Besga2012/events/7

De EsWiki

note40 La crítica de Caro Baroja tiene un precedente en la que hizo en su día J.J. Larrea (La Navarre…, pp. 111-123). Pero la crítica de Larrea se refería al modelo tribalista, que suponía la interpretación gentilicia de las sociedades de los pueblos del norte de España, consagrado por los estudios de Caro Baroja. En este sentido, hay que recordar que la teoría de los tópicos sobre los vascones de J.J. Larrea se sitúa en el contexto de la crítica de la teoría indigenista de Barbero y Vigil sobre los Península Ibérica, cuya influencia sobre toda una generación de medievalistas considera —con acierto— nefasta (p. 112). Para darse cuenta de ello, no hay más que leer el comienzo de su exposición sobre “Le mythe des «féroces Vascons» et la réalité de la crise”, que concluye con el siguiente propósito: “Se debe primero reexaminar las «pruebas» de la existencia de la sociedad tribal del noroeste peninsular” (p. 114). Pero una cosa es criticar la organización gentilicia de los pueblos del norte de España (y las exageraciones cometidas sobre la falta de romanización de cántabros y astures) y otra negar la subromanización de los vascones. Yo mismo —por poner un ejemplo de seguidor incondicional de Caro Baroja— he criticado la organización gentilicia de los pueblos del norte de España (Orígenes hispanogodos del Reino de Asturias, pp. 152-168, donde se puede encontrar la bibliografía que ha arruinado completamente una tesis tan equivocada) y no la he tenido en cuenta al hacer la historia de los vascones (Domuit Vascones, pp. 512-514, donde propuse a los germanos del otro lado del limes como modelo para el estudio de los vascones). Es más: he criticado algunas de las interpretaciones de Caro Baroja, y mucho antes de que lo hiciera J.J. Larrea (v. “El fin del dominio romano en el País Vasco”, pp. 250-258, donde refuté las tesis del bandolerismo gentilicio de los vascones y de su efervescencia en el siglo IV basada en un verso de Avieno, y las exageraciones realizadas en la interpretación de la correspondencia entre Ausonio y Paulino de Nola). Pero todo ello es independiente de la cuestión de la romanización de los vascones, que fue distinta en el norte y en el sur.</note>

Por otra parte, deseo dejar constancia de la sorpresa que me produjo la tesis de la influencia decisiva de Caro Baroja en la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos. No era consciente de ello, y, sin embargo, aparezco clasificado por M. Pozo como un seguidor incondicional de Don Julio. De hecho, al hacer brevemente la historiografía sobre los vascones en la época de los reinos germánicos, no estimé necesario mencionar a Caro Baroja en el cuerpo del texto; lo que hice es citarle así en la nota que cerraba esa exposición: “Me resulta difícil clasificar la obra de Julio Caro Baroja. Este autor escribió muchas páginas sobre la historia del País Vasco en los primeros siglos de la Edad Media. Pero, dejando al margen que en mi opinión no estuvo muy afortunado o por lo menos no realizó ninguna aportación importante, no se puede considerar que realizara ningún estudio monográfico” (Domuit Vascones, p. 39, n. 24). %p

note41 Dada la desmesura de la propuesta, puede parecer que exagero en la enunciación del tópico para hacer más fácil la crítica. Pero es lo que se deduce de las palabras empleadas por M. Pozo cuando censura a Don Julio o a sus seguidores: “<persom>J. Caro Baroja]] encontró en la débil romanización de los vascones…” (op. cit., p. 189); “este lastre ha impedido el avance de la investigación, dando lugar a que varias décadas después de Caro Baroja, la percepción de los habitantes de Vasconia tardoantigua como una población subromanizada no haya variado” (p. 189); “convencido pues de la escasa romanización de los habitantes de la Vasconia atlántica, Caro Baroja no necesita analizar los restos hallados en el territorio” (p. 192); “es porque son unos bárbaros” (p. 194); “la pervivencia de estructuras sociales antiguas” (p. 194); “Barbero y Vigil integraron sin modificación alguna la propuesta de Caro Baroja y asumieron que los vascones de la Tardo Antigüedad vivían en un estadio anterior al de la romanización” (p. 195); “la vertiente atlántica, habitada por gentes con un barniz meramente superficial de romanidad” (p. 199). No se trata, pues, de una reacción a las exageraciones que se han podido cometer con la barbarie o falta de romanización de los vascones, con una matización de esas realidades.</note>

note42 Op. cit., p. 190.</note>

note43 M. Pozo dedica a la cuestión dos páginas completas (op. cit., pp. 190-192), lo que supone prácticamente una quinta parte del artículo. En ellas, escribe lo siguiente: “La obra de Rostovtzeff es decisiva en Caro Baroja. No sólo le sirve como referente en el que enmarcar la situación del Península Ibérica, sino que le proporciona pautas metodológicas. Al fin y al cabo, aplica el conocimiento historiográfico y las herramientas hermenéuticas de su época” (p. 192). La última frase abunda en la idea de que la barbarie de los vascones es una espejismo motivado por una metodología equivocada, justificable hace un siglo y condenable entre los seguidores incondicionales de Caro Baroja.</note>

note44 M. Pozo resalta este hecho: “Publicada en el 1926 (traducción española del 1937), la influyente síntesis de Rostovtzeff está construida a partir de las investigaciones de un número reducido de autores que él cree representativos del saber sobre cada región del Imperio. Para Hispania, lo fundamental son los trabajos de A. Schulten sobre las excavaciones llevadas a cabo a finales del siglo XIX en Numancia” (op. cit., p. 191). ¿Es que acaso se pretende que la errónea —según M. Pozo— interpretación de Numancia es el origen último de la barbarie de los vascones?</note>

note45 No conozco que nadie haya defendido lo contrario hasta hace poco, por lo que no hay que darle ni una sola vuelta al proceder de Caro Baroja.</note>

note46 A. Besga, “La Edad Oscura (siglos V-VIII)”.</note>

note47 Dados los distintos significados de “País Vasco”, que la Real Academia Española define como la comunidad autónoma que tiene ese nombre, resulta más preciso hablar de Vascongadas y Navarra, País Vasco-navarro o Países Vascos cuando nos referimos al territorio de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra. He tratado el asunto en “El problema del nombre del País Vasco.”</note>

note48 Op. cit., p. 192. El mapa al se refiere es el mapa VIII, que J. Caro Baroja publicó en Materiales para una historia de la lengua vasca en relación con la latina.</note>

note49 Con respecto al mapa de Caro Baroja, hay que señalar que no son errores los dos que señala M. Pozo y que ya había apuntado J.J. Larrea (La Navarre…, pp. 120-121):</note>

1) En Arqueología, la escasez de hallazgos no puede ser considerada un “argumento ex silentio” (p. 192), pues la introducción de semejante criterio en dicha disciplina tendría unos efectos devastadores sobre los conocimientos que puede proporcionar.%p

2) El relieve montañoso no sólo explica la escasez de esos hallazgos, como pretende M. Pozo (op. cit., p. 193), sino también el por qué de esa escasez.%p

Por otra parte, hay que señalar que el hecho de que todos los hallazgos sean romanos resulta irrelevante, porque nadie sostiene hoy la independencia del territorio montañoso del País Vasco-navarro. Lo significativo —y que no comenta M. Pozo— es que la inmensa mayoría de esos hallazgos son del Alto Imperio, lo que indica una regresión en el proceso de romanización durante la época tardorromana, que resulta coherente con los testimonios posteriores del territorio.%p

Sobre errores en la confección e interpretación de mapas, v. A. Azkarate, “El País Vasco…”, pp. 25-26.%p

note50 En el prólogo al libro tantas veces citado de J.J. Larrea, Pierre Bonnassie solicitó obviar la supervivencia del euskera: “si se pone aparte su especificidad lingüística, la sociedad vasco-navarra de los siglos IV-VIIIpresenta todos los caracteres de una sociedad tardoantigua” (p. 6). Pero la supervivencia del vascuence no es un asunto despreciable, como lo pueda ser la conservación de una costumbre insignificante, sino que es algo que obligadamente hay que explicar si se pretende defender la romanización de una población que, a diferencia de las demás, no llegó a hablar en latín y de la que las fuentes arqueológicas y literarias predican lo que predican. Por otra parte, es un gran error considerar que existió una sociedad vasconavarra en los primeros siglos de la Edad Media, dado que hubo en su interior una frontera, que no sólo fue política, sino también social, cultural y lingüística. Si se mezclan los datos de las dos zonas, lo que se está haciendo es la historia de una sociedad que nunca existió, como hicieron en su día A. Barbero y M. Vigil al sumar los datos de astures, cántabros y vascones. Ese error puede explicar todos los demás.</note>

Por su parte, J.J. Larrea se deshizo de la cuestión de la siguiente manera: “En el estado actual de nuestros conocimientos, nadie puede explicar la supervivencia del ancestro del vasco en la época en la que desaparecieron las demás lenguas indígenas hispánicas o galas. Por otro lado, lo que es muy seguro es que la presencia del vasco no es en ningún caso una suerte de indicador inverso del grado de romanización, como a menudo se ha pretendido. Tal idea reposa de hecho sobre un anacronismo bastante grosero: la coincidencia entre la zona vascófona y el País Vasco atlántico y prepirenaico, es decir las míticas montañas donde se ha querido ver vascones irreductibles, es un fenómeno relativamente reciente. Hasta los siglos XVIII y XIX, incluso el XX, el vasco se mantuvo bien vivo en paisajes mediterráneos, en los que la profunda romanización no ha sido cuestionada por nadie” (La Navarre…, pp. 105-106). Pero lo que es un anacronismo bastante grosero es considerar que la geografía del vascuence en la Edad Moderna es la misma que la de la Antigüedad (y que la de la época de los reinos germánicos). En la Edad Antigua no se puede atestiguar la presencia de una lengua vasca en la mitad meridional de Navarra, donde sólo se puede acreditar el ibero y el celtíbero (traté la cuestión en Domuit Vascones, pp. 59-62; no es una cuestión polémica, v., por ejemplo: <persom>Martín Almagro Gorbea</persom>, Los orígenes de los vascos; y Fernando Wulff, “Vascones, autoctonía, continuidad, lengua: Entre la Historia y la Historiografía”). Por consiguiente, el euskera no sobrevivió a ninguna romanización, y, por tanto, sí se puede explicar su supervivencia, como se ha hecho ordinariamente: es el resultado de la escasa romanización de sus habitantes. %p

Nótese que, para vestir a un santo ya vestido, J.J, Larrea desnuda a otro. Su explicación de la historia de los vascones supone dejar sin explicación la supervivencia de la lengua vasca. Y no es el único misterio que provoca. Hay otros como el de las razones de la constante rebeldía de unos campesinos que habrían sido como otros o el del empeño de los autores tardorromanos y altomedievales por caracterizar a los habitantes del norte del País Vasco-navarro por lo que no fueron.%p

note51 He tratado —y demostrado— varias veces el asunto; la última vez en “Sobre la lectura crítica de las crónicas asturianas y otras cuestiones de método”, pp. 25-26, principalmente.</note>

note52 “Aux origines…”, pp. 130-131.</note>

note53 “A vueltas con los obispos de Pamplona de la época visigoda”, p. 58.</note>

note54 Ciertamente, M. Pozo no nos llama así, pero nos define como tales cuando habla de “los efectos [negativos] que han tenido la aceptación incondicional de determinadas tesis [de Caro Baroja] sobre el método mismo utilizado por la gran mayoría de los historiadores que se han ocupado de la Vasconia tardoantigua” (op. cit., p. 190).</note>

note55 Op. cit., pp. 194, 196 (tres veces), 197 y 199.</note>

note56 Op. cit., pp. 194 (tres veces), 195, 196 y 199.</note>

note57 Op. cit., pp. 195. También me sorprendió leer esta afirmación, dado que Barbero y Vigil no aportaron nada a la tesis de la barbarie de los vascones, como tampoco a las de su independencia y belicosidad en la época de los reinos germánicos. Una vez más, se confunde la crítica al modelo gentilicio con la crítica a la subromanización de los vascones.</note>

note58 De Caro Baroja señala que “simplemente acumula una detrás de otra las campañas que relatan las fuentes” y que “la acumulación de datos ha hecho el papel de prueba” (op. cit., p. 194). Y de Barbero y Vigil que “es muy elocuente que también estos autores utilizaran la acumulación como prueba. Así, 34 citas acompañan al relato de los conflictos entre los pueblos del Norte, sobre todo vascones, y los reinos germánicos, y todas ellas consisten solamente en referencias de las fuentes o en la transcripción de algunos fragmentos” (p. 195).</note>

note59 Op. cit., p. 194.</note>

note60 Op. cit., p. 196.</note>

note61 He criticado muchas veces a Barbero y Vigil. Pero nunca por acumular los datos procedentes de las fuentes. Otra cosa es que las noticias citadas sean pertinentes; como es sabido, Barbero y Vigil probaron la independencia de cántabros y astures en la época visigoda con las noticias procedentes de los vascones.</note>

Un ejemplo criticable de acumulación de datos (impertinentes también en la mayoría de los casos) se encuentra en el par de estudios que José María Blázquez dedicó a la cuestión del limes hispanus (que han sido, por cierto, las dos únicas monografías que la historiografía indigenista, que se desarrolló en el campo del ensayo y de la síntesis, fue capaz de elaborar): “Der limes in Spanien des vierten Jahrhunderts”, Actes du IX Congrès International sur les frontières romaines, Bucarest-Köln-Wien, 1974, pp. 485-502; “Der limes hispaniens im 4 und 5 Jahrhunderts. Forschungasstand; Niederlasungen der Laeti oder Gentiles am Flulauff des Duero”, en XII Congress of Roman Frontier Studies, 1979, British Arqueological Repports, 71, 2, 1980, pp. 345-395 (ahora en “El limes de Hispania en los siglos IV y V. Estado de la cuestión: asentamientos de los laeti o gentiles en el valle del Duero”, en Nuevos estudios sobre la Romanización, Istmo, Madrid, 1989, pp. 617-641). En ambas publicaciones, J.M. Blázquezse limitó a acumular hallazgos que podrían tener una finalidad militar con independencia de su geografía y cronología, y de los problemas que planteaban. De hecho, Javier Arce pudo escribir con razón lo siguiente: “Acumulación no es demostración. Cuando los arqueólogos hayan estudiado, medido y analizado los edificios mencionados por Blázquezpara apoyar la (indemostrada) teoría del limes; cuando hayan analizado la relación geográfica y estratégica de los mismos y sus funciones de acuerdo con el sistema viario, urbano y de villae; cuando se haya estudiado en España a fondo el significado y función de los términos turres, castella, burgi, phrouria, y se hayan aquilatado críticamente las noticias de las fuentes, podremos entonces comenzar a utilizar esta información en un contexto histórico. Mientras tanto el limes contra cántabros, astures y vascones es no sólo un error, sino una simple invención sin fundamento, demasiadas veces repetida lamentablemente en los foros internacionales” (El último siglo de la España romana: 284�409, p. 168). El mismo Blázquez ha debido atender a la crítica, pues —como casi todos— ha abandonado la teoría española del limes hispanus. %p

note62 Op. cit., p. 199.</note>

note63 A mi juicio, no es un fenómeno de entender para un lector de historia antigua o altomedieval. Es lo que sucede con casi todos los asuntos, pues lo redactado por los historiadores contemporáneos multiplica miles de veces los escritos disponibles (piénsese por ejemplo en las Termópilas, que han dado lugar a libros enteros, o en las biografías de César, que seguirán publicándose, pese a todas las que tenemos ya). </note>

note64 No encuentro nada extraño ni censurable en ese proceder. Es lo que se hace en cualquier estudio sobre fuentes antiguas, pues no tendría sentido repetir lo que ya estaba escrito. Y se seguirá haciendo, pues, aunque pueda producir hastío, no se pretenderá decir “basta, es suficiente con lo que ya se ha escrito”, que, ordinariamente, suele ser más de lo que se publicado sobre los vascones en la época de los reinos germánicos (y más cuando A. Azkarate suele recordar el carácter provisional que tienen las afirmaciones de los historiadores, como puede apreciarse en la nota siguiente, lo que, a mi juicio, es válido, sobre todo, con las propuestas de modelos). Lo criticable es que con todo lo que se ha escrito se practique el adanismo, que se hagan interpretaciones de pasada, que tampoco suelen tener en cuenta las contradicciones en que incurren. </note>

Por otra parte, hay que decir que el método salomónico de reparto de críticas y loas sólo es el indicado en algunos casos. No lo es en el de la historiografía sobre los vascones en la época de los reinos germánicos, cuyo carácter ideologizado ha sido denunciado por el propio A. Azkarate, que, por cierto, tampoco lo practica en el trabajo que estamos comentando. %p

note65 “Los Pirineos…”, p. 89. Pero es lo que tiene la Historia: para poder interpretar y explicar un fenómeno, es necesario antes precisar ese fenómeno. </note>

Esto es aplicable también a la Arqueología; por eso, no entiendo que A. Azkarate me haya reprochado la petición de una cronología precisa: “Resultan preocupantes las expectativas que ciertos medievalistas parecen tener de las aportaciones que puedan provenir desde el conocimiento arqueológico. A juzgar por algunos textos recientes podría deducirse que existen investigadores que no esperan de los arqueólogos otra cosa que el dato cronológico, cuanto más preciso mejor. Reflejan muy bien esto que decimos las palabras de uno de los mejores conocedores del periodo tardoantiguo en el norte peninsular: «Y es que una cronología exacta es un elemento indispensable para la resolución de este problema, pues si el comienzo del ‘fenómeno de Aldaieta’ se sitúa a principios del siglo VI, como ha defendido con buenos argumentos A. Iriarte, habría que relacionarlo con una invasión franca propiciada por el hundimiento del Reino Visigodo de Tolosa tras el desastre de Vouillé del año 507». No discutiremos con A. Besga sobre la bondad o no de los argumentos a los que alude. A nosotros nos parecen discutibles, quizá porque tenemos una marcada tendencia hacia la duda permanente y porque, más que en una historia episódica y de certezas, creemos en una historia de complejos procesos, necesitados de una incansable reinterpretación desde las crecientes posibilidades hermenéuticas de las historiografías recientes” (“Sobre los orígenes cronológicos de los cementerios cispirenaicos de época tardoantigua”, p. 414; realmente los argumentos de Iriarte han sido contundentemente refutados en las páginas anteriores del trabajo, cuyo objetivo era precisamente ése, por lo que no entiendo bien la lección de humildad que sigue, que constituye el final del artículo). %p

Pedir a un arqueólogo que precise la cronología de un hallazgo no significa que se le considere un anticuario. Es lo que se le pediría a un historiador si se presenta con un documento que registra una nueva noticia. Si no entendiera que un arqueólogo puede ser un historiador, no podría haber escrito en el mismo libro en que aparece la frase que ha interpretado en sentido contrario: “El otro historiador es Agustín Azkarate, cuya obra Arqueología cristiana de la Antigüedad Tardía en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya es, en mi opinión, el libro más importante que se ha publicado sobre la época de los reinos germánicos en el País Vasco, y que, con el estudio de la necrópolis de Aldaieta, se encuentra en condiciones de poder revolucionar la historia vasca de este período, lo que podría afectar considerablemente a la conclusiones del presente trabajo” (Domuit Vascones, p. 27; loa que no tiene nada que ver con cuestiones ideológicas).%p

En ese trabajo, no podía dejar suelto un cabo tan importante como el de las necrópolis. Pero tampoco podía pretender solucionar unos problemas que los especialistas todavía no han conseguido. Por eso, me limité a realizar unas consideraciones entre las que se encuentra la frase reproducida por A. Azkarate: “Para realizar una interpretación es preciso antes conocer mejor el fenómeno Aladaieta. Cuáles son en primer lugar los yacimientos que lo conforman. Porque incluir la necrópolis de Pamplona, una ciudad visigoda que no sabemos si escapó alguna vez al control del Reino de Toledo, puede comprometer, a mi juicio, el carácter no visigodo de estos yacimientos, quizá el único rasgo fundamental que parece estar claro, pues permitiría compatibilizar la presencia de materiales norpirenaicos con el control godo. […] Mucho más importante aún sería conocer qué yacimientos en Francia constituyen los paralelos de estas necrópolis peninsulares, pues hasta ahora sólo he podido ver los de los objetos encontrados. Y también determinar con precisión su cronología” (Domuit Vascones, p. 526; la frase que reproduce A. Azkarate inicia el párrafo que sigue a continuación). Nótese que no se trata de un reproche, porque entiendo perfectamente las dificultades que tiene la empresa de fechar unos yacimientos como los del fenómeno Aldaieta, sino una de las condiciones que se requiere para poder interpretar con garantías de éxito el significado de esas necrópolis en la historia de los vascones. Así, por ejemplo, el “ilustre arqueólogo alemán” (A. Azkarate, “Los Pirineos…”, p. 101) H.W. Böhme no habría perdido el tiempo tratando de demostrar que la necrópolis de Aldayeta era consecuencia de la expedición de los reyes francos a Zaragoza del año 541 (“Der Friedhof von Aldaieta in Kantabrien”; agradezco a A. Azkarate el envío de una versión traducida de este trabajo), lo que ha refutado contundentemente A. Azkarate (“¿Reihengräberfelder al sur de los Pirineos occidentales?”).%p

En ese contexto, hice la referencia condicionada al trabajo de A. Iriarte, porque resulta evidente que nunca he estimado que esas necrópolis fueran de francos (de hecho, en la crítica histórica a la tesis de Iriarte, A. Azkarate utiliza, sin citarme, un argumento que empleé a continuación de la frase reproducida contra la presencia franca en España en la primera mitad del siglo VI: la facilidad con la que Teudiselo pudo cerrar los pasos del Pirineo occidental en el año 541). El único error que cometí es haber considerado buenos los argumentos arqueológicos de A. Iriarte. Pero la única lección que podría sacarse del sucedido es que los historiadores deberíamos extremar las precauciones con las argumentaciones de los arqueólogos.%p

Por último, deseo aclarar a A. Azkarate —y a sus lectores— que nunca le he reprochado nada por sus descubrimientos, como ha escrito al reproducir fuera de contexto una frase mía: “A quienes nos reprochan, pues, que nuestros trabajos sobre las necrópolis circumpirenaicas de época tardoantigua, lejos de aclarar las cosas no han hecho «sino incrementar los problemas», hemos de recordarles que es ese precisamente uno de los principales objetivos de la investigación histórica en general y de la arqueológica en particular: plantear problemas y, en la medida de lo posible, ayudar a resolverlos” (“Los Pirineos…”, p. 108; nótese que había escrito en el mismo libro que A. Azkarate, “con el estudio de la necrópolis de Aldaieta, se encuentra en condiciones de poder revolucionar la historia vasca de este periodo”). Pero lo que escribí es bien diferente: “El descubrimiento desde 1987 de una serie de necrópolis y la reclasificación de materiales ya conocidos, que esto ha permitido, ha enriquecido extraordinariamente el patrimonio arqueológico del territorio de los vascones independientes, reducido hasta entonces a unos pocos hallazgos aislados. Este incremento sustancial de la información contribuirá a mejorar considerablemente nuestro conocimiento de la historia del País Vasco en este periodo. Pero hasta la actualidad no ha hecho sino incrementar los problemas, pues las nuevas necrópolis revelan unas influencias norpirenaicas, que no encajan en el contexto histórico que creíamos conocer. De ahí que, pasados catorce años del primer descubrimiento, no tengamos aún una interpretación de estas necrópolis. Es más, recientemente, A. Azkarate, máximo conocedor de la Arqueología de este período en el País Vasco, ha reconocido los cambios de opinión que ha tenido a lo largo de esos años sobre el significado de estas necrópolis que ha calificado como fenómeno de Aldaieta, por ser el descubrimiento de este yacimiento, el mejor conocido, el que ha provocado esta ampliación de nuestros conocimientos” (Domuit Vascones, pp. 527-528). La claridad del texto evita tener que hacer mayor comentario. En cambio, me parece conveniente recordar las dos lecciones —tan distintas de la que A. Azkarate me propina— que me parecía que podían extraerse del hecho (y que desarrollé en la nota correspondiente): 1) Que la Arqueología, de la que se espera tanto, no siempre nos aclara y completa lo que sabemos (lo cual no es culpa de la Arqueología); y 2) que, aunque “todos somos conscientes de la insuficiencia y precariedad de nuestros conocimientos, y a menudo nos quejamos de ello […], sin embargo, cuando aparece un dato nuevo la tendencia normal es ver cómo encaja en ese cuadro de conocimientos y no indagar de qué manera revalida o no lo que creíamos saber” (ibid., p. 553, n. 178; lo que completaba con el siguiente propósito: “siendo consciente de este fenómeno espero que las líneas que siguen [sobre las necrópolis] no estén influenciadas por ese prejuicio”). %p

note66 Op. cit., p. 193.</note>

note67 Op. cit., p. 192.</note>

note68 Supongo que esto también se puede predicar de la “teoría de los tópicos sobre los vascones”. Y, a mi juicio, en mucha mayor medida aún, dado que está muy lejos de poder demostrarse.</note>

note69 Es el párrafo con el concluye el estudio (pp. 199-200). En el primero, situado en el resumen, que abarca toda la primera página, escribe: “Su aceptación [la “débil romanización de los vascones” postulada por J. Caro Baroja] trae aparejado un método típico de la primera mitad del siglo XX que es difícilmente admisible en la actualidad. Este lastre ha impedido el avance de la investigación, dando lugar a que varias décadas después de Caro Baroja, la percepción de los habitantes de Vasconia tardoantigua como una población subromanizada no haya variado.” (p. 189; el subrayado es mío).%p

note70 Lo mismo pueden producir tantas solapas y presentaciones de libros.</note>

note71 Juan Ignacio Ruiz de la Peña, “Cuatro «acreedores preferentes» del medievalismo español: Eduardo Hinojosa, Ramón Menéndez Pidal, Manuel Gómez-Moreno y Claudio Sánchez Albornoz”, ahora en De historia e historiografía, pp. 227-228. Por cierto: el autor ha recordado un poco antes “que, como señalara oportunamente Caro Baroja, «recetas miserables se dan como cosas originales y opiniones simples a veces descabelladas se consideran teorías, mientras que la reserva se extiende sobre la investigación honrada»” (p. 226; la observación de Don Julio se encuentra en la página 249 de Semblanzas ideales). Antes de acabar la carrera, ya me había dado cuenta de la facilidad con que se rebatían las conclusiones de análisis monográficos en observaciones de pasada, vertebradas al hilo de exposiciones de temática más amplia. No lo digo por M. Pozo, pues sus críticas no son observaciones de pasada y forman parte de una monografía. Lo digo porque este nefasto proceder se encuentra en varios de los breves estudios sobre los vascones de la época de los reinos germánicos publicados en la última década. </note>

note72 De hecho, la frase ha llegado hasta nosotros a través de la cita que hizo uno de sus discípulos, Juan de Salisbury (Metalogicon, III, 4).</note>

note73 No estimo que pueda considerarse un avance en la crítica de los textos la propuesta de no hacer distinciones entre los distintos tipos en que pueden clasificarse, que serían sólo géneros literarios. Es un elemento esencial (y no demostrado, sino simplemente afirmado) en la argumentación de J.J. Larrea (pues las referencias a los estudios filológicos y sobre la autoría de los autores de las fuentes no se concretan en nada). Recientemente se ha reafirmado en esa propuesta (sin añadir ningún argumento): “Es un dossier [el de las fuentes sobre los vascones de la época de los reinos germánicos] que se caracteriza por un ir y venir entre la poesía cargada de retórica de la literatura tardoantigua y la historia, en ningún caso con una separación, sino más bien con una constante hibridación de ambos géneros” (“Territorio y sociedad en la Vasconia de los siglos VIII al XI”, p. 19). Pero por el mismo motivo que J.J. Larrea tiene razón cuando señala que las poesías no pueden ser consideradas como tratados de geografía (v. supra n. 18), hay que concluir que no la tiene cuando pretende tratar las crónicas como literatura (o retórica). Además, la hibridación de géneros que plantea Larrea no es algo nuevo y, por tanto, que justifique un tratamiento distinto. La Historia en la Antigüedad fue también Literatura. Cicerón consideró a la Historia como “tarea oratoria en grado sumo” (De legibus, I, 5). Es más: la Historia nació “en Roma como una particular variante de la práctica retórica: como discurso apologético dirigido a hacer valer la causa romana ante los ojos del mundo mediterráneo de fines del siglo II a.C., durante la guerra con Aníbal” (José Luis Moralejo, Cornelio Tácito, p. 23). “Si a la sombra de la prosa retórica había nacido la historiográfica, no tardó ésta en caer en la órbita de influjo del drama, y más concretamente de la tragedia, destinada —al fin y al cabo— a exponer de otra manera argumentos que por históricos se tenían. Esa influencia de la tragedia se produce ya en el ámbito de la literatura clásica griega” (ibid., p. 25; el autor recuerda, en la página siguiente, la influencia de la épica, cuya vinculación con la Historia en Roma es “particularmente clara desde un principio; no es casual que el padre de la epopeya nacional, Ennio, diera a su obra un título historiográfico, el de los Annales, como no lo son las llamativas concomitancias —no ya de tema, claro está, sino también de estilo— que se dan entre el primer libro de Tito Livio y de la Envida de Virgilio”). Semejante hibridación de géneros no ha servido de patente de corso para interpretar ad libitum los testimonios de los historiadores romanos. </note>

En todo caso, la influencia de la hibridación de géneros habrá que demostrarla en cada texto, pues, de ninguna manera, puede ser considerada como una especie de enmienda a la totalidad que exima de semejante deber.%p

note74 A mi juicio, en Historia lo fundamental son los conocimientos (que, salvo en asuntos muy concretos, siempre son susceptibles de ser aumentados con nuevas lecturas) y la precisión en el lenguaje, dado que constantemente nos vemos obligados a sintetizar realidades muy complejas (o los escritos más extensos de otros historiadores). La metodología es, sobre todo, la aplicación de las reglas del razonamiento a lo que se estudia. V. infra n. 121.</note>

note75 Un ejemplo reciente resulta particularmente significativo. Hace poco, un experimento del acelerador de partículas del CERN, el mayor laboratorio mundial de investigación de la física de partículas, reveló que los neutrinos utilizados habían viajado a mayor velocidad que la de luz, lo que refutaba uno de los principios fundamentales de la teoría de la relatividad, que constituye la base de la concepción general del universo que ha permitido el extraordinario desarrollo de la Ciencia en el último siglo. Pues bien, la reacción de los investigadores fue prudente: se cuestionó la validez del experimento; meses después, en febrero de 2012, se publicó que se había comprobado un error en el experimento.</note>

Compárese con lo sucedido aquí con los increíbles descubrimientos en el yacimiento de Veleia, que es un asunto relacionado con la romanización del País Vasco y que suponía varias revoluciones (euskera, cristianismo, iconografía, egiptología, etc). Sin publicar los resultados (que todavía siguen sin estarlo), se anunciaron con gran resonancia en los medios de comunicación. Y se pidió dinero, mucho dinero, para continuar las investigaciones, en un yacimiento gestionado por una empresa familiar que ya tenía una financiación extraordinaria. Los que publicaron sus dudas —entre los cuales estaba Juan José Larrea— fueron calumniados (ya por intereses académicos, como la defensa de teorías, que supuestamente quedaban arruinadas, ya por intereses económicos; una campaña de difamación que aún continúa), e incluso se llegó a amenazar con querellas judiciales.%p

Que los descubrimientos de Veleia constituyan el caso de falsificación más chapucera que conozco no convierte esta historia en un ejemplo impertinente. Simplemente es un caso extremo. Lo importante es que en Historia en demasiadas ocasiones parece regir el principio de que no hay que dejar que una buena teoría sea arruinada por la realidad.%p

note76 P. 9.</note>

note77 La Navarre…, p. 113, n. 6, donde escribe: “Desde el siglo XVII, el País Vasco ha sido concebido como una isla no sumergida por la marea latina y, posteriormente, como el armario de la esencia de la España primitiva”. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, como Francisco Javier Navarro ha destacado, “el estudio del pueblo vascón es uno de los temas más antiguos de toda la historiografía española. Los primeros trabajos y estudios datan del siglo XVI” (“Navarra, la Gallia y Aquitania en la Antigüedad Tardía”, p. 291).</note>

note78 “La romanización del País Vasco”, p. 16.</note>

Por cierto: en más de un planteamiento romanista de la historia de los vascones, se da la impresión de que hasta hace poco los historiadores han estado negando la presencia de los romanos en la parte norte del País Vasco-navarro, lo que permite dar gran lanzada a moro muerto y justificar así la nueva interpretación. Pero es evidente que no hay que optar entre la aldea de Astérix y la romanización.%p

note79 Ciertamente, la expresiones “ager” y “saltus” no se utilizaron con relación a autrigones, caristios y várdulos, tampoco se emplearon en un mismo texto referido a los vascones (y menos para dividir su territorio en dos zonas contrapuestas), y su significado es objeto de discusión entre especialistas (v. Saltus, ¿concepto geográfico, administrativo o económico?, Curso de Verano de la Universidad del País Vasco del año 2008, publicado por el Boletín Arkeolan). Sin embargo, como escribí en 2001, refiriéndome al binomio ager-saltus: “su operatividad es evidente y, aunque no pudieran considerarse categorías históricas (lo que me parece dudoso), son categorías teóricas, aceptadas por casi todos, cuyo uso no sólo es legítimo, sino también necesario para dar cuenta de la romanización en el País Vasco” (Domuit Vascones, p. 89, n. 89).</note>

K. Larrañaga ha expresado esa idea mucho mejor y en una monografía documentada y razonada. Dado el replanteamiento sobre la romanización de los vascones septentrionales, resulta pertinente reproducir algunos pasajes de ese trabajo:%p

“No parece sino que ya no queda margen para la discusión, y que, al tratar de los procesos de cambio que viven en la Antigüedad las comunidades del área circumpirenaica occidental, en modo alguno puede ser alegado el binomio de marras como categoría o útil hermenéutico acreditado por los autores clásicos al referirse a aquella, sino, en todo caso, como una hipótesis o útil interpretativo más, del que los autores pueden legítimamente echar mano en sus intentos de explicación del pasado, pero cuya validez habrá de ser medida, ante todo, habida cuenta de su encaje en lo ya probado o establecido mediante la evidencia literaria y/o arqueológica, y, en segundo lugar, en base a su superior eficacia explicativa de los procesos históricos, comparativamente a otras hipótesis, teorías o pertrechos conceptuales, que puedan eventualmente manejar los estudiosos” (“Sobre usos del binomio ager-saltus y del termino romanización en relación a los procesos de cambio vividos durante la etapa romana en el área circumpirenaica occidental”, p. 981).%p

“Así, pues, y según esto, no se trataría de mundos dicotómicos o excluyentes, en que lo latino-mediterráneo existiría o no existiría, sin margen para situaciones mestizas o de medias tintas, sino de paisajes humanos y culturales variamente modulados, en que los modelos propiciados por Roma y los preexistentes de vario origen se mezclarían en diversas proporciones, pero, en cualquier caso, permitiendo a veces situaciones de claro predominio de uno de los componentes o elementos en que se resuelve el legado global del área. […] En este planteamiento, el mundo del saltus, ligado fundamentalmente a formas de economía ganadera o silvopastoril, no tendría por qué desconocer la huella de la presencia romana (ni, por supuesto, todo tipo de práctica agricultora, cual si la inclusión en ese mundo implicara sin más el desconocimiento de tales prácticas, según parecen sugerir quienes no se cansan de proclamar su existencia desde la fase prerromana); pero se trataría, al cabo, de un área estimada de baja presión romanizadora y de más bien escaso desarrollo de lo agrícola, en la que, a despecho de las actuaciones protagonizadas en la misma por el colono romano o romanizado, continuarían produciéndose en lo fundamental, aunque no inmutados, los modelos de ocupación y de aprovechamiento del espacio, los esquemas de ordenamiento familiar y social, las concepciones del mundo y de la realidad, etc., heredados de la etapa anterior” (pp. 981-982).%p

“Y es en el contexto —y como ensayo interpretativo, ni más ni menos— de esa manifiesta y archiprobada pluralidad de situaciones o de esa diversidad de paisajes humanos y culturales como ha de ser entendido el recurso al binomio ager-saltus en gentes como J. Caro Baroja, en las que, habida cuenta de su perfil ideológico y currículo investigador, resulta menos congruente o verosímil ver en acción unos últimos restos de lo que E. de Labayru califico de «estrabismo basco-cántabro»” (p. 982).%p

“O es que los especialistas de Geografía humana o los antropólogos sociales, cuando han de explicar e interpretar las diferencias que se les ofrecen a menudo entre zonas diferenciadas de un determinado espacio geográfico, ¿no recurren también a dobletes o binomios del tipo del de ager-saltus —así, al de valle-montaña, por ej., o al de ciudad-campo—, mediante los cuales —y creemos que sin pretender negar, por ello, las relaciones de complementariedad que se producen sin duda entre tales zonas— tratan de caracterizarlas desde el punto de vista de la morfología cultural?” (p. 986).%p

También son de sumo interés —y de sentido común— las reflexiones que K. Larrañaga realiza sobre el concepto de “romanización”, otro de los asuntos en los que se ha emprendido un viaje a ninguna parte, en unas vueltas que sólo generan confusión.%p

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