Besga2012/events/6

De EsWiki

note1 He criticado la moda creciente de llamar “Antigüedad tardía” a los que hasta hace poco eran considerados los primeros siglos medievales en “La época de los reinos germánicos: ¿Antigüedad tardía o primera Edad Media?”</note>

note2 Agustín Azkarate ha manifestado su sorpresa por semejante consenso entre “historiadores de signo ideológico opuesto” (“Pirineos occidentales]] durante el periodo Franco-Visigótico”, p. 90). No hay nada extraño en ello: incluso en las cuestiones históricas más ideologizadas hay puntos de consenso, porque no se pueden negar ciertas evidencias. A. Azkarate ha destacado también el carácter profundamente ideologizado de la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos (ibid., pp. 88 y 90; “El País Vasco en los siglos inmediatos a la desaparición del Imperio Romano”, pp. 23-24 y 32). Pero eso no es algo, a mi juicio, que pueda achacarse a los historiadores, sino que es consecuencia del intrusismo —con bastante éxito social— que la historiografía vasca antigua y medieval ha sufrido por parte de individuos sin formación histórica (he tratado el asunto en Domuit Vascones, pp. 24-27, y en “La historiografía nacionalista vasca y la época de la transición del esclavismo al feudalismo”). Entre los historiadores, el grado de ideologización alcanzado, inevitable en cualquier historia de interés, no me parece especialmente llamativo. Por poner un ejemplo cercano: entre historiadores, mucho más ideologizada ha estado la historia de cántabros y astures, como se ha visto desde fuera: Stanley G. Payne ha señalado que la interpretación de Barbero y Vigil sobre los orígenes de la Reconquista supuso “un punto culminante de la tendencia deconstructiva [de la nación española] iniciada a finales del siglo XIX” (España, p. 75); y Chris Wickham ha destacado que “el carácter simbólico de Asturias como antecesor lineal de la unidad de España cristiana verificada en el año 1492 ha generado una historiografía tempestuosa, incluso para lo que es costumbre en España” (Una historia nueva de la Alta Edad Media, p. 336). En el caso de la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos, estimo que los investigadores que la hemos analizado podíamos haber escrito, como Tácito, que lo hemos hecho sine ira et studio, quorum causas procul habeo.</note>

A mí, en cambio, lo que me preocupa —porque para cualquier interpretación se necesita un diagnóstico preciso— es la cantidad de errores evitables que se pueden encontrar en los textos escritos por historiadores, de los que el lector hallará una muestra de los más recientes en las páginas que siguen. Sin ir más lejos, en la Historia del País Vasco en la que publicó A. Azkarate el segundo de sus trabajos, se halla uno en el capítulo que le sigue: “Julián de Toledo (m. 690), autor de la «Historiae [sic] Wambae regis», monarca visigodo del que llegaría a decir «qui domuit vascones» —que sometió a los vascones— hacia el 672” (José Antonio Munita Loinaz, “Fuentes cronísticas para el estudio de la Edad Media en el País Vasco”, p. 54; la victoria de Wamba fue en el 673). El error es más grave si se tiene en cuenta:%p

1) Se halla en una publicación dedicada a las “fuentes cronísticas” (y en la única página dedicada a las de la época visigoda).%p

2) El domuit vascones es una creación del nacionalismo vasco, que ha tenido un éxito extraordinario. De hecho, A. Azkarate ha puesto el domuit vascones como ejemplo de las consecuencias de la ideologización de la historiografía sobre los vascones: “Y, desde luego, nada más saludable que comenzar a superar algunas creencias firmemente ancladas entre la gente: por ejemplo, aquella idea de que los reyes godos finalizaban sus crónicas con la expresión domuit vascones, prueba evidente —se apostilla— de que nunca consiguieron hacerlo; no habría, si no, necesidad de recordarlo permanentemente. Nos hemos topado con este lugar común en publicaciones recientes, en materiales didácticos, en páginas de internet y, por supuesto, en múltiples conversaciones en las que se recurre al pasado como argumento de autoridad para demostrar esto o aquello. Como recordaba J. Caro Baroja, todavía hay muchos que piensan que la verdad histórica está contenida en la novela de F. Navarro Villoslada «Amaya o los vascos en el siglo VIII.» Esta recreación romántica y de fuerte carga tradicionalista ha tenido, en efecto, una notoria influencia en determinada manera de enfocar nuestro pasado y no es casual que, en las tres últimas décadas del siglo XX, haya sido objeto de múltiples reediciones. Es en su introducción donde encontramos que «Requiario, Eurico, Leovigildo, Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Suintilla, Recesvinto y Wamba sujetaron a los vascones, frase que, constantemente repetida por espacio de tres centurias, viene a significar lo contrario de lo que suena». Hay que decir, sin embargo, que la expresión domuit vascones no aparece ni una sola vez en las fuentes de la época. Ya se han ocupado de recordarlo autores como A. Besga aunque, paradójicamente, este autor parece reforzar el tópico titulando su importante trabajo del año 2001 con esta misma expresión” (“Los Pirineos…”, p. 90; aprovecho la ocasión para aclarar que el título del libro fue idea del editor).%p

note3 El primero de esos problemas, que por ello afecta a muchos otros, es el de la determinación de la geografía de los vascones que aparecen en las fuentes de la época de los reinos germánicos. Lo único seguro es que esa geografía es distinta de la romana. Asimismo me parece seguro que el cambio no consistió únicamente en un incremento de la extensión del territorio romano de los vascones. También —como en el caso de los astures, que se extendían en la época romana hasta el Duero— conoció una disminución, pues la mitad meridional de la Vasconia romana —romanizada y cristianizada, y que formó parte del reino visigodo— dejó de ser parte de una Vasconia que, en las fuentes de los primeros siglos medievales, aparece caracterizada como un territorio montañoso, poblado, además, por gente que tuvo que ser repetidas veces combatida por los monarcas visigodos (v. infra n. 90 y n. 131). En cambio, el nombre de “vascón” se extendió a las poblaciones del Álava y de la cornisa cantábrica hasta probablemente el Nervión, que dejaron de ser llamados “várdulos” y “caristios”, y a los habitantes del País Vasco francés. Más tarde, en el siglo VII, el gentilicio se extendió a los habitantes del resto de Gascuña, que por eso se llama así, en lo que constituye el capítulo más difícil de explicar de esta historia, que no es más que una parte de la historia de los cambios de significado que ha conocido ese adjetivo. Finalmente, el nombre llegó a extenderse a toda Aquitania (v. infra n. 144). He tratado el asunto en “El concepto de vascón en las fuentes durante los siglos VI-IX” y en Domuit Vascones, pp. 482-500, principalmente.</note>

Por otra parte, el hecho de que “vascón” sea un exónimo no significa que en los primeros siglos de la Edad Media fuera un concepto artificial usado por sus vecinos, que no respondía a ninguna realidad. Que los que fueron llamados “vascones” antes de que este gentilicio se extendiera a Gascuña hablaran una lengua propia es un argumento suficiente para negar que fuera un concepto artificial utilizado por sus enemigos. Y la lengua no fue el único común denominador de los nuevos vascones del siglo VI, que compartían también el atraso social que suponía su falta romanización, seguramente el paganismo y una independencia que les convirtió en enemigos de sus vecinos, un elemento más de cohesión (que, en todo caso, parece mayor que en la época romana, cuando los vascones fueron una comunidad poliétnica). En estas circunstancias, y en una época en la que la geografía antigua se simplificó extraordinariamente, no tiene nada de extraño que los vecinos de los vascones no distinguieran ya en el nuevo territorio que atribuían a éstos las diferencias que habían contemplado los romanos (he tratado el asunto con más detenimiento en “El concepto…”, pp. 75-78, principalmente).%p

note4 “Aux origines littéraires d’un mythe historiographique: l’identité basque au Haut Moyen Âge” (agradezco a J.J. Larrea haberme remitido una copia). El trabajo, presentado en 1997, fue publicado en 2002. Antes de ese año, la teoría apareció publicada en 1998, en el capítulo “Le mythe des «féroces Vascons» et la réalité de la crise” de su tesis doctoral (La Navarre du IVe au XIIe siècle. Peuplement et societé, pp. 111-160).</note>

Algunos aspectos de la nueva interpretación habían aparecido ya en un artículo de J.J. Larrea publicado en 1996: “El obispado de Pamplona en época visigoda”. Esta monografía fue contestada por Koldo Larrañaga con un largo artículo titulado “Sobre el obispado pamplonés en época visigoda.” J.J. Larrea replicó con una nueva publicación: “De nuevo en torno a los primeros siglos del obispado de Pamplona”. Y K. Larrañaga puso fin al debate con “A vueltas con los obispos de Pamplona de época visigoda. Apostillas a una réplica”. Aunque la discusión —como sucede ordinariamente— no sirvió para que ninguno de los dos autores cambiara su interpretación, el debate no fue en vano: ha sido la polémica más interesante que se ha producido en la historiografía de los vascones en la época de los reinos germánicos, y constituye un modelo para la discusión de diferencias entre historiadores.%p

En realidad, la teoría de los tópicos literarios sobre los vascones forma parte de una magnífica tesis doctoral sobre el reino de Pamplona, como puede comprobarse leyendo el índice. A mi entender, es el reino de Pamplona la base de la interpretación de J.J. Larrea sobre los vascones en los primeros siglos de la Edad Media. Pese a las fabulaciones de tantos escritores nacionalistas, el reino de Pamplona no presenta unas singularidades que le hagan diferente de otras monarquías. Tampoco los vascones de época romana tuvieron un comportamiento singular. Normalizada la historia de Navarra anterior y posterior a la época de los reinos germánicos, J.J. Larrea ha intentado también normalizar la historia de esta época intermedia. Dejemos ahora la cuestión de las fuentes, que J.J. Larrea soluciona con la teoría de los tópicos literarios. Y centrémonos en la verosimilitud de la propuesta de normalización. En primer lugar, hay que destacar —como, sin duda, reconocería J.J. Larrea— que la historia de una población se explica por sus circunstancias, y no por su idiosincrasia. Y las circunstancias cambiaron en cada época, que fue, además, precedida por un periodo de transición en el que mudaron esas circunstancias (entre la desaparición del imperio romano y la aparición de los vascones belicosos transcurrió más de un siglo; y un periodo aún mayor entre la desaparición de ésos belicosos vascones en Navarra y la aparición del reino de Pamplona). Y en segundo lugar, lo que es más importante aún, hay que recordar que los vascones de la época de los reinos germánicos no fueron ni los de la Antigüedad ni los habitantes del reino de Pamplona, que no fue el regnum vasconum. La geografía de este reino comprendió sólo una parte del territorio de aquellos vascones; y, sobre todo, abarcó también una parte de la Navarra visigoda, donde además se asentó su capital. Eso es suficiente para explicar el parecido del reino de Pamplona con otras monarquías hispanas (he tratado el asunto en “Orígenes hispanogodos del Pamplona]]”).%p

note5 La Navarre…, pp. 147-151; “Aux origines…”, pp. 144 y ss. Ciertamente, Isidoro no habría creado de la nada esos tópicos, sino que se habría basado en la literatura anterior (Ausonio, Paulino de Nola]], Venancioa Fortunato). Pero lo importante para lo que nos interesa ahora es que, para J.J. Larrea, el obispo hispalense habría sido el responsable de la difusión de esos tópicos y, por tanto, de la contaminación de las noticias que tenemos sobre los vascones. </note>

note6 La Navarre…, pp. 160 y 589.</note>

note7 La Navarre…, p. 149.</note>

note8 Domuit Vascones, pp. 29-30, 40-41, 210, 214-216, 228-234, 243, 245, 248-249, 259-260, 279-283, 309 y 520-521.</note>

note9 La crítica que hice a J.J. Larrea estuvo vertebrada por la historia de los vascones que estaba narrando y no por las tesis de ese autor, por lo que quedaron algunas afirmaciones sin refutación y no tuve la oportunidad de añadir algunos razonamientos. Pero la historia que hice resulta una refutación de conjunto. </note>

note10 También lo exigiría un análisis frase a frase del planteamiento de J.J. Larrea para comprobar la validez de los argumentos.</note>

note11 La Navarre…, p. 159.</note>

note12 “Aux origines...”, p. 155. Una vez más, sin ninguna argumentación. A ello, hay que añadir que, en las breves noticias de las crónicas asturianas, los vascones no protagonizan incursiones y aparecen como “rebeldes”. Son dos diferencias muy importantes como para despachar estas noticias como la repetición de un cliché, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de unos textos muy cortos, que apenas dan más detalles; y los que hay también se diferencian de los que se encuentran en las fuentes de la época de los reinos germánicos: boda de un rey, Fruela I, con una vascona (que posiblemente se repitió con Alfonso III e, incluso, con Ordoño I; esto es, con todos los monarcas asturianos que combatieron a los vascones, de tal manera que entre las procedencias conocidas de las reinas asturianas ninguna es mayor que la vascona); refugio del hijo de un monarca y futuro rey en Álava; y combate de los vascones en favor de un rey legítimo. </note>

Además, el calificativo de “rebeldes” empleado por las crónicas asturianas plantea dos problemas a la interpretación de J.J. Larrea, que éste ha obviado. Por una parte, resulta inexplicable que ese adjetivo no aparezca en las fuentes visigodas y francas, que son muchísimo más numerosas y generalmente más extensas, si realmente los vascones fueron unos rebeldes. Por otra, resulta inimaginable que los reyes asturianos intervinieran en el País Vasco para aplastar revueltas de campesinos. %p

He estudiado esas rebeliones de los vascones en Astures et Vascones, pp. 197-299.%p

note13. Trad. de M. Antuña, “Notas de Abi ibn Rika de las lecciones de Ibn Habib acerca de la conquista de España por los musulmanes”, Cuadernos de Historia de España, I-II, 1944, p. 258.</note>

note14 Pseudo Ibn Qutayba, Kitab al-Imana wa-l-siyasa, trad. de J. Ribera, Colección de obras arábigas de Historia y Geografía que publica la Real Academia de la Historia, vol. II, Historia de la conquista de España por Abenalcotia el cordobés, Madrid, 1926, p. 116.</note>

note15 Ibn Idari, Bayan al-Magrib, trad. de E. Fagnan, Histoire de l'Afrique et de l'Espagne, vol. II, Argel, 1904, p. 25.</note>

José Luis Ramírez Sádaba ha señalado que el hecho de que los árabes siguieran llamando “vascones” a los vascones de Navarra prueba que éstos no habían perdido su “nombre étnico”: “¿Habría que admitir que los árabes se apropiaron de la tradición libresca isidoriana? ¿Conocían el latín? En nuestra opinión, estos términos constatan que los árabes encontraron todavía vivo el étnico ·váscones” (“Navarra: los colectivos sociales en la Antigüedad”, p. 53, n. 66). La nota apostilla una crítica al análisis hipercrítico de J.J. Larrea (p. 39). %p

note16 No puede ser casualidad que el territorio de los vascones de finales del siglo VI continúe siendo completamente rural medio milenio después. Ni que todos los textos disponibles hasta el siglo XII testimonien su atraso social, que eso es su barbarie.</note>

note17 Historia Compostelana, II, 25 (trad. de Emma Falque, Akal, 1994, p. 338). El texto también se refiere a Asturias, esto es, Cantabria (dado que el obispo debió de abandonar la costa a la altura de Santillana del Mar, para bajar a Carrión). Pero la referencia a los vascoparlantes indica que su descripción se refiere a éstos.</note>

note18 Aymeric Picaud, Liber Peregrinationis, trad de Millán Bravo Lozano, Guía del peregrino medieval (Codex Calixtinus), Sahagún, 1989, pp. 33 y 36. Lo reproducido es sólo una pequeña parte de la terrible descripción que Aymeric Picaud hizo de bascli (vasco-franceses) y de navarri (habitantes del reino de Pamplona). Sin duda, es un testimonio muy exagerado. Pero es un documento que hay que tener en cuenta cuando se evalúa la veracidad de los testimonios de Ausonio y Paulino de Nola, que siete siglos antes habían esbozado una descripción muchísimo menos terrible del saltus vasconum. Por ello, no me parece correcta la forma con la que J.J. Larrea trató el testimonio de los dos autores tardorromanos: “Para éste Paulino], los vascones del Pirineo no son más que el pretexto para desarrollar un juego literario entre antiguo alumno y maestro. Juego que tiene sus reglas, y exige, en este caso, con toda evidencia, destacar con los trazos más acentuados posibles la imagen negativa elegida para servir de contraste al hombre integer uitae sceleris purus. ¿Por qué los vascones para esto? Porque lo toma de la ironía que Ausonio le ha dirigido previamente. […] Que Paulino —que niega explícitamente haber estado con ellos [los vascones]— los utilice en sus versos como excusa para su juego es perfectamente comprensible. Ahora bien, no ya que vea en el estado de los vascones del Pirineos un problema, sino simplemente que le interesen lo más mínimo, a él como a Ausonio, es harto dudoso; como lo es que tengan ningún interés en describirlos como si —subrayémoslo— la poesía se rigiera por las mismas normas que la geografía. La cuestión no es por qué Paulino habla así de los vascones. La cuestión es que Ausonio y Paulino están hablando de otra cosa” (“De nuevo…”, p. 326). Pero la cuestión, cuando se está estudiando el estado cultural de los vascones del Pirineo, es por qué pueden hablar así maestro y alumno de dicha gente, aunque se trate de un juego y no de un tratado de geografía (lo que no resulta tan importante cuando la descripción es tan general; de hecho, J.J, Larrea acepta que “los pasos pirenaicos den cobijo a ladrones miserables de costumbres salvajes”; y, a diferencia del texto de Aymeric Picaud, poco más hay en los versos de Paulino y Ausonio). </note>

note19 En el caso de los textos árabes, Joaquín Arbeloa recurrió a los rigores del verano y de la siega, para explicar que “viéndolos semidesnudos y escuchando su ininteligible lenguaje, no es de extrañar que los asimilaran a las bestias” (Los orígenes del Reino de Navarra, I, p. 49). </note>

En el caso de los textos del siglo XII, Andrés E. de Mañaricúa recurrió a razones personales de los autores, si bien admitió que el de la <mis>Historia Compostelana</mis> “no podía menos de juzgar bárbaros a unos hombres que hablaban una lengua iliteraria, habitaban un país pobre y se hallaban, sin duda, muy retrasados culturalmente” (“Los vascos vistos en dos momentos de su historia”, pp. 273-294), lo que son razones válidas para todos los escritores que desde Ausonio y Paulino de Nola se han referido a la barbarie de los vascones.%p

note20 A todo ello hay que añadir que ni siquiera el estudio de los textos visigodos sobre los vascones de J.J. Larrea es completo. Únicamente analizó aquellos que mejor podían ser interpretados mediante su teoría (v. infra n. 111). Y aun así esos análisis resultan insuficientes (v. supra n. 8).</note>

note21 En conferencia, he escuchado a M. Pozo afirmar repetidamente, pero sin la argumentación correspondiente, que la aparición de los vascones en las crónicas de Gregorio de Tours y de Juan de Biclaro es una consecuencia de los versos escritos muy poco antes por Venancioa Fortunato.</note>

note22 Si ya es una deficiencia grave que J.J. Larrea no estudiara las noticias de procedencia franca para comprobar cómo podían encajar en la teoría de los tópicos literarios, lo es aún en mayor medida en un planteamiento que se basa en la supuesta influencia de san Isidoro en las obras de los demás. De todas ellas, la que más noticias contiene sobre los vascones es la Crónica de Fredegario. Pues bien: J.J. Larrea no dedicó ni una línea a tratar de probar la influencia de san Isidoro en dicha obra.</note>

note23 Para J.J. Larrea, es una de las razones fundamentales que explicarían las noticias sobre los vascones (“Aux origines…”, pp. 147, 152 y 155; y La Navarre…, pp. 148 y 154).</note>

note24 Historia Francorum, VI, 12. La noticia está datada en el 581. En ese año, Juan de Biclaro refirió lo siguiente: “El rey Leovigildo ocupa parte de Vasconia y fundó la ciudad que se llama Victoriacum”. He estudiado ambas noticias en Domuit Vascones, pp. 162-166.</note>

No se comprende cómo puede entender Francisco Javier Navarro que el ataque de Bladastes fue dirigido contra los visigodos, que habrían derrotado a los francos en la Llanada alavesa, “cuya población podría estar seriamente alarmada por las actitudes de la monarquía visigoda” (“Navarra en la Antigüedad Tardía (siglos III-VII)”, p. 114). Hay que tener en cuenta que el autor supone que “la práctica totalidad de la población [del territorio vascón, que parece identificar con Navarra] estaba muy romanizada y ello significaba que profesaban la religión católica” (p. 111). Eso le lleva a especular con la posibilidad de que los vascones intervinieran en favor de Hermenegildo contra su padre (pp. 111-112), para poder explicar “la colaboración entre vascones y francos” (p. 114). Pero, entre otras cosas, no tiene en cuenta que las potencias católicas no intervinieron en favor de Hermenegildo, y se equivoca cuando, pretendiendo establecer un paralelo de “la colaboración entre vascones y francos”, escribe que “la población de la Bética colaboró abiertamente con las tropas bizantinas en contra de los monarcas visigodos” (p. 114). He estudiado la revuelta del hijo de Leovigildo en “La rebelión de san Hermenegildo”.%p

De la misma manera, F.J. Navarro relaciona la victoria de Gundemaro contra los vascones (v. la noticia, que no puede ser más escueta, infra n. 111) con una supuesta intervención contra Neustria (que equivocadamente considera que dominaba Aquitania), motivada por el acercamiento del rey visigodo a Austrasia (pp. 114-115; también ve en esa campaña “una clara prueba” del intervencionismo franco en el Valle Medio del Ebro).%p

Igualmente, estima que la fundación de Ologicus (Olite) por Suintilla tuvo la finalidad de “cortar la influencia franca sobre el territorio vascón” (p. 114). En cambio, no relaciona a los francos con la revuelta de Froia]], pero F.J. Navarro comete el error de hacer de Chindasvinto el libertador de Zaragoza en el 653, cuando el rey visigodo tenía noventa años y probablemente se estaba muriendo (p. 116). Finalmente, se equivoca también cuando señala que el duque Paulo consiguió la ayuda de los reyes merovingios (obtuvo la del duque Lupo, que se había independizado de los monarcas merovingios, y de sus wascones norpirenaicos) y de los vascones de la Tarraconense, que ya estaban en guerra contra Wamba (p. 116), y cuando señala que esta guerra se desarrolló en “el entorno de Calahorra” (p. 116), sólo porque sabemos que el rey visigodo pasó por esa ciudad tras su victoria contra los vascones.%p

Esta teoría de la colaboración de vascones peninsulares y francos o de la intervención franca en el País Vasco-navarro, que no puede acreditarse en las fuentes, se fundamenta en dos errores:%p

1) El supuesto intervencionismo de los reyes francos en el Ebro durante el siglo VII. F.J. Navarro señala que las acciones directas de los monarcas merovingios “no siempre [están] bien documentadas” (p. 114), cuando no hay documentada ni un sola (la intervención de Dagoberto en el 631 fue en apoyo de Sisenando contra Suintilla). Y no se trata únicamente de un problema de documentación: cuando los reyes francos perdieron el control de Gascuña, en el primer tercio del siglo VII, y del resto de Aquitania, en el segundo tercio de la misma centuria, no tiene sentido especular sobre sus deseos acerca el valle medio del Ebro.%p

2) La malinterpretación de las necrópolis del País Vasco-navarro con influencias norpirenaicas como testimonio de la influencia política franca, hasta el punto de que llega a escribir que la mayoría de los 116 enterramientos de la necrópolis de Aldayeta son “de claro origen franco” (p. 112).%p

note25 Historia Francorum, IX, 7. La noticia corresponde al año 587.%p

He analizado la noticia en Domuit Vascones, pp. 166-168.</note>

note26 En una breve nota, J.J. Larrea comenta excepcionalmente esta noticia franca para decir que los estragos de los vascones no tienen nada que envidiar a otros referidos también por Gregorio de Tours. Sin entrar a discutir el argumento (que, por cierto, no podría ser utilizado con las noticias visigodas), hay que señalar que existe una diferencia fundamental entre unos saqueos y otros: los de los vascones se repiten a lo largo del siglo VII, tanto en Francia como en España.</note>

note27 Recientemente, J.J. Larrea ha escrito que “este tipo de textos [se refiere a todos los que tenemos] son poco dados a referirse a los campesinos, que son objeto de este coloquio, aunque de vez en cuando se levanta una solapa y debajo de lo que en otros textos lleva la etiqueta de vascones, nos encontramos con «el tumulto sedicioso de plebes rústicas», que anuncia realidades más apegadas al suelo, debajo, insisto del cliché literario de los vascones” (“Territorio y sociedad en la Vasconia de los siglos VIII al X”, p. 20). No es cierto, pues ese de vez en cuando es, en realidad, una vez, que, además, es discutible: “No hace mucho tiempo que la rebelión de algunos expatriados traía frecuentes devastaciones al país, y escandalizaba a los pueblos con grandes ruinas, de modo que ningún esfuerzo podía acabar con las bandas de esclavos [cabtivorum turmas], ni con la desolación del país que con tal peste se originaba. […] De ahora en adelante, pues, de tal modo serán designados los reyes para ocupar el trono regio, que sea en la ciudad real, sea en el lugar donde el rey haya muerto, será elegido con el voto de los obispos y de los más nobles de palacio, y no fuera, por la conspiración de pocos, o por el tumulto sedicioso de los pueblos rústicos” (VIII Concilio de Toledo, c. II y c. X, ed. de J. Vives, pp. 269 y 283). Es muy posible que, como plantea J.J. Larrea, estos pasajes estén relacionados con la sublevación de Froia. Pero de ahí a identificar a los grupos de cautivos o los pueblos rústicos con los vascones hay un trecho (como lo hay con respecto a Froia y a los nobles que le secundaron), porque éstos no fueron los únicos que participaron en la revuelta de Froia. Sabido es que la ley visigoda obligaba a los terratenientes a movilizar en las campañas a parte de sus siervos. Es razonable pensar que también lo hicieran cuando se rebelaban y se jugaban tanto (piénsese en el precedente de Dirimo y Veriniano, que utilizaron a sus esclavos para oponerse a Constantino III); por no hablar del reclutamiento de bandas de criminales (H.J. Diesner, “Bandas de criminales, usurpadores y bandidos en la España visigoda”), a los que posiblemente se refiere la expresión cabtivorum turmas, que J. Vives tradujo como “bandas de esclavos”, pero que Pablo C. Díaz considera que son “«partidas de bandidos», en un significado que el término adoptó en el periodo tardoantiguo, que daría lugar, por ejemplo, al italiano «cattivo»” (“Redimuntur captiui” p. 201, n. 21). Eso sería suficiente para explicar la alusión de los obispos reunidos en el VIII Concilio de Toledo. Y más con el método de J.J. Larrea, que supongo que también tiene camino de vuelta, pues si se puede pensar que a unos campesinos empobrecidos se les dé importancia llamándoles “vascones”, también cabe suponer que a los vascones se les pueda llamar pueblos rústicos. A todo ello hay que añadir que hay otros textos, aparte de la epístola de Tajón (que es la principal fuente), que testimonian la participación de los vascones en la revuelta de Froia. Critiqué con más detenimiento la interpretación de J.J. Larrea en Domuit Vascones (pp. 214-216), donde escribí que J.J. Larrea “encontró en esta ocasión sus mejores argumentos en la crítica de los textos sobre los vascones al contraponer el testimonio de Tajón con dos pasajes del VIII Concilio de Toledo.” Sigo pensando lo mismo, porque los aciertos de J.J. Larrea en el análisis de los textos de Ausonio, Paulino de Nola y Venancioa Fortunato (que son los únicos que me parecen válidos) no pueden probar nada sobre las noticias de las crónicas.</note>

note28 La única revuelta campesina de la historia del reino visigodo se produjo en la Orospeda y fue sofocada por Leovigildo en el 577. Y no es poco, pues no tengo noticia de ninguna en el reino franco. Por otra parte, es muy probable que los conflictos entre vascones sean bastantes más que los siete recogidos en unas fuentes que no dan cuenta de toda la historia del reino visigodo (v. infra n. 151). </note>

note29 Una historia nueva de la Edad Media, p. 1243, n. 190. Inmediatamente antes, el autor ha considerado aceptable en términos generales la lectura romanista de la evolución de los alrededores de Pamplona de J.J. Larrea, que me parece correcta. </note>

A mi modo de ver, el planteamiento de J.J. Larrea incurre en una petición de principio. No se plantea una cuestión fundamental: la existencia o no de una frontera en Navarra. Se deshace de ella y de los testimonios que avalan la existencia de una frontera con la teoría de los tópicos sobre los vascones, que supone una respuesta negativa a la pregunta. Eso le permite identificar a los vascones con Navarra, esto es, aplicarles la lectura romanista de una evolución que sólo se puede comprobar al sur de Pamplona. Pero eso es lo mismo que confiere verosimilitud a la indemostrable teoría de los tópicos sobre los vascones, que hace posible esa suma.%p

note30 En la misma línea, A. Azkarate ha señalado que “el pretendido bandolerismo es, en cualquier caso, una explicación insuficiente” (“El País Vasco…”, p. 49).</note>

note31 Traté el asunto en Domuit Vascones, pp. 111-117.</note>

note32 Como demostré en su día (Consideraciones sobre la situación política de los pueblos del Norte de España durante la época visigoda del Reino de Toledo), A. Barbero y M. Vigil probaron la independencia y belicosidad de cántabros y astures con las noticias sobre los vascones.</note>

No sé si los progresos de la arqueología romana en Asturias durante los últimos años han podido influir en la concepción romanista de los vascones de J.J. Larrea. Pero su tesis me parece una asturianización de los vascones. En todo caso, y dado que vamos a abordar la cuestión de la romanización del territorio de los vascones del siglo VI, conviene recordar que en esa zona no sólo no hay una ciudad tardorromana como Gijón, sino ni siquiera una sola villa, cuando en (Asturias ya se han encontrado una docena.%p

Por último, una aclaración. Comentando hace diez años la sorpresa que le producía el avance reciente del romanismo por la cornisa cantábrica, José Ángel García de Cortázar me trataba como un romanista destacado al escribir “que de momento, ni siquiera el propio A. Besga, «Guipúzcoa en la Alta Edad Media», Letras de Deusto, 93 (2001), pp. 9-38, contradice la idea de un espacio guipuzcoano caracterizado por el mismo con los rasgos de «independencia, aislamiento y mantenimiento de estructuras sociales primitivas»” (“Estructuras del poder y el poblamiento en el solar de la monarquía asturiana”, p. 421, n.13). Pero no soy romanista, ni indigenista. O mejor: soy romanista en Asturias y Cantabria, e indigenista en Vizcaya, Guipúzcoa y norte de Navarra, porque las fuentes no permiten un tratamiento unitario de los pueblos del norte, dado que las deducciones que pueden hacerse con ellas son distintas en los dos ámbitos mencionados. Tampoco soy un defensor a ultranza de la independencia de los vascones. De hecho, he defendido la integración de los vascones occidentales en el reino de Asturias, porque las deducciones que pueden hacerse de las fuentes son distintas en una época y otra. Y, desde luego, no estimo que pueda hacerse una lectura nacionalista de la independencia de los vascones en la época de los reinos germánicos. Es más: he criticado las que se han hecho (“La historiografía nacionalista vasca y la época de la transición del esclavismo al feudalismo”). No hay que ver en la independencia de los vascones nada que no hubiera en la que habían tenido antes de la conquista romana o en la que tuvieron los pueblos germanos —que son con los que hay que compararles— más allá del limes. %p

note33 Tampoco significa que no contemple manipulación e ideologización en las fuentes. Pero, por una parte, hay que tener en cuenta que las crónicas son sólo eso: crónicas; no ensayos políticos. Y que la Historia no tuvo en la Edad Media la importancia que se le concede en tantos planteamientos sobre la manipulación de las crónicas (v. Esteban Sarasa, “La construcción de una memoria de identidad”). Por otra parte, estimo que la manipulación en las crónicas se produce sobre todo en la selección de lo que se cuenta. san Isidoro, por ejemplo, cuenta muy poco, lo que, a mi juicio, hace inverosímil que invente mucho (v., si no, cómo se deshizo, sin faltar a la verdad, de la rebelión de san Hermenegildo, que le incomodaba mucho: “Venció, además, después de someterlo a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el trono”). Con todo ello quiero decir simplemente que las crónicas de la época de los reinos germánicos son unas crónicas más, y no especialmente manipuladas. Y que, en todo caso, las manipulaciones hay que demostrarlas y no darlas por probadas mediante juicios de intenciones, muy fáciles de hacer, dado que las noticias —es lo que tiene la Historia— suelen tener implicaciones.</note>

note34 Una de las hipótesis que se manejan para explicar la aparición de tumbas con importantes ajuares es la teoría de la exhibición competitiva de Guy Halsall%p (Settlement and social organization. The Merovingian region of Metz, Cambridge, 1995, 328 pp.), que A. Azkarate ha resumido así: “Más que un reflejo pasivo de una organización social [los depósitos de ajuares funerarios] deben ser contemplados como una estrategia activa en la creación de una realidad social. A mayor estabilidad, menor sería la necesidad de escenificar comportamientos competitivos […]. Y viceversa, a menor estabilidad y aumento de la incertidumbre social mayor será la obligación de recurrir a exhibiciones de prestigio para garantizar y transmitir el poder local” (“Los Pirineos…”, p. 107). Es probable que, por lo que sabemos del contexto histórico, la estabilidad social no sea una característica del territorio de los vascones, pero hay que recordar que la ostentación funeraria es algo común, que se ha dado en todas las épocas y en sociedades en las que las jerarquías estaban bien establecidas. Una vez más, considero que la historia de los germanos al otro lado del limes ofrece paralelos para explicar la historia de los vascones en los primeros siglos medievales.</note>

note35 Sin paralelos en España, las necrópolis del fenómeno Aldaieta, como se las ha llamado, constituyen el descubrimiento arqueológico más importante de los últimos años sobre la época de los reinos germánicos en el País Vasco-navarro. En Asturias y Cantabria, en cambio, el descubrimiento más importante en los últimos tiempos han sido las clausurae visigodas levantadas con motivo de la invasión musulmana (F. Ramos Oliver y F. Jiménez Moyano, “Análisis militar de las fortificaciones de El Homón de Faro (La Carisa) y El Muro (La Mesa)”; y J. Camino Mayor, Y. Viniegra Pacheco y R. Estrada García, “En las postrimeras montañas contra el sol poniente. Las clausuras de la Cordillera Cantábrica a finales del Reino visigodo frente a la invasión islámica”). El contraste entre los dos tipos de descubrimiento no puede ser más significativo.</note>

note36 En este sentido, hay que recordar que el De laude Pampilone prueba que los vascones fueron enemigos de los pamploneses. Ciertamente, su cronología visigoda, en la que sigo creyendo, ha sido impugnada, pero, aunque fuera carolingia (K. Larrañaga, “Glosa sobre un viejo texto referido a la historia de Pamplona: el «De laude Pampilone»”), el testimonio continuaría siendo significativo; lo que es inaceptable es que el texto sea del siglo X —como ha propuesto, enunciando simplemente la hipótesis, Ángel Martín Duque (“Del espejo ajeno a la primera memoria”, pp. 37-38)—, cuando en esa centuria se añadió a la Epistula Honorii, confundiéndose con ella, para dar lugar al De laude Pampilone epistola, una composición en la que simplemente se yuxtaponen dos escritos que no tienen nada que ver. He tratado el asunto en Domuit Vascones, pp. 294-300. Después, Esteban Moreno Resano se ha pronunciado en favor de la datación en el siglo X del De laude Pampilone en un artículo titulado “Cultura jurídica e instituciones cívicas entre la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media. Observaciones a propósito de De laude Pampilone epistola”. Pero, pese al título, no se trata de una monografía sobre el texto que nos interesa, sino sobre la Epistula Honorii, en la que el De laude Pampilone tiene un tratamiento marginal. Simplemente, E. Moreno da por probada la hipótesis no demostrada de A. Martín Duque (es lo que tienen también las observaciones de pasada: que se convierten en demostraciones mediante simples notas en publicaciones posteriores, lo que da lugar, a veces, a auténticos castillos de naipes). No se plantea los problemas que supone una cronología tan tardía, como el de que los vascones aparezcan como enemigos de Pamplona, que sólo puede ser resuelto mediante soluciones forzadas, como la de José María Aguirre Muruzabal, que es el único intento que conozco: “Si en una frase se habla de resistir a los vascones, no es porque éstos asediasen la ciudad. Antes bien, toda la frase es de carácter religioso y habla de «apartarse de los herejes» y de resistir a los «vascones», a los que se supone como gentes desconocedoras del latín, difíciles de predicar en lengua sagrada, y hasta faltos del bautismo y sacramentos” (“Nuevos datos sobre el origen del reino de Navarra”, pp. 42-43). </note>

note37 En cierta manera, el estudio de J.J. Larrea ha abierto la veda para la eliminación como estereotipos de los testimonios que se oponen a la interpretación romanista del País Vasco-navarro que se está elaborando en los últimos años. Como ordinariamente las impugnaciones se han hecho mediante meras afirmaciones, hay que pensar que dichas afirmaciones se basan en la consideración de que el estudio de J.J. Larrea ya habría demostrado lo que había que demostrar (v. infra n. 92).%p

note38 Op. cit., pp. 189, 190, 195 y 200.</note>

<npte>39 El origen del presente artículo se encuentra en la invitación que me hizo J.J. Larrea, a principios de 2012, para participar en un seminario organizado por la País Vasco]] titulado —nótese bien— “Vascones y otros bárbaros”. Aunque deseaba participar para poder hablar con otros historiadores sobre asuntos que hasta entonces había tratado en solitario, lo primero que contesté es que no tenía nada nuevo que decir y que por eso había abandonado la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos en la última década. Sin embargo, la insistencia de J.J. Larrea y el hecho de que no era necesario aportar nada nuevo, porque no estaba prevista ninguna publicación, hicieron que aceptara la invitación, que era —como ya he señalado— lo que realmente deseaba. La preparación de la conferencia me obligó a releer, con más detenimiento, algunos trabajos publicados en la última década y a leer otros que, empeñado en estudios sobre otros ámbitos o épocas, había pasado por alto, como el de M. Pozo, de muy reciente publicación. Fue entonces cuando surgió la idea de escribir este artículo, pues, aunque seguía sin tener nada nuevo que proponer sobre la historia de los vascones en los Edad Media, sí podía ser conveniente —e incluso necesario— criticar algunas novedades que se habían publicado en la última década.</note>

La historia de los vascones en los <tie>primeros siglos de la Edad Media</tie> presenta problemas suficientes para realizar varias monografías. Seguramente, el más urgente de esos problemas es la explicación de las necrópolis con tipologías norpirenaicas descubiertas desde 1987. En 1999, Joaquín Azkarate publicó la memoria de excavación e inventario de los hallazgos de la necrópolis de Aldayeta, la más importante de todas, y prometió para el año siguiente la publicación del estudio de los materiales y su contextualización (Aldaieta, p. 17). Pues bien, ese estudio todavía no se ha producido. No es una crítica, pues comprendo perfectamente los problemas que presentan esas necrópolis para su inserción en la historia conocida de los vascones. Sólo pretendo constatar las dificultades que hay para realizar aportaciones incluso cuando hay nuevos datos. En todo caso, las necrópolis testimonian, una vez más, la militarización de una población independiente del reino visigodo y constituyen, por tanto, un argumento más contra la pretensión de convertir a los vascones en sempiternos rebeldes. También acreditan la existencia de una aristocracia, pero es algo que ningún investigador había puesto en duda. %p

En la última década, sólo tengo noticia de la aparición de una investigación monográfica, y con escasos resultados, debidos a la dificultad para realizar aportaciones que presentaba el asunto elegido: “La representación épica del combate y de la muerte del guerrero en el epitafio de Opilano]] (año 642)” de Esteban Moreno Resano. Tampoco se ha producido una crítica argumentada de alguna de las interpretaciones que conforman la communis opinio de los historiadores sobre los vascones de los Edad Media. Lo que ha habido son estudios de pocas páginas sobre toda la historia de los vascones de la época de los reinos germánicos. Eso podía tener sentido hace treinta años, pero no ahora con todo lo publicado. Es más: ese tipo de publicaciones resultan contraproducentes, pues las novedades que plantean, dada su brevedad, no pueden argumentarse como es debido. Las publicaciones breves y de carácter general tienen sentido en obras de síntesis y como una actualización del estado de los conocimientos, lo que es algo muy útil. Por eso, tampoco tiene sentido que en este último tipo de publicaciones se formulen interpretaciones originales, cuya argumentación se reduce a la enunciación de la hipótesis (v. supra n. 24). Y es que no se entiende que si se considera que se puede hacer una aportación a la historia de los vascones, cuando tan difícil resulta hacerlas a estas alturas del desarrollo de la historiografía, no se aproveche la ocasión para realizar un estudio monográfico, que debería ser el marco obligado para las nuevas interpretaciones.%p

Así, el balance de la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos no puede ser positivo: no sólo no se ha demostrado nada nuevo, sino que la publicación de numerosas interpretaciones de pasada ha generado una confusión evitable. %p

Lamento tener que decirlo y lamento tener que haber hecho este artículo, el único que he hecho sin ganas. Por una parte, he tenido que abandonar otros asuntos en los que estaba más interesado, para desandar un camino y regresar sin más provecho que comprobar que era el sendero correcto. Por otra parte, tengo aprecio personal y admiración a Juan José Larrea, que he testimoniado en varias ocasiones. Pero, amicus Plato… %p

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