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La teoría de los tópicos literarios sobre los vascones

  1. La belicosidad es la característica más llamativa de los vascones en la época de los reinos germánicos.
  2. Eso explica la cantidad de noticias que tenemos sobre ellos durante los siglos VI-VIII, muy superiores en número y extensión a las procedentes de la Antigüedad, y a las de cualquier otra población con nombre prerromano en la época de los reinos germánicos, con la significativa excepción de los bretones.
  3. La barbarie, relacionada con la belicosidad, es la segunda característica más destacada de los vascones en las fuentes de los primeros siglos de la Edad Media<n>1</n> (y también en las del último siglo del Bajo Imperio).
  4. La independencia —implícita y explícita en las fuentes, y excepcional en la historia del País Vasco y del Occidente de la época, dominado por los germanos— es la tercera característica que cabría destacar sobre los vascones en la documentación de la época.
  5. Belicosidad, barbarie e independencia son también los caracteres fundamentales en la historiografía moderna y contemporánea sobre los vascones.
  6. Y han constituido los principales puntos de consenso entre los historiadores<n>2</n>, porque los problemas que presenta la documentación han propiciado la polémica sobre casi todo lo demás<n>3</n>.
  7. Sin embargo, en los últimos años se ha formulado una interpretación que ha acabado con este consenso.
  8. La nueva teoría predica que las noticias sobre los vascones responden a tópicos literarios que poco tendrían que ver con la realidad, y que, por tanto, la historia de los vascones elaborada con esas fuentes debe escribirse de nuevo, porque no corresponde a un pasado real.
  9. La propuesta, que —por lo dicho— puede llamarse “teoría de los tópicos literarios sobre los vascones”, fue formulada por Juan José Larrea en 1997<n>4</n>.
  10. Supone fundamentalmente que los tópicos literarios que habrían confundido a los historiadores fueron difundidos por san Isidoro<n>5</n>, y que los vascones no fueron un pueblo independiente, belicoso y bárbaro, sino campesinos empobrecidos<n>6</n> —“pobres diablos” les llega a llamar<n>7</n>— que podían ser instrumentalizados por la aristocracia local.
  11. Critiqué por extenso esta interpretación en 2001.<n>8</n>
  12. No tengo noticia de que ninguno de los argumentos que empleé haya sido impugnado, ni nada de lo que he leído desde entonces me obliga a replantear las razones que utilicé.
  13. Es más: podría argüir algunas otras<n>9</n>.
  14. Una crítica exhaustiva de la teoría de Larrea obligaría a repasar toda la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos, pues cuestiona todas las fuentes escritas y la historia que se ha hecho, lo que exigiría un libro<n>10</n>.
  15. Pero estimo que lo que escribí en su día y la argumentación que sigue en las próximas páginas es más que suficiente.
  16. Ahora —para terminar esta crítica— resulta conveniente señalar dos deficiencias muy importantes que afectan a todo el planteamiento:
  17. 1) La argumentación de J.J. Larrea excluye las noticias de las fuentes francas sobre los vascones, que son más numerosas y, generalmente, más extensas.
  18. Esto, en el caso de una historia de Navarra, como es la tesis de doctorado de J.J. Larrea, puede tener alguna justificación, que desaparece en un estudio que tiene por título “Aux origines littéraires d’un mythe historiographique: l’identité basque au Haut Moyen Âge”.
  19. En todo caso, una interpretación que cuestiona de una manera tan importante la credibilidad de las fuentes y, por tanto, el valor de la historia que hemos elaborado con ellas debe implicar el análisis de todos los testimonios.
  20. Y más cuando no es cierto que “el ejemplo del sur de los Pirineos [es] una grille [esto es, según la Academia francesa, “un sistema de interpretación que permite establecer el sentido supuestamente oscuro u oculto de cualquier cosa”] interpretativa”, como pretende J.J. Larrea, en lo único que escribió para superar este paso tan difícil<n>11</n>.
  21. De hecho, este pecado original no ha sido corregido hasta la fecha: todas las lecturas novedosas que se han hecho de las noticias sobre los vascones corresponden a fuentes visigodas (y a autores españoles), lo que, a mi entender, prueba las dificultades que presenta la empresa de convertir en pobres diablos a los wascones de las crónicas francas.
  22. A ello, hay que añadir que los vascones siguen apareciendo en fuentes posteriores a la época de los reinos germánicos como un pueblo singular.
  23. Y J.J. Larrea sólo tiene explicación para las fuentes asturianas y carolingias, que seguirían utilizando los clichés de la época anterior<n>12</n>.
  24. Pero no se plantea los problemas que suponen para su tesis los testimonios de las crónicas árabes sobre el primer contacto de los musulmanes con los vascones:
  25. “Hizo [Muza] una expedición contra los vascones en cuyo país se internó hasta llegar a una tribu desnuda como las bestias”<n>13</n>.
  26. “Musa invadió el país de los vascones e hizo la guerra contra los mismos, hasta que todos ellos vinieron a presentarse en manadas como si fueran bestias de carga”<n>14</n>.
  27. “Musa conquistó el país de los vascones y penetró en él bastante lejos hasta encontrar un pueblo semejante a los brutos”<n>15</n>.
  28. Tampoco da respuesta J.J. Larrea al hecho de que la barbarie sigue caracterizando al territorio de los vascones del siglo VI hasta el siglo XII<n>16</n>;
  29. es más: a esta última centuria corresponde el testimonio más extenso y más duro sobre la barbarie de los vascones:
  30. “En aquellos lugares remotos y apartados de los montes de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya] viven unos hombres montaraces de lengua desconocida, dispuestos a cualquier maldad, y no es raro que en lugares tan ásperos y poco agradables vivan hombres fieros e indómitos, pues esta apartada senda [por la que viajaba el obispo de Oporto] discurría a través de rocas, malezas y lugares desiertos. [...] No obstante, el obispo de Oporto, sin temor a la aspereza de estos lugares ni a la atrocidad de sus habitantes ni a la furia encrespada de los brazos del Océano, que se extiende alrededor, confiado en la ayuda del apóstol Santiago, llegó hasta Carrión por apartados montes, valles y mares.”<n>17</n>
  31. “Las gentes de esta tierra el País Vasco-francés son feroces como es feroz, montaraz y bárbara la misma tierra en que habitan. [...]
  32. [Los navarros] son un pueblo bárbaro, diferente a todos los demás en sus costumbres y naturaleza, colmado de maldades, de color negro, de aspecto innoble, malvados, perversos, pérfidos, desleales, lujuriosos, borrachos, agresivos, feroces y salvajes, desalmados y réprobos, impíos y rudos, crueles y pendencieros, desprovistos de cualquier virtud y enseñados a todos los vicios e iniquidades, parejos en maldad a los Getas y a los sarracenos y enemigos frontales de nuestra nación gala”<n>18</n>.
  33. Ciertamente, estos textos han sido impugnados.<n>19</n>
  34. Pero eso sólo prueba la facilidad con la que se pueden desacreditar los testimonios n20.
  35. 2) Los vascones aparecen en las fuentes francas y visigodas como un pueblo independiente y belicoso antes de que san Isidoro creara el tópico que supuestamente habría convertido en tales a unos campesinos empobrecidos.
  36. El hecho es más significativo si se tiene en cuenta que las crónicas sobre los vascones de la época de los reinos germánicos son sólo cuatro, y que, por tanto, la interpretación de J.J. Larrea supone que los vascones aparecen en la mitad de ellas con los caracteres de un tópico que se habría formado y difundido después de que se hubieran escrito.
  37. Este problema no se soluciona adelantando la creación del tópico a Ausonio y Paulino de Nola o a Venancioa Fortunato, como parece que se ha tratado de sugerir en alguna ocasión<n>21</n>.
  38. Por una parte, una tesis así pierde la verosimilitud que le confiere la autoridad de san Isidoro para explicar algo en principio inverosímil, como es la difusión de unos tópicos que habrían hecho que los escritores encubrieran sistemáticamente la realidad; y más cuando esa verosimilitud es el único fundamento de la hipótesis, pues J.J. Larrea no se detuvo a probarla<n>22</n>.
  39. Por otra parte, dada la operatividad que se ha dado a los tópicos sobre los vascones, no se entendería que Gregorio de Tours esperase al final de su larguísima crónica para mencionarlos, y más cuando no se puede argüir ninguna razón para suponer que con sus noticias sobre derrotas pretendía ensalzar a este o aquel rey (como se ha hecho con las de san Isidoro, pero, significativamente, tampoco puede hacerse con las de la Crónica de Fredegario, sobre las que también ha guardado silencio J.J. Larrea), y, sobre todo, cuando la primera mención del obispo turonense coincide con la de Juan de Biclaro (cuya escueta noticia sobre los vascones tampoco puede explicarse por otros motivos que los de narrar unos hechos).
  40. Si no parece suficiente lo argumentado, pruébese a explicar las dos noticias de Gregorio de Tours sobre los vascones mediante alguna razón que no sea la de dar cuenta de lo sucedido (como, por ejemplo, que los vascones eran materia vincendi<n>23</n>) y que les convierta en pobres diablos:
  41. “El duque Bladastes marchó a Vasconia y perdió la mayor parte de su ejército.”<n>24</n>
  42. “Los vascones, irrumpiendo de sus montañas, descienden a la llanura, arrasando los viñedos y campos e incendiando las casas, llevándose consigo a algunos cautivos con los ganados. El duque Austrovaldo salió muchas veces a su encuentro, pero no alcanzó gran venganza.”<n>25</n>.
  43. Si los vascones hubieran sido unos campesinos rebeldes, como interpreta J.J. Larrea, habría que deducir que sus revueltas no reprimidas les habrían convertido en una población independiente<n>26</n>.
  44. A todo ello hay que añadir que la interpretación de J.J. Larrea resulta doblemente inverosímil.
  45. Lo es por postular que todas las fuentes disponibles nos engañan, cuando su testimonio, además, no entra en contradicción con ningún dato conocido, incluso de época posterior n27: no es que J.J. Larrea prefiera unos testimonios, por pocos que sean, a otros; es que no cuenta con ninguno.
  46. Y es inverosímil también porque la interpretación de Larrea supone multiplicar por siete por lo menos las revueltas campesinas en la España visigoda, que hasta ahora eran sólo una<n>28</n>.
  47. Sin justificar, además, semejante excepción, pues, como ha señalado Chris Wickham, “Larrea no ofrece una razón convincente que explique la constante resistencia vascona a todos los pobladores, cosa que carecería de sentido si fuesen exactamente iguales al resto de los habitantes de España,”<n>29</n> dado que campesinos empobrecidos los hay por doquier<n>30</n>.
  48. Es necesario, pues, incluir un hecho diferencial.
  49. Y no es necesario imaginarlo, dado que se encuentra en las fuentes, tal como hemos visto todos hasta la nueva interpretación de J.J. Larrea.
  50. A mi entender, la bagaudización de los vascones, que supone la teoría de J.J. Larrea, resulta tan injustificada como la vasconización de los bagaudas, que han defendido importantes autores y que él —con razón— rechaza<n>31</n>.
  51. De la misma manera, me parece que se puede decir que la teoría de los tópicos de los vascones es el reverso de la vasconización de los astures, que supuso la teoría indigenista sobre los orígenes del <org>reino de Asturias</org>, que —con razón, otra vez— J.J, Larrea rechaza<n>32</n>.
  52. Pese a ello, ambas teorías, tan contrarias, se parecen en aspectos esenciales. Las dos suponen que los historiadores han estado equivocados hasta su aparición.
  53. Y eso habría podido ser así porque las dos teorías se basan en el principio esencial de que las fuentes nos engañan; en un caso, por culpa de unos mozárabes resentidos, y en el otro por unos autores más interesados en la utilización de tópicos que en dar cuenta de la realidad (y en ambos por una conjunción extraordinaria de circunstancias que habrían convertido a las fuentes en un espejismo).
  54. Todo ello no significa que niegue la existencia de tópicos en las fuentes, ni que rechace la consideración de los vascones como unos campesinos empobrecidos<n>33</n>.
  55. En cuanto a lo primero, hay que decir que es necesario distinguir entre tópicos (más o menos) verdaderos y (más o menos) falsos, que es lo que verdaderamente debe interesar al historiador.
  56. En todo caso, lo importante es que los tópicos que pueda haber no anulan el valor histórico de las fuentes y no han confundido a los historiadores.
  57. En cuanto a lo de los campesinos empobrecidos, hay que señalar que no sólo eran eso.
  58. Entre los vascones también había una aristocracia, que no es la de <org>Pamplona</org> (que fue una nobleza navarro-visigoda), sino una aristocracia propia y militarizada, del saltus vasconum, tal como testimonian las necrópolis,<n>34</n> que, por cierto, constituyen otra singularidad de la historia de los vascones durante la warning.png"época de los <org>reinos germánicos</org>" cannot be used as a page name in this wiki. <n>35</n>.
  59. No es descartable que la aristocracia pamplonesa pudiera instrumentalizar a los vascones en más de una ocasión.
  60. Pero lo cierto es que no puede probarse en un solo caso, a diferencia de lo sucedido en el sudoeste de Francia, donde la colaboración de los vascones con las aristocracias novempulana, primero, y aquitana, después, está bien acreditada (¿nos engañan, otra vez, las fuentes?).
  61. En cambio, lo que sí puede considerarse probado es que la aristocracia pamplonesa y del sur de Navarra fue la principal perjudicada por las incursiones de los vascones, dado que es imaginable que éstos pasaran de largo por sus propiedades para saquear a otros<n>36</n>.
  62. No obstante, como es sabido, las circunstancias pueden unir a los enemigos de ayer contra un enemigo común de hoy.
  63. Sucedió en Navarra contra los musulmanes.
  64. Pese a la crítica que realicé en su día, que ha sido realmente ignorada, la teoría de J.J. Larrea ha tenido cierta aceptación en la última década, quizá porque la nueva interpretación resulta el medio más sencillo para proponer novedades en un asunto en el que los breves textos disponibles han sido ya muy estudiados<n>37</n>.
  65. Su influencia ha culminado en 2011 con la publicación de Mikel Pozo Flores de “La barbarie como explicación histórica y sus problemas: los vascones de los siglos VI y VII”.
  66. Se trata de una breve monografía que actualiza la teoría de J.J. Larrea y que, sobre todo, supone una crítica contundente de la historiografía tradicional, cuya interpretación, como el propio M. Pozo reconoce repetidamente, continua siendo válida para casi todos<n>38</n>.
  67. Por ello, tomaré como base el estudio de M. Pozo para criticar la “teoría de los tópicos sobre los vascones”.
  68. La extensión de la crítica, superior a la del planteamiento de M. Pozo, no sólo se justifica por la importancia que el asunto tiene para la historia de los vascones en los primeros siglos medievales, sino también por las cuestiones metodológicas que suscita, aplicables a otros temas<n>39</n>.

Sobre los errores de Caro Baroja y su influencia

  1. En primer lugar, hay que señalar que el planteamiento de M. Pozo supone una radicalización de la interpretación de J.J. Larrea.
  2. Al tópico de los vascones creado por san Isidoro, que habría afectado a la historiografía antigua, habría que sumar otro elaborado por Julio Caro Baroja, que habría confundido a la historiografía contemporánea hasta nuestros días<n>40</n>.
  3. Este tópico sería la barbarie o subromanización de los vascones de época visigoda<n>41</n>.
  4. Según M. Pozo:
  5. “Su propuesta se sostiene en dos pilares.
  6. Por un lado, la Historia social y económica del <org>Imperio Romano</org> de Rostovtzeff le proporciona el marco general sobre la sociedad romana.
  7. Por otro, la distribución de los restos arqueológicos constituye la prueba de la escasa romanización de los habitantes de la Vasconia atlántica.”<n>42</n>
  8. Al insistir en la influencia de Rostovtzeff en la tesis que atribuye a Caro Baroja,<n>43</n> M. Pozo hace de la barbarie de los vascones una teoría más inconsistente aún, pues sería obra realmente de alguien que no estudió su historia<n>44</n>.
  9. Pero es evidente que Don Julio no defendió la tesis de la barbarie de los vascones del norte por la influencia de Rostovtzeff, pues ya tenía esa idea antes de leerlo, dado que era algo aceptado por todos en la primera mitad del siglo XX<n>45</n>.
  10. Esta interpretación de la obra de Don Julio resulta un ejemplo significativo.
  11. A mi juicio, la teoría de los tópicos de los vascones supone un constante desafío a la navaja de Ockham.
  12. Es más: podría decirse que se basa en el procedimiento de buscar tres pies al gato en las noticias sobre los vascones, pues eso es —a mi entender— despreciar una solución sencilla y suficiente, como la de que el cronista trata de narrar lo que ha pasado (lo que se puede matizar en mayor o menor medida, como sucede con cualquier noticia, pero sin convertir a las que poseemos sobre los vascones en un caso especial, en el que deberían regir criterios excepcionales), para proponer otra basada en supuestos muy difíciles de demostrar, como son que lo escrito se debe a una influencia de este o aquel autor que lleva a tergiversar la realidad, o —y muchas veces también “y”— que directamente se tergiversa esa realidad para forzar el parecido del rey que derrota a los vascones con un gran personaje de la Antigüedad, o legitimar el dominio de un reino.
  13. Posibilidades todas ellas que no hay que descartar, como sucede con las noticias de otros pueblos, pero que no basta con enunciar para darlas por probadas, confundiendo la posibilidad de formular una hipótesis con su demostración.
  14. Y más cuando el campo de lo posible, gracias a la falta de datos en una época que ha sido llamada la “Edad Oscura”<n>46</n>, es tan amplio, lo que facilita la búsqueda de pies al gato.
  15. Volveremos sobre el asunto, pues he adelantado una conclusión para aprovechar un ejemplo tan ilustrativo.
  16. En este caso, lo que hizo Don Julio —que era un sabio y no un historiador— fue simplemente recurrir a Rostovtzeff para poder estudiar la historia romana de Los pueblos del Norte, que es el título que dio a su obra principal sobre las etapas más antiguas de la historia del País Vasco-navarro<n>47</n>.
  17. Al estudiar esos pueblos, Caro Baroja hizo mucho más que un mapa de los hallazgos arqueológicos, que para M. Pozo “constituye la clave fundamental de su argumentación”<n>48</n>.
  18. Su importancia se debe al hecho de que una imagen vale más que mil palabras.
  19. No es necesario entrar a comentar los errores que pudo cometer en su día Don Julio<n>49</n>.
  20. Lo relevante es que ese mapa, enriquecido con los descubrimientos de las últimas décadas, continúa siendo significativo.
  21. Y no engaña, pues lo que se deduce de la distribución de los hallazgos arqueológicos coincide con lo que se puede concluir del resto de las informaciones disponibles, empezando por la supervivencia del euskera, hecho excepcional al que no dan ninguna importancia (ni ninguna explicación) J.J. Larrea y M. Pozo, pero que testimonia claramente la falta de romanización<n>50</n>.
  22. Por cierto: la idea de que las fuentes nos engañan se ha convertido en un recurso más en la historiografía altomedieval española, que tiene su ejemplo más famoso en la teoría indigenista de Barbero y Vigil<n>51</n>.
  23. Y es que, a estas alturas de la investigación, el medio más sencillo para proponer una interpretación revolucionaria, cuando no ha aparecido nueva documentación, es suponer que las fuentes, que han sido estudiadas una y otra vez, no dan cuenta de la realidad, lo que implica también que han sido mal analizadas, como señaló J.J. Larrea:
  24. “Los historiadores han puesto los fundamentos esenciales de esta visión [equivocada] del pasado vasco sobre un haz de fuentes de naturaleza literaria. Pero no ha habido un verdadero diálogo con los filólogos y los historiadores de la cultura. Bien al contrario, el pequeño cuerpo de textos que contienen alusiones a los Vascones ha sido leído de acuerdo con un razonamiento tan simple como decepcionante. De un lado, se ha partido de un a priori según el cual los escritores de la Antigüedad habrían tenido un cierto conocimiento de la Vasconia real cada vez que se referían a los vascones. De otro, se ha admitido que ellos se habrían limitado a traducir esta percepción por una imagen hostil, deformada y penetrada de desprecio a causa del carácter lejano y extranjero del horizonte cultural del mundo vascón”<n>52</n>.
  25. Refiriéndose a un anterior planteamiento parecido, Koldo Larrañaga escribió un párrafo que merece reproducirse:
  26. “Se lamenta Larrea de que en la historia vasca se haya eludido «el ejercicio inexcusable de crítica de las fuentes». ¿No le parece algo fuerte, referido a textos como los de Prudencio, Paulino de Nola, Venancioa Fortunato, Isidoro, etc., sobre los que han pasado una y mil vez los C. Sánchez-Albornoz, J.M. Lacarra, J. Caro Baroja, A. Barbero y M. Vigil, J.M. Blázquez, J. Fontaine (especialista en historia literaria, éste!), M. Rouche, J.J. Sayas, etc.? ¿Que ellos tienden a lecturas distintas de las de uno? ¡Qué se le va a hacer! Pero lo que no procede bajo ningún concepto es afirmar que tantos autores de honestidad reconocida científica no hacen crítica de las fuentes de que se valen. Podrá decirse que su crítica no es acertada o que es insuficiente, y tratar de probarlo con argumentos pertinentes; pero no que no la hagan.”<n>53</n>
  27. A mi juicio, se puede dar completamente la vuelta al pasaje reproducido de J.J. Larrea.
  28. El lector encontrará en el presente artículo elementos suficientes para hacerlo.
  29. Ahora simplemente comentaré que con referencias a “los filólogos y los historiadores de la cultura”, como hace J.J. Larrea y repite M. Pozo, se da la impresión que la barbarie de los vascones es una percepción de los historiadores, que no han tenido en cuenta las aportaciones de otros investigadores.
  30. Pero lo que no se encuentra en las publicaciones de ambos autores son menciones concretas a las aportaciones de esos especialistas que no habrían tenido en cuenta los historiadores.
  31. Esta línea de descrédito de la historiografía es seguida por M. Pozo.
  32. De hecho, una de las dos críticas más importantes que hace a Caro Baroja y a sus incondicionales seguidores<n>54</n> es lo que llama interpretación literal de las fuentes, hasta el punto de que se refiere a ella en seis ocasiones en las apenas doce páginas del artículo n55.
  33. Dejo para más adelante la refutación de esta crítica, cuando hayamos visto lo suficiente para poder afirmar que M. Pozo llama “interpretación literal de las fuentes” a cualquier interpretación basada en la documentación que no coincida con la suya.
  34. Ahora resulta preferible tratar la otra crítica importante, que es la acumulación de datos como método de demostración, a la que M. Pozo se refiere otras seis veces.<n>56</n>
  35. La crítica nos afecta a todos, y nominatim a Caro Baroja y a Barbero y Vigil, de los que escribe que “se puede decir que su trabajo dio el empujón definitivo a la teoría carobarojiana.”<n>57</n>
  36. M. Pozo les critica que simplemente citaran las fuentes sin estudiarlas en cada caso<n>58</n>, sin mencionar la bibliografía correspondiente y, sobre todo, sin hacer “ni una alusión a los estudios previos de los escritores tardoantiguos,”<n>59</n> ni “una crítica textual dirigida a explicar, por ejemplo, la motivación de los autores que introducen a los vascones en sus obras.”<n>60</n>
  37. Las dos últimas observaciones constituyen la clave de la nueva interpretación que se propone.
  38. Pero lo que no tiene en cuenta M. Pozo es que las obras de Caro Baroja y de Barbero y Vigil a las que se refiere no son estudios monográficos sobre los vascones.
  39. En obras de síntesis o ensayos, no puede exigirse un análisis de cada noticia empleada.
  40. En esos casos, como son los de las obras citadas, basta con la cita de las noticias, como se puede comprobar por doquier.
  41. El procedimiento sólo es criticable si las noticias acumuladas han sido impugnadas, pero éste no es el caso (salvo alguna excepción, que no cambia el diagnóstico).<n>61</n>
  42. M. Pozo, como hemos visto, alude imprecisamente a la falta de referencias bibliográficas.
  43. Pero no señala ni un solo caso de una noticia citada que estuviera impugnada (y yo lo desconozco).
  44. Además, si los autores citados simplemente acumularon los datos, otros los han estudiado en monografías u obras de conjunto, por lo que no se puede considerar, como hace M. Pozo, que la barbarie de los vascones esté basada “en un método difícilmente aceptable, consistente en la acumulación de los testimonios, tanto arqueológicos como escritos.”<n>62</n>
  45. De hecho, Agustín Azkarate se ha podido quejar de todo de lo contrario:
  46. “El problema principal que tenemos para imaginar cómo fueron las cosas en aquellos siglos es, precisamente, el de la escasez de fuentes escritas que han llegado a nuestras manos. Aunque resulte difícil de creer para un observador imparcial, las miles de páginas escritas se han basado, sustancialmente, en once testimonios para el área cispirenaica y ocho para los viejos territorios “novempopulanos” en los que se hace referencia explícita bien a <org>Vasconia</org> bien a los vascones<n>63</n>. Apenas, por tanto, una veintena de referencias que, a pesar de su extrema brevedad en ciertos casos, han llamado la atención de un sinfín de historiadores. Algunos de ellos se han especializado —cual laboriosos «penélopes»— en tejer y destejer interpretaciones de unos y otros, criticando este punto de vista, corrigiendo ese matiz, denunciando aquella presunta incorrección, reprochando a unos intenciones presuntamente torticeras, premiando a otros que coinciden con sus opiniones<n>64</n>. Entre unos y otros hemos generado una literatura que produce una creciente sensación de hastío en quien —por una u otra razón— ha de escribir sobre este periodo histórico.”<n>65</n>
  47. Sin ir más lejos, yo mismo estudié en 2001 exhaustivamente todas y cada una de las noticias sobre los vascones entre los siglos V y VIII, teniendo en cuenta todo lo que conocía que se había escrito sobre ellas, incluidas las novedosas interpretaciones de J.J. Larrea.
  48. No estimo que el esfuerzo pueda quedar invalidado por el hecho de que no aceptara razonadamente esas interpretaciones. Sería incurrir en una petición de principio.
  49. M. Pozo realiza otras críticas menores sobre la metodología empleada por Caro Baroja, en las que no es necesario entrar, porque la cuestión de la barbarie de los vascones es independiente del mayor o menor acierto de Don Julio.
  50. Lo importante es resaltar la conclusión que deduce de todo ello: “Sus conclusiones [de Caro Baroja] son el resultado de una actitud impresionista, no metódica.”<n>66</n>
  51. Sin embargo, le disculpa: “Al fin y al cabo, Caro Baroja] aplica el conocimiento historiográfico y las herramientas hermenéuticas de su época”<n>67</n>.
  52. Pero esa generosidad no alcanza a sus seguidores, que fuimos todos hasta hace poco y casi todos ahora:
  53. “Tal explicación ha sido compartida por la mayor parte de los historiadores que se han dedicado al estudio de los vascones de los siglos VI y VII. #Pero la admisión de la propuesta de Caro Baroja traía también aparejada consigo la práctica de un método difícilmente aceptable, consistente en la acumulación de los testimonios, tanto arqueológicos como escritos, y la lectura literal de los textos.
  54. En estas condiciones se entiende la dificultad para ir más allá de un círculo en el que una convicción previa condiciona un método que necesariamente va a retroalimentar la convicción<n>68</n>.
  55. No sorprende que más de sesenta años después de J. Caro Baroja, la percepción de los habitantes de la <org>Vasconia</org> altomedieval continúe siendo, a grandes rasgos, la misma”.<n>69</n>
  56. La última frase resulta muy significativa.
  57. ¿Es que acaso en Historia no hay ideas que puedan mantenerse sesenta años?; ¿es que la nueva interpretación que se nos propone nace con fecha de caducidad y sólo servirá para un tiempo?
  58. Ciertamente, hay un sector en la historiografía que considera que el adjetivo “renovador”, del que se ha abusado mucho en los últimos tiempos, tiene una connotación positiva.
  59. De la misma manera, cada año se da cuenta en los medios de comunicación de descubrimientos revolucionarios que cambian la concepción de este o aquel aspecto del pasado, lo que inevitablemente tiene que producir perplejidad entre un sector del público y cierto escepticismo hacia la utilidad de la Historia, dado que, sumados todos los cambios que supuestamente se han producido, se tiene que concluir que lo que estudiaban nuestros padres no servía para nada<n>70</n>. Y eso sucede porque, por distintas razones, hay un deseo de novedades entre el público y entre los historiadores.
  60. Pero la Historia no es como el arte contemporáneo: la originalidad no es una de las principales virtudes, pues los historiadores generalmente disponen de las mismas fuentes que ya han empleado otros investigadores:
  61. Luis García de Valdeavellano[…] en su magistral Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia expresaba con palabras exactas ese sentido de «continuidad de toda investigación histórica, que es, sobre todo, tradición».
  62. «Fuego que unos encienden y otros mantienen vivo, esfuerzo sostenido de grandes y pequeños investigadores, porfiado empeño de muchos que no desdeña ninguna obra, ninguna aportación si ha sido inspirada por el noble afán del descubrimiento de la verdad»”<n>71</n>.
  63. No es nada nuevo. La idea ya fue expresada al comienzo del renacimiento del siglo XII —del que procedemos— por Bernardo de Chartres, cuya constante cita acredita el consenso que provoca:
  64. “Somos como enanos aupados a hombros de gigantes, de manera que podemos ver más cosas y más lejanas que ellos, no por la agudeza de nuestra vista o por nuestra elevada estatura, sino porque estamos alzados sobre ellos y nos elevamos sobre su altura gigantesca.”<n>72</n>
  65. No diré que, por lo que se llega a escribir demasiadas veces en los últimos tiempos, parezca que ahora haya gigantes pisoteando enanos. Para no caer en la exageración —pese a que resultaría muy expresiva— basta decir “enanos sobre enanos”. No es algo en principio criticable, porque la modestia de Bernardo de Chartres era un recurso expresivo; de hecho, su juicio implica que los enanos de hoy serán los gigantes de mañana. Lo que es criticable es la pretensión implícita en tantos planteamientos renovadores de que se pueda ver mucho más lejos y mejor no por los trabajos de los gigantes o enanos que nos precedieron, sino por la posesión de unos mejores métodos. Pero la Historia no es como las Ciencias que no necesitan apellido, en las que cada generación tiene una tecnología mucho mejor que permite contemplar cosas que antes no podían ser vistas<n>73</n>. En la Historia, lo fundamental son los conocimientos, que podemos adquirir gracias a los que nos precedieron<n>74</n>.
  66. En cambio, en lo que sí se puede imitar a la Ciencia, cuya sombra tanto obsesiona en las llamadas “Ciencias Sociales”, es en su carácter de saber acumulativo, que progresa ordinariamente mediante pequeñas aportaciones, pese a los cambios revolucionarios que se producen en la metodología,<n>75</n> y no mediante bandazos, como ha sucedido en el último medio siglo en la historiografía sobre los pueblos del norte de España, donde hemos pasado de un injustificado e indiscriminado indigenismo de todos a otro injustificado e indiscriminado romanismo también de todos. Lo reconocía recientemente Stephen W. Hawking, al comenzar así su historia de la ciencia, titulada significativamente A Hombros de Gigantes: Las Grandes Obras de la Física y la Astronomía:
  67. “«Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes», escribió Isaac Newton a Robert Hooke en 1676. Aunque se refería a sus descubrimientos en óptica, más que a sus trabajos, más importantes, sobre gravitación y leyes del movimiento, el comentario de Newton refleja cómo la ciencia, y de hecho el conjunto de la civilización, consiste en una serie de pequeños progresos, cada uno de los cuales se alza sobre los alcanzados anteriormente.”<n>76</n>
  68. La frase de Bernardo de Chartres es aplicable también a Caro Baroja en la cuestión de la romanización de los vascones. Pese a la importancia concedida por M. Pozo, el mayor o menor acierto en los estudios de Caro Baroja sobre la romanización de los vascones septentrionales y sus vecinos occidentales es un asunto irrelevante en la cuestión de la romanización del País Vasco-navarro. La romanización deficiente del norte de Las Vascongadas y Navarra no es una creación de Don Julio. En este caso, Caro Baroja continuó una tradición, unánime, que, además, remonta al siglo XVI, como reconoció J.J. Larrea.<n>77</n> Hasta tal punto es así, que Juan Carlos Elorza pudo escribir lo siguiente:
  69. “En la Edad Moderna se creó en el País Vasco una tradición sobre la independencia de la región en época romana; así, por ejemplo, el P. Henao, en sus Averiguaciones de Cantabria, dice aquellas cosas tan curiosas de que «las águilas del Imperio romano no llegaron a hollar nuestros hogares, etc., etc.», y que él no conoce más que un testimonio epigráfico en un pueblo de la provincia de Álava, y añade «pero probablemente habrá sido traído en la Edad Media por algún curioso o coleccionista de objetos raros.»”<n>78</n>
  70. Desde entonces, la tesis de la no romanización de los vascones y de sus vecinos occidentales se ha ido matizando hasta la actualidad. Pero tampoco Caro Baroja es el autor del cambio más importante que se ha producido en la concepción de la romanización en el País Vasco-navarro y que sigue vigente en nuestros días: la distinción de dos zonas, una romanizada y otra subromanizada (por poner un término que abarque los distintos matices que puede suscitar la falta de romanización), la una al norte y la otra al sur, que, al no coincidir con las vertientes atlántica y mediterránea, se pueden denominar, a falta de mejor nombre, como el saltus y el ager<n>79</n>. Esa distinción se hizo en el siglo XIX, y todo lo más que se puede atribuir a Caro Baroja es haberla perfeccionado y popularizado<n>80</n>.
  71. De la misma manera, la vigencia durante los últimos sesenta años de la tesis de la subromanización del norte de Las Vascongadas y de Navarra no es el resultado de la influencia de Caro Baroja.
  72. Tampoco es una convicción particular de los historiadores de los vascones de la época de los reinos germánicos, que pudiera explicarse por un insuficiente conocimiento del periodo romano. Es lo que se deduce de los datos que disponemos y de los estudios que se han hecho<n>81</n>.
  73. No hay ninguna razón para desconfiar de este resultado. Es más: la excepcional supervivencia del euskera lo avala, y la excepcional historia del territorio en los primeros siglos medievales lo confirma<n>82</n>. No conozco, en cambio, nadie que haya defendido lo contrario, y M. Pozo no lo cita<n>83</n>.
  74. Si lo que escribió Caro Baroja resulta irrelevante para la cuestión de la romanización de los vascones, no sucede lo mismo con la crítica de M. Pozo sobre Don Julio.
  75. No sólo es el argumento principal, que ocupa la mitad del estudio, sino que verdaderamente es el único argumento, pues la otra mitad está dedicada a comentar la influencia —“lastre” la llega a llamar, como hemos visto— de Caro Baroja en los autores que consideran que los vascones de la época de los reinos germánicos, que no son los mismos que los del periodo romano, no estaban romanizados.
  76. Y es que M. Pozo no aporta ni un solo dato que permita replantear la cuestión, ni cita publicación alguna que pudiera cubrir ese decisivo vacío. Todo se limita a las deficiencias de método de Caro Baroja y de sus incondicionales seguidores.
  77. Aun en el caso de que hubiera acertado —que no lo es—, no habría demostrado nada sobre los vascones de época romana y los de los primeros siglos medievales.
  78. Con ello, este replanteamiento sobre la barbarie de los vascones en los siglos VI y VII queda sentenciado. No obstante, estimo conveniente continuar con la crítica, porque permite abordar algunas cuestiones de método que van más allá del artículo de M. Pozo y de la historiografía sobre los vascones de comienzos de la Edad Media.
  79. Tras señalar que Barbero y Vigil dieron el “empujón definitivo a la teoría carobarojiana”, M. Pozo continuó así:
  80. “Tan es así que en la actualidad sigue siendo la explicación predominante. Más allá de excepciones recientes, la mayor parte de los historiadores que en las tres últimas décadas se han dedicado al estudio de los vascones, como por ejemplo K. Larrañaga, A. Besga, J. J. Sayas, M. Rouche o R. Collins han aceptado la idea de la escasa romanización.”<n>84</n>
  81. En la nota correspondiente, M. Pozo específica los autores que constituyen las excepciones recientes, mencionando un artículo o capítulo de libro en cada caso: Juan José Larrea<n>85</n>, Iñaki Martín Viso<n>86</n>, Esteban Moreno Resano<n>87</n> y Javier Arce. n88
  82. Sin embargo, el apoyo que ha recibido la teoría de los tópicos sobre los vascones es menor de lo que da a entender M. Pozo. De los cuatro autores citados, únicamente J.J. Larrea se sitúa plenamente en esa línea.
  83. Pero es que es el creador de la teoría, que, desde su formulación, no ha escrito nada nuevo<n>89</n>. En cambio, me sorprende encontrar en esa lista a I. Martín Viso, pues no me ha parecido verle recurrir a los supuestos tópicos de las crónicas para reescribir la historia de los vascones<n>90</n>.
  84. Sí han recurrido a esa estrategia E. Moreno y, sobre todo (aunque ha escrito mucho menos), J. Arce, pero no de una manera sistemática, por lo que cabría clasificarlos como partidarios moderados de la teoría, como, a mi juicio, puede hacerse con Santiago Castellanos, cuyo reciente estudio “Astures, Cantabri, and Vascones: The Peoples of the Spanish North during the Late and Post Roman Period” fue publicado después de que M. Pozo acabara el suyo<n>91</n>.
  85. En todo caso, lo importante es que E. Moreno y J. Arce no han conseguido demostrar nada en esa línea interpretativa.
  86. Como no tengo espacio para desarrollar una crítica exhaustiva de los trabajos de ambos autores que justifique la afirmación realizada, ni resulta completamente necesaria para los objetivos del presente estudio, me limitaré a señalar algunos aspectos que estimo que son suficientes<n>92</n>.
  87. Demostrar que una noticia, que no puede ser corregida por otra y ha sido analizada por tantos, obedece a una serie de tópicos que no tienen que ver con la realidad es una empresa sumamente difícil<n>93</n>.
  88. Por eso, resulta improbable que se tenga éxito cuando se falla en lo fácil, como es la cronología de las campañas objeto de estudio, que es lo que le ha pasado a E. Moreno<n>94</n>.
  89. O no se conocen todas las fuentes (que no son muchas)<n>95</n> ni la bibliografía<n>96</n>, que es lo que parece que sucede con Javier Arce, cuyo breve estudio sobre los vascones de la época de los reinos germánicos<n>97</n> es de una superficialidad rayana en la frivolidad<n>98</n>.
  90. Un párrafo añadido a la versión original del estudio en su última publicación confirma los juicios ya acreditados en las notas correspondientes:
  91. “El relato que nos ha dejado Julián de Toledo de la expedición de Wamba para aplastar la sublevación de la Narbonense del dux Paulo merece un comentario<n>99</n>.
  92. Antes de dirigirse a la Galia (año 673) el rey se encuentra en expedición contra cántabros y vascones.
  93. No sabemos por qué estaba allí, ni cuáles eran las causas de la expedición. ¿Amenazaban los vascones con unirse a los francos contra el rey visigodo? Una vez que el rey consiguió frenarlos y obtuvo rehenes y un acuerdo con ellos, de forma que se convirtieron en aliados suyos, se enteró de la rebelión de Paulo en la Narbonense. Y se dirigió hacia allí.
  94. Parece que la política de los reyes visigodos frente a los vascones es una política de prevención a sus posibles alianzas pero no porque se alzaran contra el regnum en un intento de derrocarlo o de encontrar la independencia.”<n>100</n>
  95. Pero no acierta en ninguna de sus afirmaciones, porque no conoce suficientemente el episodio que está interpretando:
  96. 1. La campaña de Wamba no fue contra los cántabros, sino que partió de Cantabria<n>101</n>.
  97. 2. Julián de Toledo señala que el objetivo de la campaña era el sometimiento de los vascones. No tiene ningún sentido plantearse la posibilidad de que “los vascones amenazaran con unirse a los francos contra el rey visigodo”, pues debería saberse que para esas fechas los monarcas francos no tenían ningún poder al sur del Loira<n>102</n> y que una nota considerada fidedigna de un manuscrito del siglo XII nos informa que en el año 672 Clotario III combatió a los wascones<n>103</n>.
  98. 3. La noticia de la rebelión del duque Paulo le llegó a Wamba antes de que comenzara a combatir de los vascones. Basta con leer el texto.
  99. 4. La deducción de que los vascones se convirtieron en aliados de Wamba es una suposición gratuita, que, además, se contradice con la pretensión de negarles la independencia.
  100. 5. La conclusión carece de fundamento, pues lo que acredita la historia de los vascones en la Península Ibérica es que las campañas visigodas contra ellos fueron reacciones a agresiones previas, y no campañas preventivas ni de conquista.
  101. Ciertamente, los vascones no intentaron derrocar el reino visigodo, pero eso no es la única alternativa a una política preventiva contra sus posibles alianzas (lo mismo sucede con el objetivo de encontrar la independencia)<n>104</n>.
  102. Los vascones del saltus (cuyo nombre se extendió al comienzo de la Edad Media a sus vecinos occidentales y septentrionales) se encontraron con la independencia con la desaparición del imperio romano, y después la mantuvieron, como implícitamente se deduce de la (errónea) interpretación de J. Arce de que los reyes visigodos se limitaron a impedir que los vascones se aliaran con otros<n>105</n>.
  103. Llegados a este punto, puedo señalar ya que el planteamiento de M. Pozo es muy parecido al que un poco antes habían hecho sobre los astures y el reino de Asturias cinco autores en un artículo colectivo<n>106</n>, que he criticado recientemente<n>107</n>.
  104. Una crítica que por ello puede aplicarse, mutatis mutandis, al estudio de M. Pozo, pese a que los objetivos de ambos trabajos son realmente opuestos: en uno se niega el indigenismo de los vascones, y en el otro se intenta defender el indigenismo (ahora moderado) de los astures, refutado en las últimas décadas. Significativamente, la estrategia es parecida.
  105. En el artículo sobre los astures también se condena lo que sus cinco autores entienden por “interpretación literal de los textos”, cuya crítica dejo para más adelante, cuando hayamos comprobado que M. Pozo llama así a partir el análisis de la lectura literal. En este caso, el responsable de una concepción equivocada del reino de Asturias es C. Sánchez-Albornoz, acusado principalmente de “creer a ciegas en los diplomas, admitiendo en general su autenticidad; no valorar adecuadamente la clarísima ideologización de las Crónicas, las de Alfonso III especialmente, partiendo siempre de la interpretación literal de los textos.”<n>108</n>
  106. También en este caso el error se habría perpetuado hasta nuestros días gracias a la existencia de unos seguidores incondicionales: “Las pautas características de «hacer historia» de Sánchez-Albornoz fueron defendidas y seguidas por muchos historiadores que lo consideran hoy como un maestro indiscutible, admitiendo muchas de sus tesis sin vacilaciones y casi al pie de la letra.
  107. En esta tradición historiográfica habría que situar las obras de García Toraño, Besga Marroquín, la más reciente de Ruiz de la Peña y las novísimas de Bronisch y Deswarte”.<n>109</n>
  108. El paralelismo, pues, culmina con la enumeración de cinco autores equivocados, entre los que vuelvo aparecer.
  109. Pero lo significativo es que, en ambos casos, los grupos de historiadores que se comparan son muy distintos.
  110. Unos, los que se pretende que están en el buen camino, son todos españoles y sólo han realizado breves publicaciones, que, en su conjunto y en el mejor de los casos, no suman doscientas páginas.
  111. Los otros han escrito libros, lo que se compadece mal con la acusación de seguidismo que se les imputa<n>110</n>.
  112. Ciertamente, en un mundo en el que el Hijo de Dios fue alumbrado en un establo, ningún nacimiento puede ser considerado modesto.
  113. Pero también es verdad que, como señaló David Hume, afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Y las afirmaciones que han hecho J.J. Larrea y M. Pozo sobre las fuentes relativas a los vascones en los Edad Media lo son.
  114. Exigen, por tanto, un estudio monográfico y exhaustivo, porque afectan a toda la historia de los vascones de la época de los reinos germánicos.
  115. No pueden ser suficientes breves estudios, aunque estén bien argumentados, lo que no ha sido el caso, como estimo haber demostrado.
  116. En un trabajo de esa naturaleza, sólo hay espacio para abordar algunos aspectos de una realidad muy compleja, y la experiencia enseña que en este tipo de propuestas únicamente se tratan los aspectos que pueden ser favorables a la teoría que se pretende demostrar<n>111</n>. Y eso es insuficiente<n>112</n>.
  117. Además, una interpretación como la “teoría de los tópicos sobre los vascones” resulta muy difícil demostrar y, por consiguiente, exige un esfuerzo adicional en la argumentación.
  118. En principio, sólo se puede hacer Historia con fuentes. En este caso, lo que se pretende es hacerla con las fuentes en contra.
  119. Es muy difícil —y, desde luego, un trabajo arduo— corregir una noticia cuando no se tiene otra que la contradiga. Y, a mi juicio, es imposible hacerlo con todas, cuando además el contexto conocido no las contradice, como lo prueba el hecho de que hasta ahora los historiadores no habían sido conscientes de semejante contradicción y salvo las excepciones referidas siguen sin serlo.
  120. Por otra parte, cabe recordar que no es suficiente mostrar que una tesis es posible, pues en el estudio de la Alta Edad Media eso tiene poca importancia, dado que la falta de informaciones hace que el campo de lo posible sea muy amplio.
  121. No es difícil encontrar para un texto un precedente en otro texto (sobre todo, si se reduce al empleo de una determinada palabra u otra semejanza de la misma categoría)<n>113</n>, o comparar lo que se cuenta de un personaje con alguno de la Antigüedad.
  122. Tampoco lo es hallar un interés ideológico en una noticia, pues los hechos generalmente tienen algún significado, lo que constituye una de las razones de la importancia de la Historia.
  123. Establecer relaciones de ese género no convierte a una noticia en simple literatura: sólo demuestra, en el mejor de los casos, que puede serlo<n>114</n>.
  124. Y eso es, a mi juicio, lo único que se ha logrado hasta la fecha.
  125. No sólo es cierto que no se han analizado la mayoría de las noticias sobre los vascones, sino que ni siquiera se ha estudiado una sola noticia de las crónicas<n>115</n> con el rigor que precisa una teoría que cuestiona la veracidad de las fuentes y que, por eso, exige un esfuerzo argumentativo adicional que añadir al que ya precisaba la dificultad de la empresa<n>116</n>.
  126. De hecho, en el artículo de M. Pozo —tan crítico con lo que hemos hecho casi todos con las fuentes— únicamente se estudia una noticia: la campaña de Suintilla contra los vascones de la Historia Gothorum de san Isidoro.
  127. Pese a que significativamente la noticia es la que presenta unas características más favorables para la teoría de los tópicos de los vascones<n>117</n>, la empresa se queda en un intento, porque no se aborda ninguno de los aspectos que podría servir para cuestionar la veracidad de la noticia, dado que se limita a descalificar con meras opiniones lo que hemos hecho otros.

La noticia de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla contra los vascones

  1. Para que este juicio no parezca una simple opinión, que es el ámbito en el que se desarrolla “La barbarie como explicación histórica y sus problemas: los vascones de los siglos VI y VII”, considero conveniente reproducir la exposición de M. Pozo sobre la noticia de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla contra los vascones, para realizar su deconstrucción mediante notas:<n>118</n>%p
  2. “Más allá de excepciones recientes, la mayor parte de los historiadores que en las tres últimas décadas se han dedicado al estudio de los vascones, como por ejemplo K. Larrañaga, A. Besga, J. J. Sayas, M. Rouche o R. Collins han aceptado la idea de la escasa romanización. O lo que es lo mismo, han admitido el dejar fuera del alcance de sus trabajos la explicación de la historia de los vascones del periodo germánico, en la medida en que tal explicación no se encuentra en el contexto en el que suceden los hechos sino en una peculiaridad que arrastra desde el periodo romano<n>119</n>. Por esta razón, se ha seguido utilizando el método de Caro Baroja consistente en acumular los datos y aceptar literalmente las informaciones que ofrecen las fuentes para insertarlas en su propio discurso<n>120</n>. A este respecto, lo más elocuente es reproducir las palabras de uno de los mayores especialistas en la materia al hablar de su propio método de trabajo: «aceptar como bueno lo que las fuentes dicen, sin tener que modificar su contenido salvo que entre en contradicción con otros datos más fiables»<n>121</n>.%p
  3. A continuación, a través de un ejemplo concreto nos proponemos mostrar el efecto que ha tenido la aceptación de este paradigma en la metodología específica utilizada por los historiadores. En nuestra opinión, ha actuado como inhibidor de las exigencias no ya de rigor, sino aun de las más elementales prácticas de crítica de las fuentes<n>122</n>. No ha existido una crítica textual dirigida a explicar, por ejemplo, la motivación de los autores que introducen a los vascones en sus obras<n>123</n>.%p
  4. La Historia de los godos de Isidoro de Sevilla es la obra hispana en la que más a menudo se menciona a los vascones, en tres pasajes distintos —lo que tampoco es gran cosa, a pesar de la impresión que se desprende de algunos trabajos<n>125</n>—, y ha sido reiteradamente utilizada en la construcción del discurso histórico sin tomar precaución alguna<n>126</n>.
  5. Creemos que el tratamiento que ha recibido el fragmento en el que el hispalense describe la campaña de Suintilla contra los vascones es harto elocuente:<n>127</n>%p
  6. Habuit quoque et initio regni expeditionem contra incursus Vasconum Terraconensem prouinciam infestantium, ubi adeo montiuagi populi terrore aduentus eius perculsi sunt, ut confestim quasi debita irua noscentes remissis telis et expeditis ad precem manibus supplices ei colla submitterent, obsides darent, Ologicus ciuitatem Gothorum stipendiis suis et laboribus conderent, pollicentes eius regno dicionique parere et quicquid imperaretur efficere (Hist. Goth., 63).%p
  7. Concretamente, el examen realizado por Barbero y Vigil permite comprobar con claridad la aplicación del método que se ha utilizado para elaborar la historia de los vascones.
  8. Por un lado, sus autores aceptan de forma literal las informaciones proporcionadas por Isidoro y ofrecen la traducción de una parte del texto. #Por otro lado, introducen esas informaciones en su propio discurso histórico.
  9. Así, la fundación de Olite respondería a la necesidad de controlar el país y pasaría a integrarse en el limes (frontera fortificada heredada del periodo romano) del que ya formarían parte algunas otras ciudades contemporáneas como Victoriaco o Amaya.
  10. Asimismo, creen que los vascones sufrieron una dura derrota, ya que durante un largo periodo de tiempo no atacaron al reino visigodo, aunque matizan que Isidoro exagera porque está construyendo un panegírico<n>128</n>. %p
  11. Besga ha señalado con respecto al relato del hispalense que plantea problemas de credibilidad<n>129</n>.
  12. Pero sus críticas tienen que ver con el hecho de que en una primera lectura el pasaje de Isidoro contradice las tesis del autor, ya que narra cómo los vascones se sometieron a Suintilla, rey que según el arzobispo sevillano dominó toda la Península<n>130</n>. #Besga sostiene en cambio que hay una frontera<n>131</n> y que los vascones son independientes, y es a esta convicción previa a la que somete el texto<n>132<n>.
  13. No se para a explicar las razones por las que Isidoro introduce a los vascones en su obra o el tratamiento que les otorga en la misma<n>133</n>. #Tampoco busca la explicación en el contexto político del año 621<n>134</n>.
  14. Más que un ejercicio de crítica textual previa al uso de la fuente, lo que leemos es una confrontación de las tesis del historiador con la lectura literal de la crónica.
  15. En otras palabras, un ejercicio opuesto al método histórico comúnmente aceptado: aquí el historiador traslada su hipótesis al plano de la crónica isidoriana, en vez de filtrar por medio de la crítica la información de las fuentes<n>135</n>.%p
  16. En realidad, no nos encontramos ante nociones confusas creadas a partir de una visión lejana y borrosa de una Vasconia hostil<n>136</n>%p, sino que la información transmitida por el arzobispo sevillano proviene de la erudición<n>137</n>.
  17. El empleo de Montivagi para calificar a los vascones conecta el pasaje con la definición dada en su última obra, las Etimologías<n>138</n>:%p
  18. Uacca oppidum fuit iuxta Pyrenaeum a quo sunt cognominati Uaccei, de quibus creditur dixisse poetam: «Lateque uagantes Uaccei»1[sic]. Hii Pyrenaei iugis peramplam montis habitant solitudinem. Uacceos inuictos a nulla gente obtentos. Idem et Uascones quasi Uaccones, C in S litteram demutata. Quos Gneus Pompeius, edomita Hispania, et ad triumphum uenire festinans, de Pyrenaei iugis deposuit et in unum oppidum congregauit. Unde et Conuenarum urbs nomen accepit2[sic] (Etym. IX, 107-108).%p
  19. Los estudiosos de la materia de Vasconia han obviado sistemáticamente algo que no era desconocido para los filólogos, a saber que lo esencial remite a tres pasajes de San Jerónimo<n>139</n>.
  20. El primero de los fragmentos que hemos destacado tiene su origen en Ad Dardanum y en In Isaiam.
  21. El segundo en cambio, en Contra Vigilantium.%p
  22. Ab Ioppe usque ad uiculum nostrum Bethleem, quadraginta sex milia sunt, cui succedit uastissima solitudo, plena ferocium barbarorum de quibus dicitur, «Contra faciem omnium fratrum tuorum habitatis», et quorum facit poeta eloquentissimus mentionem: «Lateque vagantes Barcaei», a Barca oppido, quod in solitudine situm est; quos nunc corrupto sermone, Afri Baricianos vocant. Hi sunt quei pro locorum qualitatibus diuersis nominibus appellantur; et a Mauritania (...) ad Indiam (Ad Dardanum, IV).%p
  23. Hi (Saraceni) per totam habitant solitudinem, de quibus puto et poetam dicere: «Lateque vagantes Barcaei» (In Isaiam, V, xxi)%p.
  24. Iste caupo Calagurritanus, et in perversum propter nomen viculi mutus Quintilianus, miscet aquam vino (...) Nimirum respondet generi suo, ut qui de latronum et Conuenarum natus est semine, quos Cn. Pompeius edomita Hispania, et ad triumphum redire festinans, de Pyrenaei iugis deposuit et in unum oppidum congregauit: unde et Conuenarum urbs nomen accepit hucusque latrocinetur contra Ecclesiam Dei, ut, de Uectonibus, Arrebacis, Celtiberisque descendens, incurset Galliarum Ecclesias, portetque nequaquam uexillum crucis, sed insigne diaboli. Fecit hoc idem Pompeius, etiam in Orientis partibus; ut Cilicibus et Isauris piratis, latronibusque superatis (...) et quia ad radices Pyrenaei habitas... (Contra Vigilantium, 1-4-6)<n>140</n>.%p
  25. La información de Isidoro de Sevilla no proviene del conocimiento directo o indirecto de la Vasconia coetánea.
  26. No es un periodista ni un geógrafo<n>141</n>. Busca la explicación de la realidad en las fuentes del saber, es decir, en la auctoritas<n>142</n>.
  27. No es posible analizar el papel que juegan los vascones en la Historia de los Godos sin tener en cuenta la lógica interna del texto<n>143</n>, y todavía menos utilizar las informaciones literalmente para construir su historia.
  28. Asimismo, el prestigio de Isidoro y el gran eco de sus obras tuvieron mucho que ver en la difusión y la nueva utilidad del cliché al que nos estamos refiriendo<n>144</n>.
  29. En resumen, es necesario analizar el significado de cada texto atendiendo al espacio y tiempo en el que se escribe, el autor que lo redacta y el papel que juega en el seno de la obra<n>145</n>.%p
  30. M. Pozo termina, pues, insistiendo en la importancia que tiene el análisis del papel de la noticia en el seno de la obra, que se ha de entender, por lo escrito anteriormente, como las razones por las que un autor introduce un asunto en su obra y el tratamiento que le otorga en la misma.<n>146</n>
  31. Este constituye la clave de la metodología con la que se ha pretendido revolucionar la historia de los vascones en los primeros siglos medievales.
  32. Si éste es un principio general aplicable a todas las fuentes, hay que reconocer que todos hemos vivido en pecado y que, seguramente, lo seguiremos haciendo, porque el camino de perfección que se nos propone resulta inviable.
  33. Salvo en estudios muy sencillos, es imposible que los historiadores se pregunten por el papel que puede tener cada detalle de cada noticia en el seno de la obra en la que aparece<n>147</n>; entre otras razones, porque en la mayoría de los casos no existe base para realizar ese análisis, y porque el estudio del resto de los datos llevaría tanto tiempo, generalmente para no llegar a ninguna conclusión, que convertiría en interminable la investigación.
  34. Quizá la duda metódica sea el mejor sistema. Si fuera así, sería un caso más en el que lo mejor es enemigo de lo bueno.
  35. La Historia se basa en la convicción de que existen fuentes para hacerla. Por eso, el método ordinario parte de la veracidad de los testimonios disponibles, que por ello se llaman “documentos”, y no de la sospecha.
  36. Eso sí: hay que tener en cuenta lo que han dicho los especialistas sobre cada texto y analizar el contexto en el que se inserta la información de una noticia para comprobar su fiabilidad; pero no es necesario abrir de oficio un proceso inquisitorial, ni tampoco plantearse el papel de la noticia en el seno de una obra con la pretensión de que vamos a ver lo que los especialistas en esa obra o autor no habían visto.
  37. Es la falsedad de una noticia o una parte de ella lo que tiene que ser demostrado, y no su veracidad, lo que obligaría a hacerlo con todas y, aunque parezca contradictorio, resulta mucho más difícil y muchas veces imposible<n>148</n>, y, por consiguiente, resulta una empresa irrealizable. Dicho de otra manera, que puede ser más expresiva: si no hay indicios de que hay gato encerrado, no tiene sentido comenzar a buscarle los pies con la sospecha de que se nos ha dado gato por liebre<n>149</n>.%p
  38. No cambian las cosas si el principio enunciado por M. Pozo se refiere a sólo a las noticias sobre los vascones. A mi juicio, el principal atractivo de la teoría de tópicos sobre los vascones es que normaliza la historia de los vascones, lo que, habida cuenta de lo que se ha exagerado al singularizar tantas historias, predispone favorablemente a cierto público.
  39. Pero, entonces, la empresa se basaría en la conversión de los vascones en una excepción historiográfica, sin que realmente dejaran de ser una excepción histórica, pues eso es lo que supone convertirlos en los campesinos más conflictivos de toda la Edad Media, que es una propuesta inverosímil por su desmesura.
  40. Lo cierto es que, en todo caso, M. Pozo no apunta ningún indicio que permita sospechar que Isidoro tenía un interés especial con los vascones que influyera en el tratamiento que les daba, porque no lo hay.
  41. Para explicar las razones por las que Isidoro introduce a los vascones en su obra o el tratamiento que les otorga en la misma, basta tener en cuenta que en la Historia Gothorum pretende narrar unos acontecimientos protagonizados por ellos y en Las Etimologías explicar su nombre. Como hizo con los demás pueblos que aparecen en su crónica o en z.title:Las Etimologías]]. Ni más, ni menos.%p
  42. En todo caso, habría que predicar con el ejemplo. De la misma manera que no fue capaz de dar cuenta siquiera de un único error concreto de J. Caro Baroja ni de los que considera sus seguidores, M. Pozo tampoco nos dice qué errores contiene la noticia de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla contra los vascones. Sólo hay una descalificación general de las informaciones sobre los vascones de san Isidoro y de los que las hemos considerado fiables (con la excepción de la definición de Las Etimologías]]), que se extiende, además, a toda la historiografía sobre los vascones de los primeros siglos medievales, antigua o moderna (con excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano).
  43. Una corrección no debe limitarse a la reprimenda: debe incluir también la alternativa que la hace posible. Se podrían comprobar, entonces, sus fundamentos.%p
  44. Lo que no ha hecho M. Pozo, tampoco lo ha hecho nadie; J.J. Larrea consideró únicamente que la narración de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla contra los vascones era exagerada. Y es que resulta imposible ir más lejos. Veamos. La noticia consta de tres datos esenciales, que son también los que sirven para caracterizar a los vascones de la época:%p
  45. 1. La invasión de los vascones de la Tarraconense, que no puede resultar sospechosa, porque están testimoniadas otras expediciones tanto en España como en Francia por varias fuentes.
  46. J.J. Larrea se limita a rebajar la importancia de esa incursión: se trataría “de algunas bandas de pobres diablos aventurados más lejos que de costumbre en sus saqueos.”<n>150</n> Nótese que, al minimizar la importancia de la incursión del 621, J.J. Larrea está admitiendo la existencia de muchas otras que no están testimoniadas por las fuentes, lo que hace más inverosímil su propuesta de que no estamos ante acciones de gentes externas, sino ante revueltas sociales<n>151</n>.
  47. No hay inconveniente en aceptar que los vascones fueran “campesinos empobrecidos” o “pobres diablos” si se admite que esos calificativos también se pueden aplicar a la mayoría de las bandas que invadieron el imperio romano durante siglos.
  48. También esos campesinos germanos invadieron el territorio romano en busca de botín sin comprometer hasta el final la existencia del imperio romano.
  49. Y no por ello dejaron de ser combatidos por los emperadores<n>152</n>.
  50. Por eso, pese a lo que pretende J.J. Larrea, resulta irrelevante, para las cuestiones que nos interesan ahora, que el radio de acción de los vascones no parezca capaz de hacer temblar al Estado visigodo,<n>153 </n>cosa que nadie ha supuesto.%p
  51. 2. La victoria de Suintilla tampoco es cuestionable, pues resulta verosímil y coincide con todo lo que sabemos sobre los enfrentamientos entre vascones y visigodos.
  52. Tampoco duda del triunfo J.J. Larrea, que simplemente considera que san Isidoro magnificó los hechos mediante el cliché retórico del pánico de los enemigos<n>154</n> para convertir a Suintilla en “un nuevo Pompeyo”<n>155</n>.
  53. No creo que ningún autor anterior haya visto en el Suintilla isidoriano un Pompeyo.
  54. Si esto es así, no resulta creíble pensar que los lectores del siglo VII de la Historia Gothorum vieran en Suintilla a un nuevo Pompeyo.
  55. Y, por tanto, tampoco lo es que lo pretendiera san Isidoro<n>156</n>.
  56. Si ésa hubiera sido su intención, tampoco tendría que haber magnificado los hechos, porque las victorias de Pompeyo en España (también en la versión isidoriana de Las Etimologías]]) no fueron como el fácil y rápido triunfo que nos cuenta el santo hispalense<n>157</n>.%p
  57. 3. La fundación de Ologicus, que tiene un precedente en la de Victoriacum por Leovigildo tras su victoria sobre los vascones, tampoco puede ser refutada. Nadie lo ha intentado. J.J, Larrea la admite.
  58. Es más: frente a los que han interpretado esta fundación como una prueba del retroceso de la frontera visigoda, ha señalado que Olite se encuentra al pie de un macizo montañoso que permite acceder al llano sin tener que atravesar el valle controlado por Pamplona<n>158</n>.
  59. Por consiguiente, si Suintilla fundó Ologicus, la noticia no depende del supuesto deseo de san Isidoro de convertir al rey visigodo en nuevo Pompeyo.
  60. Y mucho menos se puede concluir, como hace J.J. Larrea, que “es difícil de no creer que el sevillano haya magnificado unos acontecimientos bien modestos: el sólo hecho de capturar unas bandas de pobres diablos aventurados más lejos que de costumbre y de asignarlos al mantenimiento de las viejas murallas sería completamente suficiente para hacer de Suintilla un nuevo Pompeyo.”<n>159</n>
  61. Pero lo relevante de la noticia no es su posible magnificación, sino el carácter excepcional que tiene la fundación de una ciudad en una época caracterizada por la ruralización.
  62. Los reyes visigodos fundaron tres ciudades, lo que les convierte en los monarcas germánicos que más ciudades fundaron. Pues bien: dos de esas ciudades, Victoriacum y Ologicus, fueron creadas tras victorias contra los vascones, lo que es otro hecho excepcional relacionado con la historia de los vascones en los primeros siglos de la Edad Media, que no podría explicarse si hubieran sido simples campesinos empobrecidos, de esos que había por todas partes.%p
  63. A todo ello hay que añadir que resulta inverosímil suponer que san Isidoro fabuló con unos sucesos que sus primeros lectores conocerían bien. #Por mucha hibridación de géneros que hubiera habido en la tardo Antigüedad, las crónicas no se convirtieron en cuentos. Esto significa lo que significa: que la Historia Gothorum]] es una crónica más<n>160</n>, y que las noticias sobre los vascones que contiene hay que refutarlas o corregirlas con argumentos, y no con juicios de intenciones, que, en todo caso, deberían ser la conclusión de un estudio exhaustivo de todos los textos y no un atajo para recorrer las fuentes por el camino más favorable. %p
  64. Del análisis realizado, se deducen dos conclusiones importantes para la cuestión que estamos debatiendo:%p
  65. 1. La noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones de san Isidoro es fiable.%p
  66. 2. La invasión de la Tarraconense por los vascones, la movilización del ejército real y la fundación de Ologicus prueban la independencia y la belicosidad de los vascones, testimoniadas por otras muchas noticias.%p
  67. Por consiguiente, hay que concluir que J.J. Larrea no consiguió probar su teoría sobre los tópicos de los vascones en la cuestión que él convirtió en la más importante: san Isidoro<n>161</n>.
  68. A fortiori, todo lo demás se derrumba como un castillo de naipes, al estar basado en la influencia del obispo hispalense.%p

Barbarie, ferocidad y perfidia

  1. En las fuentes de la época de los reinos germánicos no se llama “bárbaros” a los vascones<n>162</n>.
  2. Pero no cabe duda de que en el reino visigodo, como en el franco, se les consideró como tales. Y no tiene sentido discutirles el juicio.
  3. Estamos en un periodo que ha sido llamado la “época de la Europa bárbara”<n>163</n>.
  4. En esos siglos, las fuentes atestiguan la existencia de bárbaros por doquier.
  5. Para los bizantinos, lo fueron todos los que vivían fuera de las fronteras de su imperio, incluidos los persas.
  6. Para los hispanovisigodos, todos menos ellos y los bizantinos, y, por tanto, consideraron bárbaros a los francos, que también fueron tenidos por tales por Gregorio de Tours y los autores de la Crónica de Fredegario, pese al aprecio que sentían por ellos n164.
  7. Si esto es así, no hay motivo para extrañarse de que los vascones fueran considerados unos bárbaros.
  8. Es más, lo eran en todos los sentidos: en el sentido etimológico, por su incomprensible idioma; en el técnico, por ser gentes externae; y en el sentido ordinario de la época, “carente de cultura romana.”<n>165</n>
  9. La barbarie no es, pues, un tópico de la historiografía contemporánea que ha impedido estudiar correctamente la historia de esas gentes: fue una forma de calificar su atraso social.%p
  10. San Julián de Toledo llama “feroces” a los vascones,<n>166</n> como antes lo había hecho Tajón de Zaragoza al relatar la rebelión de Froia (gens effera Vasconum Pyrenaeis montibus).
  11. Tampoco hay nada extraño en este calificativo.
  12. Es un concepto que se encuentra ligado a la barbarie tanto entonces como hoy, como lo demuestra una de las dos definiciones de esta última palabra del diccionario de la Real Academia Española (“fiereza, crueldad”).
  13. Por eso, los visigodos también consideraron feroces a los francos, como testimonia san Isidoro en Las Etimologías:
  14. “Existe la opinión de que los francos se llaman así por el nombre de alguno de sus jefes. Otros, en cambio, estiman que deben su denominación a la fiereza de sus costumbres, pues no están sometidos a disciplina alguna, y la naturaleza de sus sentimientos es, de suyo, feroz.” n167
  15. Además, ¿cómo iban a considerar los visigodos a los vascones, cuando fueron atacados repetidamente por éstos en expediciones de saqueo, y otra relación entre unos y otros se desconoce?
  16. Ciertamente, los visigodos también saqueaban. Y no sólo el territorio enemigo, incluido el de los vascones n168.
  17. El paso del ejército visigodo por territorio propio también resultaba peligroso para la población, como ha sucedido hasta hace poco con la mayoría de los ejércitos n169. Pero eso resulta irrelevante para la cuestión que nos interesa ahora.%p
  18. En las fuentes francas, aunque de época carolingia, se acusa también a los vascones de perfidia.<n>170</n> Tampoco es un adjetivo injustificable.
  19. De hecho, es una característica asociada a la barbarie<n>171</n>. Más importante aún: es un calificativo que se ajusta a lo que para los francos eran los hechos fundamentales de los vascones.
  20. En la guerra, los vascones recurrían al engaño: a la emboscada, en su territorio; y a la trampa de la huida fingida —el torna y fuga—, en territorio enemigo.
  21. En la paz, los vascones no respetaban los juramentos contraídos, único medio que tenían los francos para controlarlos.
  22. El famoso comentario desengañado de la Crónica de Fredegario sobre la sumisión de los en el 636, tras la victoria más importante conseguida sobre ellos por un rey merovingio, testimonia que los francos ya tenían por pérfidos a los wascones en el siglo VII:
  23. “Y allí los wascones confirmaron los juramentos, y prometieron ser fieles en todo tiempo a Dagoberto, a sus hijos y al reino de los francos; lo cual lo comprobaron los hechos, según su costumbre y como con frecuencia lo habían hecho.”<n>172</n>
  24. Como la barbarie y la ferocidad, también la perfidia estuvo muy extendida; baste recordar que la posterior época del feudalismo fue también la de la felonía.
  25. Por eso, más significativo que el hecho de que se llame “pérfidos” a los wascones en las fuentes francas, es que no se les califique de esa manera en las visigodas<n>173</n>.%p
  26. Que todos —o casi todos— fueran “bárbaros”, “feroces” y “pérfidos” no significa que fueran iguales y que esos calificativos carezcan de sentido.
  27. Cada uno lo fue a su manera (y en distinto grado). Los vascones fueron los “bárbaros interiores”<n>174</n>.
  28. En todo caso, su barbarie (o subromanización) resulta mucho menos discutible que la de otros.%p
  29. Ciertamente, esa coincidencia de todos en la barbarie y en los calificativos que se le asocian se explica porque se trata de acusaciones que se hacen al otro, que, además, generalmente es un enemigo.
  30. Y esto es una prueba más de que los vascones no fueron unos campesinos rebeldes, sino gentes externae. Por consiguiente, aunque se probara que la barbarie es un tópico sin fundamento —que no lo es, como se ha comprobado—, todavía quedaría todo para demostrar que los vascones fueron unos súbditos contumaces. %p
  31. Finalmente, hay que señalar que los historiadores que hemos estudiado la historia de los vascones en los primeros siglos de la Edad Media nos hemos basado en el análisis de las noticias, y no en los calificativos que les dieron o en los versos que les dedicaron, que han tenido un lugar secundario y marginal hasta que J.J. Larrea centró su atención en ellos.
  32. Hemos conocido a los vascones por sus obras. No nos han engañado ni versos ni adjetivos. Habremos cometido errores (y yo he denunciado unos cuantos), pero no ése. %p

Conclusión

  1. Como hizo decir Shakespeare a Bruto, “los buenos argumentos deben ceder, necesariamente, a los mejores.” n175 Este principio rige para todos. #Ahora bien, para superar un estado de la cuestión, que cuenta con una larga tradición y unas fuentes que, según se reconoce, basta interpretar literalmente, no es suficiente con proponer una enmienda a la totalidad, basada en el análisis parcial de algunos textos, que es lo que cabe en un artículo, aunque alcance la treintena de páginas.
  2. Una empresa tan ambiciosa y difícil exige un exhaustivo análisis de todos los textos sobre los vascones en la época de los reinos germánicos, lo que incluye la crítica de las interpretaciones que han suscitado n176.
  3. Se trata de una empresa más que suficiente para completar y justificar una tesis de doctorado177. Cuando ese trabajo se haga, podremos comprobar si los nuevos argumentos son mejores que los hemos ido desarrollando tantos historiadores durante tanto tiempo<n>178</n>.%p
  4. Mientras tanto, lo único que tenemos es una propuesta, pese a las rotundas descalificaciones de fuentes y autores, que no corresponden a formulaciones de ese género.
  5. Una propuesta insuficiente que, además, que no ha superado el estadio de su formulación, pues los argumentos iniciales de J.J. Larrea no han sido reforzados posteriormente (desde luego, no lo ha hecho M. Pozo)<n>179</n>.
  6. A mi entender, para lo único que ha servido es para generar confusión en la historiografía sobre los vascones de los primeros siglos de la Edad Media y extender entre el público la idea de que la Historia no es un saber fiable. %p

Apéndice: La campaña de Suintilla contra los vascones<n>180</n>

  1. san Isidoro señala que Suintilla fue el primer rey que dominó toda la Hispania peninsular.
  2. Este éxito fue consecuencia de la Reconquista de los últimos territorios que los bizantinos poseían en la Península Ibérica.
  3. Esta victoria debió de producirse antes del quinto año del reinado de Suintilla (625-626), que es cuando san Isidoro puso fin definitivo a su crónica<n>181</n>.%p
  4. Con anterioridad, Suintilla habría conseguido otra gran victoria contra los vascones:%p
  5. “Hizo también al comienzo de su reinado una expedición contra los vascones, que con sus correrías infestaban la provincia Tarraconense; en aquella ocasión estos pueblos, acostumbrados a correr por las montañas, fueron víctimas de tal terror ante la llegada de Suintilla, que al punto, como si reconocieran ser justos deudores, arrojando sus armas y dejando expeditas sus manos para la súplica, doblegaron ante él sus cuellos, suplicantes le dieron rehenes, fundaron la ciudad goda de Ologico con sus prestaciones y trabajo, y prometieron obediencia a su trono y autoridad y cumplir cuantas órdenes les fuesen impuestas”<n>182</n>.%p
  6. De creer a san Isidoro, Suintilla habría conseguido el triunfo más importante sobre los vascones de toda la historia del Reino Visigodo.
  7. Una victoria sencilla, además, ya que habría bastado con la presencia del rey para que los vascones se rindieran.
  8. Y una victoria total, pues, dado que Suintilla disfrutó de todo el dominio de Hispania, la sumisión habría afectado a todos los vascones de la Península Ibérica.%p
  9. Pero este texto, que proclama una victoria tan rotunda como fácil, plantea problemas de credibilidad.
  10. Que bastara la aparición del rey con su ejército para que se rindieran unos vascones, que aprovechaban las grandes deficiencias del sistema defensivo visigodo, es perfectamente admisible, pero que esa rendición afectara a todos los vascones, que carecían de articulación política n183, no es verosímil y necesita de alguna prueba o argumentación para ser aceptada.%p
  11. R. López Melero ha demostrado cómo este texto de san Isidoro describe una deditio, es decir, una rendición incondicional que debía de significar la integración de los vencidos en la comunidad política del vencedor n184.
  12. Ahora bien, dado el carácter de la descripción, cabe preguntarse si el arzobispo sevillano simplemente se limitó a reproducir unos hechos reales o los interpretó, más o menos libremente, para adecuarlos a una deditio.
  13. Y es que existen varios indicios que apuntan en esa dirección. Que la descripción de san Isidoro puede responder a un cliché lo demuestra el hecho de que cuatro siglos después Sampiro se inspiró en este pasaje para dar cuenta de una victoria de Alfonso III (866-910), que la contemporánea Crónica Albeldense se había limitado a enunciar sin ningún detalle<n>185</n>.
  14. No obstante, el que un texto corresponda a un cliché sólo es, en principio, un elemento de juicio, pues, existiendo tantos tópicos, un autor siempre puede elegir aquél que mejor corresponda a lo que trata de relatar.%p
  15. El dato más concreto de la noticia de san Isidoro es la construcción de Ologicus, tercera y última ciudad fundada por los reyes visigodos en España.
  16. Si esta plaza corresponde a Olite, como parece n186, su ubicación no parece hablar a favor de una gran victoria de Suintilla.
  17. Es más: el hecho de que esté situada al sur de Pamplona y de que en las décadas siguientes los obispos de esta ciudad no aparezcan en los concilios de Toledo ha permitido defender la hipótesis de que, realmente, la frontera visigoda había retrocedido en Navarra. #Seguramente esto es excesivo, pues se han encontrado dos monedas de Suintilla en Pamplona y no parece verosímil que un rey que fue capaz de expulsar de la Península Ibérica a los bizantinos, maestros en la guerra de sitios, hubiera tenido problemas para conservar Pamplona (o Reconquistarla, en su caso), cuando el potencial militar de los vascones en el llano está por acreditar n187.
  18. Además, J.J. Larrea ha dado, acertadamente, una explicación para la fundación de Olite que no implica la pérdida de Pamplona, pues aquélla se encuentra al pie de un macizo montañoso que permite acceder al llano sin tener que atravesar el valle controlado por la capital Navarra188.
  19. Pero si no hubo retroceso en la frontera visigoda, la fundación de Olite indica que tampoco hubo avance n189.
  20. Como Leovigildo, Suintilla tras su campaña creyó conveniente fundar una ciudad.
  21. Si esta plaza fortificada hubiera estado en el interior del Saltus Vasconum, su creación podría interpretarse como una medida para articular el control de este territorio, pero su ubicación en la periferia significa el reconocimiento de que el peligro vascón seguía vigente, pues el carácter defensivo y fronterizo es evidente n190.
  22. Por consiguiente, la campaña de Suintilla, provocada por las incursiones vasconas, no parece que tuviera mayores resultados que la de Leovigildo realizada cuarenta años antes, pese al énfasis puesto por san Isidoro.%p
  23. Ese énfasis tiene, además, una explicación. san Isidoro no sólo escribió el texto que estamos comentando durante el reinado de Suintilla, sino que el relato de los primeros años de ese período tiene mucho más que ver con la apología que la historia n191.
  24. Ahí se encuentra la clave de las diferencias entre los relatos de las campañas de Leovigildo y Suintilla.%p
  25. Un último dato prueba las limitaciones de la victoria sobre los vascones de Suintilla.
  26. Se trata de un pasaje de una carta enviada en el año 625 n192 a san Isidoro en la que san Braulio se disculpa por no haber podido escribir antes:%p
  27. [...] “no sólo la ruina provocada por las malas cosechas, sino también los desórdenes de las incursiones del enemigo me han impedido escribirte [...]. Ahora [...] como si tras un prologado tiempo de desventura hubiera despertado de su pesado sueño, me atrevo a presentarte en esta carta un saludo respetuoso” n193.%p
  28. Esos enemigos, que realizan incursiones que amenazan la comarca de Zaragoza, sólo pueden ser los vascones (rebeldes por este tiempo en Francia<n>194</n>) sobre los que, según san Isidoro, Suintilla había alcanzado una gran victoria “en el verano del 621, o todo lo más del 622”<n>195</n>.
  29. Por ello, hay que señalar, como E.A. Thompson, que durante el reinado de Suintilla]] se produjeron dos invasiones vasconas de la Tarraconense<n>196</n>.
  30. Por tanto, la victoria de Suintilla en los comienzos de su reinado no debió de ser más importante que las logradas por otros reyes visigodos (y merovingios)<n>197</n>.
  31. Además, hay una glosa de Las Etimologías de san Isidoro que si es de ésta época, como parece, confirmaría esta conclusión: Vacceos invictos a nulla gentes obtentos<n>198</n>.
  32. Pero tampoco se debe caer en el extremo contrario y sugerir, como ha hecho K.Larrañaga, que en la segunda etapa del reinado de Suintilla se produjo el inicio del desmoronamiento n199 de las posiciones que mantenían los visigodos frente a los vascones, que continuaría en las décadas siguientes, lo que podría explicar la escasez de las noticias posteriores sobre enfrentamientos entre vascones y visigodos: %p
  33. [...] “puestos a pensar, cabría igualmente conjeturar que la falta, durante esos años, de una actividad historiográfica parangonable a la isidoriana o a la de Julián de Toledo, es justamente el reflejo de la política vacilante y medrosa de una realeza goda atrapada en sus propias contradicciones, e incapaz de protagonizar hechos como los que llevaron a cabo los Leovigildo, Recaredo, Suintilla, etc; porque lo cierto es que no faltan, referidos a ese período intermedio, indicios textuales que sugieren y aun denuncian clamorosamente aires de tormenta en el ámbito norteño”<n>200</n>.%p
  34. Creo que, en este caso, la vehemencia puesta en la refutación de las tesis de J.J. Larrea, en que se inserta este argumento, ha traicionado a K. Larrañaga, porque relacionar la ausencia de un historiador n201 con la supuesta decadencia del reino visigodo<n>202</n> es algo indemostrable que el propio autor no intenta siquiera razonar n203.
  35. Porque, además, la drástica reducción del ritmo de las guerras entre visigodos y vascones de las que tenemos noticia antes aboga por una disminución del peligro vascón, como han hecho R. López Melero y L.A. García Moreno<n>204</n>, que por el supuesto contrario, que sólo tiene un argumento sólido en las ausencias de los obispos de Pamplona a los concilios visigodos de las siguientes décadas, cuya discusión conviene dejar para mejor ocasión.
  36. Pero la disminución real es la de las fuentes disponibles, pues después del año 625 carecemos de informaciones cronísticas escritas por autores hispanovisigodos.
  37. Por eso, no se puede admitir, sin la argumentación correspondiente, que el peligro vascón aumentara o disminuyera a partir de los años finales del reinado de Suintilla]].
  38. Y tampoco que este rey no diera respuesta a las invasiones citadas por san Braulio, si éstas son diferentes, como parece probable, de las atestiguadas por san Isidoro.
  39. El silencio de éste no es óbice porque, o bien terminó su obra cuando san Braulio escribió su carta, o bien san Isidoro, como en casos anteriores, no consideró relevante dar cuenta de una nueva campaña militar, que, además, contradecía lo que acababa de escribir.
  40. Y es que el dato más claro en esta cuestión es que San Braulio da por terminados “los desórdenes de las incursiones de los enemigos”.
  41. Además, no resulta verosímil suponer que Suintilla no pudiera rechazar, otra vez, a los vascones y mucho menos que el que conquistó Cartagena a los bizantinos no pudiera arrebatar Pamplona a los vascones en el improbable caso de que éstos se hubieran apoderado de la capital Navarra.%p
  42. Finalmente, y dado que vamos a entrar en un período más oscuro, conviene aprovechar en la medida de lo posible los detalles proporcionados por las noticias que hemos comentado:%p
  43. 1. Las invasiones de la Tarraconense confirman la interpretación de que la iniciativa corresponde a los vascones y que, por tanto, los ataques visigodos son campañas defensivas, lo que tenía su mejor fundamento hasta ahora en las inruptiones de la época de Recaredo.
  44. Que la comarca de Zaragoza se viera amenazada nos indica que estas incursiones no se limitaban a las inmediaciones del Saltus Vasconum, como se ha hecho en función del dato de la fundación de Ologicus, que, mientras no se intente demostrar lo contrario, no puede ilustrarnos sobre la geografía de la campaña de Suintilla<n>205</n>.%p
  45. 2. La coincidencia de una época de malas cosechas con las incursiones referidas por san Braulio podría darnos una pista sobre los motivos de los vascones, conjetura que, pese a su debilidad, me atrevo a formular porque, como veremos en su momento, carecemos de datos para explicar las causas de estas invasiones.%p
  46. 3. La expresión del plural populi para designar a los vascones es un indicio (más) de la falta de unidad de estas gentes, que ha merecido el siguiente comentario de R. López Melero:%p
  47. “Los Vascones que se rinden ante Suintilla reciben el calificativo de populi, que es el término más vago que se les puede aplicar. Tanto en Isidoro como en Juan de Biclaro, populus carece de sentido político y no tiene otro significado que el de “población”, utilizado en singular cuando se hace referencia a una unidad definida, y en plural cuando se alude a unidades varias. Por consiguiente, el empleo del plural para designar a un grupo relativamente poco numeroso y homogéneo, como es el de los Vascones de nuestro texto, indica que se les contempla como una población no sólo carente de un Estado y de la entidad que expresa el término gens, sino incluso dispersa y falta de la cohesión de un populus. Su forma de poblamiento y sus acciones protagonizadas en general por grupos pequeños, y quizá también un cierto desconocimiento de sus mecanismos de articulación interna, deben de haberles propiciado esa imagen, que les confería uno de sus rasgos peculiares de primitivismo.”<n>206</n>%p
  48. Seguramente, a los autores que han acuñado recientemente el concepto de “circumpirenaico”, para referirse a la gran Vasconia de la que han hablado sin recato los publicistas nacionalistas<n>207</n>, les parecerá excesivo el rendimiento que se le puede sacar a un plural que podría responder a razones de índole literaria.
  49. Pero cuando otros indicios apuntan en el mismo sentido y no tenemos elementos que permitan especular con la articulación política de los vascones (lo que contribuyó, por cierto, a preservar su independencia), no considero que puedan pasarse por alto este detalle y el comentario de R. López Melero, que, en mi opinión y en principio, es el más conveniente.%p
  50. 4. El calificativo de montivagi confirma el carácter de pueblo montañés de los vascones y, en opinión de R. López Melero, “cierta movilidad coincidiendo con el de vagus, aplicado al vasco por Venancioa Fortunato”<n>208</n>, que puede explicarse tanto por la naturaleza seminómada que tuvo probablemente su vida ordinaria, como por las incursiones que realizaban de vez en cuando.
  51. Ciertamente, se puede alegar que esa caracterización obedece a un tópico literario.
  52. Pero a este tipo de objeciones siempre se puede responder que, existiendo numerosos tópicos, el autor ha utilizado uno que conviene a la realidad que quiere referir, y, en buena lógica, la necesidad de la prueba adicional debe recaer en los que defienden la impertinencia del tópico.
  53. Mas no es necesario recurrir en este caso a una argumentación defensiva, pues, como ya hemos visto y veremos, el monte es el hábitat que se asocia al vascón y el llano a sus correrías y derrotas.%p
  54. 5. Como ha señalado R. López Melero, “la expresión remissis telis revela la naturaleza del armamento de los Vascones [...] armas arrojadizas primitivas”<n>209</n>.
  55. No hay razones para rechazar este dato y el comentario apuntado. Existen, como veremos, otros indicios en el mismo sentido.
  56. Es verosímil porque se ajusta al nivel de desarrollo de los vascones, cuyo armamento nadie ha pensado que fuera pesado.
  57. Y nos da una explicación para los éxitos y fracasos de los vascones pues es un armamento suficiente para realizar emboscadas victoriosas e incursiones en el llano mientras las fuerzas militares del enemigo se reúnen lentamente, e incapaz de hacer frente a un ejército real.
  58. La misma táctica del torna y fuga empleada con éxito ante los ejércitos francos<n>210</n> confirma lo dicho.%p

Bibliografía

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note1 He criticado la moda creciente de llamar “Antigüedad tardía” a los que hasta hace poco eran considerados los primeros siglos medievales en “La época de los reinos germánicos: ¿Antigüedad tardía o primera Edad Media?”</note>

note2 Agustín Azkarate ha manifestado su sorpresa por semejante consenso entre “historiadores de signo ideológico opuesto” (“Pirineos occidentales]] durante el periodo Franco-Visigótico”, p. 90). No hay nada extraño en ello: incluso en las cuestiones históricas más ideologizadas hay puntos de consenso, porque no se pueden negar ciertas evidencias. A. Azkarate ha destacado también el carácter profundamente ideologizado de la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos (ibid., pp. 88 y 90; “El País Vasco en los siglos inmediatos a la desaparición del Imperio Romano”, pp. 23-24 y 32). Pero eso no es algo, a mi juicio, que pueda achacarse a los historiadores, sino que es consecuencia del intrusismo —con bastante éxito social— que la historiografía vasca antigua y medieval ha sufrido por parte de individuos sin formación histórica (he tratado el asunto en Domuit Vascones, pp. 24-27, y en “La historiografía nacionalista vasca y la época de la transición del esclavismo al feudalismo”). Entre los historiadores, el grado de ideologización alcanzado, inevitable en cualquier historia de interés, no me parece especialmente llamativo. Por poner un ejemplo cercano: entre historiadores, mucho más ideologizada ha estado la historia de cántabros y astures, como se ha visto desde fuera: Stanley G. Payne ha señalado que la interpretación de Barbero y Vigil sobre los orígenes de la Reconquista supuso “un punto culminante de la tendencia deconstructiva [de la nación española] iniciada a finales del siglo XIX” (España, p. 75); y Chris Wickham ha destacado que “el carácter simbólico de Asturias como antecesor lineal de la unidad de España cristiana verificada en el año 1492 ha generado una historiografía tempestuosa, incluso para lo que es costumbre en España” (Una historia nueva de la Alta Edad Media, p. 336). En el caso de la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos, estimo que los investigadores que la hemos analizado podíamos haber escrito, como Tácito, que lo hemos hecho sine ira et studio, quorum causas procul habeo.</note>

A mí, en cambio, lo que me preocupa —porque para cualquier interpretación se necesita un diagnóstico preciso— es la cantidad de errores evitables que se pueden encontrar en los textos escritos por historiadores, de los que el lector hallará una muestra de los más recientes en las páginas que siguen. Sin ir más lejos, en la Historia del País Vasco en la que publicó A. Azkarate el segundo de sus trabajos, se halla uno en el capítulo que le sigue: “Julián de Toledo (m. 690), autor de la «Historiae [sic] Wambae regis», monarca visigodo del que llegaría a decir «qui domuit vascones» —que sometió a los vascones— hacia el 672” (José Antonio Munita Loinaz, “Fuentes cronísticas para el estudio de la Edad Media en el País Vasco”, p. 54; la victoria de Wamba fue en el 673). El error es más grave si se tiene en cuenta:%p

1) Se halla en una publicación dedicada a las “fuentes cronísticas” (y en la única página dedicada a las de la época visigoda).%p

2) El domuit vascones es una creación del nacionalismo vasco, que ha tenido un éxito extraordinario. De hecho, A. Azkarate ha puesto el domuit vascones como ejemplo de las consecuencias de la ideologización de la historiografía sobre los vascones: “Y, desde luego, nada más saludable que comenzar a superar algunas creencias firmemente ancladas entre la gente: por ejemplo, aquella idea de que los reyes godos finalizaban sus crónicas con la expresión domuit vascones, prueba evidente —se apostilla— de que nunca consiguieron hacerlo; no habría, si no, necesidad de recordarlo permanentemente. Nos hemos topado con este lugar común en publicaciones recientes, en materiales didácticos, en páginas de internet y, por supuesto, en múltiples conversaciones en las que se recurre al pasado como argumento de autoridad para demostrar esto o aquello. Como recordaba J. Caro Baroja, todavía hay muchos que piensan que la verdad histórica está contenida en la novela de F. Navarro Villoslada «Amaya o los vascos en el siglo VIII.» Esta recreación romántica y de fuerte carga tradicionalista ha tenido, en efecto, una notoria influencia en determinada manera de enfocar nuestro pasado y no es casual que, en las tres últimas décadas del siglo XX, haya sido objeto de múltiples reediciones. Es en su introducción donde encontramos que «Requiario, Eurico, Leovigildo, Recaredo, Gundemaro, Sisebuto, Suintilla, Recesvinto y Wamba sujetaron a los vascones, frase que, constantemente repetida por espacio de tres centurias, viene a significar lo contrario de lo que suena». Hay que decir, sin embargo, que la expresión domuit vascones no aparece ni una sola vez en las fuentes de la época. Ya se han ocupado de recordarlo autores como A. Besga aunque, paradójicamente, este autor parece reforzar el tópico titulando su importante trabajo del año 2001 con esta misma expresión” (“Los Pirineos…”, p. 90; aprovecho la ocasión para aclarar que el título del libro fue idea del editor).%p

note3 El primero de esos problemas, que por ello afecta a muchos otros, es el de la determinación de la geografía de los vascones que aparecen en las fuentes de la época de los reinos germánicos. Lo único seguro es que esa geografía es distinta de la romana. Asimismo me parece seguro que el cambio no consistió únicamente en un incremento de la extensión del territorio romano de los vascones. También —como en el caso de los astures, que se extendían en la época romana hasta el Duero— conoció una disminución, pues la mitad meridional de la Vasconia romana —romanizada y cristianizada, y que formó parte del reino visigodo— dejó de ser parte de una Vasconia que, en las fuentes de los primeros siglos medievales, aparece caracterizada como un territorio montañoso, poblado, además, por gente que tuvo que ser repetidas veces combatida por los monarcas visigodos (v. infra n. 90 y n. 131). En cambio, el nombre de “vascón” se extendió a las poblaciones del Álava y de la cornisa cantábrica hasta probablemente el Nervión, que dejaron de ser llamados “várdulos” y “caristios”, y a los habitantes del País Vasco francés. Más tarde, en el siglo VII, el gentilicio se extendió a los habitantes del resto de Gascuña, que por eso se llama así, en lo que constituye el capítulo más difícil de explicar de esta historia, que no es más que una parte de la historia de los cambios de significado que ha conocido ese adjetivo. Finalmente, el nombre llegó a extenderse a toda Aquitania (v. infra n. 144). He tratado el asunto en “El concepto de vascón en las fuentes durante los siglos VI-IX” y en Domuit Vascones, pp. 482-500, principalmente.</note>

Por otra parte, el hecho de que “vascón” sea un exónimo no significa que en los primeros siglos de la Edad Media fuera un concepto artificial usado por sus vecinos, que no respondía a ninguna realidad. Que los que fueron llamados “vascones” antes de que este gentilicio se extendiera a Gascuña hablaran una lengua propia es un argumento suficiente para negar que fuera un concepto artificial utilizado por sus enemigos. Y la lengua no fue el único común denominador de los nuevos vascones del siglo VI, que compartían también el atraso social que suponía su falta romanización, seguramente el paganismo y una independencia que les convirtió en enemigos de sus vecinos, un elemento más de cohesión (que, en todo caso, parece mayor que en la época romana, cuando los vascones fueron una comunidad poliétnica). En estas circunstancias, y en una época en la que la geografía antigua se simplificó extraordinariamente, no tiene nada de extraño que los vecinos de los vascones no distinguieran ya en el nuevo territorio que atribuían a éstos las diferencias que habían contemplado los romanos (he tratado el asunto con más detenimiento en “El concepto…”, pp. 75-78, principalmente).%p

note4 “Aux origines littéraires d’un mythe historiographique: l’identité basque au Haut Moyen Âge” (agradezco a J.J. Larrea haberme remitido una copia). El trabajo, presentado en 1997, fue publicado en 2002. Antes de ese año, la teoría apareció publicada en 1998, en el capítulo “Le mythe des «féroces Vascons» et la réalité de la crise” de su tesis doctoral (La Navarre du IVe au XIIe siècle. Peuplement et societé, pp. 111-160).</note>

Algunos aspectos de la nueva interpretación habían aparecido ya en un artículo de J.J. Larrea publicado en 1996: “El obispado de Pamplona en época visigoda”. Esta monografía fue contestada por Koldo Larrañaga con un largo artículo titulado “Sobre el obispado pamplonés en época visigoda.” J.J. Larrea replicó con una nueva publicación: “De nuevo en torno a los primeros siglos del obispado de Pamplona”. Y K. Larrañaga puso fin al debate con “A vueltas con los obispos de Pamplona de época visigoda. Apostillas a una réplica”. Aunque la discusión —como sucede ordinariamente— no sirvió para que ninguno de los dos autores cambiara su interpretación, el debate no fue en vano: ha sido la polémica más interesante que se ha producido en la historiografía de los vascones en la época de los reinos germánicos, y constituye un modelo para la discusión de diferencias entre historiadores.%p

En realidad, la teoría de los tópicos literarios sobre los vascones forma parte de una magnífica tesis doctoral sobre el reino de Pamplona, como puede comprobarse leyendo el índice. A mi entender, es el reino de Pamplona la base de la interpretación de J.J. Larrea sobre los vascones en los primeros siglos de la Edad Media. Pese a las fabulaciones de tantos escritores nacionalistas, el reino de Pamplona no presenta unas singularidades que le hagan diferente de otras monarquías. Tampoco los vascones de época romana tuvieron un comportamiento singular. Normalizada la historia de Navarra anterior y posterior a la época de los reinos germánicos, J.J. Larrea ha intentado también normalizar la historia de esta época intermedia. Dejemos ahora la cuestión de las fuentes, que J.J. Larrea soluciona con la teoría de los tópicos literarios. Y centrémonos en la verosimilitud de la propuesta de normalización. En primer lugar, hay que destacar —como, sin duda, reconocería J.J. Larrea— que la historia de una población se explica por sus circunstancias, y no por su idiosincrasia. Y las circunstancias cambiaron en cada época, que fue, además, precedida por un periodo de transición en el que mudaron esas circunstancias (entre la desaparición del imperio romano y la aparición de los vascones belicosos transcurrió más de un siglo; y un periodo aún mayor entre la desaparición de ésos belicosos vascones en Navarra y la aparición del reino de Pamplona). Y en segundo lugar, lo que es más importante aún, hay que recordar que los vascones de la época de los reinos germánicos no fueron ni los de la Antigüedad ni los habitantes del reino de Pamplona, que no fue el regnum vasconum. La geografía de este reino comprendió sólo una parte del territorio de aquellos vascones; y, sobre todo, abarcó también una parte de la Navarra visigoda, donde además se asentó su capital. Eso es suficiente para explicar el parecido del reino de Pamplona con otras monarquías hispanas (he tratado el asunto en “Orígenes hispanogodos del Pamplona]]”).%p

note5 La Navarre…, pp. 147-151; “Aux origines…”, pp. 144 y ss. Ciertamente, Isidoro no habría creado de la nada esos tópicos, sino que se habría basado en la literatura anterior (Ausonio, Paulino de Nola]], Venancioa Fortunato). Pero lo importante para lo que nos interesa ahora es que, para J.J. Larrea, el obispo hispalense habría sido el responsable de la difusión de esos tópicos y, por tanto, de la contaminación de las noticias que tenemos sobre los vascones. </note>

note6 La Navarre…, pp. 160 y 589.</note>

note7 La Navarre…, p. 149.</note>

note8 Domuit Vascones, pp. 29-30, 40-41, 210, 214-216, 228-234, 243, 245, 248-249, 259-260, 279-283, 309 y 520-521.</note>

note9 La crítica que hice a J.J. Larrea estuvo vertebrada por la historia de los vascones que estaba narrando y no por las tesis de ese autor, por lo que quedaron algunas afirmaciones sin refutación y no tuve la oportunidad de añadir algunos razonamientos. Pero la historia que hice resulta una refutación de conjunto. </note>

note10 También lo exigiría un análisis frase a frase del planteamiento de J.J. Larrea para comprobar la validez de los argumentos.</note>

note11 La Navarre…, p. 159.</note>

note12 “Aux origines...”, p. 155. Una vez más, sin ninguna argumentación. A ello, hay que añadir que, en las breves noticias de las crónicas asturianas, los vascones no protagonizan incursiones y aparecen como “rebeldes”. Son dos diferencias muy importantes como para despachar estas noticias como la repetición de un cliché, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de unos textos muy cortos, que apenas dan más detalles; y los que hay también se diferencian de los que se encuentran en las fuentes de la época de los reinos germánicos: boda de un rey, Fruela I, con una vascona (que posiblemente se repitió con Alfonso III e, incluso, con Ordoño I; esto es, con todos los monarcas asturianos que combatieron a los vascones, de tal manera que entre las procedencias conocidas de las reinas asturianas ninguna es mayor que la vascona); refugio del hijo de un monarca y futuro rey en Álava; y combate de los vascones en favor de un rey legítimo. </note>

Además, el calificativo de “rebeldes” empleado por las crónicas asturianas plantea dos problemas a la interpretación de J.J. Larrea, que éste ha obviado. Por una parte, resulta inexplicable que ese adjetivo no aparezca en las fuentes visigodas y francas, que son muchísimo más numerosas y generalmente más extensas, si realmente los vascones fueron unos rebeldes. Por otra, resulta inimaginable que los reyes asturianos intervinieran en el País Vasco para aplastar revueltas de campesinos. %p

He estudiado esas rebeliones de los vascones en Astures et Vascones, pp. 197-299.%p

note13. Trad. de M. Antuña, “Notas de Abi ibn Rika de las lecciones de Ibn Habib acerca de la conquista de España por los musulmanes”, Cuadernos de Historia de España, I-II, 1944, p. 258.</note>

note14 Pseudo Ibn Qutayba, Kitab al-Imana wa-l-siyasa, trad. de J. Ribera, Colección de obras arábigas de Historia y Geografía que publica la Real Academia de la Historia, vol. II, Historia de la conquista de España por Abenalcotia el cordobés, Madrid, 1926, p. 116.</note>

note15 Ibn Idari, Bayan al-Magrib, trad. de E. Fagnan, Histoire de l'Afrique et de l'Espagne, vol. II, Argel, 1904, p. 25.</note>

José Luis Ramírez Sádaba ha señalado que el hecho de que los árabes siguieran llamando “vascones” a los vascones de Navarra prueba que éstos no habían perdido su “nombre étnico”: “¿Habría que admitir que los árabes se apropiaron de la tradición libresca isidoriana? ¿Conocían el latín? En nuestra opinión, estos términos constatan que los árabes encontraron todavía vivo el étnico ·váscones” (“Navarra: los colectivos sociales en la Antigüedad”, p. 53, n. 66). La nota apostilla una crítica al análisis hipercrítico de J.J. Larrea (p. 39). %p

note16 No puede ser casualidad que el territorio de los vascones de finales del siglo VI continúe siendo completamente rural medio milenio después. Ni que todos los textos disponibles hasta el siglo XII testimonien su atraso social, que eso es su barbarie.</note>

note17 Historia Compostelana, II, 25 (trad. de Emma Falque, Akal, 1994, p. 338). El texto también se refiere a Asturias, esto es, Cantabria (dado que el obispo debió de abandonar la costa a la altura de Santillana del Mar, para bajar a Carrión). Pero la referencia a los vascoparlantes indica que su descripción se refiere a éstos.</note>

note18 Aymeric Picaud, Liber Peregrinationis, trad de Millán Bravo Lozano, Guía del peregrino medieval (Codex Calixtinus), Sahagún, 1989, pp. 33 y 36. Lo reproducido es sólo una pequeña parte de la terrible descripción que Aymeric Picaud hizo de bascli (vasco-franceses) y de navarri (habitantes del reino de Pamplona). Sin duda, es un testimonio muy exagerado. Pero es un documento que hay que tener en cuenta cuando se evalúa la veracidad de los testimonios de Ausonio y Paulino de Nola, que siete siglos antes habían esbozado una descripción muchísimo menos terrible del saltus vasconum. Por ello, no me parece correcta la forma con la que J.J. Larrea trató el testimonio de los dos autores tardorromanos: “Para éste Paulino], los vascones del Pirineo no son más que el pretexto para desarrollar un juego literario entre antiguo alumno y maestro. Juego que tiene sus reglas, y exige, en este caso, con toda evidencia, destacar con los trazos más acentuados posibles la imagen negativa elegida para servir de contraste al hombre integer uitae sceleris purus. ¿Por qué los vascones para esto? Porque lo toma de la ironía que Ausonio le ha dirigido previamente. […] Que Paulino —que niega explícitamente haber estado con ellos [los vascones]— los utilice en sus versos como excusa para su juego es perfectamente comprensible. Ahora bien, no ya que vea en el estado de los vascones del Pirineos un problema, sino simplemente que le interesen lo más mínimo, a él como a Ausonio, es harto dudoso; como lo es que tengan ningún interés en describirlos como si —subrayémoslo— la poesía se rigiera por las mismas normas que la geografía. La cuestión no es por qué Paulino habla así de los vascones. La cuestión es que Ausonio y Paulino están hablando de otra cosa” (“De nuevo…”, p. 326). Pero la cuestión, cuando se está estudiando el estado cultural de los vascones del Pirineo, es por qué pueden hablar así maestro y alumno de dicha gente, aunque se trate de un juego y no de un tratado de geografía (lo que no resulta tan importante cuando la descripción es tan general; de hecho, J.J, Larrea acepta que “los pasos pirenaicos den cobijo a ladrones miserables de costumbres salvajes”; y, a diferencia del texto de Aymeric Picaud, poco más hay en los versos de Paulino y Ausonio). </note>

note19 En el caso de los textos árabes, Joaquín Arbeloa recurrió a los rigores del verano y de la siega, para explicar que “viéndolos semidesnudos y escuchando su ininteligible lenguaje, no es de extrañar que los asimilaran a las bestias” (Los orígenes del Reino de Navarra, I, p. 49). </note>

En el caso de los textos del siglo XII, Andrés E. de Mañaricúa recurrió a razones personales de los autores, si bien admitió que el de la <mis>Historia Compostelana</mis> “no podía menos de juzgar bárbaros a unos hombres que hablaban una lengua iliteraria, habitaban un país pobre y se hallaban, sin duda, muy retrasados culturalmente” (“Los vascos vistos en dos momentos de su historia”, pp. 273-294), lo que son razones válidas para todos los escritores que desde Ausonio y Paulino de Nola se han referido a la barbarie de los vascones.%p

note20 A todo ello hay que añadir que ni siquiera el estudio de los textos visigodos sobre los vascones de J.J. Larrea es completo. Únicamente analizó aquellos que mejor podían ser interpretados mediante su teoría (v. infra n. 111). Y aun así esos análisis resultan insuficientes (v. supra n. 8).</note>

note21 En conferencia, he escuchado a M. Pozo afirmar repetidamente, pero sin la argumentación correspondiente, que la aparición de los vascones en las crónicas de Gregorio de Tours y de Juan de Biclaro es una consecuencia de los versos escritos muy poco antes por Venancioa Fortunato.</note>

note22 Si ya es una deficiencia grave que J.J. Larrea no estudiara las noticias de procedencia franca para comprobar cómo podían encajar en la teoría de los tópicos literarios, lo es aún en mayor medida en un planteamiento que se basa en la supuesta influencia de san Isidoro en las obras de los demás. De todas ellas, la que más noticias contiene sobre los vascones es la Crónica de Fredegario. Pues bien: J.J. Larrea no dedicó ni una línea a tratar de probar la influencia de san Isidoro en dicha obra.</note>

note23 Para J.J. Larrea, es una de las razones fundamentales que explicarían las noticias sobre los vascones (“Aux origines…”, pp. 147, 152 y 155; y La Navarre…, pp. 148 y 154).</note>

note24 Historia Francorum, VI, 12. La noticia está datada en el 581. En ese año, Juan de Biclaro refirió lo siguiente: “El rey Leovigildo ocupa parte de Vasconia y fundó la ciudad que se llama Victoriacum”. He estudiado ambas noticias en Domuit Vascones, pp. 162-166.</note>

No se comprende cómo puede entender Francisco Javier Navarro que el ataque de Bladastes fue dirigido contra los visigodos, que habrían derrotado a los francos en la Llanada alavesa, “cuya población podría estar seriamente alarmada por las actitudes de la monarquía visigoda” (“Navarra en la Antigüedad Tardía (siglos III-VII)”, p. 114). Hay que tener en cuenta que el autor supone que “la práctica totalidad de la población [del territorio vascón, que parece identificar con Navarra] estaba muy romanizada y ello significaba que profesaban la religión católica” (p. 111). Eso le lleva a especular con la posibilidad de que los vascones intervinieran en favor de Hermenegildo contra su padre (pp. 111-112), para poder explicar “la colaboración entre vascones y francos” (p. 114). Pero, entre otras cosas, no tiene en cuenta que las potencias católicas no intervinieron en favor de Hermenegildo, y se equivoca cuando, pretendiendo establecer un paralelo de “la colaboración entre vascones y francos”, escribe que “la población de la Bética colaboró abiertamente con las tropas bizantinas en contra de los monarcas visigodos” (p. 114). He estudiado la revuelta del hijo de Leovigildo en “La rebelión de san Hermenegildo”.%p

De la misma manera, F.J. Navarro relaciona la victoria de Gundemaro contra los vascones (v. la noticia, que no puede ser más escueta, infra n. 111) con una supuesta intervención contra Neustria (que equivocadamente considera que dominaba Aquitania), motivada por el acercamiento del rey visigodo a Austrasia (pp. 114-115; también ve en esa campaña “una clara prueba” del intervencionismo franco en el Valle Medio del Ebro).%p

Igualmente, estima que la fundación de Ologicus (Olite) por Suintilla tuvo la finalidad de “cortar la influencia franca sobre el territorio vascón” (p. 114). En cambio, no relaciona a los francos con la revuelta de Froia]], pero F.J. Navarro comete el error de hacer de Chindasvinto el libertador de Zaragoza en el 653, cuando el rey visigodo tenía noventa años y probablemente se estaba muriendo (p. 116). Finalmente, se equivoca también cuando señala que el duque Paulo consiguió la ayuda de los reyes merovingios (obtuvo la del duque Lupo, que se había independizado de los monarcas merovingios, y de sus wascones norpirenaicos) y de los vascones de la Tarraconense, que ya estaban en guerra contra Wamba (p. 116), y cuando señala que esta guerra se desarrolló en “el entorno de Calahorra” (p. 116), sólo porque sabemos que el rey visigodo pasó por esa ciudad tras su victoria contra los vascones.%p

Esta teoría de la colaboración de vascones peninsulares y francos o de la intervención franca en el País Vasco-navarro, que no puede acreditarse en las fuentes, se fundamenta en dos errores:%p

1) El supuesto intervencionismo de los reyes francos en el Ebro durante el siglo VII. F.J. Navarro señala que las acciones directas de los monarcas merovingios “no siempre [están] bien documentadas” (p. 114), cuando no hay documentada ni un sola (la intervención de Dagoberto en el 631 fue en apoyo de Sisenando contra Suintilla). Y no se trata únicamente de un problema de documentación: cuando los reyes francos perdieron el control de Gascuña, en el primer tercio del siglo VII, y del resto de Aquitania, en el segundo tercio de la misma centuria, no tiene sentido especular sobre sus deseos acerca el valle medio del Ebro.%p

2) La malinterpretación de las necrópolis del País Vasco-navarro con influencias norpirenaicas como testimonio de la influencia política franca, hasta el punto de que llega a escribir que la mayoría de los 116 enterramientos de la necrópolis de Aldayeta son “de claro origen franco” (p. 112).%p

note25 Historia Francorum, IX, 7. La noticia corresponde al año 587.%p

He analizado la noticia en Domuit Vascones, pp. 166-168.</note>

note26 En una breve nota, J.J. Larrea comenta excepcionalmente esta noticia franca para decir que los estragos de los vascones no tienen nada que envidiar a otros referidos también por Gregorio de Tours. Sin entrar a discutir el argumento (que, por cierto, no podría ser utilizado con las noticias visigodas), hay que señalar que existe una diferencia fundamental entre unos saqueos y otros: los de los vascones se repiten a lo largo del siglo VII, tanto en Francia como en España.</note>

note27 Recientemente, J.J. Larrea ha escrito que “este tipo de textos [se refiere a todos los que tenemos] son poco dados a referirse a los campesinos, que son objeto de este coloquio, aunque de vez en cuando se levanta una solapa y debajo de lo que en otros textos lleva la etiqueta de vascones, nos encontramos con «el tumulto sedicioso de plebes rústicas», que anuncia realidades más apegadas al suelo, debajo, insisto del cliché literario de los vascones” (“Territorio y sociedad en la Vasconia de los siglos VIII al X”, p. 20). No es cierto, pues ese de vez en cuando es, en realidad, una vez, que, además, es discutible: “No hace mucho tiempo que la rebelión de algunos expatriados traía frecuentes devastaciones al país, y escandalizaba a los pueblos con grandes ruinas, de modo que ningún esfuerzo podía acabar con las bandas de esclavos [cabtivorum turmas], ni con la desolación del país que con tal peste se originaba. […] De ahora en adelante, pues, de tal modo serán designados los reyes para ocupar el trono regio, que sea en la ciudad real, sea en el lugar donde el rey haya muerto, será elegido con el voto de los obispos y de los más nobles de palacio, y no fuera, por la conspiración de pocos, o por el tumulto sedicioso de los pueblos rústicos” (VIII Concilio de Toledo, c. II y c. X, ed. de J. Vives, pp. 269 y 283). Es muy posible que, como plantea J.J. Larrea, estos pasajes estén relacionados con la sublevación de Froia. Pero de ahí a identificar a los grupos de cautivos o los pueblos rústicos con los vascones hay un trecho (como lo hay con respecto a Froia y a los nobles que le secundaron), porque éstos no fueron los únicos que participaron en la revuelta de Froia. Sabido es que la ley visigoda obligaba a los terratenientes a movilizar en las campañas a parte de sus siervos. Es razonable pensar que también lo hicieran cuando se rebelaban y se jugaban tanto (piénsese en el precedente de Dirimo y Veriniano, que utilizaron a sus esclavos para oponerse a Constantino III); por no hablar del reclutamiento de bandas de criminales (H.J. Diesner, “Bandas de criminales, usurpadores y bandidos en la España visigoda”), a los que posiblemente se refiere la expresión cabtivorum turmas, que J. Vives tradujo como “bandas de esclavos”, pero que Pablo C. Díaz considera que son “«partidas de bandidos», en un significado que el término adoptó en el periodo tardoantiguo, que daría lugar, por ejemplo, al italiano «cattivo»” (“Redimuntur captiui” p. 201, n. 21). Eso sería suficiente para explicar la alusión de los obispos reunidos en el VIII Concilio de Toledo. Y más con el método de J.J. Larrea, que supongo que también tiene camino de vuelta, pues si se puede pensar que a unos campesinos empobrecidos se les dé importancia llamándoles “vascones”, también cabe suponer que a los vascones se les pueda llamar pueblos rústicos. A todo ello hay que añadir que hay otros textos, aparte de la epístola de Tajón (que es la principal fuente), que testimonian la participación de los vascones en la revuelta de Froia. Critiqué con más detenimiento la interpretación de J.J. Larrea en Domuit Vascones (pp. 214-216), donde escribí que J.J. Larrea “encontró en esta ocasión sus mejores argumentos en la crítica de los textos sobre los vascones al contraponer el testimonio de Tajón con dos pasajes del VIII Concilio de Toledo.” Sigo pensando lo mismo, porque los aciertos de J.J. Larrea en el análisis de los textos de Ausonio, Paulino de Nola y Venancioa Fortunato (que son los únicos que me parecen válidos) no pueden probar nada sobre las noticias de las crónicas.</note>

note28 La única revuelta campesina de la historia del reino visigodo se produjo en la Orospeda y fue sofocada por Leovigildo en el 577. Y no es poco, pues no tengo noticia de ninguna en el reino franco. Por otra parte, es muy probable que los conflictos entre vascones sean bastantes más que los siete recogidos en unas fuentes que no dan cuenta de toda la historia del reino visigodo (v. infra n. 151). </note>

note29 Una historia nueva de la Edad Media, p. 1243, n. 190. Inmediatamente antes, el autor ha considerado aceptable en términos generales la lectura romanista de la evolución de los alrededores de Pamplona de J.J. Larrea, que me parece correcta. </note>

A mi modo de ver, el planteamiento de J.J. Larrea incurre en una petición de principio. No se plantea una cuestión fundamental: la existencia o no de una frontera en Navarra. Se deshace de ella y de los testimonios que avalan la existencia de una frontera con la teoría de los tópicos sobre los vascones, que supone una respuesta negativa a la pregunta. Eso le permite identificar a los vascones con Navarra, esto es, aplicarles la lectura romanista de una evolución que sólo se puede comprobar al sur de Pamplona. Pero eso es lo mismo que confiere verosimilitud a la indemostrable teoría de los tópicos sobre los vascones, que hace posible esa suma.%p

note30 En la misma línea, A. Azkarate ha señalado que “el pretendido bandolerismo es, en cualquier caso, una explicación insuficiente” (“El País Vasco…”, p. 49).</note>

note31 Traté el asunto en Domuit Vascones, pp. 111-117.</note>

note32 Como demostré en su día (Consideraciones sobre la situación política de los pueblos del Norte de España durante la época visigoda del Reino de Toledo), A. Barbero y M. Vigil probaron la independencia y belicosidad de cántabros y astures con las noticias sobre los vascones.</note>

No sé si los progresos de la arqueología romana en Asturias durante los últimos años han podido influir en la concepción romanista de los vascones de J.J. Larrea. Pero su tesis me parece una asturianización de los vascones. En todo caso, y dado que vamos a abordar la cuestión de la romanización del territorio de los vascones del siglo VI, conviene recordar que en esa zona no sólo no hay una ciudad tardorromana como Gijón, sino ni siquiera una sola villa, cuando en (Asturias ya se han encontrado una docena.%p

Por último, una aclaración. Comentando hace diez años la sorpresa que le producía el avance reciente del romanismo por la cornisa cantábrica, José Ángel García de Cortázar me trataba como un romanista destacado al escribir “que de momento, ni siquiera el propio A. Besga, «Guipúzcoa en la Alta Edad Media», Letras de Deusto, 93 (2001), pp. 9-38, contradice la idea de un espacio guipuzcoano caracterizado por el mismo con los rasgos de «independencia, aislamiento y mantenimiento de estructuras sociales primitivas»” (“Estructuras del poder y el poblamiento en el solar de la monarquía asturiana”, p. 421, n.13). Pero no soy romanista, ni indigenista. O mejor: soy romanista en Asturias y Cantabria, e indigenista en Vizcaya, Guipúzcoa y norte de Navarra, porque las fuentes no permiten un tratamiento unitario de los pueblos del norte, dado que las deducciones que pueden hacerse con ellas son distintas en los dos ámbitos mencionados. Tampoco soy un defensor a ultranza de la independencia de los vascones. De hecho, he defendido la integración de los vascones occidentales en el reino de Asturias, porque las deducciones que pueden hacerse de las fuentes son distintas en una época y otra. Y, desde luego, no estimo que pueda hacerse una lectura nacionalista de la independencia de los vascones en la época de los reinos germánicos. Es más: he criticado las que se han hecho (“La historiografía nacionalista vasca y la época de la transición del esclavismo al feudalismo”). No hay que ver en la independencia de los vascones nada que no hubiera en la que habían tenido antes de la conquista romana o en la que tuvieron los pueblos germanos —que son con los que hay que compararles— más allá del limes. %p

note33 Tampoco significa que no contemple manipulación e ideologización en las fuentes. Pero, por una parte, hay que tener en cuenta que las crónicas son sólo eso: crónicas; no ensayos políticos. Y que la Historia no tuvo en la Edad Media la importancia que se le concede en tantos planteamientos sobre la manipulación de las crónicas (v. Esteban Sarasa, “La construcción de una memoria de identidad”). Por otra parte, estimo que la manipulación en las crónicas se produce sobre todo en la selección de lo que se cuenta. san Isidoro, por ejemplo, cuenta muy poco, lo que, a mi juicio, hace inverosímil que invente mucho (v., si no, cómo se deshizo, sin faltar a la verdad, de la rebelión de san Hermenegildo, que le incomodaba mucho: “Venció, además, después de someterlo a un asedio, a su hijo Hermenegildo, que trataba de usurparle el trono”). Con todo ello quiero decir simplemente que las crónicas de la época de los reinos germánicos son unas crónicas más, y no especialmente manipuladas. Y que, en todo caso, las manipulaciones hay que demostrarlas y no darlas por probadas mediante juicios de intenciones, muy fáciles de hacer, dado que las noticias —es lo que tiene la Historia— suelen tener implicaciones.</note>

note34 Una de las hipótesis que se manejan para explicar la aparición de tumbas con importantes ajuares es la teoría de la exhibición competitiva de Guy Halsall%p (Settlement and social organization. The Merovingian region of Metz, Cambridge, 1995, 328 pp.), que A. Azkarate ha resumido así: “Más que un reflejo pasivo de una organización social [los depósitos de ajuares funerarios] deben ser contemplados como una estrategia activa en la creación de una realidad social. A mayor estabilidad, menor sería la necesidad de escenificar comportamientos competitivos […]. Y viceversa, a menor estabilidad y aumento de la incertidumbre social mayor será la obligación de recurrir a exhibiciones de prestigio para garantizar y transmitir el poder local” (“Los Pirineos…”, p. 107). Es probable que, por lo que sabemos del contexto histórico, la estabilidad social no sea una característica del territorio de los vascones, pero hay que recordar que la ostentación funeraria es algo común, que se ha dado en todas las épocas y en sociedades en las que las jerarquías estaban bien establecidas. Una vez más, considero que la historia de los germanos al otro lado del limes ofrece paralelos para explicar la historia de los vascones en los primeros siglos medievales.</note>

note35 Sin paralelos en España, las necrópolis del fenómeno Aldaieta, como se las ha llamado, constituyen el descubrimiento arqueológico más importante de los últimos años sobre la época de los reinos germánicos en el País Vasco-navarro. En Asturias y Cantabria, en cambio, el descubrimiento más importante en los últimos tiempos han sido las clausurae visigodas levantadas con motivo de la invasión musulmana (F. Ramos Oliver y F. Jiménez Moyano, “Análisis militar de las fortificaciones de El Homón de Faro (La Carisa) y El Muro (La Mesa)”; y J. Camino Mayor, Y. Viniegra Pacheco y R. Estrada García, “En las postrimeras montañas contra el sol poniente. Las clausuras de la Cordillera Cantábrica a finales del Reino visigodo frente a la invasión islámica”). El contraste entre los dos tipos de descubrimiento no puede ser más significativo.</note>

note36 En este sentido, hay que recordar que el De laude Pampilone prueba que los vascones fueron enemigos de los pamploneses. Ciertamente, su cronología visigoda, en la que sigo creyendo, ha sido impugnada, pero, aunque fuera carolingia (K. Larrañaga, “Glosa sobre un viejo texto referido a la historia de Pamplona: el «De laude Pampilone»”), el testimonio continuaría siendo significativo; lo que es inaceptable es que el texto sea del siglo X —como ha propuesto, enunciando simplemente la hipótesis, Ángel Martín Duque (“Del espejo ajeno a la primera memoria”, pp. 37-38)—, cuando en esa centuria se añadió a la Epistula Honorii, confundiéndose con ella, para dar lugar al De laude Pampilone epistola, una composición en la que simplemente se yuxtaponen dos escritos que no tienen nada que ver. He tratado el asunto en Domuit Vascones, pp. 294-300. Después, Esteban Moreno Resano se ha pronunciado en favor de la datación en el siglo X del De laude Pampilone en un artículo titulado “Cultura jurídica e instituciones cívicas entre la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media. Observaciones a propósito de De laude Pampilone epistola”. Pero, pese al título, no se trata de una monografía sobre el texto que nos interesa, sino sobre la Epistula Honorii, en la que el De laude Pampilone tiene un tratamiento marginal. Simplemente, E. Moreno da por probada la hipótesis no demostrada de A. Martín Duque (es lo que tienen también las observaciones de pasada: que se convierten en demostraciones mediante simples notas en publicaciones posteriores, lo que da lugar, a veces, a auténticos castillos de naipes). No se plantea los problemas que supone una cronología tan tardía, como el de que los vascones aparezcan como enemigos de Pamplona, que sólo puede ser resuelto mediante soluciones forzadas, como la de José María Aguirre Muruzabal, que es el único intento que conozco: “Si en una frase se habla de resistir a los vascones, no es porque éstos asediasen la ciudad. Antes bien, toda la frase es de carácter religioso y habla de «apartarse de los herejes» y de resistir a los «vascones», a los que se supone como gentes desconocedoras del latín, difíciles de predicar en lengua sagrada, y hasta faltos del bautismo y sacramentos” (“Nuevos datos sobre el origen del reino de Navarra”, pp. 42-43). </note>

note37 En cierta manera, el estudio de J.J. Larrea ha abierto la veda para la eliminación como estereotipos de los testimonios que se oponen a la interpretación romanista del País Vasco-navarro que se está elaborando en los últimos años. Como ordinariamente las impugnaciones se han hecho mediante meras afirmaciones, hay que pensar que dichas afirmaciones se basan en la consideración de que el estudio de J.J. Larrea ya habría demostrado lo que había que demostrar (v. infra n. 92).%p

note38 Op. cit., pp. 189, 190, 195 y 200.</note>

<npte>39 El origen del presente artículo se encuentra en la invitación que me hizo J.J. Larrea, a principios de 2012, para participar en un seminario organizado por la País Vasco]] titulado —nótese bien— “Vascones y otros bárbaros”. Aunque deseaba participar para poder hablar con otros historiadores sobre asuntos que hasta entonces había tratado en solitario, lo primero que contesté es que no tenía nada nuevo que decir y que por eso había abandonado la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos en la última década. Sin embargo, la insistencia de J.J. Larrea y el hecho de que no era necesario aportar nada nuevo, porque no estaba prevista ninguna publicación, hicieron que aceptara la invitación, que era —como ya he señalado— lo que realmente deseaba. La preparación de la conferencia me obligó a releer, con más detenimiento, algunos trabajos publicados en la última década y a leer otros que, empeñado en estudios sobre otros ámbitos o épocas, había pasado por alto, como el de M. Pozo, de muy reciente publicación. Fue entonces cuando surgió la idea de escribir este artículo, pues, aunque seguía sin tener nada nuevo que proponer sobre la historia de los vascones en los Edad Media, sí podía ser conveniente —e incluso necesario— criticar algunas novedades que se habían publicado en la última década.</note>

La historia de los vascones en los <tie>primeros siglos de la Edad Media</tie> presenta problemas suficientes para realizar varias monografías. Seguramente, el más urgente de esos problemas es la explicación de las necrópolis con tipologías norpirenaicas descubiertas desde 1987. En 1999, Joaquín Azkarate publicó la memoria de excavación e inventario de los hallazgos de la necrópolis de Aldayeta, la más importante de todas, y prometió para el año siguiente la publicación del estudio de los materiales y su contextualización (Aldaieta, p. 17). Pues bien, ese estudio todavía no se ha producido. No es una crítica, pues comprendo perfectamente los problemas que presentan esas necrópolis para su inserción en la historia conocida de los vascones. Sólo pretendo constatar las dificultades que hay para realizar aportaciones incluso cuando hay nuevos datos. En todo caso, las necrópolis testimonian, una vez más, la militarización de una población independiente del reino visigodo y constituyen, por tanto, un argumento más contra la pretensión de convertir a los vascones en sempiternos rebeldes. También acreditan la existencia de una aristocracia, pero es algo que ningún investigador había puesto en duda. %p

En la última década, sólo tengo noticia de la aparición de una investigación monográfica, y con escasos resultados, debidos a la dificultad para realizar aportaciones que presentaba el asunto elegido: “La representación épica del combate y de la muerte del guerrero en el epitafio de Opilano]] (año 642)” de Esteban Moreno Resano. Tampoco se ha producido una crítica argumentada de alguna de las interpretaciones que conforman la communis opinio de los historiadores sobre los vascones de los Edad Media. Lo que ha habido son estudios de pocas páginas sobre toda la historia de los vascones de la época de los reinos germánicos. Eso podía tener sentido hace treinta años, pero no ahora con todo lo publicado. Es más: ese tipo de publicaciones resultan contraproducentes, pues las novedades que plantean, dada su brevedad, no pueden argumentarse como es debido. Las publicaciones breves y de carácter general tienen sentido en obras de síntesis y como una actualización del estado de los conocimientos, lo que es algo muy útil. Por eso, tampoco tiene sentido que en este último tipo de publicaciones se formulen interpretaciones originales, cuya argumentación se reduce a la enunciación de la hipótesis (v. supra n. 24). Y es que no se entiende que si se considera que se puede hacer una aportación a la historia de los vascones, cuando tan difícil resulta hacerlas a estas alturas del desarrollo de la historiografía, no se aproveche la ocasión para realizar un estudio monográfico, que debería ser el marco obligado para las nuevas interpretaciones.%p

Así, el balance de la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos no puede ser positivo: no sólo no se ha demostrado nada nuevo, sino que la publicación de numerosas interpretaciones de pasada ha generado una confusión evitable. %p

Lamento tener que decirlo y lamento tener que haber hecho este artículo, el único que he hecho sin ganas. Por una parte, he tenido que abandonar otros asuntos en los que estaba más interesado, para desandar un camino y regresar sin más provecho que comprobar que era el sendero correcto. Por otra parte, tengo aprecio personal y admiración a Juan José Larrea, que he testimoniado en varias ocasiones. Pero, amicus Plato… %p note40 La crítica de Caro Baroja tiene un precedente en la que hizo en su día J.J. Larrea (La Navarre…, pp. 111-123). Pero la crítica de Larrea se refería al modelo tribalista, que suponía la interpretación gentilicia de las sociedades de los pueblos del norte de España, consagrado por los estudios de Caro Baroja. En este sentido, hay que recordar que la teoría de los tópicos sobre los vascones de J.J. Larrea se sitúa en el contexto de la crítica de la teoría indigenista de Barbero y Vigil sobre los Península Ibérica, cuya influencia sobre toda una generación de medievalistas considera —con acierto— nefasta (p. 112). Para darse cuenta de ello, no hay más que leer el comienzo de su exposición sobre “Le mythe des «féroces Vascons» et la réalité de la crise”, que concluye con el siguiente propósito: “Se debe primero reexaminar las «pruebas» de la existencia de la sociedad tribal del noroeste peninsular” (p. 114). Pero una cosa es criticar la organización gentilicia de los pueblos del norte de España (y las exageraciones cometidas sobre la falta de romanización de cántabros y astures) y otra negar la subromanización de los vascones. Yo mismo —por poner un ejemplo de seguidor incondicional de Caro Baroja— he criticado la organización gentilicia de los pueblos del norte de España (Orígenes hispanogodos del Reino de Asturias, pp. 152-168, donde se puede encontrar la bibliografía que ha arruinado completamente una tesis tan equivocada) y no la he tenido en cuenta al hacer la historia de los vascones (Domuit Vascones, pp. 512-514, donde propuse a los germanos del otro lado del limes como modelo para el estudio de los vascones). Es más: he criticado algunas de las interpretaciones de Caro Baroja, y mucho antes de que lo hiciera J.J. Larrea (v. “El fin del dominio romano en el País Vasco”, pp. 250-258, donde refuté las tesis del bandolerismo gentilicio de los vascones y de su efervescencia en el siglo IV basada en un verso de Avieno, y las exageraciones realizadas en la interpretación de la correspondencia entre Ausonio y Paulino de Nola). Pero todo ello es independiente de la cuestión de la romanización de los vascones, que fue distinta en el norte y en el sur.</note>

Por otra parte, deseo dejar constancia de la sorpresa que me produjo la tesis de la influencia decisiva de Caro Baroja en la historiografía sobre los vascones de la época de los reinos germánicos. No era consciente de ello, y, sin embargo, aparezco clasificado por M. Pozo como un seguidor incondicional de Don Julio. De hecho, al hacer brevemente la historiografía sobre los vascones en la época de los reinos germánicos, no estimé necesario mencionar a Caro Baroja en el cuerpo del texto; lo que hice es citarle así en la nota que cerraba esa exposición: “Me resulta difícil clasificar la obra de Julio Caro Baroja. Este autor escribió muchas páginas sobre la historia del País Vasco en los primeros siglos de la Edad Media. Pero, dejando al margen que en mi opinión no estuvo muy afortunado o por lo menos no realizó ninguna aportación importante, no se puede considerar que realizara ningún estudio monográfico” (Domuit Vascones, p. 39, n. 24). %p

note41 Dada la desmesura de la propuesta, puede parecer que exagero en la enunciación del tópico para hacer más fácil la crítica. Pero es lo que se deduce de las palabras empleadas por M. Pozo cuando censura a Don Julio o a sus seguidores: “<persom>J. Caro Baroja]] encontró en la débil romanización de los vascones…” (op. cit., p. 189); “este lastre ha impedido el avance de la investigación, dando lugar a que varias décadas después de Caro Baroja, la percepción de los habitantes de Vasconia tardoantigua como una población subromanizada no haya variado” (p. 189); “convencido pues de la escasa romanización de los habitantes de la Vasconia atlántica, Caro Baroja no necesita analizar los restos hallados en el territorio” (p. 192); “es porque son unos bárbaros” (p. 194); “la pervivencia de estructuras sociales antiguas” (p. 194); “Barbero y Vigil integraron sin modificación alguna la propuesta de Caro Baroja y asumieron que los vascones de la Tardo Antigüedad vivían en un estadio anterior al de la romanización” (p. 195); “la vertiente atlántica, habitada por gentes con un barniz meramente superficial de romanidad” (p. 199). No se trata, pues, de una reacción a las exageraciones que se han podido cometer con la barbarie o falta de romanización de los vascones, con una matización de esas realidades.</note>

note42 Op. cit., p. 190.</note>

note43 M. Pozo dedica a la cuestión dos páginas completas (op. cit., pp. 190-192), lo que supone prácticamente una quinta parte del artículo. En ellas, escribe lo siguiente: “La obra de Rostovtzeff es decisiva en Caro Baroja. No sólo le sirve como referente en el que enmarcar la situación del Península Ibérica, sino que le proporciona pautas metodológicas. Al fin y al cabo, aplica el conocimiento historiográfico y las herramientas hermenéuticas de su época” (p. 192). La última frase abunda en la idea de que la barbarie de los vascones es una espejismo motivado por una metodología equivocada, justificable hace un siglo y condenable entre los seguidores incondicionales de Caro Baroja.</note>

note44 M. Pozo resalta este hecho: “Publicada en el 1926 (traducción española del 1937), la influyente síntesis de Rostovtzeff está construida a partir de las investigaciones de un número reducido de autores que él cree representativos del saber sobre cada región del Imperio. Para Hispania, lo fundamental son los trabajos de A. Schulten sobre las excavaciones llevadas a cabo a finales del siglo XIX en Numancia” (op. cit., p. 191). ¿Es que acaso se pretende que la errónea —según M. Pozo— interpretación de Numancia es el origen último de la barbarie de los vascones?</note>

note45 No conozco que nadie haya defendido lo contrario hasta hace poco, por lo que no hay que darle ni una sola vuelta al proceder de Caro Baroja.</note>

note46 A. Besga, “La Edad Oscura (siglos V-VIII)”.</note>

note47 Dados los distintos significados de “País Vasco”, que la Real Academia Española define como la comunidad autónoma que tiene ese nombre, resulta más preciso hablar de Vascongadas y Navarra, País Vasco-navarro o Países Vascos cuando nos referimos al territorio de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra. He tratado el asunto en “El problema del nombre del País Vasco.”</note>

note48 Op. cit., p. 192. El mapa al se refiere es el mapa VIII, que J. Caro Baroja publicó en Materiales para una historia de la lengua vasca en relación con la latina.</note>

note49 Con respecto al mapa de Caro Baroja, hay que señalar que no son errores los dos que señala M. Pozo y que ya había apuntado J.J. Larrea (La Navarre…, pp. 120-121):</note>

1) En Arqueología, la escasez de hallazgos no puede ser considerada un “argumento ex silentio” (p. 192), pues la introducción de semejante criterio en dicha disciplina tendría unos efectos devastadores sobre los conocimientos que puede proporcionar.%p

2) El relieve montañoso no sólo explica la escasez de esos hallazgos, como pretende M. Pozo (op. cit., p. 193), sino también el por qué de esa escasez.%p

Por otra parte, hay que señalar que el hecho de que todos los hallazgos sean romanos resulta irrelevante, porque nadie sostiene hoy la independencia del territorio montañoso del País Vasco-navarro. Lo significativo —y que no comenta M. Pozo— es que la inmensa mayoría de esos hallazgos son del Alto Imperio, lo que indica una regresión en el proceso de romanización durante la época tardorromana, que resulta coherente con los testimonios posteriores del territorio.%p

Sobre errores en la confección e interpretación de mapas, v. A. Azkarate, “El País Vasco…”, pp. 25-26.%p

note50 En el prólogo al libro tantas veces citado de J.J. Larrea, Pierre Bonnassie solicitó obviar la supervivencia del euskera: “si se pone aparte su especificidad lingüística, la sociedad vasco-navarra de los siglos IV-VIIIpresenta todos los caracteres de una sociedad tardoantigua” (p. 6). Pero la supervivencia del vascuence no es un asunto despreciable, como lo pueda ser la conservación de una costumbre insignificante, sino que es algo que obligadamente hay que explicar si se pretende defender la romanización de una población que, a diferencia de las demás, no llegó a hablar en latín y de la que las fuentes arqueológicas y literarias predican lo que predican. Por otra parte, es un gran error considerar que existió una sociedad vasconavarra en los primeros siglos de la Edad Media, dado que hubo en su interior una frontera, que no sólo fue política, sino también social, cultural y lingüística. Si se mezclan los datos de las dos zonas, lo que se está haciendo es la historia de una sociedad que nunca existió, como hicieron en su día A. Barbero y M. Vigil al sumar los datos de astures, cántabros y vascones. Ese error puede explicar todos los demás.</note>

Por su parte, J.J. Larrea se deshizo de la cuestión de la siguiente manera: “En el estado actual de nuestros conocimientos, nadie puede explicar la supervivencia del ancestro del vasco en la época en la que desaparecieron las demás lenguas indígenas hispánicas o galas. Por otro lado, lo que es muy seguro es que la presencia del vasco no es en ningún caso una suerte de indicador inverso del grado de romanización, como a menudo se ha pretendido. Tal idea reposa de hecho sobre un anacronismo bastante grosero: la coincidencia entre la zona vascófona y el País Vasco atlántico y prepirenaico, es decir las míticas montañas donde se ha querido ver vascones irreductibles, es un fenómeno relativamente reciente. Hasta los siglos XVIII y XIX, incluso el XX, el vasco se mantuvo bien vivo en paisajes mediterráneos, en los que la profunda romanización no ha sido cuestionada por nadie” (La Navarre…, pp. 105-106). Pero lo que es un anacronismo bastante grosero es considerar que la geografía del vascuence en la Edad Moderna es la misma que la de la Antigüedad (y que la de la época de los reinos germánicos). En la Edad Antigua no se puede atestiguar la presencia de una lengua vasca en la mitad meridional de Navarra, donde sólo se puede acreditar el ibero y el celtíbero (traté la cuestión en Domuit Vascones, pp. 59-62; no es una cuestión polémica, v., por ejemplo: <persom>Martín Almagro Gorbea</persom>, Los orígenes de los vascos; y Fernando Wulff, “Vascones, autoctonía, continuidad, lengua: Entre la Historia y la Historiografía”). Por consiguiente, el euskera no sobrevivió a ninguna romanización, y, por tanto, sí se puede explicar su supervivencia, como se ha hecho ordinariamente: es el resultado de la escasa romanización de sus habitantes. %p

Nótese que, para vestir a un santo ya vestido, J.J, Larrea desnuda a otro. Su explicación de la historia de los vascones supone dejar sin explicación la supervivencia de la lengua vasca. Y no es el único misterio que provoca. Hay otros como el de las razones de la constante rebeldía de unos campesinos que habrían sido como otros o el del empeño de los autores tardorromanos y altomedievales por caracterizar a los habitantes del norte del País Vasco-navarro por lo que no fueron.%p

note51 He tratado —y demostrado— varias veces el asunto; la última vez en “Sobre la lectura crítica de las crónicas asturianas y otras cuestiones de método”, pp. 25-26, principalmente.</note>

note52 “Aux origines…”, pp. 130-131.</note>

note53 “A vueltas con los obispos de Pamplona de la época visigoda”, p. 58.</note>

note54 Ciertamente, M. Pozo no nos llama así, pero nos define como tales cuando habla de “los efectos [negativos] que han tenido la aceptación incondicional de determinadas tesis [de Caro Baroja] sobre el método mismo utilizado por la gran mayoría de los historiadores que se han ocupado de la Vasconia tardoantigua” (op. cit., p. 190).</note>

note55 Op. cit., pp. 194, 196 (tres veces), 197 y 199.</note>

note56 Op. cit., pp. 194 (tres veces), 195, 196 y 199.</note>

note57 Op. cit., pp. 195. También me sorprendió leer esta afirmación, dado que Barbero y Vigil no aportaron nada a la tesis de la barbarie de los vascones, como tampoco a las de su independencia y belicosidad en la época de los reinos germánicos. Una vez más, se confunde la crítica al modelo gentilicio con la crítica a la subromanización de los vascones.</note>

note58 De Caro Baroja señala que “simplemente acumula una detrás de otra las campañas que relatan las fuentes” y que “la acumulación de datos ha hecho el papel de prueba” (op. cit., p. 194). Y de Barbero y Vigil que “es muy elocuente que también estos autores utilizaran la acumulación como prueba. Así, 34 citas acompañan al relato de los conflictos entre los pueblos del Norte, sobre todo vascones, y los reinos germánicos, y todas ellas consisten solamente en referencias de las fuentes o en la transcripción de algunos fragmentos” (p. 195).</note>

note59 Op. cit., p. 194.</note>

note60 Op. cit., p. 196.</note>

note61 He criticado muchas veces a Barbero y Vigil. Pero nunca por acumular los datos procedentes de las fuentes. Otra cosa es que las noticias citadas sean pertinentes; como es sabido, Barbero y Vigil probaron la independencia de cántabros y astures en la época visigoda con las noticias procedentes de los vascones.</note>

Un ejemplo criticable de acumulación de datos (impertinentes también en la mayoría de los casos) se encuentra en el par de estudios que José María Blázquez dedicó a la cuestión del limes hispanus (que han sido, por cierto, las dos únicas monografías que la historiografía indigenista, que se desarrolló en el campo del ensayo y de la síntesis, fue capaz de elaborar): “Der limes in Spanien des vierten Jahrhunderts”, Actes du IX Congrès International sur les frontières romaines, Bucarest-Köln-Wien, 1974, pp. 485-502; “Der limes hispaniens im 4 und 5 Jahrhunderts. Forschungasstand; Niederlasungen der Laeti oder Gentiles am Flulauff des Duero”, en XII Congress of Roman Frontier Studies, 1979, British Arqueological Repports, 71, 2, 1980, pp. 345-395 (ahora en “El limes de Hispania en los siglos IV y V. Estado de la cuestión: asentamientos de los laeti o gentiles en el valle del Duero”, en Nuevos estudios sobre la Romanización, Istmo, Madrid, 1989, pp. 617-641). En ambas publicaciones, J.M. Blázquezse limitó a acumular hallazgos que podrían tener una finalidad militar con independencia de su geografía y cronología, y de los problemas que planteaban. De hecho, Javier Arce pudo escribir con razón lo siguiente: “Acumulación no es demostración. Cuando los arqueólogos hayan estudiado, medido y analizado los edificios mencionados por Blázquezpara apoyar la (indemostrada) teoría del limes; cuando hayan analizado la relación geográfica y estratégica de los mismos y sus funciones de acuerdo con el sistema viario, urbano y de villae; cuando se haya estudiado en España a fondo el significado y función de los términos turres, castella, burgi, phrouria, y se hayan aquilatado críticamente las noticias de las fuentes, podremos entonces comenzar a utilizar esta información en un contexto histórico. Mientras tanto el limes contra cántabros, astures y vascones es no sólo un error, sino una simple invención sin fundamento, demasiadas veces repetida lamentablemente en los foros internacionales” (El último siglo de la España romana: 284�409, p. 168). El mismo Blázquez ha debido atender a la crítica, pues —como casi todos— ha abandonado la teoría española del limes hispanus. %p

note62 Op. cit., p. 199.</note>

note63 A mi juicio, no es un fenómeno de entender para un lector de historia antigua o altomedieval. Es lo que sucede con casi todos los asuntos, pues lo redactado por los historiadores contemporáneos multiplica miles de veces los escritos disponibles (piénsese por ejemplo en las Termópilas, que han dado lugar a libros enteros, o en las biografías de César, que seguirán publicándose, pese a todas las que tenemos ya). </note>

note64 No encuentro nada extraño ni censurable en ese proceder. Es lo que se hace en cualquier estudio sobre fuentes antiguas, pues no tendría sentido repetir lo que ya estaba escrito. Y se seguirá haciendo, pues, aunque pueda producir hastío, no se pretenderá decir “basta, es suficiente con lo que ya se ha escrito”, que, ordinariamente, suele ser más de lo que se publicado sobre los vascones en la época de los reinos germánicos (y más cuando A. Azkarate suele recordar el carácter provisional que tienen las afirmaciones de los historiadores, como puede apreciarse en la nota siguiente, lo que, a mi juicio, es válido, sobre todo, con las propuestas de modelos). Lo criticable es que con todo lo que se ha escrito se practique el adanismo, que se hagan interpretaciones de pasada, que tampoco suelen tener en cuenta las contradicciones en que incurren. </note>

Por otra parte, hay que decir que el método salomónico de reparto de críticas y loas sólo es el indicado en algunos casos. No lo es en el de la historiografía sobre los vascones en la época de los reinos germánicos, cuyo carácter ideologizado ha sido denunciado por el propio A. Azkarate, que, por cierto, tampoco lo practica en el trabajo que estamos comentando. %p

note65 “Los Pirineos…”, p. 89. Pero es lo que tiene la Historia: para poder interpretar y explicar un fenómeno, es necesario antes precisar ese fenómeno. </note>

Esto es aplicable también a la Arqueología; por eso, no entiendo que A. Azkarate me haya reprochado la petición de una cronología precisa: “Resultan preocupantes las expectativas que ciertos medievalistas parecen tener de las aportaciones que puedan provenir desde el conocimiento arqueológico. A juzgar por algunos textos recientes podría deducirse que existen investigadores que no esperan de los arqueólogos otra cosa que el dato cronológico, cuanto más preciso mejor. Reflejan muy bien esto que decimos las palabras de uno de los mejores conocedores del periodo tardoantiguo en el norte peninsular: «Y es que una cronología exacta es un elemento indispensable para la resolución de este problema, pues si el comienzo del ‘fenómeno de Aldaieta’ se sitúa a principios del siglo VI, como ha defendido con buenos argumentos A. Iriarte, habría que relacionarlo con una invasión franca propiciada por el hundimiento del Reino Visigodo de Tolosa tras el desastre de Vouillé del año 507». No discutiremos con A. Besga sobre la bondad o no de los argumentos a los que alude. A nosotros nos parecen discutibles, quizá porque tenemos una marcada tendencia hacia la duda permanente y porque, más que en una historia episódica y de certezas, creemos en una historia de complejos procesos, necesitados de una incansable reinterpretación desde las crecientes posibilidades hermenéuticas de las historiografías recientes” (“Sobre los orígenes cronológicos de los cementerios cispirenaicos de época tardoantigua”, p. 414; realmente los argumentos de Iriarte han sido contundentemente refutados en las páginas anteriores del trabajo, cuyo objetivo era precisamente ése, por lo que no entiendo bien la lección de humildad que sigue, que constituye el final del artículo). %p

Pedir a un arqueólogo que precise la cronología de un hallazgo no significa que se le considere un anticuario. Es lo que se le pediría a un historiador si se presenta con un documento que registra una nueva noticia. Si no entendiera que un arqueólogo puede ser un historiador, no podría haber escrito en el mismo libro en que aparece la frase que ha interpretado en sentido contrario: “El otro historiador es Agustín Azkarate, cuya obra Arqueología cristiana de la Antigüedad Tardía en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya es, en mi opinión, el libro más importante que se ha publicado sobre la época de los reinos germánicos en el País Vasco, y que, con el estudio de la necrópolis de Aldaieta, se encuentra en condiciones de poder revolucionar la historia vasca de este período, lo que podría afectar considerablemente a la conclusiones del presente trabajo” (Domuit Vascones, p. 27; loa que no tiene nada que ver con cuestiones ideológicas).%p

En ese trabajo, no podía dejar suelto un cabo tan importante como el de las necrópolis. Pero tampoco podía pretender solucionar unos problemas que los especialistas todavía no han conseguido. Por eso, me limité a realizar unas consideraciones entre las que se encuentra la frase reproducida por A. Azkarate: “Para realizar una interpretación es preciso antes conocer mejor el fenómeno Aladaieta. Cuáles son en primer lugar los yacimientos que lo conforman. Porque incluir la necrópolis de Pamplona, una ciudad visigoda que no sabemos si escapó alguna vez al control del Reino de Toledo, puede comprometer, a mi juicio, el carácter no visigodo de estos yacimientos, quizá el único rasgo fundamental que parece estar claro, pues permitiría compatibilizar la presencia de materiales norpirenaicos con el control godo. […] Mucho más importante aún sería conocer qué yacimientos en Francia constituyen los paralelos de estas necrópolis peninsulares, pues hasta ahora sólo he podido ver los de los objetos encontrados. Y también determinar con precisión su cronología” (Domuit Vascones, p. 526; la frase que reproduce A. Azkarate inicia el párrafo que sigue a continuación). Nótese que no se trata de un reproche, porque entiendo perfectamente las dificultades que tiene la empresa de fechar unos yacimientos como los del fenómeno Aldaieta, sino una de las condiciones que se requiere para poder interpretar con garantías de éxito el significado de esas necrópolis en la historia de los vascones. Así, por ejemplo, el “ilustre arqueólogo alemán” (A. Azkarate, “Los Pirineos…”, p. 101) H.W. Böhme no habría perdido el tiempo tratando de demostrar que la necrópolis de Aldayeta era consecuencia de la expedición de los reyes francos a Zaragoza del año 541 (“Der Friedhof von Aldaieta in Kantabrien”; agradezco a A. Azkarate el envío de una versión traducida de este trabajo), lo que ha refutado contundentemente A. Azkarate (“¿Reihengräberfelder al sur de los Pirineos occidentales?”).%p

En ese contexto, hice la referencia condicionada al trabajo de A. Iriarte, porque resulta evidente que nunca he estimado que esas necrópolis fueran de francos (de hecho, en la crítica histórica a la tesis de Iriarte, A. Azkarate utiliza, sin citarme, un argumento que empleé a continuación de la frase reproducida contra la presencia franca en España en la primera mitad del siglo VI: la facilidad con la que Teudiselo pudo cerrar los pasos del Pirineo occidental en el año 541). El único error que cometí es haber considerado buenos los argumentos arqueológicos de A. Iriarte. Pero la única lección que podría sacarse del sucedido es que los historiadores deberíamos extremar las precauciones con las argumentaciones de los arqueólogos.%p

Por último, deseo aclarar a A. Azkarate —y a sus lectores— que nunca le he reprochado nada por sus descubrimientos, como ha escrito al reproducir fuera de contexto una frase mía: “A quienes nos reprochan, pues, que nuestros trabajos sobre las necrópolis circumpirenaicas de época tardoantigua, lejos de aclarar las cosas no han hecho «sino incrementar los problemas», hemos de recordarles que es ese precisamente uno de los principales objetivos de la investigación histórica en general y de la arqueológica en particular: plantear problemas y, en la medida de lo posible, ayudar a resolverlos” (“Los Pirineos…”, p. 108; nótese que había escrito en el mismo libro que A. Azkarate, “con el estudio de la necrópolis de Aldaieta, se encuentra en condiciones de poder revolucionar la historia vasca de este periodo”). Pero lo que escribí es bien diferente: “El descubrimiento desde 1987 de una serie de necrópolis y la reclasificación de materiales ya conocidos, que esto ha permitido, ha enriquecido extraordinariamente el patrimonio arqueológico del territorio de los vascones independientes, reducido hasta entonces a unos pocos hallazgos aislados. Este incremento sustancial de la información contribuirá a mejorar considerablemente nuestro conocimiento de la historia del País Vasco en este periodo. Pero hasta la actualidad no ha hecho sino incrementar los problemas, pues las nuevas necrópolis revelan unas influencias norpirenaicas, que no encajan en el contexto histórico que creíamos conocer. De ahí que, pasados catorce años del primer descubrimiento, no tengamos aún una interpretación de estas necrópolis. Es más, recientemente, A. Azkarate, máximo conocedor de la Arqueología de este período en el País Vasco, ha reconocido los cambios de opinión que ha tenido a lo largo de esos años sobre el significado de estas necrópolis que ha calificado como fenómeno de Aldaieta, por ser el descubrimiento de este yacimiento, el mejor conocido, el que ha provocado esta ampliación de nuestros conocimientos” (Domuit Vascones, pp. 527-528). La claridad del texto evita tener que hacer mayor comentario. En cambio, me parece conveniente recordar las dos lecciones —tan distintas de la que A. Azkarate me propina— que me parecía que podían extraerse del hecho (y que desarrollé en la nota correspondiente): 1) Que la Arqueología, de la que se espera tanto, no siempre nos aclara y completa lo que sabemos (lo cual no es culpa de la Arqueología); y 2) que, aunque “todos somos conscientes de la insuficiencia y precariedad de nuestros conocimientos, y a menudo nos quejamos de ello […], sin embargo, cuando aparece un dato nuevo la tendencia normal es ver cómo encaja en ese cuadro de conocimientos y no indagar de qué manera revalida o no lo que creíamos saber” (ibid., p. 553, n. 178; lo que completaba con el siguiente propósito: “siendo consciente de este fenómeno espero que las líneas que siguen [sobre las necrópolis] no estén influenciadas por ese prejuicio”). %p

note66 Op. cit., p. 193.</note>

note67 Op. cit., p. 192.</note>

note68 Supongo que esto también se puede predicar de la “teoría de los tópicos sobre los vascones”. Y, a mi juicio, en mucha mayor medida aún, dado que está muy lejos de poder demostrarse.</note>

note69 Es el párrafo con el concluye el estudio (pp. 199-200). En el primero, situado en el resumen, que abarca toda la primera página, escribe: “Su aceptación [la “débil romanización de los vascones” postulada por J. Caro Baroja] trae aparejado un método típico de la primera mitad del siglo XX que es difícilmente admisible en la actualidad. Este lastre ha impedido el avance de la investigación, dando lugar a que varias décadas después de Caro Baroja, la percepción de los habitantes de Vasconia tardoantigua como una población subromanizada no haya variado.” (p. 189; el subrayado es mío).%p

note70 Lo mismo pueden producir tantas solapas y presentaciones de libros.</note>

note71 Juan Ignacio Ruiz de la Peña, “Cuatro «acreedores preferentes» del medievalismo español: Eduardo Hinojosa, Ramón Menéndez Pidal, Manuel Gómez-Moreno y Claudio Sánchez Albornoz”, ahora en De historia e historiografía, pp. 227-228. Por cierto: el autor ha recordado un poco antes “que, como señalara oportunamente Caro Baroja, «recetas miserables se dan como cosas originales y opiniones simples a veces descabelladas se consideran teorías, mientras que la reserva se extiende sobre la investigación honrada»” (p. 226; la observación de Don Julio se encuentra en la página 249 de Semblanzas ideales). Antes de acabar la carrera, ya me había dado cuenta de la facilidad con que se rebatían las conclusiones de análisis monográficos en observaciones de pasada, vertebradas al hilo de exposiciones de temática más amplia. No lo digo por M. Pozo, pues sus críticas no son observaciones de pasada y forman parte de una monografía. Lo digo porque este nefasto proceder se encuentra en varios de los breves estudios sobre los vascones de la época de los reinos germánicos publicados en la última década. </note>

note72 De hecho, la frase ha llegado hasta nosotros a través de la cita que hizo uno de sus discípulos, Juan de Salisbury (Metalogicon, III, 4).</note>

note73 No estimo que pueda considerarse un avance en la crítica de los textos la propuesta de no hacer distinciones entre los distintos tipos en que pueden clasificarse, que serían sólo géneros literarios. Es un elemento esencial (y no demostrado, sino simplemente afirmado) en la argumentación de J.J. Larrea (pues las referencias a los estudios filológicos y sobre la autoría de los autores de las fuentes no se concretan en nada). Recientemente se ha reafirmado en esa propuesta (sin añadir ningún argumento): “Es un dossier [el de las fuentes sobre los vascones de la época de los reinos germánicos] que se caracteriza por un ir y venir entre la poesía cargada de retórica de la literatura tardoantigua y la historia, en ningún caso con una separación, sino más bien con una constante hibridación de ambos géneros” (“Territorio y sociedad en la Vasconia de los siglos VIII al XI”, p. 19). Pero por el mismo motivo que J.J. Larrea tiene razón cuando señala que las poesías no pueden ser consideradas como tratados de geografía (v. supra n. 18), hay que concluir que no la tiene cuando pretende tratar las crónicas como literatura (o retórica). Además, la hibridación de géneros que plantea Larrea no es algo nuevo y, por tanto, que justifique un tratamiento distinto. La Historia en la Antigüedad fue también Literatura. Cicerón consideró a la Historia como “tarea oratoria en grado sumo” (De legibus, I, 5). Es más: la Historia nació “en Roma como una particular variante de la práctica retórica: como discurso apologético dirigido a hacer valer la causa romana ante los ojos del mundo mediterráneo de fines del siglo II a.C., durante la guerra con Aníbal” (José Luis Moralejo, Cornelio Tácito, p. 23). “Si a la sombra de la prosa retórica había nacido la historiográfica, no tardó ésta en caer en la órbita de influjo del drama, y más concretamente de la tragedia, destinada —al fin y al cabo— a exponer de otra manera argumentos que por históricos se tenían. Esa influencia de la tragedia se produce ya en el ámbito de la literatura clásica griega” (ibid., p. 25; el autor recuerda, en la página siguiente, la influencia de la épica, cuya vinculación con la Historia en Roma es “particularmente clara desde un principio; no es casual que el padre de la epopeya nacional, Ennio, diera a su obra un título historiográfico, el de los Annales, como no lo son las llamativas concomitancias —no ya de tema, claro está, sino también de estilo— que se dan entre el primer libro de Tito Livio y de la Envida de Virgilio”). Semejante hibridación de géneros no ha servido de patente de corso para interpretar ad libitum los testimonios de los historiadores romanos. </note>

En todo caso, la influencia de la hibridación de géneros habrá que demostrarla en cada texto, pues, de ninguna manera, puede ser considerada como una especie de enmienda a la totalidad que exima de semejante deber.%p

note74 A mi juicio, en Historia lo fundamental son los conocimientos (que, salvo en asuntos muy concretos, siempre son susceptibles de ser aumentados con nuevas lecturas) y la precisión en el lenguaje, dado que constantemente nos vemos obligados a sintetizar realidades muy complejas (o los escritos más extensos de otros historiadores). La metodología es, sobre todo, la aplicación de las reglas del razonamiento a lo que se estudia. V. infra n. 121.</note>

note75 Un ejemplo reciente resulta particularmente significativo. Hace poco, un experimento del acelerador de partículas del CERN, el mayor laboratorio mundial de investigación de la física de partículas, reveló que los neutrinos utilizados habían viajado a mayor velocidad que la de luz, lo que refutaba uno de los principios fundamentales de la teoría de la relatividad, que constituye la base de la concepción general del universo que ha permitido el extraordinario desarrollo de la Ciencia en el último siglo. Pues bien, la reacción de los investigadores fue prudente: se cuestionó la validez del experimento; meses después, en febrero de 2012, se publicó que se había comprobado un error en el experimento.</note>

Compárese con lo sucedido aquí con los increíbles descubrimientos en el yacimiento de Veleia, que es un asunto relacionado con la romanización del País Vasco y que suponía varias revoluciones (euskera, cristianismo, iconografía, egiptología, etc). Sin publicar los resultados (que todavía siguen sin estarlo), se anunciaron con gran resonancia en los medios de comunicación. Y se pidió dinero, mucho dinero, para continuar las investigaciones, en un yacimiento gestionado por una empresa familiar que ya tenía una financiación extraordinaria. Los que publicaron sus dudas —entre los cuales estaba Juan José Larrea— fueron calumniados (ya por intereses académicos, como la defensa de teorías, que supuestamente quedaban arruinadas, ya por intereses económicos; una campaña de difamación que aún continúa), e incluso se llegó a amenazar con querellas judiciales.%p

Que los descubrimientos de Veleia constituyan el caso de falsificación más chapucera que conozco no convierte esta historia en un ejemplo impertinente. Simplemente es un caso extremo. Lo importante es que en Historia en demasiadas ocasiones parece regir el principio de que no hay que dejar que una buena teoría sea arruinada por la realidad.%p

note76 P. 9.</note>

note77 La Navarre…, p. 113, n. 6, donde escribe: “Desde el siglo XVII, el País Vasco ha sido concebido como una isla no sumergida por la marea latina y, posteriormente, como el armario de la esencia de la España primitiva”. Por otra parte, hay que tener en cuenta que, como Francisco Javier Navarro ha destacado, “el estudio del pueblo vascón es uno de los temas más antiguos de toda la historiografía española. Los primeros trabajos y estudios datan del siglo XVI” (“Navarra, la Gallia y Aquitania en la Antigüedad Tardía”, p. 291).</note>

note78 “La romanización del País Vasco”, p. 16.</note>

Por cierto: en más de un planteamiento romanista de la historia de los vascones, se da la impresión de que hasta hace poco los historiadores han estado negando la presencia de los romanos en la parte norte del País Vasco-navarro, lo que permite dar gran lanzada a moro muerto y justificar así la nueva interpretación. Pero es evidente que no hay que optar entre la aldea de Astérix y la romanización.%p

note79 Ciertamente, la expresiones “ager” y “saltus” no se utilizaron con relación a autrigones, caristios y várdulos, tampoco se emplearon en un mismo texto referido a los vascones (y menos para dividir su territorio en dos zonas contrapuestas), y su significado es objeto de discusión entre especialistas (v. Saltus, ¿concepto geográfico, administrativo o económico?, Curso de Verano de la Universidad del País Vasco del año 2008, publicado por el Boletín Arkeolan). Sin embargo, como escribí en 2001, refiriéndome al binomio ager-saltus: “su operatividad es evidente y, aunque no pudieran considerarse categorías históricas (lo que me parece dudoso), son categorías teóricas, aceptadas por casi todos, cuyo uso no sólo es legítimo, sino también necesario para dar cuenta de la romanización en el País Vasco” (Domuit Vascones, p. 89, n. 89).</note>

K. Larrañaga ha expresado esa idea mucho mejor y en una monografía documentada y razonada. Dado el replanteamiento sobre la romanización de los vascones septentrionales, resulta pertinente reproducir algunos pasajes de ese trabajo:%p

“No parece sino que ya no queda margen para la discusión, y que, al tratar de los procesos de cambio que viven en la Antigüedad las comunidades del área circumpirenaica occidental, en modo alguno puede ser alegado el binomio de marras como categoría o útil hermenéutico acreditado por los autores clásicos al referirse a aquella, sino, en todo caso, como una hipótesis o útil interpretativo más, del que los autores pueden legítimamente echar mano en sus intentos de explicación del pasado, pero cuya validez habrá de ser medida, ante todo, habida cuenta de su encaje en lo ya probado o establecido mediante la evidencia literaria y/o arqueológica, y, en segundo lugar, en base a su superior eficacia explicativa de los procesos históricos, comparativamente a otras hipótesis, teorías o pertrechos conceptuales, que puedan eventualmente manejar los estudiosos” (“Sobre usos del binomio ager-saltus y del termino romanización en relación a los procesos de cambio vividos durante la etapa romana en el área circumpirenaica occidental”, p. 981).%p

“Así, pues, y según esto, no se trataría de mundos dicotómicos o excluyentes, en que lo latino-mediterráneo existiría o no existiría, sin margen para situaciones mestizas o de medias tintas, sino de paisajes humanos y culturales variamente modulados, en que los modelos propiciados por Roma y los preexistentes de vario origen se mezclarían en diversas proporciones, pero, en cualquier caso, permitiendo a veces situaciones de claro predominio de uno de los componentes o elementos en que se resuelve el legado global del área. […] En este planteamiento, el mundo del saltus, ligado fundamentalmente a formas de economía ganadera o silvopastoril, no tendría por qué desconocer la huella de la presencia romana (ni, por supuesto, todo tipo de práctica agricultora, cual si la inclusión en ese mundo implicara sin más el desconocimiento de tales prácticas, según parecen sugerir quienes no se cansan de proclamar su existencia desde la fase prerromana); pero se trataría, al cabo, de un área estimada de baja presión romanizadora y de más bien escaso desarrollo de lo agrícola, en la que, a despecho de las actuaciones protagonizadas en la misma por el colono romano o romanizado, continuarían produciéndose en lo fundamental, aunque no inmutados, los modelos de ocupación y de aprovechamiento del espacio, los esquemas de ordenamiento familiar y social, las concepciones del mundo y de la realidad, etc., heredados de la etapa anterior” (pp. 981-982).%p

“Y es en el contexto —y como ensayo interpretativo, ni más ni menos— de esa manifiesta y archiprobada pluralidad de situaciones o de esa diversidad de paisajes humanos y culturales como ha de ser entendido el recurso al binomio ager-saltus en gentes como J. Caro Baroja, en las que, habida cuenta de su perfil ideológico y currículo investigador, resulta menos congruente o verosímil ver en acción unos últimos restos de lo que E. de Labayru califico de «estrabismo basco-cántabro»” (p. 982).%p

“O es que los especialistas de Geografía humana o los antropólogos sociales, cuando han de explicar e interpretar las diferencias que se les ofrecen a menudo entre zonas diferenciadas de un determinado espacio geográfico, ¿no recurren también a dobletes o binomios del tipo del de ager-saltus —así, al de valle-montaña, por ej., o al de ciudad-campo—, mediante los cuales —y creemos que sin pretender negar, por ello, las relaciones de complementariedad que se producen sin duda entre tales zonas— tratan de caracterizarlas desde el punto de vista de la morfología cultural?” (p. 986).%p

También son de sumo interés —y de sentido común— las reflexiones que K. Larrañaga realiza sobre el concepto de “romanización”, otro de los asuntos en los que se ha emprendido un viaje a ninguna parte, en unas vueltas que sólo generan confusión.%p note80 Agustín Azkarate, “La arqueología y los intereses historiográficos (De los postulados vascocantabristas a las necrópolis tardoantiguas de influencia nordpirenaica)”, pp.35-39. El autor sólo cita a Caro Baroja para señalar que dio prestigio a la teoría (p. 38), con la que no está de acuerdo (“El País Vasco…”, pp. 30-32).</note>

note81 Es lo que se puede comprobar en la obra más importante y extensa sobre la romanización en el territorio de los vascones y sus vecinos, que además es muy reciente: El hecho colonial romano en el área circumpirenaica occidental de Koldo Larrañaga, que es uno de los autores citados por M. Pozo como seguidor incondicional de Caro Baroja y que, desde luego, no habla de oídas en la cuestión de la romanización. Cabe destacar que K. Larrañaga utiliza el binomio ager-saltus para vertebrar buena parte de su estudio. V. también Milagros Esteban Delgado, El País Vasco atlántico en época romana.</note>

note82 Tampoco hay nada extraño en la desigual romanización del territorio de los vascones y de sus vecinos, que ya presentaban grandes diferencias entre el norte y el sur antes de la conquista romana (como sucedía con los de los astures y los cántabros). Lo extraño habría sido una romanización homogénea en un territorio con tantas diferencias. Además, coincide con lo que ha sucedido con muchos fenómenos importantes antes y después de los romanos, incluso en nuestros días, como señalé en “Países Vascos” (o con lo sucedido con la romanización de los astures, distinta en las dos vertientes de su territorio). Piénsese, por ejemplo, que si Guipúzcoa hubiera sido un territorio normalmente romanizado, no se entendería su historia en la segunda mitad del primer milenio (he tratado el asunto en “Guipúzcoa durante la Alta Edad Media”).</note>

note83 Lo que sí conozco es a autores que han seguido creyendo en una independencia vasca en época romana: %p

Roma “nunca pudo imponer totalmente su dominación a los pueblos pirenaicos, ferozmente independientes” (J. Allières, Los vascos, p. 55).</note>

“Nadie pudo realmente vencer o conquistar al pueblo vasco, ni los celtas, ni las legiones de las que recibieron el nombre latino de vascones [!] ni siquiera los godos y tampoco los moros o árabes” (F.K. Mayr, El matriarcalismo vasco, p. 26).%p

“Los vascos no habían sido totalmente sometidos por los romanos, y tampoco los visigodos lograron dominarlos. No porque éstos no lo intentasen, sino que las expediciones llevadas a cabo con este fin a lo largo de los siglos VI y VII acabaron, por regla general, en sendos desastres” (P. Bonnassie, “La época de los visigodos”, p. 15; se equivoca también en lo referente a los visigodos, pues no consta que sus campañas fueran de conquista). Este pasaje resulta muy significativo, pues no sólo P. Bonnassie es el director de la tesis doctoral de J.J. Larrea, sino que se ha sumado con igual entusiasmo a la nueva interpretación de éste, criticando —con sorprendente desapego— las interpretaciones anteriores como leyendas negra y heroica (La Navarre..., pp. 5-6), cuando entre una y otra hay suficiente espacio para interpretaciones basadas en las fuentes.%p

note84 Op. cit., pp. 195-196. Aunque figuro en segundo lugar en esa lista, estimo que debería cerrarla. Y es que los autores que me acompañan en la cita, son, como diría Juan Ignacio Ruiz de la Peña, mis acreedores preferentes o los principales gigantes en que me he apoyado para escribir Domuit Vascones. </note>

note85 La Navarre…, pp. 111-160.</note>

note86 “La configuración de un espacio de frontera: propuestas sobre la Vasconia tardoantigua.”</note>

note87 “El periodo tardoantiguo en Navarra: Propuesta de actualización.”</note>

M. Pozo no cita siglos IV-VII)”]], publicada en la obra colectiva en la que aparece el estudio que menciona de J. Arce. Y, sin embargo, en ese segundo artículo de E. Resano, más extenso, la teoría de los tópicos tiene bastante más importancia. %p

note88 “Vascones y visigodos.” Prácticamente es el mismo estudio, párrafo por párrafo, que el publicado como “Vascones, visigodos e isaurios” y que el capítulo “Vascones y visigodos. Enfrentamientos y colaboracionismo” de su libro Esperando a los árabes.</note>

note89 Aunque el artículo se basa en los estudios de J.J. Larrea, M. Pozo sólo le cita en cuatro ocasiones, todas en notas a pie de página y para apostillar únicamente afirmaciones del texto. No señala que la nueva interpretación se inicia y se basa en esos estudios, pese a que el artículo de M. Pozo es, sobre todo, un estudio de historiografía.</note>

note90 Ciertamente, el autor muestra su escepticismo con algunas informaciones, pero no va más allá de lo que hemos hecho muchos.</note>

Sin embargo, sí parece que las conclusiones de J.J. Larrea (los vascones son campesinos empobrecidos o pobres diablos, instrumentalizados o no por la aristocracia) han podido influir en el estudio de I. Martín Viso, a tenor de lo que escribe sobre la frontera, que, como indica el título, es el principal objetivo de la publicación. Su interpretación me resulta confusa por las contradicciones que presenta:%p

“Este statu quo [de los vascones] ha sido interpretado en términos de independencia; si entendemos tal concepto como una situación en la que los liderazgos locales actúan al margen de toda autoridad central debido a la desaparición de ésta, es posible aceptarlo, aunque subrayando que no se implementó una estructura política centralizada que sustituyese al sistema romano. Pero debido a las connotaciones que esa noción posee referidas a los estados-nación contemporáneos, preferimos rehuirlo y hablar de espacios al margen de las autoridades, sobre todo por esa carencia de una articulación centralizada” (op. cit., pp. 132-133).%p

Es evidente que la independencia de un territorio o de una población no requiere de la existencia de un Estado. Que dicho concepto pueda ser instrumentalizado y malinterpretado no es razón suficiente para proscribirlo, pues, entre otras cosas, es un fenómeno relativamente frecuente en la Historia. Ahora bien, si se admite la independencia de los vascones (o su existencia al margen de las autoridades visigodas o francas), no entiendo cómo después se puede afirmar lo siguiente:%p

“Es cierto que las fuentes no denominan a los vascones como rebeldes, pero las revueltas de éstos representan un problema interno de los visigodos —como sucede al otro lado con los merovingios— de tal virulencia que son los reyes quienes acuden con los ejércitos. Así sucede porque los vascones participan en la vida política del regnum en colaboración con otros grupos, especialmente ciertos círculos aristocráticos de la Tarraconense, posiblemente utilizando su fuerza militar, como debió de ocurrir en Aquitania. Frente a lo que ocurre con los cantabri, la militarización de las élites vasconas propició que su inserción en la red visigoda se fundase sobre su capacidad guerrera en los confines del dominio toledano. En este sentido, el regionalismo vascón ha de ser entendido como una identidad original, sustentada en la militarización de sus élites, y no en la existencia de una etnia separada o una aspiración separatista. En buena medida, se trata de un comportamiento parecido al de la Septimania]], región alejada y fronteriza, foco de frecuentes revueltas pero integrada en la red política del regnum. Se puede hablar —como hace J.J. Larrea— de una conciencia regional animada por un proyecto aristocrático” (pp. 137-138).%p

Ante este planteamiento, cabe hacer las siguientes objeciones:%p

1) El que las acciones de los vascones obliguen a intervenir a los reyes visigodos (y también a los francos) no las convierte en revueltas ni en un problema interno del reino visigodo. Que esas acciones no sean calificadas como “rebeliones” en ningún caso, cuando tantas hubo, debería dar de pensar. Los astures sólo aparecen una vez en las fuentes de la época y, en cambio, fueron calificados como “rebeldes”. Y, además, no dieron lugar un problema interno de tal virulencia que obligara al rey a acudir con el ejército, pues bastó la intervención de un dux. De la misma manera, los vascones sólo aparecen tres veces enfrentados a los reyes asturianos, lo que es suficiente para acreditar su condición de rebeldes en varios textos.%p

2) A diferencia de lo que sucedió en Aquitania, donde las fuentes documentan la utilización de los vascones por la aristocracia galorromana contra los francos, no puede probarse que en España fueran utilizados contra los visigodos por la aristocracia Tarraconense. En la única ocasión que se ha intentado probar esa utilización de los vascones peninsulares, J.J. Larrea no lo consiguió, porque el conflicto de los vascones con Wamba es independiente de la rebelión de Nimes, que tampoco tiene que ver con la nobleza Tarraconense, y anterior a la rebelión del duque Paulo, que, en la Tarraconense, sólo tuvo éxito en Cataluña (he criticado la argumentación de J.J. Larrea en Domuit Vascones, pp. 228-234). No sabemos de dónde era Froia, que es la otra rebelión que puede interpretarse en el sentido querido por J.J. Larrea, pero parece que fue un godo. En todo caso, basta con comparar cómo se castigaba a los vascones y cómo se castigaba a los rebeldes, que por cierto, no encabezaron movimientos secesionistas (si Paulo, que es la excepción, se conformó con una parte del reino fue porque no podía aspirar a más). Una cosa es que los vascones se aprovechen de los conflictos en el reino visigodo e, incluso, participen en ellos —como hicieron los germanos con el imperio romano—, que es lo que puede acreditarse, y otra que fueran instrumentalizados por la nobleza más próxima. %p

3) La militarización de las élites vasconas (que se atestigua en las necrópolis descubiertas desde 1987) no implica “su inserción en la red visigoda”. Las armas encontradas en las necrópolis antes acreditan la influencia norpirenaica y el poderío militar alcanzado por los vascones, que explica tantas cosas y los aleja de la consideración de pobres diablos.%p

4) Que no haya aspiración separatista (entre otras cosas, porque los vascones no necesitaron separarse, ya que nunca estuvieron integrados en el reino visigodo) no significa que el fenómeno vascón sea un caso de regionalismo, que es lo que habría que probar. De la misma manera, la cuestión de si los vascones constituían una etnia o no es distinta de la de su independencia.%p

5) La comparación entre el comportamiento de los vascones y el de la Septimania es completamente improcedente.%p

6) La historia de los vascones que atestiguan las fuentes no es la de una conciencia regional animada por un proyecto aristocrático, como tampoco lo es la de ningún territorio del reino visigodo. Las rebeliones en esta monarquía electiva no fueron secesionistas, a diferencia de lo sucedido en la monarquía hereditaria vecina.%p

A tenor de lo que se ha podido demostrar hasta ahora, el País Vasco-navarro en los primeros siglos medievales no fue un espacio de frontera, sino un espacio con una frontera (lo que se perpetuó, por cierto, en las primeras centurias de la Reconquista]]). Una frontera distinta a las de ahora o a las de la Antigüedad, porque respondió a las circunstancias propias de la época de los reinos germánicos, derivadas de la muy desigual romanización (y cristianización del territorio) y de la forma en que desapareció en el territorio el imperio romano. La frontera no fue sólo política, sino social. No tenerlo en cuenta e incluir Pamplona o las grutas artificiales de Álava (sin la demostración correspondiente, que se me antoja muy ardua) en la caracterización de los vascones equivale a estudiar una sociedad que nunca existió (como, por ejemplo, hicieron Barbero y Vigil al mezclar los datos de astures, cántabros y vascones) y a hacer mucho más difícil la comprensión del comportamiento de los vascones. He defendido la existencia de un País Vasco-navarro visigodo en Domuit Vascones, pp. 287-331, principalmente. %p

note91 No es una apreciación personal: “En opinión de S. Castellanos [y se refiere a la obra citada], los Vascones que aparecen en las fuentes como bárbaros salvajes no son más que un estereotipo que, por determinadas circunstancias, ha sido adoptado por los autores modernos” (Juan Antonio Quirós Castillo, “Estudiar la Vasconia altomedieval a inicios del siglo XXI”, p. 11).</note>

S. Castellanos, que no admite que los vascones fueran unos campesinos empobrecidos (y, a mi entender, se muestra ambiguo a la hora de precisar su situación con respecto al reino visigodo), aborda en diez páginas la historia en la época de los reinos germánicos de astures, cantabros y vascones, incluidos los territorios del norte de Palencia y Burgos, La Rioja y el sur de Navarra (pero no el de los antiguos astures cismontanos, que llegaba hasta el Duero). El autor señala en la conclusión que el mayor obstáculo (greatest hurdle) para el estudio de los pueblos del norte en la Antigüedad Tardía y la primera Edad Media son los estereotipos producidos y reproducidos en las antiguas fuentes y adoptados por los modernos historiadores (pp. 501-502). Pero la forma que tiene de probar esos estereotipos resulta insatisfactoria por su simplicidad. Así, por ejemplo, considera que los emplea Tajón en su narración epistolar de la revuelta de Froia simplemente porque el texto también acredita que los vascones apoyaban a un rebelde visigodo, lo que significa “que no estaban tan alejados de los asuntos generales del reino” (p. 501). Una vez más, una posibilidad se convierte sin discusión en la solución (y con las fuentes en contra). Sin embargo, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que los germanos también apoyaron a emperadores y usurpadores romanos, que buscaron su ayuda, y eso no les hacía menos bárbaros. De la misma manera, la militarización de las élites y de la población no es incompatible con la barbarie, pues en muchos otros lugares se documenta en la Prehistoria y evidentemente se produjo también con los germanos. Además. si se quieren explicar las peculiaridades de los vascones como consecuencia de “las estructuras sociales locales, que, a diferencia de cualquier otra región de la Península, se orientaron principalmente hacia la guerra” (ibid.) habrá que buscar —como en el caso de la tesis de los campesinos empobrecidos— una explicación que justifique tal situación. La tesis de la subromanización de los vascones del norte del País Vasco-navarro no sólo está acorde con las fuentes, sino que nos da una explicación última, que, además, puede justificarse por la historia del territorio durante el imperio romano.  %p

note92 J.A. Quirós Castillo, que considera que la propuesta de J.J. Larrea es “en general convincente”, ha calificado las publicaciones citadas de E. Moreno y J. Arce%p “como importantes estudios sobre los textos” (“Los paisajes altomedievales en el País Vasco, 500-900”, pp. 46 y 29; son los dos únicos que cita como ejemplo del trabajo que se ha hecho con las fuentes escritas en los últimos años). No entiendo cómo a estas alturas del desarrollo de la historiografía se puede considerar un estudio importante de las fuentes a uno que sólo tiene cuatro páginas, aunque de gran formato, como es el de J.Arce.</note>

Lo que empiezo a entender ahora es que en la aceptación de las tesis en la historiografía de la Alta Edad Media sobre los pueblos del España pesa más muchas veces el qué se dice que el cómo se dice. Eso puede explicar que, a pesar de la importancia que han tenido las polémicas sobre la historia del norte de España en la Alta Edad Media, pocas veces se haya entrado a discutir los argumentos contrarios. Quizá esto sea consecuencia en cierta medida del hecho de que la historiografía medieval española se ha centrado mucho más en las últimas décadas en la construcción de modelos que en los estudios monográficos sobre problemas concretos. Esos modelos suelen generar códigos que convierten en pruebas lo que son argumentos insuficientes para los que no creen en el modelo correspondiente. En este estudio, estimo que el lector puede encontrar ejemplos suficientes para ilustrar la afirmación realizada. %p

note93 Así, por ejemplo, E. Moreno considera que Ausonio y Paulino de Nola, con su correspondencia, son los responsables de que se vuelva a llamar “vascones” a los vascones del norte y de que aparezcan como unos bárbaros (“Los Vascones…”, pp. 263-264 y 265, donde escribe: “se puede muy advertir que los autores tardíos, en su empeño por reconstruir la historia de Roma desde la perspectiva de los provinciales, recuperaron los términos con los que los autores clásicos hacían referencia a los pueblos indígenas que habitaban las provincias romanas, entre ellos, el de Vascones”). Esta propuesta soluciona los problemas que presenta atribuir los tópicos sobre los vascones a san Isidoro, cuando los vascones ya habían atacado a visigodos y francos (y el tópico o lo que fuera ya estaba al parecer dando sus frutos con Juan de Biclaro y Gregorio de Tours). Pero pretender que a los vascones se les llame “vascones” por la influencia de Ausonio y Paulino de Nola es un innecesario viaje a ninguna parte. Unos años después, Idacio registra una noticia sobre los várdulos: ¿se debe entender que alguien ha tenido que poner de moda ese nombre para que un cronista lo cite? De la misma manera, no se puede afirmar que “en efecto, Hidacio, cuando recurre al término Vasconiae, debía aludir a las montañas vasconas en sus dos vertientes” (p. 264). Pues, como escribe a continuación y es conocido por todos: “el empleo de la voz Vasconia en plural tiene también razones estilísticas como advirtió J.J. Sayas, esto es, que del mismo modo que los autores antiguos hablaban de las Hispaniae y Galliae, nombraban la región donde habitaron los vascones como Vasconiae”.</npte>

No obstante, hay que señalar que la postura de E. Resano con respecto a los tópicos sobre los vascones es moderada, dado que no considera que lleguen a encubrir completamente la realidad, pues considera a aquéllos “gentes externae a los regna, que atravesaban frecuentemente las fronteras de los reinos vecinos para acometer actos de pillaje” (p. 272), lo que no llevaría a reescribir su historia, sino a corregirla.%p

note94 Fecha la campaña de Bladastes contra los vascones, que coincidió con la de Leovigildo, en el 574, lo que impide el análisis adecuado de una y otra (“El periodo…”, p. 280). La de Recaredo un año antes que la de su padre; la de Gundemaro, en el reinado de Recaredo, en el 588 (ibid.). A Sisebuto, le presenta sometiendo a Cantabria cinco años antes de que comenzara su reinado (p. 279), dando crédito a un texto que no lo merece, lo cual resulta extraño cuando se es tan crítico con otras noticias (traté el asunto en “Sobre la credibilidad del pasaje IV, 33 de la llamada Crónica de Fredegario”, un análisis exhaustivo de una noticia, que es lo que entiendo que hay que hacer cuando se impugna su fiabilidad). Finalmente, las campañas contra los vascones de Suintilla y Wamba aparecen fechadas en 623 y 675 (p. 280).</note>

No se trata de errores de imprenta, porque las mismas fechas se repiten en “Los Vascones…” (pp. 275, 277, 282 y 283), salvo la de la campaña de Wamba, que ahora se data en 673 (pero, en cambio, aparecen mal fechadas las noticias de los vascones del reinado de Dagoberto). Al parecer, los errores de E. Moreno son de otro, pues las fechas equivocadas son las que dio hace 85 años Adolf Schulten en “Las referencias sobre los vascones hasta el año 810 después de J.C.” %p

note95 Entre las fuentes que mencionan a los vascones, J. Arce cita a la Crónica Gallica, terminada en el 452, que tampoco los nombra en la continuación que se hizo hasta el 511(“Vascones y visigodos”, p. 247; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 77; y “Visigodos y vascones”, p. 139). Y, sin solución de continuidad, realiza una de las afirmaciones rotundas que caracterizan al artículo:</note>

“Esta frecuencia [de menciones “en las crónicas de Isidoro, Juan de Biclaro, de Fredegario, en llamada Chronica Gallica, etc.”] ha hecho pensar a los historiadores que es a partir de mediados del siglo VI cuando los vascones se muestran como un pueblo independiente, feroz, indomable, en una especie de renacimiento de sus inveteradas características hasta entonces prácticamente olvidadas u ocultadas por la historiografía romana. A los vascones se les atribuyen rebeliones, destrucciones, razzias y se convierten así en un pueblo a dominar, a subyugar porque constituyen una amenaza para los reyes visigodos o francos. Sin embargo, en mi opinión, estas interpretaciones son gratuitas y no fundamentadas en la documentación [que acaba de citar]. Las razones de la «reaparición» de los vascones en la historia del periodo visigodo son otras bien diferentes que yo no veo que tengan nada que ver con su independentismo o peligrosidad específica, sino más bien con su papel dentro del contexto del espacio geográfico o su eventual disponibilidad a aliarse con unos y otros [¿cuándo los vascones se aliaron con los visigodos o con los francos? Lo único que consta es que apoyaron a rebeldes contra los reyes]. Las noticias que tenemos de la bajada de los vascones a las tierras de las riberas del Ebro se deben interpretar como resultado de la necesidad de aprovisionarse, y tienen su origen en el hambre y la necesidad.” Peso eso —que es lo único que suscribo— no les convierte en menos invasores. Y desde luego no hacen gratuitas e indocumentadas a las conclusiones de los investigadores que sí han analizado las incursiones de los vascones.%p

En la única noticia en la que se detiene algo, Javier Arce ignora que la campaña de Leovigildo contra los vascones coincide con la que narra Gregorio de Tours en Francia (y que se produjo cuando el rey visigodo estaba ya en guerra con su hijo), lo que le permite concluir rotundamente: “Los agresores fueron los visigodos, como lo habían sido con los suevos y los cántabros. Todo lo demás me parece elucubración basada en presupuestos apriorísticos” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). Lo que sucede es que J. Arce desconoce las elucubraciones que hemos hecho otros, ignorancia que de nuevo le beneficia. La única que menciona es la que hizo hace más de cuarenta años E.A. Thompson sobre una posible incursión vascona hasta Rosas (Los godos en España, p. 86). Pero esa crítica, que constituye el núcleo de lo que escribe J. Arce sobre la única campaña contra los visigodos en la que se detiene, equivale a estas alturas del desarrollo de la historiografía a dar una gran lanzada a moro muerto; ahora, realmente, lo que cabría valorar es la propuesta de Pablo C. Díaz de que la moneda en que se basa la interpretación de Thompson se refiere a Roda de Isábena, que no está tan lejos del territorio de los vascones (“La Hispania visigoda”, p. 370). En todo caso, demostrar que los vascones no llegaran al Mediterráneo no equivale a demostrar que fueron ellos los invadidos, lo que, por cierto, sería el único caso en el que, a tenor de la documentación, los visigodos habrían sido los agresores. %p

note96 Los dos artículos citados fueron publicados sin notas. Éstas se han añadido en la última versión, publicada en el libro Esperando a los árabes. Pero en ellas sólo se mencionan cuatro publicaciones sobre los vascones en la época de los reinos germánicos: Barbero y Vigil, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista (cuyo estudio sobre los vascones —que no son mencionados en el título—, cántabros y astures es del año 1965); E.A. Thompson, Los godos en España (publicado en 1968); R. Collins, Los vascos (publicado en 1985); y el artículo ya citado de I. Martín Viso (sin mención del autor), que es la única publicación reciente, posterior incluso a la versión primitiva del estudio de J. Arce.</note>

No es sólo una cuestión formal. En el texto no se percibe el rastro de una documentación bibliográfica mayor.%p

note97 De las nueve páginas del estudio original, “Vascones y visigodos”, cuatro y media —la mitad— están dedicadas al Bajo Imperio. </note>

Es en esas páginas en las que se pueden encontrar aportaciones interesantes (J. Arce es especialista en historia romana). Pero también incomprensibles errores:%p

1) Afirma que en las noticias del siglo V hay dos menciones a los vascones (p. 246). Pero eso es porque entiende que los várdulos son un grupo de los vascones: “la siguiente noticia que se refiere a los vascones, o más exactamente, a la Vardullia, territorio de una parte de los vascones, la que corresponde al grupo de los várdulos” (“Vascones y visigodos”, p. 246; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 76; y “Visigodos y vascones”, p. 137). He tratado la cuestión de los pueblos prerromanos del País Vasco-navarro en Domuit Vascones, pp. 43-64.%p

2) En un párrafo que destaca por su ligereza e inconsecuencias en el razonamiento, niega la relación de los vascones con la bagaudia, lo que aprovecha para descalificar a C. Sánchez-Albornoz, J. Orlandis, L. García Iglesias, A. Barbero y M. Vigil por sus suposiciones gratuitas: “En la Crónica de Hidacio no hay ni una sola mención a los vascones; y aunque en una ocasión el escenario de la acción de los bagaudas es Aracelli, allí tampoco se les menciona” (“Vascones y visigodos”, p. 247; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 76; y “Visigodos y vascones”, p. 138). Pero Idacio no escribe que los bagaudas lucharan en Aracelli (que sea Araciel o Huarte Araquil, que son las dos hipótesis que se contemplan, se encuentra en territorio de los vascones) y que, por tanto, podrían no ser vascones, aunque combatieran en Navarra, sino que Asturius quebrantó “la insolencia de los bagaudas aracelitanos” (c. 128). A diferencia de los várdulos, los Aracellitani sí eran un grupo de los vascones, pues Plinio los menciona como uno de los 55 pueblos del Convento jurídico de Zaragoza y sólo pueden ubicarse en Navarra, donde el Itinerario de Antonino menciona la Mansio Aracaeli (v. M. Jesús Pérex Agorreta, Los vascones (el poblamiento en época romana), pp. 87-91). La cuestión de la relación entre la bagaudia y los vascones es demasiado compleja para ser despachada de una manera tan superficial; sobre todo, si se pretende descalificar con tan grueso calibre (he tratado la cuestión en Domuit Vascones, pp. 111-117).%p

note98 El texto se me antoja más parecido a un discurso sin papeles que a un escrito.</note>

Como ya he señalado, J. Arce sólo se detiene en el comentario de la campaña del 581 de Leovigildo. Tras ello, sin mencionar la noticia de la Recaredo, escribe: “Isidoro de Sevilla no deja, por su parte, de registrar la consabida expedición contra los vascones [se debe referir a la de Suintilla, que menciona a continuación] (aparte de la de Gundemaro)” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). ¿Qué ha querido decir con “consabida”? , ¿y con la frase de que los vascones “seguirán siendo los imaginarios causantes de todos los males de este periodo histórico, tanto en la historiografía antigua como en la moderna” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 143), con la que pretende inútilmente deshacerse de un testimonio de san Braulio del año 625?%p

De la noticia de Isidoro de Sevilla sobre la campaña de Suintilla, que considera “pura propaganda historiográfica”, señala que “se puede pensar que los vascones bajaron al valle, como otras veces, para aprovisionarse. No hay indicación alguna de que se tratara de una expedición contra el regnum visigodo” (“Vascones y visigodos”, p. 249; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 78; y “Visigodos y vascones”, p. 142). Pero ¿quién ha establecido que para que una invasión sea considerada una expedición contra un reino tiene que estar motivada por el afán de riquezas o el deseo de conquista?%p

Del resto de las campañas se deshace con mayor rapidez: “Los vascones volverán a aparecer en otras ocasiones. Da la impresión de que la guerra contra ellos o las expediciones son una especie de uer sacrum que práctica el ejército visigodo” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 143). ¿Es consciente Arce de todo lo que tendría que demostrar y refutar para que semejante ocurrencia no pareciera una extravagancia?%p

Por lo demás, las inconsecuencias lógicas, de las que ya hemos visto varias, son numerosas:%p

“Hay que someter y controlar a los vascones porque pueden aliarse con cualquiera y especialmente con los francos, lo que puede amenazar el territorio godo. Tal es el caso de la rebelión de Froia en el 653” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 138). ¿Pero acaso Froia era un franco?; ¿su rebelión amenazó el territorio godo? Desde luego que no. Y tampoco hay noticia que puede interpretarse juiciosamente en sentido propuesto por J. Arce.%p
     

“Los vascones eran moneda de cambio [?]. Sabemos que en 626 los obispos de Eauze (la capital de la Novempopulania] habían sido la causa de una rebelión de los vascones contra el rey franco y por ello fueron exiliados, como cuenta Fredegario” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 144). Pero: 1) Eauze no era una ciudad excepcional que tuviera varios obispos: Senotus sólo era el hijo del obispo; 2) el obispo y su hijo sólo aparecen como cómplices de la rebelión de los wascones; y 3) el obispo y su hijo no eran francos: los wascones fueron utilizados, entonces y después, por los aquitanos contra los francos. Por cierto, poco más dice J. Arce de los wascones de Francia, que por lo menos constituyen la mitad de la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos (un olvido habitual en los planteamientos sobre tópicos de los vascones). %p

La conclusión que cierra el estudio revalida lo dicho:%p

“Durante el periodo visigodo, es decir, entre mediados del siglo VI y el 711, los vascones son un pueblo sometido al control de los reyes por razones estratégicas y debido a su situación geográfica fronteriza. La pregunta es saber en qué medida estuvieron integrados en el reino visigodo [¿qué ha querido decir, entonces, con lo del control?]. Como hemos visto [¿cuándo?] hubo largos periodos en que sí lo estuvieron, otros en los que siguieron sus modos de vida autónomos. Pero en un contexto más amplio hay que decir que este es un fenómeno que se puede aplicar a muchos otros pueblos y territorios de Hispania [¿cuáles?] porque el regnum visigodo sólo se mantuvo a niveles de superestructura y la disgregación es su característica esencial” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 144), lo que contradice las conclusiones del más importante estudio sobre la administración del reino visigodo (Céline Martín, La géographie du pouvoir dans l´Espagne visigotique) y topa con la evidencia de que el reino visigodo, que no conoció la fragmentación que sufrió el reino franco, conservó su integridad hasta el final.%p

note99 Nótese que el autor reconoce el excepcional tratamiento que da a esta noticia, que por lo demás es muy breve.</note>

note100 “Visigodos y vascones”, pp. 143-144.</note>

note101 Es un error semejante al cometido con Aracelli y los Aracellitanorum.</note>

note102 La interpretación entra en contradicción con su tesis de que las expediciones contra los vascones eran un uer sacrum. Contradicción que se hace más patente si se recuerda el contexto en que fue formulada: “Da la impresión de que la guerra contra ellos o las expediciones son una especie de uer sacrum que práctica el ejército visigodo. Cuando Wamba está en campaña contra cántabros y vascones, estalla la rebelión de Paulo en la Narbonense” (“Vascones y visigodos”, p. 250; “Vascones, visigodos e isaurios”, p. 79; y “Visigodos y vascones”, p. 143).</note>

note103 Códice Parisino 17.544: Post hanc supputationem usque in annum praesentem, quo Chlotarius exercitum contra Wasconem movit, id est quinto decimo regni ipsius (Additamenta ad Chronica Maiora, Monumenta Germaniae Historica, Auctorum Antiquissimorum, XI, Berlín, 1902, p. 493).</note>

note104 Como Régine Pernoud, estimo que “un problema bien planteado está medio resuelto” (¿Qué es la Edad Media?, p. 221). No sucede eso cuando se establecen alternativas excluyentes que no lo son, de las que el lector hallará unas cuantas en este trabajo.</note>

note105 He estudiado la campaña de Wamba del 673 en Domuit Vascones, pp. 227-236.</note>

note106 Francisco Javier Fernández Conde, José Avelino Gutiérrez González, Margarita Fernández Mier, María Jesús Suárez Álvarez y Lorenzo Arias Páramo, “Poderes sociales y políticos en Asturias, Siglos VII-X%p.”</note>

El artículo fue publicado en 2009, año en el que M. Pozo remitió el suyo para su publicación.%p


107 “Sobre la lectura crítica de las crónicas asturianas y otras cuestiones de método.”%p

note108 “Poderes sociales…”, pp. 14.</note>

note109 Op. cit., p. 15. En la nota correspondiente, se añade: “lo mismo podría decirse de la Historia de Asturias publicada por Ayalga ediciones (IV: «La Alta Edad Media», Salinas, 1979 [cuyo autor es Eloy Benito Ruano; el vol. III, de Francisco Diego Santos, también se situaba en la misma línea] y la de la Ed. de Silverio Cañada (II, s.a.: «Historia» [cuyo autor también es García Toraño]”. </note>

La nota continúa así: “Las colectivas en varios tomos (Enciclopedia temática de Asturias, Gijón, 1981, vol. XI: «Historia»; y de la Nueva España, vol. II, 1990) comienzan a presentar ya atisbos renovadores y novedosos”. Aunque es un testimonio de parte, dado que en esas obras participaron dos de los autores que lo han escrito, no negaré que se pueda predicar lo dicho sobre esas publicaciones.%p

note110 Resulta curiosa la pretensión implícita de que los escriben mucho sobre los pueblos del norte de España en la Alta Edad Media se equivocan, mientras que los escriben poco aciertan, con lo que eso significaría —caso de ser cierto— sobre las capacidades de unos y otros.</note>

note111 Ya he señalado cómo J.J. Larrea se deshizo de las fuentes francas. Ahora cabe añadir que también hizo una selección que favorecía sus propósitos con las noticias sobre los vascones de la crónica de san Isidoro (que es elemento clave en su argumentación), que sólo son tres. El problema que le supone la campaña de Gundemaro contra los vascones lo eliminó de la siguiente manera: “Aparte de una campaña de Gundemaro, las alusiones a los Vascones forman parte de dos retratos reales más imbuidos del género del panegírico en tanto que modelos complementarios del príncipe ideal” (“Aux origines…”, p. 146; así comienza el análisis de las noticias sobre los vascones de san Isidoro. En La Navarre…, únicamente informa al lector de la existencia de la campaña de Gundemaro en la n. 132 de la p. 146: “Existe una tercera noticia muy sucinta: Gundemaro (610-612) Wascones una expeditione uastauit”; nótese que la operación es propia del ataque a un territorio enemigo, y no del sometimiento de una región rebelde).</note>

Pero el carácter sucinto de la noticia de la campaña de Gundemaro no es una razón suficiente para su eliminación del análisis, porque la noticia de san Isidoro del Recaredo]]Historia Gothorum, c. 54; nótese que se compara a los vascones con los bizantinos, lo que hace más difícil su interpretación como unos pobres súbditos rebeldes, a los que, en un texto que se quiere presentar como una apología, ni siquiera se habría querido someter, lo que no parece muy digno de alabanza).%p

La diferencia no estriba, por tanto, en la importancia de la noticia, sino en el hecho de que con la de Gundemaro no se puede hacer el juicio de intenciones que permiten las noticias de Recaredo, “fundador de la monarquía católica”, y de Suintilla, “vencedor de los bizantinos y por consecuencia creador de la unidad territorial” (La Navarre…, p. 147), y especular así sobre su veracidad. Pero la noticia del reinado de Gundemaro no es una excepción de la que se pueda prescindir, pues constituye un tercio de las noticias sobre los vascones de la crónica de san Isidoro (que se olvidó, por cierto, de consignar la campaña que les hizo Leovigildo). Es más: si Gundemaro se vio obligado a combatir a los vascones, cosa que no hay forma de negar, no existe razón para dudar de que también tuvieron que hacerlo Recaredo y Suintilla (como sucedió con otros reyes, tanto en España como en Francia), y tampoco para cuestionar su victoria. Siendo tan breves las noticias, ¿qué se puede cuestionar entonces? En el caso de la narración de la campaña de Suintilla, que es la única en la que san Isidoro refiere algunos detalles, se pueden cuestionar esos detalles, que es lo que ya habíamos hecho algunos antes de que apareciera la teoría de los tópicos sobre los vascones. Pero la exageración no es invención: no convierte a unos empobrecidos súbditos rebeldes en unos enemigos independientes, belicosos y bárbaros. %p

El método selectivo de J.J. Larrea no afecta sólo a las noticias de san Isidoro, sino también al resto de testimonios visigodos. Entre todos esos silencios, el guardado con la lápida de Opila me parece el más elocuente. En una teoría que se basa en las convenciones de los escritores resulta obligado, para revalidar su operatividad, confrontar la tesis con documentos de otra procedencia. En este caso, la tarea era sencilla, pues sólo hay uno: la lápida funeraria de Opila. La inscripción versificada da cuenta de la muerte de Opila, un noble de procedencia cordobesa, en un enfrentamiento con los vascones, cuando dirigía un convoy de armas en el 642 (lo que nos permite testimoniar una guerra más contra los vascones o la existencia de hostilidades en la frontera en periodos en los que no había campaña). Pues bien: J.J. Larrea sólo menciona esta famosa inscripción para señalar que la confusión que se produce en este texto entre vascones y vacceos muestra cómo se difundían las nociones eruditas, lo que tiene su relevancia, pero no es ni mucho menos lo más importante de este excepcional testimonio. Y para escribir: “Observar que, como sus compañeros [que trasladaron el cuerpo de Opila hasta Andalucía], él Opila] ha conocido de cerca la Vasconia real es casi un comentario de humor negro” (“Aux origines…”, p. 151). No sé a quién puede referirse, pero a mí me parece que tratar de explicar el asalto de un convoy de armas como resultado del ataque de un piquete de campesinos empobrecidos roza el humor rojo.%p

note112 Estimo que el escritor Poul Anderson exageró al escribir que “todavía no he visto un problema, por complicado que fuera, que al examinarlo correctamente, no se volviera aún más complicado.” No considero que sea un principio aplicable a todas las cuestiones. Pero lo que no es de recibo es la facilidad con la que en la historiografía española durante el último medio siglo se han resuelto tantísimas veces problemas sobre la historia medieval de astures, cántabros y vascones.</note>

note113 Por ejemplo: Que Tajón compare el ataque de Froia contra Zaragoza con el salmo 78 no significa que se está inventando una noticia o que haya manipulado el relato para forzar el parecido, pues, entre otras cosas, para hacer la comparación, el obispo zaragozano tenía <numb>150</numb> salmos (y otros muchos textos). Eso no convierte al relato de Tajón en un testimonio preciso y objetivo, pero sí basta para refutar la pretensión mediante la mera enunciación de que el autor partió en la narración del salmo 78 y no de los hechos de los que fue testigo. He tratado el asunto en Consideraciones…, pp.99-100, y Domuit Vascones, pp. 212-217.</note>

note114 La estrategia que permite convertir en tópicos las noticias sobre los vascones puede aplicarse a la historiografía contemporánea con efectos devastadores. Sólo en mi obra se podrían encontrar innumerables ejemplos. Citaré tres, uno por cada variante de esa estrategia:</note>

1) Que me haya inspirado en Julio Caro Baroja o en Claudio Sánchez-Albornoz%p no me convierte en un seguidor incondicional del primero ni en ciego seguidor del segundo, como se ha publicado. Tampoco mis escritos se convierten por ello en una colección de tópicos que no tienen que ver con la documentación estudiada.%p

2) Como cualquiera, habré comparado en numerosas ocasiones fenómenos y personajes históricos con otros (y casi siempre se podrá hacer una comparación de ese género, aunque no se haya explicitado). Pero eso no significa que haya forzado los hechos para elaborar una narración comparable%p.

3) He defendido que las campañas de los reyes germanos contra los vascones son comparables a las aceifas musulmanas, porque, aunque formalmente eran ofensivas, realmente eran acciones de naturaleza defensiva (Domuit Vascones, p. 517). Se equivocará quien piense que al realizar tal planteamiento lo que trataba era hacer de los vascones unos precursores de la Reconquista (es más: siempre he argüido que la historia de los vascones en la época visigoda refutaba la interpretación indigenista de los orígenes sociales de la Reconquista, pues, de haber sido correcta esa pretensión, la Reconquista tendría que haber sido un fenómeno fundamentalmente vascón, lo que habría dado lugar a una España medio vasca).%p

Lo que he querido decir con todo esto es que resulta sencillo buscar tres pies al gato con cualquier planteamiento y muy barato hacer juicios de intenciones.%p

note115 Otro tipo de textos, como la correspondencia en verso entre Ausonio y Paulino de Nola, sí han podido ser analizados con el rigor exigible. Pero ya lo habían sido antes de la aparición de la teoría de los tópicos sobre los vascones.</note>

note116 La impugnación de una noticia es, a mi juicio, la tarea que más responsabilidad entraña para un historiador, pues supone proponer a la comunidad científica la eliminación de una de las pocas informaciones que tenemos. Es por ello que se debe extremar el rigor en este tipo de propuestas. Es lo que he visto hacer, y es lo que he pretendido hacer cuando he impugnado o corregido una noticia de las crónicas visigodas, francas, asturianas o de otra procedencia (que han sido más veces de lo que puede dar a pensar mi defensa en principio de la credibilidad de las crónicas). V., por ejemplo, “Sobre la credibilidad del pasaje IV, 33 de la llamada Crónica de Fredegario”, un estudio equivalente en extensión al que J.J. Larrea ha hecho para impugnar todas las fuentes sobre los vascones en la época de los reinos germánicos.</note>


117 De hecho, también ha sido la noticia más estudiada por Juan José Larrea.%p

note118 También he considerado conveniente reproducir en un apéndice el estudio que hice sobre la campaña de Suintilla del año 621 en Domuit Vascones para que el lector pueda comprobar y valorar dos formas tan distintas de proceder.</note>

note119 No entiendo la fuerza de este argumento, que M. Pozo repite otras dos veces: 1) cuando señala que recurrir a la subromanización de los vascones de los siglos VI-VIII significa que “la explicación última de lo que se quiere demostrar escapa a la competencia de los especialistas de la Tardo Antigüedad” (p. 194); y 2) en la conclusión, cuando indica que aceptar esa subromanización de los vascones supone explicar las causas de sus enfrentamientos con visigodos y francos “fuera del contexto en el que sucedían” (p. 199), como si el estado cultural de aquéllos no formara parte del contexto por anacrónico. Es evidente que no todos los pueblos de una época se tienen que encontrar en la misma etapa de desarrollo. Y lo es también que cuando un historiador analiza a una población también tiene que tener en cuenta su pasado, que puede explicar muchas cosas, aunque escape a la supuesta competencia de un especialista en una época, tardoantigua o no.</note> note120 No es cierto que los que considera seguidores incondicionales de Caro Baroja nos hayamos limitado a acumular datos y aceptar literalmente las informaciones que ofrecen las fuentes, pues habría resultado imposible que de esa manera algunos de nuestros trabajos hubieran alcanzado una extensión que supera la de todos escritos de la teoría de los tópicos sobre los vascones. Sucede que M. Pozo confunde aceptar literalmente una noticia con partir del sentido literal de la noticia, que es el punto de partida obligado de todo análisis. Y no debe de tener claro el concepto de “acumulación”, pues de otra forma no se entiende, por ejemplo, cómo puede despachar como una acumulación de datos el análisis de cada noticia que realicé en Domuit Vascones. </note>

Por otra parte, es lógico que las informaciones se integren en un discurso, pues la Historia no debe ser una yuxtaposición de datos. Es lo que hace también M. Pozo, con la agravante de que es el propio discurso el que se impone a las fuentes, invirtiendo la lógica del proceso, pues es ese discurso su punto de partida.%p

note121 Las palabras son mías (Consideraciones…, p. 12). No entiendo cómo M. Pozo ha podido malinterpretar esa frase. Si no fuera suficientemente clara —que lo es—, el contexto le debería haber aclarado su significado (además, la frase constituye el comienzo de un párrafo en el que se desarrolla y explica la idea, y en el que se dice: “un exceso en la crítica de las fuentes para eliminar o transformar ese dato que no encaja es muy peligroso para todos nosotros, como historiadores, puesto que corremos el riesgo de quedarnos sin materia sobre la que trabajar, dado que no puede rechazar un dato de una fuente sin que se resienta la credibilidad en la misma”). </note>

Ese contexto era la crítica de la tesis de la independencia de cántabros y astures en época visigoda de Barbero y Vigil, fundamentada —como demostré— en una lectura creativa de las fuentes. El criterio reproducido por M. Pozo iba dirigido contra ese método, que ha sido fundamental en el desarrollo de la teoría indigenista del reino de Asturias, y formaba parte de un conjunto de principios. Los otros eran: “comentario y crítica de todas las argumentaciones de las que hemos tenido noticia”; “visión total del tema y argumentación minuciosa”; “encuadramiento de los datos en su contexto histórico”; y “preferencia por la solución más sencilla frente a la compleja” (Consideraciones…, pp. 11-13).%p

Dado que últimamente puede parecer que me dedico a dar lecciones de método, estimo conveniente reproducir el párrafo con el que introduje esos principios: “Tal vez parezca excesivo hablar de metodología, en cuanto que no se ha pretendido emplear ninguna técnica especial, sino que únicamente se han utilizado las reglas propias de la deducción. Por esta razón lo único que hay que destacar son los criterios que se han tenido presentes a lo largo de este análisis” (p. 11). En realidad, trataba simplemente de cumplir con uno de los requisitos exigibles, la presentación de la metodología, en una tesis de licenciatura. Agradezco a Salvador Ignacio Mariezkurrena el comentario elogioso de esa metodología (Seniores gothorum, pp. 296-298).%p

En todo caso, lo más importante es que, al condenar la frase que apostilla esta nota (no tiene otro sentido su reproducción), M. Pozo está reconociendo que, para corregir las fuentes, no es necesario disponer de “otros datos más fiables”. Esta confesión, en realidad, lo explica todo.%p

note122 En realidad, como reconoce M. Pozo, es una opinión, pues —como se verá— no consigue demostrar una acusación tan grave, que —por ello— también es una afirmación que requiere pruebas extraordinarias. Contra tal afirmación, tan falaz como injusta, baste decir ahora que si me he limitado a interpretar literalmente una noticia tan escueta, a acumular datos en un asunto en el que no los hay, y a escribir sin rigor y sin las más elementales prácticas de crítica de las fuentes, cabe deducir —y es lo que entenderá el lector que no conozca más elementos de juicio que los que le proporciona M. Pozo— que las diez páginas que he publicado sobre la campaña de Suintilla contra los vascones (Domuit Vascones, pp. 186-192 y 257-261) son completamente impertinentes.</note>

note123 Éste es, al parecer, el principio fundamental de la teoría de los tópicos sobre los vascones, cuya crítica dejo para más adelante. </note>

note124 No parece el título más adecuado para caracterizar lo escrito por san Isidoro de Sevilla sobre los vascones, pues no hizo ningún análisis histórico sobre este pueblo, sino que se limitó a dar tres noticias sobre ellos, en su crónica, y a explicar el origen del citado gentilicio, en Las Etimologías. El asunto tiene su importancia cuando lo que se pretende es establecer el verdadero significado de lo escrito por el obispo hispalense. Además, análisis o narración, lo importante es que M. Pozo no entra a analizar las noticias de la crónica de san Isidoro. </note>

note125 No sé a cuáles se refiere, porque a mí los que me vienen a la mente son los de J.J. Larrea, que —como hemos comprobado— convirtió a Isidoro de Sevilla en la clave de la argumentación de la teoría de los tópicos de los vascones.</note>

note126 La repetición de una afirmación no convierte a una opinión en una demostración</note>.

note127 En la nota correspondiente, M. Pozo escribe lo siguiente: “A propósito de este pasaje, LÓPEZ MELERO, R.: “Una deditio de los vascones”, Príncipe de Viana (Actas del I Congreso General de Historia Navarra), anejo 7 (1987), pp. 463-485 dedicó un trabajo monográfico a la figura de la deditio, siempre dentro de la concepción habitual sobre la barbarie vascona”. Nótese con qué facilidad —en realidad, es una petición de principio— se deshace de un estudio monográfico de 22 páginas de gran formato, que son muchas más que todas las que se han escrito sobre esta noticia del reinado de Suintilla en la línea de la teoría de los tópicos sobre los vascones, pese a ser la noticia más comentada en esa línea. Esto no significa que el estudio de R. López Melero no pueda ser criticado: yo lo he hecho, pero con argumentos (y referidos a ciertas partes). Sin embargo, resulta inadmisible proponer el estudio de R. López Melero como ejemplo de la construcción del discurso histórico sin tomar precaución alguna sin dar un argumento que avale un juicio tan errado como injusto. </note>

note128 En la nota correspondiente, reproduce un largo pasaje de Barbero y Vigil, que, pese a lo que pretende M. Pozo, es completamente irreprochable. Y les censura también porque ese pasaje “solamente contiene una nota a pie de página en la que se ofrece el texto de Isidoro de Sevilla en latín y señalan el lugar del que está recogido.” Pero M. Pozo, que tanta importancia da a la motivación de los autores antiguos en la crítica de los textos, no tiene en cuenta que Barbero y Vigil no hacían una historia de los vascones, ni planteaban una interpretación original de la campaña de Suintilla contra ellos, sino que la utilizaban como un elemento de juicio más en la teoría de los orígenes sociales de la Reconquista. Y lo más importante: que, en este caso, lo hicieron correctamente, pues nadie había planteado ninguna objeción a aquel estado de los conocimientos en el que se basó su interpretación.</note>

Pero lo más grave es que M. Pozo les acusa de hacer una interpretación literal de las informaciones proporcionadas por Isidoro, y, sin embargo, reconoce poco después que Barbero y Vigil consideraron que Isidoro de Sevilla exageró en su narración. El hecho es aún más grave si se tiene en cuenta que M. Pozo en ningún momento se va a dignar a explicarnos que hay de cierto y de falso en la noticia.%p

La nota finaliza con otro reproche: “En idénticos términos SAYAS, J.J.: “La actitud de los vascones frente al poder en época visigoda”, en Los vascos en la Antigüedad, Madrid, 1994, p. 446”. La verdad es que podría haber citado a otros muchos autores por los mismos motivos. Semejante unanimidad difícilmente puede ser consecuencia de una incompetencia generalizada.%p

note129 M. Pozo completa la frase con la siguiente nota: “«Este texto, que proclama una victoria tan rotunda como fácil (sobre los vascones), plantea problemas de credibilidad. Que bastara la aparición del rey con su ejército para que se rindieran unos vascones, que aprovechaban las grandes deficiencias del sistema defensivo visigodo, es perfectamente admisible, pero que esa rendición afectara a todos los vascones, que carecían de articulación política, no es verosímil y necesita de alguna prueba o argumentación para ser aceptada» (el subrayado es nuestro): Besga: Domuit Vascones…, p. 187”. No entiendo qué le parece mal en las frases que ha destacado. ¿Acaso piensa que el sistema visigodo defensivo no presentaba deficiencias? (la hipótesis de la existencia de un limes contra los vascones se encuentra abandonada: v. José Avelino Gutiérrez González, “Fortificaciones visigodas y conquista islámica del norte hispano (c.711)”). Y si no es así, ¿por qué habría que rechazar el testimonio contemporáneo de las incursiones de los vascones? Por otro lado, ¿estima que los vascones estaban articulados políticamente? No lo parece, a tenor de lo que escribe. Entonces, ¿qué hay de malo en deducir que lo que les ocurre a unos vascones (en este caso, los derrotados por Suintilla, que son los que han protagonizado la incursión) no tiene que afectar a todos, salvo prueba en sentido contrario?</note>

En todo caso, queda ya claro que no puede acusarme de haber interpretado literalmente las fuentes.%p

note130 De nuevo, un juicio de intenciones —elemento fundamental en la argumentación de M. Pozo— por todo argumento. Es lo que puede decirse de todos. También de M. Pozo. Y con más motivo aún, porque mientras yo intenté demostrar en una decena de páginas lo que afirmaba con argumentos (que, por cierto, no han sido criticados hasta la fecha), M. Pozo únicamente se limita a descalificar.</note>

El criterio que utilicé en el análisis de la campaña de Suintilla contra los vascones no fue un criterio de conveniencia. De hecho, no se me puede acusar de haber forzado la interpretación para que no contradijera mis tesis, dado que no es original. El criterio empleado es un criterio que puede considerarse científico: dadas las insuficiencias de las noticias, cada una debe analizarse teniendo en cuenta todas las demás, porque, como recordé, ab integro nascitur ordo (Domuit Vascones, pp. 31-32)%p. Y en ese análisis integral entran también las demostraciones de falsedad que se hayan hecho sobre los textos disponibles. Si no abordé la cuestión de la fiabilidad de la noticia de la campaña de Suintilla, es simplemente porque nadie había demostrado su falsedad (J.J. Larrea se había limitado a ir más lejos que los demás en la tesis de la exageración), que todavía no sólo está por demostrar, sino porque se ref un intento de demostración. %p

note131 Al menos, he tratado de justificar la existencia de una frontera. No conozco ningún estudio que haya intentado probar que toda Navarra seguía formando parte del territorio de los vascones (o que Pamplona controlaba la mayor parte de esa zona). Es algo que se da por hecho. Lo hizo ya Julio Caro Baroja: “La arruinada Pamplona estaba en sus manos [de los vascones], así como la zona montañosa de Navarra y Aragónque está al N. del Ebro [?]. Las líneas avanzadas de godos e hispanorromanos van a lo largo del mismo río por sus dos orillas” (“Los Pueblos del Norte”, p. 138; la afirmación contradice lo que ha escrito unas líneas más arriba: “Tengo como muy probable que la conservación de la vieja lengua prerromana en esta época se circunscribiera ya a la zona montuosa vagamente marcada por el Ravenate, y que los nombres de Vasconia y vascones contuvieran para los autores más primitivos de la Edad Media un sentido lingüístico. Para san Isidoro, el vascón es el habitante del monte, […] a denominación semejante no se le puede dar el sentido antiguo”). La idea de que toda Navarra formaba parte del territorio de los vascones es, pues, una creencia, que, a mi juicio, se basa en dos prejuicios, que también explican por qué la cuestión no se haya debatido:</note>

1) La influencia de la geografía actual, pese a que todos sabemos que no hay unidades de destino en lo universal. De hecho, la existencia de una provincia de Asturias ha propiciado que —también sin discusión— la geografía de los astures de la época de los reinos germánicos se haya reducido al territorio asturiano, que es sólo la quinta parte del que tuvieron en la Antigüedad (he tratado la cuestión, creo que por primera vez, en “La Asturias de los astures durante los siglos V-VII según las fuentes literarias de la época”, pp. 86 y 92-94, principalmente; compárense las enormes diferencias entre las fuentes sobre los astures y las de los vascones; para la comparación con las fuentes sobre los cántabros, v: J.R. Aja, M. Cisneros y J.L. Ramírez, Los cántabros en la Antigüedad).%p

2) La influencia de la geografía antigua. De hecho, se ha dudado más de la pertenencia de Vizcaya o Guipúzcoa al territorio de los vascones en la época de los reinos germánicos que de la del sur de Navarra. Pero ese argumento queda contrarrestado por el de la geografía de la época inmediatamente posterior a la de los reinos germánicos. Es más: la frontera musulmana en Navarra durante el siglo VIII se explica por la existencia de una frontera visigoda.%p

Esa geografía no demostrada de la Vasconia de los primeros siglos de la Edad Media es un fundamento esencial de la teoría de los tópicos sobre los vascones. La barbarie, la belicosidad y la independencia no pueden aplicarse a los habitantes del sur de Navarra (y de Calahorra, a la que también se ha seguido considerando vascona bastantes veces). Pero, para convertir esos caracteres en estereotipos, habría que probar antes que las fuentes se refieren a esas gentes.%p

De la misma manera, tampoco pueden utilizarse Navarra o el País Vasco-navarro como unidades para el estudio arqueológico, porque la extrapolación de los datos del sur al norte puede dar lugar a conclusiones equivocadas. Eso es —a mi entender— lo que ha sucedido con la siguiente afirmación de A. Azkarate: “Todos esos fenómenos, conocidos en el Occidente europeo, están siendo observados en nuestro entorno geográfico, que se nos presenta, cada vez más, como un espacio plenamente integrado en los parámetros socio-económicos de su entorno” (“Los Pirineos occidentales…”, p. 97). Pero los fenómenos aludidos (“disminución de los lugares de hábitat”, “evolución de los núcleos urbanos”, transformación de las villas y “asentamientos de menor entidad”) no puede acreditarlos en Vizcaya, Guipúzcoa o el Pirineo navarro (salvo el primero, que lo es aún en mayor medida en estos territorios, lo que no estimo que pueda interpretarse en el sentido apuntado por A. Azkarate). El diagnóstico de C. Wickham me parece mucho más acertado: “Aunque Vasconia no es un conjunto geográfico, ¿existe aún mínimamente como entidad independiente a nivel de la cultura material? Quizás no. La continuidad de la cultura material de Álava no es sólo con Navarra, sino también con el norte de Castilla y el sur de Cantabria, hablando en términos de regiones actuales. De manera parecida, es probable que el norte del País Vasco tuviese relación con el norte de Cantabria y el este de Asturias, así como con el suroeste de Francia. […] en general parece claro que dentro de la cultura material excavada en el norte de España, Vasconia tiende a estar entre las más simples, incluso en el sur. Los siglos VI y VII son mucho más simples que en otras partes de la España norteña, incluso las zonas más ricas de Álava y Navarra, tanto en castros como en villas, que en otras zonas perviven más allá del siglo V” (“Conclusiones”, pp. 87-88; los subrayados son míos). %p

note132 Se equivoca nuevamente M. Pozo: la independencia de los vascones (y, por tanto, la existencia de una frontera) no es una concepción previa, sino que es algo testimoniado por las fuentes, como lo demuestra el hecho de que se trata de la communis opinio entre los historiadores.</note>

La equivocación resulta más grave aún si se tiene en cuenta que es M. Pozo el que somete a las fuentes a una concepción previa sobre los vascones, que es la que le permite la impugnación. De hecho, no aporta en todo un artículo ni un solo argumento que cuestione la veracidad de algún detalle de alguna noticia. Lo único que realiza son juicios de intenciones, que sólo son opiniones.%p

note133 Por una vez, es cierta la acusación. Lo que sucede es que no veo las razones para la censura, ni M. Pozo las explicita, pues no indica qué fallo concreto cometí por semejante dejación. </note>

Como he señalado supra (n. 121), uno de los principios que sigo es la “preferencia por la solución más sencilla frente a la compleja”. san Isidoro escribió cuatro textos sobre los vascones y otra infinidad sobre innumerables pueblos. En principio, no tengo que preguntarme por qué escribió sobre cada uno de ellos, porque tampoco me lo pregunto con cada autor que ha escrito algo sobre un pueblo, puesto que, entre otras cosas, todavía estaría recOpilando información y no podría haber publicado nada. A no ser que se piense que estos escrúpulos sólo tienen sentido con los vascones. Pero pretender la existencia de una excepción vascona en la lectura de las fuentes me parece mucho peor.%p

Tres de las cuatro menciones de san Isidoro sobre los vascones son noticias de la Historia Gothorum; no veo motivos tampoco para establecer una excepción isidoriana y no considerar al obispo hispalense como un cronista más que trata de narrar unos hechos. El otro texto corresponde a Las Etimologías, y responde al deseo de dar una explicación del nombre de los vascones, como hizo con más de un centenar de gentilicios. No hay ninguna razón para suponer que para el obispo hispalense los vascones tuvieran un interés especial; y mucho menos para volver a suponer que ese supuesto interés convierte en sospechosas sus informaciones. Insisto: cuando se tiene una explicación suficiente y sencilla, no tiene sentido buscar otra más compleja, sobre todo cuando ésta se tiene que construir con suposiciones.%p

Y no tiene sentido también porque las noticias sobre los vascones no contienen nada que permitan sospechar de la solución sencilla. Las noticias de la Historia Gothorum no presentan nada que no se pueda encontrar en las otras crónicas. Y, aunque supusiéramos como J.J. Larrea que san Isidoro influyó en las crónicas posteriores, esto no explicaría el parecido, porque la historia de las incursiones de los vascones no comienza con el obispo hispalense. Tampoco hay nada inverosímil en dichas noticias que permita cuestionar su veracidad (no lo es que los vascones se rindieran cuando apareció el ejército del rey, porque siempre fueron derrotados por los ejércitos visigodos, lo que tampoco resulta sospechoso). Lo inverosímil es pretender que san Isidoro se está inventando una noticia, cuando sus lectores contemporáneos sabían lo que había pasado. Puestos a apostar, prefiero hacerlo por la fiabilidad de los historiadores, antiguos o contemporáneos, mientras no se demuestre lo contrario (y en el caso de san Isidoro, ningún especialista en su obra ha impugnado hasta la fecha ninguna de sus noticias sobre los vascones, lo que sí habría sido motivo para que me hubiera planteado por qué el obispo hispalense introduce a los vascones en su obra o el tratamiento que les otorga en la misma). No tengo otra forma de hacer Historia, que es lo que quiero, pues la historiografía, que sería lo único que podríamos hacer si no confiáramos en las fuentes, es un género menor y no me interesa. %p

Evidentemente, no lo entiende así M. Pozo. Pero por eso he hablado de la metodología de buscar tres pies al gato. Porque eso es un método basado en juicios de intenciones, muy difíciles de demostrar en cualquier caso, y que en la teoría de los tópicos de los vascones no se han demostrado. Y difícilmente se va a demostrar algo en ese sentido con descalificaciones sobre Caro Baroja y sus incondicionales seguidores, que ya implican un juicio de intenciones que hace desconfiar de ese método.%p

note134 ¿Con qué informaciones piensa M. Pozo que se puede estudiar el contexto político del año 621? De hecho, en las breves exposiciones sobre la campaña de Suintilla contra los vascones que loa, no se encuentra tampoco ese estudio. Es más: como se señaló, E. Moreno fechó en el 623 dicha campaña en las dos ocasiones que se ha referido a ella (v. supra n. 94), y eso no ha mermado la confianza que le merecen sus interpretaciones.</note>

¿Qué más se puede resaltar que el hecho de que ésa fue una campaña más contra los vascones en el primer año de un reinado, como lo fueron la inmensa mayoría? (Domuit Vascones, pp. 171-172, donde escribí: “Esta circunstancia, que difícilmente puede ser accidental, puede indicar que o bien los vascones aprovechaban la crisis que en un reino teóricamente electivo podía provocar la muerte del rey y la entronización del sucesor, o bien el nuevo monarca debía iniciar su mandato arreglando la situación de la frontera con los vascones, desatendida por su predecesor”). Eso es lo que hice. Y es algo que avala, por cierto, la veracidad de la noticia de Isidoro de Sevilla.%p

note135 Esto es una aberración intolerable por varias razones. Lo es porque resulta inaceptable que quien no ha hecho una crítica textual de ninguna noticia de la época de los reinos germánicos descalifique así el trabajo de quien, en el peor de los casos, lo ha intentado, sin señalar, al menos, un punto concreto en el que se ha equivocado. Lo es también porque no se puede acusar al mismo tiempo de tener una concepción previa que se impone a las fuentes y de hacer una lectura literal de las fuentes, que es lo contrario. Es más: al juicio de M. Pozo, se le puede aplicar el refrán de que “piensa el ladrón de que todos son de su misma condición”. Efectivamente, el que tiene una concepción previa de los vascones es él. Es lo único que justifica sus sospechas sobre la veracidad de los textos y le permite justificarlas mediante el recurso a los juicios de intenciones, y no por los procedimientos ordinarios (contradicciones e inverosimilitudes). La única diferencia —eso sí, grande— con los defensores de la teoría indigenista de los pueblos del norte de España (que está en los antípodas de la teoría de los tópicos sobre los vascones) es que éstos sólo se limitaron a acusar a sus contradictores de no hacer lectura crítica de las fuentes.</note>

note136 La frase cobra sentido con la nota que la apostilla: “Argumento al que ha recurrido, bien es cierto que en un trabajo de divulgación, Besga, A.: “La independencia de los vascones”, Historia 16, 314 (2002), p. 12: «Pues bien, el mayor sabio del siglo VII no acertó en una sola de sus informaciones. Y si san Isidoro, que tenía a los vascones enfrente y hablaba con los reyes que les combatían, no llegó a conocerles bien, se comprenderán las dificultades que tienen hoy los historiadores para hacerlo.»”</note>

Pero la reproducción de la frase, fuera de contexto y puesta por M. Pozo en otro, conduce a error. No me estaba refiriendo a las informaciones de la crónica de Isidoro, sino a su definición sobre los vascones en Las Etimologias, que es un texto de naturaleza muy distinta. Además, la frase se situaba en una introducción, cuya finalidad era explicar las dificultades que presenta la historia de los vascones en los primeros siglos de la Edad Media con unas fuentes como las que tenemos. En todo caso, la frase da cuenta del tipo de lectura literal de las fuentes que practico, aunque a estas alturas ya podemos ser conscientes de que M. Pozo llama “lectura literal de las fuentes” a cualquier interpretación basada en la documentación que no coincida con la suya.%p

No obstante, lo más importante es que la frase que apostilla esta nota —y cuya justificación es más que discutible— permite a M. Pozo dar un giro a su argumentación, que recuerda las maniobras de los prestidigitadores cuando desvían la atención del público para lograr sus propósitos. Efectivamente, a partir de esa frase, M. Pozo abandona la campaña de Suintilla contra los vascones —sin haberla comentado siquiera— para apuntarse una victoria tan fácil como estéril con una crítica de la explicación del nombre de los vascones redactada por san Isidoro, que no puede demostrar nada sobre la veracidad de las noticias de la Historia Gothorum, que es lo que verdaderamente interesa. Hecho esto, M. Pozo —como comprobaremos— regresa a la crónica de Isidoro de Sevilla, dando por demostrado lo que ni siquiera ha intentado demostrar.%p

note137 Dado que todavía no ha cambiado de tercio, ¿quiere hacernos creer M. Pozo que las informaciones cronísticas de san Isidoro, que son de las únicas de las que ha hablado hasta este momento, provienen de la erudición? La demasía se comenta por sí sola.</note>

note138 Montivagi es el único indicio que indica M. Pozo para impugnar la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones. Pero ese adjetivo no aparece en Las Etimologías, donde únicamente se dice que los vascones “habitan las extensas soledades de las cumbres de los montes Pirineos”, lo que no resulta sospechoso. Ni tampoco en los textos de san Jerónimo, que habrían inspirado a san Isidoro. Y aunque hubieran aparecido, no se demostraría nada sobre la veracidad de la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones.</note>

Aquí se podría dejar la cuestión, pues en esos términos fue planteada por M. Pozo. Bastaría destacar lo forzado del excursus del autor por el texto de Las Etimologías.%p

Pero el asunto no termina ahí, lo que demuestra el carácter forzado de ese excursus. Las sospechas que suscita montivagi están relacionadas con el empleo anterior por Venancioa Fortunato del adjetivo vagus referido a los vascones, que es lo que planteó J.J. Larrea (“Aux origines…”, pp. 144 y 148). Para este autor, “explicaciones de orden puramente literario dan cuenta de los adjetivos, expresiones e imágenes concedidos a Vasco de manera más satisfactoria y menos dependiente de coyunturas no verificables” (p. 131). Pero esto es tan fácil de afirmar como difícil de demostrar. Desde luego, no es más fácil de verificar el origen literario de una noticia sobre los vascones que su relación con la realidad. De hecho, es el principio que nos sirve para intentar hacer Historia. Y no cabe pensar que no rija en la historia de los vascones, cuando precisamente la teoría de los tópicos sobre los vascones aboga por eliminar su excepcionalidad.%p

En este caso, habría que probar: 1) que Venancioa Fortunato utilizó un adjetivo que no tenía ninguna relación con los vascones reales; 2) que Isidoro de Sevilla utilizó montivagi por la influencia del poeta franco, sin preocuparse si se correspondía con la realidad; y 3) que la utilización de ese adjetivo afecta a la credibilidad de la noticia (piénsese que hace una generación no se utilizaban palabras como, por ejemplo, “tardoantiguo”, “alteridad” o “gobernanza”: ¿quiere decir eso que los que las emplean ahora están copiando a quienes las pusieron de moda?) Todo ello sólo puede hacerse mediante supuestos. Y con ello, únicamente se habría resuelto un caso. Habría que solucionar muchísimos más, y no resulta razonable requerir constantemente la confianza del lector con soluciones tan forzadas.%p

Porque veamos: ¿es un error tan clamoroso llamar a los vascones “montivagi” como para sospechar de la veracidad del testimonio contemporáneo de san Isidoro? Hay que tener presente que el obispo hispalense no empleó ese adjetivo para denostar a los vascones, a los que —por cierto— nunca llamó “bárbaros”, “feroces” o “pérfidos”, que son las palabras que han suscitado las críticas de los que desconfían de la fiabilidad de los textos disponibles. san Isidoro introduce ese adjetivo para explicar la rendición de los vascones. Y el hecho y su explicación encajan en la historia conocida y resultan verosímiles. Los vascones fueron siempre derrotados en los llanos por los ejércitos visigodos; y es lógico que fuera así: su superioridad provenía de la sorpresa de sus ataques, y terminaba cuando el ejército real aparecía. En cambio, en los montes podían lograr victorias, como la conseguida en el 635 contra un ejército franco mandado por un duque, que fue completamente masacrado, o la obtenida en Roncesvalles sobre la retaguardia de Carlomagno, en la única batalla que perdió un ejército dirigido por él. Por cierto: me gustaría ver cómo se puede explicar estas dos noticias mediante la teoría de los tópicos de los vascones, cuyo silencio sobre éstas y otras noticias es muy elocuente. %p

Desde luego, no hay ninguna falsedad en la caracterización de los vascones como “montañeses.” Tampoco hay razones para considerar que el vagus sea un exceso inaceptable. Por una parte, las constantes incursiones de los vascones en los territorios vecinos son razón suficiente para justificar que los visigodos pudieran considerarles “montivagi”; en ese sentido ha interpretado el adjetivo Elena Torregaray Pagola: “san Isidoro les llama montivagi, es decir, que bajan de la montaña, causan estragos en las viñas, incendian las casas y cogen cautivos” (“Eginhardo, Suetonio y la perfidia de los vascones”, p. 446). Por otra parte, como reconoce M. Pozo, “los macizos montañosos nunca han acogido núcleos de población estable” (op. cit., 193); aunque eso lo escribió para justificar la escasez de hallazgos romanos en el mapa de Caro Baroja, sirve evidentemente para lo que nos interesa ahora. También, como no podía ser de otra manera, J.J. Larrea reconoció el carácter inestable del poblamiento de las montañas vasconas (La Navarre..., pp. 70, 79 y 121). E. Torregaray estima que el pasaje de la Vita Karoli imperatoris en el que Eginardojustifica que los francos no pudieron vengarse de la emboscada de Roncesvalles por la huida de los asaltantes (c. 9) testimonia que “para los francos eran [desconocidos] los centros de población o lugares fortificados localizados donde pudieran encontrar a los vascones” (ibid., p. 444). No hay razones, por tanto, para sospechar del empleo del adjetivo “montivagi” y, mucho menos, de la noticia en la que se halla. Y éste —repito— es el único argumento concreto enunciado por M. Pozo en la crítica de la noticia de san Isidoro sobre la campaña de Suintilla.%p

note139 No lo dirá por mí, que soy el autor en el que ha centrado la crítica en lo que debería haber sido un análisis de la noticia de la campaña de Suintilla contra los vascones (v. Domuit Vascones, p. 483). No sé cuántos estudiosos de la materia de Vasconia habrán cometido ese fallo. Pero si algún investigador lo ha hecho, el asunto no tiene la importancia que M. Pozo le ha conferido. Ningún historiador ha dado crédito a la definición de san Isidoro, y, por tanto, ninguna conclusión equivocada sobre los vascones se ha deducido de ese documento. Además, el texto no dice nada sobre la barbarie de los vascones (ni sobre su independencia ni belicosidad), y, por tanto, tampoco tiene la importancia que necesita darle M. Pozo. De hecho, en un estudio sobre la barbarie de los vascones, es el único testimonio que entra a analizar.</note>

En todo caso, nótese que —otra vez— M. Pozo traza un cuadro terrible sobre la historiografía de los vascones en la época de los reinos germánicos. Lo que sucede es que la falta de precisión en la expresión, que me parece más importante que la metodología (v. supra n. 74), la pagamos los demás. %p

note140 Pero lo importante para lo que nos interesa ahora es que, pese a la copia, no hay nada sospechoso en la definición de san Isidoro. Nadie ha podido publicar nada en ese sentido. En conversación, se me ha respondido que el obispo hispalense trataba de justificar el dominio visigodo sobre la Vasconia peninsular. Pero ese supuesto entra en contradicción con la teoría de los tópicos sobre los vascones, porque en esta interpretación el dominio godo de ese territorio no está cuestionado y, por tanto, no debería haber necesidad de justificarlo. Por otra parte, no se entiende cómo el texto de san Isidoro puede justificar ese dominio. Tampoco tiene sentido suponer que los reyes godos necesitaran justificar el dominio de alguna parte de Hispania (o de cualquier otro lugar), ni pensar que san Isidoro se dedicara a esos menesteres. Es más: la definición de los vascones se encuentra después de las de los galos y antes de las de los pueblos hispanos, lo que permitiría deducir que san Isidoro no consideraba hispanos a los vascones (que, realmente, habían dejado de serlo, al quedar al margen de la fase del proceso de hispanización que supuso el reino visigodo). El propio J.J. Larrea ha reconocido que “Vasconia siempre es una preocupación muy marginal en la obra” de “Isidoro, Venancioa Fortunato, Gregorio de Tours o Julián de Toledo” (“Territorio…”, p. 20). Aunque J.J. Larrea lo dice para relativizar la importancia de los testimonios de esos autores, el argumento —que es válido— sirve también para lo que nos interesa ahora. </note>

No hay que darle más vueltas al asunto. Ni siquiera se puede recurrir en este caso al cui prodest. El obispo hispalense simplemente trató de solucionar como pudo el problema de la etimología de “vascones”, como hizo con otras muchas definiciones de gentilicios (y como han hecho otros, también equivocadamente, con el nombre de “vasco”, sin que se haya visto otro propósito, como, por ejemplo, José de Moret, que lo relacionó con la palabra vasca “baso”, y dedujo que “vascón” significaba “montañés”). Y encontró la solución identificando vasco con vacceo (que fuera Isidoro de Sevilla el autor de la confusión, como es probable, o que ya existiera, como es posible, resulta irrelevante ahora). Muy posiblemente también, san Isidoro, tan aficionado a Las Etimologías, tomaría nota en su día de la que le ofrecía san Jerónimo sobre Convenarum, y aprovechó la ocasión para reproducirla. %p

note141 Ciertamente, resulta dudoso que san Isidoro o cualquier otro escritor tuviera un conocimiento preciso sobre los vascones. Pero esto apenas tiene importancia, porque ninguno nos da una información detallada que exija un gran conocimiento. No estamos ante descripciones como las de Estrabón, que sí plantean problemas como los que sugiere M. Pozo, sino ante referencias muy generales que no implican unos conocimientos especiales (y que, sobre todo, no entran en contradicción con lo que sabemos).</note>

note142 Una vez más, la falta de precisión favorece las pretensiones de M. Pozo. La afirmación es válida sólo para Las Etimologías. Y es algo sobradamente conocido (M. Reydellet, “La signification du livre IX des Etymologies: Erudition et actualité”). Pero no puede aplicarse a la Historia Gothorum, como pretende M. Pozo, porque es evidente que las noticias de las campañas contra los vascones de Recaredo, Gundemaro y Suintilla no provienen de fuentes del saber, sino de unos hechos que sucedieron en esos reinados (y que no consta que antes hubieran sido contados por otro). </note>

Uno de los fallos principales de la teoría de los tópicos sobre los vascones es que no distingue entre los distintos tipos de textos, con lo que se da el mismo tratamiento a unos versos que a las noticias de las crónicas, lo cual no estimo que pueda considerarse un avance metodológico. Ciertamente, J.J. Larrea ha tratado de justificar este criterio: “Isidoro opera el paso del retrato literario de los vascones de la poesía a la historia, recreando su imagen y aplicándola a la transmisión de los acontecimientos. Se trata de ejemplo de la hibridación de géneros bajo la penetración dominante de la retórica —la retorizzazione general— que caracteriza la literatura tardoantigua. Apoyada por el prestigio y la influencia del Sevillano, el cliché que nos ocupa va a tomar una magnitud y sobre todo una utilidad nuevas” (“Aux…”, p. 146). Pero afirmar no es demostrar, y más cuando la empresa es particularmente difícil. Baste recordar que J.J. Larrea no dedicó ni una línea a tratar de probar la influencia de san Isidoro sobre la Crónica de Fredegario, esto es, la obra que más noticias proporciona, con diferencia, sobre los vascones. %p

note143 Vemos, pues, cómo M. Pozo regresa a la Historia Gothorum para aplicar abusivamente las conclusiones que cree haber conseguido con Las Etimologías. Pero ¿cuál es la lógica interna del texto? El autor sólo censura lo que hacemos, pero nunca indica cómo lo deberíamos haber hecho. Debería indicar cuál es esa lógica —a poder ser argumentadamente— para poder discutir sobre algo concreto.</note>

note144 En la nota correspondiente, el autor cita el artículo de R. Collins “The vaccaei, the vaceti, and the rise of Vasconia”, con su paginación completa. Sin embargo, en ese estudio sólo hay un párrafo relacionable con la afirmación que pretende apostillar la nota, y en el que únicamente se afirma que san Isidoro fue el responsable de la difusión de “vacceos” como sinónimo de “vascones” (p. 214), lo que es algo aceptado por todos. Cuando se están proponiendo interpretaciones difíciles y complicadas de textos, basadas en meras afirmaciones, un error como éste en un texto tan claro resulta muy significativo.</note>

El estudio de R. Collins (que tampoco es uno de “los estudiosos de la materia de Vasconia [que] han obviado sistemáticamente algo que no era desconocido para los filólogos”) es un ejemplo de cómo hay que demostrar las manipulaciones de los textos. En este caso, se trata de la extensión del nombre de “Wasconia” a toda Aquitania y del gentilicio “wascones” a todos sus habitantes en las fuentes francas, que respondería al deseo de desprestigiar al duque de Aquitania y a los aquitanos, independizados y enfrentados a los francos (pp. 216-223; es la principal aportación del estudio), lo que dice mucho del concepto que se tenía de los wascones. En cambio, en la confusión entre vacceos y vascones, R. Collins no ve más que un error (pp. 212-213), como en la posterior identificación entre éstos y los Vaceti (pp. 214-216).%p

Por cierto, R. Collins%p, al reproducir la definición de los vascones de Las Etimologías, introduce la glosa Vacceos invictos a nulla gente obtentos (op. cit., p. 212), que seguramente fue añadida muy poco después (K. Larrañaga, “Sobre el obispado pamplonés en época visigoda”, p. 312; el autor, que tampoco es uno de “los estudiosos de la materia de Vasconia [que] han obviado sistemáticamente algo que no era desconocido para los filólogos”, asegura que M.C. Díaz y Díaz%p le comunicó que la adición fue introducida por san Braulio entre 628 y 630). Todavía se está a la espera de una explicación de esa frase mediante la teoría de los tópicos sobre los vascones, que les considera materia vincendi.%p

Por último, hay que señalar que, ya que M. Pozo está parafraseando a J.J. Larrea, lo lógico es que hubiera apostillado la afirmación con una referencia a este autor, que es el único que ha tratado de argumentarla: “Aux origines…”, pp. 152-155. Pero en esas páginas lo único que se encuentra realmente es el comienzo de una demostración de una cuestión muy difícil de probar, centrada, además, únicamente en las fuentes hispanas.%p

note145 Op. cit., pp. 195-199.</note>

note146 V. supra el texto referido a la n. 60. </note>

note147 Puestos a sospechar, habría que sospechar de todo y no sólo de las menciones de pueblos.</note>

note148 Por ejemplo, resulta imposible demostrar que Gundemaro derrotó a los vascones, como testimonia san Isidoro. Pero también es imposible demostrar que la noticia es falsa.</note>

note149 Como dice el Evangelio: el que busca, encuentra. Por eso, no hay imposible que pueda ser vencido en Humanidades. Basta estar motivado suficientemente y tener amplitud de criterios para llevarse el gato al agua (lo que hemos visto que no resulta difícil con los textos altomedievales).</note>

Siguiendo con ese tipo de metáforas, he de reconocer que tal vez pueda aplicárseme la del gato escaldado con respecto a las nuevas lecturas sobre textos muy leídos. Como estudiante, tuve un profesor de Historia del País Vasco que fue un adelantado en la deconstrucción de textos. Cada vez que tropezaba con un texto que ofrecía una imagen que podía ser negativa sobre los vascos, se producía un silencio tenso en clase; sabíamos que iba a desencadenarse una tormenta. Buscaba en toda la biografía u obra del autor de la frase algún elemento que pudiera desacreditarlo; logrado el objetivo, desacreditaba también el testimonio. Como investigador, me formé en la crítica de las ingeniosas lecturas de las fuentes de A. Barbero y M. Vigil, que permitieron revolucionar completamente la historia de los comienzos de la Reconquista (y que constituyen la lectura opuesta a la que propone la teoría de los tópicos literarios). En cambio, tuve otro profesor, Juan María Apellániz, al que le gustaba recordar que sobre juicios de intenciones no entra la Iglesia. No sé hasta qué punto el dicho se corresponde con la realidad. Tampoco considero que sea un principio de obligado cumplimiento. Pero estimo que cualquier juicio de intenciones debe estar muy justificado, como cualquier lectura novedosa de un texto ya analizado por otros.  %p

En este asunto —como en muchos otros— el principìo evangélico aplicable es: “por sus obras, los conoceréis”, también de Mateo. Y si los vascones parecen independientes, se comportan como independientes y son tratados como independientes es que serán independientes, y no hay que darle más vueltas al asunto.%p

note150 La Navarre…, p. 149.</note>

note151 Es evidente que los vascones protagonizaron muchas más incursiones que las que recogen las fuentes: 1) porque en las fuentes hay indicios en ese sentido, como en la carta de san Braulio a san Isidoro del año 625; 2) porque desde ese año no tenemos en España información cronística y las guerras contra los vascones son conocidas por menciones incidentales; y 3) porque no resulta verosímil suponer que todas las expediciones vasconas provocaran la respuesta del ejército real, como sucede en las fuentes, con la excepción significativa de la inscripción de la lápida de Opila, que es un testimonio de otro género. Es más: el hecho de que la mayoría de las campañas visigodas contra los vascones se produzcan en el primer año de un reinado, parece indicar que el nuevo monarca trataba de corregir una situación heredada por la negligencia de su predecesor. </note>

note152 Adrian Goldsworthy ha destacado cómo los emperadores tardorromanos, a diferencia de sus predecesores, combatieron personalmente contra pequeños ejércitos invasores: “Lo que realmente marca la diferencia con periodos anteriores [al siglo IV] es el número de veces que Amiano Marcelino] describe escenas en que los emperadores se hacían cargo en persona de operaciones realmente pequeñas. En el siglo I ó II, esas cuestiones le habrían correspondido a un gobernador senatorial, o con frecuencia a uno de sus subordinados” (La caída del Imperio Romano, p. 286).</note>

note153 La Navarre…, p. 149. Dadas las exigencias que están poniendo para la consideración de las incursiones de los vascones como invasiones, cabe recordar que la Real Academia Española define “invasión” como “acción y efecto de invadir”, e “invadir”, como “irrumpir, entrar por la fuerza”, en su primera acepción. </note>

note154 “El parecido del relato con el topos que emplea Venancioa Fortunato en su elogio de Chilperico, justamente después de la mención del vascón temeroso, es bien visible. Puede que el uno dependa del otro, Isidoro ha establecido una relación que la lectura deFortunato sugería ya. Sin embargo, no se puede pretender una identificación segura en un género tan repetitivo como el panegírico. El lugar común del pueblo que prefiere el sometimiento a la guerra, a causa del temor al soberano, está en efecto también presente en el principio del elogio de Justino II por Corippo, cuya circulación por la España visigoda está constatada. ¿Qué decir de un cliché tan usado como el del pánico de los enemigos (cf. por ejemplo Pan. Lat VI, iv, 4; X, iii, 5)? Isidoro conocía la tradición retórica. Ahora es más interesante destacar la manera con la que el Sevillano utiliza a los Vascones para realzar, mediante contraste, la fuerza y majestad reales. Contrariamente a lo que ha sido a menudo pretendido [¿por quién?], el papel de los Vascones en la literatura hispanogótica está lejos de ser análogo al de Cántabros indomables [que, a diferencia de los vascones de los primeros siglos medievales, fueron domados con relativa rapidez]. Efectivamente, los primeros son un buen pueblo para ser vencido. Si Fortunato insinuaba ya este rasgo en los elogios de Chilperico y Galactorio, Isidoro lo presenta explícitamente: la sola presencia de Suintilla entraña el efecto inmediato de devolver a los Vascones a la obediencia más dócil; los soldados de Recaredo toman el combate con ellos como un juego [como contra los bizantinos: ¿también puede predicarse de ellos lo mismo?]. Los Vascones son también materia vincendi” (“Aux origines...”, p. 147).</note>

Los versos de Fortunato que, según J.J. Larrea, habrían inspirado el relato de san Isidoro son: “[Al rey Chilperico] temen el godo, el vascón, el danés, el euthio, el sajón, el britano, domados por ti y por tu padre, según consta, en combate” (Carmina, IX, 1, Ad Chilpericum regem in conuentu episcoporum, vv. 73-74). Dejo la evaluación del parecido al lector. Puestos a solucionar la cuestión con pareceres, indicaré el mío. Me parece que el relato de san Isidoro tiene muchas más posibilidades de parecerse a lo que sucedió en la realidad que a los tópicos que refiere J.J. Larrea. No hay nada extraño en una rendición cuando se es sorprendido en territorio enemigo por el ejército real: le pasó hasta un ejército napoleónico en Bailén (que en el famoso cuadro de La capitulación de Bailén se puedan detectar influencias de otros pintores en José Casado de Alisal no cuestiona la rendición de los franceses). Que unos invasores se rindan no es lo mismo que rendirse sin combatir a un invasor. Incluso los detalles de la rendición referidos por san Isidoro pueden ser reales, pues, como ha demostrado R. López Melero, se acomodan a una deditio realizada por gentes que desconocían la lengua latina (“Una deditio…”, pp. 470 y ss.). Hay que tener en cuenta, además, la importancia de los gestos en aquélla época, hasta el punto de que Jacques Le Goff ha podido calificar a la Edad Media, en la que incluyó a la época de los reinos germánicos, como “la civilización del gesto” (La civilización del Occidente medieval, p. 436). Según el testimonio de la Crónica de Fredegario, también los jefes de los wascones escenificaron su sumisión en el año 636: “En el año decimoquinto del reinado de Dagoberto, todos los wascones que eran señores de aquella tierra vinieron con el duque Aigina a Dagoberto en Clichy; y allí aterrorizados por el temor al rey se refugiaron en la iglesia de San Dionisio. La clemencia de Dagoberto les perdona la vida” (IV, 78). Evidentemente, la vida de los seniores wasconum no corría ningún peligro. Tal vez, el autor magnificó algún incidente, pero seguramente la ceremonia requería gestos. Claro que siempre podrá decirse sin más que el autor de este pasaje de la Crónica de Fredegario estaba influido por san Isidoro.%p

note155 “Aux origines…”, p. 148.</note>

note156 Este principio sirve para otras lecturas de las crónicas hispanas altomedievales que descubren significados tan ocultos que habido que esperar hasta ahora.</note>

note157 Sea como fuere, lo relevante para la cuestión de la credibilidad del texto es que es imposible demostrar que san Isidoro falseó la narración para hacer de Suintilla un nuevo Pompeyo.</note>

note158 La Navarre..., pp. 149-150</note>

note159 La Navarre..., p. 149 (es el final de un párrafo en el que toda la argumentación se basa en la cuestión de Ologicus, y no hay comentario más concreto sobre la narración de la campaña de Suintilla contra los vascones). Que Olite ya existiera no minimiza la importancia de la fundación de Ologicus hasta el punto que quiere J.J. Larrea. Es lo que ha sucedido muchas veces con la fundación de una ciudad. Sin ir más lejos, Pompeyo nos proporciona un ejemplo y en Pamplona.</note> note160 Como, por ejemplo, las crónicas asturianas, que también han sido atacadas por el procedimiento de los juicios de intenciones, atribuidos, en este caso, a unos mozárabes resentidos, cuando todavía está por demostrar que sus autores fueran mozárabes.</note>

note161 Recuérdese que no analizó las otras dos noticias sobre los vascones de la Historia Gothorum.</note>

note162 Hay algunas referencias a la barbarie de los vascones, pero todas pueden discutirse por algún motivo.</note>

En el Ymnus de profectione exercitus, elaborado para ser cantado en la ceremonia de despedida de un ejército que sale a campaña y mientras dura ésta, hay una referencia a gentes bárbaras e impías (vv. 31-32: gentes barbaricas cornibus uentilet/ac planta terat impios), que Manuel C. Díaz y Díaz, editor del texto, considera que se refiere a los vascones.%p
     

De la misma manera, la gens barbara que Eugenio de Toledo menciona en el Himnus ad pacem se ha considerado que se refiere a los vascones (Federico-Mario Beltrán Torreira, “El concepto de barbarie en la Hispania visigoda”, p. 58).%p

Más clara es la mención de las inimicas et barbaras gentes del Laude Pampilone, que, sin duda, son los vascones, que aparecen poco después. El problema en este caso es que no todos admiten la cronología visigoda de esa composición, que es la teoría tradicional (v. supra n. 36). En todo caso, el testimonio prueba que los pamploneses no sólo dejaron de considerarse (y de ser considerados) vascones, sino que les llegaron a tener por enemigos. Otro aspecto crucial más que no se ha intentado explicar con la teoría de los tópicos literarios sobre los vascones. %p

Finalmente, Venancioa Fortunato llamó “país bárbaro” al territorio de los vascones (Carmina, prefatio, 4). Cuando se ha dado tanta importancia a este poeta en la creación del tópico de los vascones, hay que tener en cuenta también que no hablaba de oídas, porque probablemente atravesó el Saltus Vasconum, dado que parece que visitó a san Fructuoso en Galicia (M. Reydellet, Venance Fortunat, I, pág. 14; S. Quesnel, Venance Fortunat, p., IX). En todo caso, no parece criticable que una persona como Venancioa Fortunato considerara un país bárbaro a un territorio que —entre otras cosas— carecía de ciudades y en el que se hablaba una lengua que resultaba ininteligible.%p

note163 M. Pozo llama a los reinos visigodo y franco “reinos bárbaros” (p. 199). Tampoco parece interesado en salvar el honor de los vascones. Eso evita que tengamos que entrar en la estéril discusión de qué es un bárbaro, una táctica dilatoria utilizada en otras ocasiones para impedir la deducción de una conclusión no querida.</note>

note164 V. Federico-Mario Beltrán Torreira, “El concepto de barbarie en la Hispania visigoda”.</note>

note165 Alfons Dopsch, Fundamentos económicos y sociales de la cultura europea (De César a Carlomagno), p. 89, donde incluye al cristianismo en el concepto de cultura romana y señala que no siempre el concepto tenía “sentido peyorativo”.</note>

note166 Feroces Vasconum debelaturus gentes (Historia Wambae regis, c. 9). Más relevante que el adjetivo “feroces” (al que los historiadores no han dado importancia, y, por tanto, no ha dado lugar a ningún error en la interpretación de los vascones), es el sustantivo “gentes.” Para Gregorio García Herrero, que ha estudiado las categorías conceptuales empleadas por Julián de Toledo en la caracterización del reino visigodo y de los pueblos que lo componían, la utilización del plural resulta significativa, cuando “gens” “es la palabra preferida” por el obispo toledano para designar a “la población de un reino, por encima de sus anteriores connotaciones raciales o tribales”: “También a los vascones se les menciona como gens, pero en plural [...]. Parece también claro, pues, el sentido de «nacionalidad» en el término, aunque en este caso el uso del plural nos remonta a un concepto un tanto más vago e impreciso que en ocasiones anteriores, tal vez más cercano al significado gentilicio propiamente dicho del vocablo: se alude a las tribus vasconas, no organizadas en un estado territorial estable, o a los diversos pueblos organizados fragmentariamente en territorios montañosos, cambiantes según las circunstancias políticas de cada momento” (“El reino visigodo en la concepción de Julián de Toledo” pp. 392- 394).</note>

Si los vascones fueran sólo unos campesinos rebeldes, habría que explicar ese empeño por llamarles por lo que no fueron. Un empeño unánime, que no es de este o aquel autor. Y que es coherente con lo que se cuenta de ellos.%p

note167 IX, 2, 101. Además, también considera feroces a los galos: Gallos natura feroces (IX, 2, 105); Gallicam feritatem (XV, 1, 63).</note>

Nótese el carácter forzado de la definición. E imagínense las especulaciones que se podrían hacer sobre el carácter de tópico de la misma, la influencia de los tópicos en las noticias sobre los francos de san Isidoro y el influjo de éste en los autores posteriores.%p

Por lo demás, basta con leer la Historia francorum de Gregorio de Tours y la Crónica de Fredegario para comprobar que la ferocidad de los francos era algo más que un tópico.%p

note168 Wamba “entra con todo el ejército por tierras de Vasconia donde, durante siete días, por todas partes llevó a cabo la destrucción en sus anchos campos, la hostilidad a los “castra” y el incendio a las casas, con tal rigor, que los mismos vascones, depuesta la fiereza de sus ánimos, entregados rehenes, pedían insistentes, no sólo con ruegos, sino también con dádivas, que se les perdonase la vida y se les concediera la paz. De donde, recibidos los rehenes, pagados los tributos y ajustada la paz […]” (Historia Wambae regis, c. 10). </note>

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.J. Larrea" cannot be used as a page name in this wiki. , lo llamativo de este texto es su parecido con el relato de la campaña de Suintilla contra los vascones de san Isidoro y la simplificación de los acontecimientos, propia de un cuadro retórico y de los clichés (“Aux origines…”, pp. 154-155), lo que, a mi juicio, lo único que demuestra es la facilidad del autor para descubrir y magnificar influencias literarias.%p

No: lo importante de este texto es que se trata a los vascones como enemigos y no como rebeldes: se ajusta una paz, se entregan rehenes y se pagan tributos (lo que no es un hecho reseñable cuando se es súbdito). Nótense las diferencias con el comportamiento del ejército visigodo en Septimania y el castigo inflingido a los rebeldes, que a continuación narra Julián de Toledo. Y no se trata de una excepción: los vascones nunca son castigados como rebeldes. Tampoco se trata de una interpretación personal, sino la conclusión de una monografía sobre la rendición de los vascones: “Las expresiones feroces Vasconum gentes (Hist. Reg. Wambae, c. 9) y feritas animorum (Hist. Reg. Wambae, c. 10), referidas a los Vascones, son de otra índole y tradición. Indudablemente, no resultaban las más adecuadas para calificar a las gentes de una provincia como la Narbonense, que a su alta Romanidad y refinamiento de costumbres unía su pertenencia al reino. Por el contrario, una parte de los Vascones vivía todavía en un marco de salvajismo —que los términos de feritas, ferinus contribuyen a resaltar—, que la independencia de hecho de parte del territorio vascón y sus enfrentamientos con los Visigodos, continuadores de los postulados culturales de la Romanidad, difícilmente podían haber contribuido a paliar” (R. López Melero, “Una rendición vascona en la Historia regis Wambae de J. de Toledo”, p. 839).%p

note169 La misma Historia Wambae regis testimonia que, camino de Septimania, el rey tuvo que castigar a los soldados que aprovechaban la ocasión para saquear, violar e incendiar. Conviene recordar esto cuando tantos tratan hoy de presentar las invasiones germanas como migraciones de campesinos empobrecidos y critican a los romanos por sus exageraciones.

note170 Wasconicam perfidiam (Eginardo, Vita Karoli Magni Imperatoris, c. 9)</note>

Solitam loci perfidiam habitatorumque gennuinam experti sunt fraudem (Vita Hludovici Imperatoris, c. 37). La noticia corresponde a la emboscada que sufrió en Roncesvalles el año 824 un ejército franco. Los Anales Reales, al contar esa noticia, se refirieron a la perfidia montanorum (a. 824).%p

note171 F.M. Beltrán Torreira, “El concepto de barbarie…”, p. 54; E. Pagola, “Eginhardo, Suetonio y la perfidia de los vascones”, pp. 431 y 440.</note>

Por cierto, el trabajo de E. Pagola constituye un modelo de lo que debe ser un análisis sobre influencias y tópicos literarios. Se trata de una monografía de 23 páginas de gran formato, que muestra la influencia de Suetonio en la Vita Karoli magni imperatoris, lo que, sin embargo, no le lleva a negar la veracidad de los detalles de la noticia sobre la derrota de los francos en Roncesvalles, que es el pasaje en el que está centrado el estudio. A mi entender, la teoría de los tópicos sobre los vascones precisa de varias monografías de este tipo para ser creíble y de muchísimas más para ser demostrada. Mientras tanto, lo significativo es que no se haya hecho ninguna.%p

note172 IV, 78.</note>

note173 Por ejemplo, san Julián, que nos da la noticia más extensa sobre una guerra entre vascones y visigodos, sí acusa de perfidia al duque Paulo y a la Septimania, que le secundó en la rebelión. Si a eso se añade la importancia que tiene la fidelidad en la Historia Wambae regis (A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la Península Ibérica, pp. 137-140), hay que concluir que el silencio del obispo toledano es muy significativo, y que su testimonio es otro argumento más contra la pretensión de convertir a los vascones en unos campesinos rebeldes.</note>

note174 El calificativo, que ya empleé en Domuit Vascones, se basa en la tesis de doctorado de M. Rouche (L'Aquitaine des Wisigoths aux Arabes, 418�781), que, sin embargo, no llegó a utilizarlo. También lo ha visto así J.J. Larrea (“Aux origines…”, p. 130), que ha criticado, con razón, la exageración cometida por M. Rouche al escribir que el vascón de los primeros siglos de la Edad Media había “salido intacto de lo más profundo del Neolítico” (p. 109). Además, como he demostrado, M. Rouche cometió fallos importantes en sus análisis de las noticias sobre los vascones peninsulares, porque no conocía suficientemente la historia española. Pero todo ello no afecta a la validez de su estudio sobre los wascones de Francia, cuyos argumentos desconozco que hayan sido criticados.</note>

note175 Julio César, IV, 3.</note>

note176 Para evitar que se siguieran cometiendo los errores que se nos han atribuido a los historiadores, sería recomendable, además, que se distinguiera en cada texto sobre los vascones qué es lo que corresponde a los tópicos (y se puede utilizar para comprender la mentalidad de los escritores y la concepción que se tenía sobre los vascones) y qué es lo que corresponde a la realidad (y se puede emplear para analizar las historia de los vascones).</note>

note177 A mi juicio, una tesis de doctorado debería ser la demostración exhaustiva de una tesis importante. En la historia altomedieval abundan las tesis doctorales que abarcan periodos y territorios muy amplios, como la que tiene previsto realizar M. Pozo, a tenor del título que ha inscrito (“Los vascones entre finales del siglo VI y comienzos del IX: identidad y poder, territorio y sociedad”). Eso significa que la demostración de la validez de la teoría de los tópicos literarios sobre los vascones, que es la que justifica una nueva interpretación de su historia, sólo podrá ser un capítulo o una parte de la tesis, lo que se me antoja insuficiente ante la dificultad y amplitud de la empresa.</note>

note178 Es lo que ha prometido J.J. Larrea recientemente: “Sobre ese dossier [de fuentes literarias sobre los vascones] hace años se empezó a trabajar: en su estudio crítico, en situar sus informaciones en la lógica propia en la que fueron generadas, y se sigue trabajando. Y creo que no tardaremos en tener nuevos resultados en torno a esto” (“Territorio…”, p. 19). </note>

note179 Tras lo tratado anteriormente, estimo que se puede concluir el siguiente dictamen sobre la teoría de los tópicos sobre los vascones:</note>

1) La propuesta deja demasiados cabos sueltos. Y los que se intentaron atar, que son mucho menos que los sueltos, no están bien atados, salvo en los casos de los textos de Ausonio, Paulino de Nola y Venancioa Fortunato, que no por casualidad han sido los más estudiados por J.J. Larrea (de hecho, su análisis ocupa la mitad de “Aux origines…”), pero que apenas tienen importancia para la historia de los vascones en la época de los reinos germánicos.%p

2) La nueva explicación no soluciona ningún problema; sólo ofrece otra interpretación de la historia de los vascones en los primeros siglos de la Edad Media, pero a cambio de una reducción sustancial de la información disponible para la elaboración de dicha historia y de multiplicar los problemas que teníamos, pues convierte en un enigma la supervivencia de la lengua vasca y la conflictividad de los vascones, por citar sólo dos de las singularidades que presenta la historia de los vascones, que difícilmente puede ser una historia más cuando tantas excepcionalidades presenta.%p

3) Se basa en más supuestos que la explicación que teníamos.%p

        note 180 Publicado en Domuit Vascones, pp. 186-194.</note>

note181 No obstante, se ha defendido en muchas ocasiones que san Isidoro terminó la crónica en el año 624 (C. Rodríguez Alonso, Las historias de los godos, vándalos y suevos de Isidoro de Sevilla, pp. 25 y 27-29).</note>

note182 Historia Gothorum, c. 63. R. López Melero ha propuesto que la ambigua expresión quasi debita iura noscentes sea traducida por “como si conocieran los procedimientos legales establecidos” (“Una deditio de los Vascones”, pp. 465 y 474, n. 23), que ha sido aceptada por S. Segura%p (Mil años de historia vasca a través de la literatura grecolatina, p. 225). Aunque la versión reproducida de C. Rodríguez Alonso responde a la lectura mayoritaria (A. García Gallo, K. Larrañaga, A. Pérez Laborda, J.J. Irigay), la traducción de R. López Melero presenta dos ventajas: se acomoda muy bien al relato que sigue y no plantea el problema de que los vascones sean unos rebeldes, calificativo que no se les da en las fuentes visigodas.</note>

Por otra parte, hay que señalar que el artículo de R. López Melero es el único estudio monográfico sobre una campaña visigoda contra los vascones, y de considerable extensión, además. Pero, desgraciadamente, esto no nos exime del correspondiente análisis, porque dicho estudio está centrado en un solo aspecto de la noticia (las condiciones y caracterización de la rendición de los vascones), sin un planteamiento crítico en un texto tan sospechoso, y algunas deducciones son más que discutibles.%p

note183 V. A. Besga, Domuit Vascones, pp. 500-508.</note>

note184 Es una institución jurídica romana, que respondía también al derecho de gentes, y que servía para la incorporación de comunidades políticas soberanas, no sólo mediante una rendición incondicional, sino también por la iniciativa de un pueblo amenazado que buscaba la protección de Roma (“Una deditio…, pp. 470-473).</note>

note185 Crónica de Sampiro, redacción Silense, c. 1: Alfonso III “desde allá Oviedo] vino a León y pobló Sublancium al que ahora el pueblo llama Sublancia y también la admirable ciudad de Cea. Pero cuando se hallaba ocupado en esas operaciones llegó un emisario enviado de Álava para comunicarle que alguien había inclinado los corazones de aquellos habitantes en contra de su rey. Por lo cual, en cuanto éste así lo supo, se preparó para ir allá. Los alaveses, atemorizados por ello, depusieron su actitud, recordaron los juramentos prestados e inclinaron sus cervices, dispuestos a la obediencia y fidelidad a sus órdenes y reconociendo su señorío. De ese modo se impuso en Álava. Y a Gilón, que parecía el conde de ellos, se lo llevó a Oviedo cargado de cadenas”. La redacción de Pelayo de Oviedo sólo difiere en detalles ortográficos, pero nos da un nombre ligeramente distinto para el jefe rebelde, Eylón.</note>

Para advertir mejor ese paralelismo, compárense las frases latinas de una y otra crónica. Historia Gothorum, c. 63: ...terrore aduentus eius perculsi sunt, ut confestim quasi debita iura noscentes remissis telis et expeditis ad percem manibus supplices ei colla submitterent, obsides darent, Ologicus ciuitatem Gothorum stipendiis suis et laboribus conderent, pollicentes eius regno dicionique parere et quicquid imperaretur efficere. Crónica de Sampiro: Terrore aduentus eius compulsi sunt, et subito jura debita cognoscentes supplices colla ei submiserunt pollicentes se regno dicioni eius fideles existere, et quod inperaretur eficere. Sicque Alauam obtentam propio imperio subiugauit. Gilonem uero, qui comes illorum videbatur, ferro vinctum Ouetum secum atraxit. En cambio, la contemporánea Crónica Albeldense se limitó a decir: Uasconum feritatem bis cum exercitu suo contriuit atque humiliauit.%p

note186 V. A. Besga, Domuit Vascones, pp. 301-302.</note>

note187 Sobre la situación de Pamplona, v. ibid., 292-301.</note>

note188 La Navarre..., pp. 149-150.</note>

note189 M. Rouche, comentando esta noticia, ha señalado que Suintilla es pues el primero en haber entrado en territorio vasco, porque Olite fue rebautizado enseguida por los indígenas Iriberri (¿ciudad nueva?) (L´Aquitaine..., p. 506, n. 25), lo que conviene tener en cuenta para valorar la autoridad de este autor en asuntos de la historia de España.</note>

note190 Para R. Collins, la fundación de Olite indicaría la Reconquista de este territorio por el que se habrían expandido los vascones que buscaban tierras para cultivar, y como “no tenían posibilidades de hacerles retirarse a sus puntos de origen [...], imitando precedentes romanos, los visigodos intentaron asimilarlos a unas formas más aceptables de actividad social y económica, por el sistema de fundar ciudades para los vascones” (Los vascos, p. 113). Pero ninguno de estos supuestos puede probarse.</note>

note191 Historia Gothorum, c. 64: “Además de estos motivos de alabanza a la gloria militar de Suintilla, tenía este rey muchísimas virtudes propias de la majestad imperial real: fidelidad, prudencia, habilidad, examen extremado en los juicios, atención primordial al gobierno del reino, munificiencia para con todos, generosidad para con los pobres y necesitados, pronta disposición para el perdón; tanto que mereció ser llamado no sólo príncipe de los pueblos, sino también el padre de los pobres”. Como ha señalado L.A. García Moreno, son “virtudes todas ellas que se corresponden muy bien con el speculum principis trazado por el sabio hispalense” (España visigoda, p. 223).</note>

El elogio que realiza a continuación del hijo de Suintilla, que, pese a ser niño, fue asociado al trono de una monarquía electiva (que el propio san Isidoro defendía), permite descartar la remota posibilidad de que el retrato trazado del rey godo pueda corresponder a la realidad: “El hijo de Suintilla, Recimero, asociado por él al trono, comparte la alegría de este mismo trono. En su infancia resalta de tal manera el brillo de su índole sagrada, que se prefigura en él, en sus cualidades y en su rostro, el retrato de las virtudes paternas. Por él se ha de interceder ante el que rige el cielo y al género humano para que, del mismo modo que ahora está asociado en el trono patrio, así también después de un largo mandato de su padre sea dignísimo de la sucesión al reino” (c. 65).%p

De hecho, los contemporáneos no vieron tantas virtudes, y Suintilla fue abandonado por su ejército cuando trataba de enfrentarse a la rebelión de Sisenando (631-636). Pero lo más significativo es que san Isidoro presidió el IV Concilio de Toledo, convocado para legitimar el poder alcanzado por Sisenando y condenar los crímenes de Suintilla y su familia, que se habían enriquecido gracias a “exacciones de los pobres” (canon 75). Más que apología, san Isidoro lo que había hecho era una alabanza servil de Suintilla.%p

Esta circunstancia, reconocida por todos, ha sido aprovechada por J.J. Larrea para cimentar su hipótesis sobre el carácter tópico de las referencias sobre los vascones: “Es difícil no creer que el Sevillano haya magnificado unos acontecimientos: el solo hecho de apoderarse de algunas bandas de pobres diablos aventurados más lejos que de costumbre en sus rapiñas y de afectarlos al cuidado de la viejas murallas romanas [de Olite] habría sido suficiente para hacer de Suintilla un nuevo Pompeyo”. Pero ni la manipulación de este pasaje (el más favorable para las tesis de J.J. Larrea) puede extenderse al resto de informaciones, ni la caracterización de los que infestaban la Tarraconense como pobres diablos puede aceptarse simplemente porque la narración de Isidoro sea exagerada. Entre san Isidoro y J.J. Larrea (que pretende reducir las incursiones vasconas a la zona de Olite, porque ése es el único lugar mencionado) existe un amplio término medio en el que hay que situar la campaña de Suintilla.%p

note192 Fecha argumentada por J. Madoz (Epistolario de San Braulio, pág. 40) y Ch. Lynch y P. Galindo (San Braulio, págs. 52-53), y aceptada por autores como E.A. Thompson (Los godos..., pág. 193 y 420) y J. Orlandis (Historia de España, pág. 142); no conozco una crítica en sentido contrario.</note>

note193 Luis Riesco Terrero, Epistolario de San Braulio, Universidad de Sevilla, 1975, III.</note>

note194 V. A. Besga, Domuit Vascones, pp. 192-194.</note>

note195 L.A. García Moreno, España visigoda, I, p. 222.</note>

note196 Los godos..., pp. 193-194. La existencia de una segunda invasión suele ser obviada en las obras sobre este período. En su día, y con el intento de conciliar la información de san Isidoro con la carta de San Braulio, analicé otras posibilidades pero sin resultados (Consideraciones..., pp. 40-41).</note>

note197 Partiendo de la circunstancia de que después de la campaña de Suintilla narrada por san Isidoro son mucho más escasas las noticias de guerras con los vascones, y estas tienen otra naturaleza (en tres de los cuatro casos pueden formar parte de guerras civiles del reino visigodo), R. López Meleroconcluye que hay que “atribuir a la acción de Suintilla una eficacia que no debe ser cuestionada” (“Una deditio...”, p. 470). L.A. García Moreno se ha expresado en términos parecidos: “Posiblemente con ello [fundación de Ologicus] procedió a la organización de una sólida línea de defensa del valle del Ebro y de vigilancia de los movimientos imprevistos de las poblaciones serranas vasco-Navarras. Porque lo cierto es que en los años sucesivos no volveremos a oír hablar de nuevas incursiones de dichos montañeses en el valle del Ebro” (España visigoda, I, p. 223).</note>

Estas conclusiones no pueden admitirse. En primer lugar, hay que señalar que R. López Melero no se plantea en ningún momento la cuestión de la credibilidad de la información de san Isidoro. En segundo lugar, esta autora se deshace de la contradicción que supone para sus conclusiones las incursiones vasconas implícitas en la carta de san Braulio del año 625 (que L.A. García Moreno no tiene presente en su exposición) señalando, sin más, que son las mismas que las relatadas por san Isidoro, cuando hay tres o cuatro años por medio y con este lapso difícilmente el primero podría haber justificado el retraso de su carta al obispo de Sevilla. Y en tercer lugar y, sobre todo, el que tengamos un menor número de noticias de guerras entre visigodos y vascones no significa necesariamente que se hubieran producido menos enfrentamientos, porque desde el 625 carecemos de crónicas hispanogodas que den cuenta de ellas, y, por tanto, esa reducción del número de conflictos podría deberse a las carencias de la documentación. El hecho de que las guerras que conocemos del último período del reino visigodo se deban a noticias incidentales aboga claramente a favor de esta segunda posibilidad.%p

note198 Según K. Larrañaga podría ser “una de las adiciones que entre 628 y 630 hizo Braulio de Zaragoza al texto de Las Etimologías” (“Sobre el obispado...”, p. 312). Para este autor, semejante glosa “sería expresiva de estados mentales de ciertos círculos de la intelectualidad hispanogoda de la época, menos obligados que Isidoro a los dictados de la historia oficial”.</note>

note199 El autor dice literalmente “relajo” (“Sobre el obispado...,” p. 305), pero, teniendo en cuenta la forma prudente (e imprecisa) con la que enuncia la hipótesis y los datos con los que la acompaña, no creo haber traicionado el sentido de la exposición de K. Larrañaga sustituyendo su ambiguo término.</note>

note200 “Sobre el obispado...”, p. 301.</note>

note201 Nótese que lo que diferencia el período comprendido entre el 590 y el 625 del que viene después (san Julián sólo escribió una historia de la rebelión del duque Paulo) es que en el primero tenemos a un cronista y en el segundo, ninguno; no que una etapa floreciente de la historiografía sea sucedida por otra de decadencia, lo que tampoco probaría nada (sin la pertinente argumentación) sobre la situación del reino visigodo.</note>

note202 A mi juicio, la invasión de los musulmanes (que habían terminado con el imperio de la Persia sasánida y arrebatado a los bizantinos dos tercios de sus dominios) ha contribuido decisivamente a presentar el siglo VIIdel reino visigodo como una etapa de decadencia para explicar mejor su brusca desaparición. Pero lo cierto es que los visigodos mantuvieron intactas sus fronteras y rechazaron las invasiones de los francos que pretendían conquistar la Septimania. Y en el interior, los reyes visigodos, generalmente, se impusieron a los rebeldes. En este sentido, conviene recordar que entre el año 415 (fecha de la primera aparición de los visigodos en España) y el 569 (entronización de Leovigildo) siete reyes visigodos fueron asesinados, dos muertos en batalla, uno destronado y posteriormente ejecutado, y sólo cuatro fallecieron de muerte natural; y que entre el 569 y el 711 sólo un rey murió asesinado (Witerico), otro en batalla (Rodrigo), trece de muerte natural y cuatro fueron destronados (uno de los cuáles fue posteriormente ejecutado) [he tratado posteriormente la cuestión en “Consideraciones sobre el fin del reino visigodo de Toledo”].</note>

note203 J.J. Larrea no perdió la oportunidad de realizar una crítica contundente de esta teoría (“De nuevo...”, pp. 322), que K. Larrañaga se resiste a abandonar (“A vueltas...”, pp. 45-46). </note>

note204 V. supra n. 197.</note>

note205 J.J. Larrea, La Navarre..., p. 149.</note>

note206 “Una deditio...”, p. 484.</note>

note207 Y pontificado también como, por ejemplo, en el libro Vasconia]] de B. Estornés, que imagina a los vascones refugiándose en Pamplona tras el ataque de Suintilla (p. 41).%p

note208 “Una deditio...”, p. 484.</note>

note209“Una deditio...”, pp. 484-485. No obstante, algunas de las frases de su comentario podrían matizarse.</note>

note210 Al comienzo de las batallas, los vascones fingían la retirada para atraerse al enemigo, sobre el que volvían de improviso. Es una táctica, propia de la caballería ligera, que ha sido empleada por numerosos pueblos.</note>

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