Besga2012/events/8

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note80 Agustín Azkarate, “La arqueología y los intereses historiográficos (De los postulados vascocantabristas a las necrópolis tardoantiguas de influencia nordpirenaica)”, pp.35-39. El autor sólo cita a Caro Baroja para señalar que dio prestigio a la teoría (p. 38), con la que no está de acuerdo (“El País Vasco…”, pp. 30-32).</note>

note81 Es lo que se puede comprobar en la obra más importante y extensa sobre la romanización en el territorio de los vascones y sus vecinos, que además es muy reciente: El hecho colonial romano en el área circumpirenaica occidental de Koldo Larrañaga, que es uno de los autores citados por M. Pozo como seguidor incondicional de Caro Baroja y que, desde luego, no habla de oídas en la cuestión de la romanización. Cabe destacar que K. Larrañaga utiliza el binomio ager-saltus para vertebrar buena parte de su estudio. V. también Milagros Esteban Delgado, El País Vasco atlántico en época romana.</note>

note82 Tampoco hay nada extraño en la desigual romanización del territorio de los vascones y de sus vecinos, que ya presentaban grandes diferencias entre el norte y el sur antes de la conquista romana (como sucedía con los de los astures y los cántabros). Lo extraño habría sido una romanización homogénea en un territorio con tantas diferencias. Además, coincide con lo que ha sucedido con muchos fenómenos importantes antes y después de los romanos, incluso en nuestros días, como señalé en “Países Vascos” (o con lo sucedido con la romanización de los astures, distinta en las dos vertientes de su territorio). Piénsese, por ejemplo, que si Guipúzcoa hubiera sido un territorio normalmente romanizado, no se entendería su historia en la segunda mitad del primer milenio (he tratado el asunto en “Guipúzcoa durante la Alta Edad Media”).</note>

note83 Lo que sí conozco es a autores que han seguido creyendo en una independencia vasca en época romana: %p

Roma “nunca pudo imponer totalmente su dominación a los pueblos pirenaicos, ferozmente independientes” (J. Allières, Los vascos, p. 55).</note>

“Nadie pudo realmente vencer o conquistar al pueblo vasco, ni los celtas, ni las legiones de las que recibieron el nombre latino de vascones [!] ni siquiera los godos y tampoco los moros o árabes” (F.K. Mayr, El matriarcalismo vasco, p. 26).%p

“Los vascos no habían sido totalmente sometidos por los romanos, y tampoco los visigodos lograron dominarlos. No porque éstos no lo intentasen, sino que las expediciones llevadas a cabo con este fin a lo largo de los siglos VI y VII acabaron, por regla general, en sendos desastres” (P. Bonnassie, “La época de los visigodos”, p. 15; se equivoca también en lo referente a los visigodos, pues no consta que sus campañas fueran de conquista). Este pasaje resulta muy significativo, pues no sólo P. Bonnassie es el director de la tesis doctoral de J.J. Larrea, sino que se ha sumado con igual entusiasmo a la nueva interpretación de éste, criticando —con sorprendente desapego— las interpretaciones anteriores como leyendas negra y heroica (La Navarre..., pp. 5-6), cuando entre una y otra hay suficiente espacio para interpretaciones basadas en las fuentes.%p

note84 Op. cit., pp. 195-196. Aunque figuro en segundo lugar en esa lista, estimo que debería cerrarla. Y es que los autores que me acompañan en la cita, son, como diría Juan Ignacio Ruiz de la Peña, mis acreedores preferentes o los principales gigantes en que me he apoyado para escribir Domuit Vascones. </note>

note85 La Navarre…, pp. 111-160.</note>

note86 “La configuración de un espacio de frontera: propuestas sobre la Vasconia tardoantigua.”</note>

note87 “El periodo tardoantiguo en Navarra: Propuesta de actualización.”</note>

M. Pozo no cita siglos IV-VII)”]], publicada en la obra colectiva en la que aparece el estudio que menciona de J. Arce. Y, sin embargo, en ese segundo artículo de E. Resano, más extenso, la teoría de los tópicos tiene bastante más importancia. %p

note88 “Vascones y visigodos.” Prácticamente es el mismo estudio, párrafo por párrafo, que el publicado como “Vascones, visigodos e isaurios” y que el capítulo “Vascones y visigodos. Enfrentamientos y colaboracionismo” de su libro Esperando a los árabes.</note>

note89 Aunque el artículo se basa en los estudios de J.J. Larrea, M. Pozo sólo le cita en cuatro ocasiones, todas en notas a pie de página y para apostillar únicamente afirmaciones del texto. No señala que la nueva interpretación se inicia y se basa en esos estudios, pese a que el artículo de M. Pozo es, sobre todo, un estudio de historiografía.</note>

note90 Ciertamente, el autor muestra su escepticismo con algunas informaciones, pero no va más allá de lo que hemos hecho muchos.</note>

Sin embargo, sí parece que las conclusiones de J.J. Larrea (los vascones son campesinos empobrecidos o pobres diablos, instrumentalizados o no por la aristocracia) han podido influir en el estudio de I. Martín Viso, a tenor de lo que escribe sobre la frontera, que, como indica el título, es el principal objetivo de la publicación. Su interpretación me resulta confusa por las contradicciones que presenta:%p

“Este statu quo [de los vascones] ha sido interpretado en términos de independencia; si entendemos tal concepto como una situación en la que los liderazgos locales actúan al margen de toda autoridad central debido a la desaparición de ésta, es posible aceptarlo, aunque subrayando que no se implementó una estructura política centralizada que sustituyese al sistema romano. Pero debido a las connotaciones que esa noción posee referidas a los estados-nación contemporáneos, preferimos rehuirlo y hablar de espacios al margen de las autoridades, sobre todo por esa carencia de una articulación centralizada” (op. cit., pp. 132-133).%p

Es evidente que la independencia de un territorio o de una población no requiere de la existencia de un Estado. Que dicho concepto pueda ser instrumentalizado y malinterpretado no es razón suficiente para proscribirlo, pues, entre otras cosas, es un fenómeno relativamente frecuente en la Historia. Ahora bien, si se admite la independencia de los vascones (o su existencia al margen de las autoridades visigodas o francas), no entiendo cómo después se puede afirmar lo siguiente:%p

“Es cierto que las fuentes no denominan a los vascones como rebeldes, pero las revueltas de éstos representan un problema interno de los visigodos —como sucede al otro lado con los merovingios— de tal virulencia que son los reyes quienes acuden con los ejércitos. Así sucede porque los vascones participan en la vida política del regnum en colaboración con otros grupos, especialmente ciertos círculos aristocráticos de la Tarraconense, posiblemente utilizando su fuerza militar, como debió de ocurrir en Aquitania. Frente a lo que ocurre con los cantabri, la militarización de las élites vasconas propició que su inserción en la red visigoda se fundase sobre su capacidad guerrera en los confines del dominio toledano. En este sentido, el regionalismo vascón ha de ser entendido como una identidad original, sustentada en la militarización de sus élites, y no en la existencia de una etnia separada o una aspiración separatista. En buena medida, se trata de un comportamiento parecido al de la Septimania]], región alejada y fronteriza, foco de frecuentes revueltas pero integrada en la red política del regnum. Se puede hablar —como hace J.J. Larrea— de una conciencia regional animada por un proyecto aristocrático” (pp. 137-138).%p

Ante este planteamiento, cabe hacer las siguientes objeciones:%p

1) El que las acciones de los vascones obliguen a intervenir a los reyes visigodos (y también a los francos) no las convierte en revueltas ni en un problema interno del reino visigodo. Que esas acciones no sean calificadas como “rebeliones” en ningún caso, cuando tantas hubo, debería dar de pensar. Los astures sólo aparecen una vez en las fuentes de la época y, en cambio, fueron calificados como “rebeldes”. Y, además, no dieron lugar un problema interno de tal virulencia que obligara al rey a acudir con el ejército, pues bastó la intervención de un dux. De la misma manera, los vascones sólo aparecen tres veces enfrentados a los reyes asturianos, lo que es suficiente para acreditar su condición de rebeldes en varios textos.%p

2) A diferencia de lo que sucedió en Aquitania, donde las fuentes documentan la utilización de los vascones por la aristocracia galorromana contra los francos, no puede probarse que en España fueran utilizados contra los visigodos por la aristocracia Tarraconense. En la única ocasión que se ha intentado probar esa utilización de los vascones peninsulares, J.J. Larrea no lo consiguió, porque el conflicto de los vascones con Wamba es independiente de la rebelión de Nimes, que tampoco tiene que ver con la nobleza Tarraconense, y anterior a la rebelión del duque Paulo, que, en la Tarraconense, sólo tuvo éxito en Cataluña (he criticado la argumentación de J.J. Larrea en Domuit Vascones, pp. 228-234). No sabemos de dónde era Froia, que es la otra rebelión que puede interpretarse en el sentido querido por J.J. Larrea, pero parece que fue un godo. En todo caso, basta con comparar cómo se castigaba a los vascones y cómo se castigaba a los rebeldes, que por cierto, no encabezaron movimientos secesionistas (si Paulo, que es la excepción, se conformó con una parte del reino fue porque no podía aspirar a más). Una cosa es que los vascones se aprovechen de los conflictos en el reino visigodo e, incluso, participen en ellos —como hicieron los germanos con el imperio romano—, que es lo que puede acreditarse, y otra que fueran instrumentalizados por la nobleza más próxima. %p

3) La militarización de las élites vasconas (que se atestigua en las necrópolis descubiertas desde 1987) no implica “su inserción en la red visigoda”. Las armas encontradas en las necrópolis antes acreditan la influencia norpirenaica y el poderío militar alcanzado por los vascones, que explica tantas cosas y los aleja de la consideración de pobres diablos.%p

4) Que no haya aspiración separatista (entre otras cosas, porque los vascones no necesitaron separarse, ya que nunca estuvieron integrados en el reino visigodo) no significa que el fenómeno vascón sea un caso de regionalismo, que es lo que habría que probar. De la misma manera, la cuestión de si los vascones constituían una etnia o no es distinta de la de su independencia.%p

5) La comparación entre el comportamiento de los vascones y el de la Septimania es completamente improcedente.%p

6) La historia de los vascones que atestiguan las fuentes no es la de una conciencia regional animada por un proyecto aristocrático, como tampoco lo es la de ningún territorio del reino visigodo. Las rebeliones en esta monarquía electiva no fueron secesionistas, a diferencia de lo sucedido en la monarquía hereditaria vecina.%p

A tenor de lo que se ha podido demostrar hasta ahora, el País Vasco-navarro en los primeros siglos medievales no fue un espacio de frontera, sino un espacio con una frontera (lo que se perpetuó, por cierto, en las primeras centurias de la Reconquista]]). Una frontera distinta a las de ahora o a las de la Antigüedad, porque respondió a las circunstancias propias de la época de los reinos germánicos, derivadas de la muy desigual romanización (y cristianización del territorio) y de la forma en que desapareció en el territorio el imperio romano. La frontera no fue sólo política, sino social. No tenerlo en cuenta e incluir Pamplona o las grutas artificiales de Álava (sin la demostración correspondiente, que se me antoja muy ardua) en la caracterización de los vascones equivale a estudiar una sociedad que nunca existió (como, por ejemplo, hicieron Barbero y Vigil al mezclar los datos de astures, cántabros y vascones) y a hacer mucho más difícil la comprensión del comportamiento de los vascones. He defendido la existencia de un País Vasco-navarro visigodo en Domuit Vascones, pp. 287-331, principalmente. %p

note91 No es una apreciación personal: “En opinión de S. Castellanos [y se refiere a la obra citada], los Vascones que aparecen en las fuentes como bárbaros salvajes no son más que un estereotipo que, por determinadas circunstancias, ha sido adoptado por los autores modernos” (Juan Antonio Quirós Castillo, “Estudiar la Vasconia altomedieval a inicios del siglo XXI”, p. 11).</note>

S. Castellanos, que no admite que los vascones fueran unos campesinos empobrecidos (y, a mi entender, se muestra ambiguo a la hora de precisar su situación con respecto al reino visigodo), aborda en diez páginas la historia en la época de los reinos germánicos de astures, cantabros y vascones, incluidos los territorios del norte de Palencia y Burgos, La Rioja y el sur de Navarra (pero no el de los antiguos astures cismontanos, que llegaba hasta el Duero). El autor señala en la conclusión que el mayor obstáculo (greatest hurdle) para el estudio de los pueblos del norte en la Antigüedad Tardía y la primera Edad Media son los estereotipos producidos y reproducidos en las antiguas fuentes y adoptados por los modernos historiadores (pp. 501-502). Pero la forma que tiene de probar esos estereotipos resulta insatisfactoria por su simplicidad. Así, por ejemplo, considera que los emplea Tajón en su narración epistolar de la revuelta de Froia simplemente porque el texto también acredita que los vascones apoyaban a un rebelde visigodo, lo que significa “que no estaban tan alejados de los asuntos generales del reino” (p. 501). Una vez más, una posibilidad se convierte sin discusión en la solución (y con las fuentes en contra). Sin embargo, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que los germanos también apoyaron a emperadores y usurpadores romanos, que buscaron su ayuda, y eso no les hacía menos bárbaros. De la misma manera, la militarización de las élites y de la población no es incompatible con la barbarie, pues en muchos otros lugares se documenta en la Prehistoria y evidentemente se produjo también con los germanos. Además. si se quieren explicar las peculiaridades de los vascones como consecuencia de “las estructuras sociales locales, que, a diferencia de cualquier otra región de la Península, se orientaron principalmente hacia la guerra” (ibid.) habrá que buscar —como en el caso de la tesis de los campesinos empobrecidos— una explicación que justifique tal situación. La tesis de la subromanización de los vascones del norte del País Vasco-navarro no sólo está acorde con las fuentes, sino que nos da una explicación última, que, además, puede justificarse por la historia del territorio durante el imperio romano.  %p

note92 J.A. Quirós Castillo, que considera que la propuesta de J.J. Larrea es “en general convincente”, ha calificado las publicaciones citadas de E. Moreno y J. Arce%p “como importantes estudios sobre los textos” (“Los paisajes altomedievales en el País Vasco, 500-900”, pp. 46 y 29; son los dos únicos que cita como ejemplo del trabajo que se ha hecho con las fuentes escritas en los últimos años). No entiendo cómo a estas alturas del desarrollo de la historiografía se puede considerar un estudio importante de las fuentes a uno que sólo tiene cuatro páginas, aunque de gran formato, como es el de J.Arce.</note>

Lo que empiezo a entender ahora es que en la aceptación de las tesis en la historiografía de la Alta Edad Media sobre los pueblos del España pesa más muchas veces el qué se dice que el cómo se dice. Eso puede explicar que, a pesar de la importancia que han tenido las polémicas sobre la historia del norte de España en la Alta Edad Media, pocas veces se haya entrado a discutir los argumentos contrarios. Quizá esto sea consecuencia en cierta medida del hecho de que la historiografía medieval española se ha centrado mucho más en las últimas décadas en la construcción de modelos que en los estudios monográficos sobre problemas concretos. Esos modelos suelen generar códigos que convierten en pruebas lo que son argumentos insuficientes para los que no creen en el modelo correspondiente. En este estudio, estimo que el lector puede encontrar ejemplos suficientes para ilustrar la afirmación realizada. %p

note93 Así, por ejemplo, E. Moreno considera que Ausonio y Paulino de Nola, con su correspondencia, son los responsables de que se vuelva a llamar “vascones” a los vascones del norte y de que aparezcan como unos bárbaros (“Los Vascones…”, pp. 263-264 y 265, donde escribe: “se puede muy advertir que los autores tardíos, en su empeño por reconstruir la historia de Roma desde la perspectiva de los provinciales, recuperaron los términos con los que los autores clásicos hacían referencia a los pueblos indígenas que habitaban las provincias romanas, entre ellos, el de Vascones”). Esta propuesta soluciona los problemas que presenta atribuir los tópicos sobre los vascones a san Isidoro, cuando los vascones ya habían atacado a visigodos y francos (y el tópico o lo que fuera ya estaba al parecer dando sus frutos con Juan de Biclaro y Gregorio de Tours). Pero pretender que a los vascones se les llame “vascones” por la influencia de Ausonio y Paulino de Nola es un innecesario viaje a ninguna parte. Unos años después, Idacio registra una noticia sobre los várdulos: ¿se debe entender que alguien ha tenido que poner de moda ese nombre para que un cronista lo cite? De la misma manera, no se puede afirmar que “en efecto, Hidacio, cuando recurre al término Vasconiae, debía aludir a las montañas vasconas en sus dos vertientes” (p. 264). Pues, como escribe a continuación y es conocido por todos: “el empleo de la voz Vasconia en plural tiene también razones estilísticas como advirtió J.J. Sayas, esto es, que del mismo modo que los autores antiguos hablaban de las Hispaniae y Galliae, nombraban la región donde habitaron los vascones como Vasconiae”.</npte>

No obstante, hay que señalar que la postura de E. Resano con respecto a los tópicos sobre los vascones es moderada, dado que no considera que lleguen a encubrir completamente la realidad, pues considera a aquéllos “gentes externae a los regna, que atravesaban frecuentemente las fronteras de los reinos vecinos para acometer actos de pillaje” (p. 272), lo que no llevaría a reescribir su historia, sino a corregirla.%p

note94 Fecha la campaña de Bladastes contra los vascones, que coincidió con la de Leovigildo, en el 574, lo que impide el análisis adecuado de una y otra (“El periodo…”, p. 280). La de Recaredo un año antes que la de su padre; la de Gundemaro, en el reinado de Recaredo, en el 588 (ibid.). A Sisebuto, le presenta sometiendo a Cantabria cinco años antes de que comenzara su reinado (p. 279), dando crédito a un texto que no lo merece, lo cual resulta extraño cuando se es tan crítico con otras noticias (traté el asunto en “Sobre la credibilidad del pasaje IV, 33 de la llamada Crónica de Fredegario”, un análisis exhaustivo de una noticia, que es lo que entiendo que hay que hacer cuando se impugna su fiabilidad). Finalmente, las campañas contra los vascones de Suintilla y Wamba aparecen fechadas en 623 y 675 (p. 280).</note>

No se trata de errores de imprenta, porque las mismas fechas se repiten en “Los Vascones…” (pp. 275, 277, 282 y 283), salvo la de la campaña de Wamba, que ahora se data en 673 (pero, en cambio, aparecen mal fechadas las noticias de los vascones del reinado de Dagoberto). Al parecer, los errores de E. Moreno son de otro, pues las fechas equivocadas son las que dio hace 85 años Adolf Schulten en “Las referencias sobre los vascones hasta el año 810 después de J.C.” %p

note95 Entre las fuentes que mencionan a los vascones, J. Arce cita a la Crónica Gallica, terminada en el 452, que tampoco los nombra en la continuación que se hizo hasta el 511(“Vascones y visigodos”, p. 247; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 77; y “Visigodos y vascones”, p. 139). Y, sin solución de continuidad, realiza una de las afirmaciones rotundas que caracterizan al artículo:</note>

“Esta frecuencia [de menciones “en las crónicas de Isidoro, Juan de Biclaro, de Fredegario, en llamada Chronica Gallica, etc.”] ha hecho pensar a los historiadores que es a partir de mediados del siglo VI cuando los vascones se muestran como un pueblo independiente, feroz, indomable, en una especie de renacimiento de sus inveteradas características hasta entonces prácticamente olvidadas u ocultadas por la historiografía romana. A los vascones se les atribuyen rebeliones, destrucciones, razzias y se convierten así en un pueblo a dominar, a subyugar porque constituyen una amenaza para los reyes visigodos o francos. Sin embargo, en mi opinión, estas interpretaciones son gratuitas y no fundamentadas en la documentación [que acaba de citar]. Las razones de la «reaparición» de los vascones en la historia del periodo visigodo son otras bien diferentes que yo no veo que tengan nada que ver con su independentismo o peligrosidad específica, sino más bien con su papel dentro del contexto del espacio geográfico o su eventual disponibilidad a aliarse con unos y otros [¿cuándo los vascones se aliaron con los visigodos o con los francos? Lo único que consta es que apoyaron a rebeldes contra los reyes]. Las noticias que tenemos de la bajada de los vascones a las tierras de las riberas del Ebro se deben interpretar como resultado de la necesidad de aprovisionarse, y tienen su origen en el hambre y la necesidad.” Peso eso —que es lo único que suscribo— no les convierte en menos invasores. Y desde luego no hacen gratuitas e indocumentadas a las conclusiones de los investigadores que sí han analizado las incursiones de los vascones.%p

En la única noticia en la que se detiene algo, Javier Arce ignora que la campaña de Leovigildo contra los vascones coincide con la que narra Gregorio de Tours en Francia (y que se produjo cuando el rey visigodo estaba ya en guerra con su hijo), lo que le permite concluir rotundamente: “Los agresores fueron los visigodos, como lo habían sido con los suevos y los cántabros. Todo lo demás me parece elucubración basada en presupuestos apriorísticos” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). Lo que sucede es que J. Arce desconoce las elucubraciones que hemos hecho otros, ignorancia que de nuevo le beneficia. La única que menciona es la que hizo hace más de cuarenta años E.A. Thompson sobre una posible incursión vascona hasta Rosas (Los godos en España, p. 86). Pero esa crítica, que constituye el núcleo de lo que escribe J. Arce sobre la única campaña contra los visigodos en la que se detiene, equivale a estas alturas del desarrollo de la historiografía a dar una gran lanzada a moro muerto; ahora, realmente, lo que cabría valorar es la propuesta de Pablo C. Díaz de que la moneda en que se basa la interpretación de Thompson se refiere a Roda de Isábena, que no está tan lejos del territorio de los vascones (“La Hispania visigoda”, p. 370). En todo caso, demostrar que los vascones no llegaran al Mediterráneo no equivale a demostrar que fueron ellos los invadidos, lo que, por cierto, sería el único caso en el que, a tenor de la documentación, los visigodos habrían sido los agresores. %p

note96 Los dos artículos citados fueron publicados sin notas. Éstas se han añadido en la última versión, publicada en el libro Esperando a los árabes. Pero en ellas sólo se mencionan cuatro publicaciones sobre los vascones en la época de los reinos germánicos: Barbero y Vigil, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista (cuyo estudio sobre los vascones —que no son mencionados en el título—, cántabros y astures es del año 1965); E.A. Thompson, Los godos en España (publicado en 1968); R. Collins, Los vascos (publicado en 1985); y el artículo ya citado de I. Martín Viso (sin mención del autor), que es la única publicación reciente, posterior incluso a la versión primitiva del estudio de J. Arce.</note>

No es sólo una cuestión formal. En el texto no se percibe el rastro de una documentación bibliográfica mayor.%p

note97 De las nueve páginas del estudio original, “Vascones y visigodos”, cuatro y media —la mitad— están dedicadas al Bajo Imperio. </note>

Es en esas páginas en las que se pueden encontrar aportaciones interesantes (J. Arce es especialista en historia romana). Pero también incomprensibles errores:%p

1) Afirma que en las noticias del siglo V hay dos menciones a los vascones (p. 246). Pero eso es porque entiende que los várdulos son un grupo de los vascones: “la siguiente noticia que se refiere a los vascones, o más exactamente, a la Vardullia, territorio de una parte de los vascones, la que corresponde al grupo de los várdulos” (“Vascones y visigodos”, p. 246; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 76; y “Visigodos y vascones”, p. 137). He tratado la cuestión de los pueblos prerromanos del País Vasco-navarro en Domuit Vascones, pp. 43-64.%p

2) En un párrafo que destaca por su ligereza e inconsecuencias en el razonamiento, niega la relación de los vascones con la bagaudia, lo que aprovecha para descalificar a C. Sánchez-Albornoz, J. Orlandis, L. García Iglesias, A. Barbero y M. Vigil por sus suposiciones gratuitas: “En la Crónica de Hidacio no hay ni una sola mención a los vascones; y aunque en una ocasión el escenario de la acción de los bagaudas es Aracelli, allí tampoco se les menciona” (“Vascones y visigodos”, p. 247; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 76; y “Visigodos y vascones”, p. 138). Pero Idacio no escribe que los bagaudas lucharan en Aracelli (que sea Araciel o Huarte Araquil, que son las dos hipótesis que se contemplan, se encuentra en territorio de los vascones) y que, por tanto, podrían no ser vascones, aunque combatieran en Navarra, sino que Asturius quebrantó “la insolencia de los bagaudas aracelitanos” (c. 128). A diferencia de los várdulos, los Aracellitani sí eran un grupo de los vascones, pues Plinio los menciona como uno de los 55 pueblos del Convento jurídico de Zaragoza y sólo pueden ubicarse en Navarra, donde el Itinerario de Antonino menciona la Mansio Aracaeli (v. M. Jesús Pérex Agorreta, Los vascones (el poblamiento en época romana), pp. 87-91). La cuestión de la relación entre la bagaudia y los vascones es demasiado compleja para ser despachada de una manera tan superficial; sobre todo, si se pretende descalificar con tan grueso calibre (he tratado la cuestión en Domuit Vascones, pp. 111-117).%p

note98 El texto se me antoja más parecido a un discurso sin papeles que a un escrito.</note>

Como ya he señalado, J. Arce sólo se detiene en el comentario de la campaña del 581 de Leovigildo. Tras ello, sin mencionar la noticia de la Recaredo, escribe: “Isidoro de Sevilla no deja, por su parte, de registrar la consabida expedición contra los vascones [se debe referir a la de Suintilla, que menciona a continuación] (aparte de la de Gundemaro)” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). ¿Qué ha querido decir con “consabida”? , ¿y con la frase de que los vascones “seguirán siendo los imaginarios causantes de todos los males de este periodo histórico, tanto en la historiografía antigua como en la moderna” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 143), con la que pretende inútilmente deshacerse de un testimonio de san Braulio del año 625?%p

De la noticia de Isidoro de Sevilla sobre la campaña de Suintilla, que considera “pura propaganda historiográfica”, señala que “se puede pensar que los vascones bajaron al valle, como otras veces, para aprovisionarse. No hay indicación alguna de que se tratara de una expedición contra el regnum visigodo” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). Pero ¿quién ha establecido que para que una invasión sea considerada una expedición contra un reino tiene que estar motivada por el afán de riquezas o el deseo de conquista?%p

Del resto de las campañas se deshace con mayor rapidez: “Los vascones volverán a aparecer en otras ocasiones. Da la impresión de que la guerra contra ellos o las expediciones son una especie de uer sacrum que práctica el ejército visigodo” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 143). ¿Es consciente Arce de todo lo que tendría que demostrar y refutar para que semejante ocurrencia no pareciera una extravagancia?%p

Por lo demás, las inconsecuencias lógicas, de las que ya hemos visto varias, son numerosas:%p

“Hay que someter y controlar a los vascones porque pueden aliarse con cualquiera y especialmente con los francos, lo que puede amenazar el territorio godo. Tal es el caso de la rebelión de Froia en el 653” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 138). ¿Pero acaso Froia era un franco?; ¿su rebelión amenazó el territorio godo? Desde luego que no. Y tampoco hay noticia que puede interpretarse juiciosamente en sentido propuesto por J. Arce.%p
     

“Los vascones eran moneda de cambio [?]. Sabemos que en 626 los obispos de Eauze (la capital de la Novempopulania] habían sido la causa de una rebelión de los vascones contra el rey franco y por ello fueron exiliados, como cuenta Fredegario” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 144). Pero: 1) Eauze no era una ciudad excepcional que tuviera varios obispos: Senotus sólo era el hijo del obispo; 2) el obispo y su hijo sólo aparecen como cómplices de la rebelión de los wascones; y 3) el obispo y su hijo no eran francos: los wascones fueron utilizados, entonces y después, por los aquitanos contra los francos. Por cierto, poco más dice J. Arce de los wascones de Francia, que por lo menos constituyen la mitad de la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos (un olvido habitual en los planteamientos sobre tópicos de los vascones). %p

La conclusión que cierra el estudio revalida lo dicho:%p

“Durante el periodo visigodo, es decir, entre mediados del siglo VI y el 711, los vascones son un pueblo sometido al control de los reyes por razones estratégicas y debido a su situación geográfica fronteriza. La pregunta es saber en qué medida estuvieron integrados en el reino visigodo [¿qué ha querido decir, entonces, con lo del control?]. Como hemos visto [¿cuándo?] hubo largos periodos en que sí lo estuvieron, otros en los que siguieron sus modos de vida autónomos. Pero en un contexto más amplio hay que decir que este es un fenómeno que se puede aplicar a muchos otros pueblos y territorios de Hispania [¿cuáles?] porque el regnum visigodo sólo se mantuvo a niveles de superestructura y la disgregación es su característica esencial” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 144), lo que contradice las conclusiones del más importante estudio sobre la administración del reino visigodo (Céline Martín, La géographie du pouvoir dans l´Espagne visigotique) y topa con la evidencia de que el reino visigodo, que no conoció la fragmentación que sufrió el reino franco, conservó su integridad hasta el final.%p

note99 Nótese que el autor reconoce el excepcional tratamiento que da a esta noticia, que por lo demás es muy breve.</note>

note100 “Visigodos y vascones”, pp. 143-144.</note>

note101 Es un error semejante al cometido con Aracelli y los Aracellitanorum.</note>

note102 La interpretación entra en contradicción con su tesis de que las expediciones contra los vascones eran un uer sacrum. Contradicción que se hace más patente si se recuerda el contexto en que fue formulada: “Da la impresión de que la guerra contra ellos o las expediciones son una especie de uer sacrum que práctica el ejército visigodo. Cuando Wamba está en campaña contra cántabros y vascones, estalla la rebelión de Paulo en la Narbonense” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 143).</note>

note103 Códice Parisino 17.544: Post hanc supputationem usque in annum praesentem, quo Chlotarius exercitum contra Wasconem movit, id est quinto decimo regni ipsius (Additamenta ad Chronica Maiora, Monumenta Germaniae Historica, Auctorum Antiquissimorum, XI, Berlín, 1902, p. 493).</note>

note104 Como Régine Pernoud, estimo que “un problema bien planteado está medio resuelto” (¿Qué es la Edad Media?, p. 221). No sucede eso cuando se establecen alternativas excluyentes que no lo son, de las que el lector hallará unas cuantas en este trabajo.</note>

note105 He estudiado la campaña de Wamba del 673 en Domuit Vascones, pp. 227-236.</note>

note106 Francisco Javier Fernández Conde, José Avelino Gutiérrez González, Margarita Fernández Mier, María Jesús Suárez Álvarez y Lorenzo Arias Páramo, “Poderes sociales y políticos en Asturias, Siglos VII-X%p.”</note>

El artículo fue publicado en 2009, año en el que M. Pozo remitió el suyo para su publicación.%p


107 “Sobre la lectura crítica de las crónicas asturianas y otras cuestiones de método.”%p

note108 “Poderes sociales…”, pp. 14.</note>

note109 Op. cit., p. 15. En la nota correspondiente, se añade: “lo mismo podría decirse de la Historia de Asturias publicada por Ayalga ediciones (IV: «La Alta Edad Media», Salinas, 1979 [cuyo autor es Eloy Benito Ruano; el vol. III, de Francisco Diego Santos, también se situaba en la misma línea] y la de la Ed. de Silverio Cañada (II, s.a.: «Historia» [cuyo autor también es García Toraño]”. </note>

La nota continúa así: “Las colectivas en varios tomos (Enciclopedia temática de Asturias, Gijón, 1981, vol. XI: «Historia»; y de la Nueva España, vol. II, 1990) comienzan a presentar ya atisbos renovadores y novedosos”. Aunque es un testimonio de parte, dado que en esas obras participaron dos de los autores que lo han escrito, no negaré que se pueda predicar lo dicho sobre esas publicaciones.%p

note110 Resulta curiosa la pretensión implícita de que los escriben mucho sobre los pueblos del norte de España en la Alta Edad Media se equivocan, mientras que los escriben poco aciertan, con lo que eso significaría —caso de ser cierto— sobre las capacidades de unos y otros.</note>

note111 Ya he señalado cómo J.J. Larrea se deshizo de las fuentes francas. Ahora cabe añadir que también hizo una selección que favorecía sus propósitos con las noticias sobre los vascones de la crónica de san Isidoro (que es elemento clave en su argumentación), que sólo son tres. El problema que le supone la campaña de Gundemaro contra los vascones lo eliminó de la siguiente manera: “Aparte de una campaña de Gundemaro, las alusiones a los Vascones forman parte de dos retratos reales más imbuidos del género del panegírico en tanto que modelos complementarios del príncipe ideal” (“Aux origines…”, p. 146; así comienza el análisis de las noticias sobre los vascones de san Isidoro. En La Navarre…, únicamente informa al lector de la existencia de la campaña de Gundemaro en la n. 132 de la p. 146: “Existe una tercera noticia muy sucinta: Gundemaro (610-612) Wascones una expeditione uastauit”; nótese que la operación es propia del ataque a un territorio enemigo, y no del sometimiento de una región rebelde).</note>

Pero el carácter sucinto de la noticia de la campaña de Gundemaro no es una razón suficiente para su eliminación del análisis, porque la noticia de san Isidoro del Recaredo]]Historia Gothorum, c. 54; nótese que se compara a los vascones con los bizantinos, lo que hace más difícil su interpretación como unos pobres súbditos rebeldes, a los que, en un texto que se quiere presentar como una apología, ni siquiera se habría querido someter, lo que no parece muy digno de alabanza).%p

La diferencia no estriba, por tanto, en la importancia de la noticia, sino en el hecho de que con la de Gundemaro no se puede hacer el juicio de intenciones que permiten las noticias de Recaredo, “fundador de la monarquía católica”, y de Suintilla, “vencedor de los bizantinos y por consecuencia creador de la unidad territorial” (La Navarre…, p. 147), y especular así sobre su veracidad. Pero la noticia del reinado de Gundemaro no es una excepción de la que se pueda prescindir, pues constituye un tercio de las noticias sobre los vascones de la crónica de san Isidoro (que se olvidó, por cierto, de consignar la campaña que les hizo Leovigildo). Es más: si Gundemaro se vio obligado a combatir a los vascones, cosa que no hay forma de negar, no existe razón para dudar de que también tuvieron que hacerlo Recaredo y Suintilla (como sucedió con otros reyes, tanto en España como en Francia), y tampoco para cuestionar su victoria. Siendo tan breves las noticias, ¿qué se puede cuestionar entonces? En el caso de la narración de la campaña de Suintilla, que es la única en la que san Isidoro refiere algunos detalles, se pueden cuestionar esos detalles, que es lo que ya habíamos hecho algunos antes de que apareciera la teoría de los tópicos sobre los vascones. Pero la exageración no es invención: no convierte a unos empobrecidos súbditos rebeldes en unos enemigos independientes, belicosos y bárbaros. %p

El método selectivo de J.J. Larrea no afecta sólo a las noticias de san Isidoro, sino también al resto de testimonios visigodos. Entre todos esos silencios, el guardado con la lápida de Opila me parece el más elocuente. En una teoría que se basa en las convenciones de los escritores resulta obligado, para revalidar su operatividad, confrontar la tesis con documentos de otra procedencia. En este caso, la tarea era sencilla, pues sólo hay uno: la lápida funeraria de Opila. La inscripción versificada da cuenta de la muerte de Opila, un noble de procedencia cordobesa, en un enfrentamiento con los vascones, cuando dirigía un convoy de armas en el 642 (lo que nos permite testimoniar una guerra más contra los vascones o la existencia de hostilidades en la frontera en periodos en los que no había campaña). Pues bien: J.J. Larrea sólo menciona esta famosa inscripción para señalar que la confusión que se produce en este texto entre vascones y vacceos muestra cómo se difundían las nociones eruditas, lo que tiene su relevancia, pero no es ni mucho menos lo más importante de este excepcional testimonio. Y para escribir: “Observar que, como sus compañeros [que trasladaron el cuerpo de Opila hasta Andalucía], él Opila] ha conocido de cerca la Vasconia real es casi un comentario de humor negro” (“Aux origines…”, p. 151). No sé a quién puede referirse, pero a mí me parece que tratar de explicar el asalto de un convoy de armas como resultado del ataque de un piquete de campesinos empobrecidos roza el humor rojo.%p

note112 Estimo que el escritor Poul Anderson exageró al escribir que “todavía no he visto un problema, por complicado que fuera, que al examinarlo correctamente, no se volviera aún más complicado.” No considero que sea un principio aplicable a todas las cuestiones. Pero lo que no es de recibo es la facilidad con la que en la historiografía española durante el último medio siglo se han resuelto tantísimas veces problemas sobre la historia medieval de astures, cántabros y vascones.</note>

note113 Por ejemplo: Que Tajón compare el ataque de Froia contra Zaragoza con el salmo 78 no significa que se está inventando una noticia o que haya manipulado el relato para forzar el parecido, pues, entre otras cosas, para hacer la comparación, el obispo zaragozano tenía <numb>150</numb> salmos (y otros muchos textos). Eso no convierte al relato de Tajón en un testimonio preciso y objetivo, pero sí basta para refutar la pretensión mediante la mera enunciación de que el autor partió en la narración del salmo 78 y no de los hechos de los que fue testigo. He tratado el asunto en Consideraciones…, pp.99-100, y Domuit Vascones, pp. 212-217.</note>

note114 La estrategia que permite convertir en tópicos las noticias sobre los vascones puede aplicarse a la historiografía contemporánea con efectos devastadores. Sólo en mi obra se podrían encontrar innumerables ejemplos. Citaré tres, uno por cada variante de esa estrategia:</note>

1) Que me haya inspirado en Julio Caro Baroja o en Claudio Sánchez-Albornoz%p no me convierte en un seguidor incondicional del primero ni en ciego seguidor del segundo, como se ha publicado. Tampoco mis escritos se convierten por ello en una colección de tópicos que no tienen que ver con la documentación estudiada.%p

2) Como cualquiera, habré comparado en numerosas ocasiones fenómenos y personajes históricos con otros (y casi siempre se podrá hacer una comparación de ese género, aunque no se haya explicitado). Pero eso no significa que haya forzado los hechos para elaborar una narración comparable%p.

3) He defendido que las campañas de los reyes germanos contra los vascones son comparables a las aceifas musulmanas, porque, aunque formalmente eran ofensivas, realmente eran acciones de naturaleza defensiva (Domuit Vascones, p. 517). Se equivocará quien piense que al realizar tal planteamiento lo que trataba era hacer de los vascones unos precursores de la Reconquista (es más: siempre he argüido que la historia de los vascones en la época visigoda refutaba la interpretación indigenista de los orígenes sociales de la Reconquista, pues, de haber sido correcta esa pretensión, la Reconquista tendría que haber sido un fenómeno fundamentalmente vascón, lo que habría dado lugar a una España medio vasca).%p

Lo que he querido decir con todo esto es que resulta sencillo buscar tres pies al gato con cualquier planteamiento y muy barato hacer juicios de intenciones.%p

note115 Otro tipo de textos, como la correspondencia en verso entre Ausonio y Paulino de Nola, sí han podido ser analizados con el rigor exigible. Pero ya lo habían sido antes de la aparición de la teoría de los tópicos sobre los vascones.</note>

note116 La impugnación de una noticia es, a mi juicio, la tarea que más responsabilidad entraña para un historiador, pues supone proponer a la comunidad científica la eliminación de una de las pocas informaciones que tenemos. Es por ello que se debe extremar el rigor en este tipo de propuestas. Es lo que he visto hacer, y es lo que he pretendido hacer cuando he impugnado o corregido una noticia de las crónicas visigodas, francas, asturianas o de otra procedencia (que han sido más veces de lo que puede dar a pensar mi defensa en principio de la credibilidad de las crónicas). V., por ejemplo, “Sobre la credibilidad del pasaje IV, 33 de la llamada Crónica de Fredegario”, un estudio equivalente en extensión al que J.J. Larrea ha hecho para impugnar todas las fuentes sobre los vascones en la época de los reinos germánicos.</note>


117 De hecho, también ha sido la noticia más estudiada por Juan José Larrea.%p

note118 También he considerado conveniente reproducir en un apéndice el estudio que hice sobre la campaña de Suintilla del año 621 en Domuit Vascones para que el lector pueda comprobar y valorar dos formas tan distintas de proceder.</note>

note119 No entiendo la fuerza de este argumento, que M. Pozo repite otras dos veces: 1) cuando señala que recurrir a la subromanización de los vascones de los siglos VI-VIII significa que “la explicación última de lo que se quiere demostrar escapa a la competencia de los especialistas de la Tardo Antigüedad” (p. 194); y 2) en la conclusión, cuando indica que aceptar esa subromanización de los vascones supone explicar las causas de sus enfrentamientos con visigodos y francos “fuera del contexto en el que sucedían” (p. 199), como si el estado cultural de aquéllos no formara parte del contexto por anacrónico. Es evidente que no todos los pueblos de una época se tienen que encontrar en la misma etapa de desarrollo. Y lo es también que cuando un historiador analiza a una población también tiene que tener en cuenta su pasado, que puede explicar muchas cosas, aunque escape a la supuesta competencia de un especialista en una época, tardoantigua o no.</note>

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