese dominio. Tampoco tiene sentido suponer que los reyes godos necesitaran justificar el dominio de alguna parte de Hispania (o de cualquier otro lugar), ni pensar que san Isidoro se dedicara a esos menesteres. Es más: la definición de los vascones se encuentra después de las de los galos y antes de las de los pueblos hispanos, lo que permitiría deducir que san Isidoro no consideraba hispanos a los vascones (que, realmente, habían dejado de serlo, al quedar al margen de la fase del proceso de hispanización que supuso el reino visigodo). El propio J.J. Larrea ha reconocido que “Vasconia siempre es una preocupación muy marginal en la obra” de “Isidoro, Venancioa Fortunato, Gregorio de Tours o Julián de Toledo” (“Territorio…”, p. 20). Aunque J.J. Larrea lo dice para relativizar la importancia de los testimonios de esos autores, el argumento —que es válido— sirve también para lo que nos interesa ahora. </note>

No hay que darle más vueltas al asunto. Ni siquiera se puede recurrir en este caso al cui prodest. El obispo hispalense simplemente trató de solucionar como pudo el problema de la etimología de “vascones”, como hizo con otras muchas definiciones de gentilicios (y como han hecho otros, también equivocadamente, con el nombre de “vasco”, sin que se haya visto otro propósito, como, por ejemplo, José de Moret, que lo relacionó con la palabra vasca “baso”, y dedujo que “vascón” significaba “montañés”). Y encontró la solución identificando vasco con vacceo (que fuera Isidoro de Sevilla el autor de la confusión, como es probable, o que ya existiera, como es posible, resulta irrelevante ahora). Muy posiblemente también, san Isidoro, tan aficionado a Las Etimologías, tomaría nota en su día de la que le ofrecía san Jerónimo sobre Convenarum, y aprovechó la ocasión para reproducirla. %p

note141 Ciertamente, resulta dudoso que san Isidoro o cualquier otro escritor tuviera un conocimiento preciso sobre los vascones. Pero esto apenas tiene importancia, porque ninguno nos da una información detallada que exija un gran conocimiento. No estamos ante descripciones como las de Estrabón, que sí plantean problemas como los que sugiere M. Pozo, sino ante referencias muy generales que no implican unos conocimientos especiales (y que, sobre todo, no entran en contradicción con lo que sabemos).</note>

note142 Una vez más, la falta de precisión favorece las pretensiones de M. Pozo. La afirmación es válida sólo para Las Etimologías. Y es algo sobradamente conocido (M. Reydellet, “La signification du livre IX des Etymologies: Erudition et actualité”). Pero no puede aplicarse a la Historia Gothorum, como pretende M. Pozo, porque es evidente que las noticias de las campañas contra los vascones de Recaredo, Gundemaro y Suintilla no provienen de fuentes del saber, sino de unos hechos que sucedieron en esos reinados (y que no consta que antes hubieran sido contados por otro). </note>

Uno de los fallos principales de la teoría de los tópicos sobre los vascones es que no distingue entre los distintos tipos de textos, con lo que se da el mismo tratamiento a unos versos que a las noticias de las crónicas, lo cual no estimo que pueda considerarse un avance metodológico. Ciertamente, J.J. Larrea ha tratado de justificar este criterio: “Isidoro opera el paso del retrato literario de los vascones de la poesía a la historia, recreando su imagen y aplicándola a la transmisión de los acontecimientos. Se trata de ejemplo de la hibridación de géneros bajo la penetración dominante de la retórica —la retorizzazione general— que caracteriza la literatura tardoantigua. Apoyada por el prestigio y la influencia del Sevillano, el cliché que nos ocupa va a tomar una magnitud y sobre todo una utilidad nuevas” (“Aux…”, p. 146). Pero afirmar no es demostrar, y más cuando la empresa es particularmente difícil. Baste recordar que J.J. Larrea no dedicó ni una línea a tratar de probar la influencia de san Isidoro sobre la Crónica de Fredegario, esto es, la obra que más noticias proporciona, con diferencia, sobre los vascones. %p

note143 Vemos, pues, cómo M. Pozo regresa a la Historia Gothorum para aplicar abusivamente las conclusiones que cree haber conseguido con Las Etimologías. Pero ¿cuál es la lógica interna del texto? El autor sólo censura lo que hacemos, pero nunca indica cómo lo deberíamos haber hecho. Debería indicar cuál es esa lógica —a poder ser argumentadamente— para poder discutir sobre algo concreto.</note>

note144 En la nota correspondiente, el autor cita el artículo de R. Collins “The vaccaei, the vaceti, and the rise of Vasconia”, con su paginación completa. Sin embargo, en ese estudio sólo hay un párrafo relacionable con la afirmación que pretende apostillar la nota, y en el que únicamente se afirma que san Isidoro fue el responsable de la difusión de “vacceos” como sinónimo de “vascones” (p. 214), lo que es algo aceptado por todos. Cuando se están proponiendo interpretaciones difíciles y complicadas de textos, basadas en meras afirmaciones, un error como éste en un texto tan claro resulta muy significativo.</note>

El estudio de R. Collins (que tampoco es uno de “los estudiosos de la materia de Vasconia [que] han obviado sistemáticamente algo que no era desconocido para los filólogos”) es un ejemplo de cómo hay que demostrar las manipulaciones de los textos. En este caso, se trata de la extensión del nombre de “Wasconia” a toda Aquitania y del gentilicio “wascones” a todos sus habitantes en las fuentes francas, que respondería al deseo de desprestigiar al duque de Aquitania y a los aquitanos, independizados y enfrentados a los francos (pp. 216-223; es la principal aportación del estudio), lo que dice mucho del concepto que se tenía de los wascones. En cambio, en la confusión entre vacceos y vascones, R. Collins no ve más que un error (pp. 212-213), como en la posterior identificación entre éstos y los Vaceti (pp. 214-216).%p

Por cierto, R. Collins%p, al reproducir la definición de los vascones de Las Etimologías, introduce la glosa Vacceos invictos a nulla gente obtentos (op. cit., p. 212), que seguramente fue añadida muy poco después (K. Larrañaga, “Sobre el obispado pamplonés en época visigoda”, p. 312; el autor, que tampoco es uno de “los estudiosos de la materia de Vasconia [que] han obviado sistemáticamente algo que no era desconocido para los filólogos”, asegura que M.C. Díaz y Díaz%p le comunicó que la adición fue introducida por san Braulio entre 628 y 630). Todavía se está a la espera de una explicación de esa frase mediante la teoría de los tópicos sobre los vascones, que les considera materia vincendi.%p

Por último, hay que señalar que, ya que M. Pozo está parafraseando a J.J. Larrea, lo lógico es que hubiera apostillado la afirmación con una referencia a este autor, que es el único que ha tratado de argumentarla: “Aux origines…”, pp. 152-155. Pero en esas páginas lo único que se encuentra realmente es el comienzo de una demostración de una cuestión muy difícil de probar, centrada, además, únicamente en las fuentes hispanas.%p

note145 Op. cit., pp. 195-199.</note>

note146 V. supra el texto referido a la n. 60. </note>

note147 Puestos a sospechar, habría que sospechar de todo y no sólo de las menciones de pueblos.</note>

note148 Por ejemplo, resulta imposible demostrar que Gundemaro derrotó a los vascones, como testimonia san Isidoro. Pero también es imposible demostrar que la noticia es falsa.</note>

note149 Como dice el Evangelio: el que busca, encuentra. Por eso, no hay imposible que pueda ser vencido en Humanidades. Basta estar motivado suficientemente y tener amplitud de criterios para llevarse el gato al agua (lo que hemos visto que no resulta difícil con los textos altomedievales).</note>

Siguiendo con ese tipo de metáforas, he de reconocer que tal vez pueda aplicárseme la del gato escaldado con respecto a las nuevas lecturas sobre textos muy leídos. Como estudiante, tuve un profesor de Historia del País Vasco que fue un adelantado en la deconstrucción de textos. Cada vez que tropezaba con un texto que ofrecía una imagen que podía ser negativa sobre los vascos, se producía un silencio tenso en clase; sabíamos que iba a desencadenarse una tormenta. Buscaba en toda la biografía u obra del autor de la frase algún elemento que pudiera desacreditarlo; logrado el objetivo, desacreditaba también el testimonio. Como investigador, me formé en la crítica de las ingeniosas lecturas de las fuentes de A. Barbero y M. Vigil, que permitieron revolucionar completamente la historia de los comienzos de la Reconquista (y que constituyen la lectura opuesta a la que propone la teoría de los tópicos literarios). En cambio, tuve otro profesor, Juan María Apellániz, al que le gustaba recordar que sobre juicios de intenciones no entra la Iglesia. No sé hasta qué punto el dicho se corresponde con la realidad. Tampoco considero que sea un principio de obligado cumplimiento. Pero estimo que cualquier juicio de intenciones debe estar muy justificado, como cualquier lectura novedosa de un texto ya analizado por otros.  %p

En este asunto —como en muchos otros— el principìo evangélico aplicable es: “por sus obras, los conoceréis”, también de Mateo. Y si los vascones parecen independientes, se comportan como independientes y son tratados como independientes es que serán independientes, y no hay que darle más vueltas al asunto.%p

note150 La Navarre…, p. 149.</note>

note151 Es evidente que los vascones protagonizaron muchas más incursiones que las que recogen las fuentes: 1) porque en las fuentes hay indicios en ese sentido, como en la carta de san Braulio a san Isidoro del año 625; 2) porque desde ese año no tenemos en España información cronística y las guerras contra los vascones son conocidas por menciones incidentales; y 3) porque no resulta verosímil suponer que todas las expediciones vasconas provocaran la respuesta del ejército real, como sucede en las fuentes, con la excepción significativa de la inscripción de la lápida de Opila, que es un testimonio de otro género. Es más: el hecho de que la mayoría de las campañas visigodas contra los vascones se produzcan en el primer año de un reinado, parece indicar que el nuevo monarca trataba de corregir una situación heredada por la negligencia de su predecesor. </note>

note152 Adrian Goldsworthy ha destacado cómo los emperadores tardorromanos, a diferencia de sus predecesores, combatieron personalmente contra pequeños ejércitos invasores: “Lo que realmente marca la diferencia con periodos anteriores [al siglo IV] es el número de veces que Amiano Marcelino] describe escenas en que los emperadores se hacían cargo en persona de operaciones realmente pequeñas. En el siglo I ó II, esas cuestiones le habrían correspondido a un gobernador senatorial, o con frecuencia a uno de sus subordinados” (La caída del Imperio Romano, p. 286).</note>

note153 La Navarre…, p. 149. Dadas las exigencias que están poniendo para la consideración de las incursiones de los vascones como invasiones, cabe recordar que la Real Academia Española define “invasión” como “acción y efecto de invadir”, e “invadir”, como “irrumpir, entrar por la fuerza”, en su primera acepción. </note>

note154 “El parecido del relato con el topos que emplea Venancioa Fortunato en su elogio de Chilperico, justamente después de la mención del vascón temeroso, es bien visible. Puede que el uno dependa del otro, Isidoro ha establecido una relación que la lectura deFortunato sugería ya. Sin embargo, no se puede pretender una identificación segura en un género tan repetitivo como el panegírico. El lugar común del pueblo que prefiere el sometimiento a la guerra, a causa del temor al soberano, está en efecto también presente en el principio del elogio de Justino II por Corippo, cuya circulación por la España visigoda está constatada. ¿Qué decir de un cliché tan usado como el del pánico de los enemigos (cf. por ejemplo Pan. Lat VI, iv, 4; X, iii, 5)? Isidoro conocía la tradición retórica. Ahora es más interesante destacar la manera con la que el Sevillano utiliza a los Vascones para realzar, mediante contraste, la fuerza y majestad reales. Contrariamente a lo que ha sido a menudo pretendido [¿por quién?], el papel de los Vascones en la literatura hispanogótica está lejos de ser análogo al de Cántabros indomables [que, a diferencia de los vascones de los primeros siglos medievales, fueron domados con relativa rapidez]. Efectivamente, los primeros son un buen pueblo para ser vencido. Si Fortunato insinuaba ya este rasgo en los elogios de Chilperico y Galactorio, Isidoro lo presenta explícitamente: la sola presencia de Suintilla entraña el efecto inmediato de devolver a los Vascones a la obediencia más dócil; los soldados de Recaredo toman el combate con ellos como un juego [como contra los bizantinos: ¿también puede predicarse de ellos lo mismo?]. Los Vascones son también materia vincendi” (“Aux origines...”, p. 147).</note>

Los versos de Fortunato que, según J.J. Larrea, habrían inspirado el relato de san Isidoro son: “[Al rey Chilperico] temen el godo, el vascón, el danés, el euthio, el sajón, el britano, domados por ti y por tu padre, según consta, en combate” (Carmina, IX, 1, Ad Chilpericum regem in conuentu episcoporum, vv. 73-74). Dejo la evaluación del parecido al lector. Puestos a solucionar la cuestión con pareceres, indicaré el mío. Me parece que el relato de san Isidoro tiene muchas más posibilidades de parecerse a lo que sucedió en la realidad que a los tópicos que refiere J.J. Larrea. No hay nada extraño en una rendición cuando se es sorprendido en territorio enemigo por el ejército real: le pasó hasta un ejército napoleónico en Bailén (que en el famoso cuadro de La capitulación de Bailén se puedan detectar influencias de otros pintores en José Casado de Alisal no cuestiona la rendición de los franceses). Que unos invasores se rindan no es lo mismo que rendirse sin combatir a un invasor. Incluso los detalles de la rendición referidos por san Isidoro pueden ser reales, pues, como ha demostrado R. López Melero, se acomodan a una deditio realizada por gentes que desconocían la lengua latina (“Una deditio…”, pp. 470 y ss.). Hay que tener en cuenta, además, la importancia de los gestos en aquélla época, hasta el punto de que Jacques Le Goff ha podido calificar a la Edad Media, en la que incluyó a la época de los reinos germánicos, como “la civilización del gesto” (La civilización del Occidente medieval, p. 436). Según el testimonio de la Crónica de Fredegario, también los jefes de los wascones escenificaron su sumisión en el año 636: “En el año decimoquinto del reinado de Dagoberto, todos los wascones que eran señores de aquella tierra vinieron con el duque Aigina a Dagoberto en Clichy; y allí aterrorizados por el temor al rey se refugiaron en la iglesia de San Dionisio. La clemencia de Dagoberto les perdona la vida” (IV, 78). Evidentemente, la vida de los seniores wasconum no corría ningún peligro. Tal vez, el autor magnificó algún incidente, pero seguramente la ceremonia requería gestos. Claro que siempre podrá decirse sin más que el autor de este pasaje de la Crónica de Fredegario estaba influido por san Isidoro.%p

note155 “Aux origines…”, p. 148.</note>

note156 Este principio sirve para otras lecturas de las crónicas hispanas altomedievales que descubren significados tan ocultos que habido que esperar hasta ahora.</note>

note157 Sea como fuere, lo relevante para la cuestión de la credibilidad del texto es que es imposible demostrar que san Isidoro falseó la narración para hacer de Suintilla un nuevo Pompeyo.</note>

note158 La Navarre..., pp. 149-150</note>

note159 La Navarre..., p. 149 (es el final de un párrafo en el que toda la argumentación se basa en la cuestión de Ologicus, y no hay comentario más concreto sobre la narración de la campaña de Suintilla contra los vascones). Que Olite ya existiera no minimiza la importancia de la fundación de Ologicus hasta el punto que quiere J.J. Larrea. Es lo que ha sucedido muchas veces con la fundación de una ciudad. Sin ir más lejos, Pompeyo nos proporciona un ejemplo y en Pamplona.</note>

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