AbaituaUnzueta2013

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Introducción

Una amplia bibliografía une el topónimo Treviño a la existencia de un ‘punto trifinio’ de época prerromana, atribuyéndole consecuencias etnolingüísticas de hondo calado. Creemos poder rebatir este supuesto con pruebas de que el término ‘trifinio’ en español es en realidad un neologismo reciente rescatado de una inscripción incorporada por Emil Hübner en 1869 al Corpus Inscriptionum Latinarum II, e interpretado como ‘confluencia de tres términos’. En los textos clásicos latinos el vocablo trifinium se refiere sistemáticamente a un método de agrimensura, descrito con detalle por Higinio Gromático en el siglo II. Por ello consideramos que hay que buscar en este segundo sentido el traslado del término a la toponimia. El artículo revisa la prevalencia de los principales errores historiográficos y lingüísticos producidos por el equívoco.

La tardía aparición de Treviño en las fuentes escritas contrasta con la relevante función etnolingüística que diversos autores han atribuido a este enclave desde la Antigüedad. Sánchez Albornoz (1929), Bosch Gimpera (1932), o más recientemente Santos Yanguas, Emborujo y Ortiz de Urbina (1992), por citar tres fuentes de reconocida autoridad, han asociado Treviño con un supuesto hito fronterizo prerromano que marcaba la división de los grupos de población citados por los geógrafos grecolatinos en el área vasca: autrigones, carietes y várdulos. Múgica (1914), así como sobre todo Caro Baroja (1943 y 1945), retomando la hipótesis adelantada por Arnaud Oihenart (1638), ahondaron en la idea de que la geografía de los dialectos vascos reproduce estas demarcaciones ‘tribales’ antiguas.

n1 Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en el I Congreso de Estudios Históricos del Condado de Treviño (1-3 de junio de 2011), con cuyos organizadores (Roberto González de Viñaspre y Ricardo Garay) nos sentimos en deuda.

n2 Peterson (2012: 73) y Quirós (2012: 99) han hecho hincapié en este aspecto. Citan un documento de 1028 del Becerro Galicano de San Millán de la Cogolla en el que se alude a una Momadonna de Trivinio. Tras esta mención indirecta, la primera referencia expresa es de 1179, año en el que los monarcas Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI de Navarra firman un acuerdo por el que restablecen las fronteras de sus reinos y en el que Treviño se cita como enclave excepcional. Arganzón, el otro topónimo destacado de la zona,

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De esta forma se explicaría, por ejemplo, el tránsito entre el euskera vizcaíno (área carietana) y el guipuzcoano (territorio várdulo) en la cuenca del río Deba. Dialectólogos vascos modernos han mantenido (Pagola 1984, Knörr 1985, Arejita et al. 2007) el alcance de esta propuesta. Entre los escasos detractores cabe destacar a Zuazo (2010) y Abaitua & Unzueta (2012).

En estas páginas vamos a aportar datos que desligan el topónimo Treviño de todo tipo de hito fronterizo, ni antiguo ni moderno, ni en el enclave burgalés cercano a Miranda de Ebro, ni en ningún otro lugar denominado Treviño de la docena que hemos documentado en la península Ibérica. La etimología de Treviño (< trifinium) da pie a relacionar el término con actividades de parcelación agraria de época colonial romana. Asimismo parece claro que desde antiguo algunos Treviños formaron parte de la nómina personal vinculada al topónimo.

Varios indicios ligan el origen del malentendido a una inscripción incorporada en 1869 por el epigrafista alemán Emil Hübner al Corpus Inscriptionum Latinarum II en la que aparece el término latino trifinium. A partir de este corpus el término se traslada al Dictionary of Latin de Oxford University Press (1879) con el sentido de “a place where three boundaries meet”, una interpretación que, si no completamente errada, es seguramente imprecisa o incompleta, teniendo en cuenta los testimonios literarios que cita el diccionario. Cinco años más tarde el término ‘trifinio’ se añade a la actualización de 1884 del Diccionario de la Real Academia Española. Solo después de esta fecha el neologismo se ha utilizado en español en el sentido de “punto donde confluyen y finalizan los términos de tres jurisdicciones o divisiones territoriales”.

Territorios y fronteras en la Hispania prerromana

Posiblemente Sánchez Albornoz (1929) es el principal impulsor de la idea de que los dos Treviños burgaleses (‘Villamayor de Treviño’, municipio cercano a Herrera de Pisuerga, y ‘Condado de Treviño’, cercano a Miranda de Ebro) son puntos trifinios antiguos. Aflora en este supuesto, como en otros, su concepción ‘esencialista’ de la historiografía —que compartía con Menéndez Pelayo y le alejaba de Américo Castro (Archilés 2009: 217) — con consecuencias intelectuales que perduran. La primera es la visión de que los pueblos prerromanos constituían ‘etnias-estado’ con demarcaciones territoriales definidas, formando algo así como ‘asociaciones entre tribus’ de una relativa homogeneidad cultural, lingüística y étnica (Wulff 2009: 24-27). La segunda es que este sustrato étnico ha perdurado hasta nuestros días y se plasma en la preservación de determinados rasgos culturales, o lingüísticos, como se ha propuesto singularmente en el caso de los dialectos vascos.

En relación con la cuestión territorial, Sánchez Albornoz —deudor de Enrique Flórez (1768) — retoma sin muchas consideraciones los datos de la Geografía de Claudio Ptolomeo (c. 150 d. C.) y directamente los proyecta sobre el mapa de la cornisa cantábrica, perfilando de esa forma una distribución de las etnias indígenas que ha tenido una extraordinaria influencia en la historiografía posterior. Álvarez Llopis & Peña Bocos (2005), por ejemplo, se sirven de ella para definir los límites de la Cantabria indígena, con un trazado fronterizo que divide a vacceos, turmogos, cántabros y autrigones: “[y que] desde Guardo seguiría una línea ascendente hasta el sur de Cervera de Pisuerga, más o menos coincidente con el territorio de La Pernía; una inflexión en la línea de frontera la llevaría hasta Treviño, para dirigirse después hacia Villadiego y Páramo de Masa hasta Terminón, como punto más oriental de Cantabria” (Álvarez Llopis & Peña Bocos, 2005: 18). Para reforzar la validez de su aproximación, los autores suman a las fuentes clásicas ‘evidencias epigráficas’ (de la etnia vadiniense, en el este de Asturias y León). Es decir, a los testimonios documentales añaden marcadores etnográficos, de los que hablaremos más tarde. Llama la atención el grado de detalle con el que dibujan los límites de la Cantabria prerromana; la misma prolijidad que caracteriza a la delimitación de carietes, várdulos y autrigones del mapa 1 (Santos Yanguas et al. 1992), que mantiene Estibaliz Ortiz de Urbina (2006: 47).


Se trata como decimos de una proyección del listado de poblaciones de Ptolomeo; pero con el aditivo de un trazado fronterizo—que discurre por fondos de valle y puertos de montaña— que obviamente el geógrafo alejandrino no aportó. Estas actualizaciones cartográficas modernas son arriesgadas no solo por razones técnicas, también y sobre todo por motivos conceptuales, como advierten los propios autores: “los modelos sociológicos e históricos de los autores griegos y latinos no coinciden con los de las culturas de las que nos transmiten información” (Santos Yanguas et al. 1992: 450). Profundizando en estos argumentos, Unzueta (1994: 102-104) ha hecho hincapié en el error cometido por Sánchez Albornoz y sus seguidores al equiparar las etnias y su distribución anterior a Roma con los etnónimos y su cartografía en el nomenclátor de Ptolomeo. Volveremos sobre ello en la siguiente sección.

Una cartografía con trazados fronterizos nítidos incurre en el riesgo añadido de forzar la localización de muchos enclaves para los que no existe una identificación segura. Sucede por ejemplo con las tres poblaciones atribuidas a carietes Suessatium, Tullica y Veleia (Ptolomeo II, 6, 64). La primera se ha identificado con una mansio cuyos restos se han hallado en Arkaia, población cercana a Vitoria. Veleia se asocia de manera unánime con los restos romanos de Iruña de Oca. Tullica, sobre la base de una aparente ‘homofonía’, ha sido relacionada con el topónimo Tuyo, nombre de población y de sierra cercanas a las Conchas de Arganzón, contradiciendo las coordenadas de Ptolomeo que la situarían no al sur, sino al este de Veleia, entre ésta y Suessatium.


n4 La monografía compilada por Javier Andreu Pintado (2009) analiza ampliamente esta cuestión para la etnia de los vascones.

n5 “Este límite [entre caristios y várdulos] partiría del Deva, seguiría por el Puerto de Azcárate y la zona al Este de Vergara, para ir a la Sierra de Aitzgorri, la Sierra de Elguea y el Puerto de Arlabán, atravesando después la Llanada alavesa, dejando a oriente la civitas várdula de Tullonium (Alegría de Álava) (Ptol., II, 6, 65) y a poniente la civitas caristia de Suessatio (Arcaya) (Ptol., II, 6, 64), hasta llegar a los Montes del Condado de Treviño.” (Santos Yanguas et al. 1992: 455). Véase asimismo Besga (1998).

n6 Es complicado hacer corresponder el sistema de coordenadas de Ptolomeo con la cartografía actual. Las bases metodológicas han evolucionado; el paralelo utilizado por Ptolomeo no se aleja mucho del Ecuador actual, pero el meridiano discurre cercano a las Islas Canarias, con un desvío importante respecto al meridiano actual de Greenwich. A ello hay que sumar innumerables errores en la transcripción de los documentos originales. Con todo, persisten intentos de actualización, como el reciente para la península Ibérica de Tsorlini (2009).

Rasgos etnolingüísticos de carietes, várdulos, autrigones y vascones

La hipotética continuidad entre territorios tribales prerromanos con realidades etnolingüísticas modernas, como la que mencionan Álvarez Llopis & Peña Bocos (2005) para el Treviño cántabro, lleva inexorablemente a atribuir marcadores de etnicidad a estos grupos de población antiguos. El mismo supuesto subyace a la correlación entre tribus prerromanas y dialectos vascos, que vamos a abordar de manera específica más adelante. Como hemos adelantado, la etnicidad atribuible a los pueblos prerromanos plantea innumerables interrogantes. El primer problema es la imposibilidad de vislumbrar el tipo de conciencia que los indígenas pudieron tener de sus propias colectividades antes de su encuentro con Roma: eran sobre todo “una realidad percibida por los conquistadores y no tan claramente por los indígenas” (Gracia 2006: 37). Parece haber un amplio consenso respecto a que estos grupos de población no constituían en ningún caso “estados unificados”, sino “acaso federaciones de pueblos a partir de lazos de dependencia entre sus régulos y líderes” (Ruiz 1988: 298-299). Es seguro que cada uno de estos grupos contaba con ciudades independientes que “solo volverían a unirse en especiales casos de guerra bajo la dirección de caudillos o reyezuelos con aptitudes militares” (Gracia 2006: 37).

A mediados del siglo II d. C., momento en que se elabora la Geographia de Ptolomeo, los supuestos elementos étnicos habían quedado difuminados dentro de la práctica político-administrativa romana. Dice al respecto Juan José Sayas: "cuando describimos las fronteras de autrigones, caristios, várdulos y vascones, en puridad metodológica, no estamos trazando y separando espacios étnicos globales" sino "territorios concretos de ciudades concretas, que las fuentes históricas consideran como várdulas o vasconas" (Sayas 1999: 155-158). Este mismo autor subraya la ‘artificialidad’ de una etnia como la de los vascones que bajo un mismo etnónimo abarcaba poblaciones tan distantes: “desde Oiasso (Irún, Guipúzcoa) a Alavona (Alagón, a 25 km de Zaragoza) y desde Iacca (Jaca) a Calagurris (Calahorra)".


Unzueta (1994) evalúa el verdadero significado de los etnónimos transmitidos por Ptolomeo, “un autor tan alejado temporal, geográfica y culturalmente de la realidad étnica prerromana que debiera hacernos dudar sobre el acceso que pueda tener a información certera sobre ésta”. De cara a la administración romana, los grupos étnicos prerromanos habían perdido consistencia como unidades de carácter político desde fechas tempranas. Existen abundantes pruebas de que el territorio se organizaba en torno a las principales poblaciones, trascendiendo el sustrato étnico preexistente: “En este sentido, vascones, várdulos, caristios y autrigones nunca son considerados en los textos romanos como unidades políticas” (Unzueta 1994: 103). Estudios realizados en la Gallaecia sobre la localización de las etnias prerromanas antes y después de la conquista corroboran que la distribución transmitida por Ptolomeo no refleja las realidades del mundo prerromano, sino unidades geográficas y jurídicas creadas por la administración romana en el proceso de reorganización del norte peninsular emprendido tras la conquista (Pereira Menaut 1984). Estas unidades desempeñaban una función de control territorial, con fines administrativos inherentes al estado romano, útiles a efectos fiscales o censuales, y que se aprovechaba para el reclutamiento de unidades auxiliares para el ejército o de mano de obra destinada a actividades mineras (López Barja de Quiroga 1999, Burillo 2002, Morillo 2003, Grau 2005, Pérez Almoguera 2008, Wulff 2009). Volviendo a Treviño, encontramos un ramillete de asentamientos jalonando la calzada romana, Ab Asturica Burdigalam (mapa 2), entre la ciudad vascona Pompaelo (Pamplona) y la autrigona Deobriga (cercana a Miranda de Ebro). En este núcleo se concentraban la mayoría de las poblaciones que Ptolomeo atribuye a várdulos (Tullonium, Alba, Gebala, Gebalaeca), así como todas las caristias (Suessatium, Tullica, Veleia), a escasos kilómetros unas de otras. Por eso sorprende que la zona neurálgica del supuesto trifinio exhiba uniformidad lingüística, palpable en la toponimia vasca desde los primeros testimonios documentados (s. XI), en contraste con la isoglosa dialectal de la vertiente cantábrica (que culmina en la desembocadura del Deba junto a Mutriku, mapa 2), donde los asentamientos humanos, como sabemos por la arqueología, fueron muy secundarios y además, si atendemos a las fuentes clásicas, subordinados a los de la vertiente mediterránea (Unzueta 1994).

Unzueta (1996) describe dos fases de colonización de la cornisa cantábrica: una inicial julio-claudia (26 a. C. - 69 d. C.) y otra flavia (69 d. C. a inicios del siglo II d. C.). A partir de la escueta referencia de Plinio (NH IV, 34, 110) sabemos que el primitivo asentamiento del Portus Amanum recibió el estatuto de colonia bajo la denominación de Flaviobriga, en tiempos de Vespasiano (entre los años 69 a 79 d.C.). Desde Flaviobriga hasta Oiasso se extendía un territorio de escasa presencia romana que a partir del cambio de la política imperial flavia comenzará a sufrir transformaciones fundamentales. Hacia la mitad del siglo I d. C. el litoral central de la costa vizcaína, en especial en la ría de Gernika, será ocupado por asentamientos de nueva planta sobre lugares en los que no se ha detectado habitación prerromana. Estos se establecerán siempre sobre la misma línea de la costa, tanto en las márgenes de las rías como en sus desembocaduras: Forua, Lekeitio, Pedernales, Bermeo. El contacto entre las dos sociedades sucedió de forma decisiva durante todo el siglo I d. C. La prolongación de la franja territorial de autrigones y carietes desde el interior hasta la costa es una innovación de Ptolomeo con respecto a Plinio, para quien cántabros delimitaban con várdulos, dejando a carietes y autrigones en el interior. Hay que recordar además que el territorio de la vertiente cantábrica, alejado de las grandes vías de comunicación terrestres, estuvo menos poblado y tuvo un potencial económico menor.

Con tales premisas no es esperable hallar muchas diferencias etnolingüísticas entre los grupos de población que se repartían el territorio entre el Ebro y el Cantábrico en época colonial. Si, como sugiere Emborujo (1987), la frontera várdulo-vascona resulta difícil de trazar, ésta al menos se correspondía con la división administrativa de los conventus iuridici Caesaraugustanus y Cluniensis; que no afecta a várdulos, carietes, autrigones o berones, todos ellos englobados en la jurisdicción de Clunia. Es una división jurídico administrativa de las provincias en conventos que se establece a partir de Claudio (primera mitad del siglo I d.C.) y que con el tiempo parece afianzar una frontera en el curso medio del Ebro a la que algunos historiadores sí han adjudicado transcendencia histórica. Peterson (2009: 59, n. 15) al estudiar la situación de La Rioja y La Bureba en el Alto Medievo encuentra una continuidad desde época antigua y destaca la apreciación de Albertos (1985: 35) según la cual “la onomástica de la Rioja Alta, como la de la mitad septentrional de Burgos, correspondería a lo que denomina la zona septentrional o cantábrica, mientras que la Rioja Alavesa, parte de Navarra y la parte meridional de La Rioja se integrarían en la zona onomástica celtibérica”. Esto parece dividir el solar berón en dos zonas onomásticas distintas. Así, en todo el territorio alavés, incluyendo Treviño y zonas limítrofes de Navarra por Campezo es muy frecuente el antropónimo Ambatus (y sus variantes Ambata, Ambati). Se trata, a decir de García Ariza (2008), de uno de los nombres más "típicamente hispánicos y más abundantemente atestiguados" precisamente en nuestra zona, así como en el resto del territorio cluniense, incluyendo a cántabros vadinienses y vetones de las provincias de Salamanca y Cáceres (Albertos 1970: 107-234), y hasta zona lusitana. Por contra es un nombre extraño en territorio celtibérico (Albertos 1979: 137).

Treviño y los dialectos vascos

Por lo que sabemos, fue Arnaud Oihenart (1638) el primero en vincular tribus prerromanas con dialectos vascos. El erudito de Mauleón adjudicó a ‘aquitanos’ el euskera de Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa, a vascones el de Navarra, a várdulos el de Guipúzcoa y Álava y a autrigones el de Vizcaya. Estas asociaciones de Oihenart son simplificaciones arbitrarias, pero cargadas de intuición etnolingüística, cuyo componente ideológico, como hemos visto, ha tenido extraordinario éxito en la historiografía vasca. Bosch Gimpera (1932) dice tomar la idea de Sánchez Albornoz (a quien a su vez cree basado en Campión). Múgica (1914) añade la apreciación de que los límites de las tribus coinciden además con los de las diócesis eclesiásticas, tesis que contó con el apoyo de Caro Baroja (1943 y 1945) y que se ha convertido en un lugar común en la bibliografía posterior, en especial entre los dialectólogos (Pagola 1984, Knörr 1985, Arejita et al. 2007). Es sin embargo una correlación infundada, como ha probado Zuazo (2010).

En concreto Knörr (1985) trató de acreditar la correspondencia entre distribución tribal y geografía dialectal vasca donde más claramente hubo de manifestarse. Pero no halló prueba válida ni en Treviño ni en el resto de Álava, que exhiben de manera uniforme rasgos de euskera occidental (o ‘vizcaíno’). Las formas occidentales baltz frente a beltz; barri/berri; –dui/ –di; eleja/eleiza; solo/soro; uli/iri; etc. son abundantes y recurrentes, frente a sus opuestos centrales (o ‘navarros y guipuzcoanos’). Knörr creyó poder aportar una prueba de peso en los topónimos formados a partir de la voz latina palude, ‘charca’, de la que derivan dos soluciones distintas en euskera (padura y madura), y que al menos en Álava se distribuyen en un eje longitudinal. El problema es que la alternancia no alcanza a los dos dialectos vascos que supuestamente deberían distinguirse, occidental y central, sino solo al primero de ellos. Como se muestra en el mapa 3, todos los topónimos derivados de palude se hallan en zona occidental, dentro de la cual es cierto se produce una distribución entre dos áreas, una occidental más conservadora (con padura) y otra oriental más innovadora (con madura). Pero son dos variantes recientes dentro de un mismo espacio dialectal. La toponimia del área oriental treviñesa (en la que se encuadra la variante madura) “es netamente occidental, tal como se observa en el vocalismo y el léxico” (González de Viñaspre & Uribarrena 2005: 404). La distribución padura/madura es tardía y afecta solo al dialecto occidental, por lo que en lugar de respaldar la teoría del trifinio antiguo la contradice.

En el entorno de Treviño sí se detecta una frontera lingüística, pero no afecta a los dialectos vascos sino a la distribución vascorrománica de la toponimia. Esta frontera es particularmente brusca por SE, en dirección a Viana (Navarra). Hacia el SO sin embargo es más gradual, como también hacia el sur, dirección hacia la que el euskera se expandió en los siglos VIII a XII. En el mapa 3 hemos representado una cuña entre dos núcleos de desarrollo romance, uno en la zona de Miranda de Ebro y el otro en la de Viana-Logroño. La ruta de expansión altomedieval del euskera, que desde tierras alavesas se adentró en La Rioja por la cuencas de los ríos Tirón y Oja (Peterson 2009, Abaitua & Unzueta 2011), debió de seguir esa dirección que marca la cuña del mapa 3 que apunta hacia poblaciones riojanas como Labastida y Haro.

Geografía y lexicografía de trifinium

Sin ser excepcional, Treviño no es un topónimo que se prodigue en la península Ibérica (mapa 4). Apenas supera la docena de ocurrencias y llama la atención que un tercio de ellas se halle en área vascónica. Además del Condado de Treviño, enclavado en Álava, el topónimo reaparece en dos términos colindantes de los municipios navarros de Azuelo y Viana. A unos cien kilómetros por el norte, en plena costa vizcaína, no muy lejos de la desembocadura de la ría de Bilbao por su margen derecha, encontramos Tribiñu (Lemoniz) y su derivado Tribiñubarri (Gorliz) —obviamente inconexos, por sus coordenadas geográficas, con supuestas demarcaciones tribales prerromanas. En las inmediaciones del País Vasco, en el noroeste de Burgos se halla el que fuera Alfoz de Treviño, que abarcaba doce poblaciones a lo largo del río Odra, entre ellas Villahizán de Treviño y el actual municipio de Villamayor de Treviño. Unos kilómetros más al norte, en Cantabria, se ubica la localidad de Treviño, en el municipio lebaniego de Camaleño, cercano a Potes. Mucho más al oeste reaparece el topónimo en tierras gallegas, en la comarca de Terra de Soneira, del municipio coruñés de Vimianzo, cercano a Finisterre (otro enclave periférico que creemos imposible de ligar con ningún punto trifinio).

Al este de Navarra encontramos un nuevo testimonio en el municipio zaragozano de Ejea de los Caballeros. Más al este, junto a la sierra de Guara (Huesca), en el Somontano de Barbastro se halla la ermita de Nuestra Señora del Treviño de Adahuesca. El Nomenclátor Geográfico Básico aporta el Treviño más meridional en el municipio de Alcázar de San Juan, cerca de Tomelloso, al norte de Ciudad Real. Descubrimos también en el Nomenclátor dos Triviño, uno en el municipio de Layos, al sur de Toledo, y otro en Villanueva de los Infantes, al este de Valdepeñas. Estos topónimos alternan con otras formas cercanas que no hemos incluido en el mapa. Son dos Triviña, una en Villamayor de Calatraba (Ciudad Real) y otra en Úbeda (Córdoba), así como tres Treviana, al oeste de Cuzcurrita (La Rioja), aunque es muy probable que puedan relacionarse etimológicamente con Treviño. Sí hemos incluido en el mapa 4 Trevijano de Cameros (La Rioja), que suponemos compuesto de trifiniu + sufijo–ano, análogo a Trevignano, población de la provincia de Treviso en la región de Véneto, Italia. Esta derivación nos hace conjeturar que el término se utilizara como ‘apelativo’ o cognomen, ya que es muy frecuente el uso del sufijo –ano (derivado del genitivo latino –anus) en combinación más habitual con antropónimos (Caro Baroja 1945, 117-8; Salaberri 2012).

Pero falta el trifinium principal, el que suponemos ha sido el causante del equívoco que intentamos resolver en este trabajo. Se trata de la inscripción hallada a mediados del siglo XVI por el epigrafista Juan Fernández Franco en la iglesia parroquial de Villanueva de Córdoba y que tres siglos más tarde, en 1869, incorporó Hübner a su corpus Inscriptiones Hispaniae Latinae (CIL II, 2349). En 1912 el jesuita Fidel Fita Colomé, colaborador de Hübner y secretario de la Real Academia de la Historia, publicó en el Boletín de esta institución (BRAH 60 (1912), 37-52), una reseña con las siguientes transcripción y traducción: Trifinium / in[t]er Sacilienses Eporenses / Solienses ex sententia / Iuli Proculi iudic(is) / confirmatu(m) ab / Imp(eratore) Caesare / Hadriano / Aug(usto). “Trifinio entre los Sacilienses, Eporenses y Solienses, confirmado por el emperador César Hadriano Augusto con arreglo a la sentencia del juez Julio Próculo”. En esos años se produjeron una serie de coincidencias que creemos llevaron el término trifinio al diccionario de la Real Academia de la Lengua con el significado actual de “punto donde confluyen y finalizan los términos de tres jurisdicciones o divisiones territoriales”. Es importante señalar que trifinio es una palabra sin historia en español; no se encuentra en el Corpus Diacrónico del Español (CORDE). La entrada aparece por primera vez en la versión del diccionario de 1884, solo quince años después de que Hübner incorporara la inscripción de Villanueva de Córdoba a su corpus, de donde suponemos saltó poco después al diccionario inglés Lewis and Short (nombre de los editores por el que se conoce el popular A Latin Dictionary editado por Oxford University Press en 1879 a partir de una traducción de 1850 del diccionario Wörterbuch der Lateinischen Sprache, del filólogo alemán Wilhelm Freund). Lewis and Short aportan para trifinium solo tres fuentes:

trĭfīnĭum, ii, n. ter - finis, I a place where three boundaries meet, Sicul. Flacc. Condit. Agr. p. 6 Goes.; Inscr. Grut. 201, 5; Isid. 15, 14, 5.

La segunda (Inscriptionum Gruter 201, 5) es la inscripción de Villanueva de Córdoba y de las tres es la única que soporta el sentido que le atribuyen los diccionarios. Tanto la primera fuente (Siculus Flaccus, De condicionibus agrorum), como la tercera (San Isidoro 15, XIV [5] DE FINIBVS AGRORVM) testimonian un fenómeno que tiene que ver con el reparto de tierras entre los colonos romanos y que está ampliamente estudiado en la bibliografía (Guillaumin 1998: 101-124; Mayer & Olesti 2001, 109-130; Santapau Pastor, 2008). Por lo que podemos concluir que trifinium es por encima de todo una unidad de agrimensura: Los agrimensores recogen la existencia de un sistema de subdivisión de la centuria en 3 partes, o división en trifinium, que da lugar en el caso de las centurias de 200 iugera a 3 lotes de 66,66 iugera. Se trata del modelo de sorteo, la conternatio, que atribuye a cada colono 1/3 de centuria. El modelo del trifinium está bien descrito por Higinio Gromático (s. II). (Mayer & Olesti 2001: 120).

Conclusiones

Pese a no haber hallado el término ‘trifinio’ en el Corpus Diacrónico del Español, hemos realizado una última comprobación en un conjunto de obras clave anteriores al siglo XX. Así hemos buscado en Enrique Flórez (1779, 1786), en José Joaquín de Landazuri (1798), en Juan Antonio Llorente (1806), en el Diccionario geográfico universal (1829-1834) de Pascual Madoz, en el Diccionario geográfico-histórico de la España antigua, Tarraconense, Bética y Lusitania de Miguel Cortés y López (1836), así como en la Gramática de los cuatro dialectos literarios de la lengua euskara de Arturo Campión (1884). El resultado confirma las conclusiones preliminares: el neologismo es tardío; la primera referencia es de principios del siglo XX, de Baraibar (1903), quien precisamente cita a Hübner como fuente e interpreta trifinium en el sentido de ‘piedra terminal’.

En definitiva, de forma esquemática, las principales conclusiones a las que hemos llegado se pueden enumerar de la forma siguiente:

Trifinium es una unidad de agrimensura utilizada en la conternatio, modelo de sorteo descrito por Higinio Gromático y que atribuye a cada colono 1/3 de centúria. ‘Trifinio’ como “punto donde confluyen y finalizan los términos de tres jurisdicciones o divisiones territoriales” es un neologismo moderno (que se introduce en el diccionario de la RAE en 1884). El trifinio de Villanueva de Córdoba señala el punto de encuentro de las jurisdicciones de tres comunidades, que son los sujetos de derecho a quienes afecta el dictamen judicial plasmado en la ‘piedra terminal’ (como recoge Baraibar, 1903: 247; sentido muy alejado del ‘trifinio étnico’ que atribuye Claudio Sánchez Albornoz dos décadas más tarde). Los gentilicios saciliense, eporense y soliense en pleno siglo II d.C. solo pueden hacer referencia a la ciudad de origen. Es un anacronismo plantear posibles pertenencias a grupos étnicos para esa región en esa época. Topónimos como Trevijano/Trevignano permiten suponer que Treviño pasara en época antigua y altomedieval a la nómina de los propietarios. El binomio padura/madura, que se detecta en la toponimia alavesa, así como en Treviño, no responde a una distribución dialectal, sino a dos soluciones dentro de un mismo espacio lingüístico. En realidad, toda la toponimia vasca de Álava, incluyendo la de Treviño, exhibe rasgos léxicos y fonéticos de un mismo dialecto vasco occidental. Se puede concluir por tanto que los datos referentes a Treviño no respaldan sino que contradicen la relación entre la geografía dialectal del euskera y la supuesta distribución territorial de las poblaciones prerromanas.

Tomadas en consideración todas estas evidencias, creemos probado que el topónimo Treviño no revela la existencia de un hito fronterizo antiguo ni en el enclave burgalés cercano a Miranda de Ebro, ni en ninguno de la docena que hemos documentado en la península Ibérica. De su relación etimológica con el vocablo latino trifinium se podrán proponer interpretaciones vinculadas a actividades de parcelación agraria o de amojonamiento de fincas en época colonial romana, pero no a presuntas divisiones tribales anteriores a Roma.

Vasconia romana

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