Besga2012/events/2

De EsWiki

Sobre los errores de Caro Baroja y su influencia

  1. En primer lugar, hay que señalar que el planteamiento de M. Pozo supone una radicalización de la interpretación de J.J. Larrea.
  2. Al tópico de los vascones creado por san Isidoro, que habría afectado a la historiografía antigua, habría que sumar otro elaborado por Julio Caro Baroja, que habría confundido a la historiografía contemporánea hasta nuestros días<n>40</n>.
  3. Este tópico sería la barbarie o subromanización de los vascones de época visigoda<n>41</n>.
  4. Según M. Pozo:
  5. “Su propuesta se sostiene en dos pilares.
  6. Por un lado, la Historia social y económica del <org>Imperio Romano</org> de Rostovtzeff le proporciona el marco general sobre la sociedad romana.
  7. Por otro, la distribución de los restos arqueológicos constituye la prueba de la escasa romanización de los habitantes de la Vasconia atlántica.”<n>42</n>
  8. Al insistir en la influencia de Rostovtzeff en la tesis que atribuye a Caro Baroja,<n>43</n> M. Pozo hace de la barbarie de los vascones una teoría más inconsistente aún, pues sería obra realmente de alguien que no estudió su historia<n>44</n>.
  9. Pero es evidente que Don Julio no defendió la tesis de la barbarie de los vascones del norte por la influencia de Rostovtzeff, pues ya tenía esa idea antes de leerlo, dado que era algo aceptado por todos en la primera mitad del siglo XX<n>45</n>.
  10. Esta interpretación de la obra de Don Julio resulta un ejemplo significativo.
  11. A mi juicio, la teoría de los tópicos de los vascones supone un constante desafío a la navaja de Ockham.
  12. Es más: podría decirse que se basa en el procedimiento de buscar tres pies al gato en las noticias sobre los vascones, pues eso es —a mi entender— despreciar una solución sencilla y suficiente, como la de que el cronista trata de narrar lo que ha pasado (lo que se puede matizar en mayor o menor medida, como sucede con cualquier noticia, pero sin convertir a las que poseemos sobre los vascones en un caso especial, en el que deberían regir criterios excepcionales), para proponer otra basada en supuestos muy difíciles de demostrar, como son que lo escrito se debe a una influencia de este o aquel autor que lleva a tergiversar la realidad, o —y muchas veces también “y”— que directamente se tergiversa esa realidad para forzar el parecido del rey que derrota a los vascones con un gran personaje de la Antigüedad, o legitimar el dominio de un reino.
  13. Posibilidades todas ellas que no hay que descartar, como sucede con las noticias de otros pueblos, pero que no basta con enunciar para darlas por probadas, confundiendo la posibilidad de formular una hipótesis con su demostración.
  14. Y más cuando el campo de lo posible, gracias a la falta de datos en una época que ha sido llamada la “Edad Oscura”<n>46</n>, es tan amplio, lo que facilita la búsqueda de pies al gato.
  15. Volveremos sobre el asunto, pues he adelantado una conclusión para aprovechar un ejemplo tan ilustrativo.
  16. En este caso, lo que hizo Don Julio —que era un sabio y no un historiador— fue simplemente recurrir a Rostovtzeff para poder estudiar la historia romana de Los pueblos del Norte, que es el título que dio a su obra principal sobre las etapas más antiguas de la historia del País Vasco-navarro<n>47</n>.
  17. Al estudiar esos pueblos, Caro Baroja hizo mucho más que un mapa de los hallazgos arqueológicos, que para M. Pozo “constituye la clave fundamental de su argumentación”<n>48</n>.
  18. Su importancia se debe al hecho de que una imagen vale más que mil palabras.
  19. No es necesario entrar a comentar los errores que pudo cometer en su día Don Julio<n>49</n>.
  20. Lo relevante es que ese mapa, enriquecido con los descubrimientos de las últimas décadas, continúa siendo significativo.
  21. Y no engaña, pues lo que se deduce de la distribución de los hallazgos arqueológicos coincide con lo que se puede concluir del resto de las informaciones disponibles, empezando por la supervivencia del euskera, hecho excepcional al que no dan ninguna importancia (ni ninguna explicación) J.J. Larrea y M. Pozo, pero que testimonia claramente la falta de romanización<n>50</n>.
  22. Por cierto: la idea de que las fuentes nos engañan se ha convertido en un recurso más en la historiografía altomedieval española, que tiene su ejemplo más famoso en la teoría indigenista de Barbero y Vigil<n>51</n>.
  23. Y es que, a estas alturas de la investigación, el medio más sencillo para proponer una interpretación revolucionaria, cuando no ha aparecido nueva documentación, es suponer que las fuentes, que han sido estudiadas una y otra vez, no dan cuenta de la realidad, lo que implica también que han sido mal analizadas, como señaló J.J. Larrea:
  24. “Los historiadores han puesto los fundamentos esenciales de esta visión [equivocada] del pasado vasco sobre un haz de fuentes de naturaleza literaria. Pero no ha habido un verdadero diálogo con los filólogos y los historiadores de la cultura. Bien al contrario, el pequeño cuerpo de textos que contienen alusiones a los Vascones ha sido leído de acuerdo con un razonamiento tan simple como decepcionante. De un lado, se ha partido de un a priori según el cual los escritores de la Antigüedad habrían tenido un cierto conocimiento de la Vasconia real cada vez que se referían a los vascones. De otro, se ha admitido que ellos se habrían limitado a traducir esta percepción por una imagen hostil, deformada y penetrada de desprecio a causa del carácter lejano y extranjero del horizonte cultural del mundo vascón”<n>52</n>.
  25. Refiriéndose a un anterior planteamiento parecido, Koldo Larrañaga escribió un párrafo que merece reproducirse:
  26. “Se lamenta Larrea de que en la historia vasca se haya eludido «el ejercicio inexcusable de crítica de las fuentes». ¿No le parece algo fuerte, referido a textos como los de Prudencio, Paulino de Nola, Venancioa Fortunato, Isidoro, etc., sobre los que han pasado una y mil vez los C. Sánchez-Albornoz, J.M. Lacarra, J. Caro Baroja, A. Barbero y M. Vigil, J.M. Blázquez, J. Fontaine (especialista en historia literaria, éste!), M. Rouche, J.J. Sayas, etc.? ¿Que ellos tienden a lecturas distintas de las de uno? ¡Qué se le va a hacer! Pero lo que no procede bajo ningún concepto es afirmar que tantos autores de honestidad reconocida científica no hacen crítica de las fuentes de que se valen. Podrá decirse que su crítica no es acertada o que es insuficiente, y tratar de probarlo con argumentos pertinentes; pero no que no la hagan.”<n>53</n>
  27. A mi juicio, se puede dar completamente la vuelta al pasaje reproducido de J.J. Larrea.
  28. El lector encontrará en el presente artículo elementos suficientes para hacerlo.
  29. Ahora simplemente comentaré que con referencias a “los filólogos y los historiadores de la cultura”, como hace J.J. Larrea y repite M. Pozo, se da la impresión que la barbarie de los vascones es una percepción de los historiadores, que no han tenido en cuenta las aportaciones de otros investigadores.
  30. Pero lo que no se encuentra en las publicaciones de ambos autores son menciones concretas a las aportaciones de esos especialistas que no habrían tenido en cuenta los historiadores.
  31. Esta línea de descrédito de la historiografía es seguida por M. Pozo.
  32. De hecho, una de las dos críticas más importantes que hace a Caro Baroja y a sus incondicionales seguidores<n>54</n> es lo que llama interpretación literal de las fuentes, hasta el punto de que se refiere a ella en seis ocasiones en las apenas doce páginas del artículo n55.
  33. Dejo para más adelante la refutación de esta crítica, cuando hayamos visto lo suficiente para poder afirmar que M. Pozo llama “interpretación literal de las fuentes” a cualquier interpretación basada en la documentación que no coincida con la suya.
  34. Ahora resulta preferible tratar la otra crítica importante, que es la acumulación de datos como método de demostración, a la que M. Pozo se refiere otras seis veces.<n>56</n>
  35. La crítica nos afecta a todos, y nominatim a Caro Baroja y a Barbero y Vigil, de los que escribe que “se puede decir que su trabajo dio el empujón definitivo a la teoría carobarojiana.”<n>57</n>
  36. M. Pozo les critica que simplemente citaran las fuentes sin estudiarlas en cada caso<n>58</n>, sin mencionar la bibliografía correspondiente y, sobre todo, sin hacer “ni una alusión a los estudios previos de los escritores tardoantiguos,”<n>59</n> ni “una crítica textual dirigida a explicar, por ejemplo, la motivación de los autores que introducen a los vascones en sus obras.”<n>60</n>
  37. Las dos últimas observaciones constituyen la clave de la nueva interpretación que se propone.
  38. Pero lo que no tiene en cuenta M. Pozo es que las obras de Caro Baroja y de Barbero y Vigil a las que se refiere no son estudios monográficos sobre los vascones.
  39. En obras de síntesis o ensayos, no puede exigirse un análisis de cada noticia empleada.
  40. En esos casos, como son los de las obras citadas, basta con la cita de las noticias, como se puede comprobar por doquier.
  41. El procedimiento sólo es criticable si las noticias acumuladas han sido impugnadas, pero éste no es el caso (salvo alguna excepción, que no cambia el diagnóstico).<n>61</n>
  42. M. Pozo, como hemos visto, alude imprecisamente a la falta de referencias bibliográficas.
  43. Pero no señala ni un solo caso de una noticia citada que estuviera impugnada (y yo lo desconozco).
  44. Además, si los autores citados simplemente acumularon los datos, otros los han estudiado en monografías u obras de conjunto, por lo que no se puede considerar, como hace M. Pozo, que la barbarie de los vascones esté basada “en un método difícilmente aceptable, consistente en la acumulación de los testimonios, tanto arqueológicos como escritos.”<n>62</n>
  45. De hecho, Agustín Azkarate se ha podido quejar de todo de lo contrario:
  46. “El problema principal que tenemos para imaginar cómo fueron las cosas en aquellos siglos es, precisamente, el de la escasez de fuentes escritas que han llegado a nuestras manos. Aunque resulte difícil de creer para un observador imparcial, las miles de páginas escritas se han basado, sustancialmente, en once testimonios para el área cispirenaica y ocho para los viejos territorios “novempopulanos” en los que se hace referencia explícita bien a <org>Vasconia</org> bien a los vascones<n>63</n>. Apenas, por tanto, una veintena de referencias que, a pesar de su extrema brevedad en ciertos casos, han llamado la atención de un sinfín de historiadores. Algunos de ellos se han especializado —cual laboriosos «penélopes»— en tejer y destejer interpretaciones de unos y otros, criticando este punto de vista, corrigiendo ese matiz, denunciando aquella presunta incorrección, reprochando a unos intenciones presuntamente torticeras, premiando a otros que coinciden con sus opiniones<n>64</n>. Entre unos y otros hemos generado una literatura que produce una creciente sensación de hastío en quien —por una u otra razón— ha de escribir sobre este periodo histórico.”<n>65</n>
  47. Sin ir más lejos, yo mismo estudié en 2001 exhaustivamente todas y cada una de las noticias sobre los vascones entre los siglos V y VIII, teniendo en cuenta todo lo que conocía que se había escrito sobre ellas, incluidas las novedosas interpretaciones de J.J. Larrea.
  48. No estimo que el esfuerzo pueda quedar invalidado por el hecho de que no aceptara razonadamente esas interpretaciones. Sería incurrir en una petición de principio.
  49. M. Pozo realiza otras críticas menores sobre la metodología empleada por Caro Baroja, en las que no es necesario entrar, porque la cuestión de la barbarie de los vascones es independiente del mayor o menor acierto de Don Julio.
  50. Lo importante es resaltar la conclusión que deduce de todo ello: “Sus conclusiones [de Caro Baroja] son el resultado de una actitud impresionista, no metódica.”<n>66</n>
  51. Sin embargo, le disculpa: “Al fin y al cabo, Caro Baroja] aplica el conocimiento historiográfico y las herramientas hermenéuticas de su época”<n>67</n>.
  52. Pero esa generosidad no alcanza a sus seguidores, que fuimos todos hasta hace poco y casi todos ahora:
  53. “Tal explicación ha sido compartida por la mayor parte de los historiadores que se han dedicado al estudio de los vascones de los siglos VI y VII. #Pero la admisión de la propuesta de Caro Baroja traía también aparejada consigo la práctica de un método difícilmente aceptable, consistente en la acumulación de los testimonios, tanto arqueológicos como escritos, y la lectura literal de los textos.
  54. En estas condiciones se entiende la dificultad para ir más allá de un círculo en el que una convicción previa condiciona un método que necesariamente va a retroalimentar la convicción<n>68</n>.
  55. No sorprende que más de sesenta años después de J. Caro Baroja, la percepción de los habitantes de la <org>Vasconia</org> altomedieval continúe siendo, a grandes rasgos, la misma”.<n>69</n>
  56. La última frase resulta muy significativa.
  57. ¿Es que acaso en Historia no hay ideas que puedan mantenerse sesenta años?; ¿es que la nueva interpretación que se nos propone nace con fecha de caducidad y sólo servirá para un tiempo?
  58. Ciertamente, hay un sector en la historiografía que considera que el adjetivo “renovador”, del que se ha abusado mucho en los últimos tiempos, tiene una connotación positiva.
  59. De la misma manera, cada año se da cuenta en los medios de comunicación de descubrimientos revolucionarios que cambian la concepción de este o aquel aspecto del pasado, lo que inevitablemente tiene que producir perplejidad entre un sector del público y cierto escepticismo hacia la utilidad de la Historia, dado que, sumados todos los cambios que supuestamente se han producido, se tiene que concluir que lo que estudiaban nuestros padres no servía para nada<n>70</n>. Y eso sucede porque, por distintas razones, hay un deseo de novedades entre el público y entre los historiadores.
  60. Pero la Historia no es como el arte contemporáneo: la originalidad no es una de las principales virtudes, pues los historiadores generalmente disponen de las mismas fuentes que ya han empleado otros investigadores:
  61. Luis García de Valdeavellano[…] en su magistral Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia expresaba con palabras exactas ese sentido de «continuidad de toda investigación histórica, que es, sobre todo, tradición».
  62. «Fuego que unos encienden y otros mantienen vivo, esfuerzo sostenido de grandes y pequeños investigadores, porfiado empeño de muchos que no desdeña ninguna obra, ninguna aportación si ha sido inspirada por el noble afán del descubrimiento de la verdad»”<n>71</n>.
  63. No es nada nuevo. La idea ya fue expresada al comienzo del renacimiento del siglo XII —del que procedemos— por Bernardo de Chartres, cuya constante cita acredita el consenso que provoca:
  64. “Somos como enanos aupados a hombros de gigantes, de manera que podemos ver más cosas y más lejanas que ellos, no por la agudeza de nuestra vista o por nuestra elevada estatura, sino porque estamos alzados sobre ellos y nos elevamos sobre su altura gigantesca.”<n>72</n>
  65. No diré que, por lo que se llega a escribir demasiadas veces en los últimos tiempos, parezca que ahora haya gigantes pisoteando enanos. Para no caer en la exageración —pese a que resultaría muy expresiva— basta decir “enanos sobre enanos”. No es algo en principio criticable, porque la modestia de Bernardo de Chartres era un recurso expresivo; de hecho, su juicio implica que los enanos de hoy serán los gigantes de mañana. Lo que es criticable es la pretensión implícita en tantos planteamientos renovadores de que se pueda ver mucho más lejos y mejor no por los trabajos de los gigantes o enanos que nos precedieron, sino por la posesión de unos mejores métodos. Pero la Historia no es como las Ciencias que no necesitan apellido, en las que cada generación tiene una tecnología mucho mejor que permite contemplar cosas que antes no podían ser vistas<n>73</n>. En la Historia, lo fundamental son los conocimientos, que podemos adquirir gracias a los que nos precedieron<n>74</n>.
  66. En cambio, en lo que sí se puede imitar a la Ciencia, cuya sombra tanto obsesiona en las llamadas “Ciencias Sociales”, es en su carácter de saber acumulativo, que progresa ordinariamente mediante pequeñas aportaciones, pese a los cambios revolucionarios que se producen en la metodología,<n>75</n> y no mediante bandazos, como ha sucedido en el último medio siglo en la historiografía sobre los pueblos del norte de España, donde hemos pasado de un injustificado e indiscriminado indigenismo de todos a otro injustificado e indiscriminado romanismo también de todos. Lo reconocía recientemente Stephen W. Hawking, al comenzar así su historia de la ciencia, titulada significativamente A Hombros de Gigantes: Las Grandes Obras de la Física y la Astronomía:
  67. “«Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes», escribió Isaac Newton a Robert Hooke en 1676. Aunque se refería a sus descubrimientos en óptica, más que a sus trabajos, más importantes, sobre gravitación y leyes del movimiento, el comentario de Newton refleja cómo la ciencia, y de hecho el conjunto de la civilización, consiste en una serie de pequeños progresos, cada uno de los cuales se alza sobre los alcanzados anteriormente.”<n>76</n>
  68. La frase de Bernardo de Chartres es aplicable también a Caro Baroja en la cuestión de la romanización de los vascones. Pese a la importancia concedida por M. Pozo, el mayor o menor acierto en los estudios de Caro Baroja sobre la romanización de los vascones septentrionales y sus vecinos occidentales es un asunto irrelevante en la cuestión de la romanización del País Vasco-navarro. La romanización deficiente del norte de Las Vascongadas y Navarra no es una creación de Don Julio. En este caso, Caro Baroja continuó una tradición, unánime, que, además, remonta al siglo XVI, como reconoció J.J. Larrea.<n>77</n> Hasta tal punto es así, que Juan Carlos Elorza pudo escribir lo siguiente:
  69. “En la Edad Moderna se creó en el País Vasco una tradición sobre la independencia de la región en época romana; así, por ejemplo, el P. Henao, en sus Averiguaciones de Cantabria, dice aquellas cosas tan curiosas de que «las águilas del Imperio romano no llegaron a hollar nuestros hogares, etc., etc.», y que él no conoce más que un testimonio epigráfico en un pueblo de la provincia de Álava, y añade «pero probablemente habrá sido traído en la Edad Media por algún curioso o coleccionista de objetos raros.»”<n>78</n>
  70. Desde entonces, la tesis de la no romanización de los vascones y de sus vecinos occidentales se ha ido matizando hasta la actualidad. Pero tampoco Caro Baroja es el autor del cambio más importante que se ha producido en la concepción de la romanización en el País Vasco-navarro y que sigue vigente en nuestros días: la distinción de dos zonas, una romanizada y otra subromanizada (por poner un término que abarque los distintos matices que puede suscitar la falta de romanización), la una al norte y la otra al sur, que, al no coincidir con las vertientes atlántica y mediterránea, se pueden denominar, a falta de mejor nombre, como el saltus y el ager<n>79</n>. Esa distinción se hizo en el siglo XIX, y todo lo más que se puede atribuir a Caro Baroja es haberla perfeccionado y popularizado<n>80</n>.
  71. De la misma manera, la vigencia durante los últimos sesenta años de la tesis de la subromanización del norte de Las Vascongadas y de Navarra no es el resultado de la influencia de Caro Baroja.
  72. Tampoco es una convicción particular de los historiadores de los vascones de la época de los reinos germánicos, que pudiera explicarse por un insuficiente conocimiento del periodo romano. Es lo que se deduce de los datos que disponemos y de los estudios que se han hecho<n>81</n>.
  73. No hay ninguna razón para desconfiar de este resultado. Es más: la excepcional supervivencia del euskera lo avala, y la excepcional historia del territorio en los primeros siglos medievales lo confirma<n>82</n>. No conozco, en cambio, nadie que haya defendido lo contrario, y M. Pozo no lo cita<n>83</n>.
  74. Si lo que escribió Caro Baroja resulta irrelevante para la cuestión de la romanización de los vascones, no sucede lo mismo con la crítica de M. Pozo sobre Don Julio.
  75. No sólo es el argumento principal, que ocupa la mitad del estudio, sino que verdaderamente es el único argumento, pues la otra mitad está dedicada a comentar la influencia —“lastre” la llega a llamar, como hemos visto— de Caro Baroja en los autores que consideran que los vascones de la época de los reinos germánicos, que no son los mismos que los del periodo romano, no estaban romanizados.
  76. Y es que M. Pozo no aporta ni un solo dato que permita replantear la cuestión, ni cita publicación alguna que pudiera cubrir ese decisivo vacío. Todo se limita a las deficiencias de método de Caro Baroja y de sus incondicionales seguidores.
  77. Aun en el caso de que hubiera acertado —que no lo es—, no habría demostrado nada sobre los vascones de época romana y los de los primeros siglos medievales.
  78. Con ello, este replanteamiento sobre la barbarie de los vascones en los siglos VI y VII queda sentenciado. No obstante, estimo conveniente continuar con la crítica, porque permite abordar algunas cuestiones de método que van más allá del artículo de M. Pozo y de la historiografía sobre los vascones de comienzos de la Edad Media.
  79. Tras señalar que Barbero y Vigil dieron el “empujón definitivo a la teoría carobarojiana”, M. Pozo continuó así:
  80. “Tan es así que en la actualidad sigue siendo la explicación predominante. Más allá de excepciones recientes, la mayor parte de los historiadores que en las tres últimas décadas se han dedicado al estudio de los vascones, como por ejemplo K. Larrañaga, A. Besga, J. J. Sayas, M. Rouche o R. Collins han aceptado la idea de la escasa romanización.”<n>84</n>
  81. En la nota correspondiente, M. Pozo específica los autores que constituyen las excepciones recientes, mencionando un artículo o capítulo de libro en cada caso: Juan José Larrea<n>85</n>, Iñaki Martín Viso<n>86</n>, Esteban Moreno Resano<n>87</n> y Javier Arce. n88
  82. Sin embargo, el apoyo que ha recibido la teoría de los tópicos sobre los vascones es menor de lo que da a entender M. Pozo. De los cuatro autores citados, únicamente J.J. Larrea se sitúa plenamente en esa línea.
  83. Pero es que es el creador de la teoría, que, desde su formulación, no ha escrito nada nuevo<n>89</n>. En cambio, me sorprende encontrar en esa lista a I. Martín Viso, pues no me ha parecido verle recurrir a los supuestos tópicos de las crónicas para reescribir la historia de los vascones<n>90</n>.
  84. Sí han recurrido a esa estrategia E. Moreno y, sobre todo (aunque ha escrito mucho menos), J. Arce, pero no de una manera sistemática, por lo que cabría clasificarlos como partidarios moderados de la teoría, como, a mi juicio, puede hacerse con Santiago Castellanos, cuyo reciente estudio “Astures, Cantabri, and Vascones: The Peoples of the Spanish North during the Late and Post Roman Period” fue publicado después de que M. Pozo acabara el suyo<n>91</n>.
  85. En todo caso, lo importante es que E. Moreno y J. Arce no han conseguido demostrar nada en esa línea interpretativa.
  86. Como no tengo espacio para desarrollar una crítica exhaustiva de los trabajos de ambos autores que justifique la afirmación realizada, ni resulta completamente necesaria para los objetivos del presente estudio, me limitaré a señalar algunos aspectos que estimo que son suficientes<n>92</n>.
  87. Demostrar que una noticia, que no puede ser corregida por otra y ha sido analizada por tantos, obedece a una serie de tópicos que no tienen que ver con la realidad es una empresa sumamente difícil<n>93</n>.
  88. Por eso, resulta improbable que se tenga éxito cuando se falla en lo fácil, como es la cronología de las campañas objeto de estudio, que es lo que le ha pasado a E. Moreno<n>94</n>.
  89. O no se conocen todas las fuentes (que no son muchas)<n>95</n> ni la bibliografía<n>96</n>, que es lo que parece que sucede con Javier Arce, cuyo breve estudio sobre los vascones de la época de los reinos germánicos<n>97</n> es de una superficialidad rayana en la frivolidad<n>98</n>.
  90. Un párrafo añadido a la versión original del estudio en su última publicación confirma los juicios ya acreditados en las notas correspondientes:
  91. “El relato que nos ha dejado Julián de Toledo de la expedición de Wamba para aplastar la sublevación de la Narbonense del dux Paulo merece un comentario<n>99</n>.
  92. Antes de dirigirse a la Galia (año 673) el rey se encuentra en expedición contra cántabros y vascones.
  93. No sabemos por qué estaba allí, ni cuáles eran las causas de la expedición. ¿Amenazaban los vascones con unirse a los francos contra el rey visigodo? Una vez que el rey consiguió frenarlos y obtuvo rehenes y un acuerdo con ellos, de forma que se convirtieron en aliados suyos, se enteró de la rebelión de Paulo en la Narbonense. Y se dirigió hacia allí.
  94. Parece que la política de los reyes visigodos frente a los vascones es una política de prevención a sus posibles alianzas pero no porque se alzaran contra el regnum en un intento de derrocarlo o de encontrar la independencia.”<n>100</n>
  95. Pero no acierta en ninguna de sus afirmaciones, porque no conoce suficientemente el episodio que está interpretando:
  96. 1. La campaña de Wamba no fue contra los cántabros, sino que partió de Cantabria<n>101</n>.
  97. 2. Julián de Toledo señala que el objetivo de la campaña era el sometimiento de los vascones. No tiene ningún sentido plantearse la posibilidad de que “los vascones amenazaran con unirse a los francos contra el rey visigodo”, pues debería saberse que para esas fechas los monarcas francos no tenían ningún poder al sur del Loira<n>102</n> y que una nota considerada fidedigna de un manuscrito del siglo XII nos informa que en el año 672 Clotario III combatió a los wascones<n>103</n>.
  98. 3. La noticia de la rebelión del duque Paulo le llegó a Wamba antes de que comenzara a combatir de los vascones. Basta con leer el texto.
  99. 4. La deducción de que los vascones se convirtieron en aliados de Wamba es una suposición gratuita, que, además, se contradice con la pretensión de negarles la independencia.
  100. 5. La conclusión carece de fundamento, pues lo que acredita la historia de los vascones en la Península Ibérica es que las campañas visigodas contra ellos fueron reacciones a agresiones previas, y no campañas preventivas ni de conquista.
  101. Ciertamente, los vascones no intentaron derrocar el reino visigodo, pero eso no es la única alternativa a una política preventiva contra sus posibles alianzas (lo mismo sucede con el objetivo de encontrar la independencia)<n>104</n>.
  102. Los vascones del saltus (cuyo nombre se extendió al comienzo de la Edad Media a sus vecinos occidentales y septentrionales) se encontraron con la independencia con la desaparición del imperio romano, y después la mantuvieron, como implícitamente se deduce de la (errónea) interpretación de J. Arce de que los reyes visigodos se limitaron a impedir que los vascones se aliaran con otros<n>105</n>.
  103. Llegados a este punto, puedo señalar ya que el planteamiento de M. Pozo es muy parecido al que un poco antes habían hecho sobre los astures y el reino de Asturias cinco autores en un artículo colectivo<n>106</n>, que he criticado recientemente<n>107</n>.
  104. Una crítica que por ello puede aplicarse, mutatis mutandis, al estudio de M. Pozo, pese a que los objetivos de ambos trabajos son realmente opuestos: en uno se niega el indigenismo de los vascones, y en el otro se intenta defender el indigenismo (ahora moderado) de los astures, refutado en las últimas décadas. Significativamente, la estrategia es parecida.
  105. En el artículo sobre los astures también se condena lo que sus cinco autores entienden por “interpretación literal de los textos”, cuya crítica dejo para más adelante, cuando hayamos comprobado que M. Pozo llama así a partir el análisis de la lectura literal. En este caso, el responsable de una concepción equivocada del reino de Asturias es C. Sánchez-Albornoz, acusado principalmente de “creer a ciegas en los diplomas, admitiendo en general su autenticidad; no valorar adecuadamente la clarísima ideologización de las Crónicas, las de Alfonso III especialmente, partiendo siempre de la interpretación literal de los textos.”<n>108</n>
  106. También en este caso el error se habría perpetuado hasta nuestros días gracias a la existencia de unos seguidores incondicionales: “Las pautas características de «hacer historia» de Sánchez-Albornoz fueron defendidas y seguidas por muchos historiadores que lo consideran hoy como un maestro indiscutible, admitiendo muchas de sus tesis sin vacilaciones y casi al pie de la letra.
  107. En esta tradición historiográfica habría que situar las obras de García Toraño, Besga Marroquín, la más reciente de Ruiz de la Peña y las novísimas de Bronisch y Deswarte”.<n>109</n>
  108. El paralelismo, pues, culmina con la enumeración de cinco autores equivocados, entre los que vuelvo aparecer.
  109. Pero lo significativo es que, en ambos casos, los grupos de historiadores que se comparan son muy distintos.
  110. Unos, los que se pretende que están en el buen camino, son todos españoles y sólo han realizado breves publicaciones, que, en su conjunto y en el mejor de los casos, no suman doscientas páginas.
  111. Los otros han escrito libros, lo que se compadece mal con la acusación de seguidismo que se les imputa<n>110</n>.
  112. Ciertamente, en un mundo en el que el Hijo de Dios fue alumbrado en un establo, ningún nacimiento puede ser considerado modesto.
  113. Pero también es verdad que, como señaló David Hume, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Y las afirmaciones que han hecho J.J. Larrea y M. Pozo sobre las fuentes relativas a los vascones en los Edad Media lo son.
  114. Exigen, por tanto, un estudio monográfico y exhaustivo, porque afectan a toda la historia de los vascones de la época de los reinos germánicos.
  115. No pueden ser suficientes breves estudios, aunque estén bien argumentados, lo que no ha sido el caso, como estimo haber demostrado.
  116. En un trabajo de esa naturaleza, sólo hay espacio para abordar algunos aspectos de una realidad muy compleja, y la experiencia enseña que en este tipo de propuestas únicamente se tratan los aspectos que pueden ser favorables a la teoría que se pretende demostrar<n>111</n>. Y eso es insuficiente<n>112</n>.
  117. Además, una interpretación como la “teoría de los tópicos sobre los vascones” resulta muy difícil demostrar y, por consiguiente, exige un esfuerzo adicional en la argumentación.
  118. En principio, sólo se puede hacer Historia con fuentes. En este caso, lo que se pretende es hacerla con las fuentes en contra.
  119. Es muy difícil —y, desde luego, un trabajo arduo— corregir una noticia cuando no se tiene otra que la contradiga. Y, a mi juicio, es imposible hacerlo con todas, cuando además el contexto conocido no las contradice, como lo prueba el hecho de que hasta ahora los historiadores no habían sido conscientes de semejante contradicción y salvo las excepciones referidas siguen sin serlo.
  120. Por otra parte, cabe recordar que no es suficiente mostrar que una tesis es posible, pues en el estudio de la Alta Edad Media eso tiene poca importancia, dado que la falta de informaciones hace que el campo de lo posible sea muy amplio.
  121. No es difícil encontrar para un texto un precedente en otro texto (sobre todo, si se reduce al empleo de una determinada palabra u otra semejanza de la misma categoría)<n>113</n>, o comparar lo que se cuenta de un personaje con alguno de la Antigüedad.
  122. Tampoco lo es hallar un interés ideológico en una noticia, pues los hechos generalmente tienen algún significado, lo que constituye una de las razones de la importancia de la Historia.
  123. Establecer relaciones de ese género no convierte a una noticia en simple literatura: sólo demuestra, en el mejor de los casos, que puede serlo<n>114</n>.
  124. Y eso es, a mi juicio, lo único que se ha logrado hasta la fecha.
  125. No sólo es cierto que no se han analizado la mayoría de las noticias sobre los vascones, sino que ni siquiera se ha estudiado una sola noticia de las crónicas<n>115</n> con el rigor que precisa una teoría que cuestiona la veracidad de las fuentes y que, por eso, exige un esfuerzo argumentativo adicional que añadir al que ya precisaba la dificultad de la empresa<n>116</n>.
  126. De hecho, en el artículo de M. Pozo —tan crítico con lo que hemos hecho casi todos con las fuentes— únicamente se estudia una noticia: la campaña de Suintilla contra los vascones de la Historia Gothorum de san Isidoro.
  127. Pese a que significativamente la noticia es la que presenta unas características más favorables para la teoría de los tópicos de los vascones<n>117</n>, la empresa se queda en un intento, porque no se aborda ninguno de los aspectos que podría servir para cuestionar la veracidad de la noticia, dado que se limita a descalificar con meras opiniones lo que hemos hecho otros.
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