AzkarateCamino2012

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Resumen

De la destrucción del imperio romano habría surgido en la mayor parte del País Vasco actual un nuevo paisaje totalmente distinto, caracterizado por la transformación estructural de la la organización social, una decreciente complejidad económica, la devaluación de las capacidades de las élites dirigentes y, sobre todo, la transferencia al campesinado de la iniciativa de la gestión y la explotación del territorio.

Esta situación revertió rápidamente a partir del siglo VIII, con la formación de élites dominantes, territorialmente fuertes y consolidadas, responsables de la configuración de una densa red de aldeas, en las que la fundación de iglesias constituiría el reflejo arqueológico más evidente de la nueva situación.

Este artículo plantea diversas interrogantes sobre esta interpretación, cada vez más dominante en la historiografía reciente.

Su objetivo, sin embargo, no es tanto ofrecer una propuesta alternativa, cuanto llamar la atención sobre un registro arqueológico que demanda un mayor contraste en su construcción y una modulación más afinada en su decodificación y transformación en discurso histórico.

Los siglos VIII a X

Los castillos

Martín Viso 2002, Qurós 2007 han relacionado algunos castillos de este periodo con la reactivación de las élites locales tras la ruptura de las estructuras de poder territoriales del periodo tardoantiguo.

Tales lugares acabarían convertidos en referentes jerarquizadores de un territorio al que podían llegar a dar nombre, estableciéndose una relación muy estrecha entre la formación de estos poderes y la construcción de la red de aldeas.

Esta hipótesis

Las necrópolis

Las iglesias

Se ha argumentado que la diferenciación de las élites debió de expresarse de modos distintos y que fue especialmente el control de las iglesias el principal mecanismo utilizado por la aristocracia para penetrar en las comunidades aldeanas creando redes clientelares que facilitaran nuevas formas de dominio o sirvieran de enlace entre las élites locales y los poderes supralocales, de lo que son testimonios las numerosas donaciones a monasterios e instituciones religiosas de ámbito territorial que salpican la documentación (Larrea 2007).

En el País Vasco no conocemos iglesias fundadas en el siglo VIII y las de época posterior, mejor conocidas por excavaciones, son por lo general sencillas construcciones de piedra, de planta rectangular, con cabecera diferenciada o no, volúmenes reducidos y distribución simple de espacio, que, en conjunto, son testimonio de un ciclo constructivo notablemente simplificado.

Es por ello por lo que cabe pensar que buena parte de las iniciativas constructoras correspondieron a las mismas comunidades aldeanas carentes de excedentes productivos de importancia susceptibles de ser invertidos en obras de mayor porte, pero que vieron en la iglesia un referente no solo espiritual, sino también económico y de cohesión del patrimonio comunitario (García Camino 2004).

De hecho, habría que recordar que no es infrecuente en el contexto europeo altomedieval la construcción de iglesias al margen de cualquier autoridad civil o eclesiástica que, tras experimentar en los siglos XI o XII notables cambios por efecto de la feudalización, pasaron a formar parte de la red parroquial.

Pero tampoco hay que generalizar.

En ocasiones, los propietarios de ciertas iglesias promovieron obras de mayor complejidad, con mano de obra cualificada capaz de levantar edificios con materiales extraídos en canteras distantes, afrontar soluciones constructivas técnicamente complejas, como bóvedas sobre pechinas, o reproducir formas arquitectónicas que recordaran las grandes construcciones ligadas al poder.

Obras que solo pudieron sufragar personajes con rentas importantes.

Es el caso de una de las iglesias más antiguas y mejor estudiadas del País Vasco, la de San Román de Tobillas [1], fundada en 822 por el abad Avito, propietario de tierras de labor, cabezas de ganados, eras de sal, iglesias, molinos y bienes raíces dispersos por un amplio territorio que comparte o disfruta con las comunidades locales, conviertiéndose en puente entre las familias dirigentes de ese territorio y los grupos rurales (Larrea 2007b).

p346

De esta primera fase se conserva el ábside, construido con sillería de arenisca reutilizada de obras anteriores, en el que se abre un vano original asaetado con remate superior curvo y fuerte derrame interno, y las huellas de una cubierta en bóveda sobre pechinas (Azkarate 2005).

Otros templos más modestos construidos con mampostería recogida o extraída de las canteras por capas naturales y con vanos rematados en herradura, como San Pedro de Urbiona de Basabe, Nuestra Señora de Samano o los castros de Lastra en Alava han sido atribuidos a señores locales para el caso alavés (L. Sánchez 2007).

Este grupo de poderes locales debió de ser también el promotor de las 17 iglesias vizcaínas datadas en el siglo X y caracterizadas por poseer pequeños vanos tallados en bloques monolíticos de arenisca con dos o tres estrechas luces, imitando los vanos de la arquitectura prerrománica impulsada por los monarcas astures (García Camino 2002).

Así lo atestiguan dos epígrafes fundacionales, procedentes de las iglesias de Memaia [2] o Lamikiz [3] que nos informan que un presbítero de nombre Casiano y un abad llamado Sancius construyeron las citadas iglesias (Azkarate, García Camino 1996).

El habitat rural

p347

En los últimos años se está imponiendo como hegemónico un modelo interpretativo (Quirós 2010, 2011) que considera que las aldeas se formaron en un periodo relativamente corto de tiempo, entre finales del siglo VII y el VIII, por lo que no sería el resultado de un proceso largo y espontáneo protagonizado por campesinos, sino de otro promovido por la acción de poderes territoriales emergentes con la suficiente capacidad de actuar sobre la población campesina y modificar el paisaje.

[...]


De la presencia de poderes consolidados y fuertes en el interior de las primitivas aldeas, la emergencia de una nueva realidad social y política protagonizada por nuevas élites territoriales entre finales del siglo VII y el VIII, también se ha inferido en función del tamaño de las aldeas, diferenciando cinco categorías:

  • aldeas pequeñas con extensión inferior a las 15 Ha,
  • medianas con superficies comprendidas entre 15 y 40 Ha;
  • grandes o mayores de 40 Ha; dotadas de recintos o fortificaciones, y castillos o yacimientos de altura que no siempre cuenta con sectores residenciales (Quirós 2011) n13.

Desde este planteamiento se ha considerado que en la Llanada alavesa y tal vez en Bizkaia o Gipuzkoa la jerarquización social y territorial fue menos profunda que en los valles alaveses occidentales, donde se observa la concentración de aldeas fortificadas, la emergencia del condado de Lantarón o la fundación del obispado de Valpuesta y de iglesias como San Román de Tobillas, entre otras.

Y es probable que sea así.

De hecho, estos últimos datos, que proceden del registro escrito, son incuestionables, pero su cronología corresponde al siglo IX supuestamente cuando la red de aldeas estaba ya consolidada (y así lo muestran los conocidos documentos de Tobillas y Valpuesta ya que tanto el abad Avito como el obispo Juan se instalaron en la comarca con el acuerdo de las comunidades rurales (Larrea 2007b).

Por su parte, la presencia de aldeas fortificadas es solo una presunción basada en la prospección de superficie ya que la información estratigráfica disponible no permite hablar de esta categoría de poblamiento con anterioridad al siglo XI.

Conclusiones

Creemos que el registro arqueológico de los siglos VI y VII d.C. en los actuales territorios de Bizkaia, Álava y Navarra, lejos de reflejar una sociedad escasamente jerarquizada en la que el campesinado desempeñaba un papel relevante, ofrece testimonios suficientes para imaginarla fuertemente estratificada (o al menos marcadamente desigual), con poderes cuyo origen y ascenso social debe interpretarse teniendo en cuenta los marcos conceptuales de Carcía Camino 2002 y Azkarate 2004b, 2011 y que tienen que ver con la circunstancia fronteriza de los espacios circumpirenaico occidentales.

Espacios de frontera que, pese a ser frecuentemente descritos con connotaciones negativas de carácter antagónico e identitario, constituyen en realidad áreas con gran densidad de interacciones y donde se operan los cambios más radicales y profundos.

Obviamente no nos estamos refiriendo a la "frontera" en su acepción más tradicional de limes, border, boundary o borderland; ni siquiera en la acepción ligada al avance de determinados valores sobre espacios geográficos carentes todavía de ellos y ante el que solo cabrían dos alternativas, la de la aculturación o la de resistencia.

Por el contrario, preferimos las propuestas nacidas en el seno de los estudios etnohistóricos y post-coloniales que la conciben como un territorio imaginado, inestable y permeable de circulación; como espacio de negociación, alianza, intercambio; como lugar entre culturas (in-between); como "márgenes" cuya condición emblemática será la "emergencia de nuevos grupos e identidades" (Azkarate 2011).

Un espacio de frontera relacionado no tanto con un "ámbito lábil" (Lazari, Santos 2005:29) cuanto con su "condición liminal", entendida como aquella que vive "en el umbral", en un estado de transición y de "reclasificaciones periódicas de la realidad" (Turner 1988:134).

Frente al panorama que algunos describen (invisibilidad aristocrática, simplicidad económica, involución tecnológica, invención específicamente campesina de granjas y aldeas), el registro arqueológico muestra una realidad mucho más compleja, dinámica, contradictoria y socialmente estratificada, con unas élites que acceden a circuitos comerciales de largo alcance, que generan una demanda capaz de mantener canteros especializados y establecimientos ferrones, que conocen la escritura, que hacen ostentación de su posición social en el momento de su muerte y que alcanzaron su status buscando su lugar en un espacio transicional, lleno de oportunidades.

De dónde pudiera proceder la autoridad de estas élites supone un problema de mayor complejidad que, pese a lo que se ha escrito, estamos lejos de poder solucionar con los datos disponibles.

Es muy razonable sospechar que la participación en actividades militares (son muchos los testimonios escritos que tenemos sobre esta participación) pudo haber constituido un factor decisivo en la gestación y consolidación gradual de estos poderes.

Todo esto contrasta con la menor presencia en el registro arqueológico de indicadores de poderes territoriales entre los siglos VIII al X d.C.; periodo en el que no se registran importantes piezas de prestigio (síntoma de poder y dominación); en el que las necrópolis se simplifican, en el que la mayor parte de las iglesias son construcciones muy modestas y en el que, aunque se documentan aldeas, no se constatan evidencias de jerarquización entre asentamientos.

No encontramos, por lo tanto, argumentos suficientes para certificar --al menos con la rotundidad con la que se hace-- el nacimiento de determinados poderes territoriales con la suficiente capacidad de actuar sobre la población campesina, potenciar formas estables y concentradas de asentamiento, organizar la producción y modificar los paisajes, dando lugar a la construcción de la red aldeana que se propone.

Y ante esta situación --y puesto que los datos arqueológicos no preexisten sino que se contruyen-- nos preguntamos si no se corre el riesto de terminar configurando un registro arqueológico ajustado a las expectativas generadas por un modelo histórico potente y ambicioso, aunque insuficientemente testado en nuestro ámbito geográfico y acabar reproduciendo, de este modo, una versión actualizada de la atávica vocación ancilar de la arqueología.

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